domingo, 26 de julio de 2026

EL ORIGEN DE LA FERIA DE QUESADA. Las fiestas de la Virgen de Tíscar y la feria de ganados.

 


Hoy día, al menos en el sur, entendemos por feria o ferias las fiestas anuales que se celebran cada año en pueblos y ciudades. Fuera de los grandes eventos expositivos, ferias de muestras, del olivar, etc., se ha olvidado que el significado primero de feria, según la RAE, es la reunión de comerciantes en un lugar y fechas concretas para comprar, vender o intercambiar productos. Las ferias provocaban gran afluencia de público, ya fuera para comprar o solo para ver y disfrutar de novedades únicas dentro de la rutina del año. La aglomeración de personas, a menudo con dinero en el bolsillo, a su vez provocaba la instalación de atracciones, espectáculos y puestos de todo tipo para hacerse con ese dinero que traían los visitantes. La mejora de las comunicaciones y de los canales de distribución y compraventa de productos hizo que cada vez pesase menos la cosa comercial en estas ferias y cada vez más la lúdica y festiva. Así hasta llegar al estado actual en el que las ferias han pasado a ser sinónimo de fiestas, olvidando completamente el comercio de los antiguos trajinantes.

Durante el siglo XIX la autorización para organizar una feria comercial la concedían las autoridades gubernamentales estableciendo unas fechas fijas en cada año, teniendo la prevención de que no se solapasen ferias de pueblos cercanos, a fin de que los comerciantes pudieran recorrer sucesivamente todas las que le interesaran. A su vez los solicitantes de una feria, normalmente las corporaciones municipales, procuraban que los días de su celebración coincidiesen con fiestas, habitualmente religiosas y patronales, que ya de por sí atraían público, para que aumentasen los compradores, el negocio y los consiguientes arbitrios sobre las transacciones. La Feria de Quesada actual tiene estos dos orígenes. Por un lado la feria de ganado concedida tras muchos esfuerzos y peticiones en 1847 y de otra las fiestas y funciones públicas de la Virgen de Tíscar, mucho más antiguas. La mezcla de ambas dio lugar a las actuales Feria y Fiestas de Quesada tras una evolución que no fue lineal, sino que tuvo sus vaivenes a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX.

 

Fiestas de la Virgen de Tíscar

 

La Cofradía de la Virgen de Tíscar no era a mediados del siglo XVIII la mayor ni la más importante de las que había en el pueblo. Desde el punto de vista económico, del dinero que manejaba, era inferior a la Cofradía de las Ánimas de la parroquia mayor y socialmente quedaba por debajo de la rancia y señorial Cofradía del Santísimo Sacramento. Tenía sin embargo una particularidad importante, era la patrona de la Villa, lo que suponía que el Ayuntamiento patrocinaba su cofradía, es decir que era dependiente del poder municipal, el cual tomaba todas las decisiones importantes en ella, desde las fechas en que se celebraba cada fiesta a la disolución de la propia cofradía en su caso y la formación de nuevos estatutos. Por otra parte el patronazgo y su carácter por decirlo así público la dotaba de un carácter mucho más popular que la del Santísimo Sacramento o la de Santiago. La participación en sus fiestas estaba abierta a todos, aunque el protocolo se ajustase estrictamente al orden social cualquiera podía asistir y asistía. Esto no ocurría en todas. La del Santísimo Sacramento estaba reservada a los sucesores de los primeros conquistadores de la Villa, es decir a la gente bien. Todo esto hacía que las celebraciones de la Virgen fueran muy concurridas. Además y como era frecuente, se adaptaban al ciclo agrícola, a las cosechas y sementeras. Por eso la Virgen pasaba el invierno en su santuario, bajando al pueblo en primavera, en el momento crítico de las necesarias lluvias que fructificaban el cereal —cultivo principal y base de la alimentación de los vecinos— y regresaba cuando había concluido la cosecha y los campos quedaban a la espera de la nueva sementera.

 

No obstante el ciclo festivo de la Virgen de Tíscar no es hoy exactamente igual al que era hace un par de siglos. Fue cambiando y evolucionando con los años, algo especialmente notorio en el caso de la traída, o como se decía antiguamente la traslación, desde su santuario a la parroquia. El lugar natural de culto de la Virgen era su santuario, cualquier salida de la Virgen se consideraba algo excepcional y propio de ocasiones especiales en las que había necesidad de su presencia para rogativas a causa de alguna desgracia o desastre natural, normalmente sequías o epidemias. Además, como era una especie de culto municipal era el Ayuntamiento quien tomaba la decisión de su traslado. El clero tenía un papel secundario, de mero oficiante, y quizás por esta falta de protagonismo no era muy partidario de la presencia de la Virgen en Quesada. La traída se producía normalmente a petición de un grupo de vecinos y labradores que enviaban un “memorial” o instancia al cabildo municipal. Los regidores lo debatían en pleno y en caso afirmativo fijaban la fecha en que se produciría, trasladando su decisión a cofradía y clero. La fecha dependía de las circunstancias y de la necesidad. Lo más frecuente es que se pidiera la traída en primavera para que “el santo rocío” acabase con la escasez de lluvias y salvase la cosecha. Pero de  año en año el día podía variar mucho en función de la necesidad. Los años especialmente malos alteraban completamente las fechas. Así en el terrible invierno de 1733 a 1734, que no llovió nada y fue de tremenda hambruna, la traslación de la Virgen ocurrió el 7 de enero, permaneciendo todo aquel año en la parroquia. También fue excepcional el invierno de 1867 a 68, en el que no llovió en el otoño impidiendo la sementera, lo que obligó a traer a la Virgen el 18 de diciembre. Como siguió sin llover, el 2 de mayo hubo procesión general de todos los santos de la parroquia encabezados por la Virgen. Dos días después “principió a llover con abundancia, hubo alegrías grandes, música, tiros, convites y bromas”. Semejante ocasión a esta se produjo en el invierno de 1884 obligando a una traída extraordinaria el 23 de enero. Lo escribió y publicó en una Poesía Poética el veterinario Pedro Segura, cantando en sus versos que la misma noche de la llegada de la Virgen se produjo un auténtico diluvio.

 

Pero aparte de casos tan señalados lo normal era que la traída fuese en abril o mayo. En un principio no había una fecha fija —fue el 27 de abril en 1777, 15 de mayo en 1791, 16 de marzo en 1817—, y dependía de las necesidades concretas de cada año. Lo que sí se procuraba era que coincidiera con domingo, para que el recibimiento no precisara abandonar las faenas del campo. Y no todos los años había traída. Sacar a la Virgen del santuario era una decisión grave que debía estar suficientemente justificada. Pero los vecinos disfrutaban con la fiesta alrededor de la traída, que rompía la monotonía rural, y por eso abusaban pidiendo que se celebrase sin haber causa justificada. El de 1819 fue uno de esos años en que se pidió por pedir, porque no había motivo especial y por eso la petición se hizo relativamente tarde, bien entrado el mes de mayo. Los regidores conferenciaron largamente sobre el particular, deseosos “de que se fomente por todos modos el culto de esta Señora”. Pero “viendo que por la demasiada facilidad con que se hacen estas traslaciones” se entibiaba “la devoción de la Señora”, procedía rechazar la solicitud “en atención a no haber causa urgente de necesidad ni calamidad pública, que era el motivo por el que se debía hacer la traslación”. Tras mucho debate al final se avinieron a autorizar la petición como caso excepcional, sin que sentase precedente, y se acordó efectuarla el 30 de mayo. Pero no sirvieron de nada los reparos que se pusieron a esta traída y no desapareció la costumbre de solicitarla “aunque no hiciera falta”. Poco a poco la traída, además de su parte devota y rogatoria, se fue convirtiendo en un día de fiesta y jolgorio, salvo los años dramáticos y hambrientos, que los siguió habiendo. Tras la costumbre de efectuar la traída cada año se llegó a otra “costumbre antigua”, que fijaba una fecha concreta para efectuarla. La primera referencia a esta nueva tradición es del año 1883, en cuyo cabildo municipal del 22 de abril se dice:

 

Respetando la tradicional y devota costumbre de traer a la Virgen en el primer domingo de mayo o en cualquiera de los festivos anteriores, acordaron que se haga el día 3 de mayo.

            Además de estas traídas de la Virgen “normales”, hubo otras de carácter excepcional que no respondieron a la necesidad de rogativas sino a la del regocijo y celebración. En junio de 1812 el mariscal Soult se vio obligado a desalojar Andalucía, poniendo fin a la presencia de las tropas napoleónicas. En el acta del cabildo quesadeño de 13 de octubre se incluye un memorial de labradores y vecinos manifestando que “habiéndose dignado la divina providencia liberarnos del yugo tan pesado con que se ha estado oprimido de los enemigos franceses”, convenía traer a la Virgen para agradecerle su protección y “hacerle uno o más novenarios de fiestas con toda solemnidad y cumplido restituirla al mismo santuario”. En el año de 1900 y para celebrar el cambio de siglo, hubo otra traída extraordinaria la tarde del 31 de diciembre. Por otra parte cuando algún suceso nacional u otra necesidad extraordinaria coincidía con la estancia veraniega de la Virgen en la parroquia, se aprovechaba esa facilidad para sacarla en procesión sin necesidad de una traslación especial. Así ocurrió por ejemplo en junio de 1833 para solemnizar la proclamación como Princesa de Asturias de la futura Isabel II, o en 5 de junio de 1898, cuando tres días después del desastre de la flota del almirante Cervera en Santiago, procesionó la Virgen en rogativa por la guerra de Cuba.

Respecto a la dependencia municipal del culto a la Virgen y el papel secundario del clero, en fecha tan tardía como 1899 hubo un episodio bastante esclarecedor. Aquel año el Ayuntamiento sufría una gran estabilidad con suspensiones judiciales de concejales, destituciones por el gobernador, etc. El párroco don Leando Giménez interpretó que la corporación estaba en horas bajas y en situación de debilidad. Por eso el día 10 mandó una comunicación manifestando “que la Cofradía ha acordado trasladar a la Virgen el día 30 del presente mes (domingo)”. El Ayuntamiento quedó enterado y conforme. Suponía esto la ruptura de la costumbre y el intercambiado los papeles: la Cofradía (el párroco) decidía y el Ayuntamiento era simplemente informado. Pero a los pocos días, al someter a aprobación el acta de la sesión anterior, el concejal conservador Francisco Malo, que acababa de ser repuesto en el cargo por el gobernador, opuso reparos. Dijo que “como presidente de Cofradía” había presidido la sesión a la que aludía el párroco. Y que en ella lo que se había acordado era pedir permiso “a la autoridad competente” (el Ayuntamiento) para que fuese esta quien acordase el traslado, “y no en la forma que expresa la comunicación dirigida por el párroco”. Evidentemente había sido el párroco el que había intentado apropiarse del mando y era la propia Cofradía quien lo ponía en su sitio.

            Pero la fiesta de la Virgen por definición, fija e inamovible, era la de Tíscar, celebrada cada 8 de septiembre. Evidentemente para que se pudiera celebrar la romería en Tíscar, cuando la Virgen se había llevado a Quesada, tenía que regresar al santuario. La vuelta, la despedida, era también decisión del Ayuntamiento tomada en sesión plenaria del cabildo. Como antes se dijo, el clero local no se sentía muy cómodo con la Virgen en la parroquia, porque era un culto en cierto modo ajeno a ellos, del que no disfrutaba otro beneficio económico que el cobro de fiestas y misas, pues las limosnas y ofrendas eran para la Cofradía. Esta incomodidad del cura, beneficiado y demás presbíteros, se puso de claro manifiesto ya en 1777, cuando “el venerable clero” solicitó al Ayuntamiento a finales del mes de julio que la Virgen se restituyese a su santuario, pues ya había tenido lugar el novenario de fiestas, razón de su traída. Los regidores dejaron en acta su opinión, coincidente con la de “los vecinos y labradores”: que la costumbre “de muchos a esta parte” era llevársela el 28 de agosto, San Agustín, en cuyo tiempo “están levantados los frutos de agostadero”, pero que a finales de julio “amenazan las nubes” y las enfermedades “han cada día más crecidas”. Decían los vecinos que todo su consuelo y esperanza la tenían en “Nuestra Señora como su Patrona” y por todo ello la corporación acordó por unanimidad rechazar la petición del clero. En lugar de adelantar la vuelta dispuso que “cesando los inconvenientes y no habiendo otros se podría hacer en el día de San Agustín, por cuanto se haya inmediato al que se celebra en dicho santuario la festividad de dicha Señora como es costumbre el 8 de septiembre”. En este episodio, además de la autoridad del Ayuntamiento y la enemiga del clero al culto de la Virgen, se pone de manifiesto una diferencia clara entre la traída y la despedida. Mientras que la traída no tenía una fecha fija, que tardó muchos años en establecerse, la despedida desde bien pronto acostumbró hacerse el día 28 de agosto, San Agustín, para a continuación celebrar la romería del 8 de septiembre. Sólo he localizado dos ocasiones en las que no se respetó esta fecha y fue por causas excepcionales. Una en 1885, con motivo de la última gran epidemia de cólera que afectó a Quesada. La Virgen regresó el 9 de octubre, tres días después de que se cantase el Tedeum (fin oficial de la epidemia). La otra ocurrió cinco años después, en 1890, con motivo de la presencia en Quesada del famosísimo orador Vicente Manterola, un auténtico “influencer” del momento, ultraconservador y de espíritu carlista. Predicó en la plaza de la Lonja (delante de la Virgen que se sacó a un altar montado al efecto), el 5 de septiembre. La Virgen se devolvió a Tíscar el día 7 para que la romería pudiera celebrarse el 8 de septiembre. Hay que considerar, para comprender el origen de la feria, que el día anterior, el 27 de agosto, se dedicaba a misas y fiestas religiosas para despedir a la Virgen. Estas celebraciones convocaban a gran cantidad de público y es de imaginar que, como en todas las grandes aglomeraciones, se produciría el correspondiente consumo de alcohol, dulces, quincalla y cosas así en una suerte de precedente de la feria.

La romería de Tíscar era, como va dicho, la gran fiesta de la Virgen, muy por encima de cualquier otra, a la que acudían romeros de todos los contornos y de varias comarcas circundantes. Se celebraba con carácter fijo el 8 de septiembre en el santuario, pero además en el pueblo se celebraban ”los días de la Virgen de Tíscar”, el mismo día 8 y los siguientes. Se celebraban festejos que incluían siempre corridas de novillos, “o sea ganado de labor”, “por gente del pueblo”. Las corridas “de toros” requerían autorización gubernativa en Jaén y es por eso que se conservan las instancias de solicitud. En la de 1852, que el alcalde dirige al gobernador, se dan más detalles sobre los “días de la Virgen”:

De tiempo inmemorial se acostumbra en esta Villa a festejar con corridas o capeo de novillos la festividad de Nuestra Señora de Tíscar, que se celebra el 8 de septiembre y subsiguientes, hasta el 12 o 13 del mismo; con este motivo han recurrido a mi autoridad solicitando permiso para dicha clase de festejos varios de estos vecinos, y como esta clase de concesiones no sean de mi incumbencia, me dirijo a V.S. a fin de que se sirva acceder a esta petición, la que si se denegara sería de gran sentimiento para estos moradores, y de ser favorable la decisión en ello reciben un gran placer.[1]

Esta tradición taurina de septiembre venía de antiguo, “de tiempo inmemorial”, y se mantuvo durante bastante tiempo. Al calendario festivo de la Virgen habría que añadir también el 15 de agosto, día de la Asunción o Virgen de Agosto, en la que como en tantas localidades se celebraba la advocación mariana local. La festividad coincidía con el final de la cosecha de cereales, cuando ya se habían abierto las paneras del Pósito para que los labradores devolviesen los préstamos en grano obtenidos para la sementera anterior. Era por tanto uno de los hitos agrícolas más importantes del año, al que a los pocos días se sumaba la despedida de la Virgen, marcando el final del año agrícola y el inicio de uno nuevo. Y por último, dentro del ciclo festivo de la Virgen y aunque sin relación con el origen de las ferias, una noticia curiosa sobre las fiestas de diciembre en Belerda y Tíscar. La costumbre marcaba que los días de Pascua se celebrasen en Belerda con tiros al aire, y por eso el 4 de diciembre de 1852 al alcalde de Quesada dirigió al gobernador civil la siguiente solicitud:

El alcalde pedáneo de Belerda ha recurrido a mi autoridad solicitando permiso para la celebración de la festividad que de tiempo inmemorial vienen haciendo los moradores de aquella aldea en los días de la Pascua próxima, consistiendo entre otras cosas en hacer salvas con armas de fuego; y como esto no está en mis atribuciones, de aquí el que me dirija a V.S. a fin de que si lo estima por conveniente se sirva prestar dicho permiso y comunicármelo para poderlo hacer al peticionario, a quien caso de que V.S. acceda a su solicitud, le haré las oportunas prevenciones para que procure haya el mayor orden.[2]

 

Traca en el Jardín el 29-08-1987

La feria de ganado.

            En Quesada las escasas transacciones comerciales se celebraban en el mercado, originalmente celebrado en la Lonja, y de ahí su nombre. Mas tarde se hacía en la actual Plaza, antes de que existiese el jardín. Era un comercio muy reducido, de compradores y vendedores locales con algún que otro forastero que paraba en el mesón, junto al arco de la Manquita de Utrera. Existían además algunas pocas tiendas de quincalla, de vinos, licores y productos similares. La carne, siempre de cabrío, se vendía con exclusividad en la carnicería pública.[3] No había más, no existía feria comercial, ni en el pueblo ni en las cercanías. Comprar determinados productos y herramientas, vender ganado excedente, no era cosa fácil, lo que era un lastre para la economía del pueblo. Las ferias facilitaban el intercambio de productos favoreciendo la producción y  el movimiento de dinero. Suponían además una fuente de ingresos para la autoridad competente, por los arbitrios que se cobraban sobre cada transacción. Además de su importancia económica, eran vividas como acontecimientos especiales, por la ruptura de la rutina rural y la acumulación de visitantes, a su vez fuente de distracciones y jolgorios.

La primera mención a la posibilidad de establecer una feria comercial que he localizado para Quesada tiene que ver con su utilización como fuente de ingresos fiscales. En 1831 el capitán general de Granada pidió al Ayuntamiento de Quesada que propusiese medios para mejorar la dotación económica de los Voluntarios Realistas locales. Los regidores contestaron que no se les ocurría otro mejor que hacer una feria  de seis días, a celebrar desde el 9 de septiembre. No llegó a nada esta propuesta, pero la noticia es interesante porque muestra como a la hora de pensar en una feria no vieron mejor fecha que los días festivos de la Virgen posteriores a la romería de Tíscar. Pocos años después, ya en el reinado de Isabel II, en febrero de 1834, el síndico procurador del común —una especie del defensor del pueblo local—, propuso al Ayuntamiento “elevar a la Reina” una serie de reivindicaciones para mejorar la vida y la economía de la villa. Entre ellas la concesión de “una feria para el día 15 de agosto en cada año”. La fecha que se pensó, al igual que en la ocasión anterior, seguía la idea de aprovechar las aglomeraciones de público de las fiestas de la Virgen. A los pocos meses se formalizó la petición mediante un expediente remitido al gobierno provincial para su tramitación. Pero nuevamente quedó en nada el intento, porque el inicio de la guerra civil y la insurrección carlista, que alteró seriamente la vida del país, cambió completamente las prioridades. Concluida la guerra civil la vida se fue normalizando y pasados algunos años se volvió a pensar en el comercio y en la necesidad de contar con una feria. Fue en julio de 1844 cuando el Ayuntamiento recordó la petición de una feria para el 15 de agosto y acordó volver a solicitarla. La necesidad de pedir la concesión o autorización oficial tenía como principal razón la necesidad de que no se solapasen ferias de pueblos cercanos, de manera que no compitieran entre sí restándose mutuamente asistencia de tratantes y público interesado. De esta manera se fue estableciendo un circuito de ferias consecutivas que se ha mantenido hasta que hace pocos años.

Pero volviendo a 1844 en Quesada, el 24 de octubre el alcalde don Antolín Vela se dirigió al pleno municipal recordando que varias veces los ayuntamientos anteriores habían buscado el medio de facilitar la venta de “los frutos y ganados que produce el país”, para remediar la “paralización y estancamiento (que) tienen a estos vecinos en estado casi general de pobreza”. Como solución al problema veía la de solicitar la “real gracia para establecer una feria anual” que facilitara la venta de productos de la tierra y ganado. Con una feria local, los labradores y ganaderos no tendrían que salir del pueblo para vender sus animales y de esta manera, “con una o dos crías de sus bueyes o burras vendidas en su tiempo”, pagarían buena parte de sus necesidades. Pero además aportaría otra ventaja importante a los artesanos, agricultores y vecinos, que ya no tendrían que salir a otros pueblos para proveerse de los útiles y efectos que le fueran necesarios, pues podrían encontrarlos en la feria, “aportados por los que se dedican a buscar su venta en los puntos concurridos”. El resultado de todo ello sería la promoción de la industria y “la circulación del metálico”. Don Antolín estimaba que la villa cumplía los requisitos necesarios para la concesión de una feria, referidos al número de vecinos, riqueza, localidad (lugar) para el alojamiento de forasteros y colocación de la feria, pastos y abrevaderos, etcétera:

 En cuanto al número de vecinos, siendo el de 1.160, el que cuenta este término municipal, es suficiente a contribuir con un número bastante crecido a la concurrencia; y respecto de la situación topográfica no puede mejorarse por cuanto circundan la población espaciosos ejidos con abundancia de aguaderos en el río, y varias entradas que pueden señalarse si perjudicar las posesiones.

            A la vista de lo dicho don Antolín propuso, y por unanimidad aceptaron los regidores, dirigirse al jefe político de la provincia (gobernador) solicitando una feria de tres días, el 4, 5 y 6 de septiembre (…) y en cuya época se ha concluido la recolección de cereales, y las huertas ofrecen frutos y forrajes para el consumo de personas y ganados”. También, y aunque no lo dice entre las ventajas, el ser estas de primeros de septiembre inmediatas a la romería de Tíscar. Hubieran sido estas las fechas de la feria de Quesada si no hubiera surgido un inconveniente que el gobernador manifestó a los pocos meses. El Ayuntamiento Constitucional de la villa de Jódar le había manifestado que los días solicitados por Quesada para su feria “causaría grave perjuicio a la que tiene lugar en dicha población los días 2, 3, 4 y 5”. Cómo Jódar ya tenía concedidas esos días, se pensó como alternativa en los inmediatos anteriores a la despedida de la Virgen y se contestó al gobernador que se señalasen a Quesada los días 25, 26 y 27 de agosto. Resuelto este inconveniente y tras andar el expediente los farragosos caminos burocráticos, el 4 de enero de 1847 el secretario del Ayuntamiento de Quesada dio lectura en el pleno a un oficio del Jefe Superior Político de la Provincia que decía así:

Por el Excelentísimo Sr. Ministro de Marina, Comercio y Gobernación de Ultramar, con fecha 26 de diciembre, se me comunica la Real Orden siguiente:

 «Conformándose S.M. la Reina (Q.D.G) con lo expuesto por V.S. con el informe de esa Diputación Provincial, se ha dignado conceder al Ayuntamiento Constitucional de la Villa de Quesada el permiso que ha pedido para celebrar una feria anual en los días veinte y cinco, veinte y seis y veinte y siete incluidos del mes de agosto.»

Lo que traslado a V.S. para su conocimiento y efectos oportunos.

La concesión de la feria se recibió en el pueblo con entusiasmo, pues era una buena noticia en unos tiempos en los que se acumularon las malas. 1846 fue año seco y de calores en invierno y primavera impropios para la época. Hubo que adelantar la Traída de la Virgen al 18 de abril para implorarle “el santo rocío”. A la falta de agua se sumó la langosta, plaga que se había visto favorecida por las malas condiciones meteorológicas y que provocó grandes daños en las cortas cosechas. El siguiente invierno, 1846 al 47, no fue mejor. El tiempo siguió siendo malo pero por los motivos contrarios, se dieron temporales de hielo y nieve que hacía años no se habían visto. El 11 de febrero de 1847 el regidor síndico expuso al Ayuntamiento la difícil situación que atravesaban los vecinos más humildes:

…la gran necesidad que se encuentra la gente jornalera y proletaria de esta población con motivo del largo temporal de aguas y nieves que se experimentó, por lo cual no se ha dado un trabajo hace dos meses, a que se agrega la escasez de la cosecha del año anterior y la del aceite, lo que ha motivado hallarse pidiendo limosna los trabajadores y pegujaleros que nunca se han visto en tan extrema necesidad.

El Ayuntamiento acordó formar una lista de los más necesitados y repartir entre ellos setenta fanegas de trigo del Pósito, a razón de tres celemines cada uno. Para paliar la escasez, se prohibió vender trigo fuera del pueblo y se solicitó a la Hacienda provincial una moratoria en el pago de contribuciones por la “pésima situación”. Además de estas penas, por aquellos meses se consumaba la segregación de Huesa, Ceal y Royomolinos. El nuevo pueblo tenía 812 habitantes, lo que dejaba a Quesada con 3.895, de los que 482 pertenecían a Belerda y Don Pedro. Por lo que respecta al término, aproximadamente la mitad de la Dehesa de Guadiana, importante fuente de ingresos municipales, quedó para el nuevo ayuntamiento. Durante varios años se produjeron pleitos y desavenencias hasta que se consiguió una separación completa de fondos y contribuciones. Fue un proceso complicado y a menudo desagradable, como un divorcio sin acuerdo.

Por todo esto la noticia de la concesión de la feria fue recibida con entusiasmo. Inmediatamente se acordó darle la mayor publicidad posible imprimiendo doscientos ejemplares de un edicto o anuncio para remitirlo a todos los alcaldes de la provincia y a los particulares “que se crea oportuno”. Unas semanas antes, el 31 de julio de 1847, el alcalde envió al gobernador uno de estos edictos para su inserción en el Boletín Oficial de la Provincia. El 25, 26 y 27 de agosto de 1847 se celebró la primera feria de Quesada, al parecer con gran éxito. El lugar que se destinó para los tratos de ganado y resto de géneros mercadeables fue la Plaza, lugar público por excelencia  y por entonces completamente diáfana, desprovista de árboles y cualquier otro estorbo. Desde aquella primera edición cada año la feria anual congregó a mucha gente, no solo trajinantes forasteros sino vecinos de los cortijos y aldeas así como de otros lugares de la comarca. Se movía mucho dinero en los tratos y es fácil imaginar que alrededor del ganado y el mercadeo fueron apareciendo aires de fiesta, que fueran llegando vendedores de aguardiente (cuando las ordenanzas lo permitieron), jugadores, embaucadores y toda clase de personas, honradas o no, en busca del dinero ajeno. Y todo a la sombra de la despedida de la Virgen, por entonces todavía el 28 de agosto San Agustín.

 

De la feria de ganado a la Feria y Fiestas de Quesada

Pudiera parecer que con la primera edición de la feria de ganado en 1847, inmediatamente antes de la despedida de la Virgen, ya había nacido la Feria y Fiestas más o menos en su formato y fechas actuales. Pero no fue así y durante bastante tiempo siguieron más o menos cercanas pero independientes la feria  de ganado y las fiestas de la Virgen, “los días de la Virgen” con sus corridas de Toros de septiembre, pero hubo diversas oscilaciones y cambios. En este primer año de 1847 se mantuvieron los toros en septiembre como era tradición. Igual sucedió en 1848, cuando se pidió al gobernador autorización para “celebrar las corridas de toros, o sea ganado de labor, que por los días de la Virgen de Tíscar se celebran de tiempo inmemorial”. Es curiosa la aclaración de que no se trataba de novillos o toros de lidia, sino de “ganado de labor”. El ganado no sufría muerte, pues eran más bien juegos, corridas en el sentido literal de correr a los animales. Hasta los últimos años del siglo XIX no actuaron profesionales sino “gente del pueblo”, voluntarios. Los festejos con “toros” continuaron celebrándose en los días siguientes al 8 de septiembre durante mucho tiempo, como se puede comprobar en las autorizaciones del gobernador  en aquellos años en que hay constancia en las actas municipales o en el Boletín Oficial de la Provincia.

La lenta evolución de los festejos taurinos, de la Virgen y la feria de ganado tuvieron un serio contratiempo en 1860 a causa de una epidemia, cosa que ni fue la primera vez que se produjo, ni sería la última como bien sabemos. En el pleno del 7 de agosto de aquel año el alcalde Simón Bedoya comunicó que había tenido noticia de que la “enfermedad reinante” (el cólera morbo) que se había presentado en la provincias de Levante, había llegado a Hinojares y estaba causando estragos. En el consiguiente debate sobre las medidas a tomar se consideró “la proximidad de las funciones con que esta población acostumbra solemnizar el día de la Ascensión de Nuestra Señora, así como también las ferias que deben tener lugar en los días 25, 26 y 27”. Con buen criterio consideraron que la acumulación de personas de distintas procedencias, “la concurrencia de forasteros”, podría favorecer el contagio y la extensión de la enfermedad. En consecuencia acordaron “suspender por ahora las referidas funciones (procesión del 15 de agosto y feria)” y comunicarlo a los pueblos inmediatos para que no acudiera la gente. Parecían medidas prudentes y sensatas pero tuvieron un efecto imprevisto. En las aglomeraciones de público suelen aparecer personas o grupos que viven de las fiestas con trabajos y ocupaciones diversos y más o menos honrados. En este mes de agosto de 1860 había llegado a Quesada la compañía de cómicos de un tal Mario Mojica. La prohibición de festejos que implicaran concentraciones de gente les afectaba de lleno, les impedía trabajar y ganarse el pan. Por eso Mario presentó un escrito al Ayuntamiento pidiendo que “no se impida la continuación de las representaciones teatrales”, pues de lo contrario se verían en la necesidad de pedir para comer —“implorar la caridad pública”—. El Ayuntamiento le contestó que la suspensión de los actos se había decidido por graves razones sanitarias y que no era procedente suspender las funciones religiosas y comerciales y a la vez mantener abierto el teatro, por entonces instalado en un salón del antiguo convento dominico. La solución que se les dio, “a fin de no causar perjuicios a los individuos de la compañía cómica”, fue abrir una suscripción voluntaria entre los vecinos para que con lo recaudado pudieran marcharse a otro punto donde pudieran trabajar y comer.

Tras este susto en los años siguientes debieron continuar las cosas sin grandes cambios, a pesar de que desde 1868 sí hubo movimientos políticos de envergadura con la caída de Isabel II, la revolución de septiembre y el corto reinado de Amadeo I. Es en agosto de 1873, en plena República Federal, cuando se vuelve a tener noticias de la feria de ganado, que a su vez las dan del nacimiento de una parte tan importante del pueblo como es el Jardín. La antigua plaza pública, del mercado, estaba en obras de reforma porque “se está arreglando para un paseo”. Se estaba nivelando el suelo para quitarle pendiente, con la intención de plantar árboles y formar un lugar de paseo, elemento urbano muy de moda por entonces. Como consecuencia, el mercado ya no se podía montar en la plaza y los vendedores tenían que pregonar sus mercancías por las calles. Pero estas obras también ocasionaban otro problema, que era la ubicación de la feria de “caballerías y cerdos”, desde 1847 celebrada en la plaza del mercado. Las obras de las que saldría el jardín sirvieron para alejar del centro del pueblo esta actividad insalubre y molesta. Se acordó que la compraventa de caballerías  se hiciese en la parte alta de la calle don Pedro, en la actual calle del Teatro por encima de la esquina con Patona, donde entonces empezaban los ejidos sin urbanizar. Respecto a los cerdos, se trasladarían al “sitio de los Postigos y camino de la Fuente Nueva”. Este pilar sería el abrevadero de todos los animales, estando prohibido que acudieran a la fuente pública de la plaza. Las fechas de la feria no se cambiaron, fueron las mismas, del 25 al 27 de agosto. Los años fueron pasando y trajeron algunos cambios que poco a poco fueron acercando aquellos festejos a lo que hoy día conocemos. Pero fue una evolución lenta, con pasos adelante y atrás, con modificaciones que prosperaron y se convirtieron en “tradicionales” y con otras que desaparecieron sin apenas dejar huella. Pero todos los años hubo corridas de toros en sus diferentes ubicaciones. Y el Jardín, tras su inauguración en 1878, se convirtió en el núcleo de las fiestas acogiendo a dos elementos clave de estos días festivos: la música y la iluminación especial.

La organización de los festejos taurinos la cedía el Ayuntamiento a uno o varios vecinos que corrían con todos los gastos a cambio de la recaudación. En 1880 se dieron “cuatro días de novillos en las fiestas populares”, que se celebraron del 9 al 12 de septiembre y se dieron, por cuenta de los organizadores, dos noches de serenata por “la música de este pueblo”. En 1883 los toros fueron en los mismos días, pero se trasladaron a la Lonja —en la plaza de la Iglesia parroquial— porque en la plaza pública ya era imposible por estar ajardinada. 1884 fue un año que quiso traer novedades que finalmente no pudieron realizarse. Varios concejales propusieron que la feria de ganado se trasladase a los días 9 al 12 de septiembre, pues al ser los días de la Virgen la concurrencia sería más numerosa y mayores las transacciones comerciales. Se acordó hacerlo así y además trasladar “la feria de ganado caballar, mular y asnal” a las calles Monte y Ángel, y la de cerdos a “los ensanches de la población que hay al final de las Eras del Ángel”. Pero en aquel año de 1884 de nuevo amenazaba el cólera morbo y el gobernador se vio obligado a suspender todas las ferias por el avance de los contagios.

El siguiente hito en la historia, en la evolución de las fiestas, se produjo en 1887, tres años después. Un joven concejal, Manuel Antonio Alcalá Menezo, hermano del ínclito autor de la Novela de Tíscar, propuso que la feria de ganado se celebrase “a continuación de la fiesta solemne que se hace a la Virgen el 15 de agosto, a la cual concurre gran número de forasteros y que se haga del 16 al 19 inclusive. La propuesta se aprobó por unanimidad, comunicándose el cambio al gobernador y haciéndose “la necesaria publicidad”. La organización de las cuatro corridas de novillos de aquel año se concedió a los vecinos Emilio Gallego Martín y Manuel Mesas Bedoya, que “en compensación a los muchos gastos que ocasiona cerrar la plaza” obtuvieron el derecho a cobrar entrada y también el producto de las tasas sobre “los puestos de venta” instalados en el pueblo y en la plaza de la Virgen de Tíscar en las fiestas del santuario, tasa que cobraba el Ayuntamiento y no la Cofradía. Respecto al precio de las entradas para los toros fueron establecidos a razón de “un real por la entrada general, dos y medio por asiento de delantera en sombra, dos la fila segunda y tercera, uno y medio delantera de sol y uno las demás”. Se darían cuatro corridas  del 16 al 19. Solo en dos de esas tardes se mataría un novillo, quedando con vida el resto del resabiadísimo ganado. Pero este año trajo una novedad más que de paso informa de las curiosas costumbres de la época. El alcalde propuso que “para ayudar a los gastos del alumbrado del paseo del Jardín en las fiestas y feria” se debía establecer “un arbitrio transitorio sobre las sillas que se traigan y ocupen en dicho paseo”. Por unanimidad se acordó que “solo en los días de feria  y que se ilumine el jardín” se pagasen cinco céntimos de peseta por cada silla, “bien sean de particulares o de los empresarios a los que se faculta para que lo cobren”. Es decir, las vecinas llevaban sillas al jardín para sentarse y ver pasar a la gente; por su parte, cabe imaginar que los vecinos hacían lo propio en las sillas que colocaban los «empresarios», es decir, los propietarios de tabernas y casinos. Las tarifas sobre los puestos y establecimientos que se situasen en la vía pública es una relación interesante, porque informa de cuales eran las diversiones y negocios propios de estos días de fiesta: En el pueblo dos ptas. para las tiendas de quincalla, bebidas y confiterías; para los puestos de bebidas “que se coloquen en mesa” una pta. adicional; buñolerías dos ptas; puestos de garbanzos una pta.; establecimientos de loza, guitarras y análogos dos cincuenta ptas. y ferretería una cincuenta ptas.

En el siguiente año, 1888, se empezó a limpiar el antiguo cementerio de Madre de Dios para montar en el solar la plaza de toros. Limpiar quería decir retirar los restos de huesos de difuntos que quedaban más o menos a la vista. Se estrenó la nueva plaza el día 16 de agosto con la actuación de la cuadrilla Niños de Málaga. En 1889 se instalaron en el jardín, las noches del 15 al 18 de agosto, doscientos farolillos y amenizaron las veladas las dos bandas de música que existían en el pueblo por entonces. 1890 fue otro año importante porque anuló estas incipientes fiestas de mediados de agosto devolviéndolas a septiembre. El Ayuntamiento consideró que el cambio que se hizo en 1887 a los días inmediatos al 15 de agosto no había resultado como se esperaba, porque era “época de mucho calor en la que las ocupaciones de recolección están muchos años en su cénit, los ganados en su mayor parte de cerda, que tan nombrada hacen la feria por su crecido número, no han terminado la comida de rastrojeras y finalmente es demasiado temprano para la afluencia de feriantes y molesta al público en general”. Se decidió volver a organizar la feria los días 8 al 11 de septiembre. Pero además se decidió que la despedida de la Virgen pasase del tradicional 28 de agosto a la madrugada del 7 de septiembre, con un castillo de fuegos artificiales la noche anterior costeados por el Ayuntamiento. Es decir, las ferias empezaban cuando se iba la Virgen.

Esta novedad de variar la fecha de la despedida de la Virgen al mes de septiembre, duró poco. En 1893 se volvió al 28 de agosto, con la feria de ganado del 25 al 27 y los toros a continuación de la marcha de la Virgen, los días 28 al 31 de agosto. Por primera vez se hace mención a la verbena, que se haría las noches del 15 de agosto y las del 25, 26 y 27. El jardín se adornaría con iluminación “a la veneciana” —farolillos— y la asistencia de las dos bandas de música existente, la “música vieja” y la “música nueva”. El castillo se haría la noche del 31 de agosto, al finalizar las tardes de toros que serían del 28 a ese día 31. Por cierto que fue necesario arreglar de nuevo la plaza de Madre de Dios, porque no se había hecho bien y seguía con un desnivel del 25% y “muchos restos de nuestros antecesores se hayan rodando por dicha plaza por no haberse hecho la evacuación cuando se arregló”. Este esquema de fechas se mantuvo al año siguiente, con la particularidad de que el día 29 de agosto no hubo voluntarios para lidiar los novillos “y al que salía lo apedreaban y se amotinó el pueblo en general”.

En 1895 el modelo de feria y fiestas de la Virgen parece bastante consolidado y próximo al actual. Las verbenas en el jardín se celebraron los días 15, 25, 26 y 27, “con el alumbrado de años anteriores” y música. Las “corridas de vacas”, en Madre de Dios, serían tres, los días 25, 26 y 27. En cada una de ellas se lidiaría, además de las vacas, “un novillo de muerte de dos años y tres hierbas”. Este año tuvo la particularidad, que muestra como las fiestas evolucionaban conjuntamente en la parte religiosa y civil, siempre bajo la supervisión del Ayuntamiento. Fue la novedad que el Ayuntamiento recibió una “súplica” de la Cofradía para que se crease una comisión de festejos conjunta que propusiera los festejos “que se deben hacer con motivo de la fiesta y feria que anualmente se celebran en esta localidad en el mes de agosto”. Pedía además la Cofradía que “por el presente año” se le concediese gratuitamente la plaza de Tíscar con el objeto de que “en la próxima festividad de septiembre” pudiese la Cofradía organizar por su cuenta “la instalación de las tiendas y puestos que han de ocupar los feriantes”. No significa el acuerdo favorable que se tomó otra cosa que el reconocimiento del carácter público y municipal de la plaza de Tíscar, pues solo se cedió la instalación de los puestos y los derechos recaudados sobre los mismos.

En el año de 1896 se repitieron las fechas de verbenas y toros, que ya quedaron como fijas para todos los siguientes años y coincidentes con la feria de ganado del 25 al 27. Este año 96 se hizo una iluminación especial en la calle Nueva y “dos portadas en los extremos de dicha carrera”. Además se construyó un “suntuoso arco en la esquina del Reloj”, es decir, más o menos a mitad del paso actual de vehículos entre la Explanada y el Jardinillo. Esta torre del reloj es la que aparece como principal en todas las fotografías existentes del antiguo convento convertido en escuelas y plaza de abastos. Además se iluminó con farolillos el jardín como se venía haciendo en años anteriores y sobre todo, se hizo en el centro “un bonito pabellón para que la música se coloque en él y deje oír sus armonías”. Este es el claro precedente del quiosco para música que, en distintas versiones, ha existido en la parte central del jardín conocida como “el huevo”.

Con la adición de estos elementos la estructura de la Feria y Fiestas quedaba consolidada en cuanto a fechas y a lo que la verbena del jardín se refiere. Faltaba un detalle, el día 28, San Agustín, que era el día dedicado a la Virgen, el día en que regresaba a Tíscar. Una mención en el acta municipal de 1911 muestra que fue en los primeros años del siglo XX cuando la despedida de la Virgen pasó a la madrugada del 29 y quedó el 28 como un día más de fiesta. Dice el acuerdo de aquel día que “siendo costumbre hace algunos años trasladar a N.ª Excelsa Patrona la Stma. Virgen de Tíscar desde la parroquia de esta villa al santuario de su nombre en las primeras horas del día 29 de este mes” se acuerda “se comunique a quien procede dicho traslado (Cofradía y clero) para que no pueda tener variación alguna.” Las fiestas pasaron por tanto a ser del 25 a 28 de agosto, siendo el día 24 “víspera de feria”, con cabezudos y castillo de fuegos artificiales, pero sin verbena. Con el tiempo acabó convertido en otro día más y se llegó al modelo actual de Feria, que seguramente seguirá evolucionando con los tiempos.

 

Concurso de pintura infantil José Luis Verdes el año 1974

Las ferias de Quesada hacia 1920

Como final de esta historia reproduzco las Memorias inéditas de Juan de Mata García Carriazo en su parte relativa a las ferias. En esta pequeña descripción no se refiere a un año concreto, sino de forma genérica a los años de su infancia y juventud. De ahí que las haya titulado como “hacia 1920”.  Para estos años ya están plenamente establecidas en los días finales de agosto, con la particularidad de que el día 24 no era de feria, sino de víspera de feria. Es también destacable la referencia a los toros, ya plenamente integrados en “las ferias”, sin los vaivenes de fechas que sufrieron durante el siglo XIX. Se celebraban en la plaza de Madre de Dios, hoy ocupada por un grupo escolar construido en los años cuarenta. También se debe aclarar que, al referirse a la procesión del 15 de agosto, la expresión que utiliza «mientras volteaban las campanas de todas las iglesias» no es errónea, porque había entonces tres campanarios en el pueblo: la parroquia, el Hospital y la iglesia del convento.

Se presta a confusión a veces el autor Juan de Mata García Carriazo con Juan de Mata Carriazo Arroquia, el historiador y arqueólogo. Eran primos hermanos, pero más allá de esta relación familiar pocas más eran las coincidencias. El texto corresponde al capítulo 3º Festividades y distracciones y está reproducido respetando la dificultosa redacción y puntuación original:

Pero las más importantes eran el Día de la Virgen, 15 de Agosto, en cuya víspera se quemaba el Castillo, en las eras de la Tercia y más tarde en el barranco de la carretera de Tíscar, con música entre cada rueda durando hasta la madrugada ya en el jardín con gran consumo de gaseosas de bolita que fabricaba el Niño Rodrigo y valían una perra gorda, y helados de limón que elaboraba el ollero, como garbanzos tostados, almendras, avellanas, etc. Ese día se reunía la Cofradía de la Virgen, en la casa del Presidente (…) y de allí  salía con la música a la Casa de la Villa, donde recogía al Ayuntamiento bajo mazas, y todos en dos filas a los acordes de un pasodoble se dirigían a la Parroquia, llena a rebosar donde se celebraba la fiesta con sermón a cargo del Párroco Sánchez Viana, gran  orador sagrado y coro de muchachas que cantaban la misa de Perossi a todo órgano, bajo la dirección de mi querido primo Martín, a la sazón seminarista en Toledo, que tenía una gran voz de tenor. Al mediodía en el Jardín luego de invitar en su casa, el presidente a las Autoridades, hermanos y música, a un refrigerio se lanzaban cohetes y globos con gran algazara de la chiquillería. Por la tarde salía en procesión nuestra Patrona, luciendo su más rico manto y cargada de joyas regalo de varias generaciones de devotos, escoltada por dos  parejas de la Guardia Civil de gala, y a hombros de los enfervorizados hijos del pueblo, que se disputaban el honor de portearla, mientras volteaban las campanas de todas las iglesias; y los cohetes y vivas eran atronadores, formando las mujeres largas filas con velas y gran número descalzas, de promesas que habían hecho, tras la Cruz Parroquial, en medio los estandartes y tras aquella, el clero con ricas capas pluviales, la Cofradía, las Autoridades y cerrándola el pueblo en masa, recorriendo las principales calles del mismo en cuyas balcones de las casas colgaban mantones, colchas, banderas, etc. Y arrojaban flores deshojadas al paso de aquella. Terminada la procesión el Jardín se ponía de bote en bote, hasta bien entrada la madrugada, tocando sin cesar la música en el kiosco.

 

Al poco, del 25 al 28, se celebraban las ferias que empezaban a primera hora con la de ganado, muy concurrida donde se renovaban las caballerías y se adquirían los lechones para acebonarlos (sic) con los productos de las huertas, celebrando los tratos con abundancia de aguardiente y buñuelos, luego la fiesta de la Virgen, con el mismo esplendor que el día 15, y por las tardes solía haber toros, en una plaza de madera que se montaba en la de Madre de Dios en la que torerillos como el Iñigo, el Kuki, Rosalito, etc. luciendo raídos trajes de luces, se las entendían con reses resabiadas, por lo que sufrían bastantes revolcones, siguiendo los consabidos paseos tarde y noche en el Jardín con música a granel y variedades y teatro por conjuntos de tres al cuarto, que se hacían en el mercado de abastos acondicionado para ello y luego en el cine Chueca, siempre por don Manuel Marín, a quien el pueblo de entonces debe esos esparcimientos, como las funciones de cine mudo durante todo el verano, con películas de Tomasín, el Vizco, Charlot, don Picorete, etc. También luego de las funciones se celebraban bailes en el Salón del Casino o en el de sesiones del Ayuntamiento, hasta la madrugada, y a los que nos estaba vedado asistir a los niños. El último día de feria, 28 por la tarde, volvía a salir en procesión la Patrona, con el mismo fervor y entusiasmo, siendo su marcha al Santuario, de madrugada, acompañándola el pueblo en masa hasta el Humilladero, entre el volteo de campanas, cohetes y vivas: allí era cubierta con una funda impermeable mientras tocaba la banda la Marcha Real, y a hombros, ahora de los hermanos servidores (…) llegando al mediodía a Tíscar, donde era esperada por sus escasos vecinos, como de los pueblos de Belerda, Huesa y hasta Pozo Alcón, diciéndose otra misa en su casa. Desde que era despedida en el Humilladero, todo el pueblo, sin dormir, se desparramaba por las huertas a comer gachas, plato de harina cocida que se pegaba a la sartén y al que se agregaba un caldo hecho aparte, con mucho picante, tomates, pimientos asados, etc. Y melón, de los primeros del año.



[2] Copiador de correspondencia. Carta al gobernador civil de 4 de diciembre de 1852.

[3] En las respuestas del llamado Catastro de Ensenada se llama “mercado” a la Plaza y se dice que solo hay dos tiendas de “especerías y quincalla”.


miércoles, 1 de julio de 2026

El guerrillero quesadeño JERÓNIMO MORENO y LA DUQUESA DE BENAMEJÍ.

 


La Duquesa de Benamejí es una pieza teatral de Manuel y Antonio Machado estrenada en 1932. Trata de los amores entre un bandolero y la duquesa de Benamejí y su trágico final. La relación de esta obra con Quesada es conocida. Francisco Lapuerta la explicó en dos artículos publicados en la Revista de Ferias: La Sierra de Quesada y «La Duquesa de Benamejí» (1974) y Los hermanos Machado y Quesada (1989).[1] Con estas palabras resume su argumento:

Lorenzo Gallardo es un bandido romántico de tiempos de Fernando VII, que, desde joven, está enamorado de la Duquesa de Benamejí, a la que conoció ocasionalmente cuando ella era una niña. Perseguido ahora por los soldados del Rey, mandados por un primo y pretendiente de la Duquesa, Lorenzo se defiende en la sierra con sus hombres y en una de sus correrías penetra, a escondidas, en la habitación de la Duquesa, se da a conocer y le cuenta su historia y su amor. La Duquesa se enamora de él y no sólo impide que lo capturen, sino que otro día se adentra en la sierra en busca suya y consigue llegar hasta su escondite. Al final, Lorenzo es apresado. La Duquesa intenta liberarlo con un salvoconducto real que ha logrado obtener, pero cuando está a punto de conseguirlo, muere asesinada por una gitanilla, también enamorada del bandido. Este, entonces, renuncia al salvoconducto en favor de sus hombres y se dispone a morir fusilado.

            La relación con Quesada no precisa de mayor argumento ya que los autores la dejaron expresa en el texto. El protagonista, Lorenzo Gallardo, es hijo de una familia de “honrados y humildes labradores de Quesada”. Otro personaje, el pastor Bernardo, es a su vez “hijo de Antón el Rojo, nacido en Belerda, a la baja de Tíscar”. Bernardo tiene en la sierra un encuentro casual con el bandolero, que le da una moneda de oro para que lo encomiende a su Virgen, “si vuelves a Tíscar”. Ya avanzada la obra, cuando la duquesa se interna en la sierra en busca de su amado, los hombres del bandolero le dan el alto “cerca del Chorro de Quesada”. Como los soldados andan cerca para “rescatar” a la duquesa, Gallardo dispone que los distraigan haciéndoles tiroteos por la parte de La Nava. Gallardo había estudiado de joven latines en Baeza y estuvo preso en la cárcel de Úbeda, de la que consiguió fugarse.

            No tiene nada de extraño este protagonismo quesadeño. Durante su estancia en Baeza Antonio Machado visitó dos veces Quesada, en 1915 y 1917, dejando versos de sobra conocidos. El paisaje serrano, Tíscar y Belerda, quedaron en su recuerdo. Cuando necesitó ambientar esta historia es evidente que le vinieron a la memoria sus visitas  y excursiones. Los paisajes de Quesada eran y siguen siendo muy adecuados como escenario para las andanzas de un bandolero romántico. Pero además de la paisajística, es posible que haya otra relación de Quesada con esta obra. Durante la Guerra de la Independencia hubo aquí un guerrillero que formó partida propia y alcanzó notoriedad. Se llamó Jerónimo Moreno y alcanzó celebridad en su momento por su resistencia al invasor francés. Yo no había unido ni vinculado la historia del guerrillero con la pieza teatral de los Machado. Fue Manuel Vallejo quien al leer uno de mis artículos sobre la familia Moreno y los tiempos de la guerras napoleónicas  me envió el siguiente mensaje: “¿Pudo ser Jerónimo Moreno el protagonista de la obra de teatro de Antonio Machado «La Duquesa de Benamejí»? Y la verdad es que la acumulación de coincidencias y las muchas casualidades impiden rechazar de primeras esta hipótesis.

La acción de La Duquesa transcurre con posterioridad a las acciones de Moreno, durante la segunda invasión francesa de los Cien mil hijos de San Luis y Lorenzo Gallardo era bandolero, no guerrillero como Moreno. Pero además de estas diferencias hay similitudes, cercanías argumentales que, junto con las referencias textuales antes vistas, hacen que la música de esta obra resulte localmente familiar. Jerónimo Moreno hoy está olvidado y su figura es desconocida. Hace cien años, cuando la visita de don Antonio, es fácil que quedara algún recuerdo, porque en su momento fue un personaje célebre y entonces los tiempos eran menos acelerados y las historias y los sucesos sonados envejecían lentamente. Nada de raro tendría que Machado oyera la historia del guerrillero quesadeño y que sus peripecias, junto con el paisaje, le inspirara el argumento de la obra. Porque al escribirla en los años treinta, de eso no hay duda, le vinieron a la memoria sus excursiones por Quesada de principios del siglo pasado.

            Jerónimo Moreno, guerrillero quesadeño.

Jerónimo Moreno fue el segundo hijo varón de don Luis Moreno el mayor, y de su esposa doña Juana Candeal, sobrina de un rico presbítero hacendado de Baza. Don Luis fue alguacil mayor del campo y sierra, cargo que llevaba aparejado el de regidor y que le permitía controlar la vigilancia de las ordenanzas municipales, nombrar guardas, imponer sanciones y cobrarlas.  Este título de alguacil mayor lo obtuvo por herencia familiar indirecta y le costó un largo pleito con otro aspirante al mismo, un Serrano, entonces importantísima familia. Luis Moreno el mayor murió hacia 1813, rodeado de problemas económicos pues a su muerte había consumido la dote de su mujer “por los contratiempos y enfermedades que durante su matrimonio tuvieron”.[2] Estos contratiempos bien pudieran ser los gastos del citado pleito, aunque parece que su relación con el resto de regidores siempre fue algo complicada, dando lugar a frecuentes roces y enemistades, algo que heredaron sus hijos. No hay información sobre la fecha de nacimiento de Jerónimo Moreno y tampoco de su fallecimiento, datos imposibles de localizar a causa de la destrucción de los libros parroquiales en 1936.

Cuando se produjo la invasión napoleónica, el padre don Luis ya era bastante viejo y fueron  sus hijos los que participaron activamente en la resistencia a los franceses, especialmente Jerónimo. Durante los dos primeros años de guerra, 1808 y 1809, los franceses se retiraron de Andalucía tras ser derrotados en Bailén. No obstante, se produjo una movilización general, se formó un ejército en la Carolina para bloquear Despeñaperros y se crearon las Milicias Honradas, cuerpo armado de voluntarios que se constituyó en cada pueblo en prevención de la llegada del invasor. También se formaron estas milicias en Quesada  y Jerónimo Moreno, mostrando un temprano interés por participar en la lucha, se integró en ellas con el grado de subteniente.[3] No llegaron a entrar en combate, porque el 20 de enero de 1810 los franceses rompieron las defensas de Sierra Morena cruzando con facilidad pasos que se creían inexpugnables, como el de Despeñaperros. En pocas semanas ocuparon toda Andalucía. El general Horace Sebastiani tomó Úbeda el día 22 y el 23 Jaén, una semana más tarde Granada y a la otra Málaga. Fue un paseo militar y las unidades españolas quedaron completamente desbordadas. Con el desastre de Sierra Morena las unidades militares españolas quedaron desarticuladas y cientos de oficiales y soldados emprendieron una desordenada huida. Casi en paralelo a la derrota del Ejército regular se levantaron partidas guerrilleras que atacaban al Ejército Imperial con rápidas acciones, al abrigo de la sorpresa y del conocimiento del terreno.

En el reino de Jaén el comandante Hermenegildo Bielsa se dedicó a reunir a los soldados y oficiales dispersos con los que formó, junto a paisanos de los pueblos, partidas irregulares de guerrilleros.[4] La gente de Bielsa se presentó pronto en Quesada, el 19 de marzo,  para retirar la mitad de la plata que poseía el convento de los frailes con vistas a financiar la causa.[5] A Quesada no llegaron los franceses hasta el mes de junio y durante este tiempo el pueblo quedó en una especie de tierra de nadie, desconectado de todo gobierno, porque las autoridades españolas de la provincia habían dejado de existir y los franceses todavía no se habían presentado. Durante estas semanas de tensa espera Jerónimo Moreno decidió actuar por su cuenta. En el mes de mayo formó un grupo armado que entró inmediatamente en acción bajo la supervisión de Bielsa.[6] La partida de Moreno llegó a reunir, según Díaz Torrejón, unos cien integrantes de infantería y de caballería, procedentes de “los vecindarios de los pueblos giennenses”.[7] Parece lógico que estos vecinos fueran más bien comarcanos y que al menos una parte de ellos procediera de Quesada. Además de algún otro que veremos, hay constancia de al menos uno de estos quesadeños: su hermano menor Luis Moreno. Luis se hizo años después muy famoso por sus andanzas como rebelde carlista y fue fusilado en la Plaza de Quesada en febrero de 1835.[8] Jerónimo Moreno actuó a menudo en conjunción con la partida del famoso Pedro Alcalde, guerrillero de los Villares. Su zona de actuación fue sorprendentemente amplia, pues además de la comarca y la provincia se extendió a las de Granada, Córdoba y Málaga. Dice Diaz Torrejón que la partida de Moreno “dotada de gran versatilidad (…) practica todo el amplio repertorio de actuaciones guerrilleras. Se emplea con igual empeño en el ataque a guarniciones y destacamentos imperiales, el asalto a convoyes, la interceptación de correos y la sustracción de caballerías”.[9]

La primera acción importante de Jerónimo Moreno y su partida ocurrió el 1 de julio de 1810, protagonizando un sonado golpe en Úbeda, que los franceses habían constituido como cabeza de subprefectura y base de operaciones en esta parte de la provincia. Diez hombres de la partida de Moreno, “que habían entrado disfrazados en Úbeda”, consiguieron entrar en el cuartel francés de caballería, sorprendiendo a los que cuidaban los caballos, “pusieron a 10 de estos las sillas, tomaron 10 espadas, y montando sin detención, salieron a todo escape a presentarse a su comandante”. Esta seguramente no fue la primera acción de la partida, pero sí la primera que trascendió fuera de la provincia, siendo celebrada por La Gaceta de la Regencia de España e Indias, publicada en Cádiz y órgano oficial de la resistencia a Napoleón.[10]

Más importante y sonada fue otra sucedida a los pocos días en Martos y en la que actuaron conjuntamente Moreno y Pedro Alcalde, el guerrillero de los Villares con el que formará tándem hasta el final. Según La Gaceta de la Regencia a mediados de julio ambas partidas, compuestas por un total de 210 hombres de infantería y caballería, se dirigieron a Martos siguiendo órdenes de Hermenegildo Bielsa. Allí tenían los franceses un depósito de caballería que debían asaltar con el objetivo de capturar el máximo de caballos y conducirlos a la retaguardia guerrillera en Segura. Sobra incidir en la importancia que entonces tenían las monturas como “maquinas” de guerra. Moreno y Alcalde cayeron por sorpresa sobre la guarnición enemiga y lograron hacerse con sesenta potros. Inmediatamente huyeron con el botín animal en dirección a Valdepeñas de Jaén. Pasado este pueblo supieron que un destacamento enemigo de 83 hombres, procedente de Carchelejo, se dirigía a Pegalajar para interceptarlos. Dispusieron Moreno y Alcalde que el convoy de potros no se detuviese y siguiese adelante escoltado por 50 hombres. Mientras tanto ellos acometieron a los franceses entablando un combate “largo y sangriento”. Según la Gaceta Moreno mató “por su mano” al comandante contrario hiriendo Alcalde a su ayudante. Los franceses perdieron 68 hombres, apoderándose los guerrilleros de “todas las armas, mochilas, equipajes de los oficiales y una caja de guerra; por nuestra parte tuvimos un muerto y 4 heridos”. Entre los soldados se distinguió especialmente José Bello, apellido muy quesadeño por entonces. Moreno y Alcalde prosiguieron la marcha siempre perseguidos por los franceses y con el convoy de potros por delante. Tras atravesar la Dehesa de Guadiana llegaron a Quesada el 22 de julio. Allí fueron alcanzados nuevamente por sus perseguidores y se entabló un feroz tiroteo que duró seis horas, “al cabo de las cuales el enemigo se retiró abandonando el campo, donde encontramos 5 cadáveres de los suyos (…) un muerto y un herido fueron nuestra pérdida”. El convoy de potros y la tropa salieron de Quesada al día siguiente y alcanzaron Segura de la Sierra sin novedad el 25. Según la Gaceta se distinguieron en estos enfrentamientos de Quesada Luis Moreno, hermano de Jerónimo, y un soldado apodado Peseta, seguramente el belerdeño Francisco Guerrero.[11]

La actividad de Jerónimo Moreno, siempre unido a Pedro Alcalde, era incesante. Pocos días después, a primeros de agosto, Moreno y Alcalde vuelven a destacar durante los violentos combates que en los alrededores de Iznatoraf entablaron las guerrillas de Hermenegildo Bielsa contra los franceses.[12] En septiembre, según Sanjuán, estaban en la parte de Montesión, desde donde bajaron a Cazorla para expulsar a un contingente invasor.[13] A finales de ese mes se produjo la sustitución de Bielsa por el brigadier Antonio Osorio Calvache.[14] El cese de Bielsa se inscribe en la tensión que había entre las partidas irregulares, de las que Bielsa era partidario, y las unidades militares regulares, que defendía el mando del III Ejército. Pero esta tensión y este cambio no afectaron a Jerónimo Moreno, al contrario. El 19 de octubre, iniciada la reorganización de las guerrillas para dotarlas de estructura militar, se propuso al general Blake, que ascendiera a algunos “oficiales” de las partidas, “que se han distinguido y batido con mucho valor repetidas veces con el enemigo (pero que) se hallan sin ninguna recompensa militar”. Entre ellos a Jerónimo Moreno, al mando de una “compañía de caballería” y Pedro Alcalde, de infantería. Para ambos se propone el “empleo de teniente de sus respectivas armas”.[15] No hay noticia de si Blake les concedió el grado militar, pero en cualquier caso ambos continuaron su actividad guerrillera.

El 17 de octubre el oficial Paul Marie Rapatel, comandante del regimiento Jaén n.º 8, formado por voluntarios españoles en el bando napoleónico, sorprendió a Pedro Alcalde y su partida cerca de Quesada. Los acometió causándoles 20 muertos y muchos heridos. Alcalde y su gente se refugiaron en Quesada, donde estaba Jerónimo Moreno con sus hombres. Rapatel los persiguió hasta dentro del pueblo entre un fortísimo tiroteo. Moreno y Alcalde consiguieron escapar, pero dejándose “cinco o seis muertos” en las calles. Esta noticia procede de La Gaceta de Granada, que reproduce informaciones del gobierno militar francés de Córdoba y Jaén. El uso de los periódicos con fines propagandísticos por ambos bandos fue habitual en esta guerra. Por eso tanto este resonante éxito de Rapatel —como a la inversa el de Moreno y Alcalde con los potros de Martos— hay que tomarlo cautelosamente, como la propaganda bélica que son. En este caso de octubre el bando patriótico, la gaditana Gaceta de la Regencia, se limitó a informar que “las gacetas de Córdoba” daban noticias de los encuentros de Moreno y Alcalde con los franceses en las inmediaciones de Quesada y Jódar.[16]

Pero siguiendo con la noticia de la Gaceta de Granada sobre lo sucedido en Quesada aquel octubre. Al día siguiente de ocupar el pueblo el capitán Rapatel salió en dirección a Jódar, pero en el camino tuvo noticia de que, tras su salida, los guerrilleros habían vuelto a entrar en Quesada. Volvió para expulsarlos pero, al tiempo que los acometía, dispuso que parte de su fuerza rodeara por Santa Cruz y Rotalaya para cortarles la retirada a la sierra. Moreno y Alcalde emprendieron la huida por el camino de Cazorla y cayeron en la emboscada. Según la Gaceta de Granada, ambos jefes guerrilleros lograron escapar, pero tuvieron más de 40 muertos y perdieron gran cantidad de armas y caballos.[17] Al día siguiente, 19 de octubre, —noticia ahora procedente de fuente española— una importante columna imperial compuesta por 300 infantes y 100 caballos, que había pernoctado en Peal, avanzó de madrugada hacia Quesada, donde les salió al paso el brigadier Calvache, sustituto de Bielsa. Se mantuvo “un terrible fuego por todos los puntos, desde las 11 del día hasta anochecido”. Calvache tuvo finalmente que retirarse a la sierra por su clara inferioridad. El pueblo quedó en manos francesas hasta que se retiraron al día siguiente, después de descansar y sin “romper una sola puerta, ni hacer daño alguno”.[18]

Auge y perdición de Jerónimo Moreno en Benamejí.

Los meses de la primera mitad del año 1811, son los del apogeo de la partida de Moreno y también de su abrupto final. Sus acciones no solo aumentaron en importancia sino que desbordaron el marco comarcal y provincial extendiéndose a zonas de Granada, del interior de Málaga y sur de Córdoba. La primera noticia de la ampliación de su ámbito de actuación y de la repercusión e importancia de sus acciones procede de la Gaceta de Madrid y por tanto de la parte francesa de José I. Dice el periódico madrileño, recogiendo un parte del día 13 de febrero desde Córdoba, que una compañía de “indultados” —españoles renegados y pasados al lado francés— al mando de un tal Ariza y “bajo la dirección del comandante Robin”, había capturado en la campiña cordobesa a “seis malhechores de la cuadrilla de Moreno”. La noticia, que hasta aquí pudiera ser cierta, se remata de manera manifiestamente falsa: “Esta derrota ha producido la disolución de la cuadrilla de Moreno, el cual se ha presentado a Ariza suplicando ser incorporado en la partida de este”.[19] Pero esto es pura propaganda, Moreno no se entregó ni fue capturado. El 30 de marzo, de nuevo en la comarca, Moreno y Alcalde acometieron a los franceses en Cazorla ocasionándole, según la Gaceta de la Regencia, una pérdida de “12 o 14 soldados”, que ya sería alguno menos por las razones propagandísticas que van dichas. [20] Poco después la pareja de guerrilleros volvía a actuar fuera de la provincia. El día 11 de mayo asaltaron un convoy en Cuesta Blanca, pasado Loja en el camino de Archidona y Antequera. Capturaron 400 caballerías cargadas de paja y grano, mataron a “cuatro o cinco dragones” e hicieron huir a la infantería de escolta, que abandonó armas y mochilas.[21] Dos semanas después se produjo la acción más importante protagonizada por Jerónimo Moreno y Pedro Alcalde. La tarde del día 31 de mayo Moreno y Alcalde entraron en Baena. Por sorpresa se apoderaron del pueblo aprovechando la debilidad de las defensas y liberaron a los presos de la cárcel, incorporando a algunos de ellos a la guerrilla. Según Diaz Torrejón “mediante métodos no exentos de violencia”, consiguieron un importante botín “de caballerías, armas y demás”.[22]

La importancia del golpe puso en alerta extrema a los franceses. Una importante columna, con base en Lucena y comandada por Frederic Robin, emprendió inmediatamente la persecución de los guerrilleros. La tarde del 2 de junio fueron sorprendidos en las inmediaciones de Benamejí. Se inició un fortísimo tiroteo que duró varias horas. Según la bonapartista Gazeta de Sevilla, reproduciendo noticias de Córdoba,[23] el desastre fue total con unos trescientos guerrilleros muertos, entre los que estaba Jerónimo Moreno. Pedro Alcalde fue capturado y por Robín consiguió liberar a un oficial y 24 soldados polacos que los guerrilleros llevaban presos. Diaz Torrejón, citando información del Archivo Parroquial de Benamejí, rebaja la cifra de muertos a 130, de los que se desconocía su nombre y que fueron enterrados en las inmediaciones del pueblo. Continúa Díaz Torrejón afirmando que numerosos españoles quedaron heridos en el campo, “muchos de los cuales son auxiliados por diversos vecinos de Benamejí y escondidos en la ermita de Jesús del Alto, situada a un cuarto de legua al oeste de dicho pueblo, para evitar que Robin «exercitase en ellos la inhumanidad con que había tratado a otros». Pedro Alcalde fue conducido a Jaén, donde al poco fue ahorcado. Sobre Jerónimo Moreno dice Diaz Torrejón que la noticia hay que tomarla como cierta, “pese a los recelos por razones propagandísticas”, pues desde ese momento no hay referencias documentales a Moreno y su partida, por lo que hay que pensar que, al quedar acéfalo, el grupo guerrillero se disolvió.[24]

Es cierto que no hay más noticias de la actividad guerrillera de Moreno y su partida. Pero Jerónimo no murió en Benamejí y hay prueba documental de ello. En noviembre de 1813 el cabildo municipal lo cita como único oficial que hay en la villa, donde vive no sabemos en que estado de salud. En 1814 vuelven las actas a referirse a él como importante contribuyente para que adelante cantidades —a lo que se niega— necesarias para levantar el apremio militar que sufría el pueblo por retrasos en contribuciones.[25] En 1816, 27 de febrero, la corporación acordó citarlo para atender la orden del capitán general de informar sobre los “oficiales de cuerpos francos o partidas de guerrilla”, siendo “uno de esta clase Don Gerónimo Moreno”. La última noticia disponible es de 1817, sobre asuntos relativos a sus ganados afectados por la sequía. Con posterioridad no hay mas referencias. Durante la segunda invasión francesa de 1823, para reponer el absolutismo y acabar con la Constitución, No hay noticia de Jerónimo Moreno, a pesar de que el protagonista absoluto de la reacción realista en la comarca fue su hermano Luis Moreno y su sobrino José. Es posible que para este año ya hubiera fallecido, o que estuviera tan mayor y con salud tan quebrantada que no pudiese participar en la revuelta realista, o que fuera el único de su familia que no fue partidario del extremismo absolutista, o simplemente que le repugnara actuar esta vez como aliado de los viejos enemigos franceses.

Como se ha dicho antes por cita de Diaz Torrejón, algunos vecinos de Benamejí ayudaron a los heridos refugiándolos en una ermita. Es muy posible que Moreno fuera herido de mayor o menor gravedad y que consiguiera escapar in extremis de los imperiales y que fuera uno de los ayudados o escondidos en Benamejí. En cualquier caso quedó solo y lejos de su refugio quesadeño. Los franceses se mantuvieron en Andalucía un año más, hasta la primavera de 1812. Durante este tiempo, y hasta que regresó a Quesada ya libre de franceses, tuvo que permanecer oculto a sus perseguidores. Solo y aislado, sin compañeros que le pudieran ayudar, seguramente herido, necesariamente alguien lo tuvo que proteger, seguramente curar, y esconder de los gabachos. ¿Quién y dónde ayudó a Jerónimo? Me temo que va a ser imposible saberlo, pero hay que suponer que fue alguien que podía hacerlo y, desde luego, la respuesta más simple y directa es que lo hizo alguien del propio Benamejí o de sus cercanías.

Para ambientar La Duquesa de Benamejí los autores recurrieron a los recuerdos de las visitas de Antonio Machado a Quesada en 1915 y 1917. El paisaje es de Quesada y de Quesada era Julián Gallardo, su protagonista. ¿De dónde surgiría la idea de localizar la acción en Benamejí? Además de la rotundidad sonora del nombre, ideal para una historia romántica de bandoleros, bien pudiera venir de algo que Machado escuchara en Quesada. Su anfitrión fue Serapio Corral que vivía por entonces en Baeza, adonde se había trasladado para que sus hijos estudiasen. Su padre, Martín Corral el viejo, fue persona muy longeva nacido en la primera mitad del siglo XIX, cuando las hazañas de los Moreno estaban todavía recientes. No hubiera sido extraño que Serapio escuchara a su padre esas viejas historias y que durante la estancia del poeta en Quesada se las contara a Machado para entretener y adornar la visita. Si esto fuera así, don Antonio aprovechó como protagonista al guerrillero quesadeño y lo convirtió en bandolero para mayor romanticismo. Aunque nunca lo sabremos con certeza no es descabellado pensar que así fue. Queda en cualquier caso, con duquesa o sin duquesa, la figura del guerrillero quesadeño, que se enfrentó al invasor francés jugándose la vida en numerosas ocasiones y que hoy está completamente olvidado siguiendo la antigua tradición local de derribar los muros viejos y borrar de la memoria los recuerdos antiguos.

 

 

 



 

[2] Título de alguacil mayor presentado por su hijo Juan Moreno en acta del pleno municipal de 3 de julio de 1817

[3] Según el expediente militar de Hermenegildo Bielsa citado por Francisco Luis Díaz Torrejón. GUERRILLA, CONTRAGUERRILLA Y DELINCUENCIA EN LA ANDALUCÍA NAPOLEÓNICA (1810-1812) Tomo II. Fundación para el desarrollo de los pueblos de la Ruta del Tempranillo. Lucena 2005.

[4] Ramón Rubiales García del Valle. ACTUACIONES DE LA GUERRILLA Y EL EJÉRCITO EN LA COMARCA DE LAS VILLAS DURANTE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA (1810-1812). ARGENTARIA Revista Histórica, Cultural y Costumbrista de las Cuatro Villas. 2013.

[5] AHN DIVERSOS-COLECCIONES,111,N.27.

[6] Francisco Luis Díaz Torrejón. Op. cít.

[7] Díaz Torrejón. Pág. 110.

[8] Ver artículo especialmente dedicado a él: PERSECUCIÓN, CAPTURA y MUERTE de LUIS MORENO y de su sobrino JOSÉ.

[9] Díaz Torrejón. Pág. 110.

[10]Gaceta de la Regencia de España e Indias. Viernes 24 de agosto de 1810 N.º 59 pág. 563

[11] Ibid.

[12] Ramón Rubiales. Op. cit.

[13] Sanjuán. Op. cit.

[14] ANH DIVERSOS-COLECCIONES,94,N.90

[15] DIVERSOS-COLECCIONES,111,N.31

[16] Gaceta de la Regencia de España e Indias. 3 de enero de 1811

[17]Gaceta de Granada. Viernes 30 de noviembre de 1810. N.º 99 pág. 421 y siguiente.

[18] ANH DIVERSOS-COLECCIONES,108,N.30

[19] Gazeta de Madrid. 2 de marzo de 1811.

[20] Gaceta de la Regencia de España e Indias. 18 de mayo de 1811.

[21] Ibid.

[22] Díaz Torrejón Op. cit.

[23] Gazeta de Sevilla de 14 de junio de 1811.

[24] Díaz Torrejón op. cit. Pág. 112 y 113

[25] En este episodio se observa la enemistad que le tenían algunos miembros de la corporación, sin duda herencia de las malas relaciones de su padre con los regidores.