sábado, 2 de junio de 2018

PAUL GWYNNE en QUESADA





¿Y quien fue Paul Gwynne?

Hace poco en “El Adelantado de Cazorla”, un libro que se publicó en 1935, encontré una referencia a otro titulado "The Guadalquivir. Its personality, its people and its associations", cuyo autor era un tal Paul Gwynne. La cita estaba en el prólogo del primero, donde el prologuista Alfredo Ramírez Tomé, que había sido redactor jefe del periódico ABC en los años veinte, dice que entre sus libros conservaba  "uno muy curioso, lujosamente editado en Londres en 1912". Hubiera pasado de largo sin prestar mayor atención al asunto si el sr. Ramírez Tomé no hubiera añadido que “por lo que afecta a nuestra zona, en el sumario existen capítulos como los siguientes: Quesada and the Sierra de Cazorla", “The cura of Burunchel", “Bujaraiza, Mogon, Santo Tomé and El Molar..."

¡Un viajero inglés en Quesada a principios del siglo XX! Jamás había oído hablar de semejante cosa. Seguramente su publicación original, en inglés y en Londres, hizo que pasara completamente desapercibido por estas tierras tan monolingües.

Digo publicación original porque existe una traducción castellana. La hizo en el año 2006 la editorial Renacimiento, de Sevilla. La introducción de esta traducción es de Antonio Miguel Bernal, y en ella está la poca información que parece existe sobre el sr. Gwynne: "no hemos podido reunir otros datos personales que los que él mismo deja constancia en el texto: que era inglés de nacionalidad, de familia modesta lo que, según él, le condicionó a seguir los estudios de ingeniería en vez de los de arquitectura como hubiese deseado y que el libro fue escrito a comienzos del siglo XX y publicado en versión original inglesa por la editorial Constable and Company de Londres en 1912.” Parece que, además de esta, escribió otra obra de asunto español titulada “The Bandolero”, de 1905 y cuyo contenido podemos imaginar.

Analizando los asuntos por los que se interesa Gwynne y los temas que parece dominar, deduce Bernal que su especialidad como ingeniero no estaba referida a la minería, sector que acaparaba entonces los intereses inversores ingleses. Más bien, se relacionaba con las obras hidráulicas y de riego, también en expansión. No es el típico relato de los viajeros románticos ingleses del diecinueve por Andalucía; no hay toreros ni flamencos ni bandoleros, personajes que ya debía de haber tratado en su otro libro. Es la narración del viaje que hizo por el río, desde su nacimiento a su desembocadura, con descripciones geológicas, históricas, paisajísticas y culturales. Entremezcla, como una especie de propina artística, relatos supuestamente históricos, de carácter romántico y por los que pululan, absolutamente fuera de lugar, condes y princesas, halconeros y pajes. Cuentos románticos vestidos de romance morisco, o Ángel Alcalá Menezo en inglés.

Fuera de estas disgresiones, que entonces quedaban bien, la obra tiene su seriedad . El viaje por el río comienza en su nacimiento, haciéndose eco de la vieja polémica sobre su orígen, si está aquí enfrente de Quesada o en la sierra de María, donde las más lejanas fuentes del Guadiana Menor. Sabe de lo que está hablando y, aunque parece que se decanta por el Guadiana, no le da demasiada importancia al asunto porque, cuando el río alcanza las llanuras, es como si dijera “Cualquiera que sea mi origen (…) todos mis ancestros están aquí representados; al menos algunas de estas aguas provienen de la verdadera fuente original”.

Gwynne viajó por la comarca durante los primeros años del siglo XX. Llegó a Quesada en tren, a la estación o apeadero de Quesada. Hoy el ferrocarril no tiene ninguna importancia en las comunicaciones de Quesada y sin embargo, en su momento y por raro que nos parezca, era la puerta de entrada para casi todos los viajeros que llegaban al pueblo. La historia de esta estación, y de la línea en la que se encuentra, merecería una entrada aparte que pendiente queda.

Hasta que, bien entrado el siglo, se construyó el puente de la Sierra de las Cabras sobre el Guadiana Menor, ir desde Quesada a su estación y viceversa era bastante complicado. Más o menos por aquellos años, Ciges Aparicio también llegó a Quesada en tren para pasar en el pueblo todo el verano de 1909. Del trayecto dejó escrito: “El viaje en caballería tenía que ser largo al través de un terreno quebrado y en ocasiones peligroso”. Y entre los peligros destacaba el cruce del río, sin puente, en una barca sujeta a un cable: “Ahora he de vadear en barca un ancho río…” [1] Todavía en los mapas del Instituto Geográfico aparece el topónimo “Venta del Barco”, en algunas ediciones "del Yeso", frente a las Hermosillas, por donde se cruzaba y vadeaba el Guadiana Menor.


Estación de Quesada. Con "tinta carmín" se reflejó en 1900, sobre la
minuta original del s. XIX,  la línea férrea y la estación de Quesada.



Paul Gwynne también llegó en tren, sorprendido porque junto a la estación no había pueblo, porque no se veía Quesada: “Lo cierto es que, incluso en la actualidad, la naturaleza de la región sigue dando continuas muestras de  perversidad, y así por ejemplo, las vías de ferrocarril parecen haber sido  construidas con la ayuda del Maligno. Jamás volveré a hacer el más mínimo caso al nombre de ninguna  estación de tren española. Ya la experiencia me había enseñado que la estación bien puede hallarse a tres o cuatro kilómetros de la ciudad a la que pertenece, pero cuando escribí a Ángel Pizarro para decirle que nos encontraríamos en la insignificante y abandonada estación de Quesada arriba en el monte —él tenía que  llegar desde Huéscar— yo no podía siquiera imaginar d profundo abismo que habría entre la realidad y lo que prometía el indicador de la estación.” Su amigo Ángel, que lo acompañará en el viaje, lo está esperando y sonríe imaginando la sorpresa de Gwynne: “mientras me veía mirar de un lado a otro en busca de Quesada preguntándome dónde diablos la habían puesto.”

Minuta del Instituto Geográfico, 1878, con el puente de la Sierra de las Cabras, "en construcción",
y una "barca de maroma" en la Venta del Yeso


El desplazamiento hasta Quesada, como el de Ciges y todos los viajeros de aquel momento, se hizo en caballería: “Tras esto, salimos de la estación y me llevó hasta tres mulas que estaban atadas a un eucalipto. Me ayudó a atar con correas mi equipaje a una de ellas y, cuando me hube recuperado de la sorpresa, avanzábamos por un camino polvoriento. Ángel tiraba de la mula libre para que avivara el paso y pudiéramos llegar a Quesada antes de la caída de la noche (…). La carretera de la estación nos hizo dejar atrás varios montes antes de llegar a  Quesada. Unas veces tuvimos que atravesarlos; otras, la carretera serpenteaba una y otra vez sin cesar para dejarlos a un lado. Frente a nosotros se erguía el Poyo junto a otras crestas de las Sierras de Cazorla y Pozo Alcon.” Con el “Poyo” se refiere al Poyo de Santo Domingo, el monte público justo enfrente de Quesada, por encima de Majuela.

Gwynne, tomaba notas y referencias geográficas de los lugares por los que pasaba y que, a veces, eran solo aproximadas. Dice, por ejemplo, que Burunchel  “se halla acurrucada en una ladera de la sierra de Pozo-Alcón” En alguna ocasión parece que se confunde hasta de continente y, conforme se acerca a Quesada, dice que “el terreno por el que avanzábamos era difícil y abrupto, a veces cubierto de pizarra gris, a veces con signos de erosión. El palmito enano, una pequeña palmera como del tamaño de una mata de grama, se ve con frecuencia en estas regiones montañosas. El corazón de la raíz, que se desentierra y luego se monda con una navaja de bolsillo, sabe a nueces.” Bueno está lo de la pizarra, inexistente en estas sierras calizas, pero el palmito comestible sólo se encuentra en Quesada en los supermercados.[2]





Pero fuera de estas pifias sus descripciones son bastante atinadas. Transcribo completo el resto del capítulo:

“Quesada es una pequeña población rural de unos seis o siete mil habitantes magníficamente situada y con vistas a los montes de pinos y robles de Cazorla por un lado y a la Sierra del Pozo por el otro. Un afluente del Guadiana Menor —supongo que se le el nombre de Quesada— baña la región, que posee numerosos huertos de tentadores árboles frutales y viejos pozos entre las casas dispersas. La altura es demasiado elevada como para que los naranjos florezcan en gran número, pero los olivos son abundantes en las soleadas laderas de los montes circundantes, y gracias a ellos en la zona se produce aceite. También hay manantiales salinos, y en otros tiempos allí se acostumbraba a manufacturar sal.

Quesada es sumamente antigua. Fue reconquistada a los árabes en el año 1155, vuelta a recuperar más tarde, nuevamente reconquistada a continuación y así una y otra vez. En las manchas de terreno fértil rodeadas de baldíos de la zona también se produce el esparto y el cáñamo. En época de los árabes, sin embargo, estos parchecillos de suelo fructífero eran mucho mas productivos, pues también lo eran sus métodos de irrigación y siembra.

Llegamos a Quesada cuando el sol se ponía, después de adelantar a un grupo de campesinos  que volvían cantando del campo. ¿Que habrá en la tierra capaz de hacer tan  felices a unos hombres que no comen carne más que los fines de semana y rara vez prueban siquiera el pan blanco? Imagino que al llegar a casa les esperaba una cena a base de gazpacho, una especie de sopa de agua y vinagre con trozos de pan,  pepino y cebolla. Con suerte, a la hora del almuerzo habrían tomado un par de trocitos de queso manchego rancio y quizá incluso unas cuantas buenas aceitunas gruesas seguidas de algo de fruta y agua. Siguieron caminando alegres hasta el final del camino. Los más circunspectos del grupo eran un viejo sin dientes y una burra cargada con unas cestas repletas de herramientas. La burra no parecía prestar atención mas que a un hermoso burrito que no dejaba de curiosear de un lado a otro del camino desafiando a los campesinos con sus coces. La vieja burra mostraba una llaga en el lomo y tenía la piel cuarteada y llena de parches como si volviera de la guerra. Sin embargo, sus grandes ojos parecían llenos de satisfacción cuando su cría jugueteaba ante ella, y cada vez que se rezagaba, se hacía ligeramente a un lado y volvía las orejas.

«¡Buenas tardes, señores!», saludó Ángel, «¡Buenas tardes!» respondió de inmediato el grupo de campesinos, que luego nos observó pasar en silencio. Sólo se oían las pisadas de nuestras mulas y de la burra vieja. Algunos hombres caminaban descalzos y el resto llevaba alpargatas. El burrito nos adelantó al galope al entrar en el pueblo, donde los hombres dejaron de cuchichear pues en ese momento sonaban las «animas» de un campanario cuya pobreza denunciaba la única y monótona nota que podía ejecutar. El sol se hundía majestuosamente tras la lejana Sierra Morena.

Fue aquella una noche deliciosa. Nos alojamos en la casa de dos plantas de un amigo de Ángel, una casa con su propio jardín, situada entre Quesada y Belerda. Antes de irnos a dormir, volvimos dando un paseo al pueblecito para tomar un café y oír las discusiones entre los parroquianos de la cafetería y de la barbería adyacente. El camino estaba tranquilo y sólo se oía de vez en cuando en la distancia el sonido de las canciones y las risas de unas niñas. Nosotros éramos el acontecimiento del día.”


Ilustración que acompaña a las páginas dedicadas a Quesada


Al día siguiente, muy de mañana, salen a pie los dos viajeros para alcanzar el nacimiento del Guadalquivir. La descripción del paisaje es somera y ni siquiera  parece que llegaran al nacimiento del río, cuya determinación es cosa convencional y administrativa que para él poca importancia tiene.[3] Habla de forma general de la Sierra, de la fauna y de la flora confundiendo, como buen inglés, las encinas y los quejigos con los robles. Cuando queremos darnos cuenta ya está en el llano, cerca de Mogón.  Entremedias ha metido una de sus disparatadas historias caballerescas: “Desde Quesada llegaba al galope una partida de caza con halcón. La Sierra de Cazorla es conocida por la fama de sus halcones más que ningún otro lugar de Europa” (¡!) Son varias páginas de batallas medievales bastante improbables, que parecen sacadas  de una película yanqui de los años cincuenta o así. El resto del libro transcurre, como es lógico, aguas abajo.

Pero en los anteriores párrafos se puede reconocer Quesada. Las casas dispersas rodeadas de huertos son los cortijillos de la Vega y el Llano. Las salinas existieron hasta hace muy pocos años. La finca del amigo de Ángel, donde duermen, es sin duda El Chorradero, propiedad entonces de Laureano Delgado. Y la cafetería, café en el original inglés, seguramente el viejo casino o la fonda junto al ayuntamiento. Aquella tarde noche de principios del siglo XX, efectivamente, serían “la atracción del día…”

Muy interesantes son los párrafos que dedica a la gente que vuelve del campo y cuyo contento, a pesar de su extrema pobreza, le llama la atención y le extraña a la vez: “¿Que habrá en la tierra capaz de hacer tan  felices a unos hombres que no comen carne más que los fines de semana y rara vez prueban siquiera el pan blanco?” Lo de carne los fines de semana es un exceso porque no había fines de semana por aquí en aquellos tiempos, ni la mayoría comía mucha carne aunque fuera domingo. Pero lo llamativo de este pasaje es su paralelismo con el que escribió Ciges Aparicio en Villavieja, en su encuentro con el grupo de aceituneros, y que repitió, a finales de los años veinte en un artículo periodístico.[4]  La de Gwynne es una visión casi turística y lejana. La de Ciges, social y de denuncia:

“Uno de mis compañeros observa:

—Pero los andaluces somos muy sobrios. El aire y el sol nos alimentan.

Ella no comprende la ironía, y responde con vivacidad:

—!Ay, señorito de mi alma! Pues crea usted que estarnos ya hartos de alimentarnos con aire y con sol. Lo que ahora nos hace mucha falta para ver si echamos otro pelo, es un buen trozo de carne y tal cual pescadito de añadidura.”

Y finalmente, la prueba definitiva de que Paul Gwynne era inglés y protestante, seguramente furioso: Ni en sus relatos caballerescos medievales ni en la descripción del paisaje, en ningún sitio, se menciona a la Virgen de Tíscar. Debe ser una e las pocas cosas escritas sobre Quesada en la que no aparece ni Zabaleta ni la Virgen de Tíscar.




[1] “El desamor a la tierra”, Nuevo Mundo, 5 de agosto de 1909
[2] El palmito autóctono peninsular, que no es comestible, tampoco existe en Quesada porque es una especie costera.
[3] Para él  no está claro donde está exactamente dentro de esta sierra haciéndose eco de las discrepancias entre la Comisión Central Hidrológica que habla del cañón de “Aguas Frías” y el Instituto Geográfico que lo sitúa “en concreto en uno de los montes, llamado Poyo de Santo Domingo y muy próximo a Quesada, cuyos alrededores se conocen con el nombre de Siete Fuentes.”
[4] “Aire y sol”, La libertad, 6 de mayo de 1927.

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