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| Antigua torre de la Alcaidía, usada como cárcel real y donde estuvo preso D. Luis Moreno. Foto desde el Arco de los Santos. |
Esta
villa (Cabra de Santo Cristo), mirada siempre con ojeriza por
la de Quesada, patria de los memorables Morenos, partidarios constantes
del absolutismo, ha sido en las épocas del entronizamiento de este perseguida
en las personas de sus vecinos…
Esta
cita pertenece a una carta de agradecimiento que dirige el ayuntamiento de
Cabra al gobernador civil interino de la provincia y que fue publicada en el BOLETÍN
OFICIAL DE LA PROVINCIA del 8 de agosto de 1835. El gobernador, D. Ignacio
de Rojas, había dictado una providencia favorable a Cabra en el larguísimo
pleito que durante varios siglos enfrentó a Quesada y Cabra por la posesión de
las tierras al otro lado del Guadiana Menor. Hacía pocos meses que D. Luis
Moreno había sido fusilado en la plaza de Quesada y Cabra no perdió ocasión de
contraponer su liberalismo —«el buen espíritu que siempre ha animado a este
pueblo, y su decisión por el sostén del Trono de la 2ª ISABEL y de las
libertades públicas»— al supuesto carácter absolutista de Quesada. Era esta
distinción ardid de parte, porque las cosas no eran exactamente así y los
Moreno tenían también partidarios en Cabra de la misma manera que había en
Quesada liberales constitucionalistas. Pero no es momento de entrar en aquel
debate localista ni mucho menos extenderse en el pleito por la Dehesa. Este artículo
procurará responder a la evidente pregunta: ¿Quiénes fueron los “memorables”
Moreno de Quesada?
La
falta de libros parroquiales, destruidos en 1936, dificulta establecer líneas
familiares, lo que obliga a rastrear los parentescos por otros medios no
siempre seguros. En el siglo XVIII, dejando aparte los muchos Moreno de
Belerda, Don Pedro y Ceal, todos labradores y jornaleros, hay que fijarse en D.
Francisco Simón Moreno, rico propietario y regidor perpetuo, que vivía a
mediados de siglo en la Plaza, en el actual número 21. Este señor tenía título
de alguacil mayor del campo y sierra y es fácil que fuera miembro de esta
familia, porque los títulos eran hereditarios y a finales de siglo lo tenía D.
Luis Moreno, el mayor. En cualquier caso sí está documentado que este D. Luis
fue el patriarca de los Moreno a que nos referimos. Estamos en los años del
cambio de siglo, reinado de Carlos IV, y D. Luis, aunque ya viejo, participaba
activamente en la vida política local
como alguacil mayor del campo, cargo que llevaba aparejado el de regidor. Estaba
casado con Dª Juana Candeal, sobrina de un rico presbítero hacendado de Baza,
con la que tuvo cinco hijos: Juan, Jerónimo, Luis, María Dolores y María
Encarnación. Murió el patriarca hacia 1813 y al parecer con problemas
económicos, pues a su muerte había consumido la dote de su mujer “por los
contratiempos y enfermedades que durante su matrimonio tuvieron”. Cuando los
franceses entraron en Andalucía, enero de 1810, ya estaba viejo y achacoso y fueron
sus hijos los que lo sustituyeron y tomaron parte activa en la resistencia al
invasor.
Al
papel de los Moreno durante la Guerra de la Independencia ya me he referido en otros
artículos. El segundo de los hijos, Jerónimo, levantó en la primavera de 1810
una partida guerrillera en la que se integraron quesadeños, comarcanos y
soldados dispersos del derrotado ejército de Despeñaperros.[1]
Con la salida francesa de Andalucía en 1812 y el regreso de Fernando VII en
1814, los Moreno gozaron de unos años de tranquilidad: Jerónimo dedicado a sus
tierras y ganados, Juan como alguacil mayor del campo y sierra, cargo heredado
de su padre, y Luis, el menor, viviendo como segundón a la sombra de ambos. No
eran los Moreno precisamente liberales, razón por la que no recibieron con
agrado el pronunciamiento de Riego en 1820 y el restablecimiento de la
Constitución de Cádiz. En ese mismo año, primero del Trienio Liberal, Luis
Moreno arrendó varios cuartos (lotes de tierra) en la Dehesa de Guadiana, lo
que le permitió ganarse la vida y al tiempo alejarse de la política
constitucional del pueblo, con la que tan poco simpatizaba. En aquellos lugares
medio despoblados del otro lado del río Guadiana Menor, Luis se dedicó a
conspirar en favor del restablecimiento del Absolutismo. Allí, en el cortijo de
Ríos, en el del Collado y sobre todo en el de la Fuente de las Ollas, en Larva
—por entonces aldea dependiente de Quesada— mantenía reuniones secretas con
personas, de Quesada y de otros puntos de la provincia, contrarias al sistema
constitucional. Por estos años, 1821-1822, entró en relación con Manuel Adame,
alias el Locho, famoso conspirador realista de La Mancha.
Don
Luis Moreno, cabeza realista en la comarca
Las intrigas
contra el Gobierno Constitucional, inspiradas por el propio Fernando VII,
culminaron en 1823 con la segunda invasión francesa, los llamados Cien mil
hijos de San Luis. Nuevamente los Moreno pasaron a la acción directa. Los
franceses avanzaban de norte a sur sin que las tropas constitucionales del
general Ballesteros pudieran frenarlos, y volvieron a cruzar Despeñaperros. En tal
estado, cuando nuevamente la guerra se acercaba a estas tierras, Luis Moreno,
ahora el más activo de los hermanos, formó un grupo insurrecto que finalmente
se constituyó en la partida llamada Defensores del Rey. Al principio la
componían unos pocos individuos de Quesada, pero fue creciendo con la
incorporación de comarcanos y de algunos soldados de las guarniciones de Baeza
y Úbeda que se habían disuelto ante la cercanía de los franceses. Entre los
miembros de la partida hay que mencionar a su hermano Juan Moreno y a don Juan
Jiménez Serrano, que era alcalde primero constitucional de Quesada, cargo que
abandonó para unirse a los rebeldes. Entre los forasteros al teniente don
Manuel Arévalo, del regimiento Provincial de Jaén con cuartel en Úbeda, que se
presentó en Quesada el 30 de mayo de 1823 para unirse a Moreno. No hay
constancia de que participase el otro hermano Moreno, don Jerónimo, bien porque
arrastrara secuelas físicas desde el desastre que en 1812 lo retiró en Iznájar
de la actividad bélica, bien porque quien habiendo sido famoso guerrillero
contra el francés viera con disgusto ser ahora aliado del mismo invasor. Y
finalmente hay que mencionar a su sobrino José Moreno Alférez, hijo de Juan,
que será el personaje que culmine esta historia.
Según
un informe del Ayuntamiento al capitán general de Granada en 1826, Moreno formó
una partida de realistas partidarios del poder absoluto de Fernando VII que llegó
a tener “en su mejor tiempo” de 90 a 100 hombres a caballo. Se llamó a esta
partida Defensores del Rey. El 9 de junio de 1823, “como a las dos de la tarde,
el enunciado Don Luis Moreno proclamó en la plaza de esta villa al Rey Absoluto
y muerte de la Constitución”. Tras “liberar” Quesada se dirigió a Cazorla,
donde derribó “el infame simulacro de la libertad constitucional”.
Inmediatamente pasó a La Iruela y al resto de pueblos de la comarca. Moreno no
se contentó con la comarca y se enfrentó varias veces fuera de ella “a las
tropas de Ballesteros y otras constitucionales”, consiguiendo “por la fuerza de su valor gruesos botines
así de armamentos como de otros efectos”. Entre el botín cabe destacar, por su
carácter simbólico, el conseguido en la acción de Oria (Almería), en la cual
capturó “una bandera de guerra” constitucional que entregó “a la soberana y
milagrosa Imagen de Nuestra Señora de Tíscar”. El dato se recoge en el memorial
que Moreno presentó en octubre de 1823 al Ayuntamiento de Quesada, para que
este avalase su comportamiento tenido “con el mayor honor y entusiasmo a favor
de la Causa Común y de Nuestro Católico Monarca”. Concluida la guerra y tras el
regreso de Fernando VII a Madrid, Luis Moreno acudió a la Corte, donde por mano
del que había sido su mentor en el movimiento absolutista, Manuel Adame,
consiguió graduaciones militares para él —teniente coronel— y para algunos de
sus hombres. Con sus bigotes —el uso de bigote era considerado insignia
militar— regresó a Quesada. Allí se hizo cargo de la organización del batallón
local de Voluntarios Realistas, un cuerpo paramilitar creado en todos los
pueblos para la defensa del orden absolutista. Se financiaba con la
contribución de dos reales mensuales que debían pagar todas las familias en las
que al menos alguno de sus varones no se hubiera integrado como voluntario en
el cuerpo. Era una considerable cantidad de dinero y al principio, cuando hubo
que comprar armas y equiparlos, fue Luis Moreno el encargado de administrar los
fondos. Entre 1824 y 1825 llegó a manejar unos 6.500 reales que supuestamente
invirtió en armamento y vestuario para los realistas. Aquí empezaron sus problemas.
De
héroe del absolutismo a proscrito y preso.
Sobre
Luis Moreno, sobre los Moreno, había en el pueblo división de opiniones.
Gozaban de prestigio y simpatía entre los sectores más partidarios del
absolutismo y de Fernando VII, de los relistas. Se recordaba su decidida
oposición a los franceses, especialmente por Jerónimo, durante la anterior
guerra. Luis, durante sus años de poder entre 1823 y 1825, protagonizó algunas
acciones que resultaron muy populares. Así por ejemplo en el invierno de 1824
al 25, año muy difícil como resultado de varias pésimas cosechas, ayudó a
numerosas familias “con sus granos y ganados”, aliviando “la necesidad en que
se hallaban aquellos infelices por la miseria y escasez de aquel tiempo”. En
septiembre de 1825, tras la larga sequía, se siguieron fuertes tormentas que
provocaron catastróficas avenidas de ríos y barrancos. Luis Moreno intervino
activamente en el socorro de las víctimas, no dudando en arrojarse al agua para
salvar a personas y ganados. Por otra parte los Moreno eran gente de carácter
vivo y complicado. Sin ir más lejos, en agosto de 1826 un sobrino de Luis, José
Moreno Alférez, andaba fugado para evitar una condena de seis años que le
impuso la Sala del Crimen de la Chancillería de Granada, “de resultas de una
muerte violenta que causó a un forastero que transitaba por este pueblo por
medio de un disgusto que tuvieron”. En la caótica primavera de 1823 Luis había
sido comisionado por Manuel Adame para requisar armas, caballos e imponer multas
a los vecinos para defensa de la causa. No debieron ser pocas las enemistades
que se ganó, y que unidas a las que ya tuviera heredadas de su familia, le
hicieron sufrir dos intentos de asesinato hacia 1825. En una ocasión, mientras
estaba en la sala de su casa, le dispararon dos tiros desde la calle cuando
pasaba delante del balcón. Otra noche, al salir de la casa de su amigo D.
Eulogio Valdés, propietario de El Salón, fue también tiroteado. La oscuridad de
las noches de entonces —no existía el alumbrado público— dificultó la puntería
de los agresores y no llegaron a acertarle.
Luis
Moreno dejó de ser comandante del batallón de Voluntarios Realistas de Quesada
hacia fines de 1825, aunque continuó residiendo en el pueblo como militar
licenciado. Por estas fechas, desde la Capitanía General de Granada, se comenzó
a exigir la rendición y aclaración de cuentas de los fondos manejados para los
Voluntarios Realistas. Las de la etapa de Moreno no aparecían porque al parecer
se las había entregado al conde de Calatrava, jefe del cuerpo en el partido de
Úbeda, que no las encontraba entre sus papeles. Es bastante confuso todo lo
ocurrido, porque las actas municipales son bastante parcas, pero el caso es que
en septiembre de 1826 estaba ausente del pueblo y en paradero desconocido, posiblemente
en Granada o Madrid recabando apoyos. No debió conseguirlos porque a principios
de 1827 fue reducido a paisano, perdió sus grados militares y el fuero
correspondiente. Como consecuencia fue procesado y encarcelado.
En el
Archivo de la Real Chancillería de Granada hay un expediente de probanza, hecho
en 1829 y que, sin aclararlo todo, aporta información sobre lo sucedido.[2] Se
desprende de este documento que Luis Moreno había sido acusado de un importante
robo de cebada en el cortijo Segura, junto a Larva, durante la época del
Trienio Liberal, cuando andaba por allí conspirando contra la Constitución. A
instancias del intendente de Policía de Jaén fue encarcelado en la cárcel de
Quesada. Moreno acusó de ser inductor de su desgracia a D. José Alcalde
Martínez, alcalde mayor de la villa. No se me ocurrirá a mí pronunciar
sentencia, pero sospecho que en este caso hubo un poco de todo, de
irregularidades económicas pero también de persecución a su persona. Don Luis
no nadaba en la abundancia, de hecho en este proceso estaba exento de costas
por haber conseguido la consideración de pobre. Pero también es cierto que se
cometieron irregularidades y que, por ejemplo, se presionó a seis presos de
Larva —encarcelados en Quesada por otros motivos— para que testificaran contra
Moreno a cambio de suavizar su condena. Como no lo hicieron fueron llevados al
presidio de Málaga, lamentándose por el camino de su suerte, que achacaban a no
haberse prestado a lo que les proponían. Luis Moreno siempre achacó su
desgracia a los partidarios de la Constitución, enemigos de Fernando VII. Pero
es raro que tuvieran tanto poder los supuestos “constitucionalistas” de Quesada
como para encarcelar, en plena Década Ominosa, de poder absoluto, a un fiel
realista.
La
cárcel de Quesada era terrible. Lo eran todas por entonces, pero la de Quesada
incluso más a ojos de los contemporáneos. Estaba instalada en la antigua
Alcaidía, la torre principal de las antiguas murallas, en lo que entonces se
llamaba Plaza Vieja y hoy Lonja, frente a la actual puerta lateral de la
parroquia. En 1827, mes de marzo, tenía más de treinta presos amontonados en
dos calabozos y “como estos son tan reducidos tienen que hallarse los hombres
unos casi sobre otros”. A esto habría que añadir que a los allí reducidos
estaban sujetos por hierros, grillos y prisiones. Allí acabó Luis Moreno, entre
facinerosos y sin que se le guardase ninguna
consideración a su rango. Es más el carcelero, Manuel Robledillo —dependiente
del alcalde mayor y actuando indudablemente con su conocimiento—, lo maltrataba
verbal y físicamente. En cierta ocasión un hijo de Moreno, que trató de
acercarse a la ventana para hablar con su padre, fue golpeado con un hierro en
la cabeza por Robledillo. Su madre y mujer de Luis, intentando proteger a su
hijo resultó herida de tal consideración que llegaron a darle la extremaunción.
Luis
Moreno, que al fin y al cabo era miembro de una reconocida familia realista,
consiguió que la Chancillería enviara a Quesada a un receptor para que tomase
declaración a los numerosos testigos que propuso. De resultas del proceso fue
condenado a seis años, pero la Chancillería, en atención a sus servicios a la
causa realista, le conmutó la pena por la cárcel que ya había sufrido y fue
puesto en libertad. En agosto de 1832 está Moreno viviendo libre en Quesada,
pero su carácter nuevamente le impidió hacerlo discretamente. Andaba
maniobrando con su antiguo jefe el conde de Calatrava para recuperar sus grados
militares y ser admitido de nuevo en loa Voluntarios Realistas. El
Ayuntamiento, que seguía presidido por su enemigo D. José Alcalde, se lo tomó
muy a mal y pasó noticia, “por vía reservada”, al capitán general de Granada de
sus intentos por eludir su expulsión del cuerpo de Realistas como si no hubiera
sido expulsado a raíz de su condena. El informe que hizo el Ayuntamiento era
demoledor. Le acusaba de seguir usando insignias militares —bigotes— y de
comportarse como si no hubiera sido degradado y expulsado. También de haberse
enriquecido —opulentado— en los años en que fue comandante de los realistas,
aunque ahora, tras su proceso y condena, su vida había cambiado completamente:
(Es)
un vago sin oficio ni modo de vivir conocido, sin bienes porque los
escasísimos que disfrutaba permanecen embargados y en administración por dicha
causa, ocupándose alguna vez en la caza, lo que de ningún modo puede producirle
para sostener su abundante familia, ignorándose las más veces los puntos a
donde se dirige cuando falta de la villa tres, cuatro o más días, por ninguna
sociedad que este hombre tiene en el pueblo, de cuyas ausencias generalmente se
sospecha mal por su propensión bastante notoria a dañar y perjudicar.
El
Ayuntamiento consiguió su objetivo y Moreno nunca volvió a ser admitido en el cuerpo realista. Y no solo
eso, entre este verano de 1831 y el año 1834 fue preso de nuevo y encarcelado,
esta vez en la cárcel de la Real Chancillería de Granada. A pesar de todo lo
expuesto, creo que falta información que explique cómo pudo acabar de esta
manera un realista entusiasta que había tenido tan destacado protagonismo en el
fin del periodo constitucional y la vuelta al Absolutismo. No puede ser, como
él denunciaba, fruto solo de la persecución a que le sometían los liberales,
que no estaban para perseguir a nadie siendo ellos los perseguidos. 1831 es el
año en el que se ejecutó a famosos liberales, como Mariana Pineda y el coronel
Márquez (relacionado con Quesada como se puede ver en la biografía de Santiago Vicente
García). A la enemistad con el alcalde mayor de Quesada, y con parte de la clase
dirigente local, seguramente hay que sumar su extremismo político, que terminó
perjudicándole cuando ya se presentía la violenta ruptura entre los partidarios
del infante Carlos y la heredera de Fernando VII, la futura Isabel II. En
septiembre de 1833 murió el rey y le sucedió su hija, de apenas tres años.
Asumió la regencia como Reina Gobernadora su viuda, la tremenda María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. El
infante Carlos no aceptó la sucesión y se embarcó, apoyado en los sectores más
reaccionarios y absolutistas, en una rebeldía que provocó la terrible guerra
civil conocida como Primera Guerra Carlista. Luis Moreno estaba en estos
tiempos encarcelado en Granada, quizás por negarse de forma vehemente y
excesiva, como era su carácter, a reconocer a la reina niña. La historia de los
Moreno acelera aquí su terrible final.
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| Isabel II niña. Retrato de Luis Cruz Ríos. Bellas Artes de San Fernando. |
Fuga y
persecución.
El año
1834 acababa sus días con aires de guerra civil. Fue año de una importante
epidemia de cólera, especialmente intensa en Quesada durante el verano. Aunque
la revuelta carlista se centraba en el norte, por aquí abajo se temía que se
formara alguna facción rebelde y cundía la intranquilidad. Hubo rumores en
noviembre, más tarde desmentidos, de conspiraciones carlistas en Úbeda y en
Quesada.[1] En
prevención de lo que pudiera pasar se desplegaron tropas por la zona, cuyo
comportamiento no siempre fue el deseable. A fines de diciembre el teniente
coronel Gregorio Vera, al frente de 180 hombres del regimiento provincial de
Soria, se condujo de manera abusiva en Huesa, lo que motivó quejas del pedáneo al
Ayuntamiento y de este al comandante provincial. La Milicia Urbana, cuerpo
paramilitar con el que se sustituyó a los Voluntarios Realistas, todavía no estaba plenamente operativa en
Quesada.[2] Luis
Moreno, preso en la cárcel de Granada, se fugó de ella a mediados de enero de
1835.
Tras
escapar de Granada Moreno se dirigió inmediatamente a estas sierras y comarca,
donde contaba con partidarios, varios de los cuales se le unieron de inmediato.
Entre ellos su sobrino José Moreno Alférez, hijo de su hermano Juan y que más
tarde sería conocido por el apodo de el Fraile. La noticia de la fuga y
proximidad de Luis Moreno causó gran alarma en estas tierras y en toda la
provincia. El gobernador civil hizo una proclama dando noticia de que “el
bandido Luis Moreno, bien conocido en esta Provincia por sus atrocidades”, se
había fugado y acompañado de otros pretendía extender la intranquilidad por la
zona. Cabra del Santo Cristo, Quesada, Cazorla, Úbeda y Baeza habían pasado
aviso al gobernador y, según este, se habían puesto sobre las armas para
conseguir su “exterminio”.[3]
La
primera noticia aparecida en prensa fue un despacho publicado en el periódico El
Mensajero de las Cortes por su corresponsal en Cazorla:
Moreno
el de Quesada, uno de los partidarios del absolutismo que mandó una partida el
año 23, se ha fugado de Granada, donde estaba preso, y dicen que con diez más
proclama a Carlos 5º en estas sierras. [4]
Este
anónimo “periodista” cazorleño no se limitó a comunicar la llegada de Moreno,
sino que añadió unos comentarios sobre el trasfondo político del asunto, sobre
el miedo a que se extendiese la rebelión carlista por la provincia. Confiaba en
que sería pronto capturado, pero avisaba de que no había que confiarse, porque
“como los pueblos no han conocido aun los beneficios del nuevo régimen, como
hay miseria e instigadores, podría engrosarse esta pequeña facción”. Era una
crítica abierta al Gobierno por su inacción, que no hacía nada “nada de lo que
convendría para que se conociesen las mejoras del nuevo sistema”. Terminaba
diciendo irónicamente que si la censura no dejaba decir verdades, “callemos
todos y venga cuando quiera Zumalacárregui”.
Luis
Moreno no era un rebelde cualquiera, arrastraba la fama de sus acciones armadas
de 1823. Se temía que, aunque la suya era “una
pequeña facción, contando con los desafectos al gobierno maternal de nuestra
adorada Reina, podía, si se la despreciaba, ocasionar graves males a la
provincia y repetirse en ella las escenas de horror que se han visto por
desgracia en otros puntos”.[5] El
primer aviso real de que Moreno había entrado en la provincia se tuvo el jueves
29 de enero, cuando unos vecinos de Cabra del Santo Cristo lo vieron en el
término de aquel pueblo. En su tiempo de conspirador realista había actuado por
aquella parte y debía ser personaje conocido. Ante la gravedad de la situación
el capitán general de Granada destacó en
Quesada una columna móvil de Escopeteros de Andalucía, migueletes, al mando del
teniente coronel D. Nicolás Molinero.
En
Quesada la fuga Moreno causó especial inquietud. El 3 de febrero se reunió el
Ayuntamiento, acompañado del cura párroco y del comandante de armas y de la
Milicia Urbana local, acordando constituirse en sesión permanente para no
retrasar cualquier medida necesaria para la “destrucción” de la facción. Se
acordó también citar a “paisanos honrados” para que, junto a los regidores y
urbanos, rondasen todas las noches el pueblo “con toda la vigilancia”. Quesada
era la patria de Moreno, “persona por nuestra desgracia ligada con
vínculos de sangre con muchos familiares y relacionada con otras por amistad” y
era de temer “que se combinasen para lograr sus siniestras intenciones”. El
miedo a las complicidades levantó sospechas sobre el distribuidor de la
correspondencia, que hacía días que abría la valija encerrándose en su casa, lo
que no era costumbre. Se le ordeno que, “mientras dure el apuro en que nos
hayamos”, la valija se abriese y custodiase en el Ayuntamiento, donde estaría
vigilada por la comisión permanente. Era la correspondencia un elemento vital
en estos momentos para el Ayuntamiento e imprescindible para que el jefe de la
tropa recibiese instrucciones y remitiese los correspondientes partes.
Por estos días se produjo un importante robo en la parroquia de Cabra.
Desparecieron los objetos de plata que allí había, sabiéndose al poco que el
autor fue el sacristán con el objeto de poner el valioso botín a disposición de
Moreno. En un creciente ambiente de tensión y temor se movilizaron las milicias
urbanas de todos los pueblos en persecución del fugado de la zona y también las
limítrofes de Baza y Cúllar, en previsión de que se aproximase por allí. Se
incorporó a la persecución una compañía de granaderos del regimiento
provincial de Murcia. Moreno, sintiéndose acosado, se internó en las espesuras
de la sierra donde su grupo fue visto por los urbanos de Quesada, que
dispararon sobre él. Según noticia difundida por el gobernador civil “solo
debió su vida y poderse salvar de la persecución que sufría en todas
direcciones a haberse precipitado en la maleza de los bosques que solo pueden
penetrar las fieras, abandonando hasta el sombrero y la capa”. En este episodio
fue capturado un sobrino de Moreno. No se dice quien fuera este sobrino, si
José hijo de su hermano Juan, que le había acompañado en sus andanzas de 1823 o
algún otro hijo de sus hermanos. Moreno y los suyos siguieron internándose en
la sierra, hacia Pozo Alcón y Castril. De este último pueblo procede la
siguiente noticia, publicada en El Eco del Comercio de 27 de febrero de
1835. Según el periódico el día 13 de febrero un cortijero de Castril fue a la
sierra a ver sus vacas. De repente se encontró “con Moreno y sus secuaces”. Le
exigieron que entregase la escopeta que llevaba, “pero este opuso grandes resistencias”.
Ante su negativa Moreno disparó sobre el cortijero sin acertarle, contestando
este con otro tiro que consiguió herir a Moreno. Además de disparar sobre
Moreno prorrumpió en grandes voces pidiendo socorro, de manera que los
“malhechores”, sabiendo que la sierra estaba llena de militares y urbanos que
los perseguían, emprendieron la huida dejando un “rastro de la sangre que
derramaba Moreno”. El cortijero de Castril encontró después dos caballos, y al
poco “se presentó uno de los compañeros del rebelde guiado por un muchacho”. En
aquel momento aparecieron los urbanos de Pozo Alcón. Siendo próxima la noche
todos, incluido el alcalde de Pozo Alcón que mandaba a sus urbanos, pernoctaron
allí. La mañana del 14 que salieron muy temprano “a perseguir al perverso”.
[1] El Mensajero de las Cortes
6-12-1834
[2] El capitán general ofreció para los
urbanos 80 fusiles, que al poco quedaron en 40 para ser finalmente 15. El
Ayuntamiento dijo a capitanía que eran muchos los gastos de ir a Granada a
recogerlos para traer tan pocos, que cuando estuvieran disponibles todos ya se
mandaría a por ellos. Los urbanos de Quesada tenían solo las armas que se le
habían recogido poco antes a los realistas.
[3] Boletín Oficial de la Provincia de
Jaén de 14 de febrero de 1835.
[4] Mensajero
de las Cortes. 13 de febrero de 1835.
[5] Boletín Oficial de la Provincia de
Jaén de 21 de febrero de 1835.
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| Fusilamiento por la espalda |
No duró
mucho más fuga del malherido Moreno. El alcalde y los urbanos de Pozo Alcón
batieron la zona hasta conseguir prenderlo el día 16 conduciéndolo a Quesada.
La mañana del 17 el alcalde mayor de Quesada, don Francisco Tercero Luengo,
escribía al gobernador dando parte de la captura de Moreno. La noticia procedía
del “señor alcalde primero de la villa de Pozo Alcón”, que se había presentado
en Quesada a primera hora acompañado del secretario de su Ayuntamiento. Con
ellos iba Juan de Dios Martínez, que era el que apresó a Moreno. Se habían
adelantado para anticipar la inmediata llegada a Quesada de Moreno, conducido
por urbanos y paisanos de Pozo Alcón. Don Francisco Tercero, el último alcalde
mayor “juez de letras” que hubo en Quesada, informó al gobernador que D.
Nicolás Molinero, comandante de los Escopeteros, le quería abrir a Moreno “una
breve sumaria” (juicio), para no retrasar el “tan merecido castigo”. Pero el
captor de Moreno, el tal Juan de Dios, era un prófugo que se había fugado de
presidio y por eso don Francisco, en nombre del alcalde del Pozo le pide al
gobernador que “el interesantísimo servicio de que acaba de hacer” le haga
“acreedor a la gracia del indulto”.[1]
Todo
fue muy rápido, según el parte que desde Quesada el teniente coronel D. Nicolás Molinero envió al comandante
general de la provincia con fecha del día 18:
Excmo.
Sr.: A las cinco de la tarde de este día ha sido fusilado por la espalda el
cabecilla Luis Moreno, después de haberle administrado el pasto espiritual, e
instruido el sumario de la identidad de su persona y por si declaraba algunos
cómplices. [2]
El
fusilamiento por la espalda era el trato correspondiente a su condición de
traidor. No se dice el lugar exacto donde se fusiló a Moreno, pero tuvo que ser
en la plaza, que era el lugar público más amplio de Quesada y se quiso que su
muerte fuese ejemplarizante. Según Molinero un “inmenso gentío” había acudido
“de los pueblos inmediatos a presenciar la justicia”, lo que, afirma, “deja
conocer que aquel cabecilla fue más criminal de lo que parece”. Dijo también
Molinero al gobernador que parecía increíble el “encono” de “todos los
entusiasmados habitantes de la Sierra de Cazorla”, que la habían monteado toda
“disputándose la gloria de ser los primeros a emplear sus armas”. Junto a
Moreno se capturó a veinticinco cómplices y sospechosos, alguno de los cuales
se hacía pasar por teniente. Quizás fuese su sobrino José, que así se titulaba
por su participación en 1823 en la caballería de los Defensores del Rey.[3]
Según el gobernador los urbanos de Cazorla había capturado a otro faccioso, un
tal “don Antonio Morales, bien conocido en esta capital por sus opiniones” y
que junto a otros compañeros había salido de Jaén para unirse a Moreno.[4]
La
muerte de Moreno impactó en Quesada. Muestra de ello es el manuscrito inédito MEMORIAS
DEL SIGLO XVIII AL PRESENTE. Escrito por varias manos que se fueron
sucediendo, todos más bien carlistas, es una recopilación de sucesos ocurridos
en Quesada, en su gran mayoría de carácter social: nacimientos, bodas,
defunciones. En pocas ocasiones se hace referencia a los acontecimientos de
índole más o menos política. Una de esas pocas es la muerte de Moreno, que se
anota así en el capítulo de 1835:
En
18 de febrero fusilaron a Don Luis Moreno por disposición de Don Nicolás
Molinero teniente coronel de migueletes.
Muerto
Moreno el pueblo volvió a su rutina habitual. Se levantaron las prevenciones
con la correspondencia y se reanudaron los cobros de contribuciones, que se
habían paralizado en el ínterin. Se abrió una nueva posada, que tenía más tiro
entre los arrieros que el mesón del Ayuntamiento junto al Arco de Granada
—actual Manquita de Utrera—, por lo que se quejaba el que lo tenía arrendado.
El 19 de abril fue la Traída de la Virgen y semanas después cesó Don Francisco
Tercero Luengo como alcalde mayor. En el verano se clausuró el convento de
Santo Domingo por tener menos de doce frailes. Por supuesto, continuaron los
pleitos con Cabra por la Dehesa. El tal Juan de Dios Martínez, el captor de
Moreno, fue indultado. Parecía que había vuelto la paz y la tranquilidad.
José
Moreno Alférez (a) el Fraile
El
resto de 1835 fue tranquilo en Quesada. Tranquilo por lo que toca a las
facciones carlistas, porque aquel verano cundió la fiebre constitucionalista y
en todas las provincias andaluzas se formaron juntas revolucionarias que
constituyeron en Andújar la Junta Central de Andalucía. En ese fervor político
una muchedumbre de vecinos de Quesada se congregó el 4 de septiembre frente a
la casa del regidor decano —ya no había alcalde mayor y los ordinarios no se
eligieron hasta un mes después— exigiendo la proclamación de la Constitución de
1812. El regidor, Don Martín de la Torre, no quiso ni comprometerse ni ponerse
en contra de la multitud. Contestó que ni aceptaba ni se oponía. Sin embargo el
pleno del Ayuntamiento, para evitar desórdenes, se avino al deseo de los
vecinos. Esa tarde se colocó en la fachada de la casa consistorial una placa
que decía: Isabel II Constitucional. Hubo repique de campanas y se encendieron
luminarias aquella noche en señal de júbilo.
Pocos
meses después, marzo de 1836, una Real orden separaba Larva de la jurisdicción
de Quesada agregándola a Cabra. Los tradicionales incidentes entre uno y otro
pueblo se agravaron llegándose prácticamente a las manos. A finales de año, las
partidas de Chinchilla y de Isidro Ruiz (a) el Monjero, se acercaron a la
comarca. En Quesada se creó el 2 de diciembre una Junta de Protección y
Seguridad ciudadana ante la cercanía de los carlistas que el día 14 intentaron
invadir el pueblo. Poco antes, en septiembre, el general carlista Miguel Gómez
había entrado por Alcaraz y pasado por Villacarrillo, Úbeda y Baeza con
dirección Córdoba. Causó estragos pero no se acercó a Quesada. Se vivía en
continuo peligro y en permanente inseguridad. Resumiendo mucho, el 14 de julio
de 1837, cinco días después de que se proclamase en Quesada la nueva
Constitución, el capitán general de Granada declaró el estado de sitio en todos
los pueblos de las sierras de Segura y Cazorla. Lo que impedía, entre otras
cosas, que los ganaderos permaneciesen con sus ganados en la sierra. Nos
alargaríamos demasiado entrando en los detalles de esta guerra, que ya está
contada en su propio artículo de este blog.
No hay
noticias de Moreno alguno en este tiempo. El 13 de diciembre de 1837 la partida
de Manuel Morillas entró en Quesada. No causó especiales daños pero si exigió
importantes cantidades de suministros. Con el cambio de año, enero de 1838,
tomaron el relevo dos partidas bastante más serias, la de D. Basilio García (a)
el de Logroño y la de Antonio Tallada Romeu. Provocaron un auténtico caos
bélico en esta parte de la provincia. En Quesada, siguiendo un protocolo
ordenado por las autoridades, el Ayuntamiento abandonó el pueblo llevando
consigo los caudales que había en el arca municipal de tres llaves, para evitar
que los fondos cayeran en manos de los rebeldes. En su lugar quedó una junta
interina encabezada por el párroco y de la que formaban parte algunos vecinos,
como Santiago Vicente García, que por su cercanía al carlismo corrían menos
peligro. El 6 de febrero, procedente de Cazorla, entró D. Basilio en Quesada.
Inmediatamente y en su persecución, lo hicieron las tropas del general Laureano
Sanz.
Con la facción de Tallada
venía un oficial carlista, “titulado coronel”, llamado Ramón Rodríguez Cano (a)
la Diosa. Hacia el 28 de febrero se supo
que la Diosa andaba por la parte de Béjar con unos 200 hombres. Inmediatamente
fue acosado por los urbanos de Cazorla y Quesada al mando de don Ambrosio
Navarro. El jefe carlista fue moviéndose por la sierra hasta llegar a Majuela.
Allí sorprendió al regidor de Quesada don Ramón Bayona en su cortijo, donde
estuvo punto de ser fusilado junto a tres paisanos de Quesada y tres urbanos de
Cazorla. El día era de abundante temporal y nieves, que hicieron que unos y
otros se dispersaran en pequeños grupos. En un momento dado don Ramón y los
otros seis sorprendieron a la Diosa acompañado de algunos facciosos y le
obligaron a rendirse tomándolo preso.[5] La
noticia fue anunciada por el gobernador con entusiasmo en el Boletín Oficial
y fue ampliamente reproducida por la prensa de Madrid.
Recordemos que Luis Moreno
tenía un sobrino, José Moreno Alférez (a) el Fraile, que lo había acompañado en
sus aventuras del año 23 y también durante la persecución de febrero de 1835.
En aquellos días fue capturado un sobrino que, como va dicho antes, no se puede
asegurar si fue José u otro. El caso es que si fue José consiguió la libertad
—o se fugó como antes había hecho su tío— y andaba en 1838 por estas sierras. Junto
a Don Basilio y Tallada actuaba en estos meses una partida menor, en número que
no en ferocidad, mandada por el manchego Juan Vicente Rujero (a) Palillos. A
esta facción pertenecía José Moreno. Cuadraba a su carácter unirse al terrible
Palillos, porque ya se vio como en 1826 —época sin guerra— andaba fugado para
evitar la cárcel, a la que había sido condenado por matar a un forastero en
Quesada. ¿Acompañaba José Moreno a la Diosa como conocedor del terreno
inmediato a su pueblo? Es posible, pero no aparece su nombre. El general Sanz
consiguió expulsar de la provincia a Palillos, pero por aquí permaneció Manuel
Morillas al que se unió José Moreno, que no siguió a Palillos en la retirada.
Durante el otoño alteraron la tranquilidad de las comarcas serranas y volvió a
declararse el estado de sitio. Esto significaba, por ejemplo, que los ganaderos
no podían introducir el ganado en la sierra ni en cualquier otro lugar donde
actuara la facción. La fama de José Moreno, la de su familia, le precedía y el
nuevo comandante militar de Jaén, Carlos González Llanos, decidió desalojarlo
de las inmediaciones de Quesada donde centraba su actuación, seguramente por
conocer bien el terreno y contar con el apoyo de familiares y amigos en la
zona.
En el mes de octubre,
siguiendo las instrucciones de González Llanos, tropas del regimiento
provincial de Jerez estacionadas en Quesada, lo atacaron y acosaron obligándolo
a introducirse en la espesura de la sierra. Moreno Alférez, junto a su
compañero Vicente Sanz, que procedía de otra famosa facción, la de Antonio
García de la Parra (a) Orejita, se dirigieron Guadalquivir arriba hasta la
parte de Bujaraiza. Parte de sus compañeros, comandados por un tal Peñilla,
natural de Cazorla, intentaron escapar hacia Sierra Morena buscando la Mancha,
donde campeaban otras partidas, y fueron alcanzados en Montizón. El cabecilla Morillas
fue capturado y muerto en Villacarrillo a finales de octubre de aquel año de
1838. José Moreno y los pocos que le acompañaban quedaron aislados en la sierra
en una situación bastante desesperada. El 24 de octubre González Llanos tenía
en Quesada cincuenta facciosos apresados, entre los que habían sido
aprehendidos y los entregados por su voluntad. Y eso fue lo que hizo Vicente Sanz,
el compañero de Moreno, que se entregó a los urbanos de Bujaraiza y fue
entregado a la tropa de guarnición en Hornos. Mandaba esta tropa, el Tercer
Batallón Franco de Málaga, el capitán Valdivieso, el cual informó a González Llanos
que dos confidentes le tenían prometido traerle muerto a Moreno. Así ocurrió y
el 26 de octubre se presentaron al capitán Valdivieso en Hornos tres paisanos
de Bujaraiza que le habían dado muerte. Llevaban consigo como prueba las orejas
que le habían cortado al cadáver. Fue el autor material de la muerte Matías
Nieto (a) Abrigo. Para asegurarse que el muerto era realmente Moreno, el cadáver fue
llevado a Hornos y expuesto en la plaza del pueblo. Desde allí el capitán
Valdivieso dio parte a su jefe González Llanos informándole que, tras las
diligencias oportunas, se había identificado con seguridad a Moreno y que de “no
haber estado corrompido su cráneo, como lo acredita el adjunto testimonio, lo
hubiera remitido a esa para satisfacción de V.S. y la de los buenos españoles”.
Y remata el capitán Valdivieso diciendo:
…si
Morillas era monstruo de estos contornos, el Moreno era el terror de todos, en
el poco tiempo que le ha acompañado (…) sin exageración puede decirse era el
terror de los vándalos.[6]
La
noticia de que José Moreno (a) el Fraile, había sido desalojado de Quesada,
“pueblo de su naturaleza”, muerto en Bujaraiza y expuesto su cadáver en Hornos,
circuló ampliamente en la prensa.[7] Tras
el final de Morillas, Moreno y sus secuaces, la provincia quedó en calma. Pocos
meses después el llamado Abrazo de Vergara puso fin a la guerra civil. La
familia Moreno dejó de existir en Quesada, al menos dejó de estar entre las
familias principales. Con un apellido tan común y no habiendo posibilidad de
recurrir a los libros parroquiales para fijar lazos familiares, es complicado
rastrear a sus descendientes. En cualquier caso no volvieron a tener notoriedad
pública.
[1] El
Eco del Comercio. 24 de febrero de 1835.
[2] Boletín Oficial de la Provincia de
Jaén de 21 de febrero de 1835.
[3] El Compilador (Madrid).
23/2/1835.
[4] El
Eco del Comercio. 24 de febrero de 1835.
[5] BOP de Jaén de 21 de
febrero de 1835. Los tres paisanos de Quesada que participaron en la captura
junto al regidor fueron: Ramon Pinos,
Antonio Martínez Baltasar y Juan Ortiz.
[6] BOP
Jaén. 3 de Noviembre de 1838.
[7] Por ejemplo, El Correo Nacional
de 8 de noviembre de 1838.

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