Quesada había terminado 1810 con una precaria elección de alcaldes ordinarios para el año siguiente. Precaria porque el asalto de los invasores al ayuntamiento obligó a improvisar las bolsas y bolas de insaculación para sortear los cargos. Militarmente la situación estaba estancada y se había convertido en una guerra de desgaste. Aunque los franceses controlaban la capital y los grandes pueblos de la provincia, no habían conseguido acabar con la resistencia de las guerrillas. Esta igualada situación no dejaba de ser un fracaso para el ejército más poderoso de Europa. Los conquistadores del mundo, como les llamó Bielsa, se mostraban incapaces de imponerse a unas guerrillas formadas por algunos militares desperdigados procedentes de unidades derrotadas y por paisanos bastante anárquicos y poco experimentados.
1.- Un año de guerra.
La guerra había empezado casi dos años y
medio antes, pero en estas tierras la guerra efectiva, con muertos y con
tiros, solo comenzó a principios de 1810
cuando los franceses forzaron Despeñaperros. Al entrar 1811, en el Reino de
Jaén se sucedían las acciones de unos y otros, los ataques y los contraataques,
las represalias sangrientas, sin que ningún bando consiguiera imponerse con
claridad al otro. Los continuos episodios militares afectaron gravemente la
vida de los pueblos. La inestabilidad y la inseguridad dificultaban que los
campos, llenos de gentes armadas, se pudiera llevar una vida normal y que los
ganaderos, los habitantes de los cortijos, los arrieros y trajinantes se
pudieran dedicar a sus trabajos y producciones con una mínima tranquilidad.
El cazorleño José Sanjuán describió con
crudeza[1] los asesinatos, saqueos,
robos y represión de los ocupantes. La escasez y carestía de toda clase de
géneros, especialmente de trigo y de pan, se dejó sentir con fuerza. Los
pueblos estaban en una situación muy difícil, y muchos de sus vecinos en la
miseria cercana al hambre. La presencia de tantos soldados y gentes forasteras,
a los que había que suministrar alimentos de grado o por fuerza, multiplicaba
el consumo. Aumentaba el consumo y la demanda, pero no lo hacía la producción,
entre otras causas porque buena parte de la gente más joven estaba en la cosa
militar y no podía trabajar el campo. Esta circunstancia se observa en todas
las guerras, y esta no fue una excepción. Como resultado de la escasez los
precios fueron empujados al alza. En el verano de 1808 la fanega de trigo
estaba en 40 reales y la hogaza de pan en 7 cuartos, 0,82 reales. Un año
después, en julio de 1811, en Cazorla se vendía la hogaza a 20 cuartos, es
decir, 80 maravedíes o 2,35 reales.[2] En Quesada, aunque no hay
datos para primeros de este año, los precios debían ser muy similares. Siguieron
subiendo y ya en enero de 1812 el Ayuntamiento de Quesada fijó la hogaza en 27
cuartos o 3,2 reales, la de maíz 17 cuartos, igual que la de cebada. Eran unos
precios insólitos, tanto como infrecuente era que se fijase precio al pan de
cebada, señal de que se recurría para comer a cualquier cereal disponible. Para
valorar tan dramática carestía hay que considerar que afectaba muy
especialmente a los que menos tenían, a los que no fueran propietarios de tierras
propias o las tuviesen arrendadas, a los que no dispusieran de trigo propio que
panificar y cocer. Este grupo era una proporción muy considerable de la
población, en torno a un 35 o a un 45 por ciento. Por entonces el jornal estaba
en unos 5 reales, de manera que es fácil deducir que en meses de poca faena y
jornales, como marzo, lo pasarían bastante mal. Los vecinos, especialmente los
menos pudientes, atravesaban un momento difícil, equiparable, si no peor, al que
vivieron durante las sequías y hambrunas de 1803-1805.
Como ya se dijo en la primera parte, la
tradición, varios siglos antigua, del Ayuntamiento de Quesada era la división y
el enfrentamiento de sus miembros, absorbidos por interminables querellas.
Aunque para este año de 1811 no se conserva el libro capitular, hay que
imaginar que seguirían poco unidos y que las diferencias entre ellos fueran
importantes. Raro sería que personas criadas en las banderías, divisiones y
enfrentamientos hubieran variado su comportamiento, por mucha necesidad que
hubiera de proteger al común. A los tradicionales bandos de partidarios de
gobierno por alcaldes ordinarios y partidarios de corregidores y alcaldes
mayores ahora se uniría el de los favorables a la resistencia patriótica y el
de los más o menos afrancesados, con todos los puntos intermedios y
acomodaticios necesarios para salvar la propia cara. En el caso de Cazorla
existen las memorias y recuerdos personales de José Sanjuán, testigo de los
acontecimientos. Narra Sanjuán algunos sucesos intrigantes que acreditan cómo
entre regidores y vecinos había opiniones diversas. Aparte de las
peculiaridades que diferenciaban ambas villas, Cazorla arzobispal y Quesada de
realengo, de la mayor presencia de las partidas guerrilleras en una que en
otra, por cercanía y similitud económica y social creo que se pueden establecer
paralelismos y que no debieron ser muy distintas las cosas en uno y otro pueblo.
En diciembre del año anterior se habían
elegido en Cazorla, al igual que en Quesada, alcaldes para el año 1811, que
prácticamente no llegaron a tomar posesión porque renunciaron. Según Sanjuán,
el 14 de enero se reunió un amplio grupo de paisanos en la calle y se
constituyeron en una especie de asamblea vecinal. En ella eligieron alcaldes
sin que hubiera discrepancia entre los asistentes, “por la concordia que tenían
formada” (previamente). Tomaron posesión de las varas sin ningún formulismo
verbal o escrito. A continuación un fraile secularizado dio un discurso desde
el balcón de la casa consistorial “exhortando a la paz, al amor, a la justicia,
puesto que donde existe no hay desigualdad, crueldad ni tiranía”. Resulta muy
peculiar y extraña esta asamblea popular que toma “el mando” de la villa. Más
sorprendentes aún son las aclamaciones al llamamiento a la paz del fraile, que
en ese momento solo podía significar una crítica al uso de las armas contra
José I. Y es que las decisiones de esta asamblea no fueron en contra de los
invasores, pues a los pocos días el prefecto Echazarreta dio el visto bueno y
confirmó a los elegidos en la tumultuosa junta vecinal. Entre las primeras
medidas que tomaron las nuevas autoridades estuvo, según Sanjuán, la de enviar
un comisionado al general Blake para que la guerrilla “no hiciese mansión” en
el pueblo, es decir, que se fuera.
No hay que suponer que en Quesada ocurrieran
necesariamente sucesos similares, no lo sabemos ni no la vamos a llegar a saber
nunca. Pero sí es seguro que la población tampoco formó un bloque monolítico y
patriótico opuesto al invasor. Al igual que en Cazorla, tuvo que haber
“partidarios de la paz”. De hecho, y como más adelante se verá, en Quesada hubo
gentes que actuaron directamente como espías del enemigo informando de los
movimientos de las tropas españolas. También hubo movimientos extraños en el
nombramiento de alcaldes que solo se pueden interpretar en este mismo sentido.
En octubre de 1810 murió el brigadier Antonio
Calvache, jefe de las partidas guerrilleras de Jaén, durante una acción de
guerra en Villacarrillo. Le sucedió Francisco Barreda y desde abril Lorenzo
Cerezo, que mandaba, además de las guerrillas, en el batallón de Voluntarios de
Burgos (ya van apareciendo unidades del ejército regular).[3] Durante aquellos primeros
meses del año la acción se desplazó algo más al norte, pues los franceses
intentaron (sin éxito) penetrar en la Sierra de Segura, corazón de la
resistencia guerrillera. Este protagonismo de Segura no significa para nada que
la cosa estuviera tranquila más abajo, por Cazorla y Quesada. Hace unos años
Nicolás Navidad descubrió una carta de mayo de 1811 que hace referencia a una
acción militar en Quesada. La carta se subastaba en internet y el Ayuntamiento,
alertado por Nicolás, se hizo con ella por poco dinero.[4] La carta está fechada en
Cádiz el 2 de mayo de 1811 y la remite José Heredia y Velarde, secretario del
despacho de Guerra de la Regencia, al general Manuel Freire. Freire había
enviado a Cádiz unos partes informando de la acción militar tenida en Quesada
el 4 de marzo del mismo año y en esta carta Heredia daba el acuse de recibo. Es
corta y dice así:
He dado cuenta al
Consejo de Regencia de España e Indias de los partes que V.S. me remite en 24
de marzo último de la acción que ha tenido en Quesada el capitán de la 4ª
compañía de guerrillas Don Mariano Ximénez el día 4 del mismo, lo que ha visto
S.A. con la mayor satisfacción, y me manda a decir a V.S. que manifieste al
referido capitán Ximénez el aprecio que hace S.A. de sus servicios.
He intentado localizar en el Archivo
Histórico Nacional los partes de la operación a que se refiere pero no lo he
conseguido por el momento. No tengo otra información sobre lo que sucedió en Quesada ese 4 de marzo. Sin
embargo, no tuvo que ser cosa despreciable y sí lo suficientemente importante
como para que Freire enviara a Cádiz la noticia y desde allí se mandara
felicitar al capitán que la protagonizó. Mariano Jiménez de Baguer era el
segundo de Lorenzo Cerezo. No hay que confundirse con el nombre de la unidad,
4ª compañía de guerrillas, pues pertenecía al ejército regular, que también
usaba pequeñas formaciones móviles que se desplegaban tácticas similares a las
de las partidas. Podemos suponer lo sucedido el 4 de marzo en Quesada
conociendo el contexto, siguiendo la narración de José Sanjuán. Según el
cazorleño la madrugada del día 2 de marzo se acercó a Cazorla un contingente
francés formado por 100 dragones montados y 300 infantes. No llegaron a entrar,
sino que acamparon en las inmediaciones, donde robaron y quemaron cortijos
“procediendo a las violencias y demás horrores que la modestia debe ocultar”
(se está refiriendo a violaciones). Estos franceses procedían de Baza, de
manera que tuvieron que pasar por Quesada o por sus inmediaciones. El día 8
entraron finalmente en Cazorla exigiendo suministros y robando “ropas y
alhajas”. No se quedaron allí; volvieron a la campiña, donde se mantuvieron
hasta el día 19, cuando regresaron a Baza cargados con el botín. Estaban por
tanto los franceses acampados en las inmediaciones el día 4. La acción del
capitán Jiménez debió ser la defensa de Quesada, si los franceses intentaron
entrar en ella como hicieron en Cazorla, o bien el ataque desde Quesada a algún
grupo enemigo acampado por la zona. A pesar de lo contento que debió quedar
Freire por estos hechos el éxito no fue completo, pues los franceses permanecieron
y llegaron a entrar en Cazorla. El capitán Jiménez continuó por la comarca y en
verano lo veremos en Quesada con su infantería instalada en la plaza. Mientras
tanto las partidas guerrilleras seguían actuando en la zona. La Gaceta de la
Regencia menciona expresamente a los ya conocidos Pedro Alcalde y Jerónimo
Moreno, el guerrillero quesadeño. Según el periódico de Cádiz el 30 de marzo
hubo una acción en Cazorla entre los franceses y las partidas de ambos
guerrilleros en las que perdió el enemigo “12 o 14 soldados.”[5]
Las partidas, dentro del proceso de
militarización de las guerrillas irregulares se constituyeron en el Batallón de
Voluntarios de Jaén.[6] A finales de mes
consiguieron un importante éxito expulsando a los franceses de Úbeda, donde se
mantuvieron toda la primavera resistiendo feroces contraataques de los
imperiales. El impacto de este triunfo fue grande. Tras más de un año
resistiendo en sus reductos serranos a los ataques franceses, las fuerzas guerrilleras
y militares de la resistencia entraban abiertamente en la campiña y se hacían
con la cabeza del partido. Durante varios
meses los pueblos quedaron separados de las autoridades josefinas de Jaén y se
implantó una nueva administración dependiente de la Regencia de Cádiz. El 15 de
mayo don Juan Modenés, nuevo intendente provincial en las zonas liberadas de la
provincia, hizo una visita de inspección a Quesada;[7] en Cazorla se sustituyó el
ayuntamiento afrancesado salido de la asamblea vecinal de enero por otro adicto;
en Jódar se celebró junta parroquial para elegir vocales que participaran en la
elección de diputados a las Cortes Constituyentes.[8] Con los primeros calores
los imperiales retomaron la iniciativa y el protagonismo pasó a la disputa por la
llamada Raya de Murcia. Pero antes de entrar en estos episodios, los mejor
documentados de la guerra para Quesada, hay que referirse a la supuesta muerte
del guerrillero local, don Jerónimo Moreno. Moreno había alcanzado el grado de
teniente de caballería, recomendado por el brigadier Calvache, que pidió su
ascenso porque se había “distinguido y batido con mucho valor repetidas veces
con el enemigo (y) se halla sin ninguna recompensa militar.[9]
Como ya se ha visto, la partida de
Moreno, de la que formaban parte sus hermanos Juan y Luis, actuaba en unión de
la de Pedro Alcalde, quizás el guerrillero más famoso de la provincia. La
movilidad de estas dos partidas insurgentes fue sorprendente y sus acciones tenían como escenario casi
toda la provincia y también las de Granada, Málaga y Córdoba. Si el 30 de marzo
estaban enfrentándose a los franceses en la comarca, en mayo se movían a
bastante distancia de ella. Según la Gaceta de la Regencia el día 11
asaltaron un convoy en Cuesta Blanca (pasado Loja, camino de Archidona).
Capturaron 400 caballerías cargadas de paja y grano, mataron a “cuatro o cinco
dragones” e hicieron huir a la infantería de la escolta, que abandonó armas y
mochilas.[10]
Estas noticias publicadas por las gacetas ya se sabe que hay que tomarlas con
cautela pues siempre barría cada una para su lado. La prueba es que desde el
otro bando, Gaceta de Madrid, se había anunciado que a mediados de
febrero se interceptó a la partida de Moreno en la campiña de Córdoba y se les
había cogido “seis malhechores, ocho caballos, trece fusiles, dos pistolas,
siete cartucheras y siete puñales”. El resultado, según la gaceta madrileña, había
sido “la disolución de la cuadrilla” y que el propio Moreno se entregase
“suplicando ser incorporado” a la partida de Ariza (formada por españoles
“juramentados” en el bando napoleónico).[11] Es evidente que no fue
así, que Moreno no se pasó de bando y que la noticia era exagerada, cuando no
totalmente inventada.
Siguieron Moreno y Alcalde actuando por el sur de Córdoba. La tarde del
día 31 de mayo entraron en Baena, libertaron a los presos de la cárcel y
“mediante métodos no exentos de violencia” consiguieron un importante botín “de
caballerías, armas y demás”.[12] Estos importantes golpes
alarmaron a los franceses, que emprendieron su persecución y captura. Pocos
días después, la tarde del 2 de junio, las partidas guerrilleras fueron
sorprendidas por una columna francesa en los alrededores de Benamejí. La Gazeta
de Sevilla del 14 de junio reproduce el parte que el jefe del batallón,
Frederic Robin, remitió al gobernador militar de Córdoba y Jaén dando cuenta de
lo sucedido. El enfrentamiento duró varias horas y como resultado quedaron
ciento treinta guerrilleros muertos y números heridos. Entre los muertos, según
Robin, estaba Jerónimo Moreno. Dice Díaz Torrejón que la noticia hay que
tomarla por cierta, “pese a los recelos por razones propagandísticas”, pues desde
ese momento no hay referencias documentales a Moreno y su partida, por lo que
considera que, al quedar acéfalo, el grupo guerrillero se disolvió.[13]
Es cierto que no hay más noticias de
Moreno y de su guerrilla, pero Jerónimo no murió en Benamejí. Consiguió escapar,
quizás herido, y regresó a Quesada, donde hay numerosas referencias posteriores
a él en las actas municipales. La primera es de noviembre de 1813, cuando el
Ayuntamiento le comunicó una orden de la superioridad militar por ser el único
oficial que había en la villa. Las menciones a Moreno y a su pasado guerrillero
se repitieron en los libros capitulares hasta 1816, fecha a partir de la cual
había muerto o estaba retirado de cualquier actividad pública por su avanzada
edad. Es muy posible que Moreno fuera herido en Benamejí y que de resultas
decidiera retirarse de la primeria línea de combate volviendo a Quesada. Y tampoco
murieron en ese combate sus hermanos Juan y Luis, que le acompañaban en la
partida, pues también hay noticias de ellos, especialmente de Luis, que como ya
se ha dicho protagonizaría una larga y complicada trayectoria política
posterior. Queda por ver si este suceso no inspiró a los hermanos Machado en su
obra La duquesa de Benamejí, asunto tratado en otro artículo de este
blog.
[1]José
Sanjuán Resumen histórico de los acontecimientos ocurridos en Cazorla cuando
la Guerra de la Independencia, que recoge y publica Bueno Cuadros en Cazorla,
de villa a ciudad. Op. cit primera parte.
[2] Rufino Almansa Tallante. Cazorla y La
Iruela en la Guerra de la independencia. BIEG n.º 156 1995.
[3] Ramón Rubiales García del Valle. ACTUACIONES DE LA GUERRILLA Y EL EJÉRCITO EN
LA COMARCA DE LAS VILLAS DURANTE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA (1810-1812).
ARGENTARIA Revista Histórica, Cultural y Costumbrista de las Cuatro Villas.
2013.
[4] Con este motivo Nicolás Navidad publicó
en la Revista de Ferias (2015) el primero y hasta ahora único artículo sobre la
Guerra de la Independencia en Quesada.
[5]Gaceta de la Regencia de España e Indias. 18 de mayo de 1811.
[6] Rubiales. Óp. cit.
[7] Bueno Cuadros. Óp.cit.
[8] Ildefonso Alcalá Moreno. La Guerra
de la Independencia en Jódar. Asociación cultural Saudar.
[9]DIVERSOS-COLECCIONES,111,N.31
[10]1811-05-18 Gazeta de la Regencia de
España e Indias - Número 65
[11]Gaceta de Madrid. 2 de marzo de 1811.
[12]Díaz
Torrejón GUERRILLA, CONTRAGUERRILLA Y DELINCUENCIA EN LA ANDALUCÍA
NAPOLEÓNICA (1810-1812) Tomo II. Fundación para el desarrollo de los
pueblos de la Ruta del Tempranillo. Lucena 2005.pág. 116.
[13] Díaz Torrejón op.cit. Pág. 112 y 113
![]() |
| Sable de época napoleónica conservado en el ayuntamiento de Quesada |
2.- Quesada en primera línea del frente.
Tras la invasión de Andalucía en enero
de 1810 los franceses habían quedado dueños de toda la región, a excepción de
las zonas de actuación de la guerrilla. Los restos del Ejército del Centro
español, derrotado en Ocaña y Despeñaperros, se refugiaron en Murcia y
Alicante, al abrigo de las sierras orientales de Andalucía. Allí se
reconstituyó como III Ejército, mandado por el general Joaquín Blake, que fue
sustituido durante los hechos que se van a relatar por Manuel Freire. El
mariscal Soult, duque de Dalmacia, al mando de las tropas imperiales, intentó
en varias ocasiones penetrar en Murcia, pero no lo consiguió hasta el otoño de
1812, cuando ya estaba de retirada y abandonaba Andalucía. Durante este tiempo
Baza se constituyó en punto estratégico fundamental y en primer objetivo de los
ataques y contraataques de ambos bandos. La línea del frente que separaba ambos
ejércitos iba más o menos desde las sierras de Pozo Alcón hasta Gor y las
estribaciones de la de Baza. Era lo que se llamó Raya de Murcia, que tuvo
muchas oscilaciones, adelante y atrás, según la suerte de los combates.
En este contexto, durante el verano de
1811 se dieron en Quesada las acciones militares más importantes, o quizás mejor
documentadas, de toda la guerra. Tenía Quesada una posición privilegiada para
defender las comunicaciones entre la provincia de Jaén y las posiciones del III
Ejército, al norte de Granada. Así lo dijo el brigadier Ambrosio de la Cuadra
en las instrucciones que transmitió al coronel Peralta, jefe militar de Jaén.
Tras instruirle de la necesidad de vivir en completa vigilancia, le advierte de
“lo importante que es el punto de Quesada para nuestra línea”.[1] Es interesante destacar
que, un año y medio después de la invasión de Andalucía, el protagonismo en la
resistencia española había pasado a las unidades militares. Siguió actuando la
guerrilla, especialmente en la Alpujarra y Málaga, pero por aquí el mayor
esfuerzo fue asumido por el III Ejército. Si 1810 fue el año de los
guerrilleros, de Pedro Alcalde (ejecutado por los franceses en Jaén en junio de
1811), Uribe o el quesadeño Moreno, 1811 fue el año del III Ejército, de Freire
y del brigadier De la Cuadra, de las unidades militares a su mando.
Aquel verano de 1811 el Mariscal
Soult se decidió a poner fin al peligro que representaba la presencia del III
Ejército español en la Raya de Murcia.[2] La gran ofensiva que
planeó tuvo como paso previo la recuperación de Úbeda y Baeza. La importancia
de Úbeda para los franceses era grande, tanto desde el punto de vista militar —había
sido su cuartel general en esta zona desde febrero de 1810— como político, al
ser cabeza de una de las subprefecturas de Jaén. Su pérdida en la primavera de
1811 supuso un serio contratiempo y no ahorraron esfuerzos para recuperarla. A
primeros de junio la situación estaba todavía tranquila, como informaba el día
2 el jefe de la tropa acantonada en Quesada, sargento mayor Antonio Delgado, al
brigadier De la Cuadra, que estaba en Úbeda: “En este punto (Quesada) y los
dependientes a él no ocurre novedad”. En el mismo informe Delgado le da cuenta
de una noticia curiosa. Sus patrullas de caballería habían interceptado en la
Dehesa de Guadiana a un paisano que se dirigía a Huelma portando unos pliegos
de los franceses. Estos papeles no tenían mucha relación con el momento militar
que se vivía en la zona, pero sirven para acreditar de nuevo que no todos los
vecinos eran “patriotas” y que algunos trabajaban para los franceses.[3]
La tranquilidad no tardó en convertirse
en preocupación. A mediados de julio De la Cuadra comenzó a recibir
informaciones de sus agentes tras las filas francesas sobre importantes
movimientos del enemigo, que parecía concentrarse en Mengíbar y Linares. Coincidían
más o menos todos los informantes (alcaldes de Torres y Arquillos, paisanos,
arrieros…) en que eran fuerzas numerosas y que contaban con algunas piezas de
artillería. Según se rumoreaba, el mariscal Soult había entrado en Córdoba con
varios miles de soldados y se dirigía a Andújar. Los propios soldados franceses
decían a estos espías que marchaban a La Mancha, pero todos sospechaban que su
objetivo real era Baeza y Úbeda. Así lo comunicó De la Cuadra a su jefe, el
general Freire.[4]
Le dio cuenta también de que en la madrugada del día 13 se había producido un
movimiento premonitorio de los imperiales que revelaba sus auténticas
intenciones. La guarnición francesa de Linares había hecho una descubierta
cruzando el Guadalimar. Intentó sorprender a la guardia que el escuadrón de Madrid tenía en el camino de acceso a
las dos ciudades de la Loma, pero no lo consiguió y se retiró. La importancia
que le dio De la Cuadra al incidente, destacándolo a su jefe, estaba
justificada. Tres días después, la madrugada del día 16 de julio, entraban los
franceses en Baeza y al mediodía en Úbeda. De la Cuadra, dada su inferioridad
de medios, no opuso resistencia y se retiró hacia Pozo Alcón. El día 17, desde
Cabra de Santo Cristo, el cadete Lanzas, informante habitual, comunicaba al
brigadier que habían entrado en Úbeda unos mil hombres y que contaban con dos
cañones y un obús. En ambas ciudades habían exigido la entrega, para antes de
fin de mes, de un número inusitado de raciones, lo que parecía apuntar a la
llegada de un mayor número de soldados.[5] Se
habían detectado también intentos de los franceses de penetrar, desde
Guadahortuna, por la parte de Cabra y Dehesa de Guadiana.
Tras dejar Úbeda De
la Cuadra pasó por Quesada, donde dio las oportunas órdenes al coronel Peralta,
comandante militar del reino de Jaén. Debía mantenerse en Quesada vigilante de
los posibles movimientos del enemigo, para en su caso cubrir los caminos hacia
Pozo Alcón. Ya se presuponía que el objetivo final de Soult era desalojar al
III Ejército de la Raya de Murcia, alejarlo de Andalucía y dejar expedito el
camino a Murcia y Alicante. El día 18 De la Cuadra informó a Freire de que,
tras la pérdida de Úbeda, no había novedad en los puntos a su mando.[6] En
pocas horas todo cambió. La fuerza que había dispuesto De la Cuadra en Quesada
estaba formada en su mayor parte por hombres procedentes de las partidas
guerrilleras, pero que ahora estaban encuadrados en el batallón de Voluntarios
de Jaén, mandado por oficiales del Ejército. La militarización de la guerrilla
se hizo no sin problemas y en estos días de julio su organizador, el coronel
Peralta, informaba al general Freire de sus carencias: “faltan oficiales que
perfeccionen la instrucción y disciplina de los soldados y hay también falta de
bagajes, especialmente mochilas y capotes”. Oficiales y tropa no recibían una
paga determinada, pues la práctica era “sostenerse de las presas hechas al
enemigo” y Peralta pide que se les pague por la intendencia provincial.[7] El
coronel Peralta era el comandante militar de la provincia y en esta segunda
mitad del mes de julio estaba en Quesada al frente de la fuerza desplegada.
Mandaba la infantería el capitán Mariano Jiménez de Baguer, y la caballería el
capitán Bernardo Márquez.
El capitán Mariano Jiménez de Baguer era
el mismo que ya hemos visto en Quesada en el invierno anterior y que está
citado en la carta del Ayuntamiento. Participó en el segundo sitio de Zaragoza,
donde fue capturado por los franceses. Consiguió fugarse de Francia, donde fue
conducido como prisionero, junto a Lorenzo Cerezo, de quien fue segundo en el
batallón de Voluntarios de Jaén. Según decía Cerezo en un informe pidiendo que
se le recompensara con un ascenso, “este joven militar de buenos principios, conducta
y valor muy acreditado, ha trabajado incesantemente siendo el primero en buscar
los peligros (…) su rectitud
conocimientos y honor lo hacen respetar y amar no sólo de los soldados, sino
también de los habitantes de este reino y de sus jefes”. No duda en afirmar
Cerezo que seguramente es a él a quien debe la organización y la propia
existencia del batallón.[8] Por su parte Bernardo
Márquez de la Vega, capitán de caballería, participó activamente en la
resistencia desde el desastre de Despeñaperros en enero de 1810. Su actividad,
al principio integrado en las guerrillas, fue continua y abarcó no solo la
provincia de Jaén, sino también la comarca de Baza. Participó en numerosas
acciones, como el intento de captura del general Sebastiani en la primavera de
1811 o la liberación y definitiva expulsión de los franceses de Jaén a mediados
de 1812. Se hizo célebre en toda la provincia y tras la guerra se retiró a
Sevilla. Pero además de por su actuación militar en Quesada, Márquez tuvo otro
punto de contacto con el pueblo. La traición que le hizo en 1831 otro vecino de
Quesada, Santiago Vicente García, que siendo su compañero en las conspiraciones
contra el absolutismo de Fernando VII, acabo denunciándolo, lo que costó un
proceso a Márquez que acabó en la horca.
De la Cuadra partió de Quesada hacia
Pozo Alcón el día 17 dejando orden a Peralta de vigilar al enemigo, averiguar
hacia dónde se dirigía y cubrir en caso de retirada los pasos a Pozo Alcón.
Peralta, sin embargo, dispuso que las avanzadas que estaban sobre el
Guadalquivir se aproximasen a Quesada para evitar que se vieran cortadas por un
ataque francés. Situó tres guardias de caballería en los puntos donde se podía
producir una entrada: la mayor en Peal, de sesenta caballos, para vigilar la
posible entrada desde Úbeda. Otra en el “barco de Collejares”, compuesta de
veinte, para vigilar ese paso y el del Vado de la Adelfa, junto al cortijo de
las Hermosillas (actual Venta del Barco, junto al puente de la carretera que
cruza el Guadiana en la Sierra de las Cabras), puntos ambos de habitual entrada
de los franceses desde Jódar o Guadahortuna. La tercera, diez caballos, sobre
el camino de Poyatos en Puerto Ausín. El resto de la caballería, hasta un total
de doscientos caballos al mando de Márquez, permanecería en el pueblo, en la
calle Don Pedro, ensillada por las noches y dispuesta para cualquier salida.
La infantería del capitán Jiménez, situó
tres avanzadillas en las alturas que dominan el camino de Peal (Llano de las
Canteras, etc.). Otra inmediata al pueblo, en el Puente de Palo, y dos más en
los caminos de retaguardia (Cazorla y Tíscar). Se empleaban en estos servicios
unos doscientos hombres. El resto del batallón de Voluntarios de Jaén, otros
doscientos hombres o poco más, permanecería acampado en la plaza. Allí se
mantendrían alerta, pasando las noches (momento de más peligro) con “las armas
en pabellón”. Según explicó Peralta a Freire, desde la plaza se podía acudir
rápidamente a reforzar cualquier punto atacado, “mediante a que la situación del pueblo obliga a hacer su defensa a las
eras de su ejido”, donde también había guardias. Estas eras (Santa María, Tercia, Ángel,
Pozairón y Bache…) formaban un cinturón alrededor del pueblo y eran puntos
favorables para la defensa.[9]
Estando así dispuestas las defensas por Peralta, la noche del 19 de julio de
1811 los franceses cruzaron el río Guadiana Menor por el Vado de la Adelfa
sorprendiendo a la guardia. Eran unos 500 hombres de infantería y 200 de
caballería. Avanzaron hacia Quesada por los sembrados, al favor de la oscuridad
y fuera de los caminos, por lo que no fueron detectados por las guardias.
Siendo aún noche cerrada llegaron por el camino de Peal hasta el Puente de
Palo, donde había destacada una pequeña guardia del batallón de Voluntarios de
Jaén. Al sospechar algún movimiento, el centinela dio el “¿quién vive?”. No fue
contestada la contraseña (que era “Regimiento de Almansa” aquella noche) y por
eso “conoció ser los enemigos y les hizo fuego”. Pero los franceses ya estaban
encima y cayeron sobre la guardia, degollando al centinela para no causar más
alboroto de tiros y a otros dos soldados.
El capitán Mariano Jiménez, que tenía
formada al resto de la infantería en la plaza desde las tres de la madrugada,
cuando tuvo aviso de los disparos dispuso adelantar a la tropa hasta las eras
que rodeaban el pueblo. No había amanecido aún y no se pudo distinguir a los
enemigos hasta que estuvieron “a tiro de pistola”. Los franceses subían por una
ladera “hacia la ermita” (la de Santiago, en el cortijo de ese nombre). Desde
las eras se les hizo un fuego vivo hasta bien levantado el sol. La intención de
los franceses era rodear el pueblo e impedir que Peralta pudiera evacuarlo
hacia Tíscar o Huesa. Cubiertos por el tiroteo y temerosos de ser atacados
también desde Puerto Ausín, como efectivamente ocurrió, la infantería de
Jiménez salió del pueblo. Parte de ella se situó sobre el camino de Tíscar, en
la parte de la actual casilla de peones camineros. Márquez por su parte, que
tenía formada la caballería en la calle de Don Pedro, “inmediatamente que se
oyó el primer tiro” movilizó a la tropa “con los oficiales a la cabeza de sus
compañías”. Salieron situándose también en Puerto Ausín, por donde entraba la
caballería francesa. La orden que tenían era cubrir los caminos hacia Pozo
Alcón, pero el coronel Peralta, que comandaba las fuerzas, se replegó con casi
toda la infantería a la falda de Cazorla, lo que estaba fuera de las órdenes recibidas.
Apenas dejó “100 infantes sobre el puerto del camino de Poyatos (Ausín)” unidos
a la caballería de Márquez, que rodeó Quesada “con partidas de caballería que
hacían fuego sobre el pueblo”. Los franceses entraron y, según Peralta, no hicieron “los daños que acostumbran ni han
saqueado más que los comestibles y equipajes” que dejaron en las calles algunos
“precipitados, en particular los emigrados de Úbeda y Baeza”. A las seis de la
tarde, temerosos de ser atacados durante la noche, los franceses abandonaron el
pueblo con dirección a Peal y Torreperogil.[10] Peralta
se mantuvo en Cazorla con el grueso de la infantería desatendiendo las instrucciones
recibidas y siguió una táctica puramente defensiva. Le ordenó a Márquez que
volviese a entrar en Quesada “con el objeto de conservar ese punto de
comunicación con el Pozo”, pero sobre todo, para proteger su posición en
Cazorla e impedir que los rodeasen por la sierra desde la parte de Montesión.
Las pérdidas producidas en las tropas de Peralta durante esta acción, según le
participó a De la Cuadra, no las conocía “a ciencia cierta”, pero las
estimaba en seis muertos y tres
prisioneros, además de otros tres soldados del regimiento de Voluntarios de
Madrid que se habían pasado al enemigo. No fue, efectivamente, una resistencia
feroz la que hizo Peralta.
Los vecinos habían
asistido a estos episodios encerrados en sus casas, pero no todos deseaban el
triunfo español. Es algo que ya se ha visto que ocurría en Cazorla y sobre todo
en Úbeda, donde parte de ellos, especialmente los pudientes, eran abiertamente
afrancesados y partidarios de las autoridades nombradas por José I. En Quesada
igual. Según informó Peralta a De la Cuadra, sospechaba que dos vecinos actuaban
como informantes de los franceses. Añadió Peralta que eran espías
“puntualísimos, pues hasta una conversación que yo tuve a las nueve de la noche
de la que nos atacaron, sabían ya; por lo que haré mis averiguaciones”. Oír las
conversaciones del comandante militar no estaría normalmente al alcance de los
vecinos comunes. Con los soldados acampados en la plaza, Peralta tendría
seguramente su puesto de mando en el ayuntamiento. ¿Quiénes fueron estos
espías? Seguramente alguno de los alcaldes o regidores, alguno de los
“individuos de ayuntamiento”.
Existía el temor de
que, como finalmente ocurrió, el ataque del día 19 a Quesada fuera solo el prolegómeno
de una más potente ofensiva francesa. El día 21 De la Cuadra recibió un parte
“del oficial de (del regimiento de) Madrid, que está de observación en
Poyatos”, en el que Peralta, que había recibido la orden de regresar
inmediatamente a Quesada, decía que los enemigos en número de tres a cuatro
mil, habían llegado la tarde del día 20 cerca del Vado de la Adelfa. De la
Cuadra mandó partidas desde Hinojares y Ceal para que lo comprobasen. El
resultado fue negativo, pues “todos los cortijeros y los que vienen de la parte
de allá del río” aseguraron a las patrullas no haber visto nada. Es de imaginar
que las noticias de movimientos franceses, que se venían recibiendo desde
principios del verano y que se confirmaron con la recuperación de Baeza y
Úbeda, llegasen a los vecinos y que se transmitiesen entre ellos como rumores
alarmantes. Rumores que seguramente aumentaron ante la escasa resistencia que
opuso Peralta al ataque francés.
El general en jefe
del III Ejército, Manuel Freire, no quedó muy satisfecho del comportamiento de
Peralta en Quesada. Dejó de manifiesto su contrariedad anotando al margen de la
carta en la que Peralta le daba explicaciones:
Está
bien todo esto, pero ¿cuál fue la causa de que la tropa marchó a Cazorla y no
siguió el camino que tenía señalado, dejando descubierto el camino que había de
cubrir?
El general Freire
ordenó a Peralta regresar inmediatamente a Quesada con la infantería, “si ya no
lo estuviese”. Estimaba Freire que Peralta había sido sorprendido por el
enemigo y que al refugiarse en Cazorla se había apartado de la misión
encomendada, que no era otra que defender y cubrir los caminos hacia Pozo
Alcón. Por eso en su orden del día 21 le especificó cómo se debía disponer la
fuerza y cómo debía actuar ante el enemigo. El batallón de Voluntarios de Jaén
debía permanecer todas las noches fuera del pueblo, “en la altura que abraza
los caminos del Pozo y Collejares (Ausín)”. A la vez mantendría guardias en la
ermita de Santiago, camino de Collejares y camino de Peal. La caballería, la
mitad en el pueblo, “con sillas puestas y a las dos de la madrugada grupas”, y
la otra mitad en patrullas “de a cuatro y seis caballos con cabo y sargento”.
Estas patrullas deberían rondar “a un cuarto de legua o algo más en todas las
avenidas y caminos, en disposición que nadie pudiera introducirse en el pueblo
sin ser visto”. Si fuese descubierto el enemigo, debían hacer fuego “aunque sea
al aire para alarmar toda la tropa, de suerte que en ningún caso pueda ser
sorprendida”. Al amanecer, la caballería que hubiera estado en el pueblo
saldría a reconocer todos los vados del Guadalquivir y Guadiana, descansando en
Quesada los que hubieran rondado de noche. La infantería debía poner guardias
en los caminos de acceso, “como a mil o mil trescientos pasos” por delante de
las que cubrían el pueblo. Freire exigió de forma terminante que su orden se
cumpliera: “hará (Peralta) que el servicio se haga con exactitud”, sin los
desvíos ocurridos el día 19.
Peralta remitió un nuevo informe a
Freire, a la vista del “concepto que se ha
formado V.S.”, en el que volvía a enumerar las precauciones que había tomado,
las guardias, patrullas, etc., y negaba que hubiese sido sorprendido, “cosa no
disculpable en un militar”. Para reforzar su posición hizo acompañar su escrito
de otros dos firmados por Márquez (que con la caballería sí se había mantenido
en las posiciones ordenadas) y Mariano Jiménez (que había tenido que marchar a
Cazorla siguiendo a Peralta). Freire no quedó satisfecho y el 24 de julio
respondió a Peralta:
Me
han enterado del oficio de V.S. de 22 de este mes y notas que han puesto a
continuación los comandantes de los cuerpos que V.S. tuvo a sus órdenes el 19
de este mes sobre Quesada, con lo que procura persuadir que no fueron
sorprendidos por los enemigos. Está bien que se hallase
la tropa en la disposición que se expresa, pero el resultado fue cual he
manifestado y si no ¿qué causa hubo para que la tropa marchase a Cazorla y no
siguiese el camino que tenía señalado, dejando descubierto el camino que debía cubrir?
La preocupación de
Freire venía de la existencia de suficientes indicios para sospechar que la
intención real del mariscal Soult era forzar la Raya de Murcia y alejar al III
Ejército de Andalucía. No todo lo que le llegaba eran rumores infundados sobre
tropas cruzando el Guadiana. Existían noticias ciertas de que los franceses
estaban concentrando tropas en Jaén y Granada. Una de estas informaciones la
obtuvo en Pozo Alcón el comandante al mando de la posición. El 24 de julio dos
cuadrillas de segadores de Huércal Overa, que regresaban desde Écija a su
pueblo tras finalizar la campaña, hicieron noche en Jódar. Allí contaron los
importantes movimientos de tropas que había visto en el camino. La justicia de
Jódar (los alcaldes) les instaron a que al pasar por Pozo Alcón informasen al
jefe de las tropas españolas allí situadas. Así lo hicieron al día siguiente,
presentándose al comandante Pedro Portillo. Los segadores le dijeron que el
domingo 21 habían salido de Écija y que vieron una división francesa que
marchaba para Córdoba. Dieron cuenta del número de soldados (unos 2.000), del
color de los uniformes de las distintas unidades, los caballos y artillería que
llevaban. Los propios soldados franceses les habían dicho que iban a Córdoba y
que el 24 saldrían con dirección a Granada y Andújar. Eran tantos los detalles
facilitados que hacían verosímil la información: los franceses estaban moviendo
tropas hacia el este. En el parte que con estas noticias remitió Portillo a De la Cuadra, día 25 de
julio, se añade que en Quesada no había novedad ese día. Los últimos días de
julio y primeros de agosto fueron tranquilos.
[1]DIVERSOS-COLECCIONES,152,N.34
[2]José Manuel RODRÍGUEZ DOMINGO. ACCIÓN Y DEFENSA EN LA
RAYA DE MURCIA DURANTE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA (1810-1812).Boletín
Centro de Estudios Pedro Suárez, 23, 2010, 59-166
[3]
DIVERSOS-COLLECCIONES,98,N.17
[4]DIVERSOS-COLECCIONES,152,N.34
[5] Ibid.
[6] Ibid.
[7]DIVERSOS-COLECCIONES,124,N.10
[8]DIVERSOS-COLECCIONES,202,N.38
[9]DIVERSOS-COLECCIONES,152,N.2
[10] La información sobre estas acciones
está los partes y cartas de DIVERSOS-COLECCIONES,152,N.2
y N.34
![]() |
| Puerto Ausín y Cerro de Vítar, defendido por la caballería de Márquez. |
3.- Ofensiva francesa contra la Raya de
Murcia.
Como bien intuían Freire y de la Cuadra,
el mariscal Soult, duque de Dalmacia, se disponía a desbaratar las posiciones
del III Ejército español en la Raya de Murcia. Al efecto dispuso Soult el
ataque simultáneo de dos grandes columnas. Una al mando del general Godinot,
gobernador militar de Córdoba y Jaén, que entraría desde el reino de Jaén con
dirección a Pozo Alcón, neutralizando a su paso las posiciones de Cazorla y
Quesada. La otra, aún más poderosa y al mando del propio Soult, que saliendo de
Granada se dirigiría por Gor y Venta del Baúl hacia Baza. No eran malas las
noticias facilitadas por los segadores de Huércal Overa. Lo que ocurrió, los
partes de operaciones, fueron reproducidos literalmente por la Gaceta de la Regencia de España e Indias del martes 17 de septiembre de 1811 (N.º 120 pág.
962 y siguientes).
Los primeros avisos
a De la Cuadra de los movimientos de Godinot por Jaén son del día 6 de agosto.
Ese día desde Jimena se pasó recado al brigadier de que los enemigos, “en
número de 460 de caballería y 3000 infantes”, habían salido de aquel pueblo
hacía las 6 de la mañana “para Jódar y Quesada, según ellos mismos decían”.
Añadían que mandaba la división el general Godinot. El mismo día, ya desde
Jódar, se informaba de que habían llegado allí los franceses y que llevaban
cuatro cañones, portando también las “competentes municiones, ganados, pan,
vino, etc.” A la vez casi que el de Jódar, De la Cuadra recibió otros avisos en
el mismo sentido desde Bedmar y Cabra del Santo Cristo. No se detuvo Godinot en
Jódar y al anochecer cruzó el Guadiana Menor por el Vado de la Adelfa. Era una
fuerza militar muy importante, formada por entre tres y cuatro mil soldados. De
la Cuadra transmitió inmediatamente al capitán Lorenzo Cerezo, que estaba en
Quesada al mando de Voluntarios de Jaén, la orden de que, inmediatamente que
los enemigos hiciesen algún movimiento, se retirase “con toda la tropa de
infantería por Tíscar” y la caballería por Poyatos, “cubriendo uno y otro
camino, y dando continuos avisos”. En la retirada se debían usar todos los
caballos disponibles con todos los efectos que hubiese en Quesada. Le añade
que, si hubiesen entrado los franceses en Cazorla, debían retirarse sin demora en
dirección a Pozo Alcón. Y efectivamente en la mañana del día 7 entraron los
franceses en Cazorla, donde solo había una compañía de Voluntarios de Jaén.
Según Sanjuán, que comete algunas imprecisiones como decir que Cerezo estaba en
Segura, entraron en plan conciliador, intentando persuadir a los vecinos de que
por su notoria inferioridad de fuerzas debían someterse al Emperador, pues en
caso contrario “serían juzgados con todo el rigor de la ley militar”. Conocedor
de la entrada en Cazorla, Cerezo envió al capitán Mariano Jiménez con tres
compañías para que los atacase. Pero cuando estaban a mitad descubrieron a los
que venían de Jódar “en mucho número”. De acuerdo a las instrucciones de
Freire, Jiménez retrocedió “atravesando las huertas de Quesada”, retirándose
junto al resto de la infantería hacia el puerto de Tíscar. Para proteger la
retirada, Cerezo dispuso partidas móviles que tiroteasen e incomodasen a los
enemigos.
Desde Cazorla
salieron unos doscientos soldados y cien caballos en persecución de Jiménez.
Cuando llegaron a Quesada, el grueso de las tropas de Godinot, 2.500 infantes y
500 caballos, ya se habían apoderado del pueblo. Era una fuerza muy superior a
la que mandaba Cerezo, a quien persiguieron en su retirada por los campos de
Fique, pero sin avanzar mucho aquella tarde “por el vivo fuego” que le hicieron
las patrullas. Las bajas españolas fueron escasas, dos heridos de caballería y
dos caballos muertos, siendo las francesas mayores, según Cerezo, pues se había
visto retirar heridos tanto a los que venían de Jódar como a los de Cazorla. La
escasa caballería española, unos cien, pasó la noche del 7 al 8 de agosto en
Huesa y la infantería en el Puerto de Tíscar, donde Cerezo firmó el parte que
aquella noche envió a De la Cuadra.
Los
oficiales y tropa de toda arma han llenado mis deseos, cumpliendo con su deber
y portándose con serenidad. Permanezco con la tropa cubriendo este punto, en el
que espero las órdenes V.S. y tengo una compañía apostada en Tíscar, observando
el camino de Belerda. Dios guarde a V.S. muchos años. Puerto de Tíscar y agosto
7 de 1811. Lorenzo Cerezo.
En la madrugada del
día 8 Godinot continuó su avance hacia Pozo Alcón por Ceal e Hinojares. El
escuadrón de Cazadores de Jaén se retiraba en paralelo a las avanzadillas
francesas, “descubriéndose mutuamente cuando los nuestros atravesaban las cimas
de las asperezas por donde caminaban”. Según José Manuel Leal, que tiene
publicado un buen relato de estos sucesos,[1] “el
comandante francés Remond con una compañía de «voltigueurs» (una especie de
infantería ligera de montaña)” atacó a la vanguardia de Cerezo desde Tíscar, haciéndola retroceder hasta Pozo
Alcón. De la Cuadra no confiaba en la posibilidad de defensa que ofrecía Pozo
Alcón, situado en una llanura, pues “su terreno es muy a propósito para que
todas las armas jueguen”, y la combinación de infantería y caballería y la
diferencia de número, decidirían el resultado: “…no era posible de modo alguno
mantenerse en Pozo Alcón, ni por su situación ni por el número de tropas”.
Mientras avanzaba
Godinot hacia Pozo Alcón, el general José O´Donnell (tío del que luego sería
famoso presidente del Gobierno, Leopoldo O´Donnell) cubría el vado del Guadiana
Menor en Valdemanzanos (cerca de Cortijo Nuevo, en término de Huesa, entonces de
Quesada). O´Donnell debía reunirse con De la Cuadra en Pozo Alcón, pero al
parecer no recibió la orden a tiempo y emprendió una temeraria y desastrosa
acción contra Godinot entre Zújar y Cuevas del Campo. De la Cuadra desalojó
Pozo Alcón cruzando el Guadalentín, donde se atrincheró al abrigo de su
barranco. Soult por su parte consiguió llegar a Baza, pero no consiguió pasar
mucho más allá. El desastre de O´Donnell en Zújar y su poca coordinación con De
la Cuadra dejó un regusto amargo en los generales Freire y Blake. Pero la
verdad es que la cosa no fue mal, pues hay que considerar que el III Ejército
se enfrentaba al ejército que en ese momento era dueño de casi toda Europa,
mandado por el mariscal Soult, duque de Dalmacia, uno de los grandes militares de
Napoleón. Les hicieron fracasar en su objetivo, que no era otro que desbaratar
la Raya de Murcia. El mariscal tuvo que abandonar el escenario de los combates
reclamado por la presión constante que seguían ejerciendo las guerrillas, en el
interior de Málaga y sur de Córdoba especialmente, y por la amenazante cercanía
del ejército aliado (ingleses, portugueses y españoles) por la parte de
Portugal y Extremadura.
[1]José
Manuel Leal. LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA (II). EL COMBATE DE POZO ALCÓN.
En Lo Que Pasa en Pozo Alcón. Blog independiente de noticias. 14 de
febrero de 2021.
4.- Predominio francés.
Tras la entrada de
los franceses, Quesada y todos los pueblos de la comarca quedaron a su merced
hasta bien entrado 1812. En el otoño e invierno el invasor anduvo siempre cerca
y a la vez el III Ejército había quedado lejos, replegado en el norte de
Granada y en la Sierra de Segura. Fueron meses de calma (no hay noticia de
acciones militares destacables en la comarca), entendida esta como la
resultante de la ocupación y el predominio enemigo. Fueron meses buenos para
los afrancesados quesadeños en la vida pública y política local. Los
confidentes del invasor de los que hablaba Peralta en julio, estarían ahora a
sus anchas recibiendo el fruto de sus acciones. Esta relativa calma no facilitó
sin embargo la vida de los vecinos. La presión fiscal del prefecto Echazarreta,
las exigencias de continuos suministros para las tropas imperiales y la
inestabilidad originada por la situación bélica aumentaron la carestía y
escasez. En informes de principios de 1812 De la Cuadra pintaba a Freire una
dramática imagen del estado de los pueblos: hambre, miseria, falta de cualquier
recurso. José Manuel Leal escribe refiriéndose a Pozo Alcón (que vale
perfectamente de ejemplo) que “es mucho más pobre en 1812 que lo que era en
1810". En sólo dos años, tanto los enemigos franceses como los propios
“patriotas” españoles habían contribuido a la destrucción y pobreza
generalizada: “la producción agrícola ha sido destrozada y la ganadera,
prácticamente consumida y agotada”.[1]
El 26 de diciembre
dos compañías francesas al mando del teniente coronel Novailles entraron en
Cazorla y ocuparon el castillo, aumentando así el control sobre toda la
comarca. Según Sanjuán, en esta ocasión su actitud fue contemporizadora y
amable, intentando borrar los excesos y crueldades anteriormente cometidos como
ejército de ocupación. Pero el daño a su fama ya estaba hecho y era
irreparable. El invierno de 1812 fue además el de la desastrosa campaña del
emperador en Rusia, que le obligó a dejar un poco de lado esta tierra y a
retirar efectivos. A la derrota final de Napoleón contribuyeron de forma
importante no solo la Virgen de Tíscar, a quien como veremos se lo agradecieron
los quesadeños, sino también el zar Alejandro I y su gente.
A principios de enero de 1812 se
sortearon nuevos alcaldes ordinarios, los últimos “encantarados” de la
insaculación de 1807. Por el estado noble, don Manuel de Bedoya, y por el
general Blas Munuera. Ambos eran, como siempre, personas mayores (Bedoya murió
en abril de 1816); habían sido personajes destacados en los años anteriores a
la guerra y por eso fueron “encantarados” (seleccionados como candidatos para
los siguientes cinco años) en 1807. El sistema de insaculación favorecía precisamente
que personas entradas en años se hicieran cargo del Ayuntamiento, para
administrarlo de manera conservadora y mantener el orden del Antiguo Régimen.
Cinco años después las cosas habían cambiado radicalmente y ahora Bedoya y
Munuera se veían alcaldes en unos tiempos que requerían determinación y
carácter. Como el resto de las autoridades locales de esta guerra se vieron
seguramente sobrepasados. En el cabildo de 1 de enero los nuevos alcaldes
procedieron en la forma acostumbrada y rutinaria con la que cada nuevo ayuntamientos
iniciaban el año, designando alcaldes pedáneos y demás empleos concejiles. Se
nombraron los de Huesa, Belerda, Royomolinos y Ceal, Larva y Guadiana
(Collejares).
En el primer trimestre de 1812 se
aprecian dos circunstancias que marcan la vida del pueblo. Una es el dominio
francés y el sometimiento del Ayuntamiento a las autoridades intrusas, como
luego se les llamaría. La otra es la penosa situación de pobreza y miseria en
la que estaban los vecinos a causa de la guerra. Los franceses habían situado
guarniciones y destacamentos, además de en Cazorla, en Peal, Pozo Alcón,
Collejares —para cubrir el paso del Guadiana Menor— y Ceal, “para la conducción
de la madera” que se sacaba de la sierra. Por esta parte casi habían
desaparecido las guerrillas y el Ejército español, tras las acciones del verano
anterior, estaba replegado en el noreste de la provincia, en Segura. El teniente
coronel Novailles, “pacificador” de la comarca, fue recompensado con la legión
de honor y un ascenso, lo que celebró con música y desfiles militares por
Cazorla.[2]
Aunque en Quesada no había guarnición
francesa, el control de la comarca obligó al Ayuntamiento a someterse a su
autoridad. En los cabildos celebrados en
este primer trimestre se dejó constancia de las “superiores órdenes” recibidas
del “ilustrísimo señor prefecto” (Echazarreta) y del subprefecto de Úbeda, las
únicas autoridades que se mencionan. Se refieren las actas municipales a los
asuntos ordinarios propios de una administración rutinaria (reglas que se han
de observar para la subsistencia de la agricultura, otra sobre los arriendos de
las tierras y cortijos, otra sobre el modo de socorrer a los labradores con
los fondos del Pósito, etc.). Los
suministros a las tropas francesas se negocian y discuten directamente con
Novailles, a quien incluso se recurre para que interceda ante el prefecto en
algunas peticiones de este que se consideran imposibles de atender. El 29 de
febrero se comisionó al médico y síndico procurador de la villa, D. Manuel
María Gallego, para que fuese a Cazorla a entrevistarse con Novailles y le
expusiera la imposibilidad de aumentar las aportaciones como exigía el
prefecto, argumentando “los infinitos suministros hechos por este pueblo a las
tropas que han transitado por él que no tan solo tiene cubierto lo que le debía
ser de su cargo si no es también que excede en muchos miles reales”.
No eran excusas de
mal pagador. El estado del pueblo era muy malo y los vecinos sufrían una gran
escasez, agravada por la mala cosecha que hubo el año anterior. Ante la
exigencia de nuevos pagos el Ayuntamiento repetía las mismas quejas, alegando
que el “vecindario se halla en la más lamentable situación de pobreza de
resulta de los muchos y continuos suministros que este vecindario ha hecho”.
Las dificultades eran tantas que los vecinos no tenían casi para el consumo de
sus familias. El año había sido calamitoso y faltaba simiente para la siembra,
pues lo poco que se recogió el verano anterior se había gastado en los
suministros a “las diferentes guarniciones que hay en estas inmediaciones”. La
escasez había hecho que la hogaza de trigo subiera a más de 100 maravedíes (tres
reales) y las de maíz y cebada a 64
maravedíes (casi dos reales), precios disparatados y prohibitivos. Aunque los
choques militares s habían reducido, La inseguridad en los campos y en los
pueblos no procedía solo del enemigo francés. Procedía también de las bandas de
malhechores, especialmente la de los hermanos Perea en la parte de Cabra y la
Dehesa, que añadían peligrosidad a la vida de los ganaderos y a los habitantes
de los cortijos apartados. En una carta que Lorenzo Cerezo, como jefe militar
interino de Jaén, dirigió en diciembre de 1811 al general Nicolás Mahy, en
Cartagena, le informaba de la situación general del reino haciendo hincapié en
la delincuencia y bandolerismo que sufría. Decía Cerezo que estaba el reino de
Jaén infectado de cuadrillas de “desertores y bandidos”, y que recibía
continuamente quejas y “clamores” de “infelices pasajeros robados y heridos”.
Se lamentaba de que muchos delincuentes habían sido capturados “una y dos
veces”, que se les había conducido como soldados forzosos al Ejército, pero que
esto servía de poco, pues desertaban inmediatamente y volvían a las andadas.[3]
Proponía Cerezo para enmendar tantos desórdenes que se les juzgara “en este
distrito” y que en el mismo “sufrieren la pena a que sus crímenes los hagan
acreedores”. A todo esto había que sumar los continuos incidentes y problemas
causados por el continuo paso de tropas. Este tránsito era mayor en las partes
cercanas al río Guadiana Menor, eje de comunicación entre Jaén y norte de
Granada, y los inconvenientes resultaban mayores por ser aquellos —Collejares,
Huesa— lugares menos poblados y más indefensos.
Cuando había problemas y situaciones
difíciles con la soldadesca, las autoridades del lugar, los pedáneos, se veían
entre la espada y la pared, pues eran los que daban la cara ante el enemigo y a
la vez los que debían responder ante los vecinos. No fue una época fácil para
estos cargos municipales y las tensiones se reflejaron en las actas
municipales. El 5 de enero de 1812 el cabildo quesadeño recibió una carta de
Blas de Arroyo y Antonio Palacios, alcaldes pedáneos de Huesa que habían sido
nombrados unos días antes. Solicitaban que se les liberara del cargo, alegando
el primero que ya lo había sido el año anterior y el segundo que lo fue en
1810. Arroyo decía que era “un mero
jornalero” y que debía buscar “el necesario alimento” para su familia, lo que
le dificultaba el cargo de alcalde. Palacios se quejaba que el año de 1810 en
que ya fue alcalde tuvo “innumerables pérdidas y perjuicios”. Como si se
hubieran puesto de acuerdo, el 14 de enero se recibió otra carta firmada por Rodrigo Aceituno,
pedáneo de Collejares y Guadiana. Aceituno hacía presente que había sido
elegido para dicho empleo en los años anteriores y que no se le debía repetir
la carga. A su juicio se debería repartir por turnos a “otras personas que hay
en dicho sitio”. Por ello pedía que se le exonerara del cargo y se nombrara a
otro. Argumentaba además que su ocupación como barquero, trabajo indispensable
para “no causar perjuicio alguno al arriero que transita como igualmente las tropas”,
consumía todo su tiempo y le impedía asumir el
cargo de pedáneo.
El Ayuntamiento se
hizo cargo y aceptó las tres dimisiones, nombrando a otros vecinos en su lugar
(Juan Romero y Antonio de Bustos “para el sitio de Poyatos” y Silvestre Pérez
para Collejares y Guadiana). Este incidente
es un indicio claro de los
problemas del momento y de la inseguridad en que se vivía. El empleo de alcalde
pedáneo, aunque conllevaba algunas molestias y trabajos como el de hacer los
repartimientos de contribuciones, le daba a su titular poder entre los
habitantes del lugar. Ese reparto de contribuciones, por ejemplo, consistía en
fijar la cuota anual que debía pagar cada vecino y le permitía al pedáneo cargar más a unos y menos a otros.
Creo que es la primera vez que he encontrado unas dimisiones como estas; nadie
lo hacía y lo normal era asumir el empleo con gusto. Pero eso era en tiempos
normales, no en estos tan revueltos. Algo parecido ocurrió con el regidor Cristóbal
de Bustos, a quien ya conocimos en el primer artículo sobre esta guerra. Los
mismos problemas que padecían los pedáneos los sufrían en el pueblo los
componentes del Ayuntamiento. Don Cristóbal decidió quitarse de en medio, dejar
Quesada y pasar a vivir en su cortijo del sitio de Guadiana y Collejares. No
era tampoco una decisión corriente, no era frecuente entonces que los
propietarios vivieran en sus cortijos, a los que no iban más que por muy cortas
temporadas, cuando iban. Alegando su ausencia del pueblo y también su edad y
“achaques habituales”, pidió que se le relevase como clavero de la junta que
administraba los fondos de la Dehesa de Guadiana. Evidentemente lo que
pretendía era quitarse de en medio, lo que quedó acreditado más tarde con su
vuelta al pueblo cuando marcharon los franceses. Entonces volvió a participar
en los asuntos de Concejo, como siempre lo había hecho, y sin que su avanzada
edad fuese problema.
Antes de terminar
con estos meses de lo que podríamos llamar “el gobierno francés”, hay que
referirse al viejo pleito por los bienes del antiguo convento de las dominicas
de Quesada. El administrador de las agustinas de Cazorla había recurrido al
“ilustrísimo señor prefecto de esta provincia don Manuel de Echazarreta”, sobre
el “despojo” que a su juicio había hecho el Ayuntamiento de Quesada en 1810 a
las monjas de Cazorla, apropiándose de la administración de los bienes que
fueron de las dominicas de Quesada. El Ayuntamiento acordó enviar al prefecto
un memorial en el que recordaba el pleito que de antiguo se seguía en el
Consejo de Castilla y Chancillería de Granada y “los justos y legítimos
derechos que distintas personas particulares de este pueblo tienen a los bienes
de dicho convento”. Argumentaba el concejo quesadeño que todas las monjas que
desde Quesada se habían trasladado a Cazorla, para cuyos alimentos las
agustinas recibieron los bienes, ya habían fallecido. Fue este un episodio más
del interminable pleito, pero por lo que ahora importa hay que destacar que
tanto el administrador de las agustinas como el Ayuntamiento de Quesada
reconocían todavía (marzo de 1812) como autoridad superior al afrancesado Echazarreta
y a él remitían sus razones. En pocas semanas cambiaría la situación y nadie se
acordará del prefecto.
Mientras tanto la
guerra continuaba. A finales de febrero los franceses se retiraron de Cazorla,
pero permanecieron en Úbeda, desde donde seguían presionando y amenazando a los
pueblos de la comarca. Por parte del gobierno de Cádiz estaba ahora en calidad
de gobernador del reino de Jaén el brigadier Antonio Porta. El gobernador
Porta, desde sus bases en la Sierra de Segura, fue avanzando poco a poco y
“liberando” los pueblos de las Villas, estableciendo su puesto de mando en
Villanueva del Arzobispo. Ya no hubo más contraataques serios de los
imperiales. Hay que recordar que en Cádiz, el 19 de marzo de 1812, las Cortes
habían proclamado la Constitución.
[1] José Manuel Leal. Op. cit.
[2] Sanjuán dice de Novailles que era
“hombre sabio, político y de experiencia”.
[3] DIVERSOS-COLECCIONES,202,N.38
5.- Retirada francesa. La Constitución.
Los franceses
seguían cerca, pero en el mes de abril el gobernador Porta estaba asegurando y
avanzando sus posiciones. Los pueblos volvían a tener en cuenta a las
autoridades españolas. En este cambio de actitud influyó decisivamente la
recuperación de Úbeda, la cabeza del partido. Como muestra del renacido respeto
y reconocimiento a la administración dependiente de Cádiz se puede mencionar un
asunto menor de índole pedagógica pero relevante a este respecto. El 16 de
abril el vecino de Quesada Joseph Bello del Ángel envió un memorial al
gobernador Porta, establecido en Úbeda, pidiéndole que le diera licencia para
ejercer interinamente como maestro en Quesada. Según Bello, aunque el maestro
titular, Laureano de Ávila, tenía título y él no (por no haber podido acudir al
correspondiente tribunal a causa de la situación bélica), con Ávila los niños
no avanzaban, de manera que en los muchos años que llevaba en el pueblo no
había sacado ni un solo alumno de mérito. Porta remitió la solicitud a “la
justicia de la villa” para que informase contestándole el Ayuntamiento que no
había inconveniente por su parte en que ejercieran los dos simultáneamente. Vemos
con este asunto que mientras en marzo la autoridad reconocida a la que todos se
dirigían era el prefecto Echazarreta, en abril ya es el gobernador Porta.
Porta estaba
consolidando su posición y en mayo ya se sentía tan fuerte como para tomar medidas
de gran calado político como remover ayuntamiento y nombrar nuevos alcaldes.
Correspondía a S.M., a la Chancillería y al Consejo de Castilla, decidir sobre
el gobierno de villas y ciudades, no teniendo las autoridades provinciales
competencia al respecto. Pero los tiempos eran extraordinarios y requerían
soluciones de igual carácter. El 13 de mayo, en Villanueva del Arzobispo, “el
señor don Antonio Porta, brigadier de los reales ejércitos, comandante general
militar y político de este reino de Jaén”, firmó una orden por la que designaba
alcaldes de Quesada a don Manuel de Alcalá y Maldonado por el estado noble y a
don Juan de Dios Bonavida por el general. La decisión se había tomado a la
vista del “expediente reservado” que se había formado con “los oficios de
pareceres remitidos por las personas de la villa de Quesada”. En la misma orden
se comisionaba al quesadeño don Francisco Montilla, militar de las tropas de
Porta, que antes de la guerra había sido cabo de la partida de escopeteros de
Quesada, para que el día 17 pasase al pueblo y les diera posesión del cargo.
Esta designación de alcaldes rompía con el sistema tradicional y por eso el
regidor decano don Antonio Martínez del Águila dijo que acataba la decisión,
“sin perjuicio de las regalías que este ayuntamiento tiene de S.M. para hacer
las elecciones de alcaldes y demás oficiales de república por sí y ante sí”.
Añadió que el señor Alcalá había sido alcalde ordinario en 1811, por lo que no
tenía hueco (tiempo de un año que tenía que transcurrir para poder repetir en
el cargo). El también veterano don Pedro Vela igualmente aceptó el nombramiento
con parecida salvedad. El otro regidor perpetuo, don Cristóbal de Bustos, no
asistió al pleno porque ya hemos visto que estaba en su cortijo, apartado de
los peligros que pudiera ocasionarle el protagonismo político.
Es muy interesante la referencia a que
Alcalá Maldonado fuera alcalde en 1811. Aquel año lo fue por el estado noble
Simón Jiménez Serrano. Alcalá no estaba siquiera “encantarado” (incluido) entre
los elegibles. Significa esto que alguna autoridad lo nombró, también al margen
del procedimiento. Que el gobernador Porta lo volviese a designar cuando estaba
imponiéndose a los franceses permite deducir que mantenía una actitud
“patriótica” y antifrancesa. El “expediente reservado” y los “pareceres
remitidos” desde Quesada así debían acreditarlo. Hay que pensar por tanto que
en 1811 fue nombrado por el mismo motivo cuando en la primavera y principios
del verano Quesada estuvo controlada por las tropas españolas. Manuel Alcalá
Maldonado, además de opuesto al “gobierno intruso”, debía tener simpatías por
el gobierno de Cádiz, pues formó parte de los ayuntamientos constitucionales de
1813 y 14. Tras el regreso del absolutismo desapareció de la vida pública,
seguramente por sus simpatías liberales, quizás también por su mucha edad.
Bonavida, el otro alcalde, que fue recaudador y mayordomo (administrador) de
los bienes de Propios (municipales), parece que fue persona menos comprometida
y más acomodada a quien mandase, por lo que sobrevivió a todos los cambios
políticos. En la misma sesión en la que tomaron posesión los nuevos alcaldes,
la Villa acordó que, “según costumbre”, se efectuara la “traslación” de
“Nuestra “Señora de Tíscar patrona de ella” desde su santuario a la parroquia.
Al efecto se pasó “recado político” al cura párroco don Cristóbal García para
acordar el día en que se debía efectuar. Esta de mayo fue la primera “Traída”
que hubo aquel año. Estuvo la Virgen en el pueblo hasta el 28 de agosto, San
Agustín, día en el que tradicionalmente se devolvía al santuario. En el otoño
regresó, como luego veremos.
Por este tiempo los
franceses habían abandonado la comarca y estaban reducidos casi a la capital de
la provincia y a la parte occidental de ella. No significaba esto que no
siguiera habiendo incidentes, pero ya no volvieron nunca a ser el peligro que
habían sido. Según Sanjuán, tropas francesas procedentes de Baza pasaron por
Cazorla (y es de imaginar que por Quesada) a mediados de junio. Quedaban
algunas partidas volantes de los imperiales, pero no consiguieron romper el
control español de esta parte de la provincia, donde la autoridad del gobierno
de Cádiz era ya indiscutible. Y el gobierno español era ahora constitucional.
El 22 de agosto de 1812 los alcaldes dijeron que se había recibido de Cádiz “la
Constitución de la monarquía española” con la orden de la Regencia de que se
proclamase y jurase. El solemne acto tuvo lugar “en la iglesia que sirve de
parroquia” dos días después, el 24 de agosto. El templo en cuestión no era la
actual parroquia, que desde el año 1800 amenazaba ruina y que entre la guerra y
la falta de interés del arzobispado permaneció muchos años inutilizada.
Seguramente esta iglesia “que sirve de parroquia” era la iglesia de Santa
Catalina del antiguo convento de monjas, de la que consta que a principios de
siglo funcionaba como “ayuda de parroquia”.
Aquella mañana se
reunieron en la iglesia, a las diez de la mañana, el ayuntamiento en pleno, el
cura ecónomo don Lucas Martín del Águila (no se cita al prior García,
seguramente poco liberal) y demás individuos del “venerable clero”. Junto a las
autoridades “muchas personas del pueblo y el primer orden de ambos sexos (los
más principales)”. Lo hicieron al efecto de prestar juramento a la
“Constitución Política de la monarquía española, sancionada por las Cortes
Generales y Extraordinarias de la Nación”. Estando todos juntos “se principió
la misa solemne con diácono y subdiácono, con el acompañamiento de música (coro
e instrumentos)”. Después del ofertorio “se leyó a la letra la nominada
Constitución (preámbulo y 384 artículos) y concluida que fue su lectura se
prosiguió en dicha misa”. Terminado el oficio, se puso una “decente mesa (…)
con el libro de los Santos Evangelios sobre ella”. Juraron la Constitución los
miembros del Ayuntamiento, los eclesiásticos “y en seguida lo hizo lo demás del
pueblo concurrente”. Hubo repique general de campanas y durante todo el acto se manifestó “un completo júbilo en todos los
naturales”.[1]
El simple hecho de que se celebrara tan solemne acto muestra que en aquel mes
de agosto ya no había mucha prevención con los invasores. Napoleón había salido
escaldado de Rusia y la guerra de España dejó de estar entre sus prioridades.
El mariscal Soult abandonó Andalucía con dirección a Valencia. No fue
incomodado en su retirada, de manera que ahora sí consiguió pasar la Raya de
Murcia que tanto se le había resistido. No está de más decir que no se iba de
vacío. El señor duque de Dalmacia fue un gran expoliador de obras de arte
durante se paso por Andalucía, un auténtico precursor de lo que hicieron mucho
después los nazis en los países ocupados.[2]
El 17 de septiembre
el gobernador Porta entró en Jaén. El 20 los franceses en retirada cruzaron
Quesada sin causar daños. Fue la última vez que se les vio por aquí. El mismo
día que Porta entró en Jaén el general Ballesteros, capitán general de los
cuatro reinos de Andalucía, hizo desde Nívar (inmediaciones de Granada) una
proclama “a los habitantes de Andalucía”. Anunciaba que el enemigo había
abandonado todo el territorio a su mando y apelaba al patriotismo de los
andaluces para que se formasen juntas en todos los pueblos que recogieran
donativos voluntarios de los vecinos a fin de financiar la guerra hasta la
definitiva expulsión de los enemigos. Con la proclama de Ballesteros se inició
en Andalucía una nueva y definitiva fase de la guerra. Ya no se volverá a ver
franceses y todo el territorio quedará en la retaguardia. La guerra seguirá
presente, pero con la continua exigencia de hombres para el Ejército y la
correspondiente aportación de fondos. En Quesada se recibió la proclama de
Ballesteros por mano de un comisionado militar destacado al partido de Úbeda.
En su consecuencia, el día 13 de octubre el Ayuntamiento acordó formar una
junta compuesta por los alcaldes, párroco y síndico ante la que concurrirían
los vecinos, recibiendo de cada uno la cantidad que “voluntariamente” pudiesen
entregar. Los donativos serían anotados en una lista y el dinero recaudado
entregado en Úbeda. En el mismo cabildo se recibió un oficio del contador de
Rentas Provinciales de Baeza mandando que no se interrumpiera la reclamación y
apremio de atrasos en las contribuciones atrasadas y corrientes, “por más que
declamen y resistan su satisfacción a pretexto de los muchos suministros que se
hubieran hecho a las tropas”.
[1] El testimonio de la proclamación y juramento de Quesada fue remitido a Cádiz, donde se publicó en el DIARIO DE SESIONES de las CORTES GENERALES y EXTRAORDINARIAS del 5 de octubre.
[2] En el museo del Prado se conserva un Inmaculada obra de Murillo que es conocida como “Inmaculada de Soult” y que fue una de las muchas obras que el mariscal se llevó a Francia. No se recuperó hasta 1941, cuando fue devuelta por el derrotado y colaboracionista gobierno francés de Vichy.
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| Mariscal Soult, duque de Dalmacia |
6.- De nuevo Quesada queda en la
retaguardia. Final de esta guerra.
La Constitución era una cosa que
realmente los vecinos no sabían muy bien qué cosa pudiera ser, más allá de ser
vista como la “autoridad”, como el gobierno lejano, como algo parecido a lo que
siempre había sido S.M. Resulta a veces cómico ver cómo desde ese momento todo
se hacía o se justificaba por lo que mandaba la “sabia Constitución”. Las cosas
más peregrinas, cualquier solicitud al ayuntamiento se justificaba por su
mandato. Pero como “superior autoridad” de ella sí dimanaron cambios reales que
llegaron pronto y alteraron el panorama político del pueblo. El 22 de octubre
se recibió una comunicación de la Regencia sobre la forma de elegir y nombrar
los ayuntamientos. Las nuevas normas suprimían el cargo de “regidor perpetuo”.
De esta manera desaparecía de improviso tan histórica institución, por la cual
sus titulares eran regidores (concejales) de forma vitalicia pudiendo comprar,
vender y heredar el oficio como cualquier otra propiedad. Desde ese momento
todos los miembros de los ayuntamientos serían elegidos y en Quesada lo fueron
a finales de ese mes de octubre. El nuevo Ayuntamiento Constitucional estaba
formado por dos alcaldes ordinarios, ocho regidores, síndico general y
procurador del común. Eran más regidores que los tradicionales, y también se
vio alterada la extracción social de sus componentes. En el nuevo ayuntamiento
electo solo había tres nobles o hidalgos, perteneciendo el resto a lo que antes
se llamaba el estado general. El antiguo estado noble quedaba sin privilegios,
diluido entre labradores, ganaderos y profesionales. No estaban en él los históricos
Antonio del Águila, Pedro Vela o Cristóbal de Bustos, hidalgos los tres.
Entraban Eulogio Valdés, propietario de El Salón, Francisco López Alférez,
ganadero y propietario en Lacra, el escribano Jila y el médico Manuel Gallego
entre otros. A pesar de que la Constitución se abolió en 1814, el cambio acabó
siendo definitivo con algunos vaivenes. Para cuando en la década de 1830 se
estableció definitivamente el sistema liberal, la única diferencia entre los
vecinos estaba marcada por la economía. El viejo estamento noble pasó a ser una
cosa del pasado que no podía hacer otra cosa que desaparecer.
No se conserva el acta de elección de
este Ayuntamiento, pero a principios de 1813 se celebraron elecciones a Cortes
de las que sí existe el acta y que sirve para ver como eran entonces las
elecciones. El sistema electoral empleado nos puede parecer antiguo y
complicado, pero lo cierto es que uno similar se sigue utilizando actualmente,
pues no es otro que el “caucus” utilizado en Estados Unidos para las elecciones
primarias en algunos estados. El 8 de enero de 1813 se dio cuenta en el pleno
de una comunicación del gobernador de la provincia conteniendo las
instrucciones para la elección de diputados a cortes. Por ellas el domingo 10
de enero se debía de convocar a los vecinos para elegir vocales electores en
representación de la villa. Las asambleas de vecinos se organizaban por
parroquias, eligiendo cada una un vocal. En el caso de Quesada eran cuatro:
parroquia de Quesada, de Tíscar y Belerda, Poyatos-Huesa y Larva. En las
asambleas resultaron elegidos el médico Manuel María Gallego por la de Quesada,
por Huesa su párroco Pedro Antonio de
Pedraza, por Tíscar y Belerda Juan Guerrero, morador del sitio de Royomolinos,
y por Larva Matías Robledillo, labrador del lugar. Una vez elegidos los vocales
de las parroquias, todos los del partido se reunieron el día 18 en Úbeda para
elegir a los dos electores que los representarían en la definitiva elección de
diputados a celebrar en Jaén. En la junta de Úbeda se planteó un incidente
previo con la acreditación del vocal de Larva, que estaba escrita en papel sin
timbre y sin legalizar por un escribano. La comisión de credenciales, de la que
formaba parte el cura de Huesa, acordó aceptarla considerando que ambos
defectos procedían de ser una cortijada donde no había papel sellado ni
escribano. Este sistema electoral indirecto se mantuvo, cuando hubo elecciones,
durante bastante tiempo. Era en realidad un sufragio masculino casi universal,
porque en las asambleas parroquiales podían votar todos los vecinos (cabezas de
familia o de casa). Cuando por el régimen liberal se sustituyó por la elección
directa (el elector votaba directamente al diputado del distrito) fue mucho más
restringido, ya que se pasó a un régimen censitario en el que solo podían votar
las personas con un nivel económico determinado.
Como antes decía,
Quesada quedó en la retaguardia, pero la situación no mejoró demasiado. Lo peor
fueron los importantes alistamientos de mozos para el Ejército (aunque
desplazada hacia el norte, la guerra continuaba) y la tremenda presión fiscal
para financiar los gastos militares. Recaían ambas cargas sobre un pueblo
extenuado y empobrecido por los años de guerra que arrastraba. Hasta el final
de la guerra en 1814 (incluso después), fueron continuas las órdenes y mandatos
de la Intendencia provincial apremiando al pago de contribuciones ordinarias,
extraordinarias y de guerra. Y continuas fueron las quejas del Ayuntamiento
protestando la imposibilidad en que estaban los vecinos de afrontar en plazo
esos pagos. Al pago de contribuciones había que sumar el suministro a las
tropas transeúntes o acantonadas en las cercanías. A menudo la exigencia de
estas aportaciones se hacía, para ejercer la máxima presión, directamente por
fuerzas militares que se personaban en el pueblo. En abril de 1813 se presentó
en Quesada un oficial al mando de 50 soldados de la brigada acantonada en
Sabiote para exigir 200 raciones diarias. En el pleno que debatió esta petición
estuvo presente el oficial para asegurarse de que el Ayuntamiento era diligente
buscando los fondos con los que pagar estas raciones. No solo se debía
suministrar a estas tropas, también al hospital militar de Baeza e incluso a
una partida de más de 80 hombres de paso por Quesada “para la persecución de
ladrones”. El 12 de mayo el Ayuntamiento se quejó al intendente provincial de
los “innumerables suministros que ha hecho este pueblo, por cuya causa se halla
en la mayor indigencia e imposibilidad de poder continuar con el cupo de
raciones y así se le ha hecho saber en repetidas ocasiones. Y no obstante se
repiten las peticiones de (las) tropas que pasan por este pueblo”. El Cabildo
estimaba que el total de suministros militares que había hecho la villa y sus
vecinos, desde el principio de la guerra, ascendía a la extraordinaria cantidad
de 2.000.000 de reales. Seguramente exageraban los regidores, pero en cualquier
caso era demasiado dinero para un pueblo como Quesada. Además de los
suministros para las tropas de paso, los pueblos debían hacerse cargo del
mantenimiento de las unidades militares que, procedentes de estas tierras, se
habían ido desplazando hacia el norte siguiendo la acción bélica. Así, en enero
de 1814 el intendente provincial comunicó al Ayuntamiento que había
correspondido a Quesada suministrar ocho acémilas para el III Ejército que
ahora estaba en Tudela. No era la primera vez que se recibía una petición de
caballos, yeguas y sobre todo mulos. La aportación de estos animales, que eran
la “maquinaria agrícola” del momento, fue otro problema añadido para la
producción agrícola, de la que en última instancia salía todo el esfuerzo de
guerra, impuestos y suministros.
Por suerte aquel
invierno fue lluvioso y se esperaba una buena cosecha de cereal. Fue también
muy lluvioso el siguiente invierno, tanto que el Guadiana Menor venía tan
crecido que solo se podía vadear con bueyes. Además del agua para el campo,
hubo alguna otra buena noticia económica, como la reactivación del comercio. El
9 de julio de 1813 se recibió un oficio del jefe político provincial (lo que
luego sería gobernador civil) comunicando que “las primeras ventas y ulteriores
de los frutos de la tierra, ganados y demás” se pudieran vender libremente “al
precio que más acomode a sus dueños”. Era una medida liberalizadora acorde con
el nuevo régimen constitucional. Hasta ese momento el comercio estaba sometido
a limitaciones, de manera que el Ayuntamiento sacaba a subasta la venta de
determinados productos (para garantizar el suministro y garantizar el cobro de
derechos) y otorgaba al rematante el monopolio de su comercio a un precio
determinado. No duró mucho la medida, pues el mercado volvió a las restricciones
anteriores con la abolición de la Constitución, pero en aquel momento fue un
alivio y una disposición bien recibida. El síndico procurador, que lo era el
boticario Tomás González, hizo que constara en acta su satisfacción en nombre
del común (los vecinos), advirtiendo de su “protesta” (recurso) a cualquier
acuerdo que se opusiera a esta libertad de comercio.
Fue por el
contrario económicamente muy perjudicial la movilización de mozos para el
Ejército. Suponía la salida del pueblo de un número importante de jóvenes en el
máximo de su capacidad laboral, lo que dificultaba el trabajo en el campo. Las
movilizaciones provocaron una gran resistencia en la población y los mozos y
sus familias hicieron lo posible para no incorporarse alegando toda clase de
reclamaciones. Incluso, una vez incorporados, no era infrecuente que
abandonasen las unidades militares en las que estaban. Eran estos los que se
conocían como “dispersos”. El problema no era pequeño y por eso, a instancias
del mando militar de la provincia, se publicó un bando para que el día 7 de
octubre se presentasen en el ayuntamiento “todos los militares de cualquier
clase y graduación para que acrediten por qué causa están en la villa y su
motivo y derecho”. Un mes después, 8 de noviembre, se repitió la orden,
destinada específicamente a los oficiales, con el mandato de que los que
estuviesen en los pueblos sin licencia “regresen cuanto antes a sus cuerpos y
ejércitos”. El Ayuntamiento acordó comunicarlo a “don Jerónimo Moreno único
oficial que existe en esta villa”. Esta referencia al que fue famoso
guerrillero quesadeño acredita nuevamente que Moreno no había muerto en
Iznájar, como en su momento anunciaron las gacetas afrancesadas.
Otro asunto que ocupó al Ayuntamiento en estos tiempos
finales de la guerra fue el pleito por los bienes del antiguo convento de
dominicas de Quesada, disputados con el convento de agustinas de Cazorla. Era
un expediente económicamente muy importante. A finales de 1812, una vez
recuperada cierta normalidad, el administrador de las agustinas de Cazorla
reclamó la posesión de los bienes al juez del partido, entonces en Úbeda. El
juez dio la razón a las agustinas y ordenó la entrega de los bienes. En el Ayuntamiento
de Quesada se desató una agria discusión entre los partidarios de recurrir la
decisión judicial y los de aceptarla. De todas formas daba un poco igual este
debate, porque las autoridades provinciales incluyeron aquel verano a los de
las dominicas entre los Bienes Nacionales, es decir, del Estado. Hubieran
acabado vendiéndose ahora si Fernando VII no hubiera derogado la Constitución
ordenando que todo volviese al ser y estado anterior a la misma, lo que
devolvió el pleito al punto de partida.
La guerra se había desplazado hacia el norte, pero no
había concluido y ahora la estaba perdiendo Napoleón. Fue una auténtica guerra
europea, una especie de precedente de las guerras mundiales. Eso lo sabían
incluso en un pueblo aislado y remoto como Quesada, donde se vivían como
propias las victorias de los enemigos de Bonaparte, por lejanas que fuesen. El
28 de marzo se celebró un tedeum, presidido por alcaldes y regidores, con repique
de campanas y luminarias por la noche para celebrar “los triunfos del emperador
de la Rusia”. Semejantes celebraciones se repitieron con las “acciones
gloriosas de Ejército aliado” (ingleses, españoles y portugueses), que en 1814
llegaron a invadir el sur de Francia y ocupar Burdeos.
Entre estrecheces y agobios económicos, con alguna
epidemia de cólera como la que se inició en Gibraltar y para cuya prevención se
formó en Quesada una Junta de Sanidad en octubre de 1813, la guerra acabó
victoriosamente. Napoleón abdicó y fue recluido en la isla de Elba. El regreso
de Fernando VII, “Por la Gracia de Dios y la Constitución Monarca del Reino de
España”, según rezaban los timbres del papel sellado, fue triunfal. No se
dirigió directamente a Madrid como quería el Gobierno; se entretuvo en un largo
itinerario que lo llevó a Valencia a primeros de mayo. Estaba preparando el
golpe de estado desencadenado por su decreto del día 4, que derogaba la
Constitución y mandaba que las cosas volvieran a su ser anterior. Ministros,
diputados y adictos al régimen constitucional en general, fueron perseguidos,
encarcelados o huyeron al exilio. En Quesada se destrozó la placa que había en
el Ayuntamiento conmemorando la Constitución y se asaltó el edificio,
destruyendo en el archivo los papeles de la contribución directa (igual para
todos, nobles, clérigos y pueblo llano). Tal y como se mandaba por Fernando,
las cosas volvieron al triste estado de 1808.
Susto final
Cuando toda Europa quedaba tranquila, dando a Napoleón
por muerto políticamente en su confinamiento de Elba, ocurrió como en los finales
de las películas de miedo: el monstruo resucitó, en marzo consiguió escapar y
volvió a Francia, donde las tropas enviadas contra él se le unieron marchando a
sus órdenes hacia París. La conmoción y alarma se disparó en toda Europa. También
en España, donde la guerra había tenido mucho de civil y se temía que sus
partidarios, los afrancesados, conspirasen en su favor. Las prevenciones
llegaron a Quesada, donde el 5 de junio el Ayuntamiento hizo pregonar un bando
del capitán general de Andalucía. En él se advertía de la vuelta de Napoleón
“Malaparte” (sic) y de los rumores malintencionados que pudieran propalar “sus
agentes”, —y de los malos efectos que pueden producir los artificios y
seducción de sus agentes con estas noticias—. El miedo a Napoleón provocó que
se mandaran unidades militares a los Pirineos para reforzar la frontera y el
gasto de estos movimientos volvió a recaer en los vecinos. El 17 de mayo se
presentó en Quesada el capitán don Lorenzo Cerezo al mando del regimiento de
Voluntarios de Jaén, unidad y oficial que ya habían pasado por Quesada en 1811.
Marchaba al norte y era portador de una carta de pago del intendente provincial
para que el Ayuntamiento le entregase 13.000 reales para los gastos. El
Ayuntamiento no tenía ese dinero, “a pesar de los esfuerzos tomados para el
cobro de contribuciones”, y volvió a recurrir a pedirlo prestado a los mayores
contribuyentes. Por suerte la derrota de Waterloo a mediados de junio acabó
definitivamente con la amenaza napoleónica.
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| Memorial de labradores y vecinos pidiendo la traída de la Virgen para celebrar la salida de los franceses. |

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