lunes, 9 de diciembre de 2019

"EL FUNCIONARIO MUNICIPAL".Una revista publicada en Quesada en 1930.


El primer número de la revista



El 31 de enero de 1930 veía la luz en Quesada la revista "El Funcionario Municipal-Revista Órgano de los empleados administrativos". Era su director Valentín de las Marinas Degiuli, y la redacción y administración de la revista estaban en la calle García Prieto 35 principal de Quesada, domicilio de Valentín.[1] En la Biblioteca Municipal de Quesada se conserva la colección completa de la revista, que la familia de Valentín de las Marinas donó al Ayuntamiento tras su muerte en 1973. Teresa Heredia, bibliotecaria municipal, ha puesto amablemente a mi disposición esta publicación periódica sorprendentemente nacida en Quesada en 1930.

El contenido de la revista es corporativo, dedicado a los intereses, reivindicaciones y problemas de los funcionarios y empleados municipales. Alcanzó una notable difusión por casi todo el país como se puede ver tanto en la correspondencia recibida como en la publicidad. Tuvo dos etapas: la inicial en los años 1930 y 1931 y otra posterior iniciada en 1960, ya fuera y al margen de Quesada. Es a esa primera etapa a la que me referiré, pues, además del contenido profesional propio de la publicación, a menudo aparecen en sus páginas noticias de Quesada y referencias a la vida social y cultural quesadeña.

El primer número salió a la calle con fecha de 31 de enero de 1930 con una vocación quincenal que se anunciaba en la propia cabecera: "se publicará los días quince y final de cada mes". No obstante, y seguramente a causa de la dedicación que requería y del coste del proyecto, desde junio de ese año pasó a mensual, siendo finalmente los dos últimos números bimensuales. En total salieron veinte números; el último de esta primera época fue el correspondiente a mayo y junio de 1931.

Coinciden estos dos años con un periodo de cambios radicales en España, de convulsiones políticas reflejadas en sus páginas. Así, nacida en la dictadura[2] del general Berenguer, conoció los últimos esfuerzos de Alfonso XIII por mantenerse en el poder con el gobierno del almirante Aznar, las elecciones municipales de abril y la proclamación de la II República. Estos cambios políticos afectaban de manera inmediata a los ayuntamientos y repercutían directamente en los trabajadores municipales, destinatarios de la revista.

Biografía de Valentín de Las Marinas en un homenaje de 1967


Hijo de Francisco de las Marinas, secretario del juzgado municipal, Valentín de las Marinas nació en Quesada en 1902. En 1930 era oficial mayor del Ayuntamiento; posteriormente fue varias veces secretario interino hasta su marcha a Peal, ya en la posguerra. Fue un personaje inquieto, muy implicado y activo en la vida local de aquellos años. Periodista aficionado, escribió como corresponsal para el periódico conservador “La Regeneración” de Jaén, Boletín de la Cruz Roja Provincial, etc.

En 1935 fue encargado de la redacción de uno de los tres capítulos dedicados a Quesada en la obra colectiva “El Adelantado de Cazorla”. Lo tituló Quesada. Religión, ciencia, arte.” En él hace la consabida referencia a la Virgen de Tíscar, al calendario de fiestas y a las figuras destacadas que había dado el pueblo: Serrano, el gramático Santiago Vicente, Alcalá y Menezo, el pintor Isidoro Bello… De su tiempo cita al indiscutible Juan de Mata Carriazo y a Juan Arroquia Herrera como animador del teatro de aficionados. Hay en este artículo una curiosa mención al entonces joven Zabaleta: “Hoy, con más base artística, aunque no con menos vocación, puede reemplazarle (a Isidoro Bello) ventajosamente Rafael Zabaleta, diplomado de la Escuela de San Fernando; tiene condiciones, pero, tímido y vacilante, no se lanza a conquistar los lauros que, sin duda, el arte le reserva.”

La revista no tiene un carácter político marcado, pero se amolda a cada momento acatando el “poder constituido” con cierto entusiasmo. Esta adhesión la comprendería perfectamente su público de pequeños funcionarios acostumbrados a sobrevivir en medio de los cambios políticos que a menudo repercutían con fiereza en la vida municipal.

La portada del primer número está dedicada al retrato del gobernador civil “que prometió ayudarnos en la obra que vamos a emprender”; se le ofrenda “nuestro homenaje de veneración y afecto”.  Es enero de 1930, con el general Berenguer en el gobierno intentando salvar a la Monarquía. Tras las elecciones municipales de abril de 1931 y la proclamación de la República, el editorial del que sería último número de la revista, titulado "El nuevo Régimen”, la recibe con entusiasmo: “Hemos anochecido, oprimidos por un régimen infamante donde campeaban a placer las inmoralidades y la tiranía y nos lanzó prestos de la cama el vivo fulgor de la libertad”. Nos puede parecer  un descarado chaqueteo, pero como decía arriba, hay que valorar el contexto. Son tiempos de cesantías, y de unos empleados públicos desprotegidos y a merced y capricho del munícipe de turno.



En las páginas de “El Funcionario Municipal”, y a pesar de sus objetivos gremiales, por estar editada aquí se refleja inevitablemente la vida local quesadeña. Ya en su primer número y en lugar destacado hay un artículo del jefe de Valentín, Manuel Palop Sanchíz, secretario del Ayuntamiento, con un tono paternalista y condescendiente hacia su subordinado[3].

Especial atención presta a los cambio en el Ayuntamiento, cambios que afectan directamente a él y a sus compañeros. En febrero de 1930, a raíz de las disposiciones del gabinete Berenguer, los nuevos concejales le merecen aprobación y entusiasmo: “A nosotros nos han parecido excelentes ya que conocemos la cultura, ecuanimidad e independencia de referidos señores[4]

Y de la misma manera, en el número de junio de 1931 se informa de la constitución del primer ayuntamiento republicano “de mayoría socialista” y "como consecuencia de las elecciones del día 31 de mayo”. En Quesada, como en numerosos pueblos, hubo que repetir en esta fecha y a causa de irregularidades, las elecciones municipales de abril que habían traído la República. El tono con el que recibe a la nueva Corporación, "de mayoría socialista", no es menos entusiasta que lo había sido con los anteriores cambios: “La (falta de) cultura es suplida con espléndidas luces naturales; la ciencia política, con la buena voluntad; y la veteranía de mando, con una exacta idea de libertad y justicia.” Preside la corporación republicana el “obrero Eustaquio López Sánchez, tantas veces perseguido y encarcelado por su romántica y tenaz pretensión de redimir al proletariado de esta ciudad.”[5]

En las páginas de la revista abundan las noticias sobre sus compañeros en el Ayuntamiento de Quesada, como la toma de posesión del nuevo oficial Antonio Rodríguez, el ascenso de Ricardo Ortega Amador, oficial encargado de quintas, o la muerte de Muerte de Camila Salas Carriazo, mujer del secretario Palop. También hay otras noticias del mundo político como la visita del gobernador civil acompañado del  inspector de 1ª Enseñanza, quien por la noche ofreció una conferencia en el jardín. O la asamblea de alcaldes de la comarca y de pueblos vecinos de Granada, celebrada en Tíscar en septiembre de 1930 para reclamar la finalización de la carretera de Tíscar a Pozo Alcón.

En “El Funcionario Municipal” publican, además del fundador y director, otros personajes de la vida quesadeña de los años treinta, como el ya citado secretario Palop o Juan de Mata Carriazo, entonces joven catedrático de Sevilla, que escribe sobre los orígenes medievales de la ley municipal. Son también asiduos como poetas el administrador de Correos Juan Arroquia y el farmacéutico de Pozo Alcón Manuel Antiñolo Quiñones.

De Juan Arroquia son también los artículos de la serie “Guía sentimental de Quesada” publicados originalmente en la revista “Don Lope de Sosa” que dirigía el cronista oficial de la provincia Alfredo Cazabán, quien también firma un artículo sobre Quesada y Tíscar, la verdad que lleno de lugares comunes. De Arroquia son también los imprescindibles artículos sobre la Virgen y sus fiestas.

En algún caso firmó con pseudónimo seguramente el propio director. Un tal Galán mantiene durante varios números una sección, bastante cursi a nuestros ojos, que titula “¿Quién es quién?”. Consiste esta en la descripción, sin decir sus nombres a modo de adivinanza, de seis señoritas de Quesada.[6]

La solución a "¿Quien es quien?"

Hay más referencias quesadeñas en “El Funcionario”. Desde el traslado a La Coruña de Antonio Serrano, tras aprobar las oposiciones a magisterio, al banquete ofrecido por el mismo motivo a  Vicente Bosquet Molina. Se celebró en Tíscar y fue servido “por el fondista Jaime Palop”.

El primer aniversario de “El Funcionario Municipal” fue celebrado con una comida que tuvo lugar el 20 de enero de 1931 en el “Gran Hotel Victoria” de Jaime Palop.[7] Fue todo un banquete. El menú consistió en “tortilla de jamón, lomo con tomate, merluza al limón, entremeses, vinos dulces, frutos, café, coñac y habano”. Intervino a los postres el secretario Manuel Palop. El brindis y los versos fueron por cuenta de Juan Arroquia, y Valentín de las Marinas cerró el acto con un discurso de exaltación quesadeña que remató con un ¡Viva Quesada!

Concluido el acto, los asistentes[8] posaron para una foto que publicó “El Funcionario” y que hizo el también comensal Juan José Trujillo, posteriormente director de la banda municipal.

La comida del primer aniversario de la revista en el Gran Hotel Victoria, en la calle Nueva


La publicidad insertada en la revista está compuesta mayoritariamente por comercios de muy distintas provincias dedicados al suministro de ayuntamientos. Solo en sus últimos meses aparecen algunos anuncios quesadeños. El del “Hotel Victoria” regentado por Jaime Palop, una fonda que estaba al principio de la calle Nueva: “Inmejorable comida y gran confort. Pensión económica”. La Farmacia de Tomás Baras, en la Explanada y en la que “se despachan toda clase de especialidades nacionales y extranjeras”. Hilario Serrano, representante mercantil o Andrés Rodríguez Aguilera, médico, en plaza del general Serrano Bedoya, 4 (jardín), que tenía consulta de 12 a 14 y de 18 a 20.

A pesar de su corta vida quesadeña y de su orientación corporativa, “El Funcionario Municipal” tuvo relevancia en la vida local. Fue la única publicación editada en Quesada en aquellas primeras décadas del siglo XX. Una revista en un pueblo era cosa rara, pero Quesada la tuvo y se difundió por buena parte del país.

Uno de los anuncios locales de la revista
Número de mayo-junio de 1931, último de su etapa Quesadeña



[1] García Prieto había sido presidente del Senado y varias veces del Gobierno. Se había formado en el bufete de Montero Ríos, donde coincidió con el quesadeño Laureano Delgado. Era cabeza del Partido Liberal Democrático al que pertenecía Pedro Villar, yerno de Laureano. Por esta relación con personajes influyentes de la vida política local se le dio su nombre a la calle Nueva. Desde septiembre de 1930 la dirección de la revista pasó a la calle Numancia nº 4, frente al antiguo museo, entonces ruinas del convento, donde estaba la casa familiar de la esposa de Valentín, Prudencia Alférez.

[2] Conocida como la “dictablanda” por contraposición a la de su antecesor, Primo de Rivera.

[3] Posteriormente, en 1932, este secretario fue expedientado y cesado por irregularidades.

[4] El 26 de febrero tomaron posesión los concejales, designados por Mayores contribuyentes, José María Godoy Aguilar, Rafael Ortiz Rodríguez y Pedro Villar Gómez, excusándose por enfermedad dentro de este grupo Isabel Antonia Aguilera García y Antonio Segura García. Juan Ramón de la Riva no compareció. Por el grupo de quienes habían sido anteriormente concejales se incorporaron Juan Bautista Palop Marín, Lázaro Segura García, Diego Herrera Muñoz, Francisco Malo Marín, Nicolás Carrasco Radial y Tomás Bedoya Serrano. Fue designado alcalde Antonio Rodríguez Conde.

[5] El texto completo dice: "Como consecuencia de las elecciones del día 31 de mayo, se ha constituido nuestro Ayuntamiento por mayoría socialista. 
Los Concejales, genuina representación de la democracia, han elegido Alcalde, al obrero Eustaquio López Sánchez, tantas veces perseguido y encarcelado por su romántica y tenaz pretensión de redimir al proletariado de esta ciudad.
Los Tenientes de Alcalde, también de la clase modesta, Ramón Segura Ruiz, Maximiano Plaza Salas y Antonio Serrano Linares, suponen la plena confianza de la Casa del Pueblo.
Nosotros podemos decir que las primeras iniciaciones no pueden ser más justas y acertadas. La cultura es suplida con espléndidas luces naturales; la ciencia política, con la buena voluntad; y la veteranía de mando, con una exacta idea de libertad y justicia.
Esperamos mucho de estos bisoños concejales. Vienen sin prejuicios ni malicias: razón más que sobrada para que su labor sea fructífera y regeneradora. La herencia que la antigua política ha dejado a su óbito, está marchita e hipotecada.
Si cupiera la renuncia a beneficio de inventario, se quitaría una agobiadora preocupación el flamante Concejo. Pero como no cabe este sano recurso, es necesario que el obrero de Quesada, con buena fe y sanas intenciones, reedifique la hacienda y la administración, en lamentable y ruinoso estado.
Saludamos con entusiasmo al demócrata Ayuntamiento, prometiéndole toda nuestra abnegación para ayudarle en su penosa empresa.

Nuestro fraternal abrazo a todos."

[6] Finalmente, en el número de febrero de 1931, se descubre el misterio: las señoritas eran Emilia y Lola Villar, Isabelita Rodríguez, Rosario Ortiz, Caridad de las Marinas y Trini García Carriazo.

[7] Este hotel o más bien fonda estaba (pendiente de confirmar) en la calle Nueva, frente a la calle de la Virgen, donde actualmente está el semáforo.

[8] Antonio Rodríguez Conde, alcalde; Manuel Palop, secretario; Tomás Baras Velasco, farmacéutico; Bernardo Aguilera Jerez, veterinario; Vicente Bosquet Molina, maestro; Juan Arroquia, administrador de Correos; Enrique Bedoya Serrano, Oficial 1; Antonio Rodríguez Aguilera Oficial 2; Ricardo ortega Amador Oficial 3;Andrés Rodríguez Conde Oficial 3; Antonio Mesa Bedoya, auxiliar; Luis Navarrete Ruiz, estudiante; Emilio Palop Salas, estudiante; Juan José Trujillo del Barco, músico; Ángel Sesé Morillas, comerciante; y Manuel Rodríguez Aguilera, comerciante.


sábado, 17 de agosto de 2019

Rafael Zabaleta en el año de la Victoria



Rafael Zabaleta. “Paisaje de Zújar” (68x89), 1937.

Nota. Este artículo se publicó originalmente en el nº 2 de la revista "Sueños de Quesada" de la Asociación “Amigos de Rafael Zabaleta”.


Enero de 1939, año de la Victoria. La República se apaga. Se ha hundido el frente de Cataluña. Mientras los primeros refugiados llegan a la frontera francesa, Rafael Zabaleta sobrevive en Baza como delineante del Servicio de Caminos del republicano Ejército de Andalucía. Ha conseguido este puesto, que es un un premio de la lotería, un seguro de vida lejos del frente, tras una serie de peripecias que en tiempos normales serían tomadas por novelescas pero que en tiempos de guerra son sencillamente normales.[1] Baza es la capital de la provincia de Granada porque la ciudad cayó en manos de los rebeldes en los primeros días del golpe militar.

Los franquistas han tomado Barcelona y la República agoniza. Todos, Zabaleta el primero, dedican su tiempo a pensar en el día después del final. A imaginar, adivinar, cómo será para ellos y preparar ardides y coartadas. Una buena historia bien contada a tiempo puede significar la salvación.  Por eso Zabaleta ha vuelto a ser el "señorito propietario perseguido por los rojos que tuvo que huir de su pueblo". Anda por Baza contándoselo a todo el mundo. Bueno, a los que sabe que son de los otros, de los inminentes vencedores.[2]

En un cajón de su memoria cerrado con llave ha guardado Valencia, capital y rompeolas de las Españas republicanas: calle de la Paz, Ideal Room, refugio del ambiente artístico republicano. En Valencia Zabaleta alternó, pintó y disfrutó un poco ajeno a la guerra, como casi todo el mundo aquel año en aquella ciudad.[3] En algún lugar perdido ha olvidado su nombramiento por Timoteo Pérez Rubio, diciembre de 1937, como delegado de la Junta del Tesoro Artístico para salvar el patrimonio de Guadix. Fue aquello un año antes, en la primera mitad de 1938. Rafael tenía mando allí, ordenaba y era obedecido. Mandaba guardar, mudar, tapiar el coro de la Catedral, recoger y ordenar papeles del archivo catedralicio. Salvó bastantes cosas. Quizás fue su primer contacto con los paisajes capadócicos de Purullena que luego tantas veces reprodujo.

A mediados de 1938 cambia su suerte. Los comunistas, a los que había frecuentado en Valencia, pierden el ministerio de Instrucción y el control de la Junta del Tesoro. En abril se moviliza el reemplazo de 1928, el suyo. Para evitar ir al frente se inventa una historia falsa sobre su vida en los años de guerra. La va contando para conseguir el favor y recomendación de gente  como el teniente González y el delegado de Tabacalera, nacionalistas camuflados pero cada vez más crecidos.

Para finales de febrero de 1939 las noticias que llegan a Baza son cada vez peores. Inglaterra y Francia han reconocido al gobierno de Burgos, el presidente Azaña ha dimitido y la playa de Argelès-sur-Mer  está repleta de refugiados. La República ha quedado reducida al rincón sureste de la Península. Cada vez está mas cerca el día después.


En marzo los frentes de Extremadura y Pozoblanco se desmoronan y la 25 Brigada Mixta, repleta de soldados y de oficiales quesadeños, se desintegra. El 28 del mismo mes los franquistas entran en Madrid. Muere la República y empieza la Posguerra. Esa noche, como en casi todos los pueblos de la comarca, desaparece el Ayuntamiento republicano de Quesada.[4] Un convoy de camiones atraviesa la noche quesadeña hacia el puerto de Tíscar,  estrépito completamente inusual de motores  en la madrugada que desvela a los vecinos. Van huyendo camino de algún puerto mediterráneo desde donde aún se pueda escapar.[5]

También aquella misma noche se ha deshecho en Baza la provincia republicana de Granada. Cada uno tira para donde puede. Rafael Zabaleta se despide de los compañeros y echa a andar carretera adelante. Se cruza con los camiones que habían pasado por Quesada y atraviesa el puente de Zújar.[6] En la construcción de ese puente, que había pintado meses antes y que por fin comunicaba Quesada con Baza y Guadix, se había empeñado el cuerpo de carreteras al que teóricamente él pertenecía. De Baza a Quesada son unos setenta kilómetros; son días malos para andar por ahí, por esas carreteras caóticas repletas de soldados vencidos que vuelven a sus pueblos.

Cuando Zabaleta llega a Quesada ya no hay República pero aún no han entrado las tropas ocupantes. Ese día, a media mañana, había explotado una bomba que alguien que huía abandonó en el Llano de las Canteras. Dejó un muerto y un herido grave. Zabaleta es bien recibido en el pueblo. En realidad han ganado los de su clase, no tiene nada que temer, nadie sabe de los tiempos de Valencia ni de su nombramiento en Guadix. La gente de orden, triunfante, lo tiene por uno de los suyos que tuvo que huir en 1936 acosado por los anarquistas, por su tío político Antonio Toral, cabecilla de la FAI.

El descanso dura poco. El 4 de abril entran las tropas ocupantes del 6º batallón del regimiento de infantería de Granada, 22 división, y se ordena que todos los que han servido, voluntarios o forzosos, en el Ejército Popular de la República marchen al campo de concentración de Higuera y Santiago de Calatrava. Son dos pueblos destrozados y abandonados por la guerra que se han rodeado de alambradas para albergar a los cautivos.[7] Allí los presos son clasificados y los que reciben avales salen rápidamente. Es el caso de Rafael que, aunque un poco raro de carácter y parco en palabras, un poco artista, es al fin y al cabo de buena familia y propietario.

Rafael Zabaleta.“Puerto de Valencia” (81x65), 1945.
Quesada en este abril del 39, tan distinto de aquel del año 31, está repleta de militares. Se detiene gente a mansalva. Son tantos los presos que ha sido preciso habilitar la iglesia del Hospital para encerrarlos. En pocos días se abarrota. Como la puerta de la iglesia está frente a la casa y al balcón de Zabaleta, como es verano y se duerme con las ventanas abiertas, se escucha todo: los ayes y gritos, los malos tratos y las órdenes secas… De día no es la cosa mucho mejor. Es imposible poner un pie en la calle sin toparse con el trasiego de familiares desesperados, o directamente con los presos que son llevados diariamente a punta de fusil a la Tercia, para evacuen. Es difícil pintar y concentrarse este verano; las calles están ocupadas por oficiales altivos y altaneros; los denunciantes denuncian los sufrimientos sufridos y también los imaginados; fanfarronadas de borrachos vencedores alborotando en las tabernas; el ejército de los rebeldes inicia los procesos sumarísimos de urgencia por rebelión militar, o por adhesión y auxilio a la rebelión en los casos más leves o menos graves.

Aquel verano negro un terrible accidente de camión deja en el puente de entrada a Peal nueve cadáveres, siete de ellos muchachas jóvenes. Llevaban a Jaén las pequeñas joyas y medallas con las que los quesadeños contribuían, imagino que voluntariamente, a reponer las reservas del Banco de España que los marxistas habían expoliado, el famoso "oro de Moscú". Ni los que han ganado pueden celebrar su alegría. La Auditoría de Guerra del Ejército del Sur, en Sevilla, recibe una denuncia sobre Zabaleta y con parsimonia burocrática la tramita. Son los últimos días de agosto y poca feria ha habido; no se ha despedido a la Virgen en la Cruz porque no hay Virgen. En septiembre Zabaleta viaja a Granada y queda sobrecogido cuando le cuentan lo que allí se ha padecido.[8]

Conforme se van tramitando los procesos militares y los presos se van trasladando a Jaén, la cárcel de la iglesia del Hospital se va quedando vacía. Auditoría de Guerra de Sevilla traslada a Jaén la denuncia de un tal Bergante, que acusa de expoliador y rojo iconoclasta a Rafael. Avanza lenta pero cierta la premiosa burocracia judicial militar.

Parece que la cosa se va tranquilizando y como al fin y al cabo él es propietario, gente de orden y se supone que nada debe temer, empieza a planificar de nuevo su vida de artista. Y como poco se puede hacer en Quesada donde ya es otoño, apenas hay luz por la noche y está el ambiente de un luto espeso, decide que es mejor marchar a Madrid. A fines de octubre el Juzgado Militar de Jaén recibe de la Auditoría de Guerra los papeles con la denuncia del tal Bergante. Zabaleta  se ha ido a Madrid y está en una pensión de la calle Caballero de Gracia 34, 3ª. Se ha llevado debajo del brazo los dibujos que pintó durante la guerra, dibujos que lucen puños, hoces, martillos y siglas de partidos… ¿Cómo se le ocurriría?

Madrid, de nuevo la capital, tiene este año un otoño casi tan negro como el de Quesada, con la misma falta de luz, la misma tristeza… Pero como es más grande y hay más cosas, la Gran Vía se parece y recuerda en algo a la antigua Gran Vía.  El juez militar nº 7 de Jaén abre proceso sumarísimo de urgencia, dicta prisión preventiva y recaba informes sobre Zabaleta. El sargento Ciriaco Moya, de la Guardia Civil, hace averiguaciones y envía un escrito al juez militar comunicándole que Zabaleta no está en Quesada. El juez manda apresarlo.

Día primero de diciembre. No ha empezado aún el invierno cuando Zabaleta, ajeno a todo lo que se tramitaba desde agosto, es detenido y conducido primero a la D.G.S. y luego a la prisión de la calle del Barco. Los dibujos de Guerra desaparecen (¿en que cajón, carpeta o muladar estarán, si es que están todavía?). Zabaleta es conducido en tren hasta Jaén, seguramente esposado. Los juzgados militares funcionan a pleno rendimiento. Las cárceles están a reventar. Son tantos los presos y tan pequeño el espacio que es imposible no cruzarse con alguno de los muchos paisanos que penan por allí. Algunos de ellos ya no volverán; por enfermedades “sobrevenidas” durante su encierro algunos y por causa de arma de fuego otros. Cada día en aquella prisión es un día en el infierno que se graba a fuego en la memoria.

Como al fin y al cabo, y aunque sea raro de carácter, un "artista" introvertido, es propietario y de la clase de las personas de orden, en pocos días lo sueltan y vuelve a Quesada. Es aquel un final de año extraño, negro, oscuro, triste y espectral. El día primero de 1940 vuelve a Granada y de inmediato a Guadix, Baza, Madrid, Toledo, Valencia… a pedir avales. Se los pide a los unos, claro, que a los otros como Timoteo Pérez, que se ha “ido” de España, ni puede pedírselos ni convendría hacerlo.

El año de 1940 Rafael Zabaleta recita, jura y firma su adhesión inquebrantable al Glorioso Movimiento Nacional, su arraigada y profunda fe católica. Repite donde haga falta la historia de sus enormes sufrimientos durante la dominación roja… No es que valgan para mucho tales confesiones pero, como efectivamente es propietario y de la clase de los vencedores, le dan la razón y lo absuelven.

Se ha escapado por la gatera de la magnánima justicia de la Nueva España, de las trampas y encrucijadas de estos años tremendos que tantas vidas y cosas han truncado. Y a pesar de todo lo padecido, de los pelos perdidos en la huida, o quizás por todo eso, sigue pintando.







[1] En el museo se conserva una carta que en los años ochenta escribió a Cesáreo Rodríguez Aguilera el teniente Francisco González Jiménez, en la que le informa sobre las peripecias de Zabaleta en Baza. Luis Garzón la reproduce en su blog personal, donde también se encuentra toda la información disponible sobre la vida de Zabaleta en estos años:
[2] Se lo cuenta al teniente González y al delegado de Tabacalera con quien tenía buena relación y confianza.
[3] El café Ideal Room , en la calle de la Paz, fue un referente cultural y artístico en la etapa de Valencia como capital de la República. Consta que lo frecuentó Zabaleta.
[4] Desde la comandancia militar de Úbeda, el cazorleño Lorenzo Polaino llamó a los ayuntamientos de la zona, instando a mantener el orden y entregar el poder a improvisadas juntas franquistas. Expediente del procedimiento judicial digitalizado por el Instituto de Estudios Giennenses I_243 10132.
[5] Los camiones que atravesaban el pueblo en el silencio de la noche causaron un fuerte impacto. Véanse las memorias de Eloy Revuelta, pp. 109-10. El convoy organizado por el diputado Peris evacuaba a unos doscientos políticos y sindicalistas de Jaén. Fue interceptado cerca de Baza y la mayoría de sus integrantes fusilados.
[6] Hoy en día está cubierto por el pantano del Negratín.
[7] Lo cuenta Cesáreo Rodríguez en "Zabaleta de Quesada".
[8] Ibid.

sábado, 11 de mayo de 2019

DESAPARICIÓN DE LA VIRGEN DE TÍSCAR. Julio de 1936





Esta entrada es un adelanto de la segunda parte de "Quesada Republicana" que tratará de la Guerra Civil en Quesada.

JULIO de 1936.

La tarde del 17 de julio de 1936 se inició en Melilla un golpe militar que desencadenó la Guerra Civil. Los días siguientes fueron caóticos. En la provincia de Jaén, que permaneció leal a la República, el hundimiento del gobierno y del poder del Estado fue absoluto. El 19 de julio la Guardia Civil de toda la provincia recibió la orden de abandonar sus pueblos para concentrarse en algunos puntos principales. Ese domingo al mediodía los guardias de Quesada,  con sus familias, salieron del cuartel camino de Úbeda. Quesada quedaba sin fuerza pública y los sindicatos y partidos del Frente Popular, encabezados por la anarcosindicalista CNT tomaron el control del pueblo. Siguiendo las instrucciones de sus dirigentes provinciales, de inmediato se lanzaron a detener a las personas sospechosas de unirse al levantamiento militar, localizando e incautando cualquier arma de la que dispusieran.

Desde abril de 1931 el párroco Ángel Morán se había distinguido por su abierto rechazo y oposición a la República. Se le tenía por cabeza de cualquier conspiración y circulaban fantasiosas noticias sobre reuniones nocturnas en las que se preparaba la rebelión repartiendo armas. Por este motivo, los días 21 y 22 de julio, se realizaron registros en la casa rectoral y en la parroquia que resultaron infructuosos. La mañana del día 22 y ante el cariz que tomaban los acontecimientos, con "medio pueblo" concentrado y gritando amenazas en la Lonja, el párroco Morán, su hermana Visitación y el coadjutor Antonio Ballesteros fueron conducidos a la fonda La Moderna, junto al Ayuntamiento. Dos días después ambos curas fueron detenidos e ingresados en el arresto municipal de donde saldrían el 2 de agosto camino de Jaén.

Hasta esa mañana del día 22 en que el párroco Morán fue conducido a la fonda, la parroquia y casa rectoral sufrieron registros a la búsqueda de armas pero no destrucciones ni daños. Lo confirma el propio Morán en una de las varias denuncias que en mayo de 1939 presentó a la policía militar de las tropas de ocupación.[1] Cuando la noche del 31 de julio el cura fue sacado de la cárcel para un nuevo registro de la casa parroquial, ya se había producido la destrucción de imágenes y otros destrozos.[2] Los objetos de valor, de culto u ornato de imágenes, fueron incautados por la “nueva autoridad” (Junta Administrativa) y recuperados en su totalidad en 1939.[3]

El “asalto” a la parroquia y la furia iconoclasta y anticlerical desatada durante esos días, que también afectó al santuario de Tíscar y ermita de San Sebastián, se produjo de forma más o menos simultanea a hechos parecidos en prácticamente todos los pueblos de la provincia y casi de toda la zona que quedó en poder del gobierno republicano. En general implicaron un elevado grado de violencia que, en Quesada, donde no hubo ningún daño personal durante estos primeros acontecimientos, puede considerarse menor.

Los daños artísticos sufridos, siempre dejando al margen el valor sentimental y religioso, no fueron importantes. Según informe del alcalde para la Causa General en 1942, las pérdidas artísticas en el pueblo durante la “dominación roja”, incluían “destrucción de imágenes, muebles y algunas bibliotecas particulares. Todo de escaso valor artístico”, también “algunos libros de pergamino del archivo parroquial”. Sólo destaca que en la iglesia del Hospital “existía un Cristo de la Expiración atribuido a Montañés” y en Tíscar una “tabla de la Virgen del siglo XV de autor anónimo”[4]

Juan de Mata Carriazo en "Don Lope de Sosa" sobre
la "Tabla de Tíscar"

Quizás la pérdida más significativa fue la destrucción del archivo parroquial. Estaba constituido por libros grandes y aparatosos en los que se anotaban bautizos, defunciones y matrimonios. Como las propias imágenes, eran símbolos un poco exotéricos del poder eclesiástico y sufrieron la misma furia que estas. Con su destrucción se perdió para siempre toda la información que contenían. La perdida resulta irreparable para años anteriores a la creación del registro Civil en 1870. No existe forma de conocer quién y cuándo nació o murió en Quesada con anterioridad a esa fecha. También habría que mencionar en el capítulo de desgracias que con la quema de pinturas en los templos seguramente se perdieron las de Isidoro Bello, pintor quesadeño de temas religiosos del siglo XIX. Al margen de su valor artístico, que no sería excepcional, fue en cualquier caso una perdida patrimonial indudable.

Otros edificios también sufrieron el arrebato iconoclasta. La iglesia del Hospital, según el citado informe de la alcaldía,  el día 28 de julio fue “saqueada y se destruyó todo cuanto en ella había relativo al culto católico”. La ermita de San Sebastián también sufrió ataques en aquellos primeros días. La imagen del Santo y el altar se destruyeron a golpe de hacha. Una vecina que vivía en un cortijo cercano fue acusada de utilizar los restos de la imagen para encender fuego y guisar.[5] La iglesia del convento dominico llevaba abandonada y en ruina desde finales de los años veinte. No obstante su retablo, que se había trasladado a la parroquia tras el desalojo de la iglesia, sí fue destruido aprovechando su madera como leña.[6]

El santuario de Tíscar fue asaltado a finales del mes de julio.[7] Por aquellos días milicianos de Belerda montaban guardia en la carretera por debajo del santuario. Como en Quesada, el control de la situación estaba en manos de CNT. Un día se presentaron montados en un cochecuatro individuos armados de escopetas”. Todos los testigos señalaron que procedían de Peal de Becerro. Actuando como agitadores convencieron a los milicianos, al Comité local del Frente Popular de Belerda, de que era necesario, al igual que se había hecho en Quesada y en tantos otros lugares, tomar posesión del santuario y proceder a la quema de imágenes y demás símbolos religiosos.

Se encendió una hoguera a la que se arrojaron las imágenes “quemándolas en el centro de la plaza «con gran gozo».” Además ardieron “libros y otras ropas”. Los libros eran los del registro parroquial. Entre los cuadros perdidos  seguramente estaba la talla de la Virgen, donación de Laureano Delgado, citada en el informe de la alcaldía para la Causa General. No se destruyó, al igual que en Quesada, el mobiliario.[8] Al menos parte de él fue subastado en Belerda por el Comité local. También se aprovecharon losas del santuario   que se reutilizaron para el suelo del local de CNT en Belerda.[9]

Seguramente llame la atención que hasta este momento no haya aparecido por ninguna parte la Virgen. En aquel mes de julio se encontraba como de costumbre en el altar mayor de la parroquia.

Foto I.E.G. Hacia 1900


La desaparición de la Virgen de Tíscar.

De boca en boca se ha transmitido la versión de que la imagen de la Virgen de Tíscar fue “arrojada por los rojos” al río Guadiana Menor. Concretamente desde el puente que lo cruza a la altura de la sierra de las Cabras, camino de los Propios y de la Estación de Quesada, a 18 km. del pueblo, por una carretera estrecha y tortuosa que hasta hace muy pocos años no estaba asfaltada. Es lo que todo el mundo ha oído y que da por bueno.

Al analizar los documentos relacionados con la Guerra Civil en Quesada, los procedentes de la Causa General, de procesos militares de posguerra, etc… llama la atención la falta de protagonismo de la Virgen cuando se tratan los sucesos ocurridos en la parroquia. No conozco ningún documento que se refiera expresamente a la desaparición de la Virgen de Tíscar. Ninguno explica cuándo ni qué fue lo que pasó, a ninguna persona se acusa de haber destruido o arrojado al río la imagen; es como si la Virgen no existiera. Se habla en los documentos de una genérica destrucción de imágenes, como si todos los “santos” fueran “iguales.”

A la mujer que usó para guisar los trozos de madera de San Sebastián se la procesó y condenó a pena de cárcel.[10] También se denunció y procesó, condenándolo a 15 años, a uno de los implicados en la destrucción “de la imagen de Nuestro Padre Jesús que existía en la iglesia Parroquial”, un santo completamente menor.[11] Por el contrario, no sabemos quién estuvo implicado en el asunto de la “Virgen”, y nadie (que yo sepa) fue condenado por ello. Apenas hay alguna referencia hecha como al paso, como algo de poca importancia.

El párroco Morán en sus denuncias de mayo del 39, al referirse a las tensiones políticas de los primeros años republicanos, sí le da a la Virgen el protagonismo esperable. Cuenta que “cuando la república iluminó su infancia con la quema de conventos (…) el pueblo de Quesada, aun no emponzoñado por el veneno marxista, organizó una guardia nocturna para su Virgen de Tíscar, su Iglesia y su Párroco”.[12] Pero al referirse en otras denuncias al verano de 1936, cuando los temores ya se habían confirmaron y el daño era real no la menciona. Podría decirse que no dice nada porque él estaba ya preso y no fue testigo de los sucesos. Pero esa no es la razón, en muchos otros casos no se privó de hablar “por referencias”, por lo que le habían contado, aunque eso colocara al acusado ante el pelotón.

Como sabe quien conozca algo Quesada, la Virgen de Tíscar no es cualquier cosa. No lo es ahora y mucho menos lo era en 1936. Sigue siendo, entonces mucho más, una fuerza telúrica, una especie de deidad ancestral muy por encima de la Iglesia, de sus sacerdotes y de los santos… La escena de su destrucción, si se hubiese dado como tal, podríamos imaginarla como bíblica, un ataque al mundo superior que dejaría, de por vida, marcada la memoria de sus autores y de quien hubiera sido testigo. Por eso es tan llamativo el silencio de la documentación, que se ignore el cómo, cuándo y quién de semejante suceso. Llegó un momento en que pensé que quizás nunca se produjo la destrucción de la imagen. En cualquier caso, como no existe "cadáver", uso desaparición y no destrucción.[13]

La versión del río Guadiana no es fácil de encontrar en las fuentes escritas. Jiménez Tíscar, en una especie de segunda versión de la Novela de Tíscar que escribió en 1962, dice: "Cual manada de crueles lobos con su presa en las rojas fauces, así, corren, descienden espoleados por su satánica locura a sepultar en las profundidades del río Guadiana la adorada Imagen, la Santísima Virgen de Tíscar".[14] Eloy Revueltas, en su biografía, también habla del río: “tiraron a la Virgen por el puente”[15] Y escrito y firmado, hay poca cosa más. Carriazo, en su hermoso prólogo a la segunda edición de “Pedro Hidalgo o el Castillo de Tíscar”, pasa de puntillas sobre el tema: "la imagen recientemente perdida".[16] Hay otras versiones que no hablan del Guadiana y que solo se refieren a su destrucción. En el programa de ferias de 1940 se habla de la destrucción “a hachazos en el otoño de 1936 (…) de la pura Virgencica morena..."[17]

Lo que se sabe cierto es que la actual imagen es obra de Jacinto Higueras, hecha en el año 1940. También sabemos que se conservaron coronas, alhajas, mantos, tronos... de manera que solo se perdió la imagen. El aspecto general de "la nueva" era muy similar y no obstante fue necesario darle un buen impulso “propagandístico” para traspasar la devoción de una a otra. Es con esa intención con la que se debe entender (en 1945, tiempos de tanta escasez) el lujo y gasto empleados en la reedición de la popularmente llamada “Novela de Tíscar”. Lo mismo cabe decir para los viajes por los pueblos de la comarca que se organizaron en 1949 y de la coronación canónica de los años cincuenta a la que incluso acudió el NODO. Se intentaba establecer un paralelismo entre moros y rojos, comparando la legendaria destrucción de la imagen por Mohamed Andón, alcaide de Tíscar, y la destrucción de 1936 de manera que esta fuera la segunda milagrosa recuperación. En los primeros años cuarenta se imprimieron unos folios o papel de carta que tenían a modo de cabecera una foto de la Virgen antigua. El pie de la foto dice: "La sagrada imagen que trajera a nuestra tierra San Eufrasio en el año 35 de la Era cristiana, la que fue destrozada por los moros y arrojada a la “Cueva del Agua”, la que fue reconstruida por artífices cordobeses, fue totalmente destruida por las hordas rojas en el año 1936. El fervor del pueblo de Quesada y las manos de un insigne artista paisano nuestro, hicieron el milagro de volver al santuario cercano a la “Peña Negra”, la venerada imagen de la Virgen de Tíscar."

A pesar de la falta de testigos y documentación, creo que se puede elaborar un relato razonable y aproximado sobre lo que pudo suceder. Un relato que además tendrá, como no podía ser menos en aquel verano de 1936, implicaciones políticas e ideológicas que ayudarán de paso a entender cómo fueron en Quesada aquellos días.

Hay dos puntos de partida necesarios para entender esta reconstrucción: las características físicas de la imagen y el hecho documentado de que no se perdieron ni alhajas ni ornamentos.

Según Juan de Mata Carriazo, que la vio completa, la imagen "antigua" era "una talla de los últimos tiempos de la Edad Media, o del siglo XVI... Siguiendo la moda de los siglos XVII y XVIII y como sucedió con tantas otras imágenes, la talla se mutiló para poder vestirla.”[18] Existe una impactante fotografía de la Virgen “desvestida” realizada por Carriazo en los años veinte. Tiene cercenados los brazos, sustituidos por extensiones postizas y flexibles pensadas para mostrar solo las manos. De cintura para abajo, aunque en la foto no se aprecian demasiado los detalles, recortes y mutilaciones. De la cabeza sobresale un tornillo para las coronas. Los pies, inexistentes, se sustituyen por una tosca peana de madera sin labrar que le da al conjunto la altura necesaria. Tiene la talla pechos y una cintura ajustada, no parece el torso de una virgen. Esta fotografía es fundamental: desvestida era completamente irreconocible y parecía cualquier cosa menos la Virgen de Tíscar. Quedaba reducida, en el mejor de los casos, a un santo cualquiera, otra imagen más.[19] 

Como hemos visto anteriormente, nada más producirse el golpe militar se sucedieron una serie de registros en la casa parroquial y en la propia iglesia. Culminaron con el traslado de párroco y coadjutor a la fonda del jardín la mañana del día 22 de julio. Hasta ese momento el templo solo había sufrido registros, no destrucciones ni daños, que hubiera mencionado Morán en sus denuncias. En una de ellas se adjunta un documento visto anteriormente, dirigido al "Sr Presidente del Frente Popular" por "el Comité de defensa del Sindicato de Oficios Varios La Verdad", es decir CNT. [20] Se informa al Presidente del Frente Popular que estando reunido en sesión permanente el comité de la Verdad "ha tenido a bien disponer" (entre otras cosas):

"2º Que todo lo que falta por recoger de la virgen como joyas o otras alajas que sean recogidas inmediatamente por ese Frente Popular y al mismo tiempo que se nombre una comisión para que intervenga en todo lo que afecta a la virgen."[21]

El documento, aunque no está fechado, debe ser del día 30 o 31 de julio, pues se mencionan los catálogos de munición encontrados al cura y se "ordena" trasladarlo a la parroquia a fin de continuar el registro. Y esto sucedió la noche del día 31. Para el tema que nos ocupa hay que fijarse primero en la importancia que, como cualquiera podría imaginar, tenía y se le dio a la Virgen. Era un tema especial y al efecto se creó una comisión específica.  Por otro lado, se ordenó a "ese Frente Popular" que se recogiera inmediatamente "lo que falta por recoger" de "joyas y otras «alajas»".

Principios de siglo XX. Fotógrafo ambulante

Y es que, efectivamente, ya se habían retirado anteriormente esos efectos de valor. Esto se hizo rápidamente una vez desalojado el cura y “ocupada” la parroquia. Se retiraron los objetos de valor por alguien de la recién creada Junta Administrativa, uno de los muchos comités que se crearon y cuya función era custodiar y administrar los bienes muebles e inmuebles que se fueran incautando durante el proceso. Se hizo cargo de ellas, en su calidad de presidente de la citada Junta, Juan de Mata Vílchez.[22] Estos enseres y ornamentos no se destruyeron ni mucho menos se robaron por nadie. La prueba es que se conservaron todos y que, en su consejo de guerra, se acusó a Juan de Mata de "hacerse cargo" de ellos, pero no de haberlos robado.[23] La Virgen fue desvestida antes de que se produjera la destrucción general de imágenes.

El comité del Frente Popular cumplió con diligencia lo dispuesto por el comité de defensa de la CNT. El 12 de agosto todas las alhajas, coronas, mantos, etc. fueron retirados de la casa del tesorero de la cofradía, donde por estatutos se custodiaban. Se hizo cargo de ellos el tesorero de la Junta Administrativa Emilio Pérez, que los depositó en "una habitación de la Casa del Pueblo” que se cerró y cuyas llaves quedaron en su poder.[24] Los primeros ornamentos que se retiraron, los que lucía puestos la Virgen, fueron unidos a estos formando en lo sucesivo un lote único.


Durante los días finales de julio, sin poder precisar la fecha exacta pero entre el 23 y el 31 de julio, se produjo la destrucción de imágenes en la parroquia. Fueron destrozadas las de yeso cuyos trozos quedaron esparcidos. Las de madera sufrieron igual suerte, y al menos parte de ellas fueron quemadas en una lumbre frente a la casa del cura junto al archivo parroquial y a la biblioteca particular de Morán. Se debieron vivir escenas de paroxismo iconoclasta.  Una especie de euforia salvaje invadió a los protagonistas. Uno de ellos declaró posteriormente ante el juez militar que al finalizar se encerraron en una habitación y “estuvieron bebiendo vino de una clase que el declarante nunca había bebido”[25] Alguno hubo que se apoderó de "vestiduras y ornamentos sagrados para aparejo de su caballería", usándolas hasta que las entregó a los militares franquistas en abril de 1939.[26]

Como ya se ha dicho, también se quemaron los libros del archivo parroquial y la biblioteca particular de Ángel Morán, como él mismo se encargó de denunciar en mayo de 1939: "varios sujetos penetraron en la iglesia parroquial y casa-curato, y sacando los libros del archivo parroquial, notable por sus numerosos pergaminos e infolios antiguos, lo quemaron delante de la puerta de la casa-curato en una inmensa hoguera. Allí mismo y simultáneamente quemaron mi biblioteca particular compuesta de un total aproximado de mil volúmenes (...) compuesta en su mayor parte de obras de estudio en castellano, latín, y otros idiomas principalmente italiano y francés".[27] Esta destrucción, por su propia naturaleza, afectó solo a los símbolos religiosos y eclesiásticos, no a las cosas de valor y "útiles". El mobiliario de la casa rectoral fue subastado posteriormente y las camas llevadas al hospital.[28]

¿Estaba entre las imágenes destruidas la de la Virgen de Tíscar? Parece lógico que fuera así, pero hay que recordar que ya estaba desvestida y, como tal, resultaba irreconocible. Era un santo más, no hubo escena de destrucción de la Virgen. Como decía antes, hubiera sido bíblica y recordada, descrita y "aliñada" con todo tipo de detalles reales o no. Si se hubiera producido, y aunque solo existieran sospechosos,  en la posguerra se hubieran pedido cuentas con la brutalidad judicial del momento. Y no fue así, ya lo hemos visto. Y es que seguramente no existió la escena. Nadie "puso la mano encima" de la Virgen ni la destruyó; a sabiendas de estar haciéndolo quiero decir.

Juan de Mata Vílchez, anarcosindicalista reconocido formado ideológicamente en el ambiente anarquista quesadeño de inicios de la República, seguramente no tenía creencias religiosas y sí una razonable, para la época y lugar, formación política. Él y quien lo acompañara, al retirar todo lo de valor que portaba la imagen, seguramente pensaban en evitar robos, pérdidas y daños de unos bienes que consideraban propiedad revolucionaria del pueblo. Su formación ideológica le (les) permitiría retirar las joyas sin ningún temor ni superstición, y seguramente sin saber que en ese momento "condenaban" sin remedio a la Virgen de Tíscar. Porque desvestida, la Virgen ya no existía, era un "santo" cualquiera que cualquiera podría destruir sin miedo. Creo que esta es la única explicación posible al silencio y la falta de recuerdo sobre el momento de la destrucción de la imagen.

Existe una versión de alguna manera similar en el concepto aunque no en el desarrollo concreto de los hechos. La escribió Cesáreo Rodríguez en su biografía de Zabaleta. Hablando de aquellos primeros días de la revolución dice que "se destruyeron las imágenes, pero el gran problema radicaba en la Virgen de Tíscar, la imagen local, el símbolo sagrado del pueblo (...) al que se tenía un respeto distinto, incluso por buena parte de quienes no participaban en la vida religiosa. Alguien acabó decidiéndose; rasgó sus vestiduras y partió, a golpes de hacha, la talla en madera. Algunos de los espectadores, entre el temor y el asombro, gritaron: "Es de madera, es de madera; no es de carne".[29] Evidentemente este no es un recuerdo personal de algo vivido en primera persona, sino que responde a lo que se decía en su momento con el aderezo propio de las historias que corren de boca en boca. Pero es interesante comprobar cómo coincide con la idea de que, desvestida la Virgen, quedaba desprovista de su poder mágico y simbólico y convertida en un simple "santo" de madera.

Pero seguimos sin saber de dónde viene la historia y cosa del río Guadiana. La pista está, como casi siempre, en una de las denuncias del ínclito Morán. Concretamente en aquella en la que acusa, de oídas,[30] a una serie de individuos de haber quemado su biblioteca particular, que valoraba en unas 8.000 ptas. A consecuencia de la denuncia el sargento Ciriaco Moya detuvo a todos los aludidos, a los pocos que todavía no lo estaban. Los interrogó y tramitó las diligencias que dieron lugar a varios procesos sumarísimos. En uno de ellos están las claves del misterio.[31] Es importante dejar constancia de que Morán, aunque alude a la destrucción de imágenes, no menciona en ningún momento a la Virgen de Tíscar como tal. Ninguno de los procesos militares se abrió con motivo de la Virgen, sino para buscar culpables de la quema de los libros de Morán, del archivo parroquial y de los daños genéricos en la iglesia.

Tras la destrucción de imágenes y altares sus restos quedaron esparcidos por el suelo. Todos los detenidos a los que interrogó el sargento Moya hablan de estos restos de imágenes y de "cenizas como de haber quemado papeles". Dado que se iba a usar el templo como almacén para el grano de las grandes fincas ocupadas en esos días, se barrieron y amontonaron los escombros en "un subterráneo". Estos trabajos fueron efectuados por los propios milicianos de CNT. A continuación se decidió sacarlos de allí para dejar el local expedito.

Por aquellos primeros días de fervor se incautaron y ocuparon las grandes fincas. Una de las primeras fue el cortijo de Los Propios, seguramente el mayor de los latifundios de la zona. Propiedad de una aristocrática familia madrileña absentista, estaba dirigida por su administrador, Tomás Garzón. Tras la ocupación por los obreros, Tomás quedó sin función y junto a su familia abandonó la vivienda en el cortijo y se dirigió a Quesada.[32] A los pocos días y a la vista de que la situación no se resolvería con rapidez, decidió traer a Quesada los muebles que había dejado en su casa de Los Propios. Al efecto contrató los servicios de un transportista local, Andrés Parra, propietario de un camión.

La noticia del viaje llegó a conocimiento del comité de CNT, el cual ordenó a Parra que antes de salir llevase el camión a la Lonja. Allí vio como los milicianos lo cargaban con restos de imágenes y de grandes libros, sin duda los que aún quedaban del archivo parroquial. Seguramente la idea de tirar los restos tan lejos y no en cualquier muladar tenía como objeto hacerlos desaparecer de formar radical, sin dejar ni rastro de ellos.

A la vista de la inquietante situación y temeroso de lo que pudiera ocurrir, Andrés se hizo acompañar, además de por su ayudante de camión,  Rafael Robledillo, por su hijo Martín. En el camión, ya cargado con los escombros de la parroquia, se montaron también varios milicianos.  Al llegar al puente sobre el Guadiana Menor en la sierra de las Cabras, los milicianos mandaron parar. El conductor, su  hijo y el ayudante, se apartaron dejándoles hacer. Desde lejos vieron como tiraban al río los pedazos de imágenes y los libros. A continuación todos volvieron al camión y  prosiguieron el viaje a Los Propios, donde recogieron los muebles y regresaron a Quesada.

Esta versión la confirman en los interrogatorios los milicianos protagonistas. Todos dicen que fue allí y que tiraron restos de imágenes y libros. Pero ninguno de los que vivieron aquello, milicianos o transportistas,  se refiere en ningún momento a la Virgen de Tíscar sino a imágenes, de forma genérica.  Solo el sacristán declaró en 1939 que "por referencias sabe" que tiraron los libros y "varias imágenes entre ellas la Patrona de esta ciudad". Pero es una mera suposición porque él no fue testigo y habla de oídas. Los jueces militares asumieron lo dicho por el sacristán y dieron por probado que entre las imágenes arrojadas "se encontraba la venerada imagen de la Patrona del pueblo".[33] Pero realmente nadie había visto a la Virgen.

Imagen impresa a modo de membrete en folios, Años cuarenta


A la vista de lo dicho ¿qué fue lo que pasó con la imagen de la Virgen? Parece evidente que, una vez desvestida y reducida a "santo de palo", seguramente siguió el destino de las otras imágenes. ¿Acabó troceada en el río Guadiana? Es fácil, pero también pudiera ser que en el camión solo se cargaran los restos de escayola y yeso y que los trozos de las imágenes de madera fueran todos quemados. También que esa madera fuera usada para hacer lumbre y guisar, como se ha visto que sucedió con la imagen de San Sebastián. Y, ¿por qué no?, que dada su escasa apariencia religiosa no fuera destruida y que esté ahora irreconocible en cualquier lugar insospechado, incluso vendida de contrabando en el extranjero como sucedió a otros objetos artísticos a pesar de lo perseguida que fue esa práctica. Quién sabe.

Las alhajas, coronas y ornamentos de valor, como se dijo arriba, se custodiaron bajo llave en una habitación de la Casa del Pueblo. El 18 de enero de 1938, siguiendo instrucciones del gobernador civil, fueron trasladadas a Jaén y se hizo cargo de ellas la Junta Delegada del Tesoro Artístico en el almacén que al efecto tenía habilitado en la catedral. En 1939 se recuperaron en su totalidad, como declararon ante el juzgado militar el secretario y tesorero de la cofradía, según los cuales lo "poco y de escaso valor" que no se recuperó se perdería en Jaén puesto que “de Quesada se las llevaron todas”.[34] No es descabellado pensar que en este traslado a Jaén con la intención de proteger y salvaguardar tuviera algún papel, cuando menos advirtiendo de la presencia de las joyas, Juan de Mata Carriazo que por aquel entonces pertenecía a la Junta del Tesoro Artístico de Valencia, de la que dependía la Junta Delegada de Jaén. O también pudieron intervenir Juan Arroquia, que era vocal de dicha Junta, o incluso Rafael Zabaleta, que acababa de pasar por Quesada llevando en el bolsillo su flamante nombramiento como delegado en Guadix de la Junta del Tesoro.[35]


 
Otra imagen de fotógrafo ambulante con
el clásico decorado telonero detrás



[1]“registro del que no se libraron los vasos sagrados e imágenes veneradas , sin excluir la de la Patrona Virgen Santísima de Tíscar, todo hecho en mi presencia.” Morán no menciona ningún tipo de daño. Expediente IEG l_0403_15166.
[2]Expediente IEG l_0458_16529. Según el delegado local de investigación de Falange, uno de los milicianos que participaba en el registro le dijo al párroco Morán a la vista de los daños en la parroquia: “No decían que había Dios, pues mire VD lo que hemos hecho con todos los Santos, y aquí estamos, que nos castigue ahora.”
[3]No concozco ningún caso de procesado durante la posguerra que fuera acusado de robar o de apropiarse, a título individual, de bienes de la parroquia.
[4]Causa General de Jaén. Pieza 71, Quesada. Doc. 15. La tabla de la Virgen seguramente es la donada a la cofradía por Laureano Delgado y estudiada por Carriazo en la revista “Don Lope de Sosa” abril de 1925.
[5]Expediente IEG I_203 8619.
[6]Expediente IEG l_289 11753.
[7]Expediente IEG l_131_5525.
[8]Se conserva en la sacristía un escaño de taracea en regular estado, así como un gran armario bajo en similar estado. La imponente puerta de la sacristía, también de taracea, sigue en su lugar prácticamente intacta.
[9]Expediente  IEG l_0435_15949. 
[10]Expediente I.E.G. l_203 8619 contra Ramona Muñoz Guirado.
[11]Expediente I.E.G. l_0400_15086 contra Juan Gómez Marín.
[12]Expediente I.E.G. l_113_4732
[13]Corren historias al respecto un poco extravagantes. Algunos creen que la Virgen antigua es la que hoy en día existe en el cortijo de Caniles, en Huesa.
[14]Jiménez Tíscar, F. (1962): Nuestra Señora de Tíscar. Historia, leyendas y crónicas. Quesada. Pág. 179.
[15]Revueltas Cruz, Eloy. "En la cuna del hambre. Recuerdos de un Quesadeño". Ayuntamiento de Quesada y Diputación de Jaén. 2009. Pág. 100
[16]Ángel Alcalá Menezo “Pedro Hidalgo o el Castillo de Tíscar". 2ª edición. Sevilla 1945. Prólogo de Juan de Mata Carriazo. Pág. XVIII. No estaban los tiempos para mayores precisiones. Y él, por sus antecedentes, mucho menos. Por eso, y tras una fugaz mención a "la Romería" de Ciges Aparicio como "pieza de escándalo", cambia de tercio de una forma bastante expresiva: "Más vale que pasemos a la poesía", y lo hace.
[17]El artículo está firmado con las iniciales C.R.A.
[18]“Pedro Hidalgo…” Op. cit.
[19]Por “extraño pudor” ajeno a mis propias opiniones y para evitar, por mi parte, una absurda difusión en redes, no reproduzco la fotografía. Verla no añade más a lo arriba escrito.
[20]Expediente I.E.G. l_0403_15166.
[21]Este documento que Morán presenta, sin decir de dónde lo había sacado, como prueba de que intentaron asesinarlo la noche del 31 de julio, fue reconocido como auténtico por Clemente Cifuentes a quien Morán acusaba. Atribuir su autoría a Clemente parece fruto de un "hábil interrogatorio" pero creo que el documento, como fruto colectivo del sindicato La Verdad, sí es auténtico.
[22] Archivo IEG l_130_5501 contra Juan de Mata Viches Sánchez.
[23]Ibíd.
[24]Expediente I.E.G. l_0434_15923 contra Emilio Pérez Martos.
[25]Expediente I.E.G. l_0400_15086 contra Juan Gómez Marín.
[26]Expediente I.E.G. l_30 1152 contra Juan Ruiz Palomeque. 
[27]Expediente I.E.G. l_0403_15166. Denuncia de 24 de mayo de 1939.
[28]Ibíd.
[29]Rodríguez Aguilera, C. Op. Cit. Pág. 103.
[30]"según el testimonio de varios vecinos y personas que lo vieron, intervinieron, me han dado los nombres de..."
[31] Expediente IEG l_290 11844 contra Francisco Carruana Piñero.
[32]Originario de La Zubia había sido contratado como experto en riegos, llegando a ser el administrador de la finca. En Quesada conocía a Carlos Sánchez que lo acogió a su llegada.
[33]Expediente IEG l_290 11844 contra Francisco Carruana Piñero.
[34]Vicente Pérez Herreros como secretario y Enrique Bedoya Serrano, tesorero, avalaron a Emilio Pérez Martos en el sentido de que se había limitado a custodiar el "tesoro" de la Virgen. Posteriormente se ratificaron ante el juzgado militar (Expediente I.E.G. l_0434_15923 contra Emilio Pérez Martos).
[35]La Gaceta de la República de 12 de junio de 1937 publica el nombramiento de Juan Arroquia como vocal de la Junta Delegada de Protección, Incautación y Salvamento del tesoro Artístico de Jaén y su provincia.