jueves, 1 de septiembre de 2022

Las epidemias en Quesada (ss. XIX y XX).

 

Noticia de la primera vacuna de viruela en Quesada año de 1799


Este artículo se publicó en la Revista de Ferias de Quesada de 2022.


Las últimas generaciones, prácticamente todos los que estamos vivos a esta fecha, estábamos en la convicción de que las epidemias eran cosa del pasado, de unos tiempos remotos felizmente superados. Por suerte la Humanidad había conseguido dominar este azote y ya solo moría gente en países lejanos y pobres donde la medicina sigue siendo muy precaria. La reciente epidemia de COVID nos ha sacado del error y puesto en nuestro lugar. Los fantasmas del pasado han vuelto.

Las epidemias (también las guerras) han sido el gran azote de la Humanidad. No se conocían sus causas y se interpretaban como un castigo divino. Quesada también vivió sometida a las enfermedades epidémicas. Sirva como ejemplo el año de 1570, cuando el Ayuntamiento mandó poner un alguacil en la Venta de Poyatos (Huesa) para evitar que llegasen al pueblo “los muchos enfermos que vienen de Baza y otras partes de enfermedad contagiosa (que) se ha pegado en esta villa y mueren muchas personas, y no caben (en) los espitales ni tienen con que curallos”. Fue esta una de la últimas epidemias de peste que sufrió Quesada y que estuvo originada por los grandes movimientos de población y tropas consecuencia de la rebelión morisca conocida como Guerra de las Alpujarras.

En este artículo me voy a ocupar de tiempos más recientes, de los siglos XIX y XX cuando la peste fue sustituida por el cólera, la difteria, el tifus, la gripe y sobre todo la viruela, la enfermedad que seguramente más quesadeños ha matado. Pero paradójicamente hay que empezar la historia con una buena noticia relacionada precisamente con la viruela: las primeras vacunas en Quesada.

El 27 de junio de 1800, ahora hace 222 años, El Mercurio de España publicaba la noticia de un novedosísimo método de prevención de la viruela que se había aplicado en Quesada, “Reyno de Jaén”. Según este periódico (la noticia la difundió también el diario oficial La Gaceta) desde febrero a octubre de 1799 “Don Manuel María Gallego, médico en la ciudad de Baeza, y que en el año pasado fue titular de la villa de Quesada”, introdujo en el pueblo la “inoculación” de pus de vaca afectada de viruela (en estos animales se desarrollaba una variante más benigna) según el método del Dr. O´Scanlan. Era este doctor un médico nacido en Inglaterra pero de origen irlandés y católico, que como tantos irlandeses en el siglo XVIII había emigrado a España por motivos religiosos. Timoteo O´Scanlan ejercía como médico militar del Regimiento de Hibernia (irlandeses católicos) en el Ferrol y llevaba años trabajando en el tema. La noticia de la aplicación de esta primitiva vacuna en Quesada resulta sorprendente si consideramos que, según la literatura anglosajona, el inventor de la vacuna de la viruela fue Edward Jenner (que aplicaba el mismo método que venía siguiendo O´Scanlan desde años atrás), que la usó por primera vez en un niño el año 1796, apenas tres antes de que se emplease en Quesada.

Según El Mercurio, Manuel Gallego tomó dos precauciones de partida: hizo que la primera inoculación la efectuase otro médico, el titular de Cazorla Juan Rodríguez Carrillo, y que el primer vacunado fuese su propio hijo, que además lo era único. Esta operación “produjo el acostumbrado feliz efecto” y varios vecinos convencidos hicieron vacunar a sus hijos. Se vacunó en total a 168 niños de ambos sexos “sin haber peligrado ninguno de ellos, y continuado después todos con robusta salud”. En el resto de la población la viruela hizo estragos, por lo que El Mercurio terminaba deseando que la inoculación se extendiese y se “desterrase de una vez la vana preocupación que tienen muchos contra ella”. Hay que recordar la fecha, 1799, cuando en Quesada se aplicó una técnica de absoluta vanguardia mundial.

Pero no se cumplieron los deseos del periódico (muchos siguen hoy renegando de las vacunas) y la viruela siguió matando a numerosos quesadeños. El 28 de octubre de 1897 se leía en el Diario de Córdoba: “Va aumentando la epidemia variolosa por las provincias andaluzas. A las de Sevilla y Málaga, que hemos dicho la venían sufriendo, tenemos que añadir hoy la de Jaén, pues nos dicen que se ha presentado en Quesada”. Poco después, 14 de febrero de 1898, en El Popular de Granada, comprobamos los terribles resultados de este brote: “En tres meses han ocurrido en Quesada 400 invasiones de viruela, falleciendo solamente 60; 21 varones y 39 hembras”. Se siguió utilizando la vacuna, pero a menudo no de forma preventiva sino cuando la enfermedad ya se había presentado. Así por ejemplo, en enero de 1900 el pleno municipal acordó comprar una “ternera vacunífera” para utilizar sus pústulas en la “epidemia variolosa que desgraciadamente se ha presentado en la población”.

En el invierno de 1909 hubo que clausurar las escuelas a causa de un nuevo brote, siendo necesario arreglar el retrete de las mismas, “que está en malísimas condiciones”. Este cierre ocasionó que los exámenes se retrasaran al 15 de julio. En 1913 hubo viruela en Collejares y se inició otra campaña de vacunación. En 1918 se repitió la epidemia en Quesada. En una fecha todavía más cercana, invierno de 1940, la viruela hizo estragos por última vez. Afectó especialmente a Belerda y se ordenó la vacunación masiva de toda la población. No obstante en el mes de febrero de aquel año hubo, entre Belerda y Quesada, 17 muertos, la mayoría niños. La Junta local de Sanidad, ante “la realidad del foco epidémico de viruela que estamos padeciendo, seguido de numerosas invasiones y de bastantes casos de fallecimiento”, tomó una serie de acuerdos como encalar interior y exteriormente todas las casas del pueblo, limpiar calles y alcantarillas prohibiendo verter aguas sucias a la vía pública, retirar los estiércoles estancados en el interior y en las salidas del pueblo, etc. Y también otras medidas que nos sonarán bastante más: “En vista de que la epidemia de viruela aconseja como medida de precaución elemental la no aglomeración de personas en locales cerrados” se propone el cierre de las escuelas. Pero la más llamativa fue “poner una tableta o cartón en las puertas de las casas donde existan casos de viruela, con la siguiente inscripción: ¡Precaución! Hay viruela”.

Difteria y tifus.

Además de la viruela otras enfermedades también provocaron estragos en el pueblo. A los pocos meses de La Gloriosa, la revolución de 1868 que acabó con el reinado de Isabel II y en la que tuvo gran protagonismo el general Serrano Bedoya, un brote de tifus asoló Quesada. No hay datos sobre el número total de afectados y muertos, pero sí se sabe que tuvo su punto álgido en abril de 1869. La propagación del tifus está directamente relacionada con las condiciones higiénicas y ya se sabía entonces. Por eso el Ayuntamiento acordó mejorarlas haciendo desaparecer de las calles el estiércol, los escombros y los “materiales fecales que puedan corromper el aire”. Sin embargo el agua de la única fuente pública del pueblo, que era el gran problema, no pudo ver mejorada en parte su calidad hasta que unos diez años después se construyó una nueva traída de aguas.

Como consecuencia del tifus murieron los dos médicos titulares afectados tras su contacto continuo con los enfermos. Al inicio del brote, diciembre de 1868, falleció el segundo titular, Manuel Segura Villalta. Desde ese momento quedó solo ante la epidemia el primero, Epifanio Gutiérrez, que a su vez murió en mayo. Poco después el Ayuntamiento hacía constar en acta su agradecimiento, dando de paso noticias de lo que había sucedido: "el Médico Cirujano Titular de esta Villa, esclavo de su deber, asistió a esta Población en su totalidad desde diciembre último en que falleció el otro facultativo hasta Mayo en que ocurrió el fallecimiento del Gutiérrez a consecuencia del tifus reinante; que a consecuencia de esta enfermedad epidémica que por desgracia hizo muchas víctimas y las circunstancias de estar vacante la otra titular, todo el servicio médico que demandó la humanidad doliente en esa época la prestó el Sr. Gutiérrez con un celo y eficacia dignos de elogio y recompensa”.

 

La difteria también estuvo siempre presente en Quesada. Era conocida como garrotillo, porque sus efectos en el cuello y rostro recordaban a los producidos por el garrote vil, tradicional método de ejecución. La primera noticia de esta plaga es de octubre de 1893 (lo que no significa que no se diera antes). La Junta local de Sanidad acordó proponer “medidas de higiene y limpieza para evitar la propagación y desarrollo de la enfermedad que venimos experimentando, denominada la difteria”. El Ayuntamiento acordó que se pregonara el bando correspondiente ordenando la limpieza de calles, casas y alcantarillas. También que se adquirieran “los cuerpos químicos” para la desinfección de las ropas, casas y cadáveres.

 

Al igual que sucedió con la viruela, también con la difteria se benefició Quesada de los descubrimientos médicos más novedosos. En mayo de 1895 el Ayuntamiento acordó comprar, a propuesta de los médicos, “11 botes del referido suero que tan buen resultado han conocido que ha dado”. Justificaban el gasto en que este novedoso suero llevaría  “el bienestar y la tranquilidad a tantas madres que viven llenas de zozobra”. Se estaban refiriendo a la llamada antitoxina diftérica, que apenas cinco años antes había descubierto Emile Roux, colaborador de Pasteur.

 

Cólera.

 

Pero sin duda en materia de epidemias el cólera, o colera morbo asiático como era conocida, es la que más se identifica con el siglo XIX. Sus periódicos brotes suscitaban terror, especialmente en las ciudades donde el hacinamiento de población favorecía su propagación. Tal era el miedo que provocaba que en 1834 se extendió por Madrid el rumor de que habían sido los frailes, siempre sospechosos de carlismo, los que había contaminado las aguas como arma para favorecer al rebelde pretendiente don Carlos. De resultas se produjo una matanza de frailes que costó bastante controlar.

 

Esta epidemia de 1834 fue especialmente virulenta en Andalucía durante el verano. En Quesada los primeros casos se dieron el 22 de julio. Para el día 24 se contaban 30 invasiones (casos) de los cuales siete estaban graves y uno había muerto. Entre ese día y el 8 de agosto llegaron a 30 los muertos. Quesada fue puesta en aislamiento prohibiéndose la entrada y salida de personas. El 15 de agosto se cantó el Te Deum, ceremonia religiosa que marcaba oficialmente el fin de la epidemia. Desde ese momento se contaban treinta días más de cuarentena durante los cuales los residentes en Quesada seguían sin poder salir del término municipal.

 

En 1854 y 1855 el cólera, aunque con menos intensidad que en otros puntos de la provincia, volvió a castigar Quesada,. En agosto se formó una Junta de Sanidad compuesta por el párroco, alcalde y concejales, dos “vecinos honrados” y los dos médicos titulares para tomar medidas “en atención que el cólera morbo parece se halla en la provincia y por lo tanto el grave peligro que corre el vecindario”. La noticia curiosa de esta epidemia fue que en noviembre había que ir a Jaén para negociar con Hacienda el cupo que por contribuciones correspondía pagar a Quesada. Pero por “cartas particulares” se había conocido que “la capital de la provincia (se haya sufriendo) el azote del cólera morbo” y ningún concejal se prestó al viaje. Por eso el Ayuntamiento tuvo que nombrar como representante, aun a riesgo de que no defendiera los intereses del pueblo con suficiente celo, a un agente que vivía en Jaén.

2020 fue el año sin ferias. Lo que yo todavía no sabía cuando entonces presenté la Revista de Ferias es que no fue la primera vez que por una epidemia hubo que suspenderlas. Ya ocurrió en 1860, año en el que el general O´Donnell (de una de esas familias irlandesas que emigraron a España en el siglo XVIII) se aprestaba a la guerra con Marruecos y a la conquista de Tetuán. Las guerras siempre han estado unidas a las epidemias porque los ejércitos juntaban a muchos hombres y sus movimientos difundían el mal.

El 7 de agosto de aquel año el alcalde Simón Bedoya se dirigió al pleno municipal informando que en Hinojares “estaba haciendo estragos la enfermedad reinante en otros puntos” (parece que daba miedo incluso escribir el nombre, cólera). En pocos días iban a celebrarse los actos religiosos del 15 de agosto “así como también las ferias que deben tener lugar en los días 25, 26 y 27 del corriente”. Temía con razón el alcalde que la concurrencia de forasteros “alterase la salud pública” y propuso la suspensión de procesiones y ferias, “sin perjuicio de que luego que desaparezcan los temores que existen en la actualidad, tengan efecto”. Así se aprobó y se acordó además, para evitar la aglomeración de personas en espacios cerrados, “suspender las funciones teatrales ínterin duran las circunstancias actuales y que se comunique a los actores para su conocimiento”.

 

Tres días después un tal Mario Mojica, “en nombre de la compañía cómica que se halla actualmente en esta villa”, presentó un escrito al Ayuntamiento pidiendo que “no se impida la continuación de las representaciones teatrales, pues de lo contrario se verán en la necesidad de implorar la caridad pública”. El Ayuntamiento contestó que la suspensión de actos tenía como fin “evitar grandes reuniones que puedan perjudicar la salud pública” y que no parecía procedente “suspender las funciones religiosas permitiendo la continuación de las profanas”. Por eso se ratificó la suspensión, aunque se quiso ayudar a los cómicos abriendo una suscripción popular que recaudase el dinero suficiente para que la compañía pudiera trasladarse a otro pueblo.

 

La última gran epidemia de cólera fue la de 1884 y 1885. Aunque no existe un balance oficial de muertos hay bastante documentación sobre este brote. Se conserva en el Archivo Municipal, por ejemplo, el cuaderno de 47 páginas con las medidas que propuso la Junta local de Sanidad para evitar en lo posible que la enfermedad llegase a Quesada y, que si lo hacía, poder paliar sus efectos. Este documento da mucha y buena información sobre la vida cotidiana del pueblo, sobre cómo era el aspecto de las calles, cómo el comercio y los productos que se vendían, las tabernas y tiendas de licores, etc. Tratarlo aquí alargaría en exceso este artículo y merece la pena dedicarle en otra ocasión uno específico pues creo lo merece.

 

De esta epidemia salió el pueblo relativamente bien parado. En la comarca afectó especialmente a las zonas bajas, cercanas al Guadalquivir y al Guadiana Menor (Collejares), a Peal y a Santo Tomé. No obstante, en Quesada también hubo fallecidos y se habilitó un lazareto donde debían guardar cuarentena los sospechosos de estar contagiados antes de entrar en el pueblo. A fin de alejar la enfermedad, los enterramientos de las víctimas no se hicieron en el cementerio, sino en Lacra, en el que pasó a ser conocido como “cortijillo de los muertos”, donde permanecieron hasta 1942. Como en todas las epidemias de cólera, el ánimo de los vecinos se vio muy perjudicado. En el pleno de 23 de noviembre de 1884 se informó que los vecinos de las calles Nueva y San Juan (Coronación) protestaban por el toque de las campanas de las iglesias del Hospital y del Convento, que quedaban muy bajas y a la altura de los tejados colindantes. Se acordó que “por hallarse este vecindario bastante compungido por las noticias que se tienen del cólera”, se suprimiesen los toques de campana “por ahora, por lo menos para los entierros”.

 

Las primeras noticias de la plaga se tuvieron en el verano de 1884 y se cantó el Te Deum de finalización de la epidemia el 6 de octubre de 1885. El momento álgido fue el verano de 1885. Las ferias no se suspendieron, pero se vieron poco concurridas. El arrendatario de la tasa de Pesas y Medidas se quejó al Ayuntamiento de los perjuicios que estaba sufriendo en sus ingresos por “la falta de afluencia de forasteros a esta villa (…) ya por la invasión colérica en toda la comarca y también por los obstáculos que se oponen en la vigilancia o cordón que hay puesto”. La epidemia resultó muy benigna en Belerda, lo que el maestro de allí, Pedro Puerta Martínez, atribuyó en un opúsculo publicado a su costa y titulado “Flores de la Fantasía. Coronación poética dedicada a N.ª S.ª de Tíscar”, a la milagrosa intervención de la Virgen. No dijo nada sobre la epidemia de viruela que por las mismas fechas asoló aquel rincón y que obligó a cerrar la escuela durante varios meses.

 

Gripe

 

Y por último la epidemia de la que tanto hemos oído hablar estos últimos tiempos, la gripe de 1918 llamada gripe española por razones que ya todos conocemos. Nacida y difundida por los movimientos de los ejércitos participantes en la Gran Guerra, favorecida por el hacinamiento de los soldados en cuarteles y trincheras, en pocos meses se extendió por todo el planeta. La primera ola, primavera de 1918, afectó poco a Quesada al igual que la tercera, inicio de 1919. Con más gravedad lo hizo la segunda, en el otoño de 1918. La “grippe”, como entonces se escribía, entró en Andalucía desde Levante por los pueblos del norte de Granada, donde tuvo efectos trágicos. Quesada salió relativamente bien parada, pero su efecto no fue despreciable.

 

La primera noticia conocida es del 5 de octubre de 1918. La Junta provincial de Sanidad había ordenado el blanqueo interior y exterior de todos los edificios del pueblo para desinfectarlos. De poco servía esta medida ante un virus respiratorio, pero algo había que hacer (fue el equivalente al reciente baldeo de calles para su desinfección). El caso es que no había cal suficiente en el pueblo para blanquearlo todo a la vez y el Ayuntamiento se vio obligado a solicitar de urgencia al ingeniero jefe de Montes una calera en los montes del Estado, en la sierra, para fabricar el producto, ya que no se podía traer de otro sitio pues en todas partes había escasez.

No se conserva (o no he localizado) el cuaderno de la Junta local de Sanidad, pero por una alusión en el pleno municipal de 24 de octubre se sabe que se tomaron medidas. Ese día se acordó que "en atención a las circunstancias y vistos los estados epidémicos por los que atraviesan los pueblos limítrofes y casi España entera, el Sr. Presidente (alcalde) hizo presente a la Corporación la necesidad urgente de adoptar medidas enérgicas tanto para evitar el contagio cuanto para combatir los casos que pudieran darse (y) que se cumplan «con exactitud» los acuerdos tomados por la Junta de Sanidad”. Se acordó también que “si los desinfectantes no corren por cuenta del Estado, su importe y el de los trabajos de saneamiento se paguen por el Ayuntamiento” con cargo al capítulo de Imprevistos.

 

La multiplicación de casos desbordó a los médicos y se resintió el servicio, especialmente para los pobres (los beneficiarios de la Beneficencia Municipal) y los vecinos de Belerda. El 19 de octubre se leyó en el pleno un escrito presentado por "vecinos de esta ciudad y moradores de la aldea de Belerda" quejándose del abandono en que se encuentra el “servicio benéfico-médico no girándose las visitas a enfermos pobres comprendidos en las listas de Beneficencia residentes tanto en esta ciudad como en la antedicha aldea de Belerda”. El Ayuntamiento se limitó a instruir un expediente informativo “para averiguar la verdad”. Aunque resultaron los más perjudicados, los pobres no fueron los únicos que murieron. El 14 de octubre falleció de gripe Cipriano Ruiz García, histórico oficial 1º y secretario municipal que había iniciado su carrera en el Ayuntamiento en 1869. Su muerte fue muy sonada porque era persona conocida que había sido presidente de la cofradía de la Virgen y autor de la reforma de sus estatutos en 1907.

 

Entre octubre y diciembre de 1918 hubo en Quesada 28 muertos a causa de la gripe según el Registro Civil: 11 en octubre, 9 en noviembre y 8 en diciembre. El primer fallecido se produjo el 1 de octubre y el último el 16 de diciembre. Seguramente fueron más los afectados, porque en bastantes inscripciones de defunción no se especifica la causa de la muerte. Para este cálculo de 28 solo he contado los que están identificados con enfermedades respiratorias (gripe, neumonía y bronquitis). Fue una mortalidad importante, bastante mayor y sucedida en menos tiempo que la que ha producido en el pueblo el COVID, pero no tuvo nada que ver con el cataclismo sufrido en otros lugares. En algunos pueblos de Granada (Albuñol, Cúllar o Guadix, donde murieron 41 personas en un solo día) se multiplicó por 10 la mortalidad. Si hubiera ocurrido en lo mismo en Quesada se contarían más de 400 muertos.[1]

En Quesada seguramente fue vivida la epidemia con más miedo por los menos afectados, las personas acomodadas que sabían leer y que conocían las terribles noticias que publicaba la prensa. Para el resto, acostumbrados a morirse sin saber de qué, no fue nada extraordinario. Durante esos tres meses murieron en el pueblo seis niños de raquitismo,  cuatro de difteria y uno de sarampión. Otros diez menores de cinco años pasaron a mejor vida sin que en el Registro se especifique la causa de su defunción. Para los que no se enteraron de lo que sucedía en Madrid o en el frente francés, aquel fue un otoño más en el que la muerte era la compañera habitual de las gentes en su día a día.

Este artículo está dedicado a la memoria de las quesadeñas y quesadeños que ha perdido la vida con el COVID y a los que lo han padecido en su persona o en sus familias. No está dedicado a los que todavía no se han enterado, o querido enterar, de que la investigación científica, las vacunas, son el invento que, de largo, más vidas ha salvado en toda la historia de la Humanidad. Que al menos sirva esta pequeña historia de las epidemias en Quesada para que recordemos que, a pesar de tantos avances, no dejamos de ser una más de las muchísimas especies animales que habitan la Tierra.



[1] Los datos de Granada proceden del artículo de Gabriel Pozo Felguera La gripe que mató a miles de pobres en pueblos y no llegó a la Gran Vía, publicado el 1-3-2020 en El Independiente de Granada. La epidemia parecía “caprichosa” porque afectó menos a Granada capital. Pero no fue capricho, fue más bien resultado de las diferencias económicas y sanitarias entre la ciudad y los pueblos dejados de la mano de Dios.




viernes, 24 de junio de 2022

1878. QUESADA en la Exposición Provincial de Jaén. El jardín y Alcalá Menezo.

La etiqueta de los productos de Quesada
en la Exposición Provincial.


Seguramente más de uno habrá oído una vieja historia sobre la participación de Quesada en una exposición universal, al parecer alguna de las de París en el siglo XIX. En ella los higos secos de Quesada habían obtenido un segundo premio en su categoría, solo por detrás de los acreditadísimos de Esmirna. He buscado alguna referencia documental a este asunto sin encontrar nada (por cierto, a la Exposición Universal de Filadelfia de 1877 sí se mandaron desde Huesa trabajos realizados con esparto, BOPJ de 24-2-1876). Pero aunque no se pueda comparar con la de París, hay abundante documentación sobre la participación de Quesada en la Exposición Provincial de Jaén de 1878.

Con posterioridad a la publicación de este artículo, la bibliotecaria de Quesada, Teresa Heredia Laso, ha solucionado mi problema de mala cabeza recordándome que es en Villavieja donde Ciges Aparicio le hace decir a don Luis Obregón (Alcalá Menezo): 

¿Y recuerda usted el alentador ensayo que con los higos de nuestras huertas hizo mi hermano Leandro? En París les dieron el segundo lugar, después de los de Esmirna y al lado de los mejores marselleses.

Si Ciges no se inventó la cosa (las noticas de esta novela suelen tener, al menos, un fondo de realidad) esta historia de los higos fue cierta y protagonizada por Manuel Antonio Alcalá Menezo (Leandro Obregón).

Las exposiciones universales se prodigaron a lo largo del siglo XIX. Ideadas para mostrar y difundir los  avances científicos, en ellas competían (sin necesidad de guerras) las grandes potencias exhibiendo sus propios logros técnicos y económicos. Quien visitaba alguna de estas exposiciones podía decir que había visto los últimos y más novedosos inventos de la Humanidad. El espíritu de estas exposiciones fue calando hacia abajo y aparecieron exposiciones nacionales, regionales e incluso locales por todas partes. Detrás de estas exposiciones existía un interés económico, pues se suponía que daban a conocer al mercado lo mejor de las producciones de cada cual.

El 23 de enero de 1877 publicaba el periódico de Madrid La Producción Nacional, Crónicas ilustradas de exposiciones nacionales y extranjeras, una carta remitida desde Jaén por Joaquín Ruiz Jiménez. En ella el autor hace una sentida defensa de las exposiciones como instrumento de paz y concordia entre las naciones, sustituyendo la guerra por la pacífica competición y el conocimiento mutuo. Tras un balance de las numerosas exposiciones sectoriales y provinciales convocadas en España, anuncia que la Sociedad Económica de Amigos del País de Jaén había decidido organizar en el otoño de ese mismo año la correspondiente a esta provincia. Como iba a coincidir con las de Sevilla y Granada, Ruiz Jiménez proponía que fueran el germen de una exposición regional de Andalucía y que cada año se organizase en una de las ocho capitales.

Joaquín Ruiz Jiménez era un joven abogado de Jaén que más tarde inició larga carrera política dentro del partido liberal, llegando a diputado, senador, alcalde de Madrid y ministro de la Gobernación. Por retrasos en la financiación (la Diputación no llegó aquel año a consignar partida en su presupuesto) la exposición hubo de retrasarse año. En el número extraordinario del Boletín Oficial de la Provincia de 23 de enero de 1878, el gobernador civil anunciaba que se celebraría el próximo verano y que serviría para “solemnizar” en la provincia la boda de Alfonso XII con su prima Mercedes (al final lo que se solemnizó fue la muerte de Mercedes, fallecida en junio de aquel mismo año). La Exposición Provincial se inauguró el 7 de agosto de 1878 con una buena repercusión en la prensa. En ella Quesada tuvo un importante, y sorprendente, protagonismo.

La Exposición Provincial en La Ilustración
Española y Americana.


El protagonismo de Quesada no se debió ni a la pujanza económica del pueblo ni a un interés y esfuerzo colectivo, pues fue fruto de una sola persona: Ángel Alcalá y Menezo. Nacido en 1845, hijo de Eduardo Alcalá Vela, rico propietario de tendencias carlistas, fue una de las personalidades más destacables del siglo XIX quesadeño. Como político transitó desde el carlismo de su juventud hasta la izquierda dinástica. En esta corriente, seguidora de la estela del general Prim y la revolución de 1868, fue donde su implicación política resultó más activa y relevante. Su carrera continuó en Filipinas, donde desempeñó la gobernación de varias provincias hasta que, tras su enfrentamiento con el general Valeriano Weyler, fue cesado y regresó a la Península con la salud quebrantada. Murió en Quesada el 10 de mayo de 1895.

D. Ángel fue periodista, poeta y, sobre todo, autor de Pedro Hidalgo o el Castillo de Tíscar, novela histórica romántica al estilo de Gil y Carrasco en El señor de Bembibre. Publicada inicialmente como folletín por entregas en El Pabellón Nacional, 1883, y casi a la vez como libro en dos tomos, tuvo una segunda edición en 1945 a cargo de la Cofradía de la Virgen de Tíscar. En esta edición el dibujo de portada estuvo a cargo de Zabaleta, las fotos y el emotivo prólogo son de Juan de Mata Carriazo. Es la popularmente conocida como Novela de Tíscar, de la que creo se sigue vendiendo el facsímil de la edición de 1945, que reimprimió la Cofradía en 1981.

Ángel Alcalá Menezo fue también la figura que inspiró a Ciges Aparicio para el personaje central de Villavieja, don Luis Obregón. No haré aquí una biografía de Alcalá Menezo pues merece un trabajo propio que espero en algún momento abordar. Sirvan estas pocas notas para acreditar que don Ángel fue un personaje peculiar, dotado de un carácter inquieto que le hizo sobresalir a sus paisanos contemporáneos. Lo demostró por primera vez con motivo de la Exposición Provincial de 1878.

Quesada vivía en 1878 los ecos de los vaivenes políticos de los años anteriores, de la Gloriosa y de la I República. No fue una etapa conflictiva en el pueblo y la Restauración de los Borbones no supuso un cambio brusco. Los republicanos perdieron todo protagonismo pero no fueron perseguidos con la saña que se conoció décadas después. Buena parte de los carlistas se apresuraron a renegar del Tradicionalismo y juraron lealtad a Alfonso XII. Lo hicieron, el 24 de julio de 1875 en Jaén y delante del gobernador, significados quesadeños que había formado parte del disuelto Comité carlista local, entre ellos nuestro Ángel Alcalá y su padre Eduardo.

Era Quesada por entonces un pueblo remoto, aislado y con pésimas comunicaciones. La carretera de Torreperogil a Huéscar solo existía hasta Peal. Las obras entre este pueblo y Quesada se iniciaron, con lentitud, por aquellos días. En marzo de 1877 todavía estaba enredado el proyecto de carretera en la expropiación de las tierras por donde pasaría la construcción. Había otro proyecto que si se hubiese acometido hubiera ahorrado hoy 20 o 30 minutos a Granada. Se trataba de la carretera Cazorla-Quesada-Cabra-Huelma-Iznalloz, incluida en el Plan General de Carreteras de 1877. Nunca se ejecutó y todavía hoy para ir hasta Huelma y Guadahortuna se rodea por Jódar o hay que transitar los malos caminos de tierra que cruzan la Dehesa de Guadiana.

Respecto al ferrocarril, por estos años se trabajaba en el proyecto de línea entre Linares y Baza, que pasaba por Peal, Quesada, Huesa y Pozo Alcón. Llegaron a licitarse las obras en 1882 aunque sin resultado. Los fuertes intereses financieros de las empresas y familias inversoras, como los Loring de Málaga, terminaron desviando el trazado hasta el actual y semiabandonado que  enlaza con Moreda y Guadix. Tampoco había telégrafo, otro gran avance en las comunicaciones de la época. En 1877 se había acordado la construcción de una línea telegráfica aérea entre Úbeda y Villena (Alicante) que pasaría por Quesada. No obstante el Ayuntamiento, alegando su mal estado presupuestario, renunció en 1883 a la estación telegráfica. Hasta el verano de 1909 no se inauguró el servicio.

Pero si en 1878 era Quesada un pueblo incomunicado, del que solo se podía entrar o salir por viejos caminos pensados solo para el tránsito de caballerías, es también cierto que estaba en marcha una auténtica revolución urbanística que cambiaría para siempre el aspecto del centro del pueblo. Era por entonces la plaza un gran descampado cuadrado rodeado de casas entre las que destacaba la del Ayuntamiento. En una esquina de la actual explanada la torre del convento, conocida como torre del reloj porque en ella estaba el que muchos años después acabó en la fachada del Ayuntamiento. Frente a la torre una vieja y por entonces ya ruinosa fuente, la única del pueblo, que se abastecía de un caz que traía escasas y malas aguas del Chorradero. Estaba en construcción una nueva y moderna conducción de aguas, desde Nacimiento y Jorquera, que se inauguraría pocos años después.

En aquella plaza vacía se montaban los puestos del mercado, se celebraban fiestas y actos públicos y cuando pasaban tropas por el pueblo, como sucedió varias veces durante las guerras carlistas, allí era donde montaban sus tiendas y acampaban entre la curiosidad de chicos y grandes. Este era el modelo de plaza medieval, tradicional en toda Europa y razón por la que muchas de ellas se siguen llamando del Mercado. Pero los tiempos, y las modas, estaban cambiando. Durante el siglo XIX en muchas ciudades y pueblos de algún tamaño se plantaron alamedas y lugares para el paseo. Estaban pensados estos espacios (llamados salones, como el paseo del Salón de Granada) para que las clases pudientes se recreasen en ellos dejándose ver y siendo vistos. Eran lugares para saludar y prodigar el trato social mientras se caminaba a la sombra en verano o al sol tibio de los inviernos.

En Quesada el primer intento en este sentido fue el de Santa María. En el plano de Madoz de mediados de siglo ya figura como “paseo”, extramuros del pueblo y plantado de árboles. Sin embargo el lugar no triunfó porque estaba demasiado lejos del centro y porque se utilizó pronto como zona de expansión y fue rápidamente edificado. A principios de 1878 seguía Quesada sin disponer de un espacio de recreo acorde con los tiempos, algo que se consideraba imprescindible para toda localidad moderna y de alguna importancia. Por eso, en el pleno de seis de enero “a propuesta del señor alcalde se acordó construir un paseo en la Plaza de esta población y al efecto se dispuso nombrar una comisión” al objeto de que estudiase detenidamente el asunto y propusiese lo antes posible el oportuno proyecto.

La comisión estaba formada por tres concejales y presidida por el teniente de alcalde, Felipe Carrasco Carrasco. Felipe Carrasco era Venerable Maestro y cabeza de la logia masónica local, “La Luz”. Era además perito de montes, encargado de los montes del Estado en el pueblo. Sus conocimientos forestales sin duda le hicieron llevar la iniciativa y elegir los árboles que se plantarían, álamos negros del país (Ulmus minor), especie que crecía espontánea en el campo y que formaba amplias y frondosas copas que daban sombra en verano y que, sin hojas en invierno, dejaban pasar los tibios rayos de sol. El proyecto se aprobó en el mes de septiembre y se acordó iniciar la plantación aquel mismo año.

De lo orgullosos que estaban los quesadeños de este moderno paseo da idea que las cuatro farolas que se pusieron en cada esquina no se regían por las normas generales de alumbrado público en cuanto a horario, sino que se regulaban por uno propio que decía en cada momento la alcaldía a fin de adaptarse a las fiestas y ocasiones solemnes. Además, se decidió que la nueva fuente pública que remataría la conducción de aguas en construcción fuese “monumental”, con cuatro caños y dos pilares; uno dando a la explanada, cuadrado y que servía como abrevadero y otro lobulado y ornamental que daba al nuevo jardín. En muy poco tiempo la plaza cambió completamente de aspecto dejando de ser esa especie de descampado que había sido hasta el momento. Como contrapartida el mercado se quedó sin sitio, las mercancías se tuvieron que pregonar y vender por las calles en forma bastante precaria. Aparecía un nuevo problema que hubo que resolver en los siguientes años con la instalación del mercado en el claustro del viejo convento.

Así estaba Quesada el año en el que Ruiz Jiménez trabajaba en la organización de la Exposición Provincial. Poco antes, a principios de 1877, Alcalá Menezo había sido elegido diputado provincial por el distrito de Quesada. Este cargo político le obligaba a frecuentes desplazamientos a Jaén para los plenos de la Diputación. Allí conoció a Ruiz Jiménez y su proyecto, interesándose inmediatamente por el asunto. Alma inquieta, muy alejado de ese espíritu de ociosidad, naipe y alcohol en el que dormía la clase propietaria quesadeña, su paso por la Diputación no fue acomodaticio. A finales de febrero de 1878 (BOPJ de 19 de marzo de 1878), protagonizó un áspero debate oponiéndose a la convalidación del acta del diputado por Cazorla Isicio Ortega. Denunció don Ángel las irregularidades electorales en La Iruela y que era un escándalo lo ocurrido en aquel distrito pues “se había apaleado a todas las personas que apadrinaban la candidatura de oposición; hubo palos y tiros, y un bastón de autoridad se había roto en la cabeza de la misma persona que le llevaba”. Fue una de sus primeras protestas contra el caciquismo, que más tarde tanto llamaron la atención de Ciges Aparicio, declarado simpatizante del regeneracionismo de Joaquín Costa. Siguiendo por esta línea, Alcalá Menezo acabó destacando en Madrid años después en el ámbito de la Izquierda Dinástica, pero eso ya es historia para otro artículo. Ahora toca la Exposición Provincial.

Aquel invierno repartía su tiempo don Ángel entre las estancias en la capital de la provincia y sus ocupaciones personales en Quesada, como propietario y como director y profesor en el colegio de segunda enseñanza que él había fundado y al que ya me he referido en un artículo anterior. La Diputación de Jaén ha digitalizado recientemente el archivo de la Sociedad Económica de Amigos del País. En este archivo se conserva la correspondencia que con esa sociedad y con su secretario Ruiz Jiménez, mantuvo Alcalá Menezo. En su lectura se comprueba el entusiasmo con que acogió la exposición y su empeño por que Quesada hiciera un buen papel en ella. Y lo hizo, por el empuje y esfuerzo personal de D. Ángel.

La primera de estas cartas es del 10 de febrero de 1878. En ella se queja de sus muchas ocupaciones, políticas y pedagógicas, que le impedían atender como es debido a los amigos: “Mi cargo de Diputado de un Distrito desinquieto y revoltoso unido a que explico ¡asignaturas! en el Colegio de 2ª Enseñanza, me privan del placer de atender cual debía a tiempo a los amigos, (…) como Vd. a quien tanto quiero y aprecio”. Le dice también que en los próximos días le enviará para su publicación en La Semana “un par de artículos históricos y una composición en verso (narración histórica)”.  La Semana era la revista que había fundado Ruiz Jiménez como órgano de difusión y animación de los trabajos de preparatorios de la exposición. Se financiaba mediante la suscripción de sus lectores y conseguir estas suscripciones en Quesada (y lo más importante, cobrarlas) fue una de las primeras tareas a las que se aprestó.

Una de las cartas de Alcalá Menezo a
Joaquín Ruiz Jiménez.


En carta de 20 de marzo comunica a Ruiz Jiménez que por conducto de D. Pío de la Riva (comerciante natural de Ortigosa de Cameros -Logroño- establecido en Quesada y que se dedicaba al giro de pagos y cobros, entre otras cosas) le remitía 168 reales correspondientes a la suscripción trimestral de once quesadeños (14 reales cada una pues uno de los recibos era por dos trimestres). Entre ellos estaban el párroco Luis Vear Ortiz, el notario José Montiel, el secretario municipal Juan Álvarez del Peral y su propio padre, Eduardo Alcalá Vela. Tres días después Ruiz Jiménez le gira otros 14 recibos. Alcalá Menezo le contesta de forma escueta y segura: “Se cobrarán”. Le añade que como la Diputación había convocado pleno para el 1 de abril, aprovecharía para ajustar “cuenta estrecha” de lo que en Quesada se debía a La Semana. Le dice también que aprovechará el viaje para llevar los donativos que los ayuntamientos del distrito “han ofrecido a beneficio del Certamen”.

Además de Quesada los pueblos a los que Alcalá Menezo representaba como diputado provincial eran Peal, Huesa, Hinojares y Santo Tomé (Pozo Alcón y La Iruela pertenecían al distrito electoral de Cazorla). No dice que cantidad daba cada uno pero en el libro de actas municipales podemos saber que el de Quesada ofreció 150 ptas. Se aprobó el 17 de marzo. El mismo día por cierto que el constructor de Úbeda Manuel Campos Atienza se adjudico por 12.000 duros las obras de la nueva cañería de aguas potables. Esta aportación de 150 ptas. dejó muy satisfecha a la Sociedad Económica de Amigos del País, que lo agradeció solicitando al Gobierno para Quesada el título de ciudad, “logro” que no se consiguió hasta tres décadas después.

Durante estos primeros meses Alcalá Menezo ingenió otros métodos de financiación para el certamen. En concreto “un baile por la pascua de Resurrección” y dos funciones teatrales que le dieron muchos quebraderos de cabeza. Los problemas tenían su origen, como podemos imaginar, en los celos, piques y envidias de actores y actrices, que a pesar de la evidencia se consideraban poco menos que grandes estrellas. En carta de 25 de abril se lamenta a su amigo de Jaén:

Al fin tras largo penar se han realizado las dos funciones teatrales prometidas. Su importe total de 732 reales lo remitiré en la primera oportunidad, así como los trajes que me traje (sic) y que no han servido pues estos aficionados no se han conformado si no con el terciopelo, la seda y el oro (…) Las funciones verificadas me han dado muy malos ratos, y he estado en un movimiento continuado ¡Gracias a Dios que se han acabado! El resultado no ha sido mucho, pero ha sido honroso. (…) estuvo animadísimo.

En esta misma carta se lamenta don Ángel del mucho trabajo que se le acumula y le desborda:

Yo estoy atareadísimo, pues después de mis asuntos propios (que casi tengo abandonados) tengo cuatro clases diarias en mi querido Colegio de 2ª Enseñanza, un distrito revoltoso y empalagoso a quien representa y mil ocupaciones y quehaceres que no me dejan comer, sosegar ni dormir (…) Ahora a preparar los envíos (de los productos y objetos a exponer): a hacer a todo el mundo que trabaje para que mi pueblo se presente como quien es, o mejor dicho, como yo quiero que sea. (estoy recogiendo) Pinturas en lienzo, obras de ebanistería, memorias científicas, labores primorosas de mujeres, zapatería, encajes, mantas, productos químicos, maderas de mérito, plantas con uso en las artes y medicina, antigüedades, simientes, vinos, jabones, aguardientes, frutas, licores finos aquí fabricados, dibujos, ganado lanar y cabrío y un potro que tengo en las yeguas que si se puede amamar (sic) y se pone esta primavera gordo no ha de hacer mal papel y en fin, en cuanto aquí se haga, se haya hecho o se pueda hacer pienso enviar, para ver si consigo mi fin que es honroso y noble.



            Su involucración en los preparativos es entusiasta, consigue suscripciones a La Semana, organiza teatros y bailes y sobre todo, busca y selecciona productos para exponer, los prepara y los envía. Faltando poco más de dos meses para la inauguración le escribe a Ruiz Giménez que “la suscrición personal está dando más resultados que los que yo creía” y le pide que le mande desde Jaén “72 tarros tapón esmerilado de 500 g. y otros 12 de 1 kilogramo” para envasar los productos. Pero tanto trabajo va dando su fruto y está contento:

Los expositores de esta población son muchos y de mérito. Creo que Quesada hará el papel en el Certamen que corresponde a una población ilustrada y civilizada. ¡Viva mi pueblo!

            La actividad de D. Ángel había sacado de la rutina, del aburrimiento, a un pueblo en el nunca pasaba nada de importancia. El que pudo se suscribió a La Semana, muchos participaron en la junta organizadora que encabezó el notario Montiel como comisario local, otros muchos ofrecieron productos de sus huertas y fincas, objetos raros que tenían casi olvidados en sus casas. Todos opinaron sobre lo que había que hacer, pero hacerlo ya era cosa de D. Ángel. Suyo fue la mayor parte del gasto, del trabajo y suyo fue hasta el local donde se instalaron las dependencias de la organización. La novedad produjo en el pueblo la excitación propia de la ruptura de la rutina pero apenas fue una aventura más bien frívola, como se ha visto en el asunto del teatro o social. A pesar del entusiasmo compartido aquello no dejaba de ser una aventura personal de Alcalá Menezo.

En junio, a los trabajos de la exposición, se le acumularon los exámenes del colegio:

Hasta que concluyamos con mi tarea del Colegio (pronto serán los exámenes, pues estoy aguardando la Comisión de ese Instituto) no impulsaré de veras el interés de la exposición. Entonces me dedicaré exclusivamente a dicho negocio.

Pocos días después le comunicó a Ruiz Jiménez que ya habían sido los exámenes y que el resultado era muy bueno:

Gracias al divino Apolo que he concluido (por este año) de estudiantes. Ya me sobra tiempo para todo. Estoy desde ayer exclusivamente dedicado al Certamen provincial. Le ruego inserte V. en La Semana el suelto que le incluyo respecto al resultado de mi Colegio, que ha sido brillantísimo, honroso, sobresaliente, magnífico.

Liberado de obligaciones pedagógicas se dedica por completo a la Exposición. En carta de 24 de junio le explica como está organizando los trabajos:

En mi casa (que es de V. desde los cimientos hasta más arriba de las tejas) he destinado una sala de la planta baja para ir colocando los objetos recogidos. He establecido una verdadera oficina compuesta de un escribiente dedicado a inscribir objetos y llevar los libros de asiento y orden de la Comisaría y llenar etiquetas. Un carpintero para hacer las cajas a propósito para el embalaje; un muchacho para taponar botellas en la maquinita que he comprado para el efecto y dos criados encargados de ir casa por casa recogiendo objetos y noticia del estado en que se encuentran los trabajos que se están haciendo.

Yo inspecciono todo esto, y ordenadamente lo voy colocando por grupos y clases. Así que todo esté a la vista vendrá un día la Junta de Señoras para ver si todo lo recogido es digno de figurar en el Certamen (hablo de los trabajos hechos por las señoras) y que desechen lo que no deba presentarse y después vendrá la Junta de hombres de Quesada a prestar el mismo servicio. Una vez hecho esto estará la Comisaría dos días abierta para que la visiten todas las personas que quieran, y luego procederé al embalaje y después con las cajas marcharé yo a Jaén.


Dibujo del expositor de vinos y aceites
tal como lo ideó Alcalá Menezo.

No solo fue reuniendo la colección de objetos y productos, Alcalá Menezo ideó como se expondrían en los salones de Jaén. Pensó que todos los productos de Quesada llevasen una etiqueta específica, cuyo diseño le remitió a Ruiz Jiménez para que encargase la impresión de  “200 ejemplares, en papel bueno y algo fuerte, y que sean decentes”. Le dibujó un modelo de etiqueta (ver imagen) aclarando que en la zona donde había pintado un ojo se debía añadir “Nombre científico según la clasificación de …..” de manera que figurara el nombre “vulgar” y el científico.

También pensó en cómo presentar los trajes populares de Quesada, “que son los más bonitos y pintorescos de la provincia”.

Vestir dos maniquís de tamaño natural (hombre y mujer) con los trajes del país. La mujer estará vestida con ropa tejida en el pueblo con los linos y cáñamos y sedas y algodones aquí criados, aquí hilados, teñidos, tejidos y preparados. Es decir que desde el alpargate hasta las cintas, enaguas y pañuelos, todo es del país. Estos dos maniquís sostendrán un cuadro donde se dará una noticia exacta de esta Villa en la siguiente forma: Estadística, riqueza, importancia antigua, estado actual, su porvenir.

Para los vinos y aceites también encontró solución: “He hecho una preciosa instalación para vinos y aceites que representa una doble pirámide cobijada por las ramas de un árbol y coronada por un abanico y adornada con muchos gallardetes en esta forma” y garabatea un dibujo en la carta (ver imagen). Hay que recordar una vez más que, hasta que la filoxera acabó con ellas, las viñas eran un elemento importante en el paisaje del pueblo y la producción de vino superior a la de aceite. Había muchas viñas, especialmente en los alrededores del pueblo, a veces mezcladas con olivos. Apenas unos cuantos plantonares (en las zonas más pedregosas pegadas a los cerros) anunciaban la posterior y enorme expansión de este cultivo.

A mediados de julio le anuncia  a Ruiz Jiménez que los carros con los productos de Quesada saldrán en pocos días y lo muy absorbido que está por los preparativos:

Jamás he tenido tanta creatividad como ahora. El dichoso certamen me ha quitado el sueño. Tan solamente a él me dedico, teniendo todas mis obligaciones abandonadas. Creo que los objetos de este pueblo podrán salir para Jaén el 18 o el 19 en dos carros. Tengo en mi casa carpinteros, pintores, herreros y demonios. Ya avisaré a V. el día fijo en que salimos con el convoy (…) Los carros saldrán de aquí al cuidado de un oficial carpintero un día antes que yo para llegar al mismo tiempo.

Ha reunido una buena colección de vinos, aceites, muebles, pinturas al óleo, lanas y  tejidos... 

y mil cosas que no puedo enumerar, como resinas, zumaque, té, grana, sedas, etc. etc. Pero todo en pequeñas cantidades pues como yo solo he costeado las cajas, los embalajes, los portes, las instalaciones y hasta los materiales para los trabajos que se exhibirán, me ha sido imposible hacer cuantiosas cantidades.

En esta última carta le pide instrucciones sobre las formalidades fiscales de pago de consumos y otros arbitrios a la entrada de Jaén:

Como quiera que a los empleados de consumos y a los rematadores de este arbitrio les temo tanto o más que a los toreros, pues se me espina el cuerpo al pensar que tuviera yo que hablar o con unos o con otros; espero me diga detalladamente lo que hay que hacer para que no haya obstáculos ni altercados.

Alcalá Menezo es consciente de las limitaciones, suyas y de su pueblo, y por eso se despide en la carta con una humilde confesión:

No espero que sea bueno lo que llevo; no va Quesada a competir con ningún otro pueblo; Quesada va al certamen tal y como es. Si del examen de sus objetos resulta alguna frase favorable a mi pueblo, queda pagado mi interés y mis sacrificios. Pronto anunciaré mi salida. Yo soy de V. un buen amigo AAM.

En esos días de finales de julio, ya inminente la inauguración, las tareas organizativas y protocolarias obligan a Joaquín Ruiz Jiménez a dejar la dirección de La Semana. Se la pasa a su amigo Alcalá Menezo, que le había acreditado su entusiasmo y capacidad durante esos largos meses de preparativos previos. Alcalá Menezo fue el director de La Semana mientras duró la Exposición y como tal asistió a la inauguración y demás actos que se celebraron.

Estaba prevista la inauguración para el 4 de agosto pero finalmente el ministro de Fomento, conde de Toreno, decidió acudir a presidirla y con este motivo se retrasó hasta el 7. Esa tarde se celebró el solemne acto en las dependencias del Instituto Provincial de segunda Enseñanza. Durante las siguientes semanas se celebró el certamen con un importante éxito de publico y buena repercusión en la prensa de la época. En muchas de las noticias que se publicaron hay referencias a la importante participación de Quesada y a don Ángel como periodista y director de La Mañana.

La Gaceta agrícola del Ministerio de Fomento de 30 de septiembre destaca que Quesada contribuye “con una crecida cantidad con relación a su importancia y 130 expositores”. Crónica de la industria, de 30 del mismo mes, que Linares participa con 140 expositores, Quesada 130 y Alcalá la Real 110. El Globo, La Época, La Mañana, hablan de los vinos, aceites y tejidos de Quesada. “La Iberia”, a los pocos días de la inauguración dice que entre los objetos raros “que por su forma o tamaño llaman la atención del público” está “esparto de las dehesas de Quesada, que mide de longitud vara y media”.

            Antes se ha hecho mención al mueble expositor que para los vinos y aceites diseñó Alcalá Menezo. El 22 de agosto La Ilustración Española y Americana publicó un amplio reportaje sobre la Exposición de Jaén que incluía, de acuerdo a la orientación de la revista, varias ilustraciones. En una de ellas aparece el expositor de don Ángel (ver imagen) que en el texto de la noticia se menciona como de “vinos y vinagres elaborados en Quesada”.

Detalle de La Ilustración Española y Americana
con el resultado final del expositor de vinos de Quesada.


No se redujo la participación quesadeña a productos agrícolas y artesanía de la tierra. En la sección de Bellas Artes participó el pintor local, que era maestro de la escuela de niños, Isidoro Bello López, presentando cuatro obras de carácter religioso tituladas Nuestra Señora de Belén, San Bartolomé, San Jerónimo y San Mateo.  Isidoro Bello fue el primer maestro artístico de Rafael Hidalgo de Caviedes, cuyo busto se inauguró en las ferias de 1945 y que hoy está instalado en el jardín. La mayoría de su obra desapareció en 1936 aunque se conserva en una colección particular la titulada El Buen Samaritano.

También hubo un apartado científico en el que se presentaron memorias sobre muy variados temas. Dos quesadeños presentaron trabajos que el jurado valoró de distinta forma. El maestro de Belerda, Pedro Puerta y Martínez, participó con el titulado Programa del sistema métrico-decimal. Según el jurado “este trabajo es un conjunto de reglas de la aritmética más elemental con otras de aplicación al sistema métrico y varios ejemplares de reducción y equivalencias, extractado a lo que parece de diversos autores que han escrito sobre la materia”. No lo premiaron aunque el jurado lo vio “con agrado”. Pedro Puerta fue también el autor  de un opúsculo en verso titulado Flores de Fantasía, dedicado a la Virgen de Tíscar a finales del siglo XIX, que se conserva en el Fondo Carriazo de la Universidad de Sevilla.

Mayor éxito, medalla de oro en la especialidad de medicina, tuvo el titulado Estudio sobre la putrefacción cadavérica, principales teorías para explicarla y análisis de ella, del que era autor el farmacéutico quesadeño Pedro Segura Mesa. Pedro tenía abierta botica en la plaza, la misma que luego pasó a Manuel Palop y posteriormente a Rodrigo Madrid, que la mantuvo abierta hasta su jubilación en los años setenta del siglo XX. Pedro Segura también colaboraba con Alcalá Menezo como profesor de Física, Química e Historia Natural en el colegio de segunda enseñanza de Quesada.

El jurado se deshizo en elegios con la memoria de Pedro Mesa. La calificó de “magistral, en toda la extensión de la palabra” y no solo por su contenido, también alabó la forma y expresión: “El autor, que tan familiarizado demuestra estar con las ciencias físico-químicas, emplea en su escrito un método excelente y un lenguaje tan preciso como correcto e inteligible”. Como decía antes, concedieron la medalla de oro a este trabajo sobre un tema entonces importante, porque estaba muy relacionado con la salubridad y condiciones higiénicas de los cementerios, un problema que en Quesada preocupaba especialmente y que no se resolvió hasta la inauguración del actual cementerio en mayo de 1936.

También obtuvo un premio de 3ª clase el que, aunque ya vivía en Alcalá la Real, su pueblo, presentó Aquilino Sánchez Molero, que durante muchos años fue secretario del Ayuntamiento de Quesada. Su trabajo se titulaba Cálculo de distancias inaccesibles y en él mostraba grandes conocimientos como agrimensor, su otra ocupación junto a la de funcionario municipal. Al parecer fue también pintor porque, según anota Carriazo en sus notas personales, un óleo suyo titulado Coronación de la Virgen y fechado en 1872, estaba colgado en la iglesia del antiguo convento. Fuera de la cosa científica obtuvo premio la vecina de Quesada Lorenza Vela, que presentó dos toallas bordadas y con “fleje de punto de oro”. No hay noticia de más premios, el vino volvió a Quesada si es que no se lo bebieron allí mismo.

Se clausuró la Exposición Provincial y Quesada volvió a su amodorrada rutina. Pero el recuerdo de estos meses perduró en charlas y tertulias de mesa camilla y casino. Antes he mencionado aquella historia legendaria y no contrastada sobre el premio a los higos de Quesada. Puede que se acabe comprobando que fue real o quizás que solo fue el eco agrandado de boca en boca, de año en año, de liga en liga, de esta Exposición Provincial en la que Quesada tuvo un papel bastante más importante que el que correspondía a su importancia.

D. Ángel siguió dando clases en su colegio. Los olmos recién plantados en el jardín fueron creciendo, dando sombra y convirtiendo a la antigua plaza en un auténtico paseo. Un par de años después en ese joven jardín, una tarde de agosto, don Ángel le pegó un par de tiros a un rival político con el que discutía a causa de las inminentes elecciones generales. Cosas de su carácter vehemente y excesivo que en más de una ocasión lo metió en algún aprieto. Al poco, tras los correspondientes problemas judiciales, marchó a Madrid donde pasó unos años dedicado a la política para ser finalmente recompensado con un gobierno civil en Filipinas. El jardín siguió creciendo y se le añadió la fuente monumental de la Explanada. Unos años después, ya fallecido don Ángel en 1895 con apenas cincuenta años, Manuel Ciges Aparicio comenzó a frecuentar a su familia de Quesada. En aquel jardín ya crecido, en el casino que se instaló en una de sus esquinas, oyó contar las viejas historias de don Ángel con el que de inmediato simpatizó por su enemistad con Weyler, su oposición al caciquismo y esa afición a meterse en problemas que compartía Ciges. Y así nació don Luis Obregón, el personaje central de Villavieja.

A casi 150 años de aquella historia esperemos que Quesada proteja los pocos olmos antiguos que sobreviven, que perduren y que no sea necesario que en el futuro alguna historiadora (los tíos habitualmente aman menos a las plantas) tenga que recordarlos como cosa de tiempos antiguos y olvidados.

 

domingo, 27 de febrero de 2022

LA GUERRA DE CRIMEA VISTA DESDE QUESADA

 

Sitio de Sebastopol por los aliados (B.N.)


Las trágicas circunstancias actuales que ha originado la invasión rusa de Ucrania son una buena excusa para recordar a un singular personaje quesadeño del siglo XIX, hoy completamente olvidado. Al mismo tiempo esta invasión nos trae la desagradable sorpresa de que cosas que pensábamos que estaban superadas, que pertenecían a un pasado lejano, vuelven a presentarse y a cambiar nuestra vida diaria. Ha ocurrido con la epidemia del COVID y ahora con esta guerra de aires antiguos en la que las potencias, los imperios, disputan partidas de ajedrez en las que los peones que se sacrifican son los pueblos afectados, nunca los jugadores. Es la primera vez que un artículo de este blog se escribe al hilo de la actualidad. Ojalá no se repita porque las ocasiones de la historia normalmente no han sido agradables.

El personaje al que me refiero es don Santiago Vicente García, natural y vecino de Quesada y el episodio que le afecta la llamada Guerra de Crimea. En 1853 el Imperio Ruso se enfrentó al decadente Imperio Turco con la excusa de la custodia de los Santos Lugares de Jerusalén. Las potencias occidentales, Inglaterra y Francia pero también Austria-Hungría, recelaban del crecimiento y expansión del Imperio Ruso, lo que les hizo intervenir en apoyo de los turcos. La guerra duró tres años y se desarrolló fundamentalmente en la península de Crimea, donde desembarcaron ingleses y franceses poniendo largo asedio a Sebastopol. Fue guerra muy cruenta y repleta de episodios tremendos como la batalla de Balaclava y la carga de la brigada de caballería ligera, décadas después llevada al cine. Fue la primera guerra en la que se utilizó la fotografía.

España, que no pintaba nada en el panorama internacional, fue muy seguida. El corte de las exportaciones rusas (ucranianas) de cereales produjo un fuerte aumento en el precio del trigo, lo que benefició a los grandes productores españoles pero encareció la vida de la gente humilde. En 1856 se firmó la paz y las potencias se repartieron las piezas del tablero con la vista puesta en las siguientes partidas. Es lo que se ha hecho desde el principio de los tiempos y lo que se seguirá haciendo. Hasta la completa extinción de la especie seguirán jugando al ajedrez.

En 1854 Quesada era una villa pobre, perdida y aislada en un rincón de una provincia de segundo orden. No existían carreteras, malos caminos conducían a Peal, Cazorla y, por la recien independizada Huesa, a Guadix y Granada. El jardín no existía, la plaza era un espacio abierto, sin árboles, donde se celebraba el mercado. El cementerio estaba junto a la ruinosa ermita de Madre de Dios, hasta el año siguiente no se inauguró el “nuevo” (en donde hoy día está el colegio Virgen de Tíscar). La situación política, como siempre en el siglo XIX, estaba muy animada. En junio, la Vicalvarada (rebelión del general O´Donnell) da paso al llamado Bienio Progresista que acabará, como la Guerra de Crimea, en 1856. De resultas de la revolución, en Quesada se proclama la antigua constitución liberal de 1837 el día 24 de julio. El general Serrano Bedoya, que estaba encarcelado, es liberado y nombrado gobernador militar de Zaragoza. Pero las cosas no andaban bien por el pueblo. La cosecha de aceite había sido muy mala y fue preciso importarlo, para el consumo diario, de los pueblos de la Loma. Las noticias sobre la epidemia de cólera morbo eran cada vez más alarmantes. A final de agosto se formó una Junta de Sanidad para prevenir la epidemia, en noviembre los concejales se negaron a ir a Jaén para negociar con el gobernador los cupos de impuestos, porque en la capital el cólera ya hacía estragos. Apenas había agua en la (única) fuente pública del pueblo, a final de año fue necesario iniciar las obras para traer agua desde el Chorradero y Melgar.

Santiago Vicente García pertenecía a una familia establecida en Quesada en 1823 cuando su padre, Manuel Vicente Moreno, fue nombrado alcalde mayor por la Chancillería de Granada. La familia se integró rápidamente en la vida del pueblo. Su hermana Ángela se casó con el rico propietario Juan Antonio Conde. Su hermano Manuel ejerció de abogado y fue comisionado de la Diputación en los expedientes de separación y división de términos de Huesa (de Quesada) y Peal (de Cazorla). Santiago Vicente fue afrancesado en su juventud y más tarde liberal. En 1831, viviendo en Sevilla, se vio implicado en uno de los terribles episodios represivos de Fernando VII. Detenido e interrogado por la policía, delató al coronel Bernardo Márquez, liberal y héroe de la guerra contra los franceses en Jaén. Márquez fue fusilado y Santiago, convertido en traidor, se refugió en Quesada. Este episodio cambia completamente su ideología y militancia política. A la muerte de Fernando VII empieza a simpatizar con los carlistas. Cuando en 1838 el Ayuntamiento evacuó el pueblo ante la inminente entrada de las facciones carlistas, Santiago fue nombrado, junto al párroco, para la comisión que debía recibirlos y mediar con los rebeldes como próximo a ellos.

Para mediados de siglo, que es el momento que nos ocupa, don Santiago estaba volcado en la enseñanza y había alcanzado el cénit de su carrera como autor de libros de texto que fueron utilizados en colegios e institutos de toda España durante muchos años. En 1852 publicó Gramática latina con cuadros sinópticos para facilitar su estudio, en 1854 Gramática de la Lengua Española y también Instrucción religiosa, en 1855 Examen crítico de la nueva gramática castellana de la Real Academia Española y en 1856 Lecciones preliminares para el estudio de las ciencias. Los periódicos de aquellos años están llenos de anuncios de sus obras, figurando en los boletines oficiales como autorizadas oficialmente para la enseñanza. Seguramente es uno de los quesadeños cuyos libros más se han vendido y distribuido por todo el país, cosa más que notable teniendo en cuenta que vivía en ese pueblo remoto y aislado del que ya hemos hablado.


Una de las obras de Santiago Vicente


Políticamente, y también en lo religioso, don Santiago se convirtió en un furibundo integrista. Colaboró asiduamente en el ultramontano diario La Esperanza,  órgano de la extrema derecha carlista que se había reintegrado a la legalidad tras el Abrazo de Vergara y el fin de la primera guerra civil. En la Hemeroteca Nacional Digital se dice de este periódico que con el subtítulo “periódico monárquico”, es la más importante cabecera de la prensa absolutista española del siglo XIX, como órgano oficioso del carlismo. Don Santiago Vicente murió en Quesada en mayo de 1856. En su necrológica La Esperanza dijo:

El 18 del actual falleció, a la edad de 74 años, en su pueblo, la villa de Quesada, provincia de Jaén, nuestro apreciable amigo el Sr. D. Santiago Vicente García, escritor aventajado, humanista y filósofo distinguido.

Don Santiago tuvo calle en Quesada hasta 1931, la histórica calle Rodrigo de Poyatos. El 23 de junio de aquel año el nuevo ayuntamiento republicano acordó que la calle Santiago Vicente pasase a llamarse oficialmente Doctor Carriazo y así sigue al día de hoy. Desde entonces Santiago Vicente García fue completamente olvidado en su pueblo; antigua costumbre quesadeña esta del olvido de la que hasta ahora solo se han librado (veremos en el futuro) Zabaleta, San Sebastián y la Virgen de Tíscar.


Anuncio en Diario oficial de avisos de Madrid. 27 de enero de1855. 


Santiago Vicente fue un personaje que se salía la norma, un mirlo blanco en aquel abandonado pueblo del siglo XIX. No solamente escribió, en Quesada, libros con los que estudiaron alumnos de todo el país, sino que en La Esperanza publicó numerosos artículos, todos en la línea integrista del periódico. Destacan dos sobre actualidad política internacional (¡En Quesada, en aquel tiempo!): Costumbres de los antiguos rusos y cambios que han experimentado, de 22 de abril de 1854 y Origen del Imperio Otomano, de 24 de junio del mismo año. Se refieren ambos a la Guerra de Crimea, recién iniciada, y eran de rabiosa actualidad. Sorprende el conocimiento histórico de don Santiago así como la información que manejaba sobre lo que sucedía a varios miles de kilómetros de Quesada y su comprensión de la geopolítica europea del momento. Evidentemente se posiciona a favor del Imperio Ruso, al que ve como paladín de la cristiandad en lucha contra los musulmanes turcos a los que apoyan las potencias liberales, Inglaterra y Francia, preocupadas solo por lo material, por el negocio y el poder (en Francia mandaba Napoleón III que, al menos en lo político, muy liberal no era, pero bueno).

La Guerra de Crimea en la que España permaneció neutral (apenas se envió una comisión informativa a Turquía al mando del general Prim), sí produjo enconados debates entre la prensa conservadora y la progresista. Los sectores más liberales apoyaban a los aliados (Inglaterra, Francia y Turquía), los conservadores integristas a Rusia (Sirva esto para que los desinformados de los unos y los otros se enteren que la Unión Soviética ya no existe y de que los sueños húmedos de Moscú de nuevo pasan por ser la “Nueva Roma” que encabece la civilización cristiana y la defienda de la decadencia occidental, algo que sí sabe toda la extrema derecha europea; aquí somos algo más catetos). En la presentación del primero de los artículos de don Santiago, la redacción de la Esperanza lo explica muy bien:

También el Sr. D. Santiago Vicente García ha querido contribuir con su erudición y talento a dilucidar más, si es posible, la cuestión turco-rusa, objeto principal, en el día, de nuestras polémicas con los periódicos liberales. Suyo es el notabilísimo artículo que a continuación insertamos: artículo en que nuestros lectores verán magistralmente descritos, no solo el carácter y la situación del pueblo ruso, que la imparcialidad liberal pinta con colores de antropófago y sepultado en la más infeliz servidumbre; sino los principios que reglan en Europa la gobernación musulmana que nuestros humanitarios civilizadores presentan como tipo de tolerancia; sino el estado en que cuatro siglos ha se encuentran, bajo la dominación turca, los cristianos que el liberalismo algodonero de Occidente, por el hecho de haber quedado cautivos ayer, halla justo, según la sentida expresión del Sr. García, continúe siéndolo hoy, continúen siéndolo siempre!

(…)

Por nuestra parte, una sola es la convicción que nos cumple expresar después de haber leído el artículo del Sr. García-, a saber: el que tenemos por moralmente imposible que un pueblo tan morigerado, tan sencillo, tan obediente, tan caritativo, tan religioso como el pueblo ruso, deje de entrar más tarde o más temprano en el gremio de la verdadera Iglesia de Jesucristo, en el gremio de la Iglesia católica.

Es el único pero que se le puede poner a los rusos, que son ortodoxos. Pero La Esperanza defiende la autorizada opinión de don Santiago: fue liberal, es culto y sabio y como se morirá pronto no tiene mayores intereses personales en la cuestión:

Como sabemos de antemano que los liberales no son hombres capaces de reducirse al silencio, a que, en su caso, nos reduciríamos nosotros de vergüenza, quedamos con viva curiosidad de saber qué es lo que, a la vista de tan verídico y expresivo cuadro, responden. De todos modos debemos advertirles que al señor D. Santiago Vicente García no pueden tacharle, ni de oscurantista, puesto que ha pertenecido a la escuela liberal, ni de ignorante, puesto que es uno de los hombres más instruidos y más despejados de España, ni de mal intencionado, puesto que desgraciadamente se halla en una edad y en una situación en que no puede considerar muy lejano el momento de dar a Dios cuenta de sus acciones.

En el primero de los artículos, Costumbres de los antiguos rusos, y cambios que han experimentado, don Santiago repasa la historia rusa desde la conversión al cristianismo ortodoxo-griego. Hace un encendido y apasionado elogio de la sencillez y virtud cristianas de las costumbres rusas (El pueblo ruso, con especialidad en las clases inferiores, es el más devoto de la Europa). Reproduce la opinión del poeta alemán Paul Fleming (que participó en embajadas germanas a Rusia), cuyo fondo ideológico no es preciso comentar:

En una nación, que llaman bárbara, he hallado verdaderos hombres. El paisano ruso no discurre sobre la libertad, y es realmente libre en su alma: es rico, porque no experimenta ninguna necesidad: goza de buena salud, y vive contento en la pequeña cabaña que ha construido él mismo, y lo pone a cubierto de la lluvia y del frío: penetrado de confianza en el Ser Supremo, trabaja alegre, y se duerme al canto del ruiseñor sin miedo a los ladrones: su pobreza le sirve de garantía: no le causa inquietud el porvenir, porque cree que Dios cuida de sus hijos: le es inútil la ciencia, y solo necesita conocer a su vecino: la mujer se considera feliz obedeciendo a su marido, y mira su severidad como una prueba de amor. Este pueblo inocente y dichoso pertenece a la edad de oro.

Don Santiago no repara en elogios, habla de las iglesias rusas, de la espectacularidad de sus campanas, de la elevación mística de sus cantos religiosos, de la práctica de la caridad:

Al recibir los boyardos sus rentas suministran a los indigentes harina, manteca y otros comestibles, y los de mediana fortuna dan a proporción de sus haberes. Los comerciantes distribuyen pan a los pobres que se presentan al abrir sus tiendas.

Es, en definitiva, el ruso ejemplo de imperio cristiano:

Todos los grandes duques y Czares se han distinguido por su piedad; más ninguno ha igualado al Czar Miguel Feodorowitch. Siempre hacia oración de rodillas en la iglesia, e inclinaba la frente hasta el suelo al dar culto a las imágenes de los Santos.

            Por sus virtudes los rusos crecen y se están expandiendo de forma incontenible. Y esto era lo que se pensaba en aquel momento, el temor de todas las grandes potencias que hizo intervenir en la guerra a Inglaterra y Francia:

Antes del último siglo apenas era conocida en Europa la Rusia. Estaba reservado a Pedro I concebir el proyecto atrevido de formar un poderoso imperio (…) La influencia de este nuevo imperio se hizo sentir desde luego en Europa, que se vio forzada a admitirlo en todas las combinaciones de su sistema político. Los adelantos de esta potencia y el ascendiente que supo granjearse lo proporcionaron sucesivamente en el Norte la adquisición de la Livonia, de la Ingria, de la Finlandia y de una parte de la Pomerania; en el centro, la que le correspondió en la desmembración de la Polonia; y por el Sur le cedió la Puerta Otomana parte de la Tartaria, la Crimea, las fortalezas que defendían sus provincias septentrionales, el dominio del Mar Negro y, el comercio exclusivo de la Persia.

Frente a Rusia estaban los turcos otomanos, infieles musulmanes, viejos enemigos de la corona española, que tienen sometidos y esclavizados a los cristianos griegos ortodoxos, supervivientes del Imperio Bizantino. Relata don Santiago con detalle las maldades e injusticias a que los someten sus dominadores turcos, la barbarie e injusticia que sufren. Aquí don Santiago entra en el derecho y el deber que tienen los rusos de defender a los cristianos griegos. No es idea propia de don Santiago; en aquel mundo oriental los zares fueron los campeones de la causa ortodoxa. Por eso en aquella guerra de todos contra Rusia, el único aliado que tuvo Nicolás I fue la pequeña Grecia, entonces recién independizada de Turquía. Es una relación histórica la de Rusia con las minorías ortodoxas de los Balcanes, que ha heredado la actual Rusia y que explica en parte su posicionamiento respecto a los serbios o su especial relación con el estado monástico, cuasi independiente, del Monte Athos. En fin, para don Santiago los tratados dan a la Rusia el derecho de intervención para proteger a los griegos, y la religión le impone también este deber. Se lamenta de que “ciertos gobiernos” no lo comprendan y crean que solo se trata del  “engrandecimiento de la Rusia”. Aquí entra directamente en el momento político europeo.

Don Santiago habla de las presiones de Inglaterra y Austria para que Rusia desaloje los principados de Valaquia y Moldavia (Rumanía), defiende que su guerra con la Turquía es nacional en el sentido religioso, y está justificada por las atrocidades de los musulmanes contra los griegos. Se pregunta si serán los monarcas de Europa y sus ministros extraños a la causa del cristianismo, que defiende Rusia. Sin embargo la política mercantil y preponderancia marítima de la Inglaterra han hecho su partícipe a la Francia, y, por lo que se dice, neutralizado a la Alemania. El zar Nicolás I

ha dado pruebas de prudencia y de moderación, y ninguna de tentativas ambiciosas. (…) Mientras otras potencias defienden la legitimidad de la barbarie, de la peste y del orden social de Constantinopla, el Czar moscovita se propone romper la cadena abrumadora que pesa hace cuatro siglos sobre cristianos esclavizados. Los esfuerzos pertenecen al hombre; el éxito depende del cielo.

Todo esto está escrito en 1854 en Quesada y por un quesadeño. Sorprende la soltura y conocimiento con que habla este hombre, desde su punto de vista integrista, de lo que estaba pasando en aquel momento en la otra parte del mundo. Es inevitable  preguntarse con quién tendría conversación. Quizás solo con el general Serrano, que ya había pasado por el exilio en Londres, en sus cortas estancias en Quesada. Y sería para discutir porque Serrano estaba en sus antípodas ideológicas.


Las defensas de Sebastopol. Por la misión observadora española.


Dos meses después Santiago Vicente escribe un nuevo articulo sobre el tema, cuando ingleses y franceses ya han desembarcado en Crimea e iniciado el cerco a Sebastopol. En Origen del Imperio Otomano hace una larga introducción contando la historia de los turcos desde su salida de la antigua Escitia, llamada por los modernos Tartaria, hasta la conquista de Constantinopla. Repasa lo sucedido en las últimas décadas, la independencia de Grecia, la decadencia de Turquía, la amenaza rusa sosteniendo su antiguo y reconocido protectorado en favor de sus correligionarios del culto griego. Ha llegado a tal grado la postración turca que se ha visto obligado el Sultán á implorar la alianza y auxilios de la Inglaterra y de la Francia. Al final de su artículo defiende que, por el bien de la cristiandad, las potencias deben llegar a un acuerdo repartiéndose la herencia turca. En esta guerra dice don Santiago que Rusia lleva las de ganar, que lo deben comprender los occidentales y deben colaborar sin oponer obstáculos. Porque el fin último no es otro que acabar con Turquía y restaurar el Imperio cristiano de Bizancio, una suerte de nueva cruzada setecientos años después:

Esta guerra, que ha producido una alarma general y comprometido la seguridad y porvenir de los Estados del continente, tiene sobre las armas más de dos millones de combatientes, y su término será la desaparición de la Media-Luna del horizonte europeo. La resolución, al parecer irrevocable, del Czar, de redimir del vergonzoso y pesado yugo otomano a tantos millares de cristianos, víctimas de su fe; la posición inexpugnable de la Rusia; su poder colosal sobre la Turquía; su influencia en Alemania, donde tiene apoyo y simpatías; sus recursos inagotables para prolongar la guerra; la ocupación de Constantinopla y de otros puntos importantes por las tropas de la Inglaterra y de la Francia, auxiliadas por sus escuadras reunidas; la próxima derrota y dispersión del ejército turco, impotente para combatir con las fuerzas superiores y más disciplinadas de la Rusia; la imposibilidad de continuar por mucho tiempo tan numerosos ejércitos en una situación violenta, costosísima y expuesta a grandes azares; la reunión de todas estas causas ha traído al decrépito imperio musulmán al borde de un abismo, qué va a tragarse indefectiblemente su existencia en Europa ¿Cuál será el destino de esta vacante? Inglaterra, la Francia , el Austria y la Prusia están llamadas a ser copartícipes con la Rusia para disponer de esta rica herencia. La paz, la justicia, la prosperidad de la Europa, el honor y el verdadero interés de los príncipes que la gobiernan les imponen el deber de renunciar a pretensiones ambiciosas, y de restablecer el antiguo imperio Bizantino, eligiendo un príncipe cristiano que no inspire recelos a ninguna potencia y que desarrolle y fertilice los elementos de riqueza que hay sepultados en aquellas hermosas provincias. Si el Emperador de Rusia, por un sentimiento de generosidad y de confianza, abandonó casi exclusivamente a la Francia la elección de soberano para la Grecia, es de esperar que se ponga de acuerdo con las otras cuatro potencias para dar un ejemplo de sabiduría y de moderación, y aspirar a los títulos gloriosos de fundador del derecho público, de pacificador del mundo y bienhechor de la humanidad.

Poco después de publicado este artículo los franceses e ingleses tomaron Sebastopol. Rusia no ganó la guerra, el Imperio Otomano sobrevivió hasta la Gran Guerra como aliado de Alemania y Austria. Don Santiago vivió la suficiente para verlo. Falleció pocos meses después de la firma del Tratado de Paris. Sus libros de texto siguieron utilizándose durante muchos años. En Quesada se le puso una calle al mismo tiempo que se le olvidaba.  No sería yo el que disfrutara de una charla con este personaje ultramontano. Pero cuando aquellas guerras que creíamos olvidadas y finiquitadas para nuestra sorpresa nos caen de nuevo encima, por puro conocimiento es bueno recordar la figura de ese quesadeño singular y extraño que fue Santiago Vicente García.

Este artículo se ha escrito cuando de nuevo atruenan las bombas, sufren las gentes y una brutal invasión presagia tiempos amargos. De nuevo caerá un peón, pieza de poca importancia que no preocupa a ninguno de los jugadores. Y a una nueva partida.


Portada de La Esperanza con artículo de don Santiago


 

ANEXO

 

La Esperanza. 22 de abril de 1854

También el Sr. D. Santiago Vicente García ha querido contribuir con su erudición y talento a dilucidar más, si es posible, la cuestión turco-rusa, objeto principal, en el día, de nuestras polémicas con los periódicos liberales. Suyo es el notabilísimo artículo que a continuación insertamos: artículo en que nuestros lectores verán magistralmente descritos, no solo el carácter y la situación del pueblo ruso, que la imparcialidad liberal pinta con colores de antropófago y sepultado en la más infeliz servidumbre; sino los principios que reglan en Europa la gobernación musulmana que nuestros humanitarios civilizadores presentan como tipo de tolerancia; sino el estado en que cuatro siglos ha se encuentran, bajo la dominación turca, los cristianos que el liberalismo algodonero de Occidente, por el hecho de haber quedado cautivos ayer, halla justo, según la sentida expresión del Sr. García, continúe siéndolo hoy, continúen siéndolo siempre!

Como sabemos de antemano que los liberales no son hombres capaces de reducirse al silencio, a que, en su caso, nos reduciríamos nosotros de vergüenza, quedamos con viva curiosidad de saber qué es lo que, a la vista de tan verídico y expresivo cuadro, responden. De todos modos debemos advertirles que al señor D. Santiago Vicente García no pueden tacharle, ni de oscurantista, puesto que ha pertenecido a la escuela liberal, ni de ignorante, puesto que es uno de los hombres más instruidos y más despejados de España, ni de mal intencionado, puesto que desgraciadamente se halla en una edad y en una situación en que no puede considerar muy lejano el momento de dar a Dios cuenta de sus acciones.

Por nuestra parte, una sola es la convicción que nos cumple expresar después de haber leído el artículo del Sr. García-, a saber: el que tenemos por moralmente imposible que un pueblo tan morigerado, tan sencillo, tan obediente, tan caritativo, tan religioso como el pueblo ruso, deje de entrar más tarde o más temprano en el gremio de la verdadera Iglesia de Jesucristo, en el gremio de la Iglesia católica.

 

COSTUMBRES DE LOS ANTIGUOS RUSOS, Y CAMBIOS QUE HAN EXPERIMENTADO.

 

La Rusia es un país tan vasto y lejano en la Europa, que no es extraño haya conservado sus antiguas costumbres y tardado tanto tiempo en adquirir otras diferentes. La distancia y las dificultades de viajar por aquel terreno impidieron reconocerlo. Pero al fin del siglo XV, reinando el gran duque Iwan Basilowitz, el deseo de ver pueblos desconocidos y la esperanza de hacer fortuna llevaron algunos alemanes y otros extranjeros a Rusia, donde se establecieron, entrando también al servicio militar de aquella potencia, muy débil todavía. Otros fueron después con el objeto de hacer observaciones filosóficas sobre las costumbres puras de los rusos, suponiéndolas más análogas a las primitivas del género humano.

Al principio del  (roto)

…Pablo Flemming, y hace un gran elogio de las costumbres de los rusos, de quienes decía : «En una nación, que llaman bárbara, he hallado verdaderos hombres. El paisano ruso no discurre sobre la libertad, y es realmente libre en su alma: es rico, porque no experimenta ninguna necesidad: goza de buena salud, y vive contento en la pequeña cabaña que ha construido él mismo, y lo pone a cubierto de la lluvia y del frío: penetrado de confianza en el Ser Supremo, trabaja alegre, y se duerme al canto del ruiseñor sin miedo a los ladrones: su pobreza le sirve de garantía: no le causa inquietud el porvenir, porque cree que Dios cuida de sus hijos: le es inútil la ciencia, y solo necesita conocer a su vecino: la mujer se considera feliz obedeciendo a su marido, y mira su severidad como una prueba de amor. Este pueblo inocente y dichoso pertenece a la edad de oro.»

Las repetidas incursiones de los rusos por el imperio griego, y el comercio recíproco de sus habitantes, fueron atrayendo muchos rusos al cristianismo; pero la conversión completa a la religión griega, que hoy profesan, no tuvo efecto hasta Wladimiro I. Diputados del rito latino, musulmanes y judíos acudieron a ofrecerle sus Dioses y sus templos en homenaje a sus victorias; pero la religión griega, muy extendida ya entre los rusos, obtuvo por desgracia la preferencia. La antigua Roma, aun grosera, envió diputados a Grecia para buscar allí un código de leyes; el orgullo de Vladimiro desdeñó hacer el papel de suplicante, y no quiso pedir al Emperador griego un Código de religión y sacerdotes para enseñarla, creyendo más decoroso adoptar la religión por vía de conquista: y así, con las armas en la mano, fue a buscar el bautismo, los catecismos y los sacerdotes, con menosprecio de las riquezas y de las provincias de que se había hecho dueño. Se ajustó la paz con inauditas condiciones en la diplomacia de los pueblos, y se convino que en cambio de las conquistas, que restituyó en el acto, recibiría archimandritas (abades de monasterios), sacerdotes, vasos sagrados, libros de iglesia, imágenes y reliquias. A su vuelta a Kief ordena Wladimiro a sus pueblos que concurran a las riberas del Borístenes, cuyas aguas sirvieron para un bautismo general; y una población inmensa, el día antes idólatra, aunque ignorante y grosera, vuelve a su casa cristiana.

El pueblo ruso, con especialidad en las clases inferiores, es el más devoto de la Europa; pero la discordancia en que se halla la Iglesia griega con la latina, y la notable diferencia de traje de rusos y católicos, produjeron cierta antipatía, que se aumentó por los falsos Demetrios, y después con la opresión de la Polonia. Mucho trabajo costó a Pedro el Grande introducir la tolerancia: los que miraban como actos religiosos conservar una gran barba y vestidos talares, prefiriendo que les cortasen la cabeza a afeitarse, no podían estar inclinados a tratar con indulgencia a los otros europeos, afeitados y ligeramente vestidos, que usaban de sombreros en lugar de gorras, y que daban culto a Dios con idioma y ritos diferentes de los suyos. Estos obstáculos los allanó Pedro el Grande, y sus sabias leyes, que han seguido y observado sus sucesores, han hecho tan general la tolerancia en Rusia, que parece un rasgo característico de la nación. Los griegos viven en la mejor inteligencia con los católicos. Esta conducta coloca a la Rusia entre las naciones más civilizadas de Europa, y hace que sea agradable a los extranjeros su residencia en aquel país.

En tiempo del Czar Miguel Feodorovitch había en Moscow dos mil templos, aunque muchos eran particulares, hechos de madera. El Patriarca Nikere fue el primero que persuadió á los ricos que los construyesen de piedra para precaver los incendios (roto) … el orden gótico, aunque hay algunos de arquitectura elegante y moderna. Su forma, generalmente en bóveda o cúpula, imita la del cielo, como en la más remota antigüedad.

En las iglesias de Rusia no se había introducido la música, y notando los católicos y los protestantes esta falta, les respondían que «los instrumentos inanimados no pueden alabar a Dios, y que tampoco se hablaba de música en el Nuevo Testamento.» No obstante, se han establecido a las principales iglesias coro, admirables, cuyas voces rivalizan con las de Alemania e Italia.

Oleario y otros escritores se quejan del número excesivo de campanas que había en Moscow, y dicen que para soportar el ruido a corta distancia se necesita tener orejas rusas; pero añaden que a lo lejos produce su sonido una majestuosa armonía. La gran campana de Godimow pesaba trescientos cincuenta y seis quintales, y la que hizo fundir la Emperatriz Ana, cuatro mil. Esta, quizá la más enorme de cuantas han existido, maltratada después en un incendio, se halla en un foso de Kremt.

Encima de la puerta de las casas están colocadas imágenes de Santos, como objetos de veneración, y se ven con frecuencia personas arrodilladas rezando. Cuando se visitan los rusos, se quitan la gorra en la puerta, y se dirigen, no al dueño de la casa, sino a la imagen del Santo que se custodia en ella; al entrar en la habitación hacen tres veces la señal de la cruz, y prosternados delante de la imagen, dicen: «Señor, tened piedad de mí.» En seguida se vuelven hacia el dueño de la casa, y lo saludan con estas palabras: «Dios conceda la salud a ti y a los tuyos.» Esta costumbra subsiste en el pueblo, y rara vez sucede que pase un paisano por delante de una iglesia o de la imagen de un Santo sin hacer la señal de la cruz. Hay muchas capillas, ricamente adornadas, adonde concurre el pueblo todos los días y a toda hora, y personas distinguidas, a visitar por devoción la imagen de la Santísima Virgen.

Antes de Pedro el Grande no concedían los Patriarcas licencias para predicar a los eclesiásticos, por temor de que resultasen herejías de la interpretación arbitraria de la Santa Escritura. El célebre Platón, metropolitano de Moscow, y otros Obispos a su ejemplo, animaron para que lo hiciesen a los sacerdotes de sus diócesis, y desde entonces se predican muy buenos sermones en San Petersburgo, en Moscow, y hasta en los pueblos más pequeños. El célebre Platón, compuso un excelente compendio de sermones para que los eclesiásticos menos instruidos los leyesen a sus parroquianos.

Todos los grandes duques y Czares se han distinguido por su piedad; más ninguno ha igualado al Czar Miguel Feodorowitch. Siempre hacia oración de rodillas en la iglesia, é inclinaba la frente hasta el suelo al dar culto a las imágenes de los Santos. Anualmente iba al monasterio de Troiza, en el distrito de Moscow, para celebrar la festividad de Pentecostés y la de su Santo. A cierta distancia se bajaba del caballo o carruaje, y caminaba a pie con toda su comitiva hasta llegar al santuario. La Gran Catalina siguió este ejemplo: Pablo I y Alejandro fueron también al mismo monasterio después de su coronación.

Una de las cualidades más recomendables de los antiguos rusos es la caridad, y los modernos han conservado esta virtud de sus padres. Allí no se ve mendigar a los holgazanes que huyen del trabajo, y solamente se da limosna a los inválidos o a los arruinados por incendios o por cualquiera otra desgracia. Cuando muere un rico se reparten a los pobres, durante algunas semanas, abundantes limosnas, y en ciertas ocasiones sumas considerables.

Al recibir los boyardos sus rentas suministran a los indigentes harina, manteca y otros comestibles, y los de mediana fortuna dan a proporción de sus haberes. Los comerciantes distribuyen pan a los pobres que se presentan al abrir sus tiendas, con tal abundancia que les queda sobrado para vender a los viajeros. Los Czares son los primeros en dar el ejemplo de liberalidad. Siguiendo la antigua costumbre, van en la Pascua entre los maitines y misa a visitar a los presos, a quienes dicen: Jesucristo ha resucitado también para vosotros; y después mandan que se les dé ración de carne y un capote forrado con pieles. A los penados con destino a los trabajos públicos se les concede permiso para pedir limosna cuando vuelven a la prisión.

Antes del último siglo apenas era conocida en Europa la Rusia. Estaba reservado a Pedro I concebir el proyecto atrevido de formar un poderoso imperio, civilizando hordas dispersas y medio salvajes, introduciendo en sus Estados las artes, el comercio y la política de Europa, y enseñando la guerra a sus soldados. No se puede negar que, a pesar de haberse precipitado en sus medidas, por la impaciencia de su genio, que deseaba crear y gozar a la vez, consiguió completamente su objeto. La influencia de este nuevo imperio se hizo sentir desde luego en Europa, que se vio forzada a admitirlo en todas las combinaciones de su sistema político. Los adelantos de esta potencia y el ascendiente que supo granjearse lo proporcionaron sucesivamente en el Norte la adquisición de la Livonia, de la Ingria, de la Finlandia y de una parte de la Pomerania; en el centro, la que le correspondió en la desmembración de la Polonia; y por el Sur le cedió la Puerta Otomana parte de la Tartaria, la Crimea, las fortalezas que defendían sus provincias septentrionales, el dominio del Mar Negro y, el comercio exclusivo de la Persia.

La fraternidad religiosa de los rusos con los súbditos del Sultán que profesan el culto griego, y la protección consiguiente del Czar, garantizada por los tratados en favor suyo, forman una estrecha y legitima alianza contra la opresión de los turcos.

Son atroces e innumerables los males que han abrumado a los griegos en el periodo de cuatrocientos años. Considerados como prisioneros y presas del vencedor, y atados con nudos de hierro al árbol del bárbaro despotismo otomano, han sufrido constantemente la monotonía de una ignominiosa y dura esclavitud, y concluyeron por no tener más existencia histórica que la de sus opresores. Para los turcos no son los griegos más que vencidos, y viven porque pagan el derecho de respirar. La capitación, que abraza a todos los varones desde la edad de diez y siete años hasta la de sesenta, es la tasa y el rescate de su vida. El recibo que se les da, dice: «EN VIRTUD DE ESTA CANTIDAD, PRECIO RECIBIDO, SE PERMITE AL QUE LO PAGA CONSERVAR SU CABEZA SOBRE LOS HOMBROS DURANTE UN AÑO». Esta garantía no preserva de malos tratamientos, ni aun de la muerte: en todo se da a conocer la diferencia del señor y del esclavo. Los cristianos no pueden montar a caballo ni vender en algunos parajes sus granos sino por medio de los turcos. Cuando aparece asesinado un musulmán, hacen estragos y matan sin regla ni freno: pagan las cabezas y las presentan en las fiestas. El musulmán es el favorito del cielo y el elegido de la creación: a pesar de todos sus crímenes cree tener todas las virtudes, y lleno de confianza y seguridad, su fe basta para salvarlo. A sus ojos el cristiano ha nacido para andar arrastrado y servir, y el matarle es un acto meritorio para con Dios.

La suerte de los cristianos no puede mejorarse por la voluntad del príncipe otomano: el carácter de la opresión que los aflige es incorregible, y no puede ser modificado por ninguna vía legal, porque esta opresión tiene por base la opinión religiosa, que es al mismo tiempo la política. El musulmán es esencialmente estacionario: hoy es el mismo que el día de su entrada en Europa, y así continuará mientras subsista su raza. El griego siempre esclavo, porque siempre ha sido cristiano. Se abisma y extravía el pensamiento en un mudo asombro al contemplar al turco imbécil reinar con látigo en mano sobre una ciudad que no cabía en el mundo.

La prolongación del cautiverio de los griegos es más bien obra de los gobiernos de Europa. Su política dominante ha sido demostrar una rivalidad de celo por la conservación de la paz. ¿Es el destino de la estabilidad poner el sello a la servidumbre de un pueble oprimido? ¿HAY RAZÓN PARA QUE LOS ESCLAVOS DE AYER LO SEAN HOY, Y LO SEAN SIEMPRE? ¿SERÁ LA ETERNA DURACION DE LA ESCLAVITUD DE LOS GRIEGOS UN PRIVILEGIO DE SU FIDELIDAD A SU RELIGIÓN?  Las sospechas y las miserables desconfianzas de los gabinetes han dado a la política esta dirección desastrosa. Todo ha cambiado menos la barbarie de los turcos y la servidumbre de los griegos. Su retroceso a la existencia política seria un mal para la Turquía, y así deben morir bajo el sable, o consumirse bajo la raza otomana, porque el interés musulmán exige que permanezcan fuera de la ley de las naciones.

Tres títulos sagrados se reúnen en el más alto grado a favor de los griegos: la desgracia, el valor patrio y su adhesión a la fe cristiana. Los tratados dan a la Rusia el derecho de intervención para proteger a los griegos, y la religión le impone también este deber. Es una fatalidad que la idea de su emancipación se presente a ciertos gobiernos como enlazada con el engrandecimiento de la Rusia; pero puede haber combinaciones en que esta potencia no reciba las ventajas exclusivamente. La Rusia tiene un vasto territorio, provincias fértiles, fronteras que la ponen en comunicación con todas las naciones de Europa y de Asia, puertos que le proporcionan acceso en todos los mares, y una población numerosa, aplicada, sobria y sufrida: con todos estos recursos de riqueza y de poder que encierra en su seno, ha llegado a obtener una preponderancia positiva y permanente. Su guerra con la Turquía es nacional en el sentido religioso, y está justificada por las atrocidades de los musulmanes contra los griegos, que son un solemne testimonio de la longanimidad de la Rusia y de su paciencia heroica. Hasta su orgullo se había doblegado por las exigencias de la Inglaterra y del Austria a una humillante abnegación, mirándose como una extravagancia histórica la indulgencia de la Rusia con las injurias de la Puerta. Al cabo se cansó el Emperador Nicolás de tanta condescendencia, y desembarazado ya de las preocupaciones y trabas que detenían sus movimientos, se ha propuesto llenar su gran destino. ¿Serán los monarcas de Europa y sus ministros extraños a la causa del cristianismo, a los sentimientos de humanidad, y no resonarán en su alma los gemidos de las víctimas de su fe? ¿Quién negará una lágrima al cristiano que derrama su sangre por la religión de Jesucristo? ¿Qué se necesita para excitar el interés del hombre y para merecer su compasión?

La política mercantil y preponderancia marítima de la Inglaterra han hecho su participe a la Francia, y, por lo que se dice, neutralizado a la Alemania, obedeciendo al miedo quimérico de un nuevo engrandecimiento de la Rusia, sin conocer que su ilimitada extensión la debilitaría en vez de fortificarla. Por otra parte, el Emperador Nicolás ha dado pruebas de prudencia y de moderación, y ninguna de tentativas ambiciosas. En su conciencia solo han tenido un eco fuerte, al parecer, los clamores de los cristianos y los votos y súplicas de sus pueblos. Mientras otras potencias defienden la legitimidad de la barbarie, de la peste y del orden social de Constantinopla, el Czar moscovita se propone romper la cadena abrumadora que pesa hace cuatro siglos sobre cristianos esclavizados. Los esfuerzos pertenecen al hombre; el éxito depende del cielo.