viernes, 22 de diciembre de 2023

EFECTOS DEL TERREMOTO DE LISBOA EN QUESADA.

 

Mapa de daños en Quesada del terremoto (elaboración propia)


El día 1 noviembre de 1755, hacía las diez de la mañana, un fortísimo temblor de tierra fue sentido en toda la Península, Norte de África y buena parte de Europa. En Quesada la parroquia estaba repleta de gente porque a esa hora se iniciaba la misa mayor y la festividad de Todos los Santos. Clérigos y fieles salieron despavoridos de la iglesia a la plaza de la Lonja. Se trataba del conocido como terremoto de Lisboa, así llamado porque la ciudad quedó completamente devastada. Su epicentro se localizó en el Atlántico, frente al cabo de San Vicente y a unos 634 km de Quesada según cálculo del Instituto Geográfico Nacional. Como en toda la Península, las iglesias de Lisboa estaban llenas para la importante festividad religiosa de los Santos. La capital portuguesa sufrió duramente el temblor, los techos de las iglesias cayeron sobre los fieles y se derrumbaron numerosos edificios, al rato un tremendo tsunami duplicó los daños, pero lo peor fue el pavoroso incendio que sobrevino después como consecuencia del desastre. Prácticamente toda la ciudad, excepto los barrios altos, quedó destruida. La reconstrucción emprendida por el marqués de Pombal sigue marcando a fecha de hoy su fisonomía urbana. 

 

Los desastrosos efectos del seísmo se extendieron por Marruecos y toda la Península. El tsunami que arrasó la costa atlántica causando miles de víctimas. El litoral estaba por entonces mucho menos habitado, al contrario que hoy. Asusta pensar en sus efectos de producirse en la actualidad. En España el temblor causó numerosos daños en edificios civiles y religiosos y se calcula que más de 60 muertos, pero solo el maremoto añadió otras dos mil víctimas en las costas de Huelva y Cádiz. La crisis económica y política que provocó en Portugal supuso el principio del fin del hasta ese momento potentísimo imperio colonial portugués. La repercusión que las noticias del desastre tuvieron en toda Europa fue enorme y originó grandes debates científicos, filosóficos e incluso religiosos. Desde el primer momento el terremoto y sus efectos se analizaron e investigaron con método científico, considerándose que su estudio supuso el nacimiento de la Sismología moderna. La magnitud (según cálculos del IGN) estuvo en torno a 8,5 y una intensidad máxima, en Portugal, de X, algo inaudito. En Quesada fue sentido con intensidad VI, similar al de Lorca de 2011, el último con víctimas mortales en la Península.[1]



[1] La información sismológica procede de la publicación Los efectos en España del terremoto de Lisboa (1 de noviembre de 1755) de José Manuel Martínez Solares, Instituto Geográfico Nacional 2001. 

 

Intensidad del terremoto


El rey Fernando VI estaba aquel día en el Escorial, donde se sintió con fuerza el temblor. Regresó inmediatamente a Madrid y dio orden al Consejo de Castilla de que se hiciese una consulta a todas las ciudades y villas del reino a fin de conocer los daños que había provocado. Al efecto se preparó un cuestionario de ocho preguntas referidas a la hora, duración, movimientos observados y daños producidos. Las respuestas, procedentes de toda España, se conservan en el Archivo Histórico Nacional.[1] De ellas se desprende que el temblor se produjo poco antes de las diez de la mañana y que duró entre ocho y diez minutos. Se sintió en tres ondas o fases separadas por dos momentos de aparente calma, la segunda fue la más intensa. Esta larguísima duración sin duda aumentó los daños, pero seguramente también permitió la evacuación de los edificios (iglesias), pues la primera embestida asustó al público pero no provocó grandes daños. Para cuando empezaron a caer cascotes de los techos la mayoría de la gente estaba ya en la calle.



[1] La transcripción de las respuestas al cuestionario del Consejo de Castilla corresponde a Fernando Rodríguez de la Torre. Documentos en el Archivo Histórico Nacional (Madrid) sobre el terremoto del 1 de noviembre de 1755. Ediciones Universidad de Salamanca 2005.

 

Entre las respuestas al cuestionario que se conservan en el Archivo Histórico Nacional están los informes remitidos por los ayuntamientos de Quesada, Hinojares, Pozo Alcón y La Iruela. El de Cazorla no se conserva, pero se conoce de forma esquemática por los resúmenes que posteriormente hizo la Real Academia de la Historia. No hay tampoco informe de Huesa ni de Peal, pues por entonces no tenían ayuntamiento propio y estaban incluidas en los términos de Quesada y Cazorla respectivamente. Ni en Quesada ni en el resto de la comarca hubo víctimas, pero sí importantes daños materiales, especialmente en Quesada. En todas las respuestas se transmite el miedo y el tremendo susto que produjo el temblor.

 

Quesada

 

Hay dos informes de daños correspondientes a Quesada. Uno el dirigido al obispo de Cartagena, en aquel momento presidente del Consejo de Castilla y quien centralizaba la información. El otro remitido al corregidor de Baeza y Úbeda, don Joseph Delgado y Frías, autoridad inmediata que había transmitido la consulta. Ambos son prácticamente iguales y están fechados el día 24 de noviembre, señal de que se hicieron a la vez. El dirigido al obispo de Cartagena no está firmado, el del corregidor de Baeza lo suscriben Higinio Jiménez Serrano y Salvador Cano, regidores del Ayuntamiento.

 

Dicen estos informes que sobre las diez de la mañana, “a corta diferencia”, se empezó a sentir el temblor de tierra, que “hasta que se sosegó duraría como ocho minutos”. Durante este tiempo “se advirtió que las iglesias, torres de ellas, y casas, se movían a un lado y a otro, como si fueran cañas”. Como ya se ha dicho, a las diez de la mañana comenzaba la misa mayor y los oficios de Todos los Santos. Estaba la parroquia llena de fieles, con los sacerdotes preparados para comenzar el acto. En estas ocasiones especiales solían participar todos los clérigos (cura-párroco asistido por diáconos, tenientes de cura, de beneficiado y demás presbíteros). A ellos se sumaban el sochantre, el coro, el organista, los clérigos de menores, el sacristán mayor y los sacristanes menores. En lugar preeminente asistía el cabildo municipal en pleno y detrás de ellos el estado noble (hidalgos) y las personas principales; por último el pueblo llano, que abarrotaba los fondos de las naves de la iglesia. 

 

Iniciada con toda solemnidad la función religiosa se escuchó un gran estruendo. Inmediatamente todos sintieron que “la tierra toda” se movía, “trastornando” los pavimentos y haciendo crujir sus losetas. Los presentes en la iglesia  “juzgaron su total ruina”, por lo que salieron aterrorizados, “a pedir misericordia”, a las zonas descubiertas alrededor del templo, que eran la plaza Vieja (Lonja), donde estaba la puerta principal y la parte delantera de la actual fachada principal (entonces llamada puerta de San Ildefonso). En el precipitado desalojo no se registraron heridos ni contusionados, como ocurrió en otros lugares donde la estampida del público apelotonándose en las puertas sí ocasionó víctimas.

 

Una vez “sosegado el temblor”, tras ocho eternos minutos, se pudieron comprobar los daños. El terremoto había “causado quebranto” en la iglesia, afectando a la fábrica (estructura), “que es de arcos de piedra de sillería sobre gruesas columnas de lo mismo”. Se habían caído “parte de los embovedados de algunas capillas” y la torre se había visto afectada, “especialmente el tercio donde se hallan las campanas”. La parroquia no tenía entonces el aspecto actual, las tres naves estaban separadas por arcos y pilares de piedra, como dice el informe, y la cubierta era una armadura de madera de par y nudillo. Esta cubierta se conserva hoy día, en razonable estado aunque oculta por la bóveda que actualmente cubre la nave principal. Los arcos y pilares de piedra también siguen existiendo, pero ocultos y recubiertos por los tabiques y yesos al gusto neoclásico que  hoy se pueden ver y que “forran” y tapan el antiguo interior.  Hace ya unos años se hizo una cata junto a la capilla que hay debajo de la torre, quedando al descubierto un capitel, policromado, de aquella primitiva estructura de piedra. 

Los daños en la iglesia mayor fueron reparados, pero esta quedó resentida y años después, en abril de 1800, su estado volvía a ser ruinoso. En aquel año el síndico personero del común pasó noticia al Ayuntamiento del mal estado del templo, que “por el desplome de paredes y sentimiento de sus arcos en partes esenciales está todo el edificio expuesto a ruina si con la mayor brevedad no se pone remedio”. Se temía especialmente que el techo se derrumbase durante alguna celebración religiosa, estando las naves ocupadas por los fieles. El Ayuntamiento pasó aviso al vicario para que el arzobispado efectuara las reparaciones necesarias. Seguramente este fue el origen de la reforma que dio su actual aspecto a la iglesia parroquial.

 

No fueron estos de la parroquia los únicos daños producidos, pues se resintieron también las viejas murallas medievales, especialmente algunos torreones. Dicen las respuestas a la encuesta del Consejo de Castilla que “una torre muy grande y fuerte” del antiguo alcázar, “que sirve de uno de los graneros del Pósito” también se vio afectada. Este cubo de la muralla es sin duda el que existía entre la calle del Cinto y final de la calle Alcázar, del que hoy día apenas queda nada. El temblor produjo en el torreón una grieta “o abertura desde lo alto a lo hondo”. Su parte superior se hundió y causó destrozos en los tejados de las casas inmediatas. Otra torre de la muralla, la de la alcaidía, entonces cárcel, y en la que por entonces estaba el reloj público, también se hundió en parte. Esta torre estaba entre la calle Alcaidía y plaza de la Lonja (Existió hasta los años veinte del siglo pasado, apareciendo al fondo de la foto que hizo Carriazo del Arco de los Santos).


La vieja torre de la Alcaidía vista
desde el Arco de los Santos.


 El resto de edificios de la población quedaron “maltratados”, con grietas, caídas de techumbres y demás. Tres casas sufrieron una ruina completa quedando inhabitables. No debieron sufrir muchos daños el resto de iglesias del pueblo y sus campanarios (conventos, hospital, parroquia de Santa María, Madre de Dios, etc.). Al menos no fueron de una consideración que los informantes juzgaran necesario especificar en su respuesta. Lo mismo que las casas del pueblo habían sufrido los cortijos y casas de campo, muchas de las cuales eran lo que se llamaba casas “retamizas”, es decir, sin tejas, con tejados de formados con cañas ramas. La endeblez de su construcción seguramente aumentó los daños materiales, pero por la misma razón evitó, o minimizó los personales.

 

Esto por lo que se refiere a edificios. En el terreno de sierra y montes se advirtieron otros efectos. Los informes destacan lo sucedido en un sitio, “a distancia de un cuarto de legua de esta población (…) llamado el Nacimiento”.[1] Allí, debajo del cerro Vítar, nacía el agua que una precaria tubería llevaba a la fuente pública de la Plaza y de ahí le venía el nombre al lugar, que sigue conociéndose así. Por ser un festivo tan principal no había aquella mañana mucha gente en el campo, pero los pocos que estaban presenciaron con espanto un fenómeno inaudito. Cuando empezó el temblor sintieron un gran ruido y vieron como se desgajaba parte de la ladera del cerro Vítar. El desprendimiento levantó una enorme polvareda, como si fuera el humo “de una calera que se quemaba”. El enorme estrépito de las rocas despeñándose y la polvareda hizo creer a los aterrorizados testigos que “las piedras subían hacia arriba”. La espantosa visión concluyó cuando el “humo” fue tan denso que nubló la vista. Finalizado el terremoto se pudo comprobar que había mermado el caudal de agua que nacía, lo que provocó dificultades en el suministro de la población.



[1] Este lugar, por debajo de Vítar y encima del depósito, aún existente, de Jorquera, fue el que alimentó el suministro de agua potable hasta los años cuarenta del siglo XX.

 

Cerca de allí, en el cerro de la Magdalena, en un sitio “que llaman los Calderones”, días después se advirtió como se había abierto una quebrada “de más de diez varas de profundidad y otras tantas de ancho”. De ella salía una grieta, “de treinta y dos pasos de largo”. En Tíscar parte de la muralla del castillo se desprendió, rodando las piedras ladera abajo. En aquel momento la gente subía a misa en el santuario y las piedras pasaron entre ellos, aunque no alcanzaron a nadie. Sin duda se produjeron más desprendimientos en otras partes de la sierra, pero o no hubo testigos o a los redactores de los informes no les pareció necesario reflejarlos.

 

 

Ni en el pueblo ni en Tíscar ni en el resto del término se registraron muertos, tampoco heridos de consideración. En los días posteriores se sintieron réplicas, pero “de corta consideración, y sin ningún daño”. Que no hubiera víctimas se consideró milagro de la Virgen, “Nuestra Señora de Tíscar, Patrona y singular Protectora de este pueblo”. Por ello el cabildo municipal acordó traerla en rogativa de forma extraordinaria desde su santuario, “y hacerle un novenario de fiestas, con nueve sermones, lo que se está ejecutando con singular devoción del pueblo”.

 

El terremoto en la Comarca

 

Tampoco hubo víctimas  en las otras villas de la comarca ni en sus términos, aunque la sorpresa, alarma y miedo fueron generalizados. Coinciden en todos los informes, poco más o menos, tanto la hora como la duración del terremoto. En Pozo Alcón se sintió con fuerza el temblor, pero, “mediante la Divina Providencia”, no se registraron daños de consideración. En Hinojares se sintió con “bastante rigor”, lo que “a todos nos causó mucho espanto y terror”, aunque hasta el día de emitir el informe no se habían notado daños “en edificios, ganado, ni en otra cosa”. No sabían si se habían producido desprendimientos en riscos y quebradas de la sierra “por haber muchas”. Tampoco se habían comprobado efectos en el caudal de las fuentes ni en la calidad de sus aguas. Da la impresión de que en esta parte de la comarca fue sentido con menor intensidad.

 

Por su parte en La Iruela el terremoto se produjo cuando se celebraba la misa mayor en la parroquia, como en la mayor parte de lugares. Su fuerza “alteró los ánimos de tal forma” que los clérigos y fieles abandonaron precipitadamente el templo “por recelar se arruinasen los edificios”. No se indican daños especiales, pero sí que durante al menos dos días las fuentes, “royos” y pozos vieron “sus aguas alteradas y revueltas”. Como antes se dijo el informe de Cazorla no se conserva en el Archivo Histórico Nacional. El resumen que de él hizo la Real Academia de la Historia es muy escueto. Dice que hubo algunos daños en edificios, “con especialidad los de más resistencia (los de piedra)”, que el agua de algunas fuentes se enturbió y que se habían “roto algunos peñascos de las cercanías, y aun desprendiéndose otros del lugar que ocupaban”. Seguramente los efectos fueron muy similares a los que con mucho mayor detalle describe el informe de Quesada.

 

Hay que recordar que el epicentro estuvo a más de seiscientos kilómetros, lo que da idea de la fuerza del seísmo, que a pesar de la distancia tuvo las consecuencias que van referidas. Se comprende así mejor lo sucedido en zonas más cercanas y costeras como Lisboa, Ayamonte o Cádiz, donde además sufrieron el posterior y terrible tsunami. Respecto a las réplicas fueron muchas y algunas importantes, aunque el informe de Quesada les quite importancia. Según Joseph Delgado, el corregidor de Baeza, se habían repetidos los temblores, aunque con menor intensidad. Pero destaca la réplica sentida el día 27, cuya duración calcula en tres minutos, aunque tampoco causó daños. El caso es que según el corregidor  “con estas repeticiones nos hallamos todos llenos de temores y sin parar de hacer rogativas públicas. El Todopoderoso nos mire con ojos de misericordia”.