domingo, 16 de junio de 2024

PERSECUCIÓN, CAPTURA y MUERTE de LUIS MORENO y de su sobrino JOSÉ.

 

Antigua torre de la Alcaidía, usada como cárcel real y donde estuvo preso D. Luis Moreno. Foto desde el Arco de los Santos. 
     

 

           


Esta villa (Cabra de Santo Cristo), mirada siempre con ojeriza por la de Quesada, patria de los memorables Morenos, partidarios constantes del absolutismo, ha sido en las épocas del entronizamiento de este perseguida en las personas de sus vecinos…


 

 

Esta cita pertenece a una carta de agradecimiento que dirige el ayuntamiento de Cabra al gobernador civil interino de la provincia y que fue publicada en el BOLETÍN OFICIAL DE LA PROVINCIA del 8 de agosto de 1835. El gobernador, D. Ignacio de Rojas, había dictado una providencia favorable a Cabra en el larguísimo pleito que durante varios siglos enfrentó a Quesada y Cabra por la posesión de las tierras al otro lado del Guadiana Menor. Hacía pocos meses que D. Luis Moreno había sido fusilado en la plaza de Quesada y Cabra no perdió ocasión de contraponer su liberalismo —«el buen espíritu que siempre ha animado a este pueblo, y su decisión por el sostén del Trono de la 2ª ISABEL y de las libertades públicas»— al supuesto carácter absolutista de Quesada. Era esta distinción ardid de parte, porque las cosas no eran exactamente así y los Moreno tenían también partidarios en Cabra de la misma manera que había en Quesada liberales constitucionalistas. Pero no es momento de entrar en aquel debate localista ni mucho menos extenderse en el pleito por la Dehesa. Este artículo procurará responder a la evidente pregunta: ¿Quiénes fueron los “memorables” Moreno de Quesada?

La falta de libros parroquiales, destruidos en 1936, dificulta establecer líneas familiares, lo que obliga a rastrear los parentescos por otros medios no siempre seguros. En el siglo XVIII, dejando aparte los muchos Moreno de Belerda, Don Pedro y Ceal, todos labradores y jornaleros, hay que fijarse en D. Francisco Simón Moreno, rico propietario y regidor perpetuo, que vivía a mediados de siglo en la Plaza, en el actual número 21. Este señor tenía título de alguacil mayor del campo y sierra y es fácil que fuera miembro de esta familia, porque los títulos eran hereditarios y a finales de siglo lo tenía D. Luis Moreno, el mayor. En cualquier caso sí está documentado que este D. Luis fue el patriarca de los Moreno a que nos referimos. Estamos en los años del cambio de siglo, reinado de Carlos IV, y D. Luis, aunque ya viejo, participaba activamente en la vida  política local como alguacil mayor del campo, cargo que llevaba aparejado el de regidor. Estaba casado con Dª Juana Candeal, sobrina de un rico presbítero hacendado de Baza, con la que tuvo cinco hijos: Juan, Jerónimo, Luis, María Dolores y María Encarnación. Murió el patriarca hacia 1813 y al parecer con problemas económicos, pues a su muerte había consumido la dote de su mujer “por los contratiempos y enfermedades que durante su matrimonio tuvieron”. Cuando los franceses entraron en Andalucía, enero de 1810, ya estaba viejo y achacoso y fueron sus hijos los que lo sustituyeron y tomaron parte activa en la resistencia al invasor.

Al papel de los Moreno durante la Guerra de la Independencia ya me he referido en otros artículos. El segundo de los hijos, Jerónimo, levantó en la primavera de 1810 una partida guerrillera en la que se integraron quesadeños, comarcanos y soldados dispersos del derrotado ejército de Despeñaperros.[1] Con la salida francesa de Andalucía en 1812 y el regreso de Fernando VII en 1814, los Moreno gozaron de unos años de tranquilidad: Jerónimo dedicado a sus tierras y ganados, Juan como alguacil mayor del campo y sierra, cargo heredado de su padre, y Luis, el menor, viviendo como segundón a la sombra de ambos. No eran los Moreno precisamente liberales, razón por la que no recibieron con agrado el pronunciamiento de Riego en 1820 y el restablecimiento de la Constitución de Cádiz. En ese mismo año, primero del Trienio Liberal, Luis Moreno arrendó varios cuartos (lotes de tierra) en la Dehesa de Guadiana, lo que le permitió ganarse la vida y al tiempo alejarse de la política constitucional del pueblo, con la que tan poco simpatizaba. En aquellos lugares medio despoblados del otro lado del río Guadiana Menor, Luis se dedicó a conspirar en favor del restablecimiento del Absolutismo. Allí, en el cortijo de Ríos, en el del Collado y sobre todo en el de la Fuente de las Ollas, en Larva —por entonces aldea dependiente de Quesada— mantenía reuniones secretas con personas, de Quesada y de otros puntos de la provincia, contrarias al sistema constitucional. Por estos años, 1821-1822, entró en relación con Manuel Adame, alias el Locho, famoso conspirador realista de La Mancha.

Don Luis Moreno, cabeza realista en la comarca

Las intrigas contra el Gobierno Constitucional, inspiradas por el propio Fernando VII, culminaron en 1823 con la segunda invasión francesa, los llamados Cien mil hijos de San Luis. Nuevamente los Moreno pasaron a la acción directa. Los franceses avanzaban de norte a sur sin que las tropas constitucionales del general Ballesteros pudieran frenarlos, y volvieron a cruzar Despeñaperros. En tal estado, cuando nuevamente la guerra se acercaba a estas tierras, Luis Moreno, ahora el más activo de los hermanos, formó un grupo insurrecto que finalmente se constituyó en la partida llamada Defensores del Rey. Al principio la componían unos pocos individuos de Quesada, pero fue creciendo con la incorporación de comarcanos y de algunos soldados de las guarniciones de Baeza y Úbeda que se habían disuelto ante la cercanía de los franceses. Entre los miembros de la partida hay que mencionar a su hermano Juan Moreno y a don Juan Jiménez Serrano, que era alcalde primero constitucional de Quesada, cargo que abandonó para unirse a los rebeldes. Entre los forasteros al teniente don Manuel Arévalo, del regimiento Provincial de Jaén con cuartel en Úbeda, que se presentó en Quesada el 30 de mayo de 1823 para unirse a Moreno. No hay constancia de que participase el otro hermano Moreno, don Jerónimo, bien porque arrastrara secuelas físicas desde el desastre que en 1812 lo retiró en Iznájar de la actividad bélica, bien porque quien habiendo sido famoso guerrillero contra el francés viera con disgusto ser ahora aliado del mismo invasor. Y finalmente hay que mencionar a su sobrino José Moreno Alférez, hijo de Juan, que será el personaje que culmine esta historia.

Según un informe del Ayuntamiento al capitán general de Granada en 1826, Moreno formó una partida de realistas partidarios del poder absoluto de Fernando VII que llegó a tener “en su mejor tiempo” de 90 a 100 hombres a caballo. Se llamó a esta partida Defensores del Rey. El 9 de junio de 1823, “como a las dos de la tarde, el enunciado Don Luis Moreno proclamó en la plaza de esta villa al Rey Absoluto y muerte de la Constitución”. Tras “liberar” Quesada se dirigió a Cazorla, donde derribó “el infame simulacro de la libertad constitucional”. Inmediatamente pasó a La Iruela y al resto de pueblos de la comarca. Moreno no se contentó con la comarca y se enfrentó varias veces fuera de ella “a las tropas de Ballesteros y otras constitucionales”, consiguiendo  “por la fuerza de su valor gruesos botines así de armamentos como de otros efectos”. Entre el botín cabe destacar, por su carácter simbólico, el conseguido en la acción de Oria (Almería), en la cual capturó “una bandera de guerra” constitucional que entregó “a la soberana y milagrosa Imagen de Nuestra Señora de Tíscar”. El dato se recoge en el memorial que Moreno presentó en octubre de 1823 al Ayuntamiento de Quesada, para que este avalase su comportamiento tenido “con el mayor honor y entusiasmo a favor de la Causa Común y de Nuestro Católico Monarca”. Concluida la guerra y tras el regreso de Fernando VII a Madrid, Luis Moreno acudió a la Corte, donde por mano del que había sido su mentor en el movimiento absolutista, Manuel Adame, consiguió graduaciones militares para él —teniente coronel— y para algunos de sus hombres. Con sus bigotes —el uso de bigote era considerado insignia militar— regresó a Quesada. Allí se hizo cargo de la organización del batallón local de Voluntarios Realistas, un cuerpo paramilitar creado en todos los pueblos para la defensa del orden absolutista. Se financiaba con la contribución de dos reales mensuales que debían pagar todas las familias en las que al menos alguno de sus varones no se hubiera integrado como voluntario en el cuerpo. Era una considerable cantidad de dinero y al principio, cuando hubo que comprar armas y equiparlos, fue Luis Moreno el encargado de administrar los fondos. Entre 1824 y 1825 llegó a manejar unos 6.500 reales que supuestamente invirtió en armamento y vestuario para los realistas.  Aquí empezaron sus problemas.

De héroe del absolutismo a proscrito y preso.

Sobre Luis Moreno, sobre los Moreno, había en el pueblo división de opiniones. Gozaban de prestigio y simpatía entre los sectores más partidarios del absolutismo y de Fernando VII, de los relistas. Se recordaba su decidida oposición a los franceses, especialmente por Jerónimo, durante la anterior guerra. Luis, durante sus años de poder entre 1823 y 1825, protagonizó algunas acciones que resultaron muy populares. Así por ejemplo en el invierno de 1824 al 25, año muy difícil como resultado de varias pésimas cosechas, ayudó a numerosas familias “con sus granos y ganados”, aliviando “la necesidad en que se hallaban aquellos infelices por la miseria y escasez de aquel tiempo”. En septiembre de 1825, tras la larga sequía, se siguieron fuertes tormentas que provocaron catastróficas avenidas de ríos y barrancos. Luis Moreno intervino activamente en el socorro de las víctimas, no dudando en arrojarse al agua para salvar a personas y ganados. Por otra parte los Moreno eran gente de carácter vivo y complicado. Sin ir más lejos, en agosto de 1826 un sobrino de Luis, José Moreno Alférez, andaba fugado para evitar una condena de seis años que le impuso la Sala del Crimen de la Chancillería de Granada, “de resultas de una muerte violenta que causó a un forastero que transitaba por este pueblo por medio de un disgusto que tuvieron”. En la caótica primavera de 1823 Luis había sido comisionado por Manuel Adame para requisar armas, caballos e imponer multas a los vecinos para defensa de la causa. No debieron ser pocas las enemistades que se ganó, y que unidas a las que ya tuviera heredadas de su familia, le hicieron sufrir dos intentos de asesinato hacia 1825. En una ocasión, mientras estaba en la sala de su casa, le dispararon dos tiros desde la calle cuando pasaba delante del balcón. Otra noche, al salir de la casa de su amigo D. Eulogio Valdés, propietario de El Salón, fue también tiroteado. La oscuridad de las noches de entonces —no existía el alumbrado público— dificultó la puntería de los agresores y no llegaron a acertarle.

Luis Moreno dejó de ser comandante del batallón de Voluntarios Realistas de Quesada hacia fines de 1825, aunque continuó residiendo en el pueblo como militar licenciado. Por estas fechas, desde la Capitanía General de Granada, se comenzó a exigir la rendición y aclaración de cuentas de los fondos manejados para los Voluntarios Realistas. Las de la etapa de Moreno no aparecían porque al parecer se las había entregado al conde de Calatrava, jefe del cuerpo en el partido de Úbeda, que no las encontraba entre sus papeles. Es bastante confuso todo lo ocurrido, porque las actas municipales son bastante parcas, pero el caso es que en septiembre de 1826 estaba ausente del pueblo y en paradero desconocido, posiblemente en Granada o Madrid recabando apoyos. No debió conseguirlos porque a principios de 1827 fue reducido a paisano, perdió sus grados militares y el fuero correspondiente. Como consecuencia fue procesado y encarcelado.

En el Archivo de la Real Chancillería de Granada hay un expediente de probanza, hecho en 1829 y que, sin aclararlo todo, aporta información sobre lo sucedido.[2] Se desprende de este documento que Luis Moreno había sido acusado de un importante robo de cebada en el cortijo Segura, junto a Larva, durante la época del Trienio Liberal, cuando andaba por allí conspirando contra la Constitución. A instancias del intendente de Policía de Jaén fue encarcelado en la cárcel de Quesada. Moreno acusó de ser inductor de su desgracia a D. José Alcalde Martínez, alcalde mayor de la villa. No se me ocurrirá a mí pronunciar sentencia, pero sospecho que en este caso hubo un poco de todo, de irregularidades económicas pero también de persecución a su persona. Don Luis no nadaba en la abundancia, de hecho en este proceso estaba exento de costas por haber conseguido la consideración de pobre. Pero también es cierto que se cometieron irregularidades y que, por ejemplo, se presionó a seis presos de Larva —encarcelados en Quesada por otros motivos— para que testificaran contra Moreno a cambio de suavizar su condena. Como no lo hicieron fueron llevados al presidio de Málaga, lamentándose por el camino de su suerte, que achacaban a no haberse prestado a lo que les proponían. Luis Moreno siempre achacó su desgracia a los partidarios de la Constitución, enemigos de Fernando VII. Pero es raro que tuvieran tanto poder los supuestos “constitucionalistas” de Quesada como para encarcelar, en plena Década Ominosa, de poder absoluto, a un fiel realista.

La cárcel de Quesada era terrible. Lo eran todas por entonces, pero la de Quesada incluso más a ojos de los contemporáneos. Estaba instalada en la antigua Alcaidía, la torre principal de las antiguas murallas, en lo que entonces se llamaba Plaza Vieja y hoy Lonja, frente a la actual puerta lateral de la parroquia. En 1827, mes de marzo, tenía más de treinta presos amontonados en dos calabozos y “como estos son tan reducidos tienen que hallarse los hombres unos casi sobre otros”. A esto habría que añadir que a los allí reducidos estaban sujetos por hierros, grillos y prisiones. Allí acabó Luis Moreno, entre facinerosos  y sin que se le guardase ninguna consideración a su rango. Es más el carcelero, Manuel Robledillo —dependiente del alcalde mayor y actuando indudablemente con su conocimiento—, lo maltrataba verbal y físicamente. En cierta ocasión un hijo de Moreno, que trató de acercarse a la ventana para hablar con su padre, fue golpeado con un hierro en la cabeza por Robledillo. Su madre y mujer de Luis, intentando proteger a su hijo resultó herida de tal consideración que llegaron a darle la extremaunción.

Luis Moreno, que al fin y al cabo era miembro de una reconocida familia realista, consiguió que la Chancillería enviara a Quesada a un receptor para que tomase declaración a los numerosos testigos que propuso. De resultas del proceso fue condenado a seis años, pero la Chancillería, en atención a sus servicios a la causa realista, le conmutó la pena por la cárcel que ya había sufrido y fue puesto en libertad. En agosto de 1832 está Moreno viviendo libre en Quesada, pero su carácter nuevamente le impidió hacerlo discretamente. Andaba maniobrando con su antiguo jefe el conde de Calatrava para recuperar sus grados militares y ser admitido de nuevo en loa Voluntarios Realistas. El Ayuntamiento, que seguía presidido por su enemigo D. José Alcalde, se lo tomó muy a mal y pasó noticia, “por vía reservada”, al capitán general de Granada de sus intentos por eludir su expulsión del cuerpo de Realistas como si no hubiera sido expulsado a raíz de su condena. El informe que hizo el Ayuntamiento era demoledor. Le acusaba de seguir usando insignias militares —bigotes— y de comportarse como si no hubiera sido degradado y expulsado. También de haberse enriquecido —opulentado— en los años en que fue comandante de los realistas, aunque ahora, tras su proceso y condena, su vida había cambiado completamente:

(Es) un vago sin oficio ni modo de vivir conocido, sin bienes porque los escasísimos que disfrutaba permanecen embargados y en administración por dicha causa, ocupándose alguna vez en la caza, lo que de ningún modo puede producirle para sostener su abundante familia, ignorándose las más veces los puntos a donde se dirige cuando falta de la villa tres, cuatro o más días, por ninguna sociedad que este hombre tiene en el pueblo, de cuyas ausencias generalmente se sospecha mal por su propensión bastante notoria a dañar y perjudicar.

El Ayuntamiento consiguió su objetivo y Moreno nunca volvió a ser  admitido en el cuerpo realista. Y no solo eso, entre este verano de 1831 y el año 1834 fue preso de nuevo y encarcelado, esta vez en la cárcel de la Real Chancillería de Granada. A pesar de todo lo expuesto, creo que falta información que explique cómo pudo acabar de esta manera un realista entusiasta que había tenido tan destacado protagonismo en el fin del periodo constitucional y la vuelta al Absolutismo. No puede ser, como él denunciaba, fruto solo de la persecución a que le sometían los liberales, que no estaban para perseguir a nadie siendo ellos los perseguidos. 1831 es el año en el que se ejecutó a famosos liberales, como Mariana Pineda y el coronel Márquez (relacionado con Quesada como se puede ver en la biografía de Santiago Vicente García). A la enemistad con el alcalde mayor de Quesada, y con parte de la clase dirigente local, seguramente hay que sumar su extremismo político, que terminó perjudicándole cuando ya se presentía la violenta ruptura entre los partidarios del infante Carlos y la heredera de Fernando VII, la futura Isabel II. En septiembre de 1833 murió el rey y le sucedió su hija, de apenas tres años. Asumió la regencia como Reina Gobernadora su viuda, la tremenda María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. El infante Carlos no aceptó la sucesión y se embarcó, apoyado en los sectores más reaccionarios y absolutistas, en una rebeldía que provocó la terrible guerra civil conocida como Primera Guerra Carlista. Luis Moreno estaba en estos tiempos encarcelado en Granada, quizás por negarse de forma vehemente y excesiva, como era su carácter, a reconocer a la reina niña. La historia de los Moreno acelera aquí su terrible final.



[1] El guerrillero quesadeño Jerónimo Moreno y la duquesa de Benamejí.

[2] ARCHGR_C10532_009. INFORMACION SUMARIA. EL FISCAL CONTRA LUIS MORENO, VECINO DE QUESADA, SOBRE ROBOS. 1829.


Isabel II niña. Retrato de Luis Cruz Ríos.
Bellas Artes de San Fernando.


Fuga y persecución.

El año 1834 acababa sus días con aires de guerra civil. Fue año de una importante epidemia de cólera, especialmente intensa en Quesada durante el verano. Aunque la revuelta carlista se centraba en el norte, por aquí abajo se temía que se formara alguna facción rebelde y cundía la intranquilidad. Hubo rumores en noviembre, más tarde desmentidos, de conspiraciones carlistas en Úbeda y en Quesada.[1] En prevención de lo que pudiera pasar se desplegaron tropas por la zona, cuyo comportamiento no siempre fue el deseable. A fines de diciembre el teniente coronel Gregorio Vera, al frente de 180 hombres del regimiento provincial de Soria, se condujo de manera abusiva en Huesa, lo que motivó quejas del pedáneo al Ayuntamiento y de este al comandante provincial. La Milicia Urbana, cuerpo paramilitar con el que se sustituyó a los Voluntarios Realistas,  todavía no estaba plenamente operativa en Quesada.[2] Luis Moreno, preso en la cárcel de Granada, se fugó de ella a mediados de enero de 1835.

Tras escapar de Granada Moreno se dirigió inmediatamente a estas sierras y comarca, donde contaba con partidarios, varios de los cuales se le unieron de inmediato. Entre ellos su sobrino José Moreno Alférez, hijo de su hermano Juan y que más tarde sería conocido por el apodo de el Fraile. La noticia de la fuga y proximidad de Luis Moreno causó gran alarma en estas tierras y en toda la provincia. El gobernador civil hizo una proclama dando noticia de que “el bandido Luis Moreno, bien conocido en esta Provincia por sus atrocidades”, se había fugado y acompañado de otros pretendía extender la intranquilidad por la zona. Cabra del Santo Cristo, Quesada, Cazorla, Úbeda y Baeza habían pasado aviso al gobernador y, según este, se habían puesto sobre las armas para conseguir su “exterminio”.[3]

La primera noticia aparecida en prensa fue un despacho publicado en el periódico El Mensajero de las Cortes por su corresponsal en Cazorla:

Moreno el de Quesada, uno de los partidarios del absolutismo que mandó una partida el año 23, se ha fugado de Granada, donde estaba preso, y dicen que con diez más proclama a Carlos 5º en estas sierras. [4]

Este anónimo “periodista” cazorleño no se limitó a comunicar la llegada de Moreno, sino que añadió unos comentarios sobre el trasfondo político del asunto, sobre el miedo a que se extendiese la rebelión carlista por la provincia. Confiaba en que sería pronto capturado, pero avisaba de que no había que confiarse, porque “como los pueblos no han conocido aun los beneficios del nuevo régimen, como hay miseria e instigadores, podría engrosarse esta pequeña facción”. Era una crítica abierta al Gobierno por su inacción, que no hacía nada “nada de lo que convendría para que se conociesen las mejoras del nuevo sistema”. Terminaba diciendo irónicamente que si la censura no dejaba decir verdades, “callemos todos y venga cuando quiera Zumalacárregui”.

Luis Moreno no era un rebelde cualquiera, arrastraba la fama de sus acciones armadas de 1823. Se temía que, aunque la suya era “una pequeña facción, contando con los desafectos al gobierno maternal de nuestra adorada Reina, podía, si se la despreciaba, ocasionar graves males a la provincia y repetirse en ella las escenas de horror que se han visto por desgracia en otros puntos”.[5] El primer aviso real de que Moreno había entrado en la provincia se tuvo el jueves 29 de enero, cuando unos vecinos de Cabra del Santo Cristo lo vieron en el término de aquel pueblo. En su tiempo de conspirador realista había actuado por aquella parte y debía ser personaje conocido. Ante la gravedad de la situación el capitán general de Granada  destacó en Quesada una columna móvil de Escopeteros de Andalucía, migueletes, al mando del teniente coronel D. Nicolás Molinero.

 

En Quesada la fuga Moreno causó especial inquietud. El 3 de febrero se reunió el Ayuntamiento, acompañado del cura párroco y del comandante de armas y de la Milicia Urbana local, acordando constituirse en sesión permanente para no retrasar cualquier medida necesaria para la “destrucción” de la facción. Se acordó también citar a “paisanos honrados” para que, junto a los regidores y urbanos, rondasen todas las noches el pueblo “con toda la vigilancia”. Quesada era la patria de Moreno, “persona por nuestra desgracia ligada con vínculos de sangre con muchos familiares y relacionada con otras por amistad” y era de temer “que se combinasen para lograr sus siniestras intenciones”. El miedo a las complicidades levantó sospechas sobre el distribuidor de la correspondencia, que hacía días que abría la valija encerrándose en su casa, lo que no era costumbre. Se le ordeno que, “mientras dure el apuro en que nos hayamos”, la valija se abriese y custodiase en el Ayuntamiento, donde estaría vigilada por la comisión permanente. Era la correspondencia un elemento vital en estos momentos para el Ayuntamiento e imprescindible para que el jefe de la tropa recibiese instrucciones y remitiese los correspondientes partes.

Por estos días se produjo un importante robo en la parroquia de Cabra. Desparecieron los objetos de plata que allí había, sabiéndose al poco que el autor fue el sacristán con el objeto de poner el valioso botín a disposición de Moreno. En un creciente ambiente de tensión y temor se movilizaron las milicias urbanas de todos los pueblos en persecución del fugado de la zona y también las limítrofes de Baza y Cúllar, en previsión de que se aproximase por allí. Se incorporó a la persecución una compañía de granaderos del regimiento provincial de Murcia. Moreno, sintiéndose acosado, se internó en las espesuras de la sierra donde su grupo fue visto por los urbanos de Quesada, que dispararon sobre él. Según noticia difundida por el gobernador civil “solo debió su vida y poderse salvar de la persecución que sufría en todas direcciones a haberse precipitado en la maleza de los bosques que solo pueden penetrar las fieras, abandonando hasta el sombrero y la capa”. En este episodio fue capturado un sobrino de Moreno. No se dice quien fuera este sobrino, si José hijo de su hermano Juan, que le había acompañado en sus andanzas de 1823 o algún otro hijo de sus hermanos. Moreno y los suyos siguieron internándose en la sierra, hacia Pozo Alcón y Castril. De este último pueblo procede la siguiente noticia, publicada en El Eco del Comercio de 27 de febrero de 1835. Según el periódico el día 13 de febrero un cortijero de Castril fue a la sierra a ver sus vacas. De repente se encontró “con Moreno y sus secuaces”. Le exigieron que entregase la escopeta que llevaba, “pero este opuso grandes resistencias”. Ante su negativa Moreno disparó sobre el cortijero sin acertarle, contestando este con otro tiro que consiguió herir a Moreno. Además de disparar sobre Moreno prorrumpió en grandes voces pidiendo socorro, de manera que los “malhechores”, sabiendo que la sierra estaba llena de militares y urbanos que los perseguían, emprendieron la huida dejando un “rastro de la sangre que derramaba Moreno”. El cortijero de Castril encontró después dos caballos, y al poco “se presentó uno de los compañeros del rebelde guiado por un muchacho”. En aquel momento aparecieron los urbanos de Pozo Alcón. Siendo próxima la noche todos, incluido el alcalde de Pozo Alcón que mandaba a sus urbanos, pernoctaron allí. La mañana del 14 que salieron muy temprano “a perseguir al perverso”.



[1] El Mensajero de las Cortes 6-12-1834

[2] El capitán general ofreció para los urbanos 80 fusiles, que al poco quedaron en 40 para ser finalmente 15. El Ayuntamiento dijo a capitanía que eran muchos los gastos de ir a Granada a recogerlos para traer tan pocos, que cuando estuvieran disponibles todos ya se mandaría a por ellos. Los urbanos de Quesada tenían solo las armas que se le habían recogido poco antes a los realistas.

[3] Boletín Oficial de la Provincia de Jaén de 14 de febrero de 1835.

[4] Mensajero de las Cortes. 13 de febrero de 1835.

[5] Boletín Oficial de la Provincia de Jaén de 21 de febrero de 1835.



Fusilamiento por la espalda



    Captura y ejecución de Luis Moreno.

No duró mucho más fuga del malherido Moreno. El alcalde y los urbanos de Pozo Alcón batieron la zona hasta conseguir prenderlo el día 16 conduciéndolo a Quesada. La mañana del 17 el alcalde mayor de Quesada, don Francisco Tercero Luengo, escribía al gobernador dando parte de la captura de Moreno. La noticia procedía del “señor alcalde primero de la villa de Pozo Alcón”, que se había presentado en Quesada a primera hora acompañado del secretario de su Ayuntamiento. Con ellos iba Juan de Dios Martínez, que era el que apresó a Moreno. Se habían adelantado para anticipar la inmediata llegada a Quesada de Moreno, conducido por urbanos y paisanos de Pozo Alcón. Don Francisco Tercero, el último alcalde mayor “juez de letras” que hubo en Quesada, informó al gobernador que D. Nicolás Molinero, comandante de los Escopeteros, le quería abrir a Moreno “una breve sumaria” (juicio), para no retrasar el “tan merecido castigo”. Pero el captor de Moreno, el tal Juan de Dios, era un prófugo que se había fugado de presidio y por eso don Francisco, en nombre del alcalde del Pozo le pide al gobernador que “el interesantísimo servicio de que acaba de hacer” le haga “acreedor a la gracia del indulto”.[1]

Todo fue muy rápido, según el parte que desde Quesada el teniente coronel D. Nicolás Molinero envió al comandante general de la provincia con fecha del día 18:

Excmo. Sr.: A las cinco de la tarde de este día ha sido fusilado por la espalda el cabecilla Luis Moreno, después de haberle administrado el pasto espiritual, e instruido el sumario de la identidad de su persona y por si declaraba algunos cómplices. [2]

 

El fusilamiento por la espalda era el trato correspondiente a su condición de traidor. No se dice el lugar exacto donde se fusiló a Moreno, pero tuvo que ser en la plaza, que era el lugar público más amplio de Quesada y se quiso que su muerte fuese ejemplarizante. Según Molinero un “inmenso gentío” había acudido “de los pueblos inmediatos a presenciar la justicia”, lo que, afirma, “deja conocer que aquel cabecilla fue más criminal de lo que parece”. Dijo también Molinero al gobernador que parecía increíble el “encono” de “todos los entusiasmados habitantes de la Sierra de Cazorla”, que la habían monteado toda “disputándose la gloria de ser los primeros a emplear sus armas”. Junto a Moreno se capturó a veinticinco cómplices y sospechosos, alguno de los cuales se hacía pasar por teniente. Quizás fuese su sobrino José, que así se titulaba por su participación en 1823 en la caballería de los Defensores del Rey.[3] Según el gobernador los urbanos de Cazorla había capturado a otro faccioso, un tal “don Antonio Morales, bien conocido en esta capital por sus opiniones” y que junto a otros compañeros había salido de Jaén para unirse a Moreno.[4]

 

La muerte de Moreno impactó en Quesada. Muestra de ello es el manuscrito inédito MEMORIAS DEL SIGLO XVIII AL PRESENTE. Escrito por varias manos que se fueron sucediendo, todos más bien carlistas, es una recopilación de sucesos ocurridos en Quesada, en su gran mayoría de carácter social: nacimientos, bodas, defunciones. En pocas ocasiones se hace referencia a los acontecimientos de índole más o menos política. Una de esas pocas es la muerte de Moreno, que se anota así en el capítulo de 1835:

En 18 de febrero fusilaron a Don Luis Moreno por disposición de Don Nicolás Molinero teniente coronel de migueletes.

Muerto Moreno el pueblo volvió a su rutina habitual. Se levantaron las prevenciones con la correspondencia y se reanudaron los cobros de contribuciones, que se habían paralizado en el ínterin. Se abrió una nueva posada, que tenía más tiro entre los arrieros que el mesón del Ayuntamiento junto al Arco de Granada —actual Manquita de Utrera—, por lo que se quejaba el que lo tenía arrendado. El 19 de abril fue la Traída de la Virgen y semanas después cesó Don Francisco Tercero Luengo como alcalde mayor. En el verano se clausuró el convento de Santo Domingo por tener menos de doce frailes. Por supuesto, continuaron los pleitos con Cabra por la Dehesa. El tal Juan de Dios Martínez, el captor de Moreno, fue indultado. Parecía que había vuelto la paz y la tranquilidad.

José Moreno Alférez (a) el Fraile

El resto de 1835 fue tranquilo en Quesada. Tranquilo por lo que toca a las facciones carlistas, porque aquel verano cundió la fiebre constitucionalista y en todas las provincias andaluzas se formaron juntas revolucionarias que constituyeron en Andújar la Junta Central de Andalucía. En ese fervor político una muchedumbre de vecinos de Quesada se congregó el 4 de septiembre frente a la casa del regidor decano —ya no había alcalde mayor y los ordinarios no se eligieron hasta un mes después— exigiendo la proclamación de la Constitución de 1812. El regidor, Don Martín de la Torre, no quiso ni comprometerse ni ponerse en contra de la multitud. Contestó que ni aceptaba ni se oponía. Sin embargo el pleno del Ayuntamiento, para evitar desórdenes, se avino al deseo de los vecinos. Esa tarde se colocó en la fachada de la casa consistorial una placa que decía: Isabel II Constitucional. Hubo repique de campanas y se encendieron luminarias aquella noche en señal de júbilo.

Pocos meses después, marzo de 1836, una Real orden separaba Larva de la jurisdicción de Quesada agregándola a Cabra. Los tradicionales incidentes entre uno y otro pueblo se agravaron llegándose prácticamente a las manos. A finales de año, las partidas de Chinchilla y de Isidro Ruiz (a) el Monjero, se acercaron a la comarca. En Quesada se creó el 2 de diciembre una Junta de Protección y Seguridad ciudadana ante la cercanía de los carlistas que el día 14 intentaron invadir el pueblo. Poco antes, en septiembre, el general carlista Miguel Gómez había entrado por Alcaraz y pasado por Villacarrillo, Úbeda y Baeza con dirección Córdoba. Causó estragos pero no se acercó a Quesada. Se vivía en continuo peligro y en permanente inseguridad. Resumiendo mucho, el 14 de julio de 1837, cinco días después de que se proclamase en Quesada la nueva Constitución, el capitán general de Granada declaró el estado de sitio en todos los pueblos de las sierras de Segura y Cazorla. Lo que impedía, entre otras cosas, que los ganaderos permaneciesen con sus ganados en la sierra. Nos alargaríamos demasiado entrando en los detalles de esta guerra, que ya está contada en su propio artículo de este blog.

No hay noticias de Moreno alguno en este tiempo. El 13 de diciembre de 1837 la partida de Manuel Morillas entró en Quesada. No causó especiales daños pero si exigió importantes cantidades de suministros. Con el cambio de año, enero de 1838, tomaron el relevo dos partidas bastante más serias, la de D. Basilio García (a) el de Logroño y la de Antonio Tallada Romeu. Provocaron un auténtico caos bélico en esta parte de la provincia. En Quesada, siguiendo un protocolo ordenado por las autoridades, el Ayuntamiento abandonó el pueblo llevando consigo los caudales que había en el arca municipal de tres llaves, para evitar que los fondos cayeran en manos de los rebeldes. En su lugar quedó una junta interina encabezada por el párroco y de la que formaban parte algunos vecinos, como Santiago Vicente García, que por su cercanía al carlismo corrían menos peligro. El 6 de febrero, procedente de Cazorla, entró D. Basilio en Quesada. Inmediatamente y en su persecución, lo hicieron las tropas del general Laureano Sanz.

Con la facción de Tallada venía un oficial carlista, “titulado coronel”, llamado Ramón Rodríguez Cano (a) la Diosa. Hacia el 28 de febrero  se supo que la Diosa andaba por la parte de Béjar con unos 200 hombres. Inmediatamente fue acosado por los urbanos de Cazorla y Quesada al mando de don Ambrosio Navarro. El jefe carlista fue moviéndose por la sierra hasta llegar a Majuela. Allí sorprendió al regidor de Quesada don Ramón Bayona en su cortijo, donde estuvo punto de ser fusilado junto a tres paisanos de Quesada y tres urbanos de Cazorla. El día era de abundante temporal y nieves, que hicieron que unos y otros se dispersaran en pequeños grupos. En un momento dado don Ramón y los otros seis sorprendieron a la Diosa acompañado de algunos facciosos y le obligaron a rendirse tomándolo preso.[5] La noticia fue anunciada por el gobernador con entusiasmo en el Boletín Oficial y fue ampliamente reproducida por la prensa de Madrid.

Recordemos que Luis Moreno tenía un sobrino, José Moreno Alférez (a) el Fraile, que lo había acompañado en sus aventuras del año 23 y también durante la persecución de febrero de 1835. En aquellos días fue capturado un sobrino que, como va dicho antes, no se puede asegurar si fue José u otro. El caso es que si fue José consiguió la libertad —o se fugó como antes había hecho su tío— y andaba en 1838 por estas sierras. Junto a Don Basilio y Tallada actuaba en estos meses una partida menor, en número que no en ferocidad, mandada por el manchego Juan Vicente Rujero (a) Palillos. A esta facción pertenecía José Moreno. Cuadraba a su carácter unirse al terrible Palillos, porque ya se vio como en 1826 —época sin guerra— andaba fugado para evitar la cárcel, a la que había sido condenado por matar a un forastero en Quesada. ¿Acompañaba José Moreno a la Diosa como conocedor del terreno inmediato a su pueblo? Es posible, pero no aparece su nombre. El general Sanz consiguió expulsar de la provincia a Palillos, pero por aquí permaneció Manuel Morillas al que se unió José Moreno, que no siguió a Palillos en la retirada. Durante el otoño alteraron la tranquilidad de las comarcas serranas y volvió a declararse el estado de sitio. Esto significaba, por ejemplo, que los ganaderos no podían introducir el ganado en la sierra ni en cualquier otro lugar donde actuara la facción. La fama de José Moreno, la de su familia, le precedía y el nuevo comandante militar de Jaén, Carlos González Llanos, decidió desalojarlo de las inmediaciones de Quesada donde centraba su actuación, seguramente por conocer bien el terreno y contar con el apoyo de familiares y amigos en la zona.

En el mes de octubre, siguiendo las instrucciones de González Llanos, tropas del regimiento provincial de Jerez estacionadas en Quesada, lo atacaron y acosaron obligándolo a introducirse en la espesura de la sierra. Moreno Alférez, junto a su compañero Vicente Sanz, que procedía de otra famosa facción, la de Antonio García de la Parra (a) Orejita, se dirigieron Guadalquivir arriba hasta la parte de Bujaraiza. Parte de sus compañeros, comandados por un tal Peñilla, natural de Cazorla, intentaron escapar hacia Sierra Morena buscando la Mancha, donde campeaban otras partidas, y fueron alcanzados en Montizón. El cabecilla Morillas fue capturado y muerto en Villacarrillo a finales de octubre de aquel año de 1838. José Moreno y los pocos que le acompañaban quedaron aislados en la sierra en una situación bastante desesperada. El 24 de octubre González Llanos tenía en Quesada cincuenta facciosos apresados, entre los que habían sido aprehendidos y los entregados por su voluntad. Y eso fue lo que hizo Vicente Sanz, el compañero de Moreno, que se entregó a los urbanos de Bujaraiza y fue entregado a la tropa de guarnición en Hornos. Mandaba esta tropa, el Tercer Batallón Franco de Málaga, el capitán Valdivieso, el cual informó a González Llanos que dos confidentes le tenían prometido traerle muerto a Moreno. Así ocurrió y el 26 de octubre se presentaron al capitán Valdivieso en Hornos tres paisanos de Bujaraiza que le habían dado muerte. Llevaban consigo como prueba las orejas que le habían cortado al cadáver. Fue el autor material de la muerte Matías Nieto (a) Abrigo. Para asegurarse que el muerto era realmente Moreno, el cadáver fue llevado a Hornos y expuesto en la plaza del pueblo. Desde allí el capitán Valdivieso dio parte a su jefe González Llanos informándole que, tras las diligencias oportunas, se había identificado con seguridad a Moreno y que de “no haber estado corrompido su cráneo, como lo acredita el adjunto testimonio, lo hubiera remitido a esa para satisfacción de V.S. y la de los buenos españoles”. Y remata el capitán Valdivieso diciendo:

…si Morillas era monstruo de estos contornos, el Moreno era el terror de todos, en el poco tiempo que le ha acompañado (…) sin exageración puede decirse era el terror de los vándalos.[6]

La noticia de que José Moreno (a) el Fraile, había sido desalojado de Quesada, “pueblo de su naturaleza”, muerto en Bujaraiza y expuesto su cadáver en Hornos, circuló ampliamente en la prensa.[7] Tras el final de Morillas, Moreno y sus secuaces, la provincia quedó en calma. Pocos meses después el llamado Abrazo de Vergara puso fin a la guerra civil. La familia Moreno dejó de existir en Quesada, al menos dejó de estar entre las familias principales. Con un apellido tan común y no habiendo posibilidad de recurrir a los libros parroquiales para fijar lazos familiares, es complicado rastrear a sus descendientes. En cualquier caso no volvieron a tener notoriedad pública.

 



[1] El Eco del Comercio. 24 de febrero de 1835.

[2] Boletín Oficial de la Provincia de Jaén de 21 de febrero de 1835.

[3] El Compilador (Madrid). 23/2/1835.

[4] El Eco del Comercio. 24 de febrero de 1835.

[5] BOP de Jaén de 21 de febrero de 1835. Los tres paisanos de Quesada que participaron en la captura junto al regidor fueron: Ramon Pinos, Antonio Martínez Baltasar y Juan Ortiz.

[6] BOP Jaén. 3 de Noviembre de 1838.

[7] Por ejemplo, El Correo Nacional de 8 de noviembre de 1838.



Carlos González Llanos.
Comandante militar de Jaén.



lunes, 13 de mayo de 2024

CENTENARIO DE LAS EXCAVACIONES DE BRUÑEL


Cuaderno de notas de J.M. Carriazo. Fondo Carriazo-Universidad de Sevilla




    La mañana del 11 de agosto de 1924 la tierra de Bruñel, que solo había sido removida por el arado en los últimos mil quinientos años, se abrió por primera vez con fines arqueológicos. Su autor, no podía ser de otra manera, don Juan de Mata Carriazo. Él mismo lo explica así en su cuaderno de notas bajo el título “BRUÑEL Diario (1924)”:

    11 de agosto. Empiezan los trabajos con dos peones. La mañana se emplea en explorar la supuesta torre del S-O de la zona en que afloran restos. Bien pronto se comprueba que sus fuertes muros, de un metro de espesor (sin el revestimiento de sillería que llevó probablemente) se ofrecen revestidos interiormente de una mezcla fuerte.

    La historia oficial, la historia publicada, del yacimiento empieza bastantes años después, en 1965, con ocho campañas de excavaciones que se extendieron hasta 1971. El profesor Manuel Sotomayor, en las Jornadas Históricas del Alto Guadalquivir. QUESADA (1992-1995)[1], expuso un completo resumen sobre estas excavaciones, que inició en ese año 65 Rafael del Nido y en las que participaron en los siguientes años importantes arqueólogos, como el propio Sotomayor, Palol o Riu. Sotomayor explica así el origen de las excavaciones:

    El descubrimiento casual que dio origen a las excavaciones lo describe así D. Rafael del Nido en su primer borrador, inédito, sobre laprimera campaña: “aunque siempre han aflorado restos de construcciones y fragmentos de cerámica en esta zona, ha sido al abrir hoyos para plantar olivos cuando empezó a encontrarse los primeros fragmentos de mosaicos”.

    En enero de 1965, llegada la noticia a Rafael del Nido, inició este unas prospecciones que le llevaron al descubrimiento parcial de los mosaicos. Lo curioso es que Carriazo los había descubierto cuarenta años antes. No tiene nada de particular esta anticipación, porque casi en cualquier cosa que se toque de historia o arqueología quesadeña, de un modo u otro, Carriazo ya estuvo antes.

    La explicación de que esta intervención pionera de Carriazo en Bruñel sea casi desconocida es sencilla: no publicó nada sobre su trabajo, apenas alguna escueta referencia en alguno de sus artículos de aquellos años, como el de Don Lope de Sosa (septiembre de 1925) sobre cerámica romana en El Allozar o, pocos años después, en el que dio a conocer la estela discoidea descubierta en el Paseo de Santa María durante el invierno 1931-32.

    El propio Carriazo se refiere a su intervención en Bruñel en una curiosa “entrevista” que le hizo Lorenzo Polaino en 1972, con motivo del homenaje tributado por la Universidad de Sevilla en su jubilación:

    Mi primera excavación personal quedó inédita. Fue apenas el descubrimiento y una exploración preliminar en las ruinas romanas de Bruñel, en el centro del triángulo Quesada-Cazorla-Peal de Becerro, realizada en agosto de 1924; y en ella puse al descubierto algunas partes de lo que parecía una suntuosa villa, con mosaicos. Siempre he querido volver a este tajo detenidamente, y nunca tuve otra ocasión de hacerlo. (…) Luego, en estos años pasados, otros compañeros han realizado allí trabajos y descubrimientos importantes, que me llenan de satisfacción y me quitan un cargo de conciencia.[2]

    En 1924 el Dr. Carriazo —que sigue teniendo a su nombre la calle que en 1931 le dedicó el ayuntamiento, la única de las nombradas por ayuntamientos republicanos que sobrevive— era un joven de apenas 25 años que se había doctorado con sobresaliente un par de años antes. Por entonces iniciaba su andadura pedagógica e investigadora en el Instituto Escuela y en el Centro de Estudios Históricos. En 1927, con apenas 28 años, ganó la cátedra de Prehistoria e Historia de España Antigua y Medieval de la Universidad de Sevilla.

    Aunque durante los años veinte solo pasaba en Quesada las vacaciones, aprovechó bien aquellas estancias y son de esa época sus muchas fotografías del pueblo y de Tíscar. Además aprovechaba esos días para explorar rincones del pueblo con interés arqueológico. Para los vecinos debía ser una estampa habitual verlo recorrer los pechos de Santa María y otros lugares “mirando el suelo”. En diciembre de 1924, tras recibir aviso por sus descubridores, excavó el yacimiento argárico del cerro de la Magdalena, que en este caso sí fue publicado[3]. Durante estos años veinte publicó asiduamente sobre temas quesadeños en Don Lope de Sosa, revista que dirigía en Jaén Alfredo Cazabán.

    Aunque no han faltado homenajes y reconocimiento, la deuda de Quesada y su historia con Carriazo es impagable, aunque más no fuera que por la monumental Colección Diplomática de Quesada de 1975. Tiempo habrá el año próximo, que se cumplen 125 años de su nacimiento, para extenderse sobre su figura, la más importante en mi opinión, junto a Zabaleta, del siglo XX quesadeño.

    Volviendo a Bruñel, hace referencia Carriazo a estos primeros trabajos tanto en los artículos ya citados de aquellos años como en el Estudio Preliminar de su Colección Diplomática, donde se refiere a ellos como “pequeño reconocimiento que descubrió las ruinas de una lujosa villa, con diversas habitaciones que tuvieron pavimentos de mosaico y paredes estucadas”. Pero aparte de estas cortas menciones Carriazo dejó otras huellas de su paso por el yacimiento arqueológico. Me refiero a sus papeles personales, guardados en el Fondo Carriazo, que custodia la Universidad de Sevilla por donación de la familia.

Fragmento del Cuaderno de notas de J.M. Carriazo.
Fondo Carriazo-Universidad de Sevilla


    Entre estos papeles hay una pequeña libreta, del tamaño de una agenda de bolsillo, en la que Carriazo tomaba, sin mucho orden, apuntes y notas sobre distintos asuntos que en aquel momento despertaban su interés o en los que se estuviera ocupando. Aquel verano de 1924 sus miras estaban puestas en Bruñel y sin duda por eso anota en una página un par de artículos del reglamento de excavaciones vigente en aquel momento; en otra, la bibliografía disponible entonces sobre mosaicos romanos y en una tercera, bajo el epígrafe “Para las excavaciones”, una relación de nombres y el importe en pesetas que cada uno de ellos había aportado para costear el pago de jornales de su excavación.

    Es en este cuaderno donde Carriazo apuntó los párrafos del diario de excavaciones con cuya cita se inicia este artículo. Es un documento de un encanto especial, diría incluso que emocionante, porque es un cuaderno de campo de uso personal, notas para su memoria. No solo están relacionadas con Bruñel —o con Lacra, como veremos— sino que también recoge, por ejemplo, una relación de anillos antiguos encontrados en Tíscar, Bruñel, Toya o Belerda, con su correspondiente dibujo y nombre de la persona que en aquel momento lo poseía, la colección de monedas (romanas y de los siglos XIV al XVIII) que poseía Nicolás Carrasco o la moneda romana de oro que tenía el padre de Zabaleta, con su huella estampada en el papel con sombra de lápiz. Por muchos conceptos, tanto este cuaderno como el resto del Fondo Carriazo es una auténtica joya para la historia y arqueología de este pueblo.

    La excavación de Bruñel, o mejor la prospección o exploración, duró unos pocos días. Carriazo anotó en su cuaderno, con gran detalle y profusión de medidas, lo que se iba encontrando conforme avanzaban los trabajos. La mañana del día 11 descubrieron unas escaleras o repisas que daban a una pieza cuyos muros estaban recubiertos “de un cemento blanco, fuerte y bastante bien conservado” y en cuyo fondo se apreciaba “una capa de 10 cm., con apariencia de ceniza, que resulta ser trigo quemado o ennegrecido por la humedad”.

    La tarde del mismo día se dedicó a los restos de mosaico que se observaban a simple vista. Limpiando la tierra que los cubría, comprobó que eran en realidad dos mosaicos correspondientes a diferentes estancias, aunque había desaparecido el muro que las separaba. Interpreta esta falta de muro por la reutilización del material —“sillarejos bien labrados, codiciables por su fácil transporte”— en la construcción de los cortijos inmediatos. De la tierra removida salieron abundantes “trozos de cascote o yesones cubiertos de pintura”, entre los que le llamó la atención uno de color azul intenso.

Plano de Bruñel 1924
Fondo Carriazo-Universidad de Sevilla


    Carriazo acompañó sus anotaciones de pequeños dibujos explicativos que intercalaba en el texto manuscrito. Además, levantó un croquis, a escala 1:10, de los muros que eran visibles. No está este dibujo en el cuaderno, por cuestión de espacio, y seguramente es de fecha posterior y quizás de otra mano —salvo que además fuera un buen dibujante— aunque los datos proceden de aquellos días. En el Fondo Carriazo hay dos versiones del mismo. Una de ellas con la leyenda Apunte de plano de la “Villa” romana de Bruñel. Agosto de 1924.

    Aquella primitiva exploración de Bruñel tuvo su anécdota chusca que Carriazo cuenta en la citada entrevista de Lorenzo Polaino. Según don Juan de Mata uno de aquellos días se descubrió una pieza cuyo suelo sonaba a hueco si se pisaba fuerte: “sorprendí miradas de complicidad entre mis cavadores que me alarmaron mucho”. Al volver al pueblo comunicó sus temores a “cierta autoridad para que dispusiera que aquella noche el lugar fuera vigilado especialmente”. Lo autoridad se lo tomó tan en serio que prometió acudir él mismo a la vigilancia y custodia. Cuando al día siguiente volvió Carriazo al yacimiento encontró “que la autoridad se había pasado toda la noche rompiendo el piso y abriendo una enorme fosa, «pues para qué iba él a dejar a otros la oportunidad de descubrir un tesoro»”.

    Ya con posterioridad, en 1934, pudo registrar el hallazgo en Bruñel de “una tumba infantil, con un sarcófago de plomo y una lápida cintrada, en la que apenas se leía D. M. S. BRAC...”[4]. En el Fondo Carriazo se conservan fotografías de este hallazgo y además un dibujo de su mano en el citado cuaderno de notas, justo antes del inicio del “Diario de Excavaciones”.[5]

Sarcófago de plomo y epígrafe de Bruñel -1934.
Fondo Carriazo-Universidad de Sevilla


    Antes de terminar no me resisto a mencionar otro episodio arqueológico de Carriazo en Quesada que ha quedado también inédito. Me refiero a los hallazgos de época romana en Lacra, que él identifica con el topónimo “Laccuris”[6]. Ya en 1925 dio cuenta en un pequeño trabajo, publicado en Don Lope de Sosa, que en Lacra se habían encontrado “vidrios, grandes ánforas, armas y joyas, parte de una necrópolis y repetidos indicios de un suntuoso establecimiento termal, en las inmediaciones de una salina”. En el Estudio Preliminar añade que “allí en Lacra, en las inmediaciones de una hermosa fuente, han estado siempre bien a la vista unos molinos romanos del tipo cónico, que las gentes del país llamaban las mazorcas”. Pero el hallazgo más importante en aquel lugar fue el de un edificio o monumento de época romana de buen porte:

    Durante nuestra guerra civil se descubrieron y se destruyeron, del modo que muestran las fotos adjuntas, los restos de un edificio romano de hermoso aparejo, tal vez un sepulcro del tipo de torre que no llegué a tiempo de salvar.

    Dice “las fotos adjuntas”, pero estas no están entre las ilustraciones de la Colección diplomática de Quesada; fue sin duda un lapsus. Pero sí están en Fondo Carriazo, junto a las del sepulcro e inscripción epigráfica de Bruñel. Hay además entre sus papeles uno donde están anotadas las dimensiones del hallazgo y el lugar: “Haza del Cañuelo, Lacra”. Arriba anotada una fecha, “enero de 1934” y “desc. Gregorio Caballero López”. La Colección diplomática de Quesada se publicó en 1975, muchos años después del hallazgo y es fácil que fecharlo en los años de guerra fuera otro lapsus y que la fecha buena sea la de 1934. Además Gregorio Caballero era un labrador de Los Rosales que tuvo un tiempo arrendadas tierras en Piedrabuena (posiblemente las propias de Carriazo, propietario allí) y que seguramente en 1934 era arrendatario en Lacra. No era en cualquier caso un jornalero y no creo que estuviera al frente de tierras durante los años tumultuosos de la guerra civil.


Edificio romano hallado en Lacra
Fondo Carriazo-Universidad de Sevilla


    Fuera el hallazgo de uno u otro año, el edificio era de buen porte, con grandes sillares bien labrados, como se puede apreciar en la foto, aunque no sea de buena calidad. No pudo impedir Carriazo la destrucción del edificio pero, como él mismo cuenta, sí pudo recuperar, “trabajosamente”, “una bella cabeza de carnero, en ágata, posible adorno de un mueble suntuoso y obra probablemente alejandrina y del siglo I, con la que jugaban unos niños creyéndola el puño de un paraguas”. Esta cabeza forma parte en la actualidad de la colección del Museo Arqueológico Nacional, por donación de Juan de Mata Carriazo en 1959.

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[1]Manuel Sotomayor Muro. Sobre la villa romana de Bruñel. De las sociedades agrícolas a la Hispania Romana. Jornadas Históricas del Alto Guadalquivir. Quesada (1992-1995). Universidad de Jaén 1999.

[2] Lorenzo Polaino Ortega. Don Juan de Mata, examinado. Está recogido en Juan de Mata Carriazo y Arroquia. Perfiles de un centenario (1899-1999). Juan Luis Carriazo Rubio (ed.). Universidad de Sevilla, 2001.

[3]La cultura de El Argar en el Alto Guadalquivir. Estación de Quesada. En Actas y Memorias de la Sociedad Española de Antropología, Etnografía y Prehistoria. Año 4º Tomo IV, 1925.

[4]Estudio Preliminar pág. XXVI

[5] Justo debajo de este dibujo, y como otra muestra más del uso para anotaciones sueltas de uso personal que dio al cuaderno, anotó algo que no tenía nada que ver, pero imprescindible en otros trabajos de épocas más cercanas: la equivalencia entre ducado, real y maravedí. Es algo que yo también necesité en su momento, pero que con los medios que contamos hoy no me fue preciso apuntarlo en cualquier sitio y lo hice en una hoja Excel que me permite cálculos inmediatos. Compartir esta necesidad con D. Juan de Mata es una de las razones por las que digo que acceder a “sus papeles” me ha resultado emocionante.

[6] Esta identificación salpica sus páginas, tanto de este cuaderno de notas como de otros trabajos, y especialmente en Estela discoidea de Quesada. Archivo español de Arte y Arqueología. Tomo VIII 1932. Centro de Estudios Históricos. Madrid.



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sábado, 9 de marzo de 2024

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN QUESADA. 2ª parte (1811-1814)

 



 Quesada había terminado 1810 con una precaria elección de alcaldes ordinarios para el año siguiente. Precaria porque el asalto de los invasores al ayuntamiento obligó a improvisar las bolsas y bolas de insaculación para sortear los cargos. Militarmente la situación estaba estancada y se había convertido en una guerra de desgaste. Aunque los franceses controlaban la capital y los grandes pueblos de la provincia, no habían conseguido acabar con la resistencia de las guerrillas. Esta igualada situación no dejaba de ser un fracaso para el ejército más poderoso de Europa. Los conquistadores del mundo, como les llamó Bielsa, se mostraban incapaces de imponerse a unas guerrillas formadas por algunos militares desperdigados procedentes de unidades derrotadas y por paisanos bastante anárquicos y poco experimentados.

 

1.- Un año de guerra.

La guerra había empezado casi dos años y medio antes, pero en estas tierras la guerra efectiva, con muertos y con tiros,  solo comenzó a principios de 1810 cuando los franceses forzaron Despeñaperros. Al entrar 1811, en el Reino de Jaén se sucedían las acciones de unos y otros, los ataques y los contraataques, las represalias sangrientas, sin que ningún bando consiguiera imponerse con claridad al otro. Los continuos episodios militares afectaron gravemente la vida de los pueblos. La inestabilidad y la inseguridad dificultaban que los campos, llenos de gentes armadas, se pudiera llevar una vida normal y que los ganaderos, los habitantes de los cortijos, los arrieros y trajinantes se pudieran dedicar a sus trabajos y producciones con una mínima tranquilidad.

El cazorleño José Sanjuán describió con crudeza[1] los asesinatos, saqueos, robos y represión de los ocupantes. La escasez y carestía de toda clase de géneros, especialmente de trigo y de pan, se dejó sentir con fuerza. Los pueblos estaban en una situación muy difícil, y muchos de sus vecinos en la miseria cercana al hambre. La presencia de tantos soldados y gentes forasteras, a los que había que suministrar alimentos de grado o por fuerza, multiplicaba el consumo. Aumentaba el consumo y la demanda, pero no lo hacía la producción, entre otras causas porque buena parte de la gente más joven estaba en la cosa militar y no podía trabajar el campo. Esta circunstancia se observa en todas las guerras, y esta no fue una excepción. Como resultado de la escasez los precios fueron empujados al alza. En el verano de 1808 la fanega de trigo estaba en 40 reales y la hogaza de pan en 7 cuartos, 0,82 reales. Un año después, en julio de 1811, en Cazorla se vendía la hogaza a 20 cuartos, es decir, 80 maravedíes o 2,35 reales.[2] En Quesada, aunque no hay datos para primeros de este año, los precios debían ser muy similares. Siguieron subiendo y ya en enero de 1812 el Ayuntamiento de Quesada fijó la hogaza en 27 cuartos o 3,2 reales, la de maíz 17 cuartos, igual que la de cebada. Eran unos precios insólitos, tanto como infrecuente era que se fijase precio al pan de cebada, señal de que se recurría para comer a cualquier cereal disponible. Para valorar tan dramática carestía hay que considerar que afectaba muy especialmente a los que menos tenían, a los que no fueran propietarios de tierras propias o las tuviesen arrendadas, a los que no dispusieran de trigo propio que panificar y cocer. Este grupo era una proporción muy considerable de la población, en torno a un 35 o a un 45 por ciento. Por entonces el jornal estaba en unos 5 reales, de manera que es fácil deducir que en meses de poca faena y jornales, como marzo, lo pasarían bastante mal. Los vecinos, especialmente los menos pudientes, atravesaban un momento difícil, equiparable, si no peor, al que vivieron durante las sequías y hambrunas de 1803-1805.

Como ya se dijo en la primera parte, la tradición, varios siglos antigua, del Ayuntamiento de Quesada era la división y el enfrentamiento de sus miembros, absorbidos por interminables querellas. Aunque para este año de 1811 no se conserva el libro capitular, hay que imaginar que seguirían poco unidos y que las diferencias entre ellos fueran importantes. Raro sería que personas criadas en las banderías, divisiones y enfrentamientos hubieran variado su comportamiento, por mucha necesidad que hubiera de proteger al común. A los tradicionales bandos de partidarios de gobierno por alcaldes ordinarios y partidarios de corregidores y alcaldes mayores ahora se uniría el de los favorables a la resistencia patriótica y el de los más o menos afrancesados, con todos los puntos intermedios y acomodaticios necesarios para salvar la propia cara. En el caso de Cazorla existen las memorias y recuerdos personales de José Sanjuán, testigo de los acontecimientos. Narra Sanjuán algunos sucesos intrigantes que acreditan cómo entre regidores y vecinos había opiniones diversas. Aparte de las peculiaridades que diferenciaban ambas villas, Cazorla arzobispal y Quesada de realengo, de la mayor presencia de las partidas guerrilleras en una que en otra, por cercanía y similitud económica y social creo que se pueden establecer paralelismos y que no debieron ser muy distintas las cosas en uno y otro pueblo.

En diciembre del año anterior se habían elegido en Cazorla, al igual que en Quesada, alcaldes para el año 1811, que prácticamente no llegaron a tomar posesión porque renunciaron. Según Sanjuán, el 14 de enero se reunió un amplio grupo de paisanos en la calle y se constituyeron en una especie de asamblea vecinal. En ella eligieron alcaldes sin que hubiera discrepancia entre los asistentes, “por la concordia que tenían formada” (previamente). Tomaron posesión de las varas sin ningún formulismo verbal o escrito. A continuación un fraile secularizado dio un discurso desde el balcón de la casa consistorial “exhortando a la paz, al amor, a la justicia, puesto que donde existe no hay desigualdad, crueldad ni tiranía”. Resulta muy peculiar y extraña esta asamblea popular que toma “el mando” de la villa. Más sorprendentes aún son las aclamaciones al llamamiento a la paz del fraile, que en ese momento solo podía significar una crítica al uso de las armas contra José I. Y es que las decisiones de esta asamblea no fueron en contra de los invasores, pues a los pocos días el prefecto Echazarreta dio el visto bueno y confirmó a los elegidos en la tumultuosa junta vecinal. Entre las primeras medidas que tomaron las nuevas autoridades estuvo, según Sanjuán, la de enviar un comisionado al general Blake para que la guerrilla “no hiciese mansión” en el pueblo, es decir, que se fuera.

No hay que suponer que en Quesada ocurrieran necesariamente sucesos similares, no lo sabemos ni no la vamos a llegar a saber nunca. Pero sí es seguro que la población tampoco formó un bloque monolítico y patriótico opuesto al invasor. Al igual que en Cazorla, tuvo que haber “partidarios de la paz”. De hecho, y como más adelante se verá, en Quesada hubo gentes que actuaron directamente como espías del enemigo informando de los movimientos de las tropas españolas. También hubo movimientos extraños en el nombramiento de alcaldes que solo se pueden interpretar en este mismo sentido.

En octubre de 1810 murió el brigadier Antonio Calvache, jefe de las partidas guerrilleras de Jaén, durante una acción de guerra en Villacarrillo. Le sucedió Francisco Barreda y desde abril Lorenzo Cerezo, que mandaba, además de las guerrillas, en el batallón de Voluntarios de Burgos (ya van apareciendo unidades del ejército regular).[3] Durante aquellos primeros meses del año la acción se desplazó algo más al norte, pues los franceses intentaron (sin éxito) penetrar en la Sierra de Segura, corazón de la resistencia guerrillera. Este protagonismo de Segura no significa para nada que la cosa estuviera tranquila más abajo, por Cazorla y Quesada. Hace unos años Nicolás Navidad descubrió una carta de mayo de 1811 que hace referencia a una acción militar en Quesada. La carta se subastaba en internet y el Ayuntamiento, alertado por Nicolás, se hizo con ella por poco dinero.[4] La carta está fechada en Cádiz el 2 de mayo de 1811 y la remite José Heredia y Velarde, secretario del despacho de Guerra de la Regencia, al general Manuel Freire. Freire había enviado a Cádiz unos partes informando de la acción militar tenida en Quesada el 4 de marzo del mismo año y en esta carta Heredia daba el acuse de recibo. Es corta y dice así:

He dado cuenta al Consejo de Regencia de España e Indias de los partes que V.S. me remite en 24 de marzo último de la acción que ha tenido en Quesada el capitán de la 4ª compañía de guerrillas Don Mariano Ximénez el día 4 del mismo, lo que ha visto S.A. con la mayor satisfacción, y me manda a decir a V.S. que manifieste al referido capitán Ximénez el aprecio que hace S.A. de sus servicios.

He intentado localizar en el Archivo Histórico Nacional los partes de la operación a que se refiere pero no lo he conseguido por el momento. No tengo otra información sobre  lo que sucedió en Quesada ese 4 de marzo. Sin embargo, no tuvo que ser cosa despreciable y sí lo suficientemente importante como para que Freire enviara a Cádiz la noticia y desde allí se mandara felicitar al capitán que la protagonizó. Mariano Jiménez de Baguer era el segundo de Lorenzo Cerezo. No hay que confundirse con el nombre de la unidad, 4ª compañía de guerrillas, pues pertenecía al ejército regular, que también usaba pequeñas formaciones móviles que se desplegaban tácticas similares a las de las partidas. Podemos suponer lo sucedido el 4 de marzo en Quesada conociendo el contexto, siguiendo la narración de José Sanjuán. Según el cazorleño la madrugada del día 2 de marzo se acercó a Cazorla un contingente francés formado por 100 dragones montados y 300 infantes. No llegaron a entrar, sino que acamparon en las inmediaciones, donde robaron y quemaron cortijos “procediendo a las violencias y demás horrores que la modestia debe ocultar” (se está refiriendo a violaciones). Estos franceses procedían de Baza, de manera que tuvieron que pasar por Quesada o por sus inmediaciones. El día 8 entraron finalmente en Cazorla exigiendo suministros y robando “ropas y alhajas”. No se quedaron allí; volvieron a la campiña, donde se mantuvieron hasta el día 19, cuando regresaron a Baza cargados con el botín. Estaban por tanto los franceses acampados en las inmediaciones el día 4. La acción del capitán Jiménez debió ser la defensa de Quesada, si los franceses intentaron entrar en ella como hicieron en Cazorla, o bien el ataque desde Quesada a algún grupo enemigo acampado por la zona. A pesar de lo contento que debió quedar Freire por estos hechos el éxito no fue completo, pues los franceses permanecieron y llegaron a entrar en Cazorla. El capitán Jiménez continuó por la comarca y en verano lo veremos en Quesada con su infantería instalada en la plaza. Mientras tanto las partidas guerrilleras seguían actuando en la zona. La Gaceta de la Regencia menciona expresamente a los ya conocidos Pedro Alcalde y Jerónimo Moreno, el guerrillero quesadeño. Según el periódico de Cádiz el 30 de marzo hubo una acción en Cazorla entre los franceses y las partidas de ambos guerrilleros en las que perdió el enemigo “12 o 14 soldados.”[5]

Las partidas, dentro del proceso de militarización de las guerrillas irregulares se constituyeron en el Batallón de Voluntarios de Jaén.[6] A finales de mes consiguieron un importante éxito expulsando a los franceses de Úbeda, donde se mantuvieron toda la primavera resistiendo feroces contraataques de los imperiales. El impacto de este triunfo fue grande. Tras más de un año resistiendo en sus reductos serranos a los ataques franceses, las fuerzas guerrilleras y militares de la resistencia entraban abiertamente en la campiña y se hacían con la cabeza del partido.  Durante varios meses los pueblos quedaron separados de las autoridades josefinas de Jaén y se implantó una nueva administración dependiente de la Regencia de Cádiz. El 15 de mayo don Juan Modenés, nuevo intendente provincial en las zonas liberadas de la provincia, hizo una visita de inspección a Quesada;[7] en Cazorla se sustituyó el ayuntamiento afrancesado salido de la asamblea vecinal de enero por otro adicto; en Jódar se celebró junta parroquial para elegir vocales que participaran en la elección de diputados a las Cortes Constituyentes.[8] Con los primeros calores los imperiales retomaron la iniciativa y el protagonismo pasó a la disputa por la llamada Raya de Murcia. Pero antes de entrar en estos episodios, los mejor documentados de la guerra para Quesada, hay que referirse a la supuesta muerte del guerrillero local, don Jerónimo Moreno. Moreno había alcanzado el grado de teniente de caballería, recomendado por el brigadier Calvache, que pidió su ascenso porque se había “distinguido y batido con mucho valor repetidas veces con el enemigo (y) se halla sin ninguna recompensa militar.[9]

Como ya se ha visto, la partida de Moreno, de la que formaban parte sus hermanos Juan y Luis, actuaba en unión de la de Pedro Alcalde, quizás el guerrillero más famoso de la provincia. La movilidad de estas dos partidas insurgentes fue sorprendente  y sus acciones tenían como escenario casi toda la provincia y también las de Granada, Málaga y Córdoba. Si el 30 de marzo estaban enfrentándose a los franceses en la comarca, en mayo se movían a bastante distancia de ella. Según la Gaceta de la Regencia el día 11 asaltaron un convoy en Cuesta Blanca (pasado Loja, camino de Archidona). Capturaron 400 caballerías cargadas de paja y grano, mataron a “cuatro o cinco dragones” e hicieron huir a la infantería de la escolta, que abandonó armas y mochilas.[10] Estas noticias publicadas por las gacetas ya se sabe que hay que tomarlas con cautela pues siempre barría cada una para su lado. La prueba es que desde el otro bando, Gaceta de Madrid, se había anunciado que a mediados de febrero se interceptó a la partida de Moreno en la campiña de Córdoba y se les había cogido “seis malhechores, ocho caballos, trece fusiles, dos pistolas, siete cartucheras y siete puñales”. El resultado, según la gaceta madrileña, había sido “la disolución de la cuadrilla” y que el propio Moreno se entregase “suplicando ser incorporado” a la partida de Ariza (formada por españoles “juramentados” en el bando napoleónico).[11] Es evidente que no fue así, que Moreno no se pasó de bando y que la noticia era exagerada, cuando no totalmente inventada.

Siguieron Moreno y Alcalde  actuando por el sur de Córdoba. La tarde del día 31 de mayo entraron en Baena, libertaron a los presos de la cárcel y “mediante métodos no exentos de violencia” consiguieron un importante botín “de caballerías, armas y demás”.[12] Estos importantes golpes alarmaron a los franceses, que emprendieron su persecución y captura. Pocos días después, la tarde del 2 de junio, las partidas guerrilleras fueron sorprendidas por una columna francesa en los alrededores de Benamejí. La Gazeta de Sevilla del 14 de junio reproduce el parte que el jefe del batallón, Frederic Robin, remitió al gobernador militar de Córdoba y Jaén dando cuenta de lo sucedido. El enfrentamiento duró varias horas y como resultado quedaron ciento treinta guerrilleros muertos y números heridos. Entre los muertos, según Robin, estaba Jerónimo Moreno. Dice Díaz Torrejón que la noticia hay que tomarla por cierta, “pese a los recelos por razones propagandísticas”, pues desde ese momento no hay referencias documentales a Moreno y su partida, por lo que considera que, al quedar acéfalo, el grupo guerrillero se disolvió.[13]

Es cierto que no hay más noticias de Moreno y de su guerrilla, pero Jerónimo no murió en Benamejí. Consiguió escapar, quizás herido, y regresó a Quesada, donde hay numerosas referencias posteriores a él en las actas municipales. La primera es de noviembre de 1813, cuando el Ayuntamiento le comunicó una orden de la superioridad militar por ser el único oficial que había en la villa. Las menciones a Moreno y a su pasado guerrillero se repitieron en los libros capitulares hasta 1816, fecha a partir de la cual había muerto o estaba retirado de cualquier actividad pública por su avanzada edad. Es muy posible que Moreno fuera herido en Benamejí y que de resultas decidiera retirarse de la primeria línea de combate volviendo a Quesada. Y tampoco murieron en ese combate sus hermanos Juan y Luis, que le acompañaban en la partida, pues también hay noticias de ellos, especialmente de Luis, que como ya se ha dicho protagonizaría una larga y complicada trayectoria política posterior. Queda por ver si este suceso no inspiró a los hermanos Machado en su obra La duquesa de Benamejí, asunto tratado en otro artículo de este blog.



[1]José Sanjuán Resumen histórico de los acontecimientos ocurridos en Cazorla cuando la Guerra de la Independencia, que recoge y publica Bueno Cuadros en Cazorla, de villa a ciudad. Op. cit primera parte.

[2] Rufino Almansa Tallante. Cazorla y La Iruela en la Guerra de la independencia. BIEG n.º 156 1995.

[3] Ramón Rubiales García del Valle. ACTUACIONES DE LA GUERRILLA Y EL EJÉRCITO EN LA COMARCA DE LAS VILLAS DURANTE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA (1810-1812). ARGENTARIA Revista Histórica, Cultural y Costumbrista de las Cuatro Villas. 2013.

[4] Con este motivo Nicolás Navidad publicó en la Revista de Ferias (2015) el primero y hasta ahora único artículo sobre la Guerra de la Independencia en Quesada.

[5]Gaceta de la Regencia de España e Indias. 18 de mayo de 1811.

[6] Rubiales. Óp. cit.

[7] Bueno Cuadros. Óp.cit.

[8] Ildefonso Alcalá Moreno. La Guerra de la Independencia en Jódar. Asociación cultural Saudar.

[9]DIVERSOS-COLECCIONES,111,N.31

[10]1811-05-18 Gazeta de la Regencia de España e Indias - Número 65

[11]Gaceta de Madrid. 2 de marzo de 1811.

[12]Díaz Torrejón GUERRILLA, CONTRAGUERRILLA Y DELINCUENCIA EN LA ANDALUCÍA NAPOLEÓNICA (1810-1812) Tomo II. Fundación para el desarrollo de los pueblos de la Ruta del Tempranillo. Lucena 2005.pág. 116.

[13] Díaz Torrejón op.cit. Pág. 112 y 113

 

Sable de época napoleónica conservado en el ayuntamiento de Quesada

2.- Quesada en primera línea del frente.

Tras la invasión de Andalucía en enero de 1810 los franceses habían quedado dueños de toda la región, a excepción de las zonas de actuación de la guerrilla. Los restos del Ejército del Centro español, derrotado en Ocaña y Despeñaperros, se refugiaron en Murcia y Alicante, al abrigo de las sierras orientales de Andalucía. Allí se reconstituyó como III Ejército, mandado por el general Joaquín Blake, que fue sustituido durante los hechos que se van a relatar por Manuel Freire. El mariscal Soult, duque de Dalmacia, al mando de las tropas imperiales, intentó en varias ocasiones penetrar en Murcia, pero no lo consiguió hasta el otoño de 1812, cuando ya estaba de retirada y abandonaba Andalucía. Durante este tiempo Baza se constituyó en punto estratégico fundamental y en primer objetivo de los ataques y contraataques de ambos bandos. La línea del frente que separaba ambos ejércitos iba más o menos desde las sierras de Pozo Alcón hasta Gor y las estribaciones de la de Baza. Era lo que se llamó Raya de Murcia, que tuvo muchas oscilaciones, adelante y atrás, según la suerte de los combates.

En este contexto, durante el verano de 1811 se dieron en Quesada las acciones militares más importantes, o quizás mejor documentadas, de toda la guerra. Tenía Quesada una posición privilegiada para defender las comunicaciones entre la provincia de Jaén y las posiciones del III Ejército, al norte de Granada. Así lo dijo el brigadier Ambrosio de la Cuadra en las instrucciones que transmitió al coronel Peralta, jefe militar de Jaén. Tras instruirle de la necesidad de vivir en completa vigilancia, le advierte de “lo importante que es el punto de Quesada para nuestra línea”.[1] Es interesante destacar que, un año y medio después de la invasión de Andalucía, el protagonismo en la resistencia española había pasado a las unidades militares. Siguió actuando la guerrilla, especialmente en la Alpujarra y Málaga, pero por aquí el mayor esfuerzo fue asumido por el III Ejército. Si 1810 fue el año de los guerrilleros, de Pedro Alcalde (ejecutado por los franceses en Jaén en junio de 1811), Uribe o el quesadeño Moreno, 1811 fue el año del III Ejército, de Freire y del brigadier De la Cuadra, de las unidades militares a su mando.

            Aquel verano de 1811 el Mariscal Soult se decidió a poner fin al peligro que representaba la presencia del III Ejército español en la Raya de Murcia.[2] La gran ofensiva que planeó tuvo como paso previo la recuperación de Úbeda y Baeza. La importancia de Úbeda para los franceses era grande, tanto desde el punto de vista militar —había sido su cuartel general en esta zona desde febrero de 1810— como político, al ser cabeza de una de las subprefecturas de Jaén. Su pérdida en la primavera de 1811 supuso un serio contratiempo y no ahorraron esfuerzos para recuperarla. A primeros de junio la situación estaba todavía tranquila, como informaba el día 2 el jefe de la tropa acantonada en Quesada, sargento mayor Antonio Delgado, al brigadier De la Cuadra, que estaba en Úbeda: “En este punto (Quesada) y los dependientes a él no ocurre novedad”. En el mismo informe Delgado le da cuenta de una noticia curiosa. Sus patrullas de caballería habían interceptado en la Dehesa de Guadiana a un paisano que se dirigía a Huelma portando unos pliegos de los franceses. Estos papeles no tenían mucha relación con el momento militar que se vivía en la zona, pero sirven para acreditar de nuevo que no todos los vecinos eran “patriotas” y que algunos trabajaban para los franceses.[3]

La tranquilidad no tardó en convertirse en preocupación. A mediados de julio De la Cuadra comenzó a recibir informaciones de sus agentes tras las filas francesas sobre importantes movimientos del enemigo, que parecía concentrarse en Mengíbar y Linares. Coincidían más o menos todos los informantes (alcaldes de Torres y Arquillos, paisanos, arrieros…) en que eran fuerzas numerosas y que contaban con algunas piezas de artillería. Según se rumoreaba, el mariscal Soult había entrado en Córdoba con varios miles de soldados y se dirigía a Andújar. Los propios soldados franceses decían a estos espías que marchaban a La Mancha, pero todos sospechaban que su objetivo real era Baeza y Úbeda. Así lo comunicó De la Cuadra a su jefe, el general Freire.[4] Le dio cuenta también de que en la madrugada del día 13 se había producido un movimiento premonitorio de los imperiales que revelaba sus auténticas intenciones. La guarnición francesa de Linares había hecho una descubierta cruzando el Guadalimar. Intentó sorprender a la guardia que el escuadrón de Madrid tenía en el camino de acceso a las dos ciudades de la Loma, pero no lo consiguió y se retiró. La importancia que le dio De la Cuadra al incidente, destacándolo a su jefe, estaba justificada. Tres días después, la madrugada del día 16 de julio, entraban los franceses en Baeza y al mediodía en Úbeda. De la Cuadra, dada su inferioridad de medios, no opuso resistencia y se retiró hacia Pozo Alcón. El día 17, desde Cabra de Santo Cristo, el cadete Lanzas, informante habitual, comunicaba al brigadier que habían entrado en Úbeda unos mil hombres y que contaban con dos cañones y un obús. En ambas ciudades habían exigido la entrega, para antes de fin de mes, de un número inusitado de raciones, lo que parecía apuntar a la llegada de un mayor número de soldados.[5] Se habían detectado también intentos de los franceses de penetrar, desde Guadahortuna, por la parte de Cabra y Dehesa de Guadiana.

Tras dejar Úbeda De la Cuadra pasó por Quesada, donde dio las oportunas órdenes al coronel Peralta, comandante militar del reino de Jaén. Debía mantenerse en Quesada vigilante de los posibles movimientos del enemigo, para en su caso cubrir los caminos hacia Pozo Alcón. Ya se presuponía que el objetivo final de Soult era desalojar al III Ejército de la Raya de Murcia, alejarlo de Andalucía y dejar expedito el camino a Murcia y Alicante. El día 18 De la Cuadra informó a Freire de que, tras la pérdida de Úbeda, no había novedad en los puntos a su mando.[6] En pocas horas todo cambió. La fuerza que había dispuesto De la Cuadra en Quesada estaba formada en su mayor parte por hombres procedentes de las partidas guerrilleras, pero que ahora estaban encuadrados en el batallón de Voluntarios de Jaén, mandado por oficiales del Ejército. La militarización de la guerrilla se hizo no sin problemas y en estos días de julio su organizador, el coronel Peralta, informaba al general Freire de sus carencias: “faltan oficiales que perfeccionen la instrucción y disciplina de los soldados y hay también falta de bagajes, especialmente mochilas y capotes”. Oficiales y tropa no recibían una paga determinada, pues la práctica era “sostenerse de las presas hechas al enemigo” y Peralta pide que se les pague por la intendencia provincial.[7] El coronel Peralta era el comandante militar de la provincia y en esta segunda mitad del mes de julio estaba en Quesada al frente de la fuerza desplegada. Mandaba la infantería el capitán Mariano Jiménez de Baguer, y la caballería el capitán Bernardo Márquez.

El capitán Mariano Jiménez de Baguer era el mismo que ya hemos visto en Quesada en el invierno anterior y que está citado en la carta del Ayuntamiento. Participó en el segundo sitio de Zaragoza, donde fue capturado por los franceses. Consiguió fugarse de Francia, donde fue conducido como prisionero, junto a Lorenzo Cerezo, de quien fue segundo en el batallón de Voluntarios de Jaén. Según decía Cerezo en un informe pidiendo que se le recompensara con un ascenso, “este joven militar de buenos principios, conducta y valor muy acreditado, ha trabajado incesantemente siendo el primero en buscar los peligros (…)  su rectitud conocimientos y honor lo hacen respetar y amar no sólo de los soldados, sino también de los habitantes de este reino y de sus jefes”. No duda en afirmar Cerezo que seguramente es a él a quien debe la organización y la propia existencia del batallón.[8] Por su parte Bernardo Márquez de la Vega, capitán de caballería, participó activamente en la resistencia desde el desastre de Despeñaperros en enero de 1810. Su actividad, al principio integrado en las guerrillas, fue continua y abarcó no solo la provincia de Jaén, sino también la comarca de Baza. Participó en numerosas acciones, como el intento de captura del general Sebastiani en la primavera de 1811 o la liberación y definitiva expulsión de los franceses de Jaén a mediados de 1812. Se hizo célebre en toda la provincia y tras la guerra se retiró a Sevilla. Pero además de por su actuación militar en Quesada, Márquez tuvo otro punto de contacto con el pueblo. La traición que le hizo en 1831 otro vecino de Quesada, Santiago Vicente García, que siendo su compañero en las conspiraciones contra el absolutismo de Fernando VII, acabo denunciándolo, lo que costó un proceso a Márquez que acabó en la horca.

De la Cuadra partió de Quesada hacia Pozo Alcón el día 17 dejando orden a Peralta de vigilar al enemigo, averiguar hacia dónde se dirigía y cubrir en caso de retirada los pasos a Pozo Alcón. Peralta, sin embargo, dispuso que las avanzadas que estaban sobre el Guadalquivir se aproximasen a Quesada para evitar que se vieran cortadas por un ataque francés. Situó tres guardias de caballería en los puntos donde se podía producir una entrada: la mayor en Peal, de sesenta caballos, para vigilar la posible entrada desde Úbeda. Otra en el “barco de Collejares”, compuesta de veinte, para vigilar ese paso y el del Vado de la Adelfa, junto al cortijo de las Hermosillas (actual Venta del Barco, junto al puente de la carretera que cruza el Guadiana en la Sierra de las Cabras), puntos ambos de habitual entrada de los franceses desde Jódar o Guadahortuna. La tercera, diez caballos, sobre el camino de Poyatos en Puerto Ausín. El resto de la caballería, hasta un total de doscientos caballos al mando de Márquez, permanecería en el pueblo, en la calle Don Pedro, ensillada por las noches y dispuesta para cualquier salida.

La infantería del capitán Jiménez, situó tres avanzadillas en las alturas que dominan el camino de Peal (Llano de las Canteras, etc.). Otra inmediata al pueblo, en el Puente de Palo, y dos más en los caminos de retaguardia (Cazorla y Tíscar). Se empleaban en estos servicios unos doscientos hombres. El resto del batallón de Voluntarios de Jaén, otros doscientos hombres o poco más, permanecería acampado en la plaza. Allí se mantendrían alerta, pasando las noches (momento de más peligro) con “las armas en pabellón”. Según explicó Peralta a Freire, desde la plaza se podía acudir rápidamente a reforzar cualquier punto atacado, “mediante a que la situación del pueblo obliga a hacer su defensa a las eras de su ejido”, donde también había guardias.  Estas eras (Santa María, Tercia, Ángel, Pozairón y Bache…) formaban un cinturón alrededor del pueblo y eran puntos favorables para la defensa.[9] Estando así dispuestas las defensas por Peralta, la noche del 19 de julio de 1811 los franceses cruzaron el río Guadiana Menor por el Vado de la Adelfa sorprendiendo a la guardia. Eran unos 500 hombres de infantería y 200 de caballería. Avanzaron hacia Quesada por los sembrados, al favor de la oscuridad y fuera de los caminos, por lo que no fueron detectados por las guardias. Siendo aún noche cerrada llegaron por el camino de Peal hasta el Puente de Palo, donde había destacada una pequeña guardia del batallón de Voluntarios de Jaén. Al sospechar algún movimiento, el centinela dio el “¿quién vive?”. No fue contestada la contraseña (que era “Regimiento de Almansa” aquella noche) y por eso “conoció ser los enemigos y les hizo fuego”. Pero los franceses ya estaban encima y cayeron sobre la guardia, degollando al centinela para no causar más alboroto de tiros y a otros dos soldados.

El capitán Mariano Jiménez, que tenía formada al resto de la infantería en la plaza desde las tres de la madrugada, cuando tuvo aviso de los disparos dispuso adelantar a la tropa hasta las eras que rodeaban el pueblo. No había amanecido aún y no se pudo distinguir a los enemigos hasta que estuvieron “a tiro de pistola”. Los franceses subían por una ladera “hacia la ermita” (la de Santiago, en el cortijo de ese nombre). Desde las eras se les hizo un fuego vivo hasta bien levantado el sol. La intención de los franceses era rodear el pueblo e impedir que Peralta pudiera evacuarlo hacia Tíscar o Huesa. Cubiertos por el tiroteo y temerosos de ser atacados también desde Puerto Ausín, como efectivamente ocurrió, la infantería de Jiménez salió del pueblo. Parte de ella se situó sobre el camino de Tíscar, en la parte de la actual casilla de peones camineros. Márquez por su parte, que tenía formada la caballería en la calle de Don Pedro, “inmediatamente que se oyó el primer tiro” movilizó a la tropa “con los oficiales a la cabeza de sus compañías”. Salieron situándose también en Puerto Ausín, por donde entraba la caballería francesa. La orden que tenían era cubrir los caminos hacia Pozo Alcón, pero el coronel Peralta, que comandaba las fuerzas, se replegó con casi toda la infantería a la falda de Cazorla, lo que estaba fuera de las órdenes recibidas. Apenas dejó “100 infantes sobre el puerto del camino de Poyatos (Ausín)” unidos a la caballería de Márquez, que rodeó Quesada “con partidas de caballería que hacían fuego sobre el pueblo”. Los franceses entraron y, según Peralta, no hicieron “los daños que acostumbran ni han saqueado más que los comestibles y equipajes” que dejaron en las calles algunos “precipitados, en particular los emigrados de Úbeda y Baeza”. A las seis de la tarde, temerosos de ser atacados durante la noche, los franceses abandonaron el pueblo con dirección a Peal y Torreperogil.[10] Peralta se mantuvo en Cazorla con el grueso de la infantería desatendiendo las instrucciones recibidas y siguió una táctica puramente defensiva. Le ordenó a Márquez que volviese a entrar en Quesada “con el objeto de conservar ese punto de comunicación con el Pozo”, pero sobre todo, para proteger su posición en Cazorla e impedir que los rodeasen por la sierra desde la parte de Montesión. Las pérdidas producidas en las tropas de Peralta durante esta acción, según le participó a De la Cuadra, no las conocía “a ciencia cierta”, pero las estimaba  en seis muertos y tres prisioneros, además de otros tres soldados del regimiento de Voluntarios de Madrid que se habían pasado al enemigo. No fue, efectivamente, una resistencia feroz la que hizo Peralta.

Los vecinos habían asistido a estos episodios encerrados en sus casas, pero no todos deseaban el triunfo español. Es algo que ya se ha visto que ocurría en Cazorla y sobre todo en Úbeda, donde parte de ellos, especialmente los pudientes, eran abiertamente afrancesados y partidarios de las autoridades nombradas por José I. En Quesada igual. Según informó Peralta a De la Cuadra, sospechaba que dos vecinos actuaban como informantes de los franceses. Añadió Peralta que eran espías “puntualísimos, pues hasta una conversación que yo tuve a las nueve de la noche de la que nos atacaron, sabían ya; por lo que haré mis averiguaciones”. Oír las conversaciones del comandante militar no estaría normalmente al alcance de los vecinos comunes. Con los soldados acampados en la plaza, Peralta tendría seguramente su puesto de mando en el ayuntamiento. ¿Quiénes fueron estos espías? Seguramente alguno de los alcaldes o regidores, alguno de los “individuos de ayuntamiento”.

Existía el temor de que, como finalmente ocurrió, el ataque del día 19 a Quesada fuera solo el prolegómeno de una más potente ofensiva francesa. El día 21 De la Cuadra recibió un parte “del oficial de (del regimiento de) Madrid, que está de observación en Poyatos”, en el que Peralta, que había recibido la orden de regresar inmediatamente a Quesada, decía que los enemigos en número de tres a cuatro mil, habían llegado la tarde del día 20 cerca del Vado de la Adelfa. De la Cuadra mandó partidas desde Hinojares y Ceal para que lo comprobasen. El resultado fue negativo, pues “todos los cortijeros y los que vienen de la parte de allá del río” aseguraron a las patrullas no haber visto nada. Es de imaginar que las noticias de movimientos franceses, que se venían recibiendo desde principios del verano y que se confirmaron con la recuperación de Baeza y Úbeda, llegasen a los vecinos y que se transmitiesen entre ellos como rumores alarmantes. Rumores que seguramente aumentaron ante la escasa resistencia que opuso Peralta al ataque francés.

El general en jefe del III Ejército, Manuel Freire, no quedó muy satisfecho del comportamiento de Peralta en Quesada. Dejó de manifiesto su contrariedad anotando al margen de la carta en la que Peralta le daba explicaciones:

Está bien todo esto, pero ¿cuál fue la causa de que la tropa marchó a Cazorla y no siguió el camino que tenía señalado, dejando descubierto el camino que había de cubrir?

El general Freire ordenó a Peralta regresar inmediatamente a Quesada con la infantería, “si ya no lo estuviese”. Estimaba Freire que Peralta había sido sorprendido por el enemigo y que al refugiarse en Cazorla se había apartado de la misión encomendada, que no era otra que defender y cubrir los caminos hacia Pozo Alcón. Por eso en su orden del día 21 le especificó cómo se debía disponer la fuerza y cómo debía actuar ante el enemigo. El batallón de Voluntarios de Jaén debía permanecer todas las noches fuera del pueblo, “en la altura que abraza los caminos del Pozo y Collejares (Ausín)”. A la vez mantendría guardias en la ermita de Santiago, camino de Collejares y camino de Peal. La caballería, la mitad en el pueblo, “con sillas puestas y a las dos de la madrugada grupas”, y la otra mitad en patrullas “de a cuatro y seis caballos con cabo y sargento”. Estas patrullas deberían rondar “a un cuarto de legua o algo más en todas las avenidas y caminos, en disposición que nadie pudiera introducirse en el pueblo sin ser visto”. Si fuese descubierto el enemigo, debían hacer fuego “aunque sea al aire para alarmar toda la tropa, de suerte que en ningún caso pueda ser sorprendida”. Al amanecer, la caballería que hubiera estado en el pueblo saldría a reconocer todos los vados del Guadalquivir y Guadiana, descansando en Quesada los que hubieran rondado de noche. La infantería debía poner guardias en los caminos de acceso, “como a mil o mil trescientos pasos” por delante de las que cubrían el pueblo. Freire exigió de forma terminante que su orden se cumpliera: “hará (Peralta) que el servicio se haga con exactitud”, sin los desvíos ocurridos el día 19.

Peralta remitió un nuevo informe a Freire, a la vista del “concepto que se ha formado V.S.”, en el que volvía a enumerar las precauciones que había tomado, las guardias, patrullas, etc., y negaba que hubiese sido sorprendido, “cosa no disculpable en un militar”. Para reforzar su posición hizo acompañar su escrito de otros dos firmados por Márquez (que con la caballería sí se había mantenido en las posiciones ordenadas) y Mariano Jiménez (que había tenido que marchar a Cazorla siguiendo a Peralta). Freire no quedó satisfecho y el 24 de julio respondió a Peralta:

Me han enterado del oficio de V.S. de 22 de este mes y notas que han puesto a continuación los comandantes de los cuerpos que V.S. tuvo a sus órdenes el 19 de este mes sobre Quesada, con lo que procura persuadir que no fueron sorprendidos por los enemigos. Está bien que se hallase la tropa en la disposición que se expresa, pero el resultado fue cual he manifestado y si no ¿qué causa hubo para que la tropa marchase a Cazorla y no siguiese el camino que tenía señalado, dejando descubierto el camino que debía cubrir?

La preocupación de Freire venía de la existencia de suficientes indicios para sospechar que la intención real del mariscal Soult era forzar la Raya de Murcia y alejar al III Ejército de Andalucía. No todo lo que le llegaba eran rumores infundados sobre tropas cruzando el Guadiana. Existían noticias ciertas de que los franceses estaban concentrando tropas en Jaén y Granada. Una de estas informaciones la obtuvo en Pozo Alcón el comandante al mando de la posición. El 24 de julio dos cuadrillas de segadores de Huércal Overa, que regresaban desde Écija a su pueblo tras finalizar la campaña, hicieron noche en Jódar. Allí contaron los importantes movimientos de tropas que había visto en el camino. La justicia de Jódar (los alcaldes) les instaron a que al pasar por Pozo Alcón informasen al jefe de las tropas españolas allí situadas. Así lo hicieron al día siguiente, presentándose al comandante Pedro Portillo. Los segadores le dijeron que el domingo 21 habían salido de Écija y que vieron una división francesa que marchaba para Córdoba. Dieron cuenta del número de soldados (unos 2.000), del color de los uniformes de las distintas unidades, los caballos y artillería que llevaban. Los propios soldados franceses les habían dicho que iban a Córdoba y que el 24 saldrían con dirección a Granada y Andújar. Eran tantos los detalles facilitados que hacían verosímil la información: los franceses estaban moviendo tropas hacia el este. En el parte que con estas noticias  remitió Portillo a De la Cuadra, día 25 de julio, se añade que en Quesada no había novedad ese día. Los últimos días de julio y primeros de agosto fueron tranquilos.



[1]DIVERSOS-COLECCIONES,152,N.34

[2]José Manuel RODRÍGUEZ DOMINGO. ACCIÓN Y DEFENSA EN LA RAYA DE MURCIA DURANTE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA (1810-1812).Boletín Centro de Estudios Pedro Suárez, 23, 2010, 59-166

[3] DIVERSOS-COLLECCIONES,98,N.17

[4]DIVERSOS-COLECCIONES,152,N.34

[5] Ibid.

[6] Ibid.

[7]DIVERSOS-COLECCIONES,124,N.10

[8]DIVERSOS-COLECCIONES,202,N.38

[9]DIVERSOS-COLECCIONES,152,N.2

[10] La información sobre estas acciones está los partes y cartas de DIVERSOS-COLECCIONES,152,N.2 y N.34

Puerto Ausín y Cerro de Vítar, defendido por la caballería de Márquez.

3.- Ofensiva francesa contra la Raya de Murcia.

Como bien intuían Freire y de la Cuadra, el mariscal Soult, duque de Dalmacia, se disponía a desbaratar las posiciones del III Ejército español en la Raya de Murcia. Al efecto dispuso Soult el ataque simultáneo de dos grandes columnas. Una al mando del general Godinot, gobernador militar de Córdoba y Jaén, que entraría desde el reino de Jaén con dirección a Pozo Alcón, neutralizando a su paso las posiciones de Cazorla y Quesada. La otra, aún más poderosa y al mando del propio Soult, que saliendo de Granada se dirigiría por Gor y Venta del Baúl hacia Baza. No eran malas las noticias facilitadas por los segadores de Huércal Overa. Lo que ocurrió, los partes de operaciones, fueron reproducidos literalmente por la Gaceta de la Regencia de España e Indias del martes 17 de septiembre de 1811 (N.º 120 pág. 962 y siguientes).

Los primeros avisos a De la Cuadra de los movimientos de Godinot por Jaén son del día 6 de agosto. Ese día desde Jimena se pasó recado al brigadier de que los enemigos, “en número de 460 de caballería y 3000 infantes”, habían salido de aquel pueblo hacía las 6 de la mañana “para Jódar y Quesada, según ellos mismos decían”. Añadían que mandaba la división el general Godinot. El mismo día, ya desde Jódar, se informaba de que habían llegado allí los franceses y que llevaban cuatro cañones, portando también las “competentes municiones, ganados, pan, vino, etc.” A la vez casi que el de Jódar, De la Cuadra recibió otros avisos en el mismo sentido desde Bedmar y Cabra del Santo Cristo. No se detuvo Godinot en Jódar y al anochecer cruzó el Guadiana Menor por el Vado de la Adelfa. Era una fuerza militar muy importante, formada por entre tres y cuatro mil soldados. De la Cuadra transmitió inmediatamente al capitán Lorenzo Cerezo, que estaba en Quesada al mando de Voluntarios de Jaén, la orden de que, inmediatamente que los enemigos hiciesen algún movimiento, se retirase “con toda la tropa de infantería por Tíscar” y la caballería por Poyatos, “cubriendo uno y otro camino, y dando continuos avisos”. En la retirada se debían usar todos los caballos disponibles con todos los efectos que hubiese en Quesada. Le añade que, si hubiesen entrado los franceses en Cazorla, debían retirarse sin demora en dirección a Pozo Alcón. Y efectivamente en la mañana del día 7 entraron los franceses en Cazorla, donde solo había una compañía de Voluntarios de Jaén. Según Sanjuán, que comete algunas imprecisiones como decir que Cerezo estaba en Segura, entraron en plan conciliador, intentando persuadir a los vecinos de que por su notoria inferioridad de fuerzas debían someterse al Emperador, pues en caso contrario “serían juzgados con todo el rigor de la ley militar”. Conocedor de la entrada en Cazorla, Cerezo envió al capitán Mariano Jiménez con tres compañías para que los atacase. Pero cuando estaban a mitad descubrieron a los que venían de Jódar “en mucho número”. De acuerdo a las instrucciones de Freire, Jiménez retrocedió “atravesando las huertas de Quesada”, retirándose junto al resto de la infantería hacia el puerto de Tíscar. Para proteger la retirada, Cerezo dispuso partidas móviles que tiroteasen e incomodasen a los enemigos.

Desde Cazorla salieron unos doscientos soldados y cien caballos en persecución de Jiménez. Cuando llegaron a Quesada, el grueso de las tropas de Godinot, 2.500 infantes y 500 caballos, ya se habían apoderado del pueblo. Era una fuerza muy superior a la que mandaba Cerezo, a quien persiguieron en su retirada por los campos de Fique, pero sin avanzar mucho aquella tarde “por el vivo fuego” que le hicieron las patrullas. Las bajas españolas fueron escasas, dos heridos de caballería y dos caballos muertos, siendo las francesas mayores, según Cerezo, pues se había visto retirar heridos tanto a los que venían de Jódar como a los de Cazorla. La escasa caballería española, unos cien, pasó la noche del 7 al 8 de agosto en Huesa y la infantería en el Puerto de Tíscar, donde Cerezo firmó el parte que aquella noche envió a De la Cuadra.

Los oficiales y tropa de toda arma han llenado mis deseos, cumpliendo con su deber y portándose con serenidad. Permanezco con la tropa cubriendo este punto, en el que espero las órdenes V.S. y tengo una compañía apostada en Tíscar, observando el camino de Belerda. Dios guarde a V.S. muchos años. Puerto de Tíscar y agosto 7 de 1811. Lorenzo Cerezo.

En la madrugada del día 8 Godinot continuó su avance hacia Pozo Alcón por Ceal e Hinojares. El escuadrón de Cazadores de Jaén se retiraba en paralelo a las avanzadillas francesas, “descubriéndose mutuamente cuando los nuestros atravesaban las cimas de las asperezas por donde caminaban”. Según José Manuel Leal, que tiene publicado un buen relato de estos sucesos,[1] “el comandante francés Remond con una compañía de «voltigueurs» (una especie de infantería ligera de montaña)” atacó a la vanguardia de Cerezo desde  Tíscar, haciéndola retroceder hasta Pozo Alcón. De la Cuadra no confiaba en la posibilidad de defensa que ofrecía Pozo Alcón, situado en una llanura, pues “su terreno es muy a propósito para que todas las armas jueguen”, y la combinación de infantería y caballería y la diferencia de número, decidirían el resultado: “…no era posible de modo alguno mantenerse en Pozo Alcón, ni por su situación ni por el número de tropas”.

Mientras avanzaba Godinot hacia Pozo Alcón, el general José O´Donnell (tío del que luego sería famoso presidente del Gobierno, Leopoldo O´Donnell) cubría el vado del Guadiana Menor en Valdemanzanos (cerca de Cortijo Nuevo, en término de Huesa, entonces de Quesada). O´Donnell debía reunirse con De la Cuadra en Pozo Alcón, pero al parecer no recibió la orden a tiempo y emprendió una temeraria y desastrosa acción contra Godinot entre Zújar y Cuevas del Campo. De la Cuadra desalojó Pozo Alcón cruzando el Guadalentín, donde se atrincheró al abrigo de su barranco. Soult por su parte consiguió llegar a Baza, pero no consiguió pasar mucho más allá. El desastre de O´Donnell en Zújar y su poca coordinación con De la Cuadra dejó un regusto amargo en los generales Freire y Blake. Pero la verdad es que la cosa no fue mal, pues hay que considerar que el III Ejército se enfrentaba al ejército que en ese momento era dueño de casi toda Europa, mandado por el mariscal Soult, duque de Dalmacia, uno de los grandes militares de Napoleón. Les hicieron fracasar en su objetivo, que no era otro que desbaratar la Raya de Murcia. El mariscal tuvo que abandonar el escenario de los combates reclamado por la presión constante que seguían ejerciendo las guerrillas, en el interior de Málaga y sur de Córdoba especialmente, y por la amenazante cercanía del ejército aliado (ingleses, portugueses y españoles) por la parte de Portugal y Extremadura.



[1]José Manuel Leal. LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA (II). EL COMBATE DE POZO ALCÓN. En Lo Que Pasa en Pozo Alcón. Blog independiente de noticias. 14 de febrero de 2021.

4.- Predominio francés.

Tras la entrada de los franceses, Quesada y todos los pueblos de la comarca quedaron a su merced hasta bien entrado 1812. En el otoño e invierno el invasor anduvo siempre cerca y a la vez el III Ejército había quedado lejos, replegado en el norte de Granada y en la Sierra de Segura. Fueron meses de calma (no hay noticia de acciones militares destacables en la comarca), entendida esta como la resultante de la ocupación y el predominio enemigo. Fueron meses buenos para los afrancesados quesadeños en la vida pública y política local. Los confidentes del invasor de los que hablaba Peralta en julio, estarían ahora a sus anchas recibiendo el fruto de sus acciones. Esta relativa calma no facilitó sin embargo la vida de los vecinos. La presión fiscal del prefecto Echazarreta, las exigencias de continuos suministros para las tropas imperiales y la inestabilidad originada por la situación bélica aumentaron la carestía y escasez. En informes de principios de 1812 De la Cuadra pintaba a Freire una dramática imagen del estado de los pueblos: hambre, miseria, falta de cualquier recurso. José Manuel Leal escribe refiriéndose a Pozo Alcón (que vale perfectamente de ejemplo) que “es mucho más pobre en 1812 que lo que era en 1810". En sólo dos años, tanto los enemigos franceses como los propios “patriotas” españoles habían contribuido a la destrucción y pobreza generalizada: “la producción agrícola ha sido destrozada y la ganadera, prácticamente consumida y agotada”.[1]

El 26 de diciembre dos compañías francesas al mando del teniente coronel Novailles entraron en Cazorla y ocuparon el castillo, aumentando así el control sobre toda la comarca. Según Sanjuán, en esta ocasión su actitud fue contemporizadora y amable, intentando borrar los excesos y crueldades anteriormente cometidos como ejército de ocupación. Pero el daño a su fama ya estaba hecho y era irreparable. El invierno de 1812 fue además el de la desastrosa campaña del emperador en Rusia, que le obligó a dejar un poco de lado esta tierra y a retirar efectivos. A la derrota final de Napoleón contribuyeron de forma importante no solo la Virgen de Tíscar, a quien como veremos se lo agradecieron los quesadeños, sino también el zar Alejandro I y su gente.

A principios de enero de 1812 se sortearon nuevos alcaldes ordinarios, los últimos “encantarados” de la insaculación de 1807. Por el estado noble, don Manuel de Bedoya, y por el general Blas Munuera. Ambos eran, como siempre, personas mayores (Bedoya murió en abril de 1816); habían sido personajes destacados en los años anteriores a la guerra y por eso fueron “encantarados” (seleccionados como candidatos para los siguientes cinco años) en 1807. El sistema de insaculación favorecía precisamente que personas entradas en años se hicieran cargo del Ayuntamiento, para administrarlo de manera conservadora y mantener el orden del Antiguo Régimen. Cinco años después las cosas habían cambiado radicalmente y ahora Bedoya y Munuera se veían alcaldes en unos tiempos que requerían determinación y carácter. Como el resto de las autoridades locales de esta guerra se vieron seguramente sobrepasados. En el cabildo de 1 de enero los nuevos alcaldes procedieron en la forma acostumbrada y rutinaria con la que cada nuevo ayuntamientos iniciaban el año, designando alcaldes pedáneos y demás empleos concejiles. Se nombraron los de Huesa, Belerda, Royomolinos y Ceal, Larva y Guadiana (Collejares).

En el primer trimestre de 1812 se aprecian dos circunstancias que marcan la vida del pueblo. Una es el dominio francés y el sometimiento del Ayuntamiento a las autoridades intrusas, como luego se les llamaría. La otra es la penosa situación de pobreza y miseria en la que estaban los vecinos a causa de la guerra. Los franceses habían situado guarniciones y destacamentos, además de en Cazorla, en Peal, Pozo Alcón, Collejares —para cubrir el paso del Guadiana Menor— y Ceal, “para la conducción de la madera” que se sacaba de la sierra. Por esta parte casi habían desaparecido las guerrillas y el Ejército español, tras las acciones del verano anterior, estaba replegado en el noreste de la provincia, en Segura. El teniente coronel Novailles, “pacificador” de la comarca, fue recompensado con la legión de honor y un ascenso, lo que celebró con música y desfiles militares por Cazorla.[2]

Aunque en Quesada no había guarnición francesa, el control de la comarca obligó al Ayuntamiento a someterse a su autoridad. En los cabildos celebrados  en este primer trimestre se dejó constancia de las “superiores órdenes” recibidas del “ilustrísimo señor prefecto” (Echazarreta) y del subprefecto de Úbeda, las únicas autoridades que se mencionan. Se refieren las actas municipales a los asuntos ordinarios propios de una administración rutinaria (reglas que se han de observar para la subsistencia de la agricultura, otra sobre los arriendos de las tierras y cortijos, otra sobre el modo de socorrer a los labradores con los  fondos del Pósito, etc.). Los suministros a las tropas francesas se negocian y discuten directamente con Novailles, a quien incluso se recurre para que interceda ante el prefecto en algunas peticiones de este que se consideran imposibles de atender. El 29 de febrero se comisionó al médico y síndico procurador de la villa, D. Manuel María Gallego, para que fuese a Cazorla a entrevistarse con Novailles y le expusiera la imposibilidad de aumentar las aportaciones como exigía el prefecto, argumentando “los infinitos suministros hechos por este pueblo a las tropas que han transitado por él que no tan solo tiene cubierto lo que le debía ser de su cargo si no es también que excede en muchos miles reales”.

No eran excusas de mal pagador. El estado del pueblo era muy malo y los vecinos sufrían una gran escasez, agravada por la mala cosecha que hubo el año anterior. Ante la exigencia de nuevos pagos el Ayuntamiento repetía las mismas quejas, alegando que el “vecindario se halla en la más lamentable situación de pobreza de resulta de los muchos y continuos suministros que este vecindario ha hecho”. Las dificultades eran tantas que los vecinos no tenían casi para el consumo de sus familias. El año había sido calamitoso y faltaba simiente para la siembra, pues lo poco que se recogió el verano anterior se había gastado en los suministros a “las diferentes guarniciones que hay en estas inmediaciones”. La escasez había hecho que la hogaza de trigo subiera a más de 100 maravedíes (tres reales)  y las de maíz y cebada a 64 maravedíes (casi dos reales), precios disparatados y prohibitivos. Aunque los choques militares s habían reducido, La inseguridad en los campos y en los pueblos no procedía solo del enemigo francés. Procedía también de las bandas de malhechores, especialmente la de los hermanos Perea en la parte de Cabra y la Dehesa, que añadían peligrosidad a la vida de los ganaderos y a los habitantes de los cortijos apartados. En una carta que Lorenzo Cerezo, como jefe militar interino de Jaén, dirigió en diciembre de 1811 al general Nicolás Mahy, en Cartagena, le informaba de la situación general del reino haciendo hincapié en la delincuencia y bandolerismo que sufría. Decía Cerezo que estaba el reino de Jaén infectado de cuadrillas de “desertores y bandidos”, y que recibía continuamente quejas y “clamores” de “infelices pasajeros robados y heridos”. Se lamentaba de que muchos delincuentes habían sido capturados “una y dos veces”, que se les había conducido como soldados forzosos al Ejército, pero que esto servía de poco, pues desertaban inmediatamente y volvían a las andadas.[3] Proponía Cerezo para enmendar tantos desórdenes que se les juzgara “en este distrito” y que en el mismo “sufrieren la pena a que sus crímenes los hagan acreedores”. A todo esto había que sumar los continuos incidentes y problemas causados por el continuo paso de tropas. Este tránsito era mayor en las partes cercanas al río Guadiana Menor, eje de comunicación entre Jaén y norte de Granada, y los inconvenientes resultaban mayores por ser aquellos —Collejares, Huesa— lugares menos poblados y más indefensos.

Cuando había problemas y situaciones difíciles con la soldadesca, las autoridades del lugar, los pedáneos, se veían entre la espada y la pared, pues eran los que daban la cara ante el enemigo y a la vez los que debían responder ante los vecinos. No fue una época fácil para estos cargos municipales y las tensiones se reflejaron en las actas municipales. El 5 de enero de 1812 el cabildo quesadeño recibió una carta de Blas de Arroyo y Antonio Palacios, alcaldes pedáneos de Huesa que habían sido nombrados unos días antes. Solicitaban que se les liberara del cargo, alegando el primero que ya lo había sido el año anterior y el segundo que lo fue en 1810. Arroyo decía que era “un mero jornalero” y que debía buscar “el necesario alimento” para su familia, lo que le dificultaba el cargo de alcalde. Palacios se quejaba que el año de 1810 en que ya fue alcalde tuvo “innumerables pérdidas y perjuicios”. Como si se hubieran puesto de acuerdo, el 14 de enero se recibió  otra carta firmada por Rodrigo Aceituno, pedáneo de Collejares y Guadiana. Aceituno hacía presente que había sido elegido para dicho empleo en los años anteriores y que no se le debía repetir la carga. A su juicio se debería repartir por turnos a “otras personas que hay en dicho sitio”. Por ello pedía que se le exonerara del cargo y se nombrara a otro. Argumentaba además que su ocupación como barquero, trabajo indispensable para “no causar perjuicio alguno al arriero que transita como igualmente las tropas”, consumía todo su tiempo y le impedía asumir el  cargo de pedáneo.

El Ayuntamiento se hizo cargo y aceptó las tres dimisiones, nombrando a otros vecinos en su lugar (Juan Romero y Antonio de Bustos “para el sitio de Poyatos” y Silvestre Pérez para Collejares y Guadiana). Este incidente  es un  indicio claro de los problemas del momento y de la inseguridad en que se vivía. El empleo de alcalde pedáneo, aunque conllevaba algunas molestias y trabajos como el de hacer los repartimientos de contribuciones, le daba a su titular poder entre los habitantes del lugar. Ese reparto de contribuciones, por ejemplo, consistía en fijar la cuota anual que debía pagar cada vecino y le permitía  al pedáneo cargar más a unos y menos a otros. Creo que es la primera vez que he encontrado unas dimisiones como estas; nadie lo hacía y lo normal era asumir el empleo con gusto. Pero eso era en tiempos normales, no en estos tan revueltos. Algo parecido ocurrió con el regidor Cristóbal de Bustos, a quien ya conocimos en el primer artículo sobre esta guerra. Los mismos problemas que padecían los pedáneos los sufrían en el pueblo los componentes del Ayuntamiento. Don Cristóbal decidió quitarse de en medio, dejar Quesada y pasar a vivir en su cortijo del sitio de Guadiana y Collejares. No era tampoco una decisión corriente, no era frecuente entonces que los propietarios vivieran en sus cortijos, a los que no iban más que por muy cortas temporadas, cuando iban. Alegando su ausencia del pueblo y también su edad y “achaques habituales”, pidió que se le relevase como clavero de la junta que administraba los fondos de la Dehesa de Guadiana. Evidentemente lo que pretendía era quitarse de en medio, lo que quedó acreditado más tarde con su vuelta al pueblo cuando marcharon los franceses. Entonces volvió a participar en los asuntos de Concejo, como siempre lo había hecho, y sin que su avanzada edad fuese problema.

Antes de terminar con estos meses de lo que podríamos llamar “el gobierno francés”, hay que referirse al viejo pleito por los bienes del antiguo convento de las dominicas de Quesada. El administrador de las agustinas de Cazorla había recurrido al “ilustrísimo señor prefecto de esta provincia don Manuel de Echazarreta”, sobre el “despojo” que a su juicio había hecho el Ayuntamiento de Quesada en 1810 a las monjas de Cazorla, apropiándose de la administración de los bienes que fueron de las dominicas de Quesada. El Ayuntamiento acordó enviar al prefecto un memorial en el que recordaba el pleito que de antiguo se seguía en el Consejo de Castilla y Chancillería de Granada y “los justos y legítimos derechos que distintas personas particulares de este pueblo tienen a los bienes de dicho convento”. Argumentaba el concejo quesadeño que todas las monjas que desde Quesada se habían trasladado a Cazorla, para cuyos alimentos las agustinas recibieron los bienes, ya habían fallecido. Fue este un episodio más del interminable pleito, pero por lo que ahora importa hay que destacar que tanto el administrador de las agustinas como el Ayuntamiento de Quesada reconocían todavía (marzo de 1812) como autoridad superior al afrancesado Echazarreta y a él remitían sus razones. En pocas semanas cambiaría la situación y nadie se acordará del prefecto.

Mientras tanto la guerra continuaba. A finales de febrero los franceses se retiraron de Cazorla, pero permanecieron en Úbeda, desde donde seguían presionando y amenazando a los pueblos de la comarca. Por parte del gobierno de Cádiz estaba ahora en calidad de gobernador del reino de Jaén el brigadier Antonio Porta. El gobernador Porta, desde sus bases en la Sierra de Segura, fue avanzando poco a poco y “liberando” los pueblos de las Villas, estableciendo su puesto de mando en Villanueva del Arzobispo. Ya no hubo más contraataques serios de los imperiales. Hay que recordar que en Cádiz, el 19 de marzo de 1812, las Cortes habían proclamado la Constitución.



[1] José Manuel Leal. Op. cit.

[2] Sanjuán dice de Novailles que era “hombre sabio, político y de experiencia”.

[3] DIVERSOS-COLECCIONES,202,N.38




 

5.- Retirada francesa. La Constitución.

Los franceses seguían cerca, pero en el mes de abril el gobernador Porta estaba asegurando y avanzando sus posiciones. Los pueblos volvían a tener en cuenta a las autoridades españolas. En este cambio de actitud influyó decisivamente la recuperación de Úbeda, la cabeza del partido. Como muestra del renacido respeto y reconocimiento a la administración dependiente de Cádiz se puede mencionar un asunto menor de índole pedagógica pero relevante a este respecto. El 16 de abril el vecino de Quesada Joseph Bello del Ángel envió un memorial al gobernador Porta, establecido en Úbeda, pidiéndole que le diera licencia para ejercer interinamente como maestro en Quesada. Según Bello, aunque el maestro titular, Laureano de Ávila, tenía título y él no (por no haber podido acudir al correspondiente tribunal a causa de la situación bélica), con Ávila los niños no avanzaban, de manera que en los muchos años que llevaba en el pueblo no había sacado ni un solo alumno de mérito. Porta remitió la solicitud a “la justicia de la villa” para que informase contestándole el Ayuntamiento que no había inconveniente por su parte en que ejercieran los dos simultáneamente. Vemos con este asunto que mientras en marzo la autoridad reconocida a la que todos se dirigían era el prefecto Echazarreta, en abril ya es el gobernador Porta.

Porta estaba consolidando su posición y en mayo ya se sentía tan fuerte como para tomar medidas de gran calado político como remover ayuntamiento y nombrar nuevos alcaldes. Correspondía a S.M., a la Chancillería y al Consejo de Castilla, decidir sobre el gobierno de villas y ciudades, no teniendo las autoridades provinciales competencia al respecto. Pero los tiempos eran extraordinarios y requerían soluciones de igual carácter. El 13 de mayo, en Villanueva del Arzobispo, “el señor don Antonio Porta, brigadier de los reales ejércitos, comandante general militar y político de este reino de Jaén”, firmó una orden por la que designaba alcaldes de Quesada a don Manuel de Alcalá y Maldonado por el estado noble y a don Juan de Dios Bonavida por el general. La decisión se había tomado a la vista del “expediente reservado” que se había formado con “los oficios de pareceres remitidos por las personas de la villa de Quesada”. En la misma orden se comisionaba al quesadeño don Francisco Montilla, militar de las tropas de Porta, que antes de la guerra había sido cabo de la partida de escopeteros de Quesada, para que el día 17 pasase al pueblo y les diera posesión del cargo. Esta designación de alcaldes rompía con el sistema tradicional y por eso el regidor decano don Antonio Martínez del Águila dijo que acataba la decisión, “sin perjuicio de las regalías que este ayuntamiento tiene de S.M. para hacer las elecciones de alcaldes y demás oficiales de república por sí y ante sí”. Añadió que el señor Alcalá había sido alcalde ordinario en 1811, por lo que no tenía hueco (tiempo de un año que tenía que transcurrir para poder repetir en el cargo). El también veterano don Pedro Vela igualmente aceptó el nombramiento con parecida salvedad. El otro regidor perpetuo, don Cristóbal de Bustos, no asistió al pleno porque ya hemos visto que estaba en su cortijo, apartado de los peligros que pudiera ocasionarle el protagonismo político.

Es muy interesante la referencia a que Alcalá Maldonado fuera alcalde en 1811. Aquel año lo fue por el estado noble Simón Jiménez Serrano. Alcalá no estaba siquiera “encantarado” (incluido) entre los elegibles. Significa esto que alguna autoridad lo nombró, también al margen del procedimiento. Que el gobernador Porta lo volviese a designar cuando estaba imponiéndose a los franceses permite deducir que mantenía una actitud “patriótica” y antifrancesa. El “expediente reservado” y los “pareceres remitidos” desde Quesada así debían acreditarlo. Hay que pensar por tanto que en 1811 fue nombrado por el mismo motivo cuando en la primavera y principios del verano Quesada estuvo controlada por las tropas españolas. Manuel Alcalá Maldonado, además de opuesto al “gobierno intruso”, debía tener simpatías por el gobierno de Cádiz, pues formó parte de los ayuntamientos constitucionales de 1813 y 14. Tras el regreso del absolutismo desapareció de la vida pública, seguramente por sus simpatías liberales, quizás también por su mucha edad. Bonavida, el otro alcalde, que fue recaudador y mayordomo (administrador) de los bienes de Propios (municipales), parece que fue persona menos comprometida y más acomodada a quien mandase, por lo que sobrevivió a todos los cambios políticos. En la misma sesión en la que tomaron posesión los nuevos alcaldes, la Villa acordó que, “según costumbre”, se efectuara la “traslación” de “Nuestra “Señora de Tíscar patrona de ella” desde su santuario a la parroquia. Al efecto se pasó “recado político” al cura párroco don Cristóbal García para acordar el día en que se debía efectuar. Esta de mayo fue la primera “Traída” que hubo aquel año. Estuvo la Virgen en el pueblo hasta el 28 de agosto, San Agustín, día en el que tradicionalmente se devolvía al santuario. En el otoño regresó, como luego veremos.

Por este tiempo los franceses habían abandonado la comarca y estaban reducidos casi a la capital de la provincia y a la parte occidental de ella. No significaba esto que no siguiera habiendo incidentes, pero ya no volvieron nunca a ser el peligro que habían sido. Según Sanjuán, tropas francesas procedentes de Baza pasaron por Cazorla (y es de imaginar que por Quesada) a mediados de junio. Quedaban algunas partidas volantes de los imperiales, pero no consiguieron romper el control español de esta parte de la provincia, donde la autoridad del gobierno de Cádiz era ya indiscutible. Y el gobierno español era ahora constitucional. El 22 de agosto de 1812 los alcaldes dijeron que se había recibido de Cádiz “la Constitución de la monarquía española” con la orden de la Regencia de que se proclamase y jurase. El solemne acto tuvo lugar “en la iglesia que sirve de parroquia” dos días después, el 24 de agosto. El templo en cuestión no era la actual parroquia, que desde el año 1800 amenazaba ruina y que entre la guerra y la falta de interés del arzobispado permaneció muchos años inutilizada. Seguramente esta iglesia “que sirve de parroquia” era la iglesia de Santa Catalina del antiguo convento de monjas, de la que consta que a principios de siglo funcionaba como “ayuda de parroquia”.

Aquella mañana se reunieron en la iglesia, a las diez de la mañana, el ayuntamiento en pleno, el cura ecónomo don Lucas Martín del Águila (no se cita al prior García, seguramente poco liberal) y demás individuos del “venerable clero”. Junto a las autoridades “muchas personas del pueblo y el primer orden de ambos sexos (los más principales)”. Lo hicieron al efecto de prestar juramento a la “Constitución Política de la monarquía española, sancionada por las Cortes Generales y Extraordinarias de la Nación”. Estando todos juntos “se principió la misa solemne con diácono y subdiácono, con el acompañamiento de música (coro e instrumentos)”. Después del ofertorio “se leyó a la letra la nominada Constitución (preámbulo y 384 artículos) y concluida que fue su lectura se prosiguió en dicha misa”. Terminado el oficio, se puso una “decente mesa (…) con el libro de los Santos Evangelios sobre ella”. Juraron la Constitución los miembros del Ayuntamiento, los eclesiásticos “y en seguida lo hizo lo demás del pueblo concurrente”. Hubo repique general de campanas y durante todo el acto  se manifestó “un completo júbilo en todos los naturales”.[1] El simple hecho de que se celebrara tan solemne acto muestra que en aquel mes de agosto ya no había mucha prevención con los invasores. Napoleón había salido escaldado de Rusia y la guerra de España dejó de estar entre sus prioridades. El mariscal Soult abandonó Andalucía con dirección a Valencia. No fue incomodado en su retirada, de manera que ahora sí consiguió pasar la Raya de Murcia que tanto se le había resistido. No está de más decir que no se iba de vacío. El señor duque de Dalmacia fue un gran expoliador de obras de arte durante se paso por Andalucía, un auténtico precursor de lo que hicieron mucho después los nazis en los países ocupados.[2]

El 17 de septiembre el gobernador Porta entró en Jaén. El 20 los franceses en retirada cruzaron Quesada sin causar daños. Fue la última vez que se les vio por aquí. El mismo día que Porta entró en Jaén el general Ballesteros, capitán general de los cuatro reinos de Andalucía, hizo desde Nívar (inmediaciones de Granada) una proclama “a los habitantes de Andalucía”. Anunciaba que el enemigo había abandonado todo el territorio a su mando y apelaba al patriotismo de los andaluces para que se formasen juntas en todos los pueblos que recogieran donativos voluntarios de los vecinos a fin de financiar la guerra hasta la definitiva expulsión de los enemigos. Con la proclama de Ballesteros se inició en Andalucía una nueva y definitiva fase de la guerra. Ya no se volverá a ver franceses y todo el territorio quedará en la retaguardia. La guerra seguirá presente, pero con la continua exigencia de hombres para el Ejército y la correspondiente aportación de fondos. En Quesada se recibió la proclama de Ballesteros por mano de un comisionado militar destacado al partido de Úbeda. En su consecuencia, el día 13 de octubre el Ayuntamiento acordó formar una junta compuesta por los alcaldes, párroco y síndico ante la que concurrirían los vecinos, recibiendo de cada uno la cantidad que “voluntariamente” pudiesen entregar. Los donativos serían anotados en una lista y el dinero recaudado entregado en Úbeda. En el mismo cabildo se recibió un oficio del contador de Rentas Provinciales de Baeza mandando que no se interrumpiera la reclamación y apremio de atrasos en las contribuciones atrasadas y corrientes, “por más que declamen y resistan su satisfacción a pretexto de los muchos suministros que se hubieran hecho a las tropas”.

Se veía venir que el esfuerzo de guerra seguiría exigiendo grandes sacrificios a los vecinos, pero ahora tocaba celebrar que los franceses se habían marchado. En el mismo cabildo del día 13 se dio lectura a un memorial firmado por seis “devotos labradores y vecinos de esta villa” en el que decían “que habiéndose dignado la divina providencia por intercesión de la milagrosa imagen de nuestra señora de Tíscar, patrona de esta villa, librarnos de las manos de los enemigos franceses y del yugo tan pesado con que hemos estado oprimidos”,  les parecía “muy del caso” traer a la Virgen desde su santuario para hacerle uno o más novenarios. Finalizaban los firmantes asegurando que todos los vecinos contribuirían a tan importante diligencia, “siendo como ha sido nuestro amparo y protectora en los casos que se nos han presentado de tan común enemigo”. El Ayuntamiento, “conociendo la justa solicitud que hace este vecindario”,  acordó  que se trajera la Virgen el día 16 y que se pasara aviso “al venerable clero para que por su parte contribuyan a este piadoso objeto según costumbre”. Fue la segunda Traída de aquel año


[1] El testimonio de la proclamación y juramento de Quesada fue remitido a Cádiz, donde se publicó en el DIARIO DE SESIONES de las CORTES GENERALES y EXTRAORDINARIAS del 5 de octubre.

[2] En el museo del Prado se conserva un Inmaculada obra de Murillo que es conocida como “Inmaculada de Soult” y que fue una de las muchas obras que el mariscal se llevó a Francia. No se recuperó hasta 1941, cuando fue devuelta por el derrotado y colaboracionista gobierno francés de Vichy.

 

Mariscal Soult, duque de Dalmacia

6.- De nuevo Quesada queda en la retaguardia. Final de esta guerra.

La Constitución era una cosa que realmente los vecinos no sabían muy bien qué cosa pudiera ser, más allá de ser vista como la “autoridad”, como el gobierno lejano, como algo parecido a lo que siempre había sido S.M. Resulta a veces cómico ver cómo desde ese momento todo se hacía o se justificaba por lo que mandaba la “sabia Constitución”. Las cosas más peregrinas, cualquier solicitud al ayuntamiento se justificaba por su mandato. Pero como “superior autoridad” de ella sí dimanaron cambios reales que llegaron pronto y alteraron el panorama político del pueblo. El 22 de octubre se recibió una comunicación de la Regencia sobre la forma de elegir y nombrar los ayuntamientos. Las nuevas normas suprimían el cargo de “regidor perpetuo”. De esta manera desaparecía de improviso tan histórica institución, por la cual sus titulares eran regidores (concejales) de forma vitalicia pudiendo comprar, vender y heredar el oficio como cualquier otra propiedad. Desde ese momento todos los miembros de los ayuntamientos serían elegidos y en Quesada lo fueron a finales de ese mes de octubre. El nuevo Ayuntamiento Constitucional estaba formado por dos alcaldes ordinarios, ocho regidores, síndico general y procurador del común. Eran más regidores que los tradicionales, y también se vio alterada la extracción social de sus componentes. En el nuevo ayuntamiento electo solo había tres nobles o hidalgos, perteneciendo el resto a lo que antes se llamaba el estado general. El antiguo estado noble quedaba sin privilegios, diluido entre labradores, ganaderos y profesionales. No estaban en él los históricos Antonio del Águila, Pedro Vela o Cristóbal de Bustos, hidalgos los tres. Entraban Eulogio Valdés, propietario de El Salón, Francisco López Alférez, ganadero y propietario en Lacra, el escribano Jila y el médico Manuel Gallego entre otros. A pesar de que la Constitución se abolió en 1814, el cambio acabó siendo definitivo con algunos vaivenes. Para cuando en la década de 1830 se estableció definitivamente el sistema liberal, la única diferencia entre los vecinos estaba marcada por la economía. El viejo estamento noble pasó a ser una cosa del pasado que no podía hacer otra cosa que desaparecer.

No se conserva el acta de elección de este Ayuntamiento, pero a principios de 1813 se celebraron elecciones a Cortes de las que sí existe el acta y que sirve para ver como eran entonces las elecciones. El sistema electoral empleado nos puede parecer antiguo y complicado, pero lo cierto es que uno similar se sigue utilizando actualmente, pues no es otro que el “caucus” utilizado en Estados Unidos para las elecciones primarias en algunos estados. El 8 de enero de 1813 se dio cuenta en el pleno de una comunicación del gobernador de la provincia conteniendo las instrucciones para la elección de diputados a cortes. Por ellas el domingo 10 de enero se debía de convocar a los vecinos para elegir vocales electores en representación de la villa. Las asambleas de vecinos se organizaban por parroquias, eligiendo cada una un vocal. En el caso de Quesada eran cuatro: parroquia de Quesada, de Tíscar y Belerda, Poyatos-Huesa y Larva. En las asambleas resultaron elegidos el médico Manuel María Gallego por la de Quesada, por Huesa su párroco Pedro Antonio de Pedraza, por Tíscar y Belerda Juan Guerrero, morador del sitio de Royomolinos, y por Larva Matías Robledillo, labrador del lugar. Una vez elegidos los vocales de las parroquias, todos los del partido se reunieron el día 18 en Úbeda para elegir a los dos electores que los representarían en la definitiva elección de diputados a celebrar en Jaén. En la junta de Úbeda se planteó un incidente previo con la acreditación del vocal de Larva, que estaba escrita en papel sin timbre y sin legalizar por un escribano. La comisión de credenciales, de la que formaba parte el cura de Huesa, acordó aceptarla considerando que ambos defectos procedían de ser una cortijada donde no había papel sellado ni escribano. Este sistema electoral indirecto se mantuvo, cuando hubo elecciones, durante bastante tiempo. Era en realidad un sufragio masculino casi universal, porque en las asambleas parroquiales podían votar todos los vecinos (cabezas de familia o de casa). Cuando por el régimen liberal se sustituyó por la elección directa (el elector votaba directamente al diputado del distrito) fue mucho más restringido, ya que se pasó a un régimen censitario en el que solo podían votar las personas con un nivel económico determinado.

Como antes decía, Quesada quedó en la retaguardia, pero la situación no mejoró demasiado. Lo peor fueron los importantes alistamientos de mozos para el Ejército (aunque desplazada hacia el norte, la guerra continuaba) y la tremenda presión fiscal para financiar los gastos militares. Recaían ambas cargas sobre un pueblo extenuado y empobrecido por los años de guerra que arrastraba. Hasta el final de la guerra en 1814 (incluso después), fueron continuas las órdenes y mandatos de la Intendencia provincial apremiando al pago de contribuciones ordinarias, extraordinarias y de guerra. Y continuas fueron las quejas del Ayuntamiento protestando la imposibilidad en que estaban los vecinos de afrontar en plazo esos pagos. Al pago de contribuciones había que sumar el suministro a las tropas transeúntes o acantonadas en las cercanías. A menudo la exigencia de estas aportaciones se hacía, para ejercer la máxima presión, directamente por fuerzas militares que se personaban en el pueblo. En abril de 1813 se presentó en Quesada un oficial al mando de 50 soldados de la brigada acantonada en Sabiote para exigir 200 raciones diarias. En el pleno que debatió esta petición estuvo presente el oficial para asegurarse de que el Ayuntamiento era diligente buscando los fondos con los que pagar estas raciones. No solo se debía suministrar a estas tropas, también al hospital militar de Baeza e incluso a una partida de más de 80 hombres de paso por Quesada “para la persecución de ladrones”. El 12 de mayo el Ayuntamiento se quejó al intendente provincial de los “innumerables suministros que ha hecho este pueblo, por cuya causa se halla en la mayor indigencia e imposibilidad de poder continuar con el cupo de raciones y así se le ha hecho saber en repetidas ocasiones. Y no obstante se repiten las peticiones de (las) tropas que pasan por este pueblo”. El Cabildo estimaba que el total de suministros militares que había hecho la villa y sus vecinos, desde el principio de la guerra, ascendía a la extraordinaria cantidad de 2.000.000 de reales. Seguramente exageraban los regidores, pero en cualquier caso era demasiado dinero para un pueblo como Quesada. Además de los suministros para las tropas de paso, los pueblos debían hacerse cargo del mantenimiento de las unidades militares que, procedentes de estas tierras, se habían ido desplazando hacia el norte siguiendo la acción bélica. Así, en enero de 1814 el intendente provincial comunicó al Ayuntamiento que había correspondido a Quesada suministrar ocho acémilas para el III Ejército que ahora estaba en Tudela. No era la primera vez que se recibía una petición de caballos, yeguas y sobre todo mulos. La aportación de estos animales, que eran la “maquinaria agrícola” del momento, fue otro problema añadido para la producción agrícola, de la que en última instancia salía todo el esfuerzo de guerra, impuestos y suministros.

Por suerte aquel invierno fue lluvioso y se esperaba una buena cosecha de cereal. Fue también muy lluvioso el siguiente invierno, tanto que el Guadiana Menor venía tan crecido que solo se podía vadear con bueyes. Además del agua para el campo, hubo alguna otra buena noticia económica, como la reactivación del comercio. El 9 de julio de 1813 se recibió un oficio del jefe político provincial (lo que luego sería gobernador civil) comunicando que “las primeras ventas y ulteriores de los frutos de la tierra, ganados y demás” se pudieran vender libremente “al precio que más acomode a sus dueños”. Era una medida liberalizadora acorde con el nuevo régimen constitucional. Hasta ese momento el comercio estaba sometido a limitaciones, de manera que el Ayuntamiento sacaba a subasta la venta de determinados productos (para garantizar el suministro y garantizar el cobro de derechos) y otorgaba al rematante el monopolio de su comercio a un precio determinado. No duró mucho la medida, pues el mercado volvió a las restricciones anteriores con la abolición de la Constitución, pero en aquel momento fue un alivio y una disposición bien recibida. El síndico procurador, que lo era el boticario Tomás González, hizo que constara en acta su satisfacción en nombre del común (los vecinos), advirtiendo de su “protesta” (recurso) a cualquier acuerdo que se opusiera a esta libertad de comercio.

Fue por el contrario económicamente muy perjudicial la movilización de mozos para el Ejército. Suponía la salida del pueblo de un número importante de jóvenes en el máximo de su capacidad laboral, lo que dificultaba el trabajo en el campo. Las movilizaciones provocaron una gran resistencia en la población y los mozos y sus familias hicieron lo posible para no incorporarse alegando toda clase de reclamaciones. Incluso, una vez incorporados, no era infrecuente que abandonasen las unidades militares en las que estaban. Eran estos los que se conocían como “dispersos”. El problema no era pequeño y por eso, a instancias del mando militar de la provincia, se publicó un bando para que el día 7 de octubre se presentasen en el ayuntamiento “todos los militares de cualquier clase y graduación para que acrediten por qué causa están en la villa y su motivo y derecho”. Un mes después, 8 de noviembre, se repitió la orden, destinada específicamente a los oficiales, con el mandato de que los que estuviesen en los pueblos sin licencia “regresen cuanto antes a sus cuerpos y ejércitos”. El Ayuntamiento acordó comunicarlo a “don Jerónimo Moreno único oficial que existe en esta villa”. Esta referencia al que fue famoso guerrillero quesadeño acredita nuevamente que Moreno no había muerto en Iznájar, como en su momento anunciaron las gacetas afrancesadas.

Otro asunto que ocupó al Ayuntamiento en estos tiempos finales de la guerra fue el pleito por los bienes del antiguo convento de dominicas de Quesada, disputados con el convento de agustinas de Cazorla. Era un expediente económicamente muy importante. A finales de 1812, una vez recuperada cierta normalidad, el administrador de las agustinas de Cazorla reclamó la posesión de los bienes al juez del partido, entonces en Úbeda. El juez dio la razón a las agustinas y ordenó la entrega de los bienes. En el Ayuntamiento de Quesada se desató una agria discusión entre los partidarios de recurrir la decisión judicial y los de aceptarla. De todas formas daba un poco igual este debate, porque las autoridades provinciales incluyeron aquel verano a los de las dominicas entre los Bienes Nacionales, es decir, del Estado. Hubieran acabado vendiéndose ahora si Fernando VII no hubiera derogado la Constitución ordenando que todo volviese al ser y estado anterior a la misma, lo que devolvió el pleito al punto de partida.

 

La guerra se había desplazado hacia el norte, pero no había concluido y ahora la estaba perdiendo Napoleón. Fue una auténtica guerra europea, una especie de precedente de las guerras mundiales. Eso lo sabían incluso en un pueblo aislado y remoto como Quesada, donde se vivían como propias las victorias de los enemigos de Bonaparte, por lejanas que fuesen. El 28 de marzo se celebró un tedeum, presidido por alcaldes y regidores, con repique de campanas y luminarias por la noche para celebrar “los triunfos del emperador de la Rusia”. Semejantes celebraciones se repitieron con las “acciones gloriosas de Ejército aliado” (ingleses, españoles y portugueses), que en 1814 llegaron a invadir el sur de Francia y ocupar Burdeos.

 

Entre estrecheces y agobios económicos, con alguna epidemia de cólera como la que se inició en Gibraltar y para cuya prevención se formó en Quesada una Junta de Sanidad en octubre de 1813, la guerra acabó victoriosamente. Napoleón abdicó y fue recluido en la isla de Elba. El regreso de Fernando VII, “Por la Gracia de Dios y la Constitución Monarca del Reino de España”, según rezaban los timbres del papel sellado, fue triunfal. No se dirigió directamente a Madrid como quería el Gobierno; se entretuvo en un largo itinerario que lo llevó a Valencia a primeros de mayo. Estaba preparando el golpe de estado desencadenado por su decreto del día 4, que derogaba la Constitución y mandaba que las cosas volvieran a su ser anterior. Ministros, diputados y adictos al régimen constitucional en general, fueron perseguidos, encarcelados o huyeron al exilio. En Quesada se destrozó la placa que había en el Ayuntamiento conmemorando la Constitución y se asaltó el edificio, destruyendo en el archivo los papeles de la contribución directa (igual para todos, nobles, clérigos y pueblo llano). Tal y como se mandaba por Fernando, las cosas volvieron al triste estado de 1808.



Susto final

 

Cuando toda Europa quedaba tranquila, dando a Napoleón por muerto políticamente en su confinamiento de Elba, ocurrió como en los finales de las películas de miedo: el monstruo resucitó, en marzo consiguió escapar y volvió a Francia, donde las tropas enviadas contra él se le unieron marchando a sus órdenes hacia París. La conmoción y alarma se disparó en toda Europa. También en España, donde la guerra había tenido mucho de civil y se temía que sus partidarios, los afrancesados, conspirasen en su favor. Las prevenciones llegaron a Quesada, donde el 5 de junio el Ayuntamiento hizo pregonar un bando del capitán general de Andalucía. En él se advertía de la vuelta de Napoleón “Malaparte” (sic) y de los rumores malintencionados que pudieran propalar “sus agentes”, —y de los malos efectos que pueden producir los artificios y seducción de sus agentes con estas noticias—. El miedo a Napoleón provocó que se mandaran unidades militares a los Pirineos para reforzar la frontera y el gasto de estos movimientos volvió a recaer en los vecinos. El 17 de mayo se presentó en Quesada el capitán don Lorenzo Cerezo al mando del regimiento de Voluntarios de Jaén, unidad y oficial que ya habían pasado por Quesada en 1811. Marchaba al norte y era portador de una carta de pago del intendente provincial para que el Ayuntamiento le entregase 13.000 reales para los gastos. El Ayuntamiento no tenía ese dinero, “a pesar de los esfuerzos tomados para el cobro de contribuciones”, y volvió a recurrir a pedirlo prestado a los mayores contribuyentes. Por suerte la derrota de Waterloo a mediados de junio acabó definitivamente con la amenaza napoleónica.

 

Memorial de labradores y vecinos pidiendo la traída de la Virgen
para celebrar la salida de los franceses.