Hoy día, al menos en el sur, entendemos por feria o ferias las fiestas
anuales que se celebran cada año en pueblos y ciudades. Fuera de los grandes
eventos expositivos, ferias de muestras, del olivar, etc., se ha olvidado que
el significado primero de feria, según la RAE, es la reunión de comerciantes en un
lugar y fechas concretas para comprar, vender o intercambiar productos. Las
ferias provocaban gran afluencia de público, ya fuera para comprar o solo para
ver y disfrutar de novedades únicas dentro de la rutina del año. La
aglomeración de personas, a menudo con dinero en el bolsillo, a su vez
provocaba la instalación de atracciones, espectáculos y puestos de todo tipo
para hacerse con ese dinero que traían los visitantes. La mejora de las
comunicaciones y de los canales de distribución y compraventa de productos hizo
que cada vez pesase menos la cosa comercial en estas ferias y cada vez más la
lúdica y festiva. Así hasta llegar al estado actual en el que las ferias han pasado
a ser sinónimo de fiestas, olvidando completamente el comercio de los antiguos
trajinantes.
Durante el
siglo XIX la autorización para organizar una feria comercial la concedían las
autoridades gubernamentales estableciendo unas fechas fijas en cada año,
teniendo la prevención de que no se solapasen ferias de pueblos cercanos, a fin
de que los comerciantes pudieran recorrer sucesivamente todas las que le
interesaran. A su vez los solicitantes de una feria, normalmente las
corporaciones municipales, procuraban que los días de su celebración
coincidiesen con fiestas, habitualmente religiosas y patronales, que ya de por
sí atraían público, para que aumentasen los compradores, el negocio y los
consiguientes arbitrios sobre las transacciones. La Feria de Quesada actual
tiene estos dos orígenes. Por un lado la feria de ganado concedida tras muchos
esfuerzos y peticiones en 1847 y de otra las fiestas y funciones públicas de la
Virgen de Tíscar, mucho más antiguas. La mezcla de ambas dio lugar a las
actuales Feria y Fiestas de Quesada tras una evolución que no fue lineal, sino
que tuvo sus vaivenes a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX.
Fiestas de la Virgen de Tíscar
La Cofradía de la Virgen de Tíscar no era a mediados del siglo XVIII la
mayor ni la más importante de las que había en el pueblo. Desde el punto de
vista económico, del dinero que manejaba, era inferior a la Cofradía de las
Ánimas de la parroquia mayor y socialmente quedaba por debajo de la rancia y
señorial Cofradía del Santísimo Sacramento. Tenía sin embargo una
particularidad importante, era la patrona de la Villa, lo que suponía que el
Ayuntamiento patrocinaba su cofradía, es decir que era dependiente del poder
municipal, el cual tomaba todas las decisiones importantes en ella, desde las
fechas en que se celebraba cada fiesta a la disolución de la propia cofradía en
su caso y la formación de nuevos estatutos. Por otra parte el patronazgo y su
carácter por decirlo así público la dotaba de un carácter mucho más popular que
la del Santísimo Sacramento o la de Santiago. La participación en sus fiestas estaba
abierta a todos, aunque el protocolo se ajustase estrictamente al orden social cualquiera
podía asistir y asistía. Esto no ocurría en todas. La del Santísimo Sacramento
estaba reservada a los sucesores de los primeros conquistadores de la Villa, es
decir a la gente bien. Todo esto hacía que las celebraciones de la Virgen
fueran muy concurridas. Además y como era frecuente, se adaptaban al ciclo
agrícola, a las cosechas y sementeras. Por eso la Virgen pasaba el invierno en
su santuario, bajando al pueblo en primavera, en el momento crítico de las
necesarias lluvias que fructificaban el cereal —cultivo principal y base de la
alimentación de los vecinos— y regresaba cuando había concluido la cosecha y
los campos quedaban a la espera de la nueva sementera.
No
obstante el ciclo festivo de la Virgen de Tíscar no es hoy exactamente igual al
que era hace un par de siglos. Fue cambiando y evolucionando con los años, algo
especialmente notorio en el caso de la traída, o como se decía antiguamente la
traslación, desde su santuario a la parroquia. El lugar natural de culto de la Virgen
era su santuario, cualquier salida de la Virgen se consideraba algo excepcional
y propio de ocasiones especiales en las que había necesidad de su presencia
para rogativas a causa de alguna desgracia o desastre natural, normalmente
sequías o epidemias. Además, como era una especie de culto municipal era el
Ayuntamiento quien tomaba la decisión de su traslado. El clero tenía un papel
secundario, de mero oficiante, y quizás por esta falta de protagonismo no era
muy partidario de la presencia de la Virgen en Quesada. La traída se producía
normalmente a petición de un grupo de vecinos y labradores que enviaban un
“memorial” o instancia al cabildo municipal. Los regidores lo debatían en pleno
y en caso afirmativo fijaban la fecha en que se produciría, trasladando su decisión
a cofradía y clero. La fecha dependía de las circunstancias y de la necesidad.
Lo más frecuente es que se pidiera la traída en primavera para que “el santo
rocío” acabase con la escasez de lluvias y salvase la cosecha. Pero de año en año el día podía variar mucho en
función de la necesidad. Los años especialmente malos alteraban completamente
las fechas. Así en el terrible invierno de 1733 a 1734, que no llovió nada y
fue de tremenda hambruna, la traslación de la Virgen ocurrió el 7 de enero,
permaneciendo todo aquel año en la parroquia. También fue excepcional el
invierno de 1867 a 68, en el que no llovió en el otoño impidiendo la sementera,
lo que obligó a traer a la Virgen el 18 de diciembre. Como siguió sin llover,
el 2 de mayo hubo procesión general de todos los santos de la parroquia
encabezados por la Virgen. Dos días después “principió a llover con abundancia,
hubo alegrías grandes, música, tiros, convites y bromas”. Semejante ocasión a
esta se produjo en el invierno de 1884 obligando a una traída extraordinaria el
23 de enero. Lo escribió y publicó en una Poesía Poética el veterinario
Pedro Segura, cantando en sus versos que la misma noche de la llegada de la Virgen
se produjo un auténtico diluvio.
Pero aparte de casos tan señalados lo normal era que la traída fuese en
abril o mayo. En un principio no había una fecha fija —fue el 27 de abril en
1777, 15 de mayo en 1791, 16 de marzo en 1817—, y dependía de las necesidades
concretas de cada año. Lo que sí se procuraba era que coincidiera con domingo,
para que el recibimiento no precisara abandonar las faenas del campo. Y no
todos los años había traída. Sacar a la Virgen del santuario era una decisión
grave que debía estar suficientemente justificada. Pero los vecinos disfrutaban
con la fiesta alrededor de la traída, que rompía la monotonía rural, y por eso abusaban
pidiendo que se celebrase sin haber causa justificada. El de 1819 fue uno de
esos años en que se pidió por pedir, porque no había motivo especial y por eso
la petición se hizo relativamente tarde, bien entrado el mes de mayo. Los
regidores conferenciaron largamente sobre el particular, deseosos “de que se fomente
por todos modos el culto de esta Señora”. Pero “viendo que por la demasiada
facilidad con que se hacen estas traslaciones” se entibiaba “la devoción de la
Señora”, procedía rechazar la solicitud “en atención a no haber causa urgente
de necesidad ni calamidad pública, que era el motivo por el que se debía hacer
la traslación”. Tras mucho debate al final se avinieron a autorizar la petición
como caso excepcional, sin que sentase precedente, y se acordó efectuarla el 30
de mayo. Pero no sirvieron de nada los reparos que se pusieron a esta traída y
no desapareció la costumbre de solicitarla “aunque no hiciera falta”. Poco a
poco la traída, además de su parte devota y rogatoria, se fue convirtiendo en
un día de fiesta y jolgorio, salvo los años dramáticos y hambrientos, que los
siguió habiendo. Tras la costumbre de efectuar la traída cada año se llegó a
otra “costumbre antigua”, que fijaba una fecha concreta para efectuarla. La
primera referencia a esta nueva tradición es del año 1883, en cuyo cabildo
municipal del 22 de abril se dice:
Respetando la tradicional y devota costumbre de
traer a la Virgen en el primer domingo de mayo o en cualquiera de los festivos
anteriores, acordaron que se haga el día 3 de mayo.
Además de estas traídas de la Virgen
“normales”, hubo otras de carácter excepcional que no respondieron a la
necesidad de rogativas sino a la del regocijo y celebración. En junio de 1812
el mariscal Soult se vio obligado a desalojar Andalucía, poniendo fin a la
presencia de las tropas napoleónicas. En el acta del cabildo quesadeño de 13 de
octubre se incluye un memorial de labradores y vecinos manifestando que
“habiéndose dignado la divina providencia liberarnos del yugo tan pesado con
que se ha estado oprimido de los enemigos franceses”, convenía traer a la Virgen
para agradecerle su protección y “hacerle uno o más novenarios de fiestas con
toda solemnidad y cumplido restituirla al mismo santuario”. En el año de 1900 y
para celebrar el cambio de siglo, hubo otra traída extraordinaria la tarde del
31 de diciembre. Por otra parte cuando algún suceso nacional u otra necesidad
extraordinaria coincidía con la estancia veraniega de la Virgen en la
parroquia, se aprovechaba esa facilidad para sacarla en procesión sin necesidad
de una traslación especial. Así ocurrió por ejemplo en junio de 1833 para
solemnizar la proclamación como Princesa de Asturias de la futura Isabel II, o
en 5 de junio de 1898, cuando tres días después del desastre de la flota del
almirante Cervera en Santiago, procesionó la Virgen en rogativa por la guerra
de Cuba.
Respecto a la dependencia municipal del culto a la Virgen y el papel
secundario del clero, en fecha tan tardía como 1899 hubo un episodio bastante
esclarecedor. Aquel año el Ayuntamiento sufría una gran estabilidad con
suspensiones judiciales de concejales, destituciones por el gobernador, etc. El
párroco don Leando Giménez interpretó que la corporación estaba en horas bajas
y en situación de debilidad. Por eso el día 10 mandó una comunicación
manifestando “que la Cofradía ha acordado trasladar a la Virgen el día
30 del presente mes (domingo)”. El Ayuntamiento quedó enterado y conforme.
Suponía esto la ruptura de la costumbre y el intercambiado los papeles: la Cofradía
(el párroco) decidía y el Ayuntamiento era simplemente informado. Pero a los
pocos días, al someter a aprobación el acta de la sesión anterior, el concejal
conservador Francisco Malo, que acababa de ser repuesto en el cargo por el
gobernador, opuso reparos. Dijo que “como presidente de Cofradía” había
presidido la sesión a la que aludía el párroco. Y que en ella lo que se había
acordado era pedir permiso “a la autoridad competente” (el Ayuntamiento)
para que fuese esta quien acordase el traslado, “y no en la forma que expresa
la comunicación dirigida por el párroco”. Evidentemente había sido el párroco
el que había intentado apropiarse del mando y era la propia Cofradía quien lo
ponía en su sitio.
Pero la
fiesta de la Virgen por definición, fija e inamovible, era la de Tíscar,
celebrada cada 8 de septiembre. Evidentemente para que se pudiera celebrar la
romería en Tíscar, cuando la Virgen se había llevado a Quesada, tenía que
regresar al santuario. La vuelta, la despedida, era también decisión del
Ayuntamiento tomada en sesión plenaria del cabildo. Como antes se dijo, el
clero local no se sentía muy cómodo con la Virgen en la parroquia, porque era
un culto en cierto modo ajeno a ellos, del que no disfrutaba otro beneficio
económico que el cobro de fiestas y misas, pues las limosnas y ofrendas eran
para la Cofradía. Esta incomodidad del cura, beneficiado y demás presbíteros,
se puso de claro manifiesto ya en 1777, cuando “el venerable clero” solicitó al
Ayuntamiento a finales del mes de julio que la Virgen se restituyese a su
santuario, pues ya había tenido lugar el novenario de fiestas, razón de su
traída. Los regidores dejaron en acta su opinión, coincidente con la de “los
vecinos y labradores”: que la costumbre “de muchos a esta parte” era llevársela
el 28 de agosto, San Agustín, en cuyo tiempo “están levantados los frutos de
agostadero”, pero que a finales de julio “amenazan las nubes” y las
enfermedades “han cada día más crecidas”. Decían los vecinos que todo su
consuelo y esperanza la tenían en “Nuestra Señora como su Patrona” y por todo
ello la corporación acordó por unanimidad rechazar la petición del clero. En
lugar de adelantar la vuelta dispuso que “cesando los inconvenientes y no
habiendo otros se podría hacer en el día de San Agustín, por cuanto se haya
inmediato al que se celebra en dicho santuario la festividad de dicha Señora
como es costumbre el 8 de septiembre”. En este episodio, además de la autoridad
del Ayuntamiento y la enemiga del clero al culto de la Virgen, se pone de
manifiesto una diferencia clara entre la traída y la despedida. Mientras que la
traída no tenía una fecha fija, que tardó muchos años en establecerse, la
despedida desde bien pronto acostumbró hacerse el día 28 de agosto, San
Agustín, para a continuación celebrar la romería del 8 de septiembre. Sólo he
localizado dos ocasiones en las que no se respetó esta fecha y fue por causas
excepcionales. Una en 1885, con motivo de la última gran epidemia de cólera que
afectó a Quesada. La Virgen regresó el 9 de octubre, tres días después de que
se cantase el Tedeum (fin oficial de la epidemia). La otra ocurrió cinco años
después, en 1890, con motivo de la presencia en Quesada del famosísimo orador
Vicente Manterola, un auténtico “influencer” del momento, ultraconservador y de
espíritu carlista. Predicó en la plaza de la Lonja (delante de la Virgen que se
sacó a un altar montado al efecto), el 5 de septiembre. La Virgen se devolvió a
Tíscar el día 7 para que la romería pudiera celebrarse el 8 de septiembre. Hay
que considerar, para comprender el origen de la feria, que el día anterior, el
27 de agosto, se dedicaba a misas y fiestas religiosas para despedir a la Virgen.
Estas celebraciones convocaban a gran cantidad de público y es de imaginar que,
como en todas las grandes aglomeraciones, se produciría el correspondiente
consumo de alcohol, dulces, quincalla y cosas así en una suerte de precedente
de la feria.
La romería de Tíscar era, como va dicho, la gran fiesta de la Virgen, muy
por encima de cualquier otra, a la que acudían romeros de todos los contornos y
de varias comarcas circundantes. Se celebraba con carácter fijo el 8 de
septiembre en el santuario, pero además en el pueblo se celebraban ”los días de
la Virgen de Tíscar”, el mismo día 8 y los siguientes. Se celebraban festejos
que incluían siempre corridas de novillos, “o sea ganado de labor”, “por gente
del pueblo”. Las corridas “de toros” requerían autorización gubernativa en Jaén
y es por eso que se conservan las instancias de solicitud. En la de 1852, que
el alcalde dirige al gobernador, se dan más detalles sobre los “días de la Virgen”:
De tiempo inmemorial se acostumbra en esta Villa
a festejar con corridas o capeo de novillos la festividad de Nuestra Señora de
Tíscar, que se celebra el 8 de septiembre y subsiguientes, hasta el 12 o 13 del
mismo; con este motivo han recurrido a mi autoridad solicitando permiso para
dicha clase de festejos varios de estos vecinos, y como esta clase de
concesiones no sean de mi incumbencia, me dirijo a V.S. a fin de que se sirva
acceder a esta petición, la que si se denegara sería de gran sentimiento para estos
moradores, y de ser favorable la decisión en ello reciben un gran placer.[1]
Esta tradición taurina de septiembre venía de antiguo, “de tiempo
inmemorial”, y se mantuvo durante bastante tiempo. Al calendario festivo de la Virgen
habría que añadir también el 15 de agosto, día de la Asunción o Virgen de
Agosto, en la que como en tantas localidades se celebraba la advocación mariana
local. La festividad coincidía con el final de la cosecha de cereales, cuando
ya se habían abierto las paneras del Pósito para que los labradores devolviesen
los préstamos en grano obtenidos para la sementera anterior. Era por tanto uno
de los hitos agrícolas más importantes del año, al que a los pocos días se
sumaba la despedida de la Virgen, marcando el final del año agrícola y el
inicio de uno nuevo. Y por último, dentro del ciclo festivo de la Virgen y
aunque sin relación con el origen de las ferias, una noticia curiosa sobre las
fiestas de diciembre en Belerda y Tíscar. La costumbre marcaba que los días de
Pascua se celebrasen en Belerda con tiros al aire, y por eso el 4 de diciembre
de 1852 al alcalde de Quesada dirigió al gobernador civil la siguiente
solicitud:
El alcalde pedáneo de Belerda ha recurrido a mi autoridad solicitando
permiso para la celebración de la festividad que de tiempo inmemorial vienen
haciendo los moradores de aquella aldea en los días de la Pascua próxima,
consistiendo entre otras cosas en hacer salvas con armas de fuego; y como esto
no está en mis atribuciones, de aquí el que me dirija a V.S. a fin de que si lo
estima por conveniente se sirva prestar dicho permiso y comunicármelo para
poderlo hacer al peticionario, a quien caso de que V.S. acceda a su solicitud,
le haré las oportunas prevenciones para que procure haya el mayor orden.[2]

Traca en el Jardín el 29-08-1987
La feria de ganado.
En Quesada las escasas
transacciones comerciales se celebraban en el mercado, originalmente celebrado
en la Lonja, y de ahí su nombre. Mas tarde se hacía en la actual Plaza, antes
de que existiese el jardín. Era un comercio muy reducido, de compradores y
vendedores locales con algún que otro forastero que paraba en el mesón, junto
al arco de la Manquita de Utrera. Existían además algunas pocas tiendas de
quincalla, de vinos, licores y productos similares. La carne, siempre de
cabrío, se vendía con exclusividad en la carnicería pública.[3]
No había más, no existía feria comercial, ni en el pueblo ni en las cercanías.
Comprar determinados productos y herramientas, vender ganado excedente, no era
cosa fácil, lo que era un lastre para la economía del pueblo. Las ferias
facilitaban el intercambio de productos favoreciendo la producción y el movimiento de dinero. Suponían además una
fuente de ingresos para la autoridad competente, por los arbitrios que se
cobraban sobre cada transacción. Además de su importancia económica, eran
vividas como acontecimientos especiales, por la ruptura de la rutina rural y la
acumulación de visitantes, a su vez fuente de distracciones y jolgorios.
La primera mención a la posibilidad de establecer una feria comercial que
he localizado para Quesada tiene que ver con su utilización como fuente de
ingresos fiscales. En 1831 el capitán general de Granada pidió al Ayuntamiento
de Quesada que propusiese medios para mejorar la dotación económica de los
Voluntarios Realistas locales. Los regidores contestaron que no se les ocurría
otro mejor que hacer una feria de seis
días, a celebrar desde el 9 de septiembre. No llegó a nada esta propuesta, pero
la noticia es interesante porque muestra como a la hora de pensar en una feria
no vieron mejor fecha que los días festivos de la Virgen posteriores a la
romería de Tíscar. Pocos años después, ya en el reinado de Isabel II, en
febrero de 1834, el síndico procurador del común —una especie del defensor del
pueblo local—, propuso al Ayuntamiento “elevar a la Reina” una serie de
reivindicaciones para mejorar la vida y la economía de la villa. Entre ellas la
concesión de “una feria para el día 15 de agosto en cada año”. La fecha que se
pensó, al igual que en la ocasión anterior, seguía la idea de aprovechar las
aglomeraciones de público de las fiestas de la Virgen. A los pocos meses se
formalizó la petición mediante un expediente remitido al gobierno provincial
para su tramitación. Pero nuevamente quedó en nada el intento, porque el inicio
de la guerra civil y la insurrección carlista, que alteró seriamente la vida
del país, cambió completamente las prioridades. Concluida la guerra civil la
vida se fue normalizando y pasados algunos años se volvió a pensar en el
comercio y en la necesidad de contar con una feria. Fue en julio de 1844 cuando
el Ayuntamiento recordó la petición de una feria para el 15 de agosto y acordó
volver a solicitarla. La necesidad de pedir la concesión o autorización oficial
tenía como principal razón la necesidad de que no se solapasen ferias de
pueblos cercanos, de manera que no compitieran entre sí restándose mutuamente
asistencia de tratantes y público interesado. De esta manera se fue
estableciendo un circuito de ferias consecutivas que se ha mantenido hasta que
hace pocos años.
Pero
volviendo a 1844 en Quesada, el 24 de octubre el alcalde don Antolín Vela se dirigió al
pleno municipal recordando que varias veces los ayuntamientos anteriores habían
buscado el medio de facilitar la venta de “los frutos y ganados que produce el
país”, para remediar la “paralización y estancamiento (que) tienen a estos
vecinos en estado casi general de pobreza”. Como solución al problema veía la
de solicitar la “real gracia para establecer una feria anual” que facilitara la
venta de productos de la tierra y ganado. Con una feria local, los labradores y
ganaderos no tendrían que salir del pueblo para vender sus animales y de esta
manera, “con una o dos crías de sus bueyes o burras vendidas en su tiempo”,
pagarían buena parte de sus necesidades. Pero además aportaría otra ventaja
importante a los artesanos, agricultores y vecinos, que ya no tendrían que
salir a otros pueblos para proveerse de los útiles y efectos que le fueran
necesarios, pues podrían encontrarlos en la feria, “aportados por los que se
dedican a buscar su venta en los puntos concurridos”. El resultado de todo ello
sería la promoción de la industria y “la circulación del metálico”. Don Antolín
estimaba que la villa cumplía los requisitos necesarios para la concesión de
una feria, referidos al número de vecinos, riqueza, localidad (lugar) para el
alojamiento de forasteros y colocación de la feria, pastos y abrevaderos,
etcétera:
En cuanto al número de vecinos,
siendo el de 1.160, el que cuenta este término municipal, es suficiente a
contribuir con un número bastante crecido a la concurrencia; y respecto de la
situación topográfica no puede mejorarse por cuanto circundan la población
espaciosos ejidos con abundancia de aguaderos en el río, y varias entradas que
pueden señalarse si perjudicar las posesiones.
A
la vista de lo dicho don Antolín propuso, y por unanimidad aceptaron los
regidores, dirigirse al jefe político de la provincia (gobernador) solicitando
una feria de tres días, el 4, 5 y 6 de septiembre (…) y en cuya época se ha
concluido la recolección de cereales, y las huertas ofrecen frutos y forrajes
para el consumo de personas y ganados”. También, y aunque no lo dice entre las
ventajas, el ser estas de primeros de septiembre inmediatas a la romería de
Tíscar. Hubieran sido estas las fechas de la feria de Quesada si no hubiera
surgido un inconveniente que el gobernador manifestó a los pocos meses. El
Ayuntamiento Constitucional de la villa de Jódar le había manifestado que los
días solicitados por Quesada para su feria “causaría grave perjuicio a la que
tiene lugar en dicha población los días 2, 3, 4 y 5”. Cómo Jódar ya tenía
concedidas esos días, se pensó como alternativa en los inmediatos anteriores a
la despedida de la Virgen y se contestó al gobernador que se señalasen a
Quesada los días 25, 26 y 27 de agosto. Resuelto este inconveniente y tras
andar el expediente los farragosos caminos burocráticos, el 4 de enero de 1847
el secretario del Ayuntamiento de Quesada dio lectura en el pleno a un oficio
del Jefe Superior Político de la Provincia que decía así:
Por el Excelentísimo Sr. Ministro de Marina, Comercio y
Gobernación de Ultramar, con fecha 26 de diciembre, se me comunica la Real
Orden siguiente:
«Conformándose
S.M. la Reina (Q.D.G) con lo expuesto por V.S. con el informe de esa Diputación
Provincial, se ha dignado conceder al Ayuntamiento Constitucional de la Villa
de Quesada el permiso que ha pedido para celebrar una feria anual en los días
veinte y cinco, veinte y seis y veinte y siete incluidos del mes de agosto.»
Lo que traslado a V.S. para su conocimiento y efectos
oportunos.
La
concesión de la feria se recibió en el pueblo con entusiasmo, pues era una
buena noticia en unos tiempos en los que se acumularon las malas. 1846 fue año
seco y de calores en invierno y primavera impropios para la época. Hubo que
adelantar la Traída de la Virgen al 18 de abril para implorarle “el santo
rocío”. A la falta de agua se sumó la langosta, plaga que se había visto
favorecida por las malas condiciones meteorológicas y que provocó grandes daños
en las cortas cosechas. El siguiente invierno, 1846 al 47, no fue mejor. El
tiempo siguió siendo malo pero por los motivos contrarios, se dieron temporales
de hielo y nieve que hacía años no se habían visto. El 11 de febrero de 1847 el
regidor síndico expuso al Ayuntamiento la difícil situación que atravesaban los
vecinos más humildes:
…la gran necesidad que se encuentra la gente jornalera y
proletaria de esta población con motivo del largo temporal de aguas y nieves
que se experimentó, por lo cual no se ha dado un trabajo hace dos meses, a que
se agrega la escasez de la cosecha del año anterior y la del aceite, lo que ha
motivado hallarse pidiendo limosna los trabajadores y pegujaleros que nunca se
han visto en tan extrema necesidad.
El
Ayuntamiento acordó formar una lista de los más necesitados y repartir entre
ellos setenta fanegas de trigo del Pósito, a razón de tres celemines cada uno.
Para paliar la escasez, se prohibió vender trigo fuera del pueblo y se solicitó
a la Hacienda provincial una moratoria en el pago de contribuciones por la
“pésima situación”. Además de estas penas, por aquellos meses se consumaba la
segregación de Huesa, Ceal y Royomolinos. El nuevo pueblo tenía 812 habitantes,
lo que dejaba a Quesada con 3.895, de los que 482 pertenecían a Belerda y Don
Pedro. Por lo que respecta al término, aproximadamente la mitad de la Dehesa de
Guadiana, importante fuente de ingresos municipales, quedó para el nuevo
ayuntamiento. Durante varios años se produjeron pleitos y desavenencias hasta
que se consiguió una separación completa de fondos y contribuciones. Fue un
proceso complicado y a menudo desagradable, como un divorcio sin acuerdo.
Por
todo esto la noticia de la concesión de la feria fue recibida con entusiasmo.
Inmediatamente se acordó darle la mayor publicidad posible imprimiendo
doscientos ejemplares de un edicto o anuncio para remitirlo a todos los
alcaldes de la provincia y a los particulares “que se crea oportuno”. Unas
semanas antes, el 31 de julio de 1847, el alcalde envió al gobernador uno de
estos edictos para su inserción en el Boletín Oficial de la Provincia. El 25,
26 y 27 de agosto de 1847 se celebró la primera feria de Quesada, al parecer
con gran éxito. El lugar que se destinó para los tratos de ganado y resto de
géneros mercadeables fue la Plaza, lugar público por excelencia y por entonces completamente diáfana,
desprovista de árboles y cualquier otro estorbo. Desde aquella primera edición
cada año la feria anual congregó a mucha gente, no solo trajinantes forasteros
sino vecinos de los cortijos y aldeas así como de otros lugares de la comarca.
Se movía mucho dinero en los tratos y es fácil imaginar que alrededor del ganado
y el mercadeo fueron apareciendo aires de fiesta, que fueran llegando
vendedores de aguardiente (cuando las ordenanzas lo permitieron), jugadores,
embaucadores y toda clase de personas, honradas o no, en busca del dinero
ajeno. Y todo a la sombra de la despedida de la Virgen, por entonces todavía el
28 de agosto San Agustín.
De la feria de
ganado a la Feria y Fiestas de Quesada
Pudiera parecer
que con la primera edición de la feria de ganado en 1847, inmediatamente antes
de la despedida de la Virgen, ya había nacido la Feria y Fiestas más o menos en
su formato y fechas actuales. Pero no fue así y durante bastante tiempo
siguieron más o menos cercanas pero independientes la feria de ganado y las fiestas de la Virgen, “los
días de la Virgen” con sus corridas de Toros de septiembre, pero hubo diversas
oscilaciones y cambios. En este primer año de 1847 se mantuvieron los toros en
septiembre como era tradición. Igual sucedió en 1848, cuando se pidió al
gobernador autorización para “celebrar las corridas de toros, o sea ganado de
labor, que por los días de la Virgen de Tíscar se celebran de tiempo
inmemorial”. Es curiosa la aclaración de que no se trataba de novillos o toros
de lidia, sino de “ganado de labor”. El ganado no sufría muerte, pues eran más
bien juegos, corridas en el sentido literal de correr a los animales. Hasta los
últimos años del siglo XIX no actuaron profesionales sino “gente del pueblo”,
voluntarios. Los festejos con “toros” continuaron celebrándose en los días
siguientes al 8 de septiembre durante mucho tiempo, como se puede comprobar en
las autorizaciones del gobernador en aquellos
años en que hay constancia en las actas municipales o en el Boletín Oficial de
la Provincia.
La lenta
evolución de los festejos taurinos, de la Virgen y la feria de ganado tuvieron
un serio contratiempo en 1860 a causa de una epidemia, cosa que ni fue la
primera vez que se produjo, ni sería la última como bien sabemos. En el pleno
del 7 de agosto de aquel año el alcalde Simón Bedoya comunicó que había tenido
noticia de que la “enfermedad reinante” (el cólera morbo) que se había
presentado en la provincias de Levante, había llegado a Hinojares y estaba
causando estragos. En el consiguiente debate sobre las medidas a tomar se
consideró “la proximidad de las funciones con que esta población acostumbra
solemnizar el día de la Ascensión de Nuestra Señora, así como también las
ferias que deben tener lugar en los días 25, 26 y 27”. Con buen criterio
consideraron que la acumulación de personas de distintas procedencias, “la
concurrencia de forasteros”, podría favorecer el contagio y la extensión de la
enfermedad. En consecuencia acordaron “suspender por ahora las referidas
funciones (procesión del 15 de agosto y feria)” y comunicarlo a los pueblos
inmediatos para que no acudiera la gente. Parecían medidas prudentes y sensatas
pero tuvieron un efecto imprevisto. En las aglomeraciones de público suelen
aparecer personas o grupos que viven de las fiestas con trabajos y ocupaciones
diversos y más o menos honrados. En este mes de agosto de 1860 había llegado a
Quesada la compañía de cómicos de un tal Mario Mojica. La prohibición de festejos
que implicaran concentraciones de gente les afectaba de lleno, les impedía
trabajar y ganarse el pan. Por eso Mario presentó un escrito al Ayuntamiento
pidiendo que “no se impida la continuación de las representaciones teatrales”,
pues de lo contrario se verían en la necesidad de pedir para comer —“implorar
la caridad pública”—. El Ayuntamiento le contestó que la suspensión de los
actos se había decidido por graves razones sanitarias y que no era procedente
suspender las funciones religiosas y comerciales y a la vez mantener abierto el
teatro, por entonces instalado en un salón del antiguo convento dominico. La
solución que se les dio, “a fin de no causar perjuicios a los individuos de la
compañía cómica”, fue abrir una suscripción voluntaria entre los vecinos para
que con lo recaudado pudieran marcharse a otro punto donde pudieran trabajar y
comer.
Tras este susto
en los años siguientes debieron continuar las cosas sin grandes cambios, a
pesar de que desde 1868 sí hubo movimientos políticos de envergadura con la
caída de Isabel II, la revolución de septiembre y el corto reinado de Amadeo I.
Es en agosto de 1873, en plena República Federal, cuando se vuelve a tener noticias
de la feria de ganado, que a su vez las dan del nacimiento de una parte tan
importante del pueblo como es el Jardín. La antigua plaza pública, del mercado,
estaba en obras de reforma porque “se está arreglando para un paseo”. Se estaba
nivelando el suelo para quitarle pendiente, con la intención de plantar árboles
y formar un lugar de paseo, elemento urbano muy de moda por entonces. Como
consecuencia, el mercado ya no se podía montar en la plaza y los vendedores
tenían que pregonar sus mercancías por las calles. Pero estas obras también ocasionaban
otro problema, que era la ubicación de la feria de “caballerías y cerdos”, desde
1847 celebrada en la plaza del mercado. Las obras de las que saldría el jardín
sirvieron para alejar del centro del pueblo esta actividad insalubre y molesta.
Se acordó que la compraventa de caballerías
se hiciese en la parte alta de la calle don Pedro, en la actual calle
del Teatro por encima de la esquina con Patona, donde entonces empezaban los
ejidos sin urbanizar. Respecto a los cerdos, se trasladarían al “sitio de los
Postigos y camino de la Fuente Nueva”. Este pilar sería el abrevadero de todos los
animales, estando prohibido que acudieran a la fuente pública de la plaza. Las
fechas de la feria no se cambiaron, fueron las mismas, del 25 al 27 de agosto. Los años fueron pasando y trajeron
algunos cambios que poco a poco fueron acercando aquellos festejos a lo que hoy
día conocemos. Pero fue una evolución lenta, con pasos adelante y atrás, con
modificaciones que prosperaron y se convirtieron en “tradicionales” y con otras
que desaparecieron sin apenas dejar huella. Pero todos los años hubo corridas
de toros en sus diferentes ubicaciones. Y el Jardín, tras su inauguración en
1878, se convirtió en el núcleo de las fiestas acogiendo a dos elementos clave
de estos días festivos: la música y la iluminación especial.
La organización de los
festejos taurinos la cedía el Ayuntamiento a uno o varios vecinos que corrían
con todos los gastos a cambio de la recaudación. En 1880 se dieron “cuatro
días de novillos en las fiestas populares”, que se celebraron del 9 al 12 de
septiembre y se dieron, por cuenta de los organizadores, dos noches de serenata
por “la música de este pueblo”. En 1883 los toros fueron en los mismos días,
pero se trasladaron a la Lonja —en la plaza de la Iglesia parroquial— porque en
la plaza pública ya era imposible por estar ajardinada. 1884 fue un año que
quiso traer novedades que finalmente no pudieron realizarse. Varios concejales
propusieron que la feria de ganado se trasladase a los días 9 al 12 de
septiembre, pues al ser los días de la Virgen la concurrencia sería más
numerosa y mayores las transacciones comerciales. Se acordó hacerlo así y además
trasladar “la feria de ganado caballar, mular y asnal” a las calles Monte y
Ángel, y la de cerdos a “los ensanches de la población que hay al final de las
Eras del Ángel”. Pero en aquel año de 1884 de nuevo amenazaba el cólera morbo y
el gobernador se vio obligado a suspender todas las ferias por el avance de los
contagios.
El siguiente hito en la historia, en la evolución de las fiestas, se
produjo en 1887, tres años después. Un joven concejal, Manuel Antonio Alcalá
Menezo, hermano del ínclito autor de la Novela de Tíscar, propuso que la feria
de ganado se celebrase “a continuación de la fiesta solemne que se hace a la Virgen
el 15 de agosto, a la cual concurre gran número de forasteros y que se haga del
16 al 19 inclusive. La propuesta se aprobó por unanimidad, comunicándose el
cambio al gobernador y haciéndose “la necesaria publicidad”. La organización de
las cuatro corridas de novillos de aquel año se concedió a los vecinos Emilio
Gallego Martín y Manuel Mesas Bedoya, que “en compensación a los muchos gastos
que ocasiona cerrar la plaza” obtuvieron el derecho a cobrar entrada y también
el producto de las tasas sobre “los puestos de venta” instalados en el pueblo y
en la plaza de la Virgen de Tíscar en las fiestas del santuario, tasa que cobraba
el Ayuntamiento y no la Cofradía. Respecto al precio de las entradas para los
toros fueron establecidos a razón de “un real por la entrada general, dos y
medio por asiento de delantera en sombra, dos la fila segunda y tercera, uno y
medio delantera de sol y uno las demás”. Se darían cuatro corridas del 16 al 19. Solo en dos de esas tardes se
mataría un novillo, quedando con vida el resto del resabiadísimo ganado. Pero
este año trajo una novedad más que de paso informa de las curiosas costumbres
de la época. El alcalde propuso que “para ayudar a los gastos del alumbrado del
paseo del Jardín en las fiestas y feria” se debía establecer “un arbitrio
transitorio sobre las sillas que se traigan y ocupen en dicho paseo”. Por
unanimidad se acordó que “solo en los días de feria y que se ilumine el jardín” se pagasen cinco
céntimos de peseta por cada silla, “bien sean de particulares o de los
empresarios a los que se faculta para que lo cobren”. Es decir, las vecinas
llevaban sillas al jardín para sentarse y ver pasar a la gente; por su parte,
cabe imaginar que los vecinos hacían lo propio en las sillas que colocaban los
«empresarios», es decir, los propietarios de tabernas y casinos. Las tarifas
sobre los puestos y establecimientos que se situasen en la vía pública es una
relación interesante, porque informa de cuales eran las diversiones y negocios
propios de estos días de fiesta: En el pueblo dos ptas. para las tiendas de
quincalla, bebidas y confiterías; para los puestos de bebidas “que se coloquen
en mesa” una pta. adicional; buñolerías dos ptas; puestos de garbanzos una
pta.; establecimientos de loza, guitarras y análogos dos cincuenta ptas. y
ferretería una cincuenta ptas.
En el siguiente año, 1888, se empezó a limpiar el antiguo cementerio de
Madre de Dios para montar en el solar la plaza de toros. Limpiar quería decir
retirar los restos de huesos de difuntos que quedaban más o menos a la vista.
Se estrenó la nueva plaza el día 16 de agosto con la actuación de la cuadrilla
Niños de Málaga. En 1889 se instalaron en el jardín, las noches del 15 al 18 de
agosto, doscientos farolillos y amenizaron las veladas las dos bandas de música
que existían en el pueblo por entonces. 1890 fue otro año importante porque
anuló estas incipientes fiestas de mediados de agosto devolviéndolas a
septiembre. El Ayuntamiento consideró que el cambio que se hizo en 1887 a los
días inmediatos al 15 de agosto no había resultado como se esperaba, porque era
“época de mucho calor en la que las ocupaciones de recolección están muchos
años en su cénit, los ganados en su mayor parte de cerda, que tan nombrada
hacen la feria por su crecido número, no han terminado la comida de rastrojeras
y finalmente es demasiado temprano para la afluencia de feriantes y molesta al
público en general”. Se decidió volver a organizar la feria los días 8 al 11 de
septiembre. Pero además se decidió que la despedida de la Virgen pasase del
tradicional 28 de agosto a la madrugada del 7 de septiembre, con un castillo de
fuegos artificiales la noche anterior costeados por el Ayuntamiento. Es decir,
las ferias empezaban cuando se iba la Virgen.
Esta novedad de
variar la fecha de la despedida de la Virgen al mes de septiembre, duró poco.
En 1893 se volvió al 28 de agosto, con la feria de ganado del 25 al 27 y los
toros a continuación de la marcha de la Virgen, los días 28 al 31 de agosto.
Por primera vez se hace mención a la verbena, que se haría las noches del 15 de
agosto y las del 25, 26 y 27. El jardín se adornaría con iluminación “a la
veneciana” —farolillos— y la asistencia de las dos bandas de música existente, la
“música vieja” y la “música nueva”. El castillo se haría la noche del 31 de
agosto, al finalizar las tardes de toros que serían del 28 a ese día 31. Por
cierto que fue necesario arreglar de nuevo la plaza de Madre de Dios, porque no
se había hecho bien y seguía con un desnivel del 25% y “muchos restos de
nuestros antecesores se hayan rodando por dicha plaza por no haberse hecho la
evacuación cuando se arregló”. Este esquema de fechas se mantuvo al año
siguiente, con la particularidad de que el día 29 de agosto no hubo voluntarios
para lidiar los novillos “y al que salía lo apedreaban y se amotinó el pueblo
en general”.
En 1895 el modelo de feria
y fiestas de la Virgen parece bastante consolidado y próximo al actual. Las
verbenas en el jardín se celebraron los días 15, 25, 26 y 27, “con el alumbrado
de años anteriores” y música. Las “corridas de vacas”, en Madre de Dios, serían
tres, los días 25, 26 y 27. En cada una de ellas se lidiaría, además de las
vacas, “un novillo de muerte de dos años y tres hierbas”. Este año tuvo la
particularidad, que muestra como las fiestas evolucionaban conjuntamente en la
parte religiosa y civil, siempre bajo la supervisión del Ayuntamiento. Fue la
novedad que el Ayuntamiento recibió una “súplica” de la Cofradía para que se
crease una comisión de festejos conjunta que propusiera los festejos “que se
deben hacer con motivo de la fiesta y feria que anualmente se celebran en esta
localidad en el mes de agosto”. Pedía además la Cofradía que “por el presente
año” se le concediese gratuitamente la plaza de Tíscar con el objeto de que “en
la próxima festividad de septiembre” pudiese la Cofradía organizar por su
cuenta “la instalación de las tiendas y puestos que han de ocupar los
feriantes”. No significa el acuerdo favorable que se tomó otra cosa que el
reconocimiento del carácter público y municipal de la plaza de Tíscar, pues
solo se cedió la instalación de los puestos y los derechos recaudados sobre los
mismos.
En el año de 1896 se repitieron las fechas de verbenas y toros, que ya
quedaron como fijas para todos los siguientes años y coincidentes con la feria
de ganado del 25 al 27. Este año 96 se hizo una iluminación especial en la
calle Nueva y “dos portadas en los extremos de dicha carrera”. Además se
construyó un “suntuoso arco en la esquina del Reloj”, es decir, más o menos a
mitad del paso actual de vehículos entre la Explanada y el Jardinillo. Esta
torre del reloj es la que aparece como principal en todas las fotografías
existentes del antiguo convento convertido en escuelas y plaza de abastos.
Además se iluminó con farolillos el jardín como se venía haciendo en años
anteriores y sobre todo, se hizo en el centro “un bonito pabellón para que la
música se coloque en él y deje oír sus armonías”. Este es el claro precedente
del quiosco para música que, en distintas versiones, ha existido en la parte
central del jardín conocida como “el huevo”.
Con la adición
de estos elementos la estructura de la Feria y Fiestas quedaba consolidada en
cuanto a fechas y a lo que la verbena del jardín se refiere. Faltaba un
detalle, el día 28, San Agustín, que era el día dedicado a la Virgen, el día en
que regresaba a Tíscar. Una mención en el acta municipal de 1911 muestra que
fue en los primeros años del siglo XX cuando la despedida de la Virgen pasó a
la madrugada del 29 y quedó el 28 como un día más de fiesta. Dice el acuerdo de
aquel día que “siendo costumbre hace algunos años trasladar a N.ª
Excelsa Patrona la Stma. Virgen de Tíscar desde la parroquia de esta villa al
santuario de su nombre en las primeras horas del día 29 de este mes” se acuerda
“se comunique a quien procede dicho traslado (Cofradía y clero) para que no
pueda tener variación alguna.” Las fiestas pasaron por tanto a ser del 25 a 28
de agosto, siendo el día 24 “víspera de feria”, con cabezudos y castillo de
fuegos artificiales, pero sin verbena. Con el tiempo acabó convertido en otro
día más y se llegó al modelo actual de Feria, que seguramente seguirá
evolucionando con los tiempos.

Concurso de pintura infantil José Luis Verdes el año 1974
Las ferias de
Quesada hacia 1920
Como final de
esta historia reproduzco las Memorias inéditas de Juan de Mata García
Carriazo en su parte relativa a las ferias. En esta pequeña descripción no se
refiere a un año concreto, sino de forma genérica a los años de su infancia y
juventud. De ahí que las haya titulado como “hacia 1920”. Para estos años ya están plenamente
establecidas en los días finales de agosto, con la particularidad de que el día
24 no era de feria, sino de víspera de feria. Es también destacable la
referencia a los toros, ya plenamente integrados en “las ferias”, sin los
vaivenes de fechas que sufrieron durante el siglo XIX. Se celebraban en la
plaza de Madre de Dios, hoy ocupada por un grupo escolar construido en los años
cuarenta. También se debe aclarar que, al referirse a la procesión del 15 de
agosto, la expresión que utiliza «mientras volteaban las campanas de todas
las iglesias» no es errónea, porque había entonces tres campanarios en el
pueblo: la parroquia, el Hospital y la iglesia del convento.
Se presta a
confusión a veces el autor Juan de Mata García Carriazo con Juan de Mata
Carriazo Arroquia, el historiador y arqueólogo. Eran primos hermanos, pero más
allá de esta relación familiar pocas más eran las coincidencias. El texto
corresponde al capítulo 3º Festividades y distracciones y está
reproducido respetando la dificultosa redacción y puntuación original:
Pero las más importantes eran el
Día de la Virgen, 15 de Agosto, en cuya víspera se quemaba el Castillo, en las
eras de la Tercia y más tarde en el barranco de la carretera de Tíscar, con
música entre cada rueda durando hasta la madrugada ya en el jardín con gran
consumo de gaseosas de bolita que fabricaba el Niño Rodrigo y valían una perra
gorda, y helados de limón que elaboraba el ollero, como garbanzos tostados,
almendras, avellanas, etc. Ese día se reunía la Cofradía de la Virgen, en la
casa del Presidente (…) y de allí salía
con la música a la Casa de la Villa, donde recogía al Ayuntamiento bajo mazas,
y todos en dos filas a los acordes de un pasodoble se dirigían a la Parroquia,
llena a rebosar donde se celebraba la fiesta con sermón a cargo del Párroco
Sánchez Viana, gran orador sagrado y
coro de muchachas que cantaban la misa de Perossi a todo órgano, bajo la
dirección de mi querido primo Martín, a la sazón seminarista en Toledo, que
tenía una gran voz de tenor. Al mediodía en el Jardín luego de invitar en su
casa, el presidente a las Autoridades, hermanos y música, a un refrigerio se
lanzaban cohetes y globos con gran algazara de la chiquillería. Por la tarde
salía en procesión nuestra Patrona, luciendo su más rico manto y cargada de
joyas regalo de varias generaciones de devotos, escoltada por dos parejas de la Guardia Civil de gala, y a
hombros de los enfervorizados hijos del pueblo, que se disputaban el honor de
portearla, mientras volteaban las campanas de todas las iglesias; y los cohetes
y vivas eran atronadores, formando las mujeres largas filas con velas y gran
número descalzas, de promesas que habían hecho, tras la Cruz Parroquial, en
medio los estandartes y tras aquella, el clero con ricas capas pluviales, la
Cofradía, las Autoridades y cerrándola el pueblo en masa, recorriendo las
principales calles del mismo en cuyas balcones de las casas colgaban mantones,
colchas, banderas, etc. Y arrojaban flores deshojadas al paso de aquella.
Terminada la procesión el Jardín se ponía de bote en bote, hasta bien entrada
la madrugada, tocando sin cesar la música en el kiosco.
Al poco, del 25 al 28, se
celebraban las ferias que empezaban a primera hora con la de ganado, muy
concurrida donde se renovaban las caballerías y se adquirían los lechones para
acebonarlos (sic) con los productos de las huertas, celebrando los tratos con
abundancia de aguardiente y buñuelos, luego la fiesta de la Virgen, con el
mismo esplendor que el día 15, y por las tardes solía haber toros, en una plaza
de madera que se montaba en la de Madre de Dios en la que torerillos como el
Iñigo, el Kuki, Rosalito, etc. luciendo raídos trajes de luces, se las
entendían con reses resabiadas, por lo que sufrían bastantes revolcones,
siguiendo los consabidos paseos tarde y noche en el Jardín con música a granel
y variedades y teatro por conjuntos de tres al cuarto, que se hacían en el
mercado de abastos acondicionado para ello y luego en el cine Chueca, siempre
por don Manuel Marín, a quien el pueblo de entonces debe esos esparcimientos,
como las funciones de cine mudo durante todo el verano, con películas de Tomasín,
el Vizco, Charlot, don Picorete, etc. También luego de las funciones se
celebraban bailes en el Salón del Casino o en el de sesiones del Ayuntamiento,
hasta la madrugada, y a los que nos estaba vedado asistir a los niños. El
último día de feria, 28 por la tarde, volvía a salir en procesión la Patrona,
con el mismo fervor y entusiasmo, siendo su marcha al Santuario, de madrugada,
acompañándola el pueblo en masa hasta el Humilladero, entre el volteo de
campanas, cohetes y vivas: allí era cubierta con una funda impermeable mientras
tocaba la banda la Marcha Real, y a hombros, ahora de los hermanos servidores
(…) llegando al mediodía a Tíscar, donde era esperada por sus escasos vecinos,
como de los pueblos de Belerda, Huesa y hasta Pozo Alcón, diciéndose otra misa
en su casa. Desde que era despedida en el Humilladero, todo el pueblo, sin
dormir, se desparramaba por las huertas a comer gachas, plato de harina cocida
que se pegaba a la sartén y al que se agregaba un caldo hecho aparte, con mucho
picante, tomates, pimientos asados, etc. Y melón, de los primeros del año.
[2] Copiador de correspondencia. Carta al
gobernador civil de 4 de diciembre de 1852.
[3] En las respuestas del llamado Catastro
de Ensenada se llama “mercado” a la Plaza y se dice que solo hay dos tiendas de
“especerías y quincalla”.

