domingo, 16 de junio de 2024

PERSECUCIÓN, CAPTURA y MUERTE de LUIS MORENO y de su sobrino JOSÉ.

 

Antigua torre de la Alcaidía, usada como cárcel real y donde estuvo preso D. Luis Moreno. Foto desde el Arco de los Santos. 
     

 

           


Esta villa (Cabra de Santo Cristo), mirada siempre con ojeriza por la de Quesada, patria de los memorables Morenos, partidarios constantes del absolutismo, ha sido en las épocas del entronizamiento de este perseguida en las personas de sus vecinos…


 

 

Esta cita pertenece a una carta de agradecimiento que dirige el ayuntamiento de Cabra al gobernador civil interino de la provincia y que fue publicada en el BOLETÍN OFICIAL DE LA PROVINCIA del 8 de agosto de 1835. El gobernador, D. Ignacio de Rojas, había dictado una providencia favorable a Cabra en el larguísimo pleito que durante varios siglos enfrentó a Quesada y Cabra por la posesión de las tierras al otro lado del Guadiana Menor. Hacía pocos meses que D. Luis Moreno había sido fusilado en la plaza de Quesada y Cabra no perdió ocasión de contraponer su liberalismo —«el buen espíritu que siempre ha animado a este pueblo, y su decisión por el sostén del Trono de la 2ª ISABEL y de las libertades públicas»— al supuesto carácter absolutista de Quesada. Era esta distinción ardid de parte, porque las cosas no eran exactamente así y los Moreno tenían también partidarios en Cabra de la misma manera que había en Quesada liberales constitucionalistas. Pero no es momento de entrar en aquel debate localista ni mucho menos extenderse en el pleito por la Dehesa. Este artículo procurará responder a la evidente pregunta: ¿Quiénes fueron los “memorables” Moreno de Quesada?

La falta de libros parroquiales, destruidos en 1936, dificulta establecer líneas familiares, lo que obliga a rastrear los parentescos por otros medios no siempre seguros. En el siglo XVIII, dejando aparte los muchos Moreno de Belerda, Don Pedro y Ceal, todos labradores y jornaleros, hay que fijarse en D. Francisco Simón Moreno, rico propietario y regidor perpetuo, que vivía a mediados de siglo en la Plaza, en el actual número 21. Este señor tenía título de alguacil mayor del campo y sierra y es fácil que fuera miembro de esta familia, porque los títulos eran hereditarios y a finales de siglo lo tenía D. Luis Moreno, el mayor. En cualquier caso sí está documentado que este D. Luis fue el patriarca de los Moreno a que nos referimos. Estamos en los años del cambio de siglo, reinado de Carlos IV, y D. Luis, aunque ya viejo, participaba activamente en la vida  política local como alguacil mayor del campo, cargo que llevaba aparejado el de regidor. Estaba casado con Dª Juana Candeal, sobrina de un rico presbítero hacendado de Baza, con la que tuvo cinco hijos: Juan, Jerónimo, Luis, María Dolores y María Encarnación. Murió el patriarca hacia 1813 y al parecer con problemas económicos, pues a su muerte había consumido la dote de su mujer “por los contratiempos y enfermedades que durante su matrimonio tuvieron”. Cuando los franceses entraron en Andalucía, enero de 1810, ya estaba viejo y achacoso y fueron sus hijos los que lo sustituyeron y tomaron parte activa en la resistencia al invasor.

Al papel de los Moreno durante la Guerra de la Independencia ya me he referido en otros artículos. El segundo de los hijos, Jerónimo, levantó en la primavera de 1810 una partida guerrillera en la que se integraron quesadeños, comarcanos y soldados dispersos del derrotado ejército de Despeñaperros.[1] Con la salida francesa de Andalucía en 1812 y el regreso de Fernando VII en 1814, los Moreno gozaron de unos años de tranquilidad: Jerónimo dedicado a sus tierras y ganados, Juan como alguacil mayor del campo y sierra, cargo heredado de su padre, y Luis, el menor, viviendo como segundón a la sombra de ambos. No eran los Moreno precisamente liberales, razón por la que no recibieron con agrado el pronunciamiento de Riego en 1820 y el restablecimiento de la Constitución de Cádiz. En ese mismo año, primero del Trienio Liberal, Luis Moreno arrendó varios cuartos (lotes de tierra) en la Dehesa de Guadiana, lo que le permitió ganarse la vida y al tiempo alejarse de la política constitucional del pueblo, con la que tan poco simpatizaba. En aquellos lugares medio despoblados del otro lado del río Guadiana Menor, Luis se dedicó a conspirar en favor del restablecimiento del Absolutismo. Allí, en el cortijo de Ríos, en el del Collado y sobre todo en el de la Fuente de las Ollas, en Larva —por entonces aldea dependiente de Quesada— mantenía reuniones secretas con personas, de Quesada y de otros puntos de la provincia, contrarias al sistema constitucional. Por estos años, 1821-1822, entró en relación con Manuel Adame, alias el Locho, famoso conspirador realista de La Mancha.

Don Luis Moreno, cabeza realista en la comarca

Las intrigas contra el Gobierno Constitucional, inspiradas por el propio Fernando VII, culminaron en 1823 con la segunda invasión francesa, los llamados Cien mil hijos de San Luis. Nuevamente los Moreno pasaron a la acción directa. Los franceses avanzaban de norte a sur sin que las tropas constitucionales del general Ballesteros pudieran frenarlos, y volvieron a cruzar Despeñaperros. En tal estado, cuando nuevamente la guerra se acercaba a estas tierras, Luis Moreno, ahora el más activo de los hermanos, formó un grupo insurrecto que finalmente se constituyó en la partida llamada Defensores del Rey. Al principio la componían unos pocos individuos de Quesada, pero fue creciendo con la incorporación de comarcanos y de algunos soldados de las guarniciones de Baeza y Úbeda que se habían disuelto ante la cercanía de los franceses. Entre los miembros de la partida hay que mencionar a su hermano Juan Moreno y a don Juan Jiménez Serrano, que era alcalde primero constitucional de Quesada, cargo que abandonó para unirse a los rebeldes. Entre los forasteros al teniente don Manuel Arévalo, del regimiento Provincial de Jaén con cuartel en Úbeda, que se presentó en Quesada el 30 de mayo de 1823 para unirse a Moreno. No hay constancia de que participase el otro hermano Moreno, don Jerónimo, bien porque arrastrara secuelas físicas desde el desastre que en 1812 lo retiró en Iznájar de la actividad bélica, bien porque quien habiendo sido famoso guerrillero contra el francés viera con disgusto ser ahora aliado del mismo invasor. Y finalmente hay que mencionar a su sobrino José Moreno Alférez, hijo de Juan, que será el personaje que culmine esta historia.

Según un informe del Ayuntamiento al capitán general de Granada en 1826, Moreno formó una partida de realistas partidarios del poder absoluto de Fernando VII que llegó a tener “en su mejor tiempo” de 90 a 100 hombres a caballo. Se llamó a esta partida Defensores del Rey. El 9 de junio de 1823, “como a las dos de la tarde, el enunciado Don Luis Moreno proclamó en la plaza de esta villa al Rey Absoluto y muerte de la Constitución”. Tras “liberar” Quesada se dirigió a Cazorla, donde derribó “el infame simulacro de la libertad constitucional”. Inmediatamente pasó a La Iruela y al resto de pueblos de la comarca. Moreno no se contentó con la comarca y se enfrentó varias veces fuera de ella “a las tropas de Ballesteros y otras constitucionales”, consiguiendo  “por la fuerza de su valor gruesos botines así de armamentos como de otros efectos”. Entre el botín cabe destacar, por su carácter simbólico, el conseguido en la acción de Oria (Almería), en la cual capturó “una bandera de guerra” constitucional que entregó “a la soberana y milagrosa Imagen de Nuestra Señora de Tíscar”. El dato se recoge en el memorial que Moreno presentó en octubre de 1823 al Ayuntamiento de Quesada, para que este avalase su comportamiento tenido “con el mayor honor y entusiasmo a favor de la Causa Común y de Nuestro Católico Monarca”. Concluida la guerra y tras el regreso de Fernando VII a Madrid, Luis Moreno acudió a la Corte, donde por mano del que había sido su mentor en el movimiento absolutista, Manuel Adame, consiguió graduaciones militares para él —teniente coronel— y para algunos de sus hombres. Con sus bigotes —el uso de bigote era considerado insignia militar— regresó a Quesada. Allí se hizo cargo de la organización del batallón local de Voluntarios Realistas, un cuerpo paramilitar creado en todos los pueblos para la defensa del orden absolutista. Se financiaba con la contribución de dos reales mensuales que debían pagar todas las familias en las que al menos alguno de sus varones no se hubiera integrado como voluntario en el cuerpo. Era una considerable cantidad de dinero y al principio, cuando hubo que comprar armas y equiparlos, fue Luis Moreno el encargado de administrar los fondos. Entre 1824 y 1825 llegó a manejar unos 6.500 reales que supuestamente invirtió en armamento y vestuario para los realistas.  Aquí empezaron sus problemas.

De héroe del absolutismo a proscrito y preso.

Sobre Luis Moreno, sobre los Moreno, había en el pueblo división de opiniones. Gozaban de prestigio y simpatía entre los sectores más partidarios del absolutismo y de Fernando VII, de los relistas. Se recordaba su decidida oposición a los franceses, especialmente por Jerónimo, durante la anterior guerra. Luis, durante sus años de poder entre 1823 y 1825, protagonizó algunas acciones que resultaron muy populares. Así por ejemplo en el invierno de 1824 al 25, año muy difícil como resultado de varias pésimas cosechas, ayudó a numerosas familias “con sus granos y ganados”, aliviando “la necesidad en que se hallaban aquellos infelices por la miseria y escasez de aquel tiempo”. En septiembre de 1825, tras la larga sequía, se siguieron fuertes tormentas que provocaron catastróficas avenidas de ríos y barrancos. Luis Moreno intervino activamente en el socorro de las víctimas, no dudando en arrojarse al agua para salvar a personas y ganados. Por otra parte los Moreno eran gente de carácter vivo y complicado. Sin ir más lejos, en agosto de 1826 un sobrino de Luis, José Moreno Alférez, andaba fugado para evitar una condena de seis años que le impuso la Sala del Crimen de la Chancillería de Granada, “de resultas de una muerte violenta que causó a un forastero que transitaba por este pueblo por medio de un disgusto que tuvieron”. En la caótica primavera de 1823 Luis había sido comisionado por Manuel Adame para requisar armas, caballos e imponer multas a los vecinos para defensa de la causa. No debieron ser pocas las enemistades que se ganó, y que unidas a las que ya tuviera heredadas de su familia, le hicieron sufrir dos intentos de asesinato hacia 1825. En una ocasión, mientras estaba en la sala de su casa, le dispararon dos tiros desde la calle cuando pasaba delante del balcón. Otra noche, al salir de la casa de su amigo D. Eulogio Valdés, propietario de El Salón, fue también tiroteado. La oscuridad de las noches de entonces —no existía el alumbrado público— dificultó la puntería de los agresores y no llegaron a acertarle.

Luis Moreno dejó de ser comandante del batallón de Voluntarios Realistas de Quesada hacia fines de 1825, aunque continuó residiendo en el pueblo como militar licenciado. Por estas fechas, desde la Capitanía General de Granada, se comenzó a exigir la rendición y aclaración de cuentas de los fondos manejados para los Voluntarios Realistas. Las de la etapa de Moreno no aparecían porque al parecer se las había entregado al conde de Calatrava, jefe del cuerpo en el partido de Úbeda, que no las encontraba entre sus papeles. Es bastante confuso todo lo ocurrido, porque las actas municipales son bastante parcas, pero el caso es que en septiembre de 1826 estaba ausente del pueblo y en paradero desconocido, posiblemente en Granada o Madrid recabando apoyos. No debió conseguirlos porque a principios de 1827 fue reducido a paisano, perdió sus grados militares y el fuero correspondiente. Como consecuencia fue procesado y encarcelado.

En el Archivo de la Real Chancillería de Granada hay un expediente de probanza, hecho en 1829 y que, sin aclararlo todo, aporta información sobre lo sucedido.[2] Se desprende de este documento que Luis Moreno había sido acusado de un importante robo de cebada en el cortijo Segura, junto a Larva, durante la época del Trienio Liberal, cuando andaba por allí conspirando contra la Constitución. A instancias del intendente de Policía de Jaén fue encarcelado en la cárcel de Quesada. Moreno acusó de ser inductor de su desgracia a D. José Alcalde Martínez, alcalde mayor de la villa. No se me ocurrirá a mí pronunciar sentencia, pero sospecho que en este caso hubo un poco de todo, de irregularidades económicas pero también de persecución a su persona. Don Luis no nadaba en la abundancia, de hecho en este proceso estaba exento de costas por haber conseguido la consideración de pobre. Pero también es cierto que se cometieron irregularidades y que, por ejemplo, se presionó a seis presos de Larva —encarcelados en Quesada por otros motivos— para que testificaran contra Moreno a cambio de suavizar su condena. Como no lo hicieron fueron llevados al presidio de Málaga, lamentándose por el camino de su suerte, que achacaban a no haberse prestado a lo que les proponían. Luis Moreno siempre achacó su desgracia a los partidarios de la Constitución, enemigos de Fernando VII. Pero es raro que tuvieran tanto poder los supuestos “constitucionalistas” de Quesada como para encarcelar, en plena Década Ominosa, de poder absoluto, a un fiel realista.

La cárcel de Quesada era terrible. Lo eran todas por entonces, pero la de Quesada incluso más a ojos de los contemporáneos. Estaba instalada en la antigua Alcaidía, la torre principal de las antiguas murallas, en lo que entonces se llamaba Plaza Vieja y hoy Lonja, frente a la actual puerta lateral de la parroquia. En 1827, mes de marzo, tenía más de treinta presos amontonados en dos calabozos y “como estos son tan reducidos tienen que hallarse los hombres unos casi sobre otros”. A esto habría que añadir que a los allí reducidos estaban sujetos por hierros, grillos y prisiones. Allí acabó Luis Moreno, entre facinerosos  y sin que se le guardase ninguna consideración a su rango. Es más el carcelero, Manuel Robledillo —dependiente del alcalde mayor y actuando indudablemente con su conocimiento—, lo maltrataba verbal y físicamente. En cierta ocasión un hijo de Moreno, que trató de acercarse a la ventana para hablar con su padre, fue golpeado con un hierro en la cabeza por Robledillo. Su madre y mujer de Luis, intentando proteger a su hijo resultó herida de tal consideración que llegaron a darle la extremaunción.

Luis Moreno, que al fin y al cabo era miembro de una reconocida familia realista, consiguió que la Chancillería enviara a Quesada a un receptor para que tomase declaración a los numerosos testigos que propuso. De resultas del proceso fue condenado a seis años, pero la Chancillería, en atención a sus servicios a la causa realista, le conmutó la pena por la cárcel que ya había sufrido y fue puesto en libertad. En agosto de 1832 está Moreno viviendo libre en Quesada, pero su carácter nuevamente le impidió hacerlo discretamente. Andaba maniobrando con su antiguo jefe el conde de Calatrava para recuperar sus grados militares y ser admitido de nuevo en loa Voluntarios Realistas. El Ayuntamiento, que seguía presidido por su enemigo D. José Alcalde, se lo tomó muy a mal y pasó noticia, “por vía reservada”, al capitán general de Granada de sus intentos por eludir su expulsión del cuerpo de Realistas como si no hubiera sido expulsado a raíz de su condena. El informe que hizo el Ayuntamiento era demoledor. Le acusaba de seguir usando insignias militares —bigotes— y de comportarse como si no hubiera sido degradado y expulsado. También de haberse enriquecido —opulentado— en los años en que fue comandante de los realistas, aunque ahora, tras su proceso y condena, su vida había cambiado completamente:

(Es) un vago sin oficio ni modo de vivir conocido, sin bienes porque los escasísimos que disfrutaba permanecen embargados y en administración por dicha causa, ocupándose alguna vez en la caza, lo que de ningún modo puede producirle para sostener su abundante familia, ignorándose las más veces los puntos a donde se dirige cuando falta de la villa tres, cuatro o más días, por ninguna sociedad que este hombre tiene en el pueblo, de cuyas ausencias generalmente se sospecha mal por su propensión bastante notoria a dañar y perjudicar.

El Ayuntamiento consiguió su objetivo y Moreno nunca volvió a ser  admitido en el cuerpo realista. Y no solo eso, entre este verano de 1831 y el año 1834 fue preso de nuevo y encarcelado, esta vez en la cárcel de la Real Chancillería de Granada. A pesar de todo lo expuesto, creo que falta información que explique cómo pudo acabar de esta manera un realista entusiasta que había tenido tan destacado protagonismo en el fin del periodo constitucional y la vuelta al Absolutismo. No puede ser, como él denunciaba, fruto solo de la persecución a que le sometían los liberales, que no estaban para perseguir a nadie siendo ellos los perseguidos. 1831 es el año en el que se ejecutó a famosos liberales, como Mariana Pineda y el coronel Márquez (relacionado con Quesada como se puede ver en la biografía de Santiago Vicente García). A la enemistad con el alcalde mayor de Quesada, y con parte de la clase dirigente local, seguramente hay que sumar su extremismo político, que terminó perjudicándole cuando ya se presentía la violenta ruptura entre los partidarios del infante Carlos y la heredera de Fernando VII, la futura Isabel II. En septiembre de 1833 murió el rey y le sucedió su hija, de apenas tres años. Asumió la regencia como Reina Gobernadora su viuda, la tremenda María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. El infante Carlos no aceptó la sucesión y se embarcó, apoyado en los sectores más reaccionarios y absolutistas, en una rebeldía que provocó la terrible guerra civil conocida como Primera Guerra Carlista. Luis Moreno estaba en estos tiempos encarcelado en Granada, quizás por negarse de forma vehemente y excesiva, como era su carácter, a reconocer a la reina niña. La historia de los Moreno acelera aquí su terrible final.



[1] El guerrillero quesadeño Jerónimo Moreno y la duquesa de Benamejí.

[2] ARCHGR_C10532_009. INFORMACION SUMARIA. EL FISCAL CONTRA LUIS MORENO, VECINO DE QUESADA, SOBRE ROBOS. 1829.


Isabel II niña. Retrato de Luis Cruz Ríos.
Bellas Artes de San Fernando.


Fuga y persecución.

El año 1834 acababa sus días con aires de guerra civil. Fue año de una importante epidemia de cólera, especialmente intensa en Quesada durante el verano. Aunque la revuelta carlista se centraba en el norte, por aquí abajo se temía que se formara alguna facción rebelde y cundía la intranquilidad. Hubo rumores en noviembre, más tarde desmentidos, de conspiraciones carlistas en Úbeda y en Quesada.[1] En prevención de lo que pudiera pasar se desplegaron tropas por la zona, cuyo comportamiento no siempre fue el deseable. A fines de diciembre el teniente coronel Gregorio Vera, al frente de 180 hombres del regimiento provincial de Soria, se condujo de manera abusiva en Huesa, lo que motivó quejas del pedáneo al Ayuntamiento y de este al comandante provincial. La Milicia Urbana, cuerpo paramilitar con el que se sustituyó a los Voluntarios Realistas,  todavía no estaba plenamente operativa en Quesada.[2] Luis Moreno, preso en la cárcel de Granada, se fugó de ella a mediados de enero de 1835.

Tras escapar de Granada Moreno se dirigió inmediatamente a estas sierras y comarca, donde contaba con partidarios, varios de los cuales se le unieron de inmediato. Entre ellos su sobrino José Moreno Alférez, hijo de su hermano Juan y que más tarde sería conocido por el apodo de el Fraile. La noticia de la fuga y proximidad de Luis Moreno causó gran alarma en estas tierras y en toda la provincia. El gobernador civil hizo una proclama dando noticia de que “el bandido Luis Moreno, bien conocido en esta Provincia por sus atrocidades”, se había fugado y acompañado de otros pretendía extender la intranquilidad por la zona. Cabra del Santo Cristo, Quesada, Cazorla, Úbeda y Baeza habían pasado aviso al gobernador y, según este, se habían puesto sobre las armas para conseguir su “exterminio”.[3]

La primera noticia aparecida en prensa fue un despacho publicado en el periódico El Mensajero de las Cortes por su corresponsal en Cazorla:

Moreno el de Quesada, uno de los partidarios del absolutismo que mandó una partida el año 23, se ha fugado de Granada, donde estaba preso, y dicen que con diez más proclama a Carlos 5º en estas sierras. [4]

Este anónimo “periodista” cazorleño no se limitó a comunicar la llegada de Moreno, sino que añadió unos comentarios sobre el trasfondo político del asunto, sobre el miedo a que se extendiese la rebelión carlista por la provincia. Confiaba en que sería pronto capturado, pero avisaba de que no había que confiarse, porque “como los pueblos no han conocido aun los beneficios del nuevo régimen, como hay miseria e instigadores, podría engrosarse esta pequeña facción”. Era una crítica abierta al Gobierno por su inacción, que no hacía nada “nada de lo que convendría para que se conociesen las mejoras del nuevo sistema”. Terminaba diciendo irónicamente que si la censura no dejaba decir verdades, “callemos todos y venga cuando quiera Zumalacárregui”.

Luis Moreno no era un rebelde cualquiera, arrastraba la fama de sus acciones armadas de 1823. Se temía que, aunque la suya era “una pequeña facción, contando con los desafectos al gobierno maternal de nuestra adorada Reina, podía, si se la despreciaba, ocasionar graves males a la provincia y repetirse en ella las escenas de horror que se han visto por desgracia en otros puntos”.[5] El primer aviso real de que Moreno había entrado en la provincia se tuvo el jueves 29 de enero, cuando unos vecinos de Cabra del Santo Cristo lo vieron en el término de aquel pueblo. En su tiempo de conspirador realista había actuado por aquella parte y debía ser personaje conocido. Ante la gravedad de la situación el capitán general de Granada  destacó en Quesada una columna móvil de Escopeteros de Andalucía, migueletes, al mando del teniente coronel D. Nicolás Molinero.

 

En Quesada la fuga Moreno causó especial inquietud. El 3 de febrero se reunió el Ayuntamiento, acompañado del cura párroco y del comandante de armas y de la Milicia Urbana local, acordando constituirse en sesión permanente para no retrasar cualquier medida necesaria para la “destrucción” de la facción. Se acordó también citar a “paisanos honrados” para que, junto a los regidores y urbanos, rondasen todas las noches el pueblo “con toda la vigilancia”. Quesada era la patria de Moreno, “persona por nuestra desgracia ligada con vínculos de sangre con muchos familiares y relacionada con otras por amistad” y era de temer “que se combinasen para lograr sus siniestras intenciones”. El miedo a las complicidades levantó sospechas sobre el distribuidor de la correspondencia, que hacía días que abría la valija encerrándose en su casa, lo que no era costumbre. Se le ordeno que, “mientras dure el apuro en que nos hayamos”, la valija se abriese y custodiase en el Ayuntamiento, donde estaría vigilada por la comisión permanente. Era la correspondencia un elemento vital en estos momentos para el Ayuntamiento e imprescindible para que el jefe de la tropa recibiese instrucciones y remitiese los correspondientes partes.

Por estos días se produjo un importante robo en la parroquia de Cabra. Desparecieron los objetos de plata que allí había, sabiéndose al poco que el autor fue el sacristán con el objeto de poner el valioso botín a disposición de Moreno. En un creciente ambiente de tensión y temor se movilizaron las milicias urbanas de todos los pueblos en persecución del fugado de la zona y también las limítrofes de Baza y Cúllar, en previsión de que se aproximase por allí. Se incorporó a la persecución una compañía de granaderos del regimiento provincial de Murcia. Moreno, sintiéndose acosado, se internó en las espesuras de la sierra donde su grupo fue visto por los urbanos de Quesada, que dispararon sobre él. Según noticia difundida por el gobernador civil “solo debió su vida y poderse salvar de la persecución que sufría en todas direcciones a haberse precipitado en la maleza de los bosques que solo pueden penetrar las fieras, abandonando hasta el sombrero y la capa”. En este episodio fue capturado un sobrino de Moreno. No se dice quien fuera este sobrino, si José hijo de su hermano Juan, que le había acompañado en sus andanzas de 1823 o algún otro hijo de sus hermanos. Moreno y los suyos siguieron internándose en la sierra, hacia Pozo Alcón y Castril. De este último pueblo procede la siguiente noticia, publicada en El Eco del Comercio de 27 de febrero de 1835. Según el periódico el día 13 de febrero un cortijero de Castril fue a la sierra a ver sus vacas. De repente se encontró “con Moreno y sus secuaces”. Le exigieron que entregase la escopeta que llevaba, “pero este opuso grandes resistencias”. Ante su negativa Moreno disparó sobre el cortijero sin acertarle, contestando este con otro tiro que consiguió herir a Moreno. Además de disparar sobre Moreno prorrumpió en grandes voces pidiendo socorro, de manera que los “malhechores”, sabiendo que la sierra estaba llena de militares y urbanos que los perseguían, emprendieron la huida dejando un “rastro de la sangre que derramaba Moreno”. El cortijero de Castril encontró después dos caballos, y al poco “se presentó uno de los compañeros del rebelde guiado por un muchacho”. En aquel momento aparecieron los urbanos de Pozo Alcón. Siendo próxima la noche todos, incluido el alcalde de Pozo Alcón que mandaba a sus urbanos, pernoctaron allí. La mañana del 14 que salieron muy temprano “a perseguir al perverso”.



[1] El Mensajero de las Cortes 6-12-1834

[2] El capitán general ofreció para los urbanos 80 fusiles, que al poco quedaron en 40 para ser finalmente 15. El Ayuntamiento dijo a capitanía que eran muchos los gastos de ir a Granada a recogerlos para traer tan pocos, que cuando estuvieran disponibles todos ya se mandaría a por ellos. Los urbanos de Quesada tenían solo las armas que se le habían recogido poco antes a los realistas.

[3] Boletín Oficial de la Provincia de Jaén de 14 de febrero de 1835.

[4] Mensajero de las Cortes. 13 de febrero de 1835.

[5] Boletín Oficial de la Provincia de Jaén de 21 de febrero de 1835.



Fusilamiento por la espalda



    Captura y ejecución de Luis Moreno.

No duró mucho más fuga del malherido Moreno. El alcalde y los urbanos de Pozo Alcón batieron la zona hasta conseguir prenderlo el día 16 conduciéndolo a Quesada. La mañana del 17 el alcalde mayor de Quesada, don Francisco Tercero Luengo, escribía al gobernador dando parte de la captura de Moreno. La noticia procedía del “señor alcalde primero de la villa de Pozo Alcón”, que se había presentado en Quesada a primera hora acompañado del secretario de su Ayuntamiento. Con ellos iba Juan de Dios Martínez, que era el que apresó a Moreno. Se habían adelantado para anticipar la inmediata llegada a Quesada de Moreno, conducido por urbanos y paisanos de Pozo Alcón. Don Francisco Tercero, el último alcalde mayor “juez de letras” que hubo en Quesada, informó al gobernador que D. Nicolás Molinero, comandante de los Escopeteros, le quería abrir a Moreno “una breve sumaria” (juicio), para no retrasar el “tan merecido castigo”. Pero el captor de Moreno, el tal Juan de Dios, era un prófugo que se había fugado de presidio y por eso don Francisco, en nombre del alcalde del Pozo le pide al gobernador que “el interesantísimo servicio de que acaba de hacer” le haga “acreedor a la gracia del indulto”.[1]

Todo fue muy rápido, según el parte que desde Quesada el teniente coronel D. Nicolás Molinero envió al comandante general de la provincia con fecha del día 18:

Excmo. Sr.: A las cinco de la tarde de este día ha sido fusilado por la espalda el cabecilla Luis Moreno, después de haberle administrado el pasto espiritual, e instruido el sumario de la identidad de su persona y por si declaraba algunos cómplices. [2]

 

El fusilamiento por la espalda era el trato correspondiente a su condición de traidor. No se dice el lugar exacto donde se fusiló a Moreno, pero tuvo que ser en la plaza, que era el lugar público más amplio de Quesada y se quiso que su muerte fuese ejemplarizante. Según Molinero un “inmenso gentío” había acudido “de los pueblos inmediatos a presenciar la justicia”, lo que, afirma, “deja conocer que aquel cabecilla fue más criminal de lo que parece”. Dijo también Molinero al gobernador que parecía increíble el “encono” de “todos los entusiasmados habitantes de la Sierra de Cazorla”, que la habían monteado toda “disputándose la gloria de ser los primeros a emplear sus armas”. Junto a Moreno se capturó a veinticinco cómplices y sospechosos, alguno de los cuales se hacía pasar por teniente. Quizás fuese su sobrino José, que así se titulaba por su participación en 1823 en la caballería de los Defensores del Rey.[3] Según el gobernador los urbanos de Cazorla había capturado a otro faccioso, un tal “don Antonio Morales, bien conocido en esta capital por sus opiniones” y que junto a otros compañeros había salido de Jaén para unirse a Moreno.[4]

 

La muerte de Moreno impactó en Quesada. Muestra de ello es el manuscrito inédito MEMORIAS DEL SIGLO XVIII AL PRESENTE. Escrito por varias manos que se fueron sucediendo, todos más bien carlistas, es una recopilación de sucesos ocurridos en Quesada, en su gran mayoría de carácter social: nacimientos, bodas, defunciones. En pocas ocasiones se hace referencia a los acontecimientos de índole más o menos política. Una de esas pocas es la muerte de Moreno, que se anota así en el capítulo de 1835:

En 18 de febrero fusilaron a Don Luis Moreno por disposición de Don Nicolás Molinero teniente coronel de migueletes.

Muerto Moreno el pueblo volvió a su rutina habitual. Se levantaron las prevenciones con la correspondencia y se reanudaron los cobros de contribuciones, que se habían paralizado en el ínterin. Se abrió una nueva posada, que tenía más tiro entre los arrieros que el mesón del Ayuntamiento junto al Arco de Granada —actual Manquita de Utrera—, por lo que se quejaba el que lo tenía arrendado. El 19 de abril fue la Traída de la Virgen y semanas después cesó Don Francisco Tercero Luengo como alcalde mayor. En el verano se clausuró el convento de Santo Domingo por tener menos de doce frailes. Por supuesto, continuaron los pleitos con Cabra por la Dehesa. El tal Juan de Dios Martínez, el captor de Moreno, fue indultado. Parecía que había vuelto la paz y la tranquilidad.

José Moreno Alférez (a) el Fraile

El resto de 1835 fue tranquilo en Quesada. Tranquilo por lo que toca a las facciones carlistas, porque aquel verano cundió la fiebre constitucionalista y en todas las provincias andaluzas se formaron juntas revolucionarias que constituyeron en Andújar la Junta Central de Andalucía. En ese fervor político una muchedumbre de vecinos de Quesada se congregó el 4 de septiembre frente a la casa del regidor decano —ya no había alcalde mayor y los ordinarios no se eligieron hasta un mes después— exigiendo la proclamación de la Constitución de 1812. El regidor, Don Martín de la Torre, no quiso ni comprometerse ni ponerse en contra de la multitud. Contestó que ni aceptaba ni se oponía. Sin embargo el pleno del Ayuntamiento, para evitar desórdenes, se avino al deseo de los vecinos. Esa tarde se colocó en la fachada de la casa consistorial una placa que decía: Isabel II Constitucional. Hubo repique de campanas y se encendieron luminarias aquella noche en señal de júbilo.

Pocos meses después, marzo de 1836, una Real orden separaba Larva de la jurisdicción de Quesada agregándola a Cabra. Los tradicionales incidentes entre uno y otro pueblo se agravaron llegándose prácticamente a las manos. A finales de año, las partidas de Chinchilla y de Isidro Ruiz (a) el Monjero, se acercaron a la comarca. En Quesada se creó el 2 de diciembre una Junta de Protección y Seguridad ciudadana ante la cercanía de los carlistas que el día 14 intentaron invadir el pueblo. Poco antes, en septiembre, el general carlista Miguel Gómez había entrado por Alcaraz y pasado por Villacarrillo, Úbeda y Baeza con dirección Córdoba. Causó estragos pero no se acercó a Quesada. Se vivía en continuo peligro y en permanente inseguridad. Resumiendo mucho, el 14 de julio de 1837, cinco días después de que se proclamase en Quesada la nueva Constitución, el capitán general de Granada declaró el estado de sitio en todos los pueblos de las sierras de Segura y Cazorla. Lo que impedía, entre otras cosas, que los ganaderos permaneciesen con sus ganados en la sierra. Nos alargaríamos demasiado entrando en los detalles de esta guerra, que ya está contada en su propio artículo de este blog.

No hay noticias de Moreno alguno en este tiempo. El 13 de diciembre de 1837 la partida de Manuel Morillas entró en Quesada. No causó especiales daños pero si exigió importantes cantidades de suministros. Con el cambio de año, enero de 1838, tomaron el relevo dos partidas bastante más serias, la de D. Basilio García (a) el de Logroño y la de Antonio Tallada Romeu. Provocaron un auténtico caos bélico en esta parte de la provincia. En Quesada, siguiendo un protocolo ordenado por las autoridades, el Ayuntamiento abandonó el pueblo llevando consigo los caudales que había en el arca municipal de tres llaves, para evitar que los fondos cayeran en manos de los rebeldes. En su lugar quedó una junta interina encabezada por el párroco y de la que formaban parte algunos vecinos, como Santiago Vicente García, que por su cercanía al carlismo corrían menos peligro. El 6 de febrero, procedente de Cazorla, entró D. Basilio en Quesada. Inmediatamente y en su persecución, lo hicieron las tropas del general Laureano Sanz.

Con la facción de Tallada venía un oficial carlista, “titulado coronel”, llamado Ramón Rodríguez Cano (a) la Diosa. Hacia el 28 de febrero  se supo que la Diosa andaba por la parte de Béjar con unos 200 hombres. Inmediatamente fue acosado por los urbanos de Cazorla y Quesada al mando de don Ambrosio Navarro. El jefe carlista fue moviéndose por la sierra hasta llegar a Majuela. Allí sorprendió al regidor de Quesada don Ramón Bayona en su cortijo, donde estuvo punto de ser fusilado junto a tres paisanos de Quesada y tres urbanos de Cazorla. El día era de abundante temporal y nieves, que hicieron que unos y otros se dispersaran en pequeños grupos. En un momento dado don Ramón y los otros seis sorprendieron a la Diosa acompañado de algunos facciosos y le obligaron a rendirse tomándolo preso.[5] La noticia fue anunciada por el gobernador con entusiasmo en el Boletín Oficial y fue ampliamente reproducida por la prensa de Madrid.

Recordemos que Luis Moreno tenía un sobrino, José Moreno Alférez (a) el Fraile, que lo había acompañado en sus aventuras del año 23 y también durante la persecución de febrero de 1835. En aquellos días fue capturado un sobrino que, como va dicho antes, no se puede asegurar si fue José u otro. El caso es que si fue José consiguió la libertad —o se fugó como antes había hecho su tío— y andaba en 1838 por estas sierras. Junto a Don Basilio y Tallada actuaba en estos meses una partida menor, en número que no en ferocidad, mandada por el manchego Juan Vicente Rujero (a) Palillos. A esta facción pertenecía José Moreno. Cuadraba a su carácter unirse al terrible Palillos, porque ya se vio como en 1826 —época sin guerra— andaba fugado para evitar la cárcel, a la que había sido condenado por matar a un forastero en Quesada. ¿Acompañaba José Moreno a la Diosa como conocedor del terreno inmediato a su pueblo? Es posible, pero no aparece su nombre. El general Sanz consiguió expulsar de la provincia a Palillos, pero por aquí permaneció Manuel Morillas al que se unió José Moreno, que no siguió a Palillos en la retirada. Durante el otoño alteraron la tranquilidad de las comarcas serranas y volvió a declararse el estado de sitio. Esto significaba, por ejemplo, que los ganaderos no podían introducir el ganado en la sierra ni en cualquier otro lugar donde actuara la facción. La fama de José Moreno, la de su familia, le precedía y el nuevo comandante militar de Jaén, Carlos González Llanos, decidió desalojarlo de las inmediaciones de Quesada donde centraba su actuación, seguramente por conocer bien el terreno y contar con el apoyo de familiares y amigos en la zona.

En el mes de octubre, siguiendo las instrucciones de González Llanos, tropas del regimiento provincial de Jerez estacionadas en Quesada, lo atacaron y acosaron obligándolo a introducirse en la espesura de la sierra. Moreno Alférez, junto a su compañero Vicente Sanz, que procedía de otra famosa facción, la de Antonio García de la Parra (a) Orejita, se dirigieron Guadalquivir arriba hasta la parte de Bujaraiza. Parte de sus compañeros, comandados por un tal Peñilla, natural de Cazorla, intentaron escapar hacia Sierra Morena buscando la Mancha, donde campeaban otras partidas, y fueron alcanzados en Montizón. El cabecilla Morillas fue capturado y muerto en Villacarrillo a finales de octubre de aquel año de 1838. José Moreno y los pocos que le acompañaban quedaron aislados en la sierra en una situación bastante desesperada. El 24 de octubre González Llanos tenía en Quesada cincuenta facciosos apresados, entre los que habían sido aprehendidos y los entregados por su voluntad. Y eso fue lo que hizo Vicente Sanz, el compañero de Moreno, que se entregó a los urbanos de Bujaraiza y fue entregado a la tropa de guarnición en Hornos. Mandaba esta tropa, el Tercer Batallón Franco de Málaga, el capitán Valdivieso, el cual informó a González Llanos que dos confidentes le tenían prometido traerle muerto a Moreno. Así ocurrió y el 26 de octubre se presentaron al capitán Valdivieso en Hornos tres paisanos de Bujaraiza que le habían dado muerte. Llevaban consigo como prueba las orejas que le habían cortado al cadáver. Fue el autor material de la muerte Matías Nieto (a) Abrigo. Para asegurarse que el muerto era realmente Moreno, el cadáver fue llevado a Hornos y expuesto en la plaza del pueblo. Desde allí el capitán Valdivieso dio parte a su jefe González Llanos informándole que, tras las diligencias oportunas, se había identificado con seguridad a Moreno y que de “no haber estado corrompido su cráneo, como lo acredita el adjunto testimonio, lo hubiera remitido a esa para satisfacción de V.S. y la de los buenos españoles”. Y remata el capitán Valdivieso diciendo:

…si Morillas era monstruo de estos contornos, el Moreno era el terror de todos, en el poco tiempo que le ha acompañado (…) sin exageración puede decirse era el terror de los vándalos.[6]

La noticia de que José Moreno (a) el Fraile, había sido desalojado de Quesada, “pueblo de su naturaleza”, muerto en Bujaraiza y expuesto su cadáver en Hornos, circuló ampliamente en la prensa.[7] Tras el final de Morillas, Moreno y sus secuaces, la provincia quedó en calma. Pocos meses después el llamado Abrazo de Vergara puso fin a la guerra civil. La familia Moreno dejó de existir en Quesada, al menos dejó de estar entre las familias principales. Con un apellido tan común y no habiendo posibilidad de recurrir a los libros parroquiales para fijar lazos familiares, es complicado rastrear a sus descendientes. En cualquier caso no volvieron a tener notoriedad pública.

 



[1] El Eco del Comercio. 24 de febrero de 1835.

[2] Boletín Oficial de la Provincia de Jaén de 21 de febrero de 1835.

[3] El Compilador (Madrid). 23/2/1835.

[4] El Eco del Comercio. 24 de febrero de 1835.

[5] BOP de Jaén de 21 de febrero de 1835. Los tres paisanos de Quesada que participaron en la captura junto al regidor fueron: Ramon Pinos, Antonio Martínez Baltasar y Juan Ortiz.

[6] BOP Jaén. 3 de Noviembre de 1838.

[7] Por ejemplo, El Correo Nacional de 8 de noviembre de 1838.



Carlos González Llanos.
Comandante militar de Jaén.