Había comenzado el año
1743 y la cofradía del Rosario, que tenía su sede en la iglesia del convento,
iba a celebrar la tradicional fiesta que dedicaba a su titular. Consistía en
una función pública de “regocijos y fuegos”, música y luminarias, que tenía
lugar en la Plaza. Como era costumbre, la Villa (el Ayuntamiento) la presidiría
desde el balcón de la casa que tenía en ella. Estaba todo dispuesto cuando
Jerónimo Sánchez, maestro alarife (de obras), previno a sus señorías que no lo
hicieran “porque la pared principal está amenazando absoluta ruina, y el balcón
en la misma forma, por haberse podrido con los temporales”. Tuvo la Villa que rogar
a un vecino que les permitiese concurrir desde su balcón.
La Plaza tenía por
entonces un aspecto bastante diferente al que presenta en la actualidad. Por
supuesto no tenía árboles, pero tampoco existía el muro que se levantó más de
cien años después para nivelar el terreno y construir el jardín. Era un gran
espacio de tierra completamente diáfano y con la misma pendiente que hoy
conserva el lateral que va desde el rincón hasta la esquina del Marisol. Su
función principal era la de mercado, pero también se celebraban allí “todos los
actos públicos, así los que ocurren del Real Servicio como cualesquiera otros
actos de concurrencia y regocijos”. Es decir, fiestas con motivo de nacimientos
y bodas reales, coronaciones, funciones religiosas, etc.
Era costumbre que las
autoridades contemplasen y presidiesen estos actos asomados a un balcón. Pero
el caso es que el Concejo no tenía en la Plaza ninguna casa, pues entonces
celebraba los cabildos en la calle Adentro, en una de propiedad municipal donde
solían vivir los corregidores. Por eso, para tener balcón al que asomarse, unos
años antes le habían comprado al vecino Tomás Fernández Enríquez “las casas
principales que hoy tiene en la plaza pública del mercado de esta villa”. Se
limitaron a comprarla y hacerle un balcón de madera al que poder asomarse,
único fin de la compra. No hicieron más arreglos porque la situación económica
del ayuntamiento era catastrófica. Pero esta vez no se trataba de la tradicional
ruina de todo buen ayuntamiento pues el desastre era completo. A causa de
antiguas y enormes deudas adquiridas a principios del siglo XVII, la mayor
parte de los bienes de propios se habían subastado judicialmente y adjudicado a
los acreedores. Solo le quedaron al Ayuntamiento algunas casas y las tierras
precisas para que sus rentas le permitieran un mínimo funcionamiento. Fue
precisamente por este embargo por lo que el convento de Santa Cruz de Granada
se hizo con una gran dehesa municipal, que era de uso libre y común para los
vecinos, que hoy día sigue conservando el nombre de dicho convento.
Fue grande el disgusto que
llevaron los señores del ayuntamiento con este incidente. Tanto que convocaron
un pleno el 4 de febrero, el primero que celebraron ese año, cuyo primer y casi
único punto del orden del día era debatir y buscar una solución para que no se
repitiera el incidente. Componían el cabildo de la Villa los siguientes señores:
Don Manuel Antonio de
Herrera, regidor perpetuo y primer voto. Vivía este señor en un enorme caserón
de la Plaza, de 29 varas de frente y cuarenta de fondo, que hacía esquina con
la calle del Agua. Ocupaba los actuales números 15 y 16 de la Plaza. Allí vivía
con su mujer, asistido por tres mozas y con 13 mozos sirvientes para el campo, de
cuyas rentas vivía. Además de esta en la que vivía, era propietario de otra
casa más pequeña que hacía esquina con la calle Nueva (donde antes estuvo la
Inspección y ahora unos servicios).
Don Joseph Vela del Olmo,
también regidor perpetuo y segundo voto. Como su compañero, era vecino de la
Plaza, dueño de la casa donde hoy está el bar Marisol. De familia oriunda de
Castejón (Cuenca) y 56 años de edad, estaba casado con Dª Juana Cano Tribaldos
y tenía un hijo y cuatro hijas. Como servicio, disponía de dos criadas para la
casa y tres mozos sirvientes para el campo. Su oficio era escribano del número
(notario) y lo era también del concejo (secretario del Ayuntamiento). Pertenecía
al estado noble. En este mismo año, el 6 de julio, presentó al cabildo una
provisión de la sala de Hijosdalgo de la Chancillería de Granada ordenando que,
tras los oportunos trámites, se le recibiese como hidalgo por la Villa. Lo que
hoy nos puede parecer un adorno vanidoso entonces tenía su importancia;
concretamente la de quedar exento de la mayoría de impuestos y repartimientos.
Además de estos dos
regidores perpetuos, vitalicios, completaban el cabildo dos jurados. Era este
un cargo de menor importancia y poder; representaban al común y eran los
precedentes de lo que más tarde, con más atribuciones, fueron los síndicos
procurador y personero del común. Uno de los jurados era don Antonio Ramírez de
la Plaza, casado con Dª Ana Serrano, con la que vivía en la calle Nueva en la
casa que hace esquina enfrente de la que mucho después fue de Rafael Zabaleta.
Murió un par de años después de estos sucesos. El otro jurado, Don Juan Mejías,
estaba casado con Dª Ana de Atencia. Vivía en la calle Corral del Concejo o
Toril del Concejo, actual calle del Correo, haciendo esquina con la calle
Zabaleta.
Sobre todos los anteriores
y presidiendo el cabildo estaba el corregidor y “capitán a guerra” don Juan
Tamariz y Vargas. Este cargo era de designación real y, simplificando demasiado,
una especie de gobernador civil de la localidad. Lo ocupaban forasteros que
conseguían el oficio en Madrid y que habitualmente desempeñaban una carrera
profesional, pasando de una villa o ciudad a otra según les fuera mejor o peor
a ojos de la Corte. Al ser gente forastera y aves de paso, la mayoría de los
corregidores dejaron poca huella en el pueblo. De este don Juan Tamariz poco he
podido averiguar. Ignoro dónde nació; apenas sé de él que, según certificado
del secretario del claustro de la Insigne e Imperial Universidad de Granada,
estudió leyes en ella y se graduó como bachiller en sagrados cánones en marzo
de 1724. El documento se conserva en el Archivo General de Indias, por lo que
es posible que en su juventud intentara hacer fortuna al otro lado del océano.
Pero acabó en Quesada y poco después fue alcalde mayor de Toledo y luego de
Cádiz. Don Juan vivía, como todos los corregidores, en la casa que tenía el
Concejo en la calle Adentro, que era la misma en la que se celebraban los
cabildos, porque esta de la Plaza, como va dicho, tenía la sola función
ceremonial de servir de tribuna durante los actos públicos.
Viendo quiénes eran los
importantes señores que componían el Ayuntamiento se comprende mejor la
gravedad de la cosa del balcón. Si asomados a él para presidir la solemne
función de la Cofradía del Rosario se hubiera venido abajo y sus ocupantes dado
con sus huesos en el suelo, lo de menos hubiera sido que resultaran dañados y
heridos, pues no tendría demasiada altura. Lo auténticamente hiriente hubiera
sido la desairada situación: los señores del Ayuntamiento cubiertos de polvo y
cascotes, levantándose penosamente del suelo a la vista de la muchedumbre que
ocupaba la Plaza alrededor de las luminarias, músicas y estandartes. Chicos y
grandes, hidalgos y pobres de solemnidad hubieran tenido que contener, o no,
las risas. Hay por tanto que comprender que encontrar una solución al problema
se convirtiese en prioridad absoluta, por pésima que fuera la situación
económica municipal. Así fue cómo se llegó al 4 de febrero en que “la Villa
junta en su Ayuntamiento como lo ha de uso y costumbre” abordó el asunto.
En ese cabildo la Villa
dijo que se había comprado la casa a Tomás Fernández Enríquez para instalar
allí las casas capitulares. Sin embargo, “y no habiendo tenido medios para
llevar adelante este ánimo”, se limitaron a poner “un balcón de madera torneada
con su puerta ventana” para que pudiese concurrir la Villa a las funciones
públicas. Así se estuvo hasta que Jerónimo Sánchez les advirtió que no lo
hicieran por la amenaza de inminente desplome. En su ayuntamiento la Villa estuvo
“discurriendo qué remedio se podría tomar para remediar la ruina de dichas
casas y poder concurrir a ella a las funciones que le puedan ocurrir, sin ser
necesario de valerse de suplicar para ir a otras que estén en dicha Plaza”. En
su mente estaba “la función de toros que se celebra por el mes de octubre”,
ocasión para la que debía estar resuelto el problema. Partiendo de una falta
casi absoluta de “caudales ningunos de propios ni otros algunos de que poder
usar para semejante urgencia”, idearon el plan que sigue.
Primero había que derribar
la fachada, ruinosa y completamente irrecuperable. A continuación bajarían de
“la plaza vieja, (de las casas) que dicen que fueron casas capitulares antiguas
de esta villa” unas piedras bien labradas que había. Sobre estas piedras se
continuaría la pared con sillares de toba, más fáciles de trabajar y
transportar y por tanto más baratos. La “plaza vieja” era la actual plaza de la
Lonja y el edificio del que se bajarían las piedras, la antigua alcaidía. Esta
estaba compuesta de un torreón, que sobrevivió hasta 1925 aproximadamente, y un
edificio anejo en el que, cuando dejó de ser ayuntamiento, instalaron la cárcel,
que permaneció allí hasta finales del siglo XIX. Para el transporte de las
piedras y resto de materiales se pensó que lo mejor era solicitar a los vecinos
que voluntaria y gratuitamente prestaran su trabajo y sus caballerías.
Esto por lo tocante a la
seguridad de la fachada. Faltaba el balcón, el auténtico motivo de la obra. Sus
señorías eran conscientes de que no podía hacerse de madera como el anterior,
pues se pudriría con los temporales. Pero para hacerlo de hierro “con alguna
decencia” no había fondos, como ya se sabe. Sin embargo, la casa tenía dos
rejas que servían “más de embarazo que de seguridad”, pues su peso vencía la
pared. Decidieron quitarlas y emplear su hierro en el balcón para fiestas y
solemnidades. Aceptada la idea, los señores del Concejo rogaron a su merced el
corregidor que citase inmediatamente a Jerónimo Sánchez y al herrero Gabriel
Carrasco para que dieran su parecer y presupuesto.
Jerónimo Sánchez era un
veterano maestro albañil de 55 años casado con María Pérez, con la que vivía en
la calle Adentro. Le iba bien y por eso
tenía un mozo sirviente que le servía de ayudante. Dijo a la Villa que, en
cuanto a la ruina de la casa, nada tenía que añadir a lo que ya manifestó en su
momento y que la pared principal estaba completamente quebrantada y casi
desunida del resto del edificio y que, si se derrumbase, la Villa sería
responsable del daño que ocasionase en las casas colindantes. A su juicio, la
obra costaría unos 3.000 reales y sería preciso retocar las piedras de la vieja
alcaidía; además se necesitarían unas 500 varas de toba, así como 30 caíces de
cal y 50 de arena, 6 de yeso de cantera y la madera necesaria para los andamios
y aleros, que tendrían que rematarse con tejas. En cuanto a las rejas, en su
opinión sería bueno quitarlas, sobre todo la que estaba en la antesala por ser
de gran altura, y lo mismo la que había junto a la puerta.
Por su parte Gabriel
Carrasco, experimentado herrero establecido en la calle Don Pedro y que por sus
habilidades con el metal era también el encargado de regir y mantener el reloj
público, dijo que con el hierro de las dos rejas se podría hacer un balcón de 6
varas (5 metros), con sus volantes, soleras y pasamanos y que el trabajo podría
valer lo menos 600 reales, aunque faltarían unas 8 arrobas de hierro para las
partes más gruesas. En cualquier caso y, siendo como era para servicio y
decencia de la Villa, se comprometía a mantener ese precio.
 |
| La casa que fue de don Juan Serrano en 1919. N.º 22 de la Plaza. |
La casa de la que estamos
hablando, y que hoy es ayuntamiento, era vieja y no demasiado grande. Medía 15
varas de frente por 12 de fondo. En el bajo tenía un portal, dos bodegas y
corral. Por alto una sala, un aposento, cocina y tres cámaras. Lindando a su
derecha, el actual n.º 22, había otra casa bastante mejor que, además de un corral,
se componía de veinte cuartos contando cuadra, bodegas, cámaras, jaraíz,
cocinas, salas y dormitorios. Era propia de D. Juan Valeriano Jiménez Serrano,
clérigo de órdenes menores, que vivía en ella asistido por un ama, Antonia del
Carmen, y un mozo, Francisco García. Don Juan era uno de los más ricos
propietarios del pueblo, un hombre poderoso que pertenecía a la muy importante
familia Serrano o Jiménez Serrano, la de más fuerza y poder en el siglo XVIII
quesadeño y de la que más tarde surgiría el célebre general y ministro. Don
Juan era administrador de la Cofradía de Varas del Santísimo de la parroquia
mayor, la más distinguida de Quesada y a la que pertenecían todos los
importantes del momento.
En la fachada de esta casa
lucía el escudo de la familia Serrano y un gran balcón corrido de baranda de
hierro. Fue sin duda a este balcón al que se vio obligado la Villa a concurrir
cuando la celebración del Rosario. Los dos regidores perpetuos tenían también
casa en la Plaza, pero no hubiera sido buena idea asomarse a ellas, porque si
elegían la de uno desmerecían al otro. Y no eran estos importantes señores
regidores perpetuos gente fácil de atrasar.
Al otro lado de la casa
municipal, a la izquierda, el espacio del actual n.º 2 estaba ocupado por tres
pequeñas viviendas. Haciendo pared con el ayuntamiento otra de don Juan Serrano,
que la tenía arrendada en 77 reales. A continuación la de Pedro de los Ríos
Alcalá, humilde jornalero que no vivía en ella, pues lo hacía cerca del
Pozairón en la calle del Hornillo, en compañía de su mujer, su hija, su hermana
y su madre, compartiendo todos un portal, una cocina, un dormitorio y dos cámaras. Esta de la Plaza la
tenía arrendada en 88 reales. Se completaba el actual n.º 2 con una casa propia
de las monjas dominicas del convento de N.ª S.ª de los Remedios. La tenían
arrendada en 110 reales.
En el resto de Plaza había
algún que otro vecino humilde como este Pedro de los Ríos, pero la mayoría de
los vecinos eran importantes propietarios, como don Salvador Cano (actual n.º
4) o don Manuel de Alcalá (n.º 11). En el n.º 13 (donde la farmacia) vivía doña
Rosa Román, que cuidaba de su nieto hijo de don Rodrigo de Urrutia, capitán de
la Compañía de Guardiamarinas de Cádiz, ciudad en la que acababa de fallecer.
Este don Rodrigo participó en la batalla de Cabo Sicié, donde al mando del
mercante artillado Poder hizo frente a tres navíos de guerra ingleses,
siendo por sus méritos ascendido de capitán de fragata a capitán de navío.
Volvamos al cabildo en el
que sus señorías discutían el asunto del balcón. A espaldas de la casa
municipal había un corral cuya propiedad se disputaban el propio Ayuntamiento y
don Juan Serrano sin que por las escrituras quedase claro a quién pertenecía.
Se presentaba la ocasión de resolver ahora la cuestión y sacarle algo de dinero
al acaudalado clérigo. Por eso se acordó avisarle para que acudiese a la
reunión (se le pase “recado político” dice el acta). Tras conferenciar ambas
partes se llegó rápidamente a un acuerdo. El Ayuntamiento cedería a don Juan
Serrano el derecho a edificar unos cuartos altos en ese espacio. El bajo
terrizo quedaría para uso de la casa municipal y se haría allí una “oficina
para caballeriza o cosa semejante”. A cambio de la cesión de derechos, don Juan
contribuiría con 250 reales a la obra que querían emprender sus señorías.
Pero como en toda reforma
de bien, a la idea inicial se le fueron sumando pequeños añadidos. Una fachada
para ser auténticamente decorosa requería de unas puertas acordes. Y aquí
pensaron en Dª Rafaela de Lillo, madrileña, viuda del vecino que fue de esta
don Fernando de Carmona y Varea, que vivía en la calle Rodrigo de Poyatos
(actual Dr. Carriazo). De su primer matrimonio con don Juan Joseph de Alcalá
tenía un hijo, don Atanasio de Alcalá, por entonces menor de edad y más tarde
teniente de capitán del Regimiento de Milicias del Reino de Jaén y el individuo más rico de Quesada en la
segunda mitad del siglo XV. Doña Rafaela tenía hechas unas puertas (no se dice
para qué fin) que, si se alargaban, resultarían “proporcionadas y decentes”
para la nueva fachada. Se acordó comprárselas y gastar en ellas los 250 reales
obtenidos en el trato con el vecino don Juan.
El señor don Juan Tamariz,
corregidor de la Villa, asistía en silencio a los debates, pues al fin y al
cabo él era político de paso y poco aprovecharía el balcón. Pero era
indispensable su visto bueno como máxima autoridad. Por eso al final de la
reunión intervino y dijo que el proyecto le parecía conveniente y útil “y de total honrosidad así del común como de los
caballeros capitulares, para dejar a la posteridad memoria de su celo y de su
interés”. Pero por aquello de las reformas que se complican, su merced añadió
que, dado que el edificio se utilizaría como casa pública “para sus funciones y
ayuntamientos”, era su sentir que se colocase en la fachada un escudo de armas
reales. Por la Villa no había más remedio que aceptar aunque creciese el
presupuesto, y se le dieron “las debidas gracias” expresando que era
precisamente “el celo y aplicación de su merced al beneficio de esta república”
el que “principalmente ha movido a los caballeros capitulares a inventar dicha
obra en el tiempo más estéril y calamitoso”.
Este
artículo va acompañado de dos fotos inéditas: la una de la fachada del
ayuntamiento viejo, la otra de la casa n.º 22 de la Plaza, la que era de don
Juan Valeriano Serrano. Ambas son, además de desconocidas, las mejores y casi
únicas de ambos edificios en su estado original. Una pequeña joya para la
historia local. Pertenecen a la colección fotográfica del Archivo de la
Alhambra. Quien tenga algo de experiencia en estas investigaciones sabe que a
menudo los hallazgos son cuestión de suerte y azar y el cómo se encuentran es frecuentemente
casi tan interesante como el qué. Ambas estaban completamente perdidas en ese
archivo, pues se habían catalogado, ignoro la razón, como pertenecientes a
Alcaudete. El caso es que el investigador alcaudetense Enrique López Ríos se
interesó por ellas. Son dos negativos estereoscópicos en cristal. En la
etiqueta, el autor indicó por error que procedían de Alcaudete y que su año era
el 19.
Cuando
Enrique las vio, inmediatamente se dio cuenta de que no pertenecían a su
pueblo. Ahí hubiera quedado la cosa y nunca se hubieran encontrado porque,
buscando por Quesada, jamás aparecerían. Sin embargo le sonó vagamente a
Quesada, pues según me dijo ha estado varias veces en el pueblo. Y con curiosidad y pundonor de investigador se
molestó en buscar fotos del ayuntamiento de Quesada. Aunque del viejo hay pocas
y malas, concluyó que efectivamente eran de este pueblo. Se lo comentó a su tío,
el veterano investigador de la historia de Alcaudete Telesforo Ulierte. Y aquí
juega la suerte, o la Virgen de Tíscar, a saber. Telesforo es buen amigo mío y fue
compañero en Caja Granada. Es seguidor de este blog y sabe de mi afición por la
historia de Quesada. De inmediato me dio el chivatazo, con la no menos feliz
coincidencia de que yo acababa de transcribir el libro capitular y me había
encontrado con este asunto del balcón y el incidente de la Cofradía del
Rosario.
Según
la ficha del citado archivo, las fotografías son dos positivos en placa de
vidrio de tamaño 107 x 44 mm. Su autor es Vicente León Callejas, fotógrafo
granadino de principios del siglo XX, amigo del famoso Cerdá y Rico. Asistió al
histórico concurso de cante jondo de 1922 en la Alhambra cuya organización lideró
Manuel de Falla. En la conocida caricatura de López Sancho que representa una
sesión del concurso aparece dibujado de pie junto a Federico García Lorca.
Habría que seguir tirando del hilo a ver si aparecen más fotos quesadeñas
suyas, o si alguna de las ya conocidas es de su autoría. El autor las fecha en 1919 y, aunque fuera erróneo
el año, como lo fue la atribución del lugar, no serán las fotos de mucho antes
ni de mucho después.
La
foto del ayuntamiento viejo es la mejor que conozco de este desaparecido
edificio, la única en la que se ve con detalle la fachada completa. Lo que va
dicho del acuerdo de 4 de febrero de 1743 se puede reconocer en ella. En la
parte baja se observan tres filas de grandes sillares bien labrados. Son los
que se trajeron de la Lonja, de la antigua alcaidía medieval que había sido en
tiempos casa de cabildos. En el resto de la fachada se reconocen los sillares
de toba, bastante más pequeños y unidos con argamasa que sobresale de ellos y que
cuando se blanquea forman una característica retícula de pequeños bordes. Es un
tipo de construcción que se ha visto frecuentemente en casas antiguas de
Quesada. El famoso balcón, efectivamente de hierro, es lobulado al modo de la
época y sobre su puerta ventana hay un escudo. Pero este escudo no es el de
Felipe V. ni era de piedra sino de estuco, seguramente de Alfonso II. Se puso
tapando el escudo real de S.M. don Felipe V que mandó poner el corregidor y en
el que se puede leer “Año 1744”, año siguiente al del acuerdo, pues se haría
conforme avanzaban las obras. Cuando a principios de los años setenta del siglo
XX se derribó el viejo ayuntamiento apareció este escudo antiguo y, con buen
criterio, se puso en la nueva fachada.
El
libro capitular de 1743 no vuelve a referirse a este asunto y el
correspondiente a 1744 falta o está traspapelado, que esa es otra. Por eso nos
quedamos sin saber, por ahora, si las cuatro ventanas con sus rejas que se
pueden ver en la fotografía fueron añadidas al proyecto en este momento o con
posterioridad. Lo mismo podemos decir sobre las molduras de yeso que adornan la
fachada. En cualquier caso, y por su aspecto de un “gracioso barroco popular”
que decía J.M. Carriazo, son del siglo XVIII. Aunque no se ve en esta foto, no
había reloj en la fachada, pues el reloj público, que cuidaba el herrero
Gabriel Carrasco, por estas fechas cercanas a 1750, no estaba en la Plaza sino
en el torreón de una casa en la calle Alcaraz, la actual calle de los Arcos. La
casa era propiedad de la familia del antes citado don Atanasio de Alcalá y donde
vivió él cuando regresó del Ejército. Durante el siglo XIX y primeras décadas
del XX estuvo en la torre del antiguo convento dominico de San Juan. Cuando el
edificio, que servía de plaza de abastos y escuelas, fue demolido en 1949, el
reloj se colocó en la fachada del Ayuntamiento.
Este
edificio del Ayuntamiento viejo lo hemos conocido todos los de mi edad y
mayores. Sufrió asaltos y saqueos del invasor francés, y también de partidas
carlistas durante el turbulento primer tercio del siglo XIX, pero aguantó. Lo
que no pudo resistir fue a los avances de la “modernidad” y se demolió a
principios de los años setenta del pasado siglo. Salvando la enorme distancia,
es lo que se decía en Roma cuando el papa Urbano VIII Barberini arrancó las
puertas de bronce del Panteón para llevarlas al Vaticano: “Quod non fecerunt barbari
fecerunt Barberini” (lo que no hicieron los barbaros lo hicieron los
Barberini). El edificio actual tiene cierta dignidad, pero no es lo mismo ni
tiene la gracia popular barroca a la que aludía Carriazo. Al menos respetaron
el escudo de armas reales de Felipe V y lo colocaron en la fachada, entre el
reloj y el balcón, al que ya solo se asoman las banderas y los pregoneros de la
Feria.
La
otra foto es de la casa de don Juan Valeriano Jiménez Serrano, aunque
seguramente ya reformada y ampliada. En ella se puede ver el escudo de la
familia Serrano que hoy día está en las escaleras interiores del ayuntamiento.
También un gran balcón corrido a lo largo del primer piso. Cuando se demolió el
edificio se llevó la baranda a Tíscar y hoy está en el balcón de su fachada
norte, encima del restaurante. Esta casa tenía una larga historia. A principios
del siglo XX Bonifacio Amador instaló allí una fonda llamada La Moderna, como en la foto puede apreciarse en
el pequeño cartel sobre la puerta. Instaló también un casino que llamó Casino
de Quesada y que, por estar bajo la fonda, tenía un público
mayoritariamente forastero, de viajantes y gentes de paso, aunque también de
locales, pues allí hacían tertulia los que en 1931 constituyeron la candidatura
de Derecha Republicana. Muerto Bonifacio en un accidente de tráfico a finales
de los años veinte, su viuda Ramona Ceballos continuó con éxito el negocio. Era
un lugar intermedio entre el Casino, donde el actual Marisol, en el que hacían
vida los más hacendados, y el bar Relámpago, de clientela mucho más popular. En
1934 Ramona Ceballos alquiló los bajos a la recién constituida eléctrica
Fuerzas Económicas de Andalucía S.A., FEDA, donde estuvo hasta tiempos
recientes.
Creo
que este artículo debe ayudar a reflexionar sobre la extraña pasión quesadeña
por derribar y perder todo lo viejo, aunque no cabe hacerse muchas ilusiones. Y
menos a la vista de la “reparación” con cemento marca ACME de las partes bajas
del Arco de los Santos.
NOTA
SOBRE LAS FUENTES.
Las
dos fotografías comentadas pertenecen, como ya se ha dicho, al Archivo de la
Alhambra y fueron “descubiertas” por Enrique López Ríos. A él y a Telesforo
Ulierte les agradezco enormemente esta
valiosa aportación a la memoria visual de Quesada.
Las
noticias sobre el proyecto de reedificación de la casa están sacadas del “Libro
capitular de esta muy Noble, Leal y Antigua Villa de Quesada de este año de
1743” que se conserva en el Archivo Municipal. También de algún otro año como
el de 1734.
Los
datos sobre los vecinos de la Plaza y las viviendas que habitaban proceden en
buena parte de los memoriales o declaraciones individuales que presentaron los
vecinos en febrero y marzo de 1752 para los trabajos preparatorios de la Única
Contribución (Catastro de Ensenada). Están recogidas estas declaraciones en dos
tomos de legos (laicos) y uno de clérigos. Se conservan en el Archivo Histórico
Provincial de Jaén.
Finalmente
algunas informaciones, como la de D. Atanasio de Alcalá y su madre Dª Rafaela
de Lillo, proceden del archivo de la Real Chancillería de Granada. Para no
sobrecargar este texto divulgativo no se han añadido las notas
correspondientes, que están a disposición de cualquier interesado.
 |
| Portada del libro capitular de 1743. |