El 18 del actual falleció, a la edad de 74 años, en su
pueblo, la villa de Quesada, provincia de Jaen, nuestro apreciable amigo el Sr.
D. Santiago Vicente García, escritor aventajado, humanista y filósofo
distinguido. Su muerte ha sido una pérdida para la literatura española.
Así recogía La Esperanza,
periódico católico integrista próximo al carlismo el 30 de junio de 1856 la
noticia de la muerte de Santiago Vicente. Vecino de Quesada, fue abogado,
comentarista de la política internacional en artículos de prensa y sobre todo autor de manuales utilizados en
la enseñanza primaria y secundaria, que le dieron fama al final de sus días. Lo
que no dice La Esperanza en su obituario es que fue también un gran
traidor, que delató a sus compañeros de conspiración liberal llevando a la
horca al coronel Bernardo Márquez y al librero madrileño Antonio Miyar. Santiago Vicente fue un personaje que se salía la
norma en aquel vetusto y aislado pueblo del interior rural. Fue desde luego uno
de los personajes quesadeños más singulares del siglo XIX, uno de los pocos que
llegó a tener una calle a su nombre. Aunque vivió en Quesada al menos la
segunda mitad de su vida, no conocemos su lugar de nacimiento. La tantas veces
lamentada destrucción de los libros parroquiales en 1936 hace casi imposible conocer
su naturaleza y origen, si es que estuvieron en Quesada. Estaba casado, pero no
dejó descendencia conocida, lo que aumenta más el misterio en torno a su persona
y lo convierte en especie de ave de paso: apareció de improviso, tuvo sus
momentos de gloria en el pueblo y desapareció casi sin dejar rastro.
El apellido Vicente es poco usual y en
Quesada era completamente inexistente. La primera persona conocida así apellidada
fue el abogado Manuel Vicente Moreno, natural de Villanueva de Cameros (Rioja),
que llegó en el otoño de 1823 como
alcalde mayor interino nombrado por la Chancillería de Granada. Hacía pocos
meses que la intervención militar francesa había acabado con el llamado Trienio
Liberal y el gobierno absolutista de Fernando VII buscaba funcionarios que no
hubieran colaborado con el régimen constitucional. Manuel Vicente estaba libre de
esta culpa y, según la Chancillería, no había desmerecido "la confianza
del Rey Nuestro Señor durante el pretendido Régimen Constitucional tanto en su
conducta pública como privada”.[1] Ejerció la alcaldía mayor
hasta abril de 1825, gozando de la confianza de las autoridades superiores pues
se le encomendaron misiones delicadas, como la depuración política, en 1824, de
los cabildos de Cazorla y Cabra de Santo Cristo, cuyos regidores al parecer
despertaban sospechas del capitán general de Granada, jefe del orden público.
Además de Manuel Vicente, y por aquello de la rareza del apellido, hay que
mencionar al que fue párroco de Pozo Alcón Bernardino Vicente Moreno, delegado
electo por la asamblea parroquial de Pozo Alcón en las elecciones a Cortes
ordinarias de 1813. La coincidencia de apellidos pone en inmediata relación a
Manuel y a Bernardino pues la simple coincidencia parece poco probable.
Manuel Vicente Moreno era alcalde
mayor “profesional”. Lo fue de Fiñana, de Quesada y más tarde de Algeciras. Nada
de extraño tendría que solicitase en 1823 la plaza vacante de Quesada de la que
tuviese noticia por el párroco de Pozo Alcón, con el que tuviera algún
parentesco, incluso que fueran hermanos. La siguiente pregunta por contestar
sería si estos señores, Manuel y Bernardino, tenían relación con Santiago
Vicente y sus hermanos. Porque en Quesada, con posterioridad al paso de Manuel
Vicente Moreno, hubo tres hermanos Vicente García: Santiago, que debía ser el
mayor y que al menos desde 1831 estaba avecindado en Quesada; Manuel, que fue
abogado ejerciente en Quesada, y Ángela que se casó con el rico propietario
Juan Antonio Conde, al que sobrevivió bastantes años pero del que no tuvo
descendencia conocida. Creo que hay relación entre los Vicente Moreno y los
Vicente García. Posiblemente un origen familiar común en Cameros que facilitara
que unos tiraran de los otros hacia Quesada, como pocas décadas después está
documentado que ocurrió con varias familias cameranas. Otra posibilidad sería
que Manuel Vicente Moreno fuera padre de los hermanos Vicente García y que
estos se hubieran establecido en el pueblo permaneciendo en él incluso con
posterioridad a la marcha del padre. No hubiera sido la primera vez que ocurría
con familias de corregidores y alcaldes mayores.[2] Pero no cuadran demasiado
las fechas, porque en 1825 Santiago Vicente tenía unos 45 años y si Manuel
fuera su padre tendría que tener al menos 65, lo que parece una edad elevada
(entonces) y más lo sería para continuar después su carrera en una localidad
importante como Algeciras.
Fuera la que fuera la relación
familiar, que la tuvo que haber y que explicaría la “aparición” en Quesada de
Santiago Vicente, las primeras noticias ciertas sitúan a Santiago en Jaén
durante el Trienio Liberal. Aunque hay alguna referencia a que fue afrancesado,[3] lo cierto es que en 1821
era secretario del Ayuntamiento constitucional de Jaén.[4] Fue por este cargo por el
que ocupó otros como el de secretario de la Junta de partícipes seculares de
diezmos del Obispado de Jaén.[5] Su presencia en Jaén lo
sitúan ya cerca de Quesada con anterioridad a la llegada de Manuel Vicente
Moreno. Lo acercan además a otro
protagonista, trágico, de esta historia, el coronel Bernando Márquez de la Vega,
también muy relacionado con este pueblo. Según su abogado, al hacer en 1831 la
relación de méritos de su defendido, Márquez empezó su carrera militar con 15 años,
luchando en los Pirineos contra la República Francesa. En 1810, en plena guerra
de la Independencia, entró en Jaén desde Baza con un solo asistente y levantó
una partida que llegó a tener 1.500 infantes y 700 caballos.[6] Y efectivamente, el
entonces capitán Márquez se
hizo famoso durante la Guerra de la Independencia por su actuación en el reino
de Jaén. Tras el desastre de Despeñaperros, enero de 1810, y la desaparición
del Ejército del Centro que lo defendía, se integró en las guerrillas
desplegando una gran actividad. Alcanzó notoriedad con algunas acciones muy
sonadas, como el intento de captura del general Sebastiani en la primavera de
1811 o la liberación y definitiva expulsión de los franceses de Jaén a mediados
de 1812. Márquez mandó la caballería de las fuerzas que se enfrentaron en
Quesada a las tropas del general Godinot en el verano de 1811. Tenía sus
caballos acampados en la calle don Pedro y cuando los imperiales forzaron las
defensas continuó hostigándolos desde puerto Ausín y Fique. No hay noticia de
Márquez una vez finalizada la guerra ni de cuál fue su actuación durante el
Trienio Liberal, pero al menos desde 1829 estaba retirado en Sevilla como
pensionista de guerra con el grado de coronel. Aunque oficialmente avecindado
en Quesada, también vivía en Sevilla Santiago Vicente García, procedente de
Jaén, donde por su implicación activa en el gobierno municipal del Trienio
Liberal no pudo seguir ejerciendo. Ambos pertenecían a los círculos liberales
opuestos al absolutismo de Fernando VII, eran de una edad parecida y posiblemente
se conocían de sus tiempos por Jaén.
Conspiración, proceso y muerte del
coronel Márquez
En el mes de Junio
de 1829, se presentó en Sevilla D. Juan López Ochoa, veterano liberal, que en
nombre de una denominada Junta de Cádiz se proponía establecer otra en Sevilla,
“a fin de que con las demás instaladas en casi todas las provincias, cooperasen
al plan concertado por una Junta general de Españoles emigrados reunida en
Londres, para dar a la Nación un Gobierno liberal”.[7]
Quedó constituida la junta con Bernardo Marquez a su frente como jefe y Santiago Vicente García como
secretario y encargado de las relaciones con otras juntas provinciales, como la
de Madrid, y con destacados exiliados que desde el extranjero participaban en
el movimiento. En estos contactos clandestinos, Santiago Vicente utilizaba el
nombre de guerra de Francisco Vázquez y recibía las cartas y mensajes secretamente
a nombre de Dª Francisca Santa María, viuda de D. Pedro Verdugo, que fue Intendente
de Marina del Ferrol. Esta señora, a la que Santiago Vicente llama “mi amiga y
bienhechora” y que vivía entonces en Sevilla, procedía de Las Palmas, de donde
era natural su fallecido marido, hermano del obispo de Canarias y miembro de
una importante familia de las islas. No hay más noticia, por el momento, sobre
la relación de esta mujer y Santiago, que debía ser, en el sentido que fuera,
tan fuerte como para que Francisca se atreviese a prestar su nombre y casa en peligrosas
tareas clandestinas.
La Junta sevillana
no tuvo mucha actividad hasta que en septiembre de 1830 llegó a Gibraltar el
general Torrijos, que junto al exiliado Espoz y Mina encabezaba todas las
conspiraciones contra la tiranía de Fernando VII. Alentados por la cercanía del
general se activaron los contactos con otras juntas, especialmente con la de
Madrid. Pero la policía estaba tras la pista y a principios de 1831 fueron
interceptadas “varias cartas dirigidas a D. Santiago Vicente García, aunque
bajo otro nombre (Vázquez), el cual se suponía ser uno de los principales
agentes de la conspiración en Sevilla”.[8] A
la vista de estas informaciones, el siniestro ministro Calomarde ordenó una
redada en la que fueron detenidos, entre otros muchos, el coronel Bernardo
Márquez y Santiago Vicente García. La información sobre estos sucesos procede
del proceso judicial que se siguió a continuación. En él hay noticias de
Santiago Vicente a través de sus propias declaraciones y de los alegatos del
abogado defensor de Bernardo Márquez.[9]
Cuando Santiago Vicente fue detenido
se mantuvo firme al principio, sin descubrir a ninguno de sus compañeros. Pero
debió de comprender que esa actitud le llevaría a la horca y acabó cediendo.
Ofreció “descubrir los autores, cómplices y ramificaciones de la conspiración
si se le indultaba”. Prometido el indulto, hizo “una minuciosa declaración, en
la cual revelaba la existencia de la conspiración, y los nombres de cuantos
aseguró que habían tomado parte en el plan”.[10] En su confesión o
delación dio los nombres de los integrantes de la junta de Sevilla y de otras,
como la de Madrid, con las que mantenía contacto en nombre de la sevillana. No
ahorró detalles, hasta el punto de incluir la composición de las tintas
simpáticas utilizadas en la correspondencia clandestina, así como las claves y
equivalencias con las que se encriptaban los textos. Se iniciaron sus
declaraciones el 14 de abril de 1831 y continuaron durante varios días, pero a
pesar de las promesas el indulto continuaba detenido —aunque se le mantenía en
condiciones favorables y cómodas—, siendo al poco conducido a Madrid, donde continuó sus delaciones que
afectaron, entre otros, al librero Antonio Miyar. Como resultado de sus denuncias —no
fue el único traidor, hubo otros como un tal Vicente Ramírez— el coronel
Bernardo Márquez fue condenado a muerte y
ahorcado en la plaza de San Francisco de Sevilla el 9 de marzo de 1832.
Al ser militar le correspondía morir fusilado por un pelotón de soldados, pero
no se le respetó su derecho y el fiscal, al solicitar la pena de muerte, pidió
que “ejecutada se ponga pendiente del cuello del cadáver alguna señal que
manifieste al público su aleve crimen de traición”. La ejecución fue un
acontecimiento sonado en la ciudad por su injusticia y crueldad. También se
hizo notoria la traición cometida por Santigo, que quedó socialmente marcado y
arrastró fama de traidor. Al año siguiente murió Fernando VII, los carlistas se
sublevaron contra Isabel II y comenzó la guerra civil. La memoria del coronel
Márquez fue rehabilitada, convirtiéndose en mártir de la libertad.[11]
Al menos desde
1829, cuando se creó la junta en la que se integró como secretario, Santiago
debía vivir en Sevilla o tener una prologada relación con la ciudad. No
obstante, en mayo de 1831, al dar sus datos de filiación en uno de los
interrogatorios, dice: “que se llama como antes tiene declarado S. V. G.,
vecino de Quesada, de estado casado y de edad de cuarenta y cuatro años”.
Evidentemente no podía residir en Quesada y mantener en Sevilla una intensa
actividad conspirativa. Debe entenderse que Quesada era su residencia legal, el
lugar donde se había refugiado al amparo de Manuel Vicente, el alcalde mayor, cuando
en 1823, tras el final del Trienio Liberal y habiendo sido secretario
constitucional, su permanencia en Jaén se hizo imposible. Serenados un poco los
tiempos, salió del pueblo para buscar nuevos horizontes en Sevilla más acordes
con su ambición y formación.
Tras la traición y la muerte de Márquez Santiago
siguió viviendo en Sevilla una vez obtenido el indulto, pero los cambios
políticos y sobre todo la guerra civil truncaron sus planes. Ya no solamente
era un traidor sino que se podía sospechar de él connivencia con el bando
carlista sublevado. Sevilla vivía la resaca del movimiento revolucionario
juntero, que culminó con la formación en septiembre de 1835 de la Junta Central
de Andalucía en Andújar, opuesta al Gobierno de Madrid y a la Reina Gobernadora.
En aquella efervescencia, a principios de 1836 Santiago fue detenido según
noticias de la prensa liberal sevillana:
Parece
que en la noche del 5 del actual ha sido conducido a la cárcel de la real
audiencia de Sevilla por los celadores de la 1ª y 2ª demarcación de la Magdalena,
D. Santiago Vicente García, delator que fue del malogrado coronel don Bernardo
Márquez, ha sido arrestado por orden de la policía y a disposición del Excmo.
Sr. capitán general.[12]
Dos días después fue
conducido por la policía a Cádiz, a disposición del gobernador militar.[13] No hay más informaciones
de lo que ocurrió con él, pero evidentemente ya no pudo seguir viviendo en
Sevilla y optó por regresar a Quesada, donde volvemos a saber de él a principios de
1838, con las facciones rebeldes carlistas a punto de entrar en el pueblo.
En enero de 1838 dos
columnas carlistas, la de Basilio García
(Don Basilio el de Logroño) y Antonio Tallada, asolaban la Mancha, Alicante y
Murcia. Aquella guerra fue brutal. Las columnas carlistas emprendían marchas un
tanto erráticas moviéndose con rapidez de un punto a otro, intentando levantar
a las poblaciones por las que pasaban y viviendo sobre el terreno del saqueo.
Cometían toda clase de atrocidades, que eran respondidas en similar forma por
las tropas isabelinas. Ambas columnas se reunieron en Alcaraz y penetraron en
Jaén. El 4 de febrero consiguieron entrar en Úbeda y Baeza. Al día siguiente
fueron desalojadas por el general Laureano Sanz, que las obligó a cruzar el
Guadalquivir.[14] La irrupción de los rebeldes provocó
alarma y miedo en toda la comarca. Aquel mismo día, 5 de
febrero, el Ayuntamiento de Quesada decidió poner en ejecución las
instrucciones que tenía para el caso de que los facciosos invadieran el pueblo.
Debían evacuarlo todos los regidores y llevar consigo los fondos que hubiese en
las arcas municipales, para evitar que cayesen en manos de los rebeldes. Ya con
Don Basilio y Tallada en los alrededores emprendieron la marcha, pero “no pudiendo dejar el pueblo
abandonado sin que haya personas que con alguna representación estén a la mira
de esta población y lo que pueda ocurrir”, resolvieron crear una “junta
auxiliar interina”, que recibiese a los invasores y procurase salvaguardar en
lo posible a los vecinos y sus bienes. Para esta junta se nombraron personas
que no fueran vistas como enemigos por los invasores: el párroco don Cesáreo
Aguilera y un grupo de hacendados de cierta edad y de mentalidad próxima al
carlismo, entre los que destacaba don Manuel Antonio de Alcalá Conde.[15] En un lugar destacado,
inmediatamente después del párroco, se nombró a Santiago Vicente García.
Don
Basilio entró en Quesada al día siguiente y esa misma tarde lo abandonó ante la
llegada del mariscal Laureano Sanz, que venía persiguiéndolo desde Úbeda.
Estuvo moviéndose por toda la comarca, desde Pozo Alcón a Cazorla, entrando de
nuevo en Quesada el día 19,[16]
siempre perseguido por las tropas gubernamentales. No hay noticias de lo
sucedido durante estas entradas ni de cuál fue la actuación de la junta
interina. Solo hay una referencia en la crónica que de los sucesos hizo el
corresponsal en Úbeda de un periódico madrileño, en la que decía que los
pueblos de Villacarrillo, Quesada y Cazorla habían “sufrido mucho”.[17]
Este episodio, ocurrido en los momentos álgidos de la guerra civil en la
comarca, ilustra perfectamente el cambio radical que se había producido en la
vida de Santiago Vicente. El viejo revolucionario liberal, funcionario
constitucional en el Jaén del Trienio Liberal y activo conspirador en Sevilla
contra la tiranía absolutista de Fernando VII, había mudado radicalmente desde
su traición de 1831. Ahora Santiago era un personaje cincuentón, católico
integrista y radicalmente conservador y próximo al absolutismo carlista, tanto
como para servir de escudo protector del pueblo ante el feroz Don Basilio. Ya no
volvió a cambiar de postura; mantuvo su conservadurismo hasta la muerte.
También hasta la muerte continuó viviendo en Quesada, donde pasó su vejez. Pero
antes de abordar al Santiago Vicente literato hay que mencionar una noticia
que, como casi todas las que rodean su figura, resulta intrigante y misteriosa.
La
guerra civil concluyó el 31 de agosto de 1839 con el Convenio de Vergara entre
los generales Espartero y el carlista Maroto. Pocos meses antes, el 20 de
marzo, el Ayuntamiento de Quesada recibió un oficio de Jaén ordenando que se
formase expediente de prófugo a don Vicente Berdugo, y por todos los medios se
le presentase en la “caja de quintos”.[18]
El 17 de abril la corporación dejó constancia de que se había dirigido exhorto
al alcalde constitucional de Granada “relativo a la captura de Don Vicente Berdugo a
quien cupo la suerte de soldado” y que esta autoridad había respondido “no
haberse hallado en dicha ciudad de Granada” al citado prófugo. En 8 de mayo, la
Diputación de Jaén, entonces con las competencias de reclutamiento, vuelve a
dirigirse a Quesada sobre esta persona. Estas reclamaciones significan que el
tal Vicente Berdugo estaba incluido en el alistamiento de Quesada y que fue
sorteado en él por estar avecindado en el pueblo. Le cupo la suerte de soldado,
pero no se había presentado en Jaén en la “caja de quintos”. Todavía no había
concluido la guerra civil y Vicente no quiso participar en ella, o no quiso
hacerlo en el bando constitucional isabelino al que pertenecía Quesada y toda
la provincia de Jaén.
El apellido Berdugo o Verdugo era inexistente en Quesada hasta ese
momento, Vicente Berdugo había venido de fuera aunque formase parte del cupo quesadeño
por estar avecindado en la villa. El 11 de septiembre, y ante un nuevo
requerimiento desde Jaén, se contestó diciendo que estaba ausente de “esta
villa de Dª Francisca Santa María madre del Berdugo”. Se ignoraba adónde había
marchado, pero se había encargado al secretario municipal que interrogase a
“Don Santiago Vicente García en cuya casa moraban”. Francisca Santa María, como antes se vio, era
la viuda
de D. Pedro Verdugo, la que para esquivar a la policía prestaba su dirección
postal a Santiago Vicente en su correspondencia clandestina. Santiago la había
llamado “su amiga y bienhechora”. Eso fue en 1831 y ahora resulta que durante
la guerra civil, al menos en sus años finales, Francisca vivía en Quesada junto
a su hijo y en casa de Santiago Vicente. Los Verdugo eran una importante
familia de Las Palmas de Gran Canaria. El fallecido marido de Francisca, don
Pedro, fue hermano del obispo de Canarias, eran gente importante.[19]
¿Qué hacían la viuda y su hijo en edad militar en un pueblo perdido como
Quesada, viviendo en la casa de un amigo? Francisca colaboró en las actividades
conspirativas de Santigo. Cuando tras la muerte de Fernando VII se implanta el
sistema liberal no debía temer nada, al contrario, y no tendría problema para
seguir viviendo en Sevilla. ¿Cambió también Francisca de partido como lo hizo
Santiago? ¿Lo hizo motu proprio o influida por su amistad con Santiago? ¿Salió
de Sevilla y se refugió en Quesada porque su situación política se hizo
difícil, o se mudó a Quesada por “su amistad” con Santiago? Son preguntas que
no se pueden contestar, como no se puede decir nada sobre las razones del hijo,
de Vicente Berdugo. Solo caben especulaciones, que podrían dar mucho juego
novelístico pero nada más que eso.
Vejez literaria en Quesada.
Tras
la guerra civil el general Espartero ejerció la regencia hasta que en 1843 fue
expulsado del poder. El partido moderado, el general Narváez, se hizo con el
gobierno iniciando la llamada Década Moderada. La situación política de
Santiago Vicente García se hizo mucho más respirable, porque aunque los
moderados eran liberales y habían luchado contra los carlistas en la guerra
civil, representaban el sector más conservador y algunos de ellos estaban más próximos
a posturas neo católicas (integristas) y cercanas al absolutismo carlista que
al progresismo liberal. Santiago ya había rebasado la sesentena y era un viejo,
para aquella época muy mayor. Inicia entonces una nueva etapa que nada tiene
que ver con su vida anterior: se convierte en profesor, en autor de libros de
texto distribuidos por escuelas e institutos de todo el país. También se hizo
periodista o mejor, articulista, sin salir de Quesada y tratando asuntos de
política internacional nada menos.
Aunque
no hay noticia de su estado civil y familiar, se sabe que no vivía solo en el
pueblo. Como ya se dijo antes, su hermana Ángela estaba casada con el rico
propietario Juan Antonio Conde, con el que vivía en la Plaza. Su hermano Manuel,
abogado, fue varias veces concejal durante esta década. Adquirió notoriedad
durante los procesos de segregación de Huesa y Peal de Becerro, de Quesada y
Cazorla respectivamente. Como comisionado de la Diputación arbitró asuntos
difíciles en estos pleitos, como la separación económica y el reparto de fondos
públicos, de tributos y contribuciones, etc. En otras ocasiones fue al Ayuntamiento
de Quesada al que representó como abogado.[20]
Santiago debía estar cómodo en el pueblo durante aquella década, en el seno de
una familia importante y acomodada y sin que su condición integrista le pasase factura,
porque, aunque no gozase de la simpatía de los liberales progresistas —como
Tomás Serrano, padre del general Serrano—, contaba con la de muchos de los
integrantes de la “buena sociedad”, entre los que no faltaban los carlistas más
o menos disimulados, como el que fue varias veces concejal y alcalde Patricio
del Águila. Eran circunstancias muy apropiadas para dedicar su vejez a las
letras.
La
vida de Santiago Vicente es una sucesión de escenas sueltas e inconexas. Lo
habíamos visto abogado y secretario municipal en el Jaén del Trienio,
revolucionario liberal en Sevilla, traidor a su propia causa, etc. Ahora en los
últimos años de su vida lo vamos a ver como autor de libros y manuales para la
enseñanza. Esto significa que tenía conocimientos para hacerlo y relaciones en
Madrid para publicar y distribuir por todo el país. Todos sus manuales, y
también sus artículos, se publicaron en sus últimos cuatro años de vida y con
un estado de salud malo. En el mes de agosto de 1852 el periódico La
Esperanza, al presentar un artículo de D. Santiago Vicente García, decía:
“vecino de Quesada, en la provincia de Jaén, literato y filósofo de
indisputable mérito”, y lamentaba que “un individuo de tanto provecho se halle,
según nos informan, casi baldado, sin apenas poder salir de casa”.[21]
En
1852 salió de la imprenta la obra titulada Gramática latina con cuadros sinópticos para
facilitar su estudio. En 1854 publicó dos obras: Instrucción religiosa y Gramática de la Lengua Española.
En 1855, Examen crítico de la nueva gramática castellana de la Real
Academia Española y por último en 1856, semanas antes de su muerte, se
imprimió Lecciones preliminares para el estudio de las ciencias. Tanto
la gramática latina como la de la Lengua Española fueron aprobadas como textos
para la enseñanza secundaria y se siguieron vendiendo años después de su
muerte. La de la Lengua Española figuraba todavía en 1866 como texto
recomendado por la Dirección General de Instrucción Pública para las
bibliotecas de las escuelas normales y de las superiores.[22]
En este mismo año la prensa especializaba recordaba el carácter crítico hacia
la Real Academia del autor: “vio también la luz pública una bien razonada crítica
filosófica, en que su autor D. Santiago Vicente García, hizo gravísimos cargos
a la Academia”.[23]
Los otros textos de Santiago tuvieron menor difusión, reduciéndose la de su Instrucción
religiosa a los ámbitos pedagógicos más integristas.
A la vez que publicaba estas obras,
con mayor intensidad casi se dedicó a escribir artículos que publicaba el
periódico La Esperanza. En la ficha de
este periódico de la Hemeroteca Nacional Digital se dice: “con el
subtítulo «periódico monárquico», es la más importante cabecera de la prensa
absolutista española del siglo XIX, como órgano oficioso del carlismo”. Los
artículos de Santiago Vicente tuvieron todos el enfoque ultramontano propio del
periódico y de la ideología del autor. Los menos interesantes se refieren a
temas educativos, como Por sus obras los conoceréis,[24] en el que ataca a los
filósofos, germen de revoluciones, y a sus enseñanzas, Asociación de la
Juventud al ejercicio de la beneficencia municipal[25] y Educación literaria.
La Crítica.[26]
Otros son análisis históricos, como Examen
imparcial de la Edad Media,[27] de tono conservador o
reaccionario, en el que afirma que el orden social quedó ya plasmado en el
pasado y que ahora estamos como al final de la república romana, disputando los
restos ensangrentados de ese orden social. Es un escrito muy elaborado en el
que demuestra importantes conocimientos históricos, desde luego poco frecuentes
en un pueblo del tipo que por entonces era Quesada. Sin embargo, los artículos que
más llaman la atención son los referidos a la geopolítica del momento, a la
guerra de Crimea.
La Guerra de Crimea
enfrentó a Turquía, apoyada por Inglaterra y Francia, y a Rusia. España
permaneció neutral en el conflicto —apenas se envió una comisión informativa a
Turquía al mando del general Prim—, pero sí produjo enconados debates entre la
prensa conservadora y progresista madrileña. Los sectores más liberales
apoyaban a los aliados (Inglaterra, Francia y Turquía), los más conservadores y
los integristas a Rusia. La guerra comenzó en octubre de 1853 y a los pocos
meses, en abril de 1854, Santiago Vicente publicó el artículo Costumbres de
los antiguos rusos y cambios que han experimentado.[28]
El 24 de junio sacó uno segundo que tituló Origen del Imperio Otomano.[29]
Santiago se posiciona a favor del Imperio Ruso, al que ve como paladín de
la Cristiandad en lucha contra los musulmanes turcos, a los que apoyan las
potencias “liberales”, Inglaterra y Francia, preocupadas solo por el comercio
material, por el negocio y el poder. Frente a Rusia estaban los turcos
otomanos, para Santiago los infieles musulmanes, viejos enemigos de la corona
española, que tenían sometidos y esclavizados a los cristianos griegos
ortodoxos, supervivientes del antiguo Imperio Bizantino. La redacción de La
Esperanza, en la presentación del primer artículo, hace una clara
descripción de su contenido, con afirmaciones que parecen muy actuales, y que
son muestra del enfrentamiento ideológico al que la guerra llevó a la prensa
del momento (los subrayados son míos):
…el Sr. D. Santiago Vicente García ha querido contribuir
con su erudición y talento a dilucidar más, si es posible, la cuestión
turco-rusa, objeto principal, en el día, de nuestras polémicas con los
periódicos liberales. Suyo es el notabilísimo artículo que a continuación
insertamos: artículo en que nuestros lectores verán magistralmente descritos,
no solo el carácter y la situación del pueblo ruso, que la imparcialidad
liberal pinta con colores de antropófago y sepultado en la más infeliz
servidumbre; sino los principios que reglan en Europa la gobernación
musulmana que nuestros humanitarios civilizadores presentan como tipo de
tolerancia; sino el estado en que cuatro siglos ha se encuentran, bajo la
dominación turca, los cristianos que el liberalismo algodonero de Occidente,
por el hecho de haber quedado cautivos ayer, halla justo, según la sentida
expresión del Sr. García, continúe siéndolo hoy, continúen siéndolo siempre!
En
esta misma presentación La Esperanza hace referencia al pasado liberal
de Santiago Vicente, algo de lo que parece presumir el periódico:
…debemos advertirles (a los periódicos liberales) que al
señor D. Santiago Vicente García no pueden tacharle, ni de oscurantista, puesto
que ha pertenecido a la escuela liberal, ni de ignorante, puesto que es
uno de los hombres más instruidos y más despejados de España…
Para
Santiago Vicente el único defecto que se le puede poner a los rusos, “un pueblo
tan morigerado, tan sencillo, tan obediente, tan caritativo, tan religioso”, es
que son ortodoxos. Por eso, con la esperanza de que acaben ingresando “en el
gremio de la verdadera Iglesia de Jesucristo, en el gremio de la Iglesia
católica”, escribe un tercer artículo el 17 de julio de 1854 que titula Trozo
histórico sobre la reunión de la Iglesia de Rusia a la Latina.
Estos
artículos sobre la guerra de Crimea, igual que los otros y que sus manuales
pedagógicos, están escritos en Quesada y por un vecino del pueblo. Sorprende la
soltura y conocimiento con que habla, desde su punto de vista integrista, de lo
que estaba pasando en aquel momento en la otra parte del mundo. Desde luego era
una persona de un nivel de conocimientos y formación muy superior al habitual
en las clases acomodadas del pueblo, antes y después instaladas en la abulia,
en dejar pasar el tiempo, en la vida provinciana y bastante ruin de las tardes
y noches de casino.
Después
de más de diez años de gobiernos conservadores del Partido Moderado, en los que
personas como él, fronterizas con el absolutismo carlista, vivieron con
tranquilidad y comodidad política, la Vicalvarada del verano de 1854 dio un
nuevo giro revolucionario al gobierno de la Nación. El 22 de julio se proclamó
la Constitución de 1837 en Quesada y se creó una junta provisional que dio paso
a un nuevo ayuntamiento electo. El general Serrano Bedoya fue elegido diputado
a las Cortes Constituyentes después de tantos años de exilio y postergación.
Sus familiares y partidarios, los viejos progresistas, dominaron la vida
política local. Los integristas como Santiago Vicente quedaron apartados. Temeroso
del trato de los revolucionarios a la Iglesia, escribe un artículo titulado Intolerancia de la Iglesia
católica en la monarquía española. En él afirma que las modificaciones en materia religiosa que se quieren
introducir en la nueva Constitución son “una innovación incompetente, peligrosa
y alarmante” y en su opinión el “preludio para introducir la libertad de
cultos.”[30] Murió para su
desgracia unas semanas antes de la caída de Espartero y del regreso del
“orden”.
Santiago
Vicente Segura murió el 18 de mayo de 1856, a los 74 años. En el obituario de La
Esperanza, tras lamentar la gran pérdida que supuso para la literatura,
piden a su familia que recoja y dé a la
luz los manuscritos que hubiera dejado sin publicar, en especial “una Lógica
que había concluido poco antes de enfermar del mal que le ha llevado al
sepulcro”.[31]
Tras su muerte no dejó Santigo ningún hijo conocido pero sí dejó recuerdo en el
callejero pues se le dio su nombre a una calle, la antigua Rodrigo de Poyatos. Mantuvo este
nombre hasta el 23 de junio de 1931, cuando el recién nombrado Ayuntamiento
republicano aprobó un cambio de nombres. En la propuesta se le dio el de Juan
de Mata Carriazo, “ilustre paisano y sabio catedrático”. El
cambio fue aprobado por mayoría pero con el voto en contra de los concejales de
la minoría de la derecha republicana (Partido Republicano Radical), que se
opuso a la desaparición “de nombres de paisanos tan ilustres como Ramón de la
Higuera y Santiago García”.[32] De esta
manera la calle Santiago Vicente García pasó a llamarse Dr. Carriazo y así
continúa.
[1] Había sido alcalde mayor de Fiñana
antes de marzo de 1820. Estuvo en Cádiz en 1811 ejerciendo como abogado, lo que
no implica necesariamente que fuera liberal.
[2] La familia Valdés, muy conocida en el
siglo XIX quesadeño, eran descendientes del corregidor Pablo Valdés, que
ejerció en Quesada a principios del siglo XVIII.
[3]Repercusiones
españolas de la Revolución de 1830. Alberto Gil Novales. Universidad Complutense de Madrid. “Antiguo afrancesado” dice de
él el autor.
[4]El Mensagero de Sevilla, 19 de
enero de 1822. Así aparece en una comunicación de la corporación de Jaén a la
de Córdoba que publica el periódico.
[5]Gaceta de 25 de febrero de 1859.
[6]Colección de las causas
más célebres tomo IV.LEOCADIO LOPEZ , EDITOR. Madrid 1863
[7] Colección de las causas más célebres
Tomo V Declaración SVG. Pág. 307
[8] Boletín de
jurisprudencia y
legislación. Tomo I. Imprenta de D. Tomás Jordán. Madrid 1863. Pág. 362 y ss.
[9] Colección de las causas más célebres
Tomos IV y V. Leocadio López editor 1863.
[10] Boletín de jurisprudencia… “IDEA
GENERAL DE LA CAUSA”.
[11] Años
después, en 1859, el Ayuntamiento sevillano cedió un terreno del cementerio de
San Fernando donde se construyó una tumba y un monumento en el que se puso una
lápida: “a la gloriosa memoria del coronel D. Bernardo Márquez (…) para borrar
la ignominia del patíbulo”.
[13]La Abeja 14-01-1836
[14] Antonio Pirala. Historia de la guerra civil, y de los partidos
Liberal y Carlista. Tomo IV.
Libro VII. Capítulo I. Madrid 1869.
[15] Alcalá Conde fue el abuelo de Ángel
Alcalá Menezo. Formaba también parte de la junta Tomás Bello, padre del maestro
y pintor quesadeño Isidoro Bello López.
[16] Manuscrito Memorias del siglo XVIII
al presente.
[17]La Estafeta 20-02-1838
[18] En las actas municipales lo escriben
con B aunque en otros lugares escriben el apellido familiar con V.
[19]Documentos
para la biografía del obispo Manuel Verdugo. Facsímiles del
Archivo Histórico Provincial de Las Palmas Número 9.2016.
[20]Por
ejemplo, en el curioso asunto de una hipoteca de la Inquisición de Córdoba
sobre la Dehesa de Guadiana que recuperó del olvido la administración de Bienes
Nacionales.
[21]La Esperanza. 20-08-1852
[22]La Conciliación. 15-03-1866
[23]La Enseñanza. 25-04-1866
[24]La
Esperanza. 20-08-1852
[25]La Esperanza. 29-09-1853
[26]La
Esperanza. 30-09-1853
[27]La Esperanza. 25-10-1854
[28]La Esperanza. 22-04-1854
[29]La Esperanza. 24-06-1854
[30]La Esperanza 02-03-1855
[31]La Esperanza 28-05-1856
[32] Ramón de la Higuera Delgado,
farmacéutico natural de Quesada y con botica abierta en Jaén fue diputado
provincial y presidente de la Diputación en 1911.
