Quesada era en 1800
un pueblo perdido y bastante incomunicado. Pocos y malos caminos llegaban al
pueblo. El principal venía de Baeza y Úbeda y subía paralelo al río de la Vega
hasta llegar al puente de Palo,[1] para
iniciar la cuesta de subida al pueblo tras cruzarlo. Era el único camino que
permitía el tránsito de pequeños carros y carretas, como el que conducía dos
veces en semana la valija de la correspondencia. Al empezar las cuestas, por
debajo del actual Paseo de Santa María, al camino de Úbeda se juntaba el que
venía de Villacarrillo, que cruzaba el río por el puente del Vadillo,
actualmente conocido como Pernías.[2] El
camino de las Villas, como se le llamaba, era el utilizado para las
comunicaciones con Madrid y era poco más que una vereda, solo apto para
arrieros y peatones. Tras pasar por la casa de la Tercia ambos caminos entraban
en el pueblo por el principio de la calle Nueva, frente al arco o puerta de
Granada.[3]
El pueblo tenía una
apariencia muy distinta a la actual. Las calles eran de tierra y solo las más
principales estaban malamente empedradas. Este piso hacía que en verano fuesen
polvorientas y en invierno auténticos barrizales. Estaban además cubiertas del
estiércol de las caballerías y otros ganados que las transitaban y de las
inmundicias que arrojaban los vecinos, todo ello mezclado con las aguas
residuales, pues no había ningún tipo de cloacas y desagües, apenas alguna
atarjea para evitar encharcamientos donde las aguas no podían correr libres.
La gente vivía
hacinada en casas muy pequeñas y malas, por lo común de dos alturas —bajo y
alto— siendo pocas las que tenían una tercera planta con cámaras debajo del
tejado.[4] Una
casa tipo tenía en la planta baja cuadra y a veces un portal o una bodega; en
el piso alto cocina, una o dos habitaciones y cámaras. En este espacio vivía y
dormía la familia, entendida esta en un sentido bastante amplio pues era
frecuente acoger a sobrinos huérfanos, hijas viudas con sus críos pequeños,
alnados o hijastros, hermanas... Además de por el pequeño tamaño de las casas,
el problema del hacinamiento aumentaba porque era frecuente que se arrendasen
dependencias sueltas, habitaciones, donde tenían que apañarse los vecinos de
menos recursos, entre los que abundaban las viudas pobres. El hacinamiento se
mantuvo, incluso aumentó, durante todo el siglo XIX y llegó hasta mediados del
XX, lo que explica que la población más que se triplicó en el mismo periodo,
mientras que la superficie del pueblo apenas se dobló.
Como es imaginable
las casas de los más pudientes eran bastante mayores. Se concentraban en la
Plaza y alrededores, aunque la mayor de todas no estaba allí, sino en la calle
Alcaraz (de los Arcos), haciendo esquina con la Cuesta de San Juan. Pertenecía
al muy poderoso y acaudalado D. Atanasio de Alcalá y Gámez, que en 1752 contaba
17 años y estaba casado con Dª Francisca de Lígar, de 15. No tenían todavía
hijos pero vivían con diferentes mozos y mozas sirvientes, que se ocupaban de
las faenas domésticas, de las caballerías, etc. Era una casa muy distinta a las
normales del pueblo:
Por bajo pajar, dos
tinados, corral, caballeriza, bodeguilla, portal, zaguán, cuatro bodegas,
cuatro dormitorios, sala baja y segundo zaguán. Por alto cocina,
fregadero, dormitorio, sala, tres dormitorios corridos, una sala, sala honda,
seis cámaras y cuarto del reloj con dos campanas. Casa accesoria unida a la
anterior con portal, cocina, cuatro dormitorios, tres salas, dos cámaras y
palomar.
Los materiales usados
en la construcción de las casas eran por lo común tapial y adobe. Tenían pocas y
pequeñas, pequeñas; los balcones, de palo, solo se veían en las casas de cierto
nivel. Solo se utilizaba la piedra en los edificios más importantes y antiguos
o en los cercanos a la muralla, de la que reaprovecharon piedras y sillares. El
aspecto de calles y casas puede adivinarse en algunas fotografías bastante
conocidas hechas a principios del siglo XX, porque no cambiaron
mucho desde 1800.[5]
[1] Este
puente es el que actualmente algunos conocen como “puente romano”, en la Vega,
junto a la depuradora de aguas.
[2] El
nombre de Pernías por el que hoy se le conoce procede de Pedro Pernías Amorós,
que a finales del siglo XIX era propietario de un molino aceitero y otro
harinero en aquel lugar, tradicionalmente conocido como el Vadillo.
[3] La casa de la Tercia era el edificio donde se
entregaban y almacenaban los diezmos. El arco de Granada o del Mesón es el
actual de la Manquita de Utrera.
[4] En
la documentación del catastro de Ensenada del Archivo Provincial hay dos tomos
que contienen las declaraciones individuales de los vecinos. Cada uno declara
su ocupación, las personas con las que convive y sus propiedades, tanto tierras
como asas, que se describen pieza por pieza. Son casi 1.000 folios de
información exhaustiva que permite formarse una idea de cómo se vivía en
el siglo XVIII.
[5] Una
de ellas es de Cerdá Rico, en la calle Alcaraz, hoy de los Arcos. La otra que
puede servir al efecto es la vista general desde la carretera a la altura de lo
que fue el Puente Segundo, de la que ignoro su autoría, que se publicó en la
Enciclopedia Espasa.
Calle Alcaraz y Adentro.
Puerta de Granada.
Pero regresemos a la
entrada del pueblo, a la altura del actual semáforo. Lo primero que hay que
decir es que la carretera no se había construido y que por lo tanto los muretes
que hoy la separan del inicio del Paseo de Santa María, del arranque de la
calle del Ángel y el del principio de la calle Nueva con la de los Arcos, no
existían. Hay que imaginar una zona bastante abierta y con desniveles, con pocas
casas y de menor altura que las actuales. La calle Alcaraz era la que
actualmente se llama de los Arcos. El nombre procede seguramente de alguna
congregación de aquel pueblo que tuviera aquí alguna propiedad.[1] Corría
por delante de la antigua muralla del arrabal medieval, por lo que algunas
veces se le llamaba la Cava, y era bastante principal. La muralla, el lateral
izquierdo según se baja, prácticamente había desaparecido pero sus piedras
se habían aprovechado en la construcción de casas, como se puede ver en la
fotografía de Cerdá y Rico de principios del siglo XX. En este lienzo de
muralla solo quedaban dos puertas: la de abajo, pequeña, que es el Arco de los
Santos, y la de arriba, frente a la calle Nueva, llamada puerta o arco de
Granada. Poco hay que añadir de la puerta de los Santos, que es de lo poco que
no se ha derribado en el pueblo y de la que se han publicado numerosas páginas.
La puerta de Granada ocupaba
el lugar del actual arco de la Manquita de Utrera. Era la entrada principal a
la calle Adentro y el acceso casi único al Alcázar y a la Parroquia, pues no
existía todavía la calle de la Virgen. Era una puerta medieval de carácter
defensivo, acodada en forma de L para evitar que se pudiera entrar por ella a
la carrera.[2] Sin
embargo, lo que en tiempos medievales suponía una ventaja militar ahora
resultaba un inconveniente. Porque por este arco pasaban las procesiones
religiosas y cívicas y su angostura y estrechez provocaba situaciones
incómodas. Por eso se decidió derribarla, ya cercano el siglo XX, y sustituirla
por un arco ancho y alto que solo tenía función ornamental. Es desde entonces
conocido como arco de la Manquita de Utrera, por la imagen de la Virgen de la
Consolación de Utrera que allí se puso. Junto a la puerta de Granada había
dos locales municipales. El primero un horno de pan que se arrendaba mediante subasta
cada año. El otro era el mesón, una especie de alhóndiga en la que paraban los
arrieros con sus mercancías así como cualquier transeúnte forastero que llegase
al pueblo sin tener alojamiento. Se componía (Ensenada) de “portal descargador,
aposento, cocina, tres cuadras y corral; por alto tres dormitorios, un corredor
y dos cámaras”, siendo la planta de unos 150 m². El mesón era el puerto de
entrada de todo lo que venía de fuera, de mercaderías pero también de epidemias
por la afluencia de forasteros. Se daban en él abusos y especulaciones propias
del mercadeo, como enterarse de la llegada de arrieros con un
producto apetecible y, anticipándose a los demás, comprar toda la mercancía
para revenderla luego a mayor precio. Por eso en 1734 se tuvo que mandar que
los forasteros esperasen 24 horas en el mesón antes de pregonar y vender el
género, para que se pudiesen enterar todos los interesados. Por la presencia de
este mesón el arco de Granada era a veces conocido como arco del Mesón.
La callejuela de
Enmedio comunicaba el arco con la calle Adentro. Era Adentro una calle
principal, en la que coexistían casas pequeñas con otras bastante mayores
pertenecientes a personas de elevada posición social. Como ejemplo de unas y
otras se pueden citar (Ensenada) la del jornalero Gabriel Atencia, dando a
Pozairón, que vivía con su mujer y sus dos hijos en una casa con portal y
aposento y por alto cocina y cámara. En el extremo opuesto la de don Salvador
de Zafra, labrador rico, que vivía con su mujer y dos hijos, ama,
moza y un mozo en una casa con portal, zaguán, patio, dos salas, tres
bodegas, jaraíz, pajar, cuadra y corral; por alto cocina, tres cuartos, dos
salas y cinco cámaras. Sin embargo la casa principal de esta calle era la
conocida como casa de los corregidores, de propiedad municipal.
Tenía portal, zaguán, cocina, oratorio, tres bodegas, dos
caballerizas y un patio; por alto tres salas, otras tres cocinas, dos alcobas y
seis cámaras. En esta casa, que todavía no he conseguido identificar con
precisión, se reunía el Ayuntamiento hasta finales del siglo XVIII. Era también
la vivienda de los corregidores y de ahí su nombre. El oratorio lo reformó y
ornamentó hacia 1706 el corregidor don Tomás de Puga y Rojas y en él se podían
celebrar misas por autorización especial del vicario visitador. La calle
Adentro hay que entenderla como la actual y su continuación llamada hoy Jiménez
de Rada. Por sus estrecheces se accedía a la parroquia y por allí pasaban las
procesiones religiosas y las cívicas y patrióticas con motivo de la
proclamación de los reyes. Algunos puntos eran, y son, tan angostos que
difícilmente pasan más de dos o tres personas a la vez.
Donde Adentro
desemboca en la de la Virgen se ensanchaba el paso, pero poco más arriba, a la
altura de la calle del Cinto, volvía a estrecharse en la puerta de la muralla
medieval que daba paso al Alcázar, a la Lonja y a la parroquia mayor. No hay
datos sobre su disposición pero seguramente era también acodada como la de
Granada. Esta puerta sobrevivió al menos hasta mediados del siglo XIX y cuando
se derribó quedó el hueco en la muralla, sin que se hiciese un arco decorativo
como ocurrió con el de la Manquita de Utrera. A un lado y otro de este arco
discurría la calle del Cinto pegada a la muralla. Era menos principal que la de
Adentro y de casas más pequeñas.
[1] En
1752 las dominicas de Alcaraz eran propietarias de una casa. Es posible que el
convento de Alcaraz fuera la matriz del convento de dominicas de Quesada.
[2] Nicolás
Navidad, que llegó a ver sus restos dentro de una casa de su lateral, confirma
esta disposición. Ignoro si esos restos se siguen conservando. Sería
interesante averiguarlo y, en su caso, protegerlos.
| Iglesia y casa rectoral antes de las reformas del siglo XX. Se aprecian los restos de la cárcel o torre de la alcaidía, junto a la torre de la iglesia (inferior izquierda) |
Alcázar
El Alcázar fue en su
momento el núcleo del pueblo, el último y más fortificado reducto defensivo
para los vecinos.[1]
La muralla que lo rodeaba, aunque caída en algunas partes, se mantenía bastante
entera, con sus cubos y torreones, de los que actualmente solo queda el
demasiado restaurado del Mirador y otro medio camuflado en la parte posterior
de la iglesia. En el Alcázar estaban edificios tan principales como la alcaidía
y la parroquia mayor, a un lado y otro de la plaza Vieja o de la Lonja. Esta
denominación de vieja, por oposición a la nueva, la actual Plaza, se utilizó
hasta bien entrado el siglo XIX. El sobrenombre de plaza de la Lonja, que
finalmente se impuso, nos indica que una de sus funciones principales fue la
comercial, la de mercado. Seguramente en algún momento tuvo algún tipo de
espacio cubierto o soportal, que daba refugio al mercadeo los días de lluvia o
de calor.[2]
[1] En
el ataque de 1406 los granadinos consiguieron asaltar y quemar el arrabal
—calle Adentro y alrededores—, pero no pudieron forzar el Alcázar.
[2] Según
la RAE, lonja es sinónimo de mercado, edificio público donde se reunían
comerciantes.
Parroquia mayor de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo
El edificio más sobresaliente del Alcázar y
de todo el pueblo era, como sigue siendo hoy, la parroquia mayor de los Santos
Apóstoles Pedro y Pablo. En la publicación de la estela discoidea de Quesada,[1] Carriazo
dice que “era una linda joya de estructura gótica y ornamentación plateresca,
relacionada con el foco artístico de Úbeda” y añade los restos que subsistían en
su tiempo, principios del siglo pasado: “De lo que era, podemos juzgar por la
maltratada capilla del Santo Sepulcro, bajo la torre, un escudo del Emperador
en la esquina de esta última, una puerta cegada, sobre la Lonja, y los relieves
que adornan la puerta de la casa rectoral”. La capilla de trazas góticas bajo
la torre sigue allí y la puerta cegada de la Lonja debe estar debajo de la capa
de yeso y cal, que sólo en parte se ha retirado. Los relieves de la fachada de
la casa rectoral, “entre ellos, un grupo de la Virgen poniendo la casulla a San
Ildefonso”, se retiraron cuando se hizo la nueva casa de la parroquia, en los
años sesenta del pasado siglo, e ignoro su paradero. Solo se conserva un Dios
Padre que actualmente está colocado en la torre. De estos relieves y de la
puerta dando a la Lonja hizo y publicó Carriazo unas interesantísima
fotografías. Existen en las actas capitulares de distintos años referencias a
la iglesia que permiten afirmar que a finales del siglo XVIII mantenía la
estructura gótica y la decoración plateresca. Seguramente había tenido reformas
y ampliaciones, pero solo se podrán conocer si existe expediente de obras en el
Archivo Diocesano de Toledo. Una de estas reformas se hizo imprescindible a
causa de los daños que sufrió la estructura por el terremoto de Lisboa de 1 de
noviembre de 1755. Se
resintieron las arquerías interiores, se hundió la torre en su parte alta y los
techos de “algunas capillas”.[2]
El aspecto de la
iglesia, el exterior pero sobre todo el interior, era bastante diferente en
1800 al que hoy vemos. La entrada principal daba a la plaza de la Lonja y era
esa puerta cegada y oculta bajo el yeso que fotografió Carriazo. Además existía
otra llamada de San Ildefonso, frente al altar y que hoy es la entrada
principal. El relieve del milagro de San Ildefonso que llegó a conocer Carriazo
debía estar en esta fachada. El interior de la parroquia mayor se componía
de tres naves, según el informe de daños que se hizo cuando el terremoto de
Lisboa, que estaban separadas por “arcos de piedra de sillería sobre gruesas
columnas de lo mismo”. Estos arcos y pilares de piedra siguen existiendo, al
menos en parte, dentro del recubrimiento de tabiques y yesos de gusto
neoclásico que se pueden ver hoy día. Hace ya años que se hizo una cata junto a
la capilla de la torre y quedó al descubierto un capitel policromado
perteneciente a su primitiva estructura. La cubierta de la nave principal era
también distinta a la actual bóveda de cañón fabricada en yeso. Estaba formada
por una armadura de par y nudillo de madera decorada, situada a mayor altura
que la actual. Sorprendentemente esta armadura sigue existiendo y está en
bastante buen estado. Se puede ver desde el interior de la torre.
La parroquia era una
institución fundamental en la vida del pueblo y tenía un gran poder. El número
de clérigos rondaba la decena incluyendo al prior y cura propio, a los
tenientes de cura y al teniente de beneficiado; a ellos había que sumar el
personal laico: sacristán mayor, sacristán menor, sochantre y fiscal de vara
(alguacil eclesiástico). Su capacidad económica era grande pues, además de los
impuestos eclesiásticos como diezmos, primicias, minucias, solo en concepto de
memorias ingresaba en 1752 la no pequeña cantidad de 11.321 reales.[3] En la
parroquia mayor tenían sede varias cofradías principales, como la del Santísimo
Sacramento, que era la de más prestigio e importancia y la de las Ánimas.
También tenía sede temporal la cofradía de la Virgen de Tíscar, menos rica que
las anteriores pero de mucho relieve por ser la patrona y gozar de la
“protección” o patronato del Ayuntamiento.
La parroquia mayor de los Santos Apóstoles llegó al
siglo XIX en un estado preocupante. En el cabildo de 19 de julio del año 1800,
don Francisco Lucas Monedero, síndico personero del común, manifestó
que corrían rumores por el pueblo de que la iglesia mayor parroquial
amenazaba ruina y que así se lo habían manifestado numerosas personas. Para
comprobar si eran ciertas las noticias y “efectivo el peligro que iba
infundiendo en los vecinos de esta villa”, se había asesorado de peritos y
personas inteligentes (conocedoras), los que habían confirmado que “por el
desplome de paredes y sentimiento de sus arcos en partes esenciales está todo
el edificio expuesto a ruina si con la mayor brevedad no se ponía remedio”. Se
pasaron “los oficios más políticos y atentos” a la autoridad eclesiástica para
que procediese a las obras necesarias, pero Toledo no se tomó el asunto con
prisa y la parroquia quedó inutilizada bastantes años. Mientras tanto, las
funciones de parroquia pasaron a la iglesia de Santa Catalina, la del antiguo
convento de las monjas dominicas.
[1] JM
Carriazo. Estela discoidea de Quesada. Archivo español de Arte y
Arqueología. Tomo VIII 1932. Centro de Estudios Históricos. Madrid.
[2] Fernando Rodríguez de la Torre. Documentos en
el Archivo Histórico Nacional (Madrid) sobre el terremoto del 1 de noviembre de
1755. Ediciones Universidad de Salamanca 2005.
[3] Eran las memorias cantidades
para pago de misas que un propietario imponía a todos o partes de sus bienes.
Los herederos o los compradores debían mantener esta carga.
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| Relieves de la antigua iglesia. Foto Carriazo de la casa rectoral, de los años veinte del pasado siglo |
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| Antigua puerta de la iglesia en la Lonja. Foto Carriazo |
Cárcel y Alcaidía
El otro edificio
importante del Alcázar era la Alcaidía. Fue la torre principal y residencia del
alcaide o jefe militar nombrado por la ciudad de Úbeda. Tras la segregación de
1564 se convirtió en sede del Concejo y allí se celebraban los cabildos. Cuando
el Concejo se mudó a la casa de los corregidores, la torre se convirtió en
cárcel real, función que mantuvo durante casi todo el siglo XIX. Aunque
ruinosa, todavía seguía en pie en los años veinte del siglo pasado hasta que
fue demolida poco antes de 1930. Estaba situada frente a la
puerta principal de la iglesia. Por la parte de atrás daba a la actual calle
Alcaidía, donde sigue siendo visible su cimentación. Tenía dos calabozos no
demasiado grandes y delante, ocupando parte de la actual plaza, hubo hasta 1872
un edificio anejo que se llamaba sala de Audiencia, con portal de entrada y
sala propiamente dicha. En su origen fue utilizada la sala para las reuniones
del cabildo, pero desde que se convirtió en cárcel se usaba como dependencia
para interrogatorios, dependencia de los carceleros y custodia de los libros de
registro. Junto a la cárcel, donde actualmente están las escaleras de bajada al
salón parroquial, había otro arco llamado del Santo Rostro. Solo
daba servicio a los pocos vecinos del final de las calles del Cinto y Adentro y
por eso era poco transitado. Su escasa utilidad y el terrible hacinamiento de
los presos, que podía ser origen de enfermedades, hizo que se cegase para
ampliar la cárcel formando un tercer calabozo.
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| La torre de la alcaidía, cárcel, vista desde el arco de los Santos. Foto Marín. |
Parroquia de Santa
María de Gracia
El resto de los
edificios del barrio se disponía en el entorno de la actual calle Alcázar. Eran
en su mayoría pequeñas y se entremezclaban con solares, porque toda la parte
norte, conocida como las Almenas, estaba bastante deshabitada, con casas
arruinadas y espacios vacíos. Sin embargo, por debajo de la muralla en la parte
del actual mirador, había un pequeño barrio con algunas casas muy deterioradas.
En él eran visibles los muros de la parroquia menor de Santa María de Gracia.
En 1932, según dice Carriazo en su artículo sobre la estela discoidea, todavía
eran visibles sus “breves e informes ruinas”. La parroquia menor de Santa María
se mantenía en uso en 1752, pero ya solo como ayuda de parroquia y sin tener
ningún clérigo asignado en propiedad. Su decadencia era consecuencia de la del
barrio que la rodeaba, cuyas casas lindaban con laderas y solares. A una que
era propiedad de don Atanasio de Alcalá se le calculaba un valor de
arrendamiento de solo 33 reales al año, “por estar casi toda bastante caída con
los temporales, por no tener resguardo ninguno y hallarse sola”. Algo parecido
ocurría con otra de Fernando Hernández, que lindaba por un lado “con la
parroquia de Santa María y por el otro con solares”. A pesar de su deterioro,
la parroquia menor seguía contando en 1752 con una cofradía propia
del Santísimo Sacramento. Según el manuscrito Memorias, dejó de ser
parroquia en 1763, año en el que San Sebastián, “que estaba allí”, volvió de
regreso a su ermita.[1] Sea
precisa esta fecha o solo aproximada, lo cierto es que, según el informe que
para el geógrafo Tomás López hizo el párroco en 1785, ya no existía Santa
María como parroquia, pues solo cita, además de la iglesia mayor, un anejo
parroquial “situado en el convento de religiosas dominicas con la advocación de
Nuestra Señora de los Remedios”. De Santa María de Gracia no ha quedado más
rastro que su nombre en el paseo que se construyó bien entrado el siglo XIX.
[1] Memorias del siglo XVIII al presente.
Manuscrito inédito de varios autores finalizado hacia la segunda década del
siglo XX.
La expansión del
casco urbano
Lo que se ha visto
hasta aquí es el pueblo medieval, la villa refugiada tras las murallas y
temerosa siempre del ataque granadino. Desde el fin de la guerra de
Granada, con la breve e inesperada excepción de la rebelión morisca de
1568-1571, desapareció el peligro militar y en consecuencia aumentó la
población. El pueblo creció al otro lado del barranquillo que corría paralelo a
las murallas por la actual calle de los Arcos. Se expandió de forma
planificada, con una gran plaza pública rectangular rodeada arriba y abajo por
manzanas de la misma forma. Para comunicar la parte antigua y la moderna se
trazó una calle más o menos recta y muy ancha para entonces, que partía de la
puerta de Granada y llegaba hasta una de las esquinas de la plaza pública a la
que se llamó calle Nueva. La creación de este barrio extramuros, junto a la
caída de población en el siglo XVII, produjo el despoblamiento parcial del
viejo pueblo. Para el año de 1.800 el Alcázar, Cinto y Adentro estaban
salpicados de casas arruinadas y solares vacíos. Por eso, cuando la
población volvió a crecer en el siglo XIX, la zona de expansión fue, paradójicamente,
esta parte vieja, que se macizó construyendo todos los espacios vacíos que el
tiempo y la ruina habían dejado. Que la calle Nueva uniera la parte vieja y
moderna del pueblo la hizo muy transitada. Como consecuencia tuvo desde un
primer momento vocación comercial, que se acentuaría en los siglos XIX y XX
hasta que el tráfico moderno la ha relegado a simple carretera de paso. Ya en
1752 (Ensenada) los pocos comercios de la villa se concentraban en ella. Allí
estaba establecido Simón de la Barba, que tenía abierta sastrería y tienda
de especiería y quincalla. Al principio de la calle, junto a la puerta de
Granada, tenía su comercio Antonio de Padua, en el que despachaba aceite y
jabón. Por último Francisco Candeal vendía géneros de especiería y
quincallería, además de aguardiente, del que era abastecedor público. Las casas
de la calle Nueva eran en general mayores que las de la parte vieja. Entre sus
edificios destacaba el Hospital.
Hospital.
El Hospital de
la Limpia y Pura Concepción era una antigua fundación benéfica dedicada al
socorro de enfermos pobres y de transeúntes. Se financiaba con el producto de
las tierras, huertas y casas que había ido recibiendo a lo largo de los años
por piadosas donaciones: catorce casas, tierras de secano cerealero, huertas,
viñas, moredales y olivares. En 1752 se le graduaba a sus bienes un rendimiento
anual de casi 8.000 reales. El Hospital estaba en la calle de su nombre y tenía
aneja una iglesia, “con su sacristía contigua del altar mayor”, que daba a la
calle Nueva. En el edificio no solo estaban las dependencias benéficas, sino
también la escuela de gramática y primeras letras y la vivienda del maestro. Se
componía de un zaguán que daba a un patio “con seis columnas de piedra”. En
torno al patio estaba el “cuarto de la escuela” y una sala dividida “en tres
separaciones”. En dos de ellas había tres camas para curar a los pobres enfermos
y la tercera servía de oratorio para la Santa Escuela de Cristo (cofradía)”.
Había también una cocina para “pobres pasajeros” y un corral. Por arriba tenía
dos corredores, una cocina, una sala y “dos alcobas dormitorios”. En ese piso
alto es donde vivía el maestro. Junto a la casa principal había otra mucho más
pequeña cedida como vivienda a la hospitalera, a la que se pagaban 100 reales
anuales siendo la única empleada a tiempo completo, pues los demás como el
médico (132 reales), el cirujano (55 reales) y el administrador (330 reales),
solo acudían cuando era necesario. La escuela y el maestro, aunque compartían
edificio con el Hospital, no se financiaban de él, pues tenían caudal propio. Actualmente
solo se conserva la iglesia, a la que en fecha posterior se le añadió una
pequeña nave lateral, seguramente aprovechando el salón de la escuela. El resto
del edificio fue demolido —antigua tradición quesadeña— hace no muchos años.
Ignoro que se hizo de las columnas, basas, capiteles y zapatas de madera, que
seguían en su sitio cuando la demolición, aunque la casa ya estaba en ruinas.
Como recuerdo del patrimonio perdido nos queda la conocida fotografía que hizo
Carriazo en los años veinte del pasado siglo.
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| Patio del Hospital. Foto Carriazo. |
Madre de Dios y
cementerio
Por encima de la
calle Nueva destacaba la iglesia de Madre de Dios de la Soledad, que tenía
anejo el cementerio. Estaba en la calle que ha conservado su nombre, en el
espacio donde a mediados del siglo XX se construyó un grupo escolar. Aunque no
tenía pila bautismal no era una iglesia menor, por ser la del cementerio y
porque allí tenía sede la cofradía de la Soledad. Veremos su decadencia a lo
largo del siglo XIX y cómo fue demolida dando lugar a un solar que se terminó
dedicando a plaza de toros. Respecto al cementerio, estuvo en uso hasta que en
1855 se construyó el nuevo en la parte del Humilladero, actual colegio Virgen
de Tíscar. Contra lo que nos pueda parecer, el cementerio no estaba en medio
del pueblo pues entonces el Ángel no era calle y Monte acababa poco más arriba.
Al principio del Ángel, visto desde la carretera de hoy, estaba el corral o
toril del concejo, de uso municipal para albergar al “caballo padre”, a los
toros sementales y demás necesidades ganaderas del Ayuntamiento. La calle que
desde este corral iba hasta Monte y Patona se llamaba Corral del Concejo, más
tarde solamente Concejo —por quitar lo de corral— y finalmente Correo.
Convento de monjas
dominicas
Por debajo del
Hospital salía la calle de las Monjas, así conocida porque rodeaba el convento
de monjas hasta la plazuela de Santa Catalina. Del origen del convento de N.ª
S.ª de los Remedios, orden dominica, hay poca noticia. Según Nicolás Navidad es
probable que se fundara por el capitán Negrillo a mediados del siglo XVI.[1] En
el año 1752 tenía trece monjas de velo negro y otras siete de velo blanco.
Contaba con un criado para el campo y un pastor y disfrutaba rentas anuales por
unos 15.000 reales. Estaba aneja la iglesia de Santa Catalina de Siena, una mística
con gran predicamento en la orden dominica. No se conserva ningún resto del
convento ni de la iglesia y solo ha quedado recuerdo en el nombre del Callejón
de las Monjas. En la iglesia de Santa Catalina tenía sede la cofradía del Señor
de la Columna. El convento fue decayendo en el siglo XVIII, y la orden dominica
lo renunció en 1761, pasando a depender de la jurisdicción
eclesiástica ordinaria, es decir, del Arzobispado de Toledo. Poco aguantó el
arzobispo a las hermanas y en 1786 consiguió licencia de Carlos III para su
clausura definitiva. Las monjas fueron trasladadas al convento de
agustinas de Cazorla y con ellas marcharon los bienes, tierras, casas y censos.
El traspaso originó un larguísimo pleito entre las agustinas y el Ayuntamiento
de Quesada, que defendía que el caudal de las dominicas debía pasar al común de
los vecinos.
[1] Nicolás Navidad Jiménez. Juan Negrillo, un
capitán quesadeño del siglo XVI. En Revista de Ferias 2022.
La Plaza
La calle Nueva
desembocaba en la Plaza, plaza Pública, de la Villa o del Mercado, que por
todos estos nombres se la conocía. Sus funciones eran similares a las de las
tradicionales plazas mayores castellanas y también lo era su forma, grande y
rectangular, diáfana, sin árboles ni cosa parecida que obstaculizara su
carácter de lugar público por excelencia. A la Plaza se desplazó el antiguo
mercado de la Lonja y en ella se celebraban los actos y fiestas religiosas,
civiles y militares, como reseñas y alardes. El Ayuntamiento tardó bastante en
instalarse en la Plaza, pues hasta la segunda mitad del siglo XVIII se siguió
utilizando la llamada casa de los corregidores, en la calle Adentro. La falta
de un edificio en la Plaza para el Ayuntamiento suponía un problema, pues la
Villa —corregidor, regidores, diputados, síndicos— debían presidir las
funciones públicas y hacerlo no en el suelo, sino asomados a un balcón. Por eso
en septiembre de 1732 se compró una casa a don Tomás Fernández Enríquez para
instalar allí las casas capitulares. Sin embargo, “y no habiendo tenido medios
para llevar adelante este ánimo”, se limitaron a poner “un balcón de madera
torneada con su puerta ventana”, para que desde él la Villa pudiese presidir
las funciones públicas. En 1743 la ruina del balcón y fachada del edificio
obligó a una importante reforma. Solo se usaba con fines protocolarios,
asomarse al balcón, hasta que en algún momento indeterminado de finales del
XVIII se pasaron a él las funciones municipales desde la casa de los
corregidores. Fue entonces cuando se le sometió a nueva reforma y se le
añadieron las molduras y decoraciones de gusto barroco que se puede ver en las
fotografías antiguas.
La Plaza tuvo desde
época temprana vocación de espacio noble, destinado a que las familias
importantes del pueblo construyeran sus viviendas, mucho más espaciosas de lo
habitual. En 1752 (Ensenada), aunque había algún que otro vecino humilde,
vivían allí importantes personajes, como Don Manuel Antonio de Herrera, regidor
perpetuo y primer voto del cabildo, en un enorme caserón esquina con la calle
del Agua que ocupaba los actuales números 15 y 16. En el edificio del actual
bar Marisol lo hacía el escribano Don Joseph Vela del Olmo, también regidor
perpetuo y segundo voto. Se puede citar a otros importantes propietarios
como don Salvador Cano, actual número 4, o don Manuel de Alcalá, número
11. En el número 13 vivía doña Rosa Román, que cuidaba de su nieto, hijo de don
Rodrigo de Urrutia, capitán de la Compañía de Guardiamarinas de Cádiz, ciudad
en la que acababa de fallecer.
Entrando en la Plaza
desde la calle Nueva, a la derecha, había un portal de propiedad municipal. Se
usaba como puesto público para la venta de los productos que estaban en régimen
de monopolio por el Ayuntamiento, como el aceite, vinos, aguardientes y, en su
tiempo, la nieve. En este local estuvo la inspección de municipales y
actualmente hay unos servicios públicos. Enfrente, en la esquina de la Plaza
con el lateral derecho de Coronación, se situaba la fuente pública, única que
había en el pueblo, con caños para que los vecinos se surtieran de gua y un pilar
para el ganado. Se recompuso en 1698, colocándose en ella una lápida
conmemorativa que actualmente está en las escaleras del ayuntamiento. El agua
se traía del Chorradero mediante una conducción que era en parte tubería de
atanores de cerámica y en parte caz descubierto. Era frecuente que quedara
inutilizada por el barro que arrastraban temporales y tormentas y que durante
las sequías se secase. Cuando no manaba, los vecinos debían surtirse en el caz
de riego que rodeaba la parte baja del pueblo. Como servía también de aguadero
para el ganado, lo que obligaba a fijar horarios —mañanas para los vecinos y
tardes para el ganado— para evitar suciedad y turbiedades.
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Convento dominico de
San Juan
Ha quedado para el
final la descripción del edificio más grande del pueblo. Era el enorme, a
escala local, caserón del convento de los frailes dominicos del Señor San Juan.
Se componía de torre, claustro, iglesia, cocina, refectorio y otras
dependencias. Nunca tuvo huerto a pesar de la “leyenda urbana” que dice que lo
fue en su origen la propia Plaza, algo de lo que no hay una sola mención en
ningún tipo de documento de ningún tiempo. Fue fundado, según Nicolás Navidad
que ha estudiado el tema, por el capitán Juan Negrillo en 1542. Este capitán
participó activamente en las campañas militares del norte de África tras la
conquista de Granada, destacando en la campaña de Bugía y en el Peñón de Argel.[1] El
convento se construyó en la entonces zona de expansión tras el cese de los
peligros militares. Su ubicación se correspondía con la actual plaza de la
Coronación. La presencia de los dominicos tuvo un impacto grande en el pueblo
siendo su prior figura de gran relieve en la vida política y social. En 1752
había ocho frailes sacerdotes y cuatro legos. A su servicio tenían dos fámulos,
un mozo para el campo y un pastor. Se mantenía el convento del fruto de sus
tierras repartidas por todo el término, en su mayoría arrendadas. Las rentas
anuales ascendían a algo más de 25.000 reales. Estos 25.000 reales permitían a
los frailes una existencia acomodada, pero no era un convento especialmente
rico y en nada se podía comparar a las grandes fundaciones de Úbeda y Baeza.
El edificio principal
del convento estaba delante de la plaza de la Coronación y era de planta
cuadrada. En su esquina suroeste, justo encima de la actual carretera y paso de
vehículos, se alzaba una torre que dominaba la Plaza. En el lado sur estaba la fachada
principal, con la puerta de acceso pegada a la torre y decorada con un frontón
triangular. Encima tenía una primera planta con ventanas y una segunda con un
corredor protegido por una arquería. Desde la puerta de entrada se accedía
a un claustro con arcos y columnas de piedra. En torno a él, en el primer piso,
las celdas de los frailes. Por su lado este había dos puertas, una que
comunicaba con el refectorio y cocina y otra, pegada y otra que lo hacía con la
iglesia. La iglesia del convento tenía una sola nave, que en el siglo XX estaba
cubierta por una bóveda de cañón hecha de yesería, aunque es muy posible que en
tiempos estuviera cubierta, como la parroquia, por un artesonado de madera. La
iglesia se disponía hacia el este, estando su cabecera a la altura del museo
viejo. En esta cabecera estaba el altar mayor, con un retablo barroco de
madera, y cubierta, según Carriazo, por un alfarje de ocho paños. Carriazo
conoció la iglesia, todavía en uso, durante su juventud y fue él quien hizo las
únicas fotografías conocidas de su interior. En el subsuelo había
enterramientos de personas principales debajo de lápidas de piedra. En la
iglesia del convento tenía su sede la cofradía del Rosario. La puerta de la
iglesia daba a la calle de San Juan, también llamada del Convento, que es el
actual lateral derecho de Coronación. Por el lado contrario, lateral izquierdo,
el convento de frailes estaba separado del de las monjas por un estrecho
callejón. Era un lugar apartado y poco transitado, muy usado para desahogarse
en todos los sentidos. A él daban las ventanas del refectorio y cocina de los
frailes, que lo cerraron por ambos extremos, con licencia al Ayuntamiento, para
evitar las “torpezas” que allí se cometían. Cuando las monjas fueron
trasladadas a Cazorla, las agustinas inmediatamente quisieron obtener beneficio
inmobiliario del convento, para lo que necesitaban abrir el callejón. Tuvieron
sus discusiones y enfrentamientos hasta que finalmente se llegó al acuerdo de
un cierre parcial. Hasta la segunda mitad del siglo XIX no se abrió
definitivamente, pero por su estrechez y poco tránsito tardó en perder el
sobrenombre escatológico por el que se le conocía.
Casa solariega de la calle Dr. Muñoz. Foto Carriazo
Alrededores de la
Plaza
Cuando se hizo la
Plaza en el siglo XVI se trazó a su alrededor un ensanche de manzanas más o
menos rectangulares que dejaban calles que, en comparación con la parte vieja
del pueblo, eran anchas y rectas. Por debajo de la Plaza la primera era la
conocida como Rodrigo de Poyatos, actual Dr. Muñoz. Era calle de cierto
relieve, con algunas buenas casas, a la que se conocía también como calle
Conde, denominación que sobrevivió hasta mediados del siglo XX. La
siguiente era la calle Corralazo, nombre por el que se conocía no solo la
actual Fernando III sino toda la zona de su alrededor. Una y otra daban a la
calle, entonces más bien barranquillo, del Agua, por donde bajaban los
sobrantes de la fuente pública y la escorrentía de la Plaza en los días de
lluvia. Frente a donde terminaba Rodrigo Poyatos empezaba Pedro Sánchez
Guerrero, actual Dr. Muñoz, nombre que procede de un importante escribano del
número (notario) del siglo XVII. Su casa más importante y emblemática, que
sobrevivió hasta no hace demasiados años, era la de los escudos. En
1752 vivía en ella don D. Luis de Lígar Bolbe, administrador de las rentas del
tabaco. Se componía de dos portales, corral, cuadra, pajar, dos bodegas, sala,
tres alcobas y un jaraíz; por alto dos cocinas, dos corredores, cuatro
dormitorios, una sala, dos graneros y cuatro cámaras. Al principio de la calle,
dando a la actual del Agua, estaba uno de los tres hornos de pan del caudal de
Propios, conocido como horno de la Plaza y que en 1752 estaba arrendado en
1.300 reales anuales.
Por la parte de
arriba de la Plaza, además de las ya mencionadas Madre de Dios y Corral del
Concejo, destacaba la calle Monte, perpendicular a las dos anteriores y de la
que partía el camino que se dirigía a Jódar pasando por el Vado de la Adelfa.
Casi a su principio, a mano izquierda, salía la de la Patona. En su esquina una
gran casa donde vivía la familia Cano Padilla. En su fachada permanece un
escudo que, según Carriazo, era propio de D. Salvador Cano Tribaldos y
Jorquera.[1] El
resto de la calle de la Patona era más humilde y terminaba en la confluencia
con Don Pedro, donde se iniciaba la bajada a Fuente Nueva y el camino de Tíscar
y Belerda.
Cerraba el pueblo por
su lado sur la calle de Don Pedro de Gámez, nombre muy antiguo que se remonta
al siglo XVII. Al igual que en el caso de Rodrigo de Poyatos, no he conseguido
identificar completamente al personaje que dio nombre a esta calle. Es posible
que D. Pedro fuese presbítero, escribano o algún otro oficio importante. Creo
que hay que relacionar el apellido con la parte de Jódar, Bedmar y Albanchez.
El único Gámez importante que tengo registrado fue D. Cristóbal de Gámez Mesía,
vecino de Albanchez, que en 1752 mantenía importantes posesiones en Quesada.[2] Para
principios del siglo XIX casi se había olvidado el apellido Gámez y la calle
era conocida a secas como la de Don Pedro. La calle Don
Pedro tenía forma de T y empezaba en la esquina de la Plaza, junto al bar
Marisol, para en las Cuatro Esquinas dividirse en dos tramos. El de abajo se
correspondía con la actual calle y llegaba hasta el principio de la Carrasca;
el de arriba, actual calle del Teatro, terminaba en la confluencia con Patona,
desde donde partía el camino que por Puerto Ausín llegaba a Poyatos (Huesa) y
que antiguamente se conocía como camino de Guadix o de Granada. Don Pedro era
calle importante, con algunas casas grandes en las que vivían familias
principales, intercaladas con otras menor nivel. No existían las Cuatro
Esquinas. En el espacio donde hoy está la curva de inicio del Muro estaba
entonces la carnicería de la villa, con la sala de matadero y un pequeño
corral. Cuando, a finales del siglo XIX, se iniciaron las obras de la carretera
de Tíscar se derribó la carnicería y, para que la nueva vía pudiera pasar entre
el barranco y la trasera de las casas, se construyó el Muro.
Por debajo de las
calles descritas fueron apareciendo barrios humildes de casas pequeñas y calles
estrechas que se adaptaban en su trazado a las fuertes pendientes. Eran las
conocidas como Espinillos, Terradillo, Cruz Colorá, Cruz Verde y Bache. Este
último nombre nada tiene que ver con lo que hoy nos sugiere de inmediato. Un
bache es el “sitio donde se encierra el ganado lanar para que sude, antes de
esquilarlo”.[3] Las casas se
construían por los propios vecinos, que previamente solicitaban al Ayuntamiento
que les cediese el terreno. Y es que todos los alrededores del pueblo, las
partes no edificadas de lo que llevamos visto, componían el ruedo o ejido del
pueblo, tierras de realengo, no cultivadas y de propiedad municipal. Eran zonas
peladas de vegetación, porque al ser comunales servían para expansión de los
ganados del vecindario, que se comían todo lo que pudiera crecer. Repartidas
por el ejido, formando una especie de cinturón, estaban las eras de “pan
trillar”, que también pertenecían al común. En aquel momento las costumbre
marcaba que quien primero limpiara una era al principio del verano tenía
derecho a trillar su cosecha, cediendo el turno a otro vecino cuando terminaba.
Aunque en 1800 apenas había empezado a desarrollarse, en este ejido había una
calle o zona de nombre peculiar. Por encima de la Patona, en una parte donde el
Ayuntamiento se preocupó de mantener cierto orden en las alineaciones, estaban
las casas de franco. El nombre hacía referencia a que era lugar de construcción
libre, franca, donde solo era preciso solicitar licencia para hacerlo. Con el
tiempo pasó a llamarse calle Franco, lo que dio pie a alguna anécdota curiosa.
En uno de los procesos militares en Jaén, tras la guerra civil, el encartado
quesadeño contestó al ser interrogado que vivía en la calle Franco. A oírlo el
escribiente y para evitar confianzas improcedentes, escribió que el
declarante vivía en la calle del Generalísimo. Podemos interpretar
que esta coincidencia de calle y apellido fue la causante de que un nombre
tradicional y antiguo desapareciese del callejero.
[1] En
el cuaderno de notas de Juan de Mata Carriazo. Fondo Carriazo. Universidad de
Sevilla. Según Carriazo don Salvador era hijo de don Juan Cano Padilla. Añade
que los Cano, procedentes de Mondoñedo, participaron en la conquista de Quesada
de 1231 y en la fundación de la cofradía para hidalgos del Santísimo Sacramento
en 1233.
[2]
Aunque
no vivía en Quesada, la relación de D. Cristóbal con el pueblo, con la “buena
sociedad quesadeña”, es evidente. Su hija Dª Teresa de Gámez Carmona se casó
con don Juan de Villaseca, regidor perpetuo e importante personaje de la villa
en la segunda mitad del siglo XVIII.
[3]
Segunda
acepción en el diccionario de la RAE.
La antigua cubierta de madera de la parroquia. Detalle de los restos de la decoración del artesonado de la parroquia.




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