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| Quesada a principios del siglo XIX. Plano de elaboración propia. |
1.- Introducción.
En abril de 1814 el Ejército aliado
(españoles, ingleses y portugueses), comandado por el general Wellington,
habían expulsado a las tropas imperiales más allá de los Pirineos. Napoleón
había abdicado y fue desterrado a la isla de Elba. En Quesada se celebró un
tedeum, regocijos públicos y luminarias celebrando que Fernando VII se dirigía
a Perpiñán para cruzar la frontera. Había acabado la guerra, pero no había
llegado la paz, había llegado o regresado Fernando VII, que no dio tregua y que
a los pocos años recurrió a una nueva invasión francesa para mantener su poder
absoluto (Los Cien Mil Hijos de San Luis). Con el país jubiloso celebrando la
victoria y el regreso del Rey, Fernando VII publicó en Valencia el decreto de 4
de mayo que abolía la Constitución de Cádiz y restauraba el Absolutismo. En
Quesada los realistas asaltaron el ayuntamiento, destrozaron la placa que
conmemoraba la Constitución y rompieron los repartimientos de contribuciones y
otros documentos del archivo municipal. En el papel timbrado que se usaba para
las actas, y mientras se recibían nuevos impresos, se tachó de los sellos la
mención a Rey Constitucional. Finalizaba un terrible sexenio bélico que supuso
el fin del Antiguo Régimen y los primeros pasos del sistema liberal.
Todo había empezado seis años antes con
la revuelta popular del 2 de mayo en Madrid y su salvaje represión. Por
aquellos días los dos reyes, el emérito y recién abdicado Carlos IV y su hijo
Fernando VII, renunciaron a sus derechos dinásticos entregándoselos a
Bonaparte. El emperador, en uso de ellos, proclamó rey a su hermano José I. No
es lugar para extenderse contando el desarrollo de la Guerra de la
Independencia. Por eso, y salvo alguna pincelada para entender el contexto
general, me limitaré a lo sucedido en Quesada, en la comarca y en las cercanías. Quesada estaba de nuevo
en guerra, algo que no había sucedido desde que se tomó Granada en 1942, con la
corta excepción de la rebelión de los moriscos (1568-1571). Se vieron
violencias que muchas generaciones de quesadeños no habían conocido.
A principios del siglo XIX, a las
puertas de la invasión francesa, Quesada era una villa de unos 4.500 habitantes
(1.127 vecinos) según el padrón que se
formó en enero de 1805. En el pueblo propiamente dicho vivían algo menos de
3.000 personas. El resto lo hacía en las aldeas, lugares y cortijos de la
jurisdicción, que por entonces todavía incluía los actuales términos
municipales de Huesa y Larva. Era un pueblo bastante aislado, con un solo
camino, el de Úbeda y Baeza, que permitía el paso de pequeñas carretas. Los
otros solo eran aptos para arrieros con sus caballerías y caminantes. Tan malas
comunicaciones ocasionaban que las noticias, incluso las oficiales, fueran
escasas, lentas y a menudo tardías. Dos veces en semana el conductor de la
correspondencia hacía el viaje a Úbeda para traer y llevar cartas. Tardaba en
la ida un día o día y medio, otro tanto en la vuelta, y eso con buen tiempo,
pues en las invernadas el barro y las crecidas de los ríos dificultaban mucho
el camino. El paisaje era bastante diferente al actual. Los árboles, entre los
que todavía había numerosas las moreras, solo se veían en las lindes de las
huertas o en pequeñas parcelas donde se plantaban sin orden, sin formar
hileras. No existía el actual mar de olivos, apenas algunos pequeños olivares
sueltos. Las relativamente abundantes viñas estaban en las partes más altas y
cercanas a la sierra, especialmente en la zona conocida como Puerto Rubio. El
resto del campo, a excepción de los montes, era tierra calma dedicada a
cereales y casi desprovista de árboles, con apenas alguno junto a los cortijos.
La desnudez del paisaje tuvo importancia estratégica pues facilitaba mucho la
vigilancia. Desde las alturas, especialmente desde Puerto Ausín y Magdalena, se
podían detectar a gran distancia los grupos de soldados en movimiento, a pie o
a caballo.
La composición social de Quesada era la
propia del Antiguo Régimen: una sociedad estamental encabezada por los nobles (había
15 hidalgos en 1805) y eclesiásticos (18 seculares y 7 regulares del convento
de dominicos en la misma fecha). El resto, la inmensa mayoría de los vecinos,
formaba el estado general, que se componía de pegujaleros (pequeños
propietarios o arrendatarios, conocidos en Quesada como “peujareros”),
jornaleros, artesanos y algunos profesionales (médicos, boticarios,
procuradores). Los vecinos del estado general eran los únicos que se incluían
en el repartimiento de contribuciones. Tanto nobles como clérigos estaban
exentos de pagar, a pesar de que solían ser los más adinerados. Por debajo de
todos quedaban los numerosos pobres de solemnidad. Eran muy numerosas las
viudas mayores, a menudo con hijas o con hijos menores, que quedaban a expensas
de la caridad de los vecinos.
Políticamente el pueblo se dividía en dos
facciones o partidos que se enfrentaban y luchaban por el control del concejo. Unos
eran partidarios del gobierno por corregidores y alcaldes mayores, funcionarios
reales nombrados por la Corte que ejercían durante un tiempo antes de ser
relevados. Los otros preferían el gobierno por alcaldes ordinarios, que eran vecinos
del pueblo elegidos cada año por sorteo utilizando un procedimiento llamado
insaculación. Los partidarios del gobierno por corregidor o alcalde mayor
defendían que, al ser funcionarios forasteros, no tenían particulares intereses
en la vida del pueblo y podían ejercer con imparcialidad, mientras que los
alcaldes ordinarios estaban apegados a la defensa de sus intereses de familia o
grupo. Los partidarios de alcaldes ordinarios alegaban por su parte que el
“autogobierno” era un privilegio inmemorial de la villa al que tenían derecho.
Hay que evitar lecturas actuales, pues la elección de alcaldes no tenía nada de
democrática y en realidad suponía el control del concejo y de la administración
de justicia por los poderosos de la villa. El siglo XIX empezó con gobierno de
alcaldes mayores, siéndolo don Armengol Dalmau (que desde Quesada pasó a
Barcelona como alcalde mayor) y don Mariano Rufino González. En abril de 1807 el
Consejo de Castilla falló a favor de la insaculación de alcaldes en el largo pleito que mantenían unos y otros.
Cuando Napoleón desencadenó la guerra, nuestros paisanos gobernantes estaban en
estas cuitas, conduciéndose con una ferocidad pocas veces conocida. Los
primeros tiros que se escucharon en Quesada, en la Plaza, no fueron los del
invasor, sino los del atentado que sufrió uno de los alcaldes ordinarios.
2.- 1808 y 1809. La guerra lejana.
Tras los sucesos de mayo de 1808 en
Madrid el general Dupont avanzó hacia el sur y entró en los reinos de Córdoba y
Jaén. Los franceses llegaron a tomar esta última ciudad causando grandes
estragos. Pero duró poco esta primera incursión, porque en el mes de julio
fueron derrotados en Bailén y se retiraron hasta la línea del río Ebro. En 1809
la guerra se limitó al norte del país. Puede decirse que, quitando la corta
incursión de Dupont, durante el primer año y medio de guerra Andalucía se
mantuvo en la retaguardia, sin sufrir directamente los desastres de la guerra.
Eso permitió que se instalara en Sevilla la Junta Central Suprema y Gubernativa
del Reino, reunión de las múltiples juntas provinciales que se creó para
oponerse a la ocupación.
En Quesada eran alcaldes para 1808 Cristóbal
de Bustos por el estado noble y el escribano Juan de Jila Rivera por el
general. El primero era el cabeza de una familia que remanecía de Granada y que
poseía grandes propiedades en Bruñel y en Collejares, donde además Bustos era
dueño del barco (pequeña barca sujeta a un cable) con el que se cruzaba el
torrencial Guadiana Menor. Fue un personaje muy peculiar que protagonizó las
dos primeras décadas del siglo y cuya vida daría para un artículo aparte. Baste
decir que, además de estar implicado en el robo de las tercias decimales y de
ser moroso de toda clase de deudas, su mujer, María Serrano, lo denunció por
malos tratos en la Chancillería de Granada. Padecía sífilis (en Quesada se
llamaba aciconque), lo que al decir de la gente explicaba, en parte, su mala
cabeza. Su compañero en la alcaldía, Juan de Jila, era otro importante
personaje, escribano del número (notario) y secretario municipal. Como gran
conocedor de la política municipal y de los procedimientos legales del momento,
estuvo en medio de todas las conspiraciones e intrigas de su tiempo.
Bustos y Jila se profesaban una
enemistad irreconciliable. Una noche del verano de 1808 Bustos, que iba
acompañado por un alguacil, sufrió un atentado cuando terminaba la ronda de
vigilancia que como alcalde le correspondía hacer. Al llegar a la Plaza, donde
vivía, unos embozados le dispararon dos tiros. Fallaron los disparos por la
oscuridad de la noche (no existía la iluminación pública), pero consiguieron
herirle en la pierna con una espada. Era voz pública, y así se hizo constar en
otro pleito posterior, que los atacantes se habían reunido en casa de Jila, al
que se acusaba de ser inductor y alentador del atentado.[1]
Aunque no había franceses en Andalucía
se temía que no tardarían en llegar y las juntas provinciales, a las órdenes de
la Suprema, previnieron las defensas reparando las fortificaciones, como el
castillo de Santa Catalina, se movilizaron soldados a razón de cuatro hombres
por cada cien almas, se crearon en cada pueblo Milicias Honradas (voluntarios
armados) y se organizaron los suministros para el ejército que se estaba
concentrando en La Carolina.[2] En Jaén se había
constituido tempranamente, 30 de mayo, una Junta patriótica para poner a la
provincia en estado de guerra. Una de sus primeras disposiciones fue mandar que
en cada pueblo se creasen juntas locales que cumplieran las instrucciones
llegadas desde la capital. En Cazorla se constituyó en el mes de junio,[3] pero en Quesada no hay
constancia de si también se formó y cuándo, pues el libro de actas de 1808 está
perdido. Por noticias indirectas parece que sí se hizo y que tomó iniciativas
patrióticas que, por lo enrevesado de la política local, causaron más problemas
y divisiones que ventajas. En respuesta a los continuos apremios de la Junta
provincial solicitando contribuciones al esfuerzo de guerra, se presentó en
Jaén el síndico personero del común de la villa de Quesada, don Manuel Alcalá y
Maldonado. Se podría decir que este cargo era una especie de defensor de los
vecinos. El personero, “llevado de su celo y patriotismo”, dijo a la Junta que
había en Quesada unos fondos producidos por el arrendamiento de pastos y otros
aprovechamientos de la Dehesa de Guadiana que se podían usar “en defensa de la
Patria”.[4]
Manuel Alcalá Maldonado, un rico hidalgo
de antigua familia, simpatizaba con Cristóbal de Bustos, seguramente por
pertenecer ambos al estado noble y no ver con buenos ojos el ascenso social del
escribano Jila. No queda claro si el personero Alcalá hizo esta oferta en
nombre propio como defensor de los vecinos, en nombre del Ayuntamiento o en el
de la Junta local de Quesada, si es que llegó a formarse. Lo que sí se sabe es
que en paralelo a la del personero llegaron a Jaén otras informaciones.
Advertían de la dificultad de controlar los fondos de la Dehesa si estaban en
manos del alcalde primero, Cristóbal de Bustos, al que se acusaba de un largo
historial de deudas, líos económicos y enredos. Estas informaciones negativas
procedían al parecer del otro alcalde, Juan de Jila, apoyado por otros enemigos
de Bustos como don Francisco Tribaldos, estanquero y depositario del Pósito.
Así lo declaró el presbítero don Manuel de la Plaza, antiguo amigo y socio de
Bustos en varios asuntos, cuando fue interrogado en los autos que se formaron
en la Chancillería. Dijo el cura Plaza que Jila y sus partidarios fueron los
que influyeron a la Junta sobre “el mal cumplimiento que corrían a su cuidado
(de Bustos) los papeles y caudales de la Dehesa de Guadiana”. Con estas
denuncias se consiguió que Bustos fuera llamado a Jaén para defenderse, y allí
estuvo retenido hasta final de año, mientras Jila quedaba como única autoridad
en el pueblo.[5]
La Junta de Jaén, suponiendo
“dificultades y embarazos” en la tarea como le habían advertido, tomó una
decisión que apuntaba de lleno al viejo debate que envenenaba la política
quesadeña. Con fecha 23 de diciembre de 1808 decidió mandar a un comisionado,
Manuel Martínez Pérez, para que pasase a Quesada a la averiguación y
recaudación de los bienes de la Dehesa. Pero a la vez le confirió poder para
asumir todas las jurisdicciones de la villa como juez único. Esto es, lo nombró
alcalde mayor. Como consecuencia no se sortearon alcaldes ordinarios para 1809.
A primeros de enero se presentó en el pueblo Martínez Pérez. El regidor
perpetuo y alférez mayor de la villa, don Antonio Martínez del Águila, le
entregó sin mayor obstáculo el mando reactivando los antiguos enfrentamientos. Martínez
Pérez ejerció como alcalde mayor cometiendo “repetidos abusos de autoridad”, según el personero Alcalá. Los ánimos se fueron caldeando
y hasta 28 vecinos firmaron un memorial de protesta a la Junta. Como no
obtuvieron respuesta favorable de Jaén, decidieron recurrir en 20 octubre de
1809 a la Chancillería de Granada.
La Real Chancillería de Granada era una
importantísima institución del Antiguo Régimen, con poderes judiciales y
ejecutivos sobre toda Andalucía y provincias limítrofes (sólo existía otra en
Valladolid). Sus sentencias y dictámenes se tomaban como palabra del Rey
absoluto, hasta tal punto de que en los documentos que se le dirigían se le
daba tratamiento de Su Majestad. Fue la Chancillería la que en 1807 ordenó el
cese del alcalde mayor y la insaculación de alcaldes ordinarios. El
nombramiento hecho por la Junta de Jaén contravenía sus disposiciones y fue
visto por los oidores de Granada como una injerencia inadmisible y una
atribución ilegítima de facultades. Por ello acordó nombrar un comisionado que
pasase a Quesada, retirase la jurisdicción a Martínez Pérez y procediese al
nombramiento de alcaldes ordinarios según la insaculación de 1807. Pero además elevó una queja a la Junta Central y
Gubernativa del Reino, máxima autoridad en aquel momento, establecida en
Sevilla y que actuaba con poderes de regencia. Protestaba la Chancillería por “los repetidos choques que cada día
experimentan en el tribunal con la Junta Superior de Jaén”. Según la Sala 4ª de
Granada, la Junta se excedía en sus facultades, que se limitaban al armamento y
defensa de la provincia, y tomaba
decisiones sobre el gobierno de los pueblos que solo competían a S.M. y a la
propia Chancillería. El enfrentamiento entre Chancillería y Junta de Jaén era una
muestra de cómo en aquel momento, y con independencia de los franceses, un
mundo viejo estaba desapareciendo y se alumbraba otro nuevo y moderno. La
Chancillería representaba al Antiguo Régimen, la monarquía tradicional y
absoluta. La Junta Superior de Jaén, nacida de “la gloriosa revolución del
Reyno”, venía de los sectores que resistían a Napoleón y que refugiados en
Cádiz alumbraron la Constitución de 1812.
No está de más recordar que el país
estaba en guerra mientras en Quesada andaban con estas preocupaciones. Napoleón
en persona había ocupado Madrid, Palafox resistía en Zaragoza y un cuerpo
expedicionario inglés internacionalizaba la guerra enfrentándose a los
franceses en Galicia y Portugal. El 19 de noviembre de 1809 los franceses
derrotaron a los ejércitos del Centro y La Mancha en Ocaña. El mariscal Soult
tenía expedito el camino de Andalucía.
[1] ARCHGR_C10816_001.
[2] Manifiesto de la Junta de Jaén de 24 de
diciembre de 1808.
[3]Bueno Cuadros. Cazorla de villa a
ciudad. Ayuntamiento de Cazorla 2012. Pág. 61
[4] La
información sobre esta historia está recogida en el largo expediente judicial
que se originó, pues la cosa acabó en un serio conflicto local y en pleito de
competencias entre la Junta de Jaén y la Chancillería de Granada. Consulta solicitada por la Junta Central al
Consejo Supremo sobre el recurso elevado ante la Chancillería de Granada por el
síndico personero de Quesada. AHN
CONSEJOS,11992,Exp.5.
[5] ARCHGR_C10816_001
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| Carta de la Chancillería de Granada a la Junta Suprema en Sevilla, remitiendo el pleito de Quesada. |
3.- La invasión de Andalucía.
El 2 de enero de 1810 el Ayuntamiento, presidido
aun por D. Manuel Martínez Pérez en funciones de alcalde mayor, seguía en sus
cosas administrativas rutinarias procediendo a los nombramientos de cargos y
empleos municipales para aquel año. Se nombraron los pedáneos de Belerda y Don
Pedro, Huesa, Ceal, Larva y Tarahal. También los veedores (peritos conocedores)
del campo, alcaide de la cárcel, repartidores de contribuciones y examinadores
de los distintos oficios. A pesar de que hacía año y medio que Napoleón había
puesto en el trono a José I, se seguía usando en las actas el papel timbrado a
nombre de Fernando VII porque a Quesada no habían llegado los franceses. La
villa vivía en la tranquilidad de la retaguardia, ajena a que el mundo tal como
era se estaba viniendo abajo.
La tarde noche del día 10 de enero se
presentó en Quesada el señor don Juan de la Torre, corregidor de la ciudad de
Baeza y comisionado por la Chancillería
de Granada para reasumir la jurisdicción y cesar al alcalde mayor nombrado por
la Junta de Jaén. Cumplida su comisión, al día siguiente presidió el pleno del
Ayuntamiento en el que se dio cuenta de importantes órdenes de la Junta Suprema
Gubernativa del Reino, transmitidas desde Jaén. Una de ellas mandaba que todos
los vecinos entregasen, en concepto de préstamo para el Ejército, la mitad de
la plata que poseyesen, tanto monedas como objetos y alhajas. Se acordó pregonarlo
y poner edictos en los sitios de costumbre. Es de imaginar la reacción de los
vecinos (de los que tuviesen plata). Sin duda sucesos como este y otros
semejantes son en parte el origen de la obsesión que hubo, hasta no hace
demasiado tiempo, por encontrar tesoros escondidos en las casas antiguas.
También se dio lectura a un oficio de Jaén que daba cuenta de una importante
novedad, pero que tras el susto de la plata pasó muy desapercibida: se
informaba que el día 1 de enero la Junta Suprema Gubernativa había convocado
Cortes Generales.
Cinco días después se celebró un nuevo
cabildo en el que las órdenes superiores que se leyeron reflejaban que la
guerra se aproximaba y que estaba ya muy cerca. Una mandaba recoger los fusiles
de cualquier clase o condición en manos de los vecinos, para que “no queden
ocultas en poder de los paisanos las armas de que hay tanta falta”. Otra
prohibía sacar “género ni efectos de ninguna clase, con inclusión del azúcar,
cacao y quina”, con destino a pueblos ocupados por el enemigo. Al finalizar el
cabildo don Juan de la Torre mandó que se sacasen del arca de tres llaves,
donde se custodiaban, los sacos de la insaculación de 1807 para sortear las varas
de alcaldes ordinarios como estaba mandado por la Chancillería. A continuación,
y según estaba reglamentado, un niño de corta edad extrajo de cada uno de ellos
una de las bolas de madera con un nombre dentro. Cupo la suerte de alcaldes
ordinarios para 1810 a don Domingo Lazcano por el estado noble y a don Ramón
Lázaro Avellán por el general. Era don Domingo miembro de una conocida familia
de hidalgos repartida entre Cazorla y Quesada. De avanzada edad, murió en
diciembre de 1814; no fue seguramente el hombre de acción que necesitaban los
tiempos, pero sí tenía experiencia y prudencia para, al menos, salir él indemne
de los acontecimientos. Por su parte, Ramón Lázaro Avellán era otro destacado
personaje local. Su biografía política es demasiado apretada para ponerla aquí,
pero fue de todo: alcalde, personero del común, regidor, diputado y, sobre
todo, responsable de los muchos pleitos que el Concejo tenía en los tribunales
de Madrid y Granada. Se puede decir que participó en todas las intrigas
políticas de su tiempo y que era de la cuerda de Juan de Jila.
Los nuevos alcaldes se estrenaron el 19
de enero con una orden del corregidor de Úbeda, cabeza del partido, que
contenía las instrucciones para proceder a la elección de diputados a Cortes.
Se debían citar a todos los vecinos para celebrar juntas parroquiales el día
21. En ellas elegirían a un vocal por cada parroquia que tendría que acudir a
Úbeda el día 28. Allí se elegirían a los dos electores que representarían al
partido en la elección de diputados provinciales. El Ayuntamiento consideró que
era imposible convocar las juntas parroquiales para el día 21, pues había
aldeas de la jurisdicción a más de cinco leguas. En consecuencia, decidió
convocarlas para el siguiente festivo, el 23 día de San Ildefonso. Eran tres
las parroquias donde había pila bautismal, condición necesaria para poder
constituir circunscripción: Quesada, Tíscar y Huesa. No vuelven las actas
municipales a referirse a este proceso electoral. Es probable que el día 23 se
hicieran las juntas parroquiales, pero ya no pudo haber ninguna reunión el día
28 en Úbeda.
El día 20 de enero los franceses
rompieron las defensas españolas de Sierra Morena y cruzaron con facilidad por pasos
que se creían inexpugnables, como el de Despeñaperros. En pocas semanas habían
ocupado toda Andalucía, a excepción de Cádiz, donde se refugió la Regencia. El
general Horace Sebastiani, al mando de una de las columnas invasoras, irrumpió
por el flanco derecho de Despeñaperros y tomó Úbeda el día 22, el 23 Jaén, una
semana más tarde Granada y la siguiente Málaga. Fue un paseo militar y las
unidades españolas quedaron completamente desarticuladas; cientos de soldados y
oficiales se dispersaron y emprendieron una caótica huida. Los fugitivos
buscaron refugio en el gran macizo montañoso que componen las sierras de Jaén,
Granada y Albacete. La situación se volvió completamente caótica y
desconcertante, los campos y las sierras se llenaron de soldados en fuga.
Muchos oficiales se dirigieron a Murcia y Alicante, zona libre de franceses,
para reincorporarse al Ejército del Centro que intentaba reorganizarse allí.
Quesada quedaba en su camino.
Según el vecino de Cazorla José Sanjuán,
contemporáneo de los hechos y que más tarde escribió sus recuerdos, el día 23
un destacamento francés cruzó el Guadalquivir camino de Cazorla, pero solo
reconocieron el terreno y se dieron la vuelta rápidamente sin ocasionar daños.
A Quesada las primeras noticias del desastre y de la irrupción francesa
llegaron por la caótica marea de soldados a la fuga. Desde la ocupación de Jaén
dejaron de existir las autoridades provinciales; no hubo por tanto
instrucciones ni comunicación oficial alguna. El pueblo, como tantos otros,
quedó solo y desconectado de todo gobierno, a su propia iniciativa,
apañándoselas como podía en aquel tremendo desbarajuste. El 26 de enero el
Ayuntamiento de Quesada celebró un pleno en el que los nuevos alcaldes
manifestaron su inquietud. Dijeron que era preciso conocer y hacer inventario
de los fondos disponibles por el Ayuntamiento para atender “los casos que
puedan ocurrir en las actuales circunstancias”. La situación se había vuelto
muy preocupante pues gente desconocida y armada transitaba a diario por la
villa y su término. El pueblo estaba indefenso porque la guarnición militar que
hubo, la remonta del Regimiento de caballería del Rey, con una dotación de 18
soldados al mando de un capitán, había abandonado el pueblo al principio de la
guerra. No había más fuerza armada que las milicias honradas, compuesta por
paisanos voluntarios. Las gentes de guerra que cruzaban por el pueblo y su
término pedían, exigían, socorros y suministros (pan, carne, cebada y pienso
para las caballerías…) con los que poder continuar su huida.
El 27 de enero volvió a reunirse el
Ayuntamiento dando ya muestras claras de temor. Los alcaldes dijeron que era
público cómo “con motivo del ataque que hubo con los franceses en los puntos de
Sierra Morena se dispersó todo el Ejército que guarnecía estos y que su
retirada la mayor parte de las tropas la tienen por esta villa para ir a buscar
los puntos de reunión”. Hasta el momento se había conseguido atender sus
exigencias, contando a veces con algunos particulares que habían querido
contribuir “por evitar las contingencias a que estaba expuesta la población con
las nominadas tropas de que cometan excesos de mayor graduación”. Se habían
sacado 100 fanegas de trigo del Pósito para atender los suministros, pero la
situación se estaba desbordando y ya no quedaban fondos con los que atender
nuevas peticiones. Por eso se acordó convocar a las “personas más desempeñadas que hay en esta población” para que ofrecieran
voluntariamente, en concepto de préstamo, “así maravedíes como granos, vino y
aceite” para atender a las tropas transeúntes. Como vemos, a los que en aquel
primer momento se temía no era a los franceses, que tardarían en presentarse,
sino a los soldados españoles fugitivos, que no se comportaban siempre de la
manera esperable. El 3 de febrero el general Desolle, gobernador general de los
reinos de Córdoba y Jaén, publicó un edicto por el que ordenaba que todos los
vecinos declarasen las armas que tenían y las entregasen. Este desarme no
afectó a Quesada, pues todavía no estaba controlada por los franceses. Un mes
después Desolle dictó otra orden aparentemente contradictoria: que se formasen
en villas y ciudades, por los “vecinos honrados y propietarios”, guardias
cívicas capaces de “asustar a todos los que quisieren turbar el orden”. Como es
normal en toda ocupación militar, los “facinerosos y malhechores” que
amenazaban la paz pública eran los rebeldes que se oponían al invasor, la
guerrilla.
No andaba descaminado Desolle en su
preocupación por los rebeldes. Desde el primer momento parte de los soldados en
fuga, junto a vecinos de los pueblos, fueron agrupándose y formando partidas
sueltas que hostigaban a los franceses. El día 10 de febrero el general Blake,
del Ejército del Centro, encomendó al comandante Hermenegildo Bielsa que
reuniera al mayor número de dispersos y que con ellos organizara guerrillas en
el reino de Jaén.[1]
Bielsa desplegó una intensa actividad moviéndose por las zonas libres del
control francés, las zonas de sierra. Recorría los pueblos reclutando fugitivos
y pidiendo hombres, suministros y pertrechos. Las partidas guerrilleras
empezaron a actuar rápidamente. Al principio con poco éxito, como cuando el 11
de marzo fueron dispersadas por los franceses cerca de Torreperogil.[2]
A estos primeros grupos se sumaron
pronto paisanos especialmente decididos, algunos de los cuales formaron partida
propia con la que acosar a los franceses. Entre ellos estaba Pedro Alcalde,
natural de Los Villares y que ya se había distinguido en 1808 en Bailén.
También Juan Uribe, de Villacarrillo y el quesadeño Jerónimo Moreno. Don
Jerónimo Moreno pertenecía a una familia notable, propietarios importantes que
vivían en la Plaza, actual número 21. En 1809 Jerónimo se había integrado como
subteniente en la milicia honrada de Quesada. Aquella primavera levantó una
partida que se hizo célebre y con la que combatió a los franceses, a menudo
haciendo equipo con Alcalde, por toda la provincia y por las próximas de
Granada, Málaga y Córdoba.[3] Sus guerrilleros, que
según Díaz Torrejón eran unos cien, debían ser quesadeños al menos parte. De
uno de ellos sí hay constancia: su sobrino Luis Moreno. Luis se hizo años
después muy famoso por sus andanzas como rebelde carlista y fue fusilado en la
Plaza de Quesada en febrero de 1835.[4] Ante la creciente
actividad guerrillera, el general Desolle se vio obligado a crear el Regimiento
de infantería Jaén N.º 8. Que estaba formado por españoles, soldados dispersos
derrotados en Sierra Morena y también voluntarios que querían sentar plaza. Lo
mandaba el mayor Paul Marie Rapatel, que por su buen desempeño fue ascendido a
coronel en 1811.[5]
Veremos a este regimiento actuar en Quesada a finales de año. Sirve la noticia
para comprobar cómo había españoles en ambos bandos, tanto en el español
rebelde como en el afrancesado.
En marzo todavía no se había visto a
ningún francés por Quesada, aunque los imperiales ya se habían instalado en
Úbeda con una guarnición permanente.[6]El mayor problema que
afrontaba el Ayuntamiento de Quesada seguía siendo el de los suministros que se
le exigían y la forma de costear “tan crecidos gastos“. Decían los alcaldes, 4
de marzo, que “no cesan de subir y bajar distintas partidas de guerrilla con
sus comandantes (…) que todos piden socorros”. Para allegar fondos se tomaron
medidas extremas que nunca se hubieran considerado en tiempos normales. Lo
pudieron hacer aprovechando que habían quedado solos, sin autoridad superior
que los pudiese reprender. Se movilizaron algunos “fondos muertos”
eclesiásticos, como el del priorato vacante, “para hacer el uso que convenga en
tan críticas y actuales circunstancias”. Pero lo que resultó de mayor
consecuencia fue el secuestro (intervención) de los fondos pertenecientes al
antiguo conventos de dominicas, disputados con el convento de agustinas de Cazorla
y objeto de un largo y complicado pleito sobre su propiedad ante el Consejo
Supremo de Castilla. Al poco de comenzar la guerra, el 7 de julio de 1808, y a
causa de las circunstancias y de su escasa voluntad de resistencia, el Consejo
de Castilla había dejado en suspenso las causas que llevaba y los bienes de las
dominicas quedaron en una especie de limbo. La medida que ahora tomaba
unilateralmente el Ayuntamiento tenía una evidente importancia económica y
suponía añadir una fuente de ingresos muy necesaria. Los bienes en cuestión no
eran despreciables. En 1752 se estimaba que la renta anual que producían era de
unos 15.000 rr.[7]
En el inventario se incluían 10 casas y “como unas veinte viviendas”(habitaciones)
en el solar del convento (entre el
actual Callejón de las Monjas y plaza de la Coronación). También cuarenta
piezas de tierra repartidas por todas las zonas de riego del pueblo (Real,
Llano, Pago, Vega, Bóveda…), a las que se añadían unas 120 fanegas de secano y
una casa cortijo en Bruñel Bajo. A lo largo de todo el conflicto se pleiteó por
estos bienes que, desentendido de ellos el Consejo, quedaron en manos de las
decisiones de jueces menores y de las autoridades provinciales de uno y otro
bando.
Antes se hizo referencia a la orden de
que los vecinos aportasen para el esfuerzo de guerra la mitad de la plata que
poseyeran. No hay noticia sobre la recogida entre particulares, pero sí la hay
de lo que aportó el convento de dominicos de San Juan Evangelista. El 19 de
marzo se presentó en Quesada don Joaquín Vilches, comandante de una de las
partidas dependientes de Bielsa. El comandante Vilches firmó con los
administradores del convento un recibo detallando las alhajas de plata entregadas. No eran muchas
por ser el convento “muy infeliz” (pobre) y se reducían a los siguientes
objetos: “un copón mediano, otro más chico, como una taza, dos cálices con sus
dos patenas y cucharas” y una lámpara cuyas cadenas eran falsas. La plata de
los frailes fue remitida por Bielsa al general don Joaquín Blake, jefe del
Ejército del Centro en Murcia.[8]
La primera entrada importante que
hicieron los franceses en la comarca fue el 30 y 31 de marzo, en Cazorla. Según
José Sanjuán, a su llegada las tropas imperiales exigieron el pago de una
exorbitante multa de 200.000 reales. Era el castigo por haber acogido y ayudado
a los soldados tras el desastre de Despeñaperros y por haber colaborado con el
comandante Bielsa. Se consiguió pagar la cantidad recurriendo a las
aportaciones de los “pudientes” del pueblo, temerosos de lo que pudiera
ocurrir. Esta primera vez, a pesar de la muerte de un francés a manos de un
lugareño, se marcharon sin causar estragos. El papel desempeñado por Cazorla en
esta guerra fue primordial, especialmente en los primeros meses, cuando la
resistencia estaba a cargo de la guerrilla casi en exclusiva. En mi opinión, y
sin querer jugar a estratega napoleónico, se explica este protagonismo, al
menos en parte, por las circunstancias geográficas. El acceso a Cazorla se hace
por tierras de campiña más o menos llanas y no accidentadas en exceso. Sin
embargo las espaldas del pueblo están perfectamente cubiertas por el paredón de
la sierra, que se puede decir empieza en el mismo caserío. La posición era
inmejorable para Bielsa y sus partidas, pues permitía salir al campo a combatir
al enemigo, acosarlo cuando entraba en la población y al mismo tiempo escapar
con gran rapidez a la sierra, terreno donde no entraban las fuerzas regulares.
Se podría comparar con una calle en la que desde una acera se pudiera atacar y
desde la otra escapar. La sierra les ofrecía además otra ventaja que era la
facilidad la comunicación con el III Ejército, refugiado en Murcia al abrigo de
las montañas de esta zona. La ventajosa posición no se daba en ningún otro
lugar de la comarca, tampoco en otras poblaciones importantes como
Villacarrillo y Villanueva del Arzobispo, situadas en campo abierto y donde le
era más difícil a la guerrilla establecerse.
En el caso de Quesada su posición complicaba mucho que la guerrilla
pudiera posicionarse en ella. Situada a unos tres kilómetros de la sierra
resultaba fácil rodearla, como efectivamente terminó ocurriendo, pues una
entrada por las huertas de la Torrecilla y el Llano, terreno accesible a la
caballería, dejaba al pueblo aislado de la sierra.
Lo que era una gran ventaja para la
guerrilla resultaba ser una gran desgracia para los vecinos y sus familias, que
solo con grandes sufrimientos y por poco tiempo podían escapar al monte. La
presencia de Bielsa y sus guerrillas fue casi continua en Cazorla y como
consecuencia a ella se dirigieron los principales ataques y castigos de los
franceses. Esta circunstancia no pasaba desapercibida a los regidores de la
entonces villa arzobispal. Sirve de ejemplo lo sucedido el 23 de agosto de
1810, cuando se supo de la proximidad de una columna francesa compuesta por 150
dragones y 400 infantes. Temeroso de las consecuencias, el Ayuntamiento de Cazorla pidió a Bielsa “que
se retirase con su tropa y no comprometiese más el pueblo.”[9] Hay que imaginar la
dificilísima posición de los habitantes de Cazorla, sabedores de que, retirados
los franceses, Bielsa y “su tropa” volverían y su presencia los convertiría de
nuevo en “héroes a la fuerza”. La alternancia de unos y otros se daba en toda
esta parte de la provincia donde “el frente” era muy fluido y donde se
alternaba la presencia de unos y otros. En el caso de Quesada se intuye esta
circunstancia en las actas municipales, donde se procuró dejar poco por escrito, sin proclamas ni patrióticas ni
de especial sumisión a la administración de José I, usando pura “asepsia
administrativa”.
La caótica situación provocada por el
desastre de Despeñaperros dejó a estos pueblos, como ya se ha dicho, huérfanos de
autoridad española que les sirviera de referente. El hueco fue inmediatamente
llenado por las guerrillas irregulares, más o menos dependientes del comandante
Bielsa, y que a menudo actuaron de forma abusiva. Hay que considerar que no
todos los soldados fugitivos de Sierra Morena se movieron por impulsos
“patrióticos”. Ante la situación de río revuelto muchos miraron por su propio
interés y alternaron el ataque a los franceses con el abuso, cuando no expolio,
de los paisanos. Especialmente en los primeros meses nunca se podía saber si la
gente armada que transitaba eran rebeldes que combatían a los invasores o
simplemente malhechores. Eso sin contar que, ante la falta de gobierno y
control, cuadrillas de auténticos bandoleros se movían a sus anchas. En la
comarca se hizo famosa la de los hermanos Cristóbal Perea, Cara vaca y
Juan Perea, Navidad, que asolaron “los términos de Quesada, Cabra de
Santo Cristo, Pozo Alcón y otros aledaños, donde perpetran asesinatos y robos
con la mayor impunidad”. Dieron importantes golpes, como el conseguido en el
asalto al cortijo Cabeza Montosa, próximo a Cabra de Santo Cristo, donde se
hicieron con 30.000 reales en trigo y alhajas. Actuaron durante toda la guerra
y solo al final de ella fueron capturados y ejecutados a garrote vil en
Granada, en el año 1817.[10]
La intromisión de Bielsa y sus partidas
en la política y administración de los pueblos, actuando como autoridad
legítima española, fue constante. En Quesada, por ejemplo, el 12 de abril se
recibió un oficio de “don Hermenegildo
Bielsa comandante de las partidas del Reino de Jaén en que se dice que las
partidas deben sostenerse por los pudientes de los pueblos y no de los fondos
públicos”. Vista la orden se acordó cumplirla y repartir “lo necesario para la
manutención de dichas partidas a las personas pudientes y que más pronto puedan
ponerlos en efectivo”. Pero el propio Bielsa era consciente de que se estaban
cometiendo abusos por sus hombres, y que eso ponía en peligro la colaboración
de los pueblos. En carta que dirigió al general Joaquín Blake en 7 de abril de
1810 le informaba de las preocupaciones y trabajos que le ocasionaban “varios
comisionados de partidas”. La causa eran sus “desacertados manejos” con las
justicias (ayuntamientos) y la “poca disciplina en la gente que mandan”.
Actuaban por su cuenta “no cumpliendo con mis instrucciones y órdenes (…)
practicando lo que les parece con despotismo y poca subordinación”. Por ello se
había visto obligado a retirarles “los pasaportes” (la licencia que los
identificaba como guerrilleros para recibir socorros de los pueblos) para
“verme libre de enredos”. Le comunicaba también que, “conducido en clase de
arrestado”, le mandaba a “don Joseph Álvarez, estudiante ordenado de Evangelio
que se hallaba agregado a las partidas de mi mando”. Le acusaba de haber
cometido “sofocos y vilipendios” con los vecinos y regidores de Cazorla.[11]
Aquella primavera
de 1810 se fijó el escenario bélico, que se mantuvo más o menos igual hasta la
salida de las tropas francesas de Andalucía en 1812. A un lado Úbeda, casi
permanentemente en poder de los franceses, y también Jódar, que el 6 de febrero
había sido ocupada por un batallón de polacos.[12]
Al otro lado del Guadiana Menor, Cazorla y Quesada, más arriba la Sierra de
Segura, con Bielsa y la guerrilla. En medio Villacarrillo, Villanueva e
Iznatoraf, que cambiaban de control con gran rapidez y fluidez. Aunque la
situación no fue estática en absoluto. Los franceses cruzaban muy a menudo el
Guadalquivir y el Guadiana atacando Cazorla o realizando desde la Villas
algunas entradas a Beas y otros lugares de la sierra. A su vez la guerrilla
pasaba los mismos ríos para atacar a los franceses en Jódar y en Úbeda, donde
consiguieron algunos éxitos importantes.
Como ya se ha visto, la primera entrada
de los franceses en Cazorla se produjo en los últimos días de marzo. La guerra
se generalizó por toda esta parte de la provincia y el 25 de abril las partidas
al mando de Bielsa atacaron a los franceses en Jódar.[13] El 7 de mayo una columna
francesa cruzó el Guadiana Menor camino de Cazorla. Lo hizo por Collejares,
donde una barca atada a una maroma facilitaba el paso.[14]El Guadiana fue durante
toda la guerra un obstáculo importante porque en invierno se hacía difícil
vadearlo. El día 8 los franceses atacaron Cazorla y fueron rechazados por
Bielsa, que los obligó a huir y volver a cruzar el Guadiana. El 27 de mayo
regresaron los franceses a Cazorla, siendo de nuevo repelidos por Bielsa. Al
día siguiente los imperiales fueron atacados “en las inmediaciones de Quesada”.[15] De esta acción en Quesada
no hay muchos datos, porque el parte de guerra está incompleto y no incluye el
detalle de la operación. Es lo más probable que en el enfrentamiento
participasen las partidas guerrilleras habituales, especialmente la de Moreno.
Para entonces ya era habitual la presencia de guerrilleros armados entrando y
saliendo con frecuencia, pues la movilidad era la mayor de sus ventajas. Por
entonces la presencia de patrullas y columnas francesas y de rebeldes
guerrilleros era una constante en toda la comarca.
El 4 de junio las tropas imperiales
volvieron a Cazorla, esta vez con mucha mayor fuerza, 2.000 soldados de
infantería y 300 de caballería según Sanjuán, cifras seguramente exageradas
pero que en cualquier caso muestran que no fue una columna de las habituales.
Los invasores se comportaron con la saña y el salvajismo propio de ocupantes:
hubo numerosos muertos civiles entre los que no escaparon a la sierra, saqueo e
incendio de casas, conventos e iglesias. La Iruela fue arrasada y el eco del
desastre se extendió por toda la comarca provocando pánico y a la vez
indignación. José Sanjuán, que presenció los hechos, describe con detalle las
crueldades y violencias extremas que se vivieron. La terrible acción fue en
represalia por la continua presencia de las guerrillas, que por otra parte poco
daño sufrieron por la ya aludida facilidad que les ofrecía Cazorla para
protegerse en la sierra. Era también esta ferocidad un aviso a todos los
pueblos cercanos para que, paralizados por el terror, se abstuvieran en lo
sucesivo de oponerse a los invasores y colaborar con los rebeldes. Resulta un
clásico de toda invasión y se ha visto numerosas veces en la historia. Pero
también ha sido normal que el invasor consiga exactamente lo contrario y que
gente tranquila, que hasta ese momento solo pensaba en lo suyo, comprendiera
inmediatamente el lugar en el que debían estar, que el invasor no venía a
quitar a Fernando VII, que venía a por ellos.
[1]Ramón Rubiales García del Valle. ACTUACIONES
DE LA GUERRILLA Y EL EJÉRCITO EN LA COMARCA DE LAS VILLAS DURANTE LA GUERRA DE
LA INDEPENDENCIA (1810-1812). ARGENTARIA Revista Histórica, Cultural y Costumbrista
de las Cuatro Villas. 2013.
[2] Rubiales, op. cit.
[3] Díaz Torrejón. Pág. 110.
[4] Fue destacado realista en 1823. Más
tarde, cuando los delirios paranoicos de Fernando VII le llevaron a perseguir
incluso a los suyos, Luis Moreno acabó en la cárcel. En 1834 consiguió escapar
y emprendió una fuga, ya como rebelde carlista, que fue sonada en toda la comarca.
[5]
Francisco Luis Díaz Torrejón. GUERRILLA, CONTRAGUERRILLA Y DELINCUENCIA EN
LA ANDALUCÍA NAPOLEÓNICA (1810-1812) Tomo II. Fundación para el desarrollo
de los pueblos de la Ruta del Tempranillo. Lucena 2005. Pág. 27.
[6] El día 10 hubo una revuelta “popular”
contra los franceses y fueron las autoridades de la ciudad quienes
contribuyeron a su sofoco. Manuel Muro. Úbeda en la Guerra de la
Independencia. En la revista Don Lope de Sosa. Julio de 1917.
[7]AHP de Jaén. Catastro de Ensenada,
Personal eclesiástico 7885.
[8] AHN DIVERSOS-COLECCIONES,111,N.27
[9] Carlos Sanjuán, pág. 15.
[10]
Cristóbal Perea, alias Cara vaca, y Juan Perea, alias Navidad. Años
después, en 1817, fueron ajusticiados mediante garrote vil en la cárcel de
Granada. Francisco Luis Díaz Torrejón. GUERRILLA, CONTRAGUERRILLA Y
DELINCUENCIA EN LA ANDALUCÍA NAPOLEÓNICA (1810-1812) Tomo II. Fundación
para el desarrollo de los pueblos de la Ruta del Tempranillo. Lucena 2005. Pág.
165.
[11] ANH DIVERSOS-COLECCIONES,94,N.90
[12]Ildefonso Alcalá Moreno. La Guerra de
la Independencia en Jódar. saudar.com
[13] AHN DIVERSOS-COLECCIONES,87,N.31
[14] Rubiales, op. cit.
[15] AHN DIVERSOS-COLECCIONES,108,N.30
| Edicto del general Desolle, gobernador de Córdoba y Jaén |
4.- Los franceses en Quesada
El del 12 de abril de 1810 se celebró en
Quesada el último pleno municipal sin franceses. No hubo otro hasta dos meses
después, el 12 de junio, a los pocos días de los sucesos de Cazorla y la
Iruela. Lógicamente los atemorizados alcaldes y regidores no dejaron por
escrito ningún rechazo o queja por el brutal asalto, ni siquiera mencionaron
los hechos. Los regidores se refirieron nuevamente a los “crecidos gastos que se han presentado y presentan
en los suministros de las tropas”, pero esta vez ya no se trata de las partidas
guerrilleras. En esta ocasión las exigencias vienen del invasor, pues “se han
presentado (tropas) francesas en esta
villa”. Para atender sus exigencias de suministros había sido preciso recurrir
a “vecinos particulares” que, “en calidad de reintegro” (préstamo), habían
facilitado “carne, vino, pan y demás utensilios”. Se
hacía indispensable nuevamente conseguir dinero para cubrir tantos gastos,
“todo con el objeto de que a este pobre vecindario no se le causen los
perjuicios que de la falta de suministro puedan ocasionarse”. Ya no quedaban
fondos en efectivo a disposición del Ayuntamiento y por eso se acordó movilizar
230 fanegas de trigo del Pósito, las últimas que quedaban en sus paneras.
También se dio cuenta en el pleno de varias órdenes comunicadas por
funcionarios “en el actual gobierno”. Hay que tener en cuenta que del trigo del
Pósito se abastecían los panaderos que vendían el pan a precios fijados por el
Ayuntamiento. La disminución de las existencias del Pósito, o su consumo total
como en esta ocasión, ponía en peligro el abastecimiento público y presionaba
al alza los precios. Estos problemas con el pan no se padecían por todos los
vecinos por igual. Afectaban sobre todo a los que tenían que comprarlo porque
no tenían trigo propio. Los propietarios podían amasarlo con su propia harina y
además beneficiarse de la subida del trigo vendiendo el propio.
Cinco días después, en el pleno del 17 de junio, hay un
drástico cambio en las actas municipales. En ellas se mencionan por primera vez
y se reconoce a las nuevas autoridades provinciales afrancesadas. Este reconocimiento
es fruto de su capacidad de imponerse por la fuerza militar. Hasta que no
habían aparecido soldados no se había reconocido a estas autoridades. Desde el
momento en que las tropas francesas llegaron al pueblo desapareció de las actas
cualquier signo de acatamiento a las autoridades españolas, aunque fuera
simbólico como el uso de papel oficial sellado a nombre de “Fernando VII Rey de
España y las Indias”. Y no hace falta añadir que desaparece toda mención a las
partidas guerrilleras. Este pleno del día 17 se inicia dando cuenta de una
orden comunicada por “el ilustrísimo señor don Manuel de Echazarreta, su fecha
en Jaén a 9 del corriente mes y año”. En ella se previene que por orden “del
excelentísimo señor mariscal duque de Dalmacia (Soult)”, se proceda al adelanto
del cobro de los arrendamientos de bienes municipales, entregando su importe en
la tesorería de Jaén antes del día 30 de junio. Echazarreta era el prefecto del
departamento Alto Guadalquivir, que coincidía más o menos con el reino de Jaén
en la división territorial creada al modo francés por el gobierno de José I. El
resto del pleno consistió en un aluvión de órdenes de carácter administrativo y
fiscal remitidas por el mismo “ilustrísimo señor prefecto de este
departamento”. Se referían a la obligación de reanudar los pagos a la Tesorería
Provincial de tributos y contribuciones. Especial repercusión en Quesada tuvo
la orden dictada por el “excelentísimo señor mariscal duque de Dalmacia”, transmitida
por Echazarreta, de que los arrendatarios de “las fincas pertenecientes a el
caudal de Propios de esta villa” (la Dehesa de Guadiana) adelantasen los pagos
que tenían que hacer el día de San Miguel y que se pusiera inmediatamente en la
tesorería la parte correspondiente a la Hacienda Real.
Las órdenes de Jaén eran entregadas en
mano por las tropas, pues el servicio de correspondencia normal había dejado de
funcionar. El conductor de la correspondencia desde Úbeda hubiera tenido que
atravesar terreno inseguro, donde fácilmente la documentación podía ser
interceptada por la guerrilla. El control francés en Quesada, como en el resto
de pueblos de la comarca, nunca fue perfecto ni continuo. Las tropas iban y
venían y cuando no estaban quedaba campo libre para la guerrilla. Los
componentes del Ayuntamiento y los vecinos estaban sometidos a una enorme
tensión, se podría decir que entre dos fuegos. Los regidores eran propietarios
acomodados, acostumbrados a una vida tranquila alterada solo por sus intrigas y
conspiraciones políticas. Seguramente temiendo tiempos revueltos y difíciles,
el escribano del Concejo Juan de Jila Rivera, el enemigo de Bustos, pidió que
se le relevase del cargo. Justificaba su dimisión por la edad y achaques de
salud habituales. Alegaba también que llevaba 28 años en el cargo y que tenía
otras ocupaciones que atender (era también notario). Prueba de que los achaques
que alegaba eran excusa para librarse de los peligros fue la activad política
que desplegó con posterioridad, tras la marcha de los franceses. Los regidores
se opusieron a que alguien se bajara del barco en aquel momento y no aceptaron
la renuncia, por ser el “único en quien descansan las confianzas de este
cuerpo”. La decisión se tomó “de un acuerdo”, es decir, por unanimidad. Bustos,
que en otros tiempos se hubiera alegrado lo indecible de que su enemigo dejase
el Ayuntamiento, esta vez votó por su continuidad, para que tuviese su ración
alícuota de problemas y peligros. Como es lógico, los regidores no dejaron
constancia por escrito de sus simpatías con patriotas o con imperiales.
Seguramente y de forma análoga a lo narrado por Sanjuán para Cazorla, su
actitud fue cambiante, nadando entre dos aguas para evitar complicaciones
personales.
El 19 de julio, avanzada ya la cosecha
de granos, el Ayuntamiento fijó los precios oficiales del trigo. Era costumbre
hacerlo en esta época, lo que servía para calcular pagos pendientes y, sobre
todo, para determinar las cantidades que los labradores debían devolver al
Pósito por el grano que habían retirado como préstamo en la sementera anterior.
Este día fijaron unos precios todavía muy moderados y que veremos cómo más
tarde se disparan. El de la fanega de trigo quedó en 40 reales, el del pan de
dos libras en 7 cuartos, algo menos de un real. No eran niveles desconocidos
pues en 1807, tras una sucesión de malas cosechas, la fanega de trigo había
oscilado entre 40 y 50 reales y el pan entre 7,5 y 9,5 cuartos. Otra cosa es
que a 40 reales se pudiera encontrar alguien dispuesto a vender trigo. Porque
este era el precio oficial a efectos de contratos, no el real de mercado. La
escasez provocada por la guerra hizo que al cabo de unos meses los precios se
multiplicaran por tres.
No tenemos muchas noticias de la vida en
el pueblo por aquellos días, pero sí las hay del guerrillero local, Jerónimo
Moreno. La Gaceta de la Regencia de España e Indias, que se publicaba en
Cádiz y era el órgano oficial de la resistencia a Napoleón, publicó un sonado
golpe que protagonizó su partida, propio de una película de acción:
El
día anterior (1 de julio) 10 hombres de la partida de Moreno que habían entrado
disfrazados en Úbeda, se introdujeron en el cuartel francés de caballería,
sorprendieron a los que cuidaban los caballos, pusieron a 10 de estos las
sillas, tomaron 10 espadas, y montando sin detención, salieron a todo escape a
presentarse a su comandante.[1]
En Úbeda tenían establecida su base los
franceses. Les era una plaza muy favorable por el colaboracionismo de las
autoridades, que a finales de mayo habían constituido una Junta de Seguridad y
Quietud Públicas, de la que solo su nombre da idea de sus fines.[2] Penetrar en la principal
localidad que controlaban los franceses en esta parte de la provincia tuvo una
gran repercusión y por eso los ecos llegaron hasta Cádiz. Pero no fue este el
único hecho memorable que protagonizó el quesadeño Moreno en aquel verano. En
la Gaceta de la Regencia se da cuenta de otra acción más importante y de
mayor repercusión. En aquella guerra se utilizó la incipiente prensa para la
propaganda, contando cada lado solo las cosas que le favorecían, y lógicamente
magnificando los éxitos. Ahora lo vamos a ver en los papeles procedentes de
Cádiz, en breve lo veremos en los publicados por la parte afrancesada. La
acción sucedió a mediados de julio y comenzó en la otra parte de la provincia,
en Martos.
Según la Gaceta, a mediados de
julio se tuvo noticia de que los franceses tenían 60 potros en el término de
Martos. Por indicación de Bielsa, Jerónimo Moreno y Pedro Alcalde, al mando de
unos doscientos hombres, resolvieron capturarlos y conducirlos a la retaguardia
guerrillera en Segura. Consiguieron realizar la empresa, “guardando las
precauciones convenientes” y marcharon con ellos por el camino de Valdepeñas de
Jaén. Hubo en el camino algún tiroteo sin mayor consecuencia, hasta que
conocieron que el destacamento francés de Carchelejo les iba a salir al
encuentro. Resolvieron Moreno y Alcalde que continuaran la marcha los potros
escoltados por 50 hombres mientras ellos se apostaban en un cortijo cerca de
Pegalajar. Allí esperaron a los franceses. Dice la Gaceta que la acción
fue larga y sangrienta y que Moreno “mató por su mano” al comandante contrario
y que se distinguió especialmente el soldado José Bello (¿el quesadeño José Bello
del Ángel, abuelo del maestro y pintor Isidoro Bello?). Los franceses perdieron 68 hombres, “quedando en poder de los nuestros
todas las armas, mochilas, equipajes de los oficiales y una caja de guerra; por
nuestra parte tuvimos un muerto y 4 heridos”. Perseguidos por refuerzos
franceses que desde Jaén salieron a su encuentro, el día 22 de julio llegaron a
Quesada. Allí fueron alcanzados por sus perseguidores entablándose un feroz
combate que duró seis horas, “al cabo de las cuales el enemigo se retiró
abandonando el campo, donde encontramos 5 cadáveres de los suyos (…) un muerto
y un herido fueron nuestra pérdida”. El convoy de potros y la tropa salieron de
Quesada y alcanzaron Segura de la Sierra sin novedad el día 25. Según la Gaceta
se distinguieron en estos enfrentamientos de Quesada Luis Moreno, el sobrino de
don Jerónimo, y el belerdeño Francisco Guerrero (a) Peseta.[3]
No se quedó quieto don Jerónimo. El 5 de
agosto, junto a las partidas de Uribe y Alcalde, se enfrentó a los franceses en
Villanueva del Arzobispo e Iznatoraf. Su partida estaba compuesta por 70
infantes y 40 caballos. La noticia de que habían conseguido rechazar a los
franceses, la comunicó Hermenegildo Bielsa al general Freire con gran
entusiasmo. Además de destacar la “mucha bizarría” de Moreno, Bielsa se ufanaba
del comportamiento de sus partidas, pues simples vecinos de aquellos pueblos,
sin especial preparación militar, ponían en fuga a “los conquistadores del
mundo”.[4] Y no era para menos, porque
estos pueblerinos habían derrotado a las tropas del dueño de media Europa. Pero
no ocurriría siempre, y los éxitos y fracasos se fueron alternando. Y había
además serios problemas de disciplina en las partidas, menudeando los abandonos
y deserciones.
El 28 de agosto, desde Segura de la
Sierra, Bielsa hizo un balance de situación a su jefe, el general malagueño
Joaquín Blake. Le informaba del saqueo de Beas de Segura por los franceses, que
también habían atacado Villanueva,
Villacarrillo, Iznatoraf y “cortijos y casas de campo (que) los han saqueado
como acostumbran, destruyendo lo que no pueden llevar y rompiendo ventanas,
puertas y muebles”. Dijo que entre los imperiales que actuaban en la zona “hay
bastantes juramentados, urbanos y ronda de Jaén” (españoles) y que su estrategia
era perseguir a las guerrillas haciendo “marchas y contramarchas por todos los
puntos que nosotros ocupamos”. No le ocultó Bielsa que había problemas con su
gente, que se le habían dispersado más de 100 hombres y que toda la sierra estaba
llena de desertores.[5]Además
se seguían produciendo incidentes en los pueblos a causa de la indisciplina de
las partidas y del capricho de alguno de sus comandantes. El 8 de agosto la
partida del fraile Juan Rienda (a) Guardián de Baza, maltrató a los regidores y
vecinos de Cazorla llevándose preso al alcalde segundo. Al día siguiente el
Ayuntamiento cazorleño pidió al prefecto Echazarreta que impusiera su autoridad
y que los protegiese de las partidas.[6]
Poco después, según Sanjuán, pidieron a Bielsa que se retirase sin comprometer
más a la población. En parte por estos incidentes que se sucedían, y desde
luego por la tendencia natural y mentalidad de los generales, paulatinamente el
ejército regular fue recomponiéndose y absorbiendo a las partidas irregulares,
que fueron militarizadas. 1810 fue por estas tierras el año de las guerrillas,
pero en 1811 el protagonismo pasará a las unidades militares regulares.[7]
En este contexto bélico y con el
trasiego continuo de tropas, la inseguridad era muy grande, especialmente en el
campo, lo que afectó grandemente a la ganadería. En la soledad del campo era
fácil “requisar” el ganado de un pastor. En Quesada el mayor peligro estaba en
la Dehesa de Guadiana, zona solitaria y alejada. Tomás Fernández Jaque no era
un pastor cualquiera sino uno de los mayores ganaderos del pueblo. Venía de una
familia de labradores que había llevado en arrendamiento cortijos importantes
formando un buen capital. Fue alcalde ordinario y sus descendientes tuvieron
gran relevancia a lo largo del siglo XIX. Era uno de los rematantes habituales
en las subastas de los pastos de la Dehesa de Guadiana. En 1813, día 17 de
mayo, el Ayuntamiento le reclamó el pago de las cantidades que tenía pendientes
por el arrendamiento de varios años anteriores. En su defensa alegó que, como
era conocido, en el verano de 1810 “los enemigos” le quitaron 800 cabezas de
ganado lanar, “y que para que no le llevasen
el resto abandonó el cuarto de la Dehesa que ocupaba por estar en camino real,
que transitaban de continuo los enemigos”. No había podido aprovechar los
pastos arrendados a causa de la guerra y por ese motivo solicitaba que se le
eximiese del pago de las cantidades pendientes.
El día 13 de agosto
el Ayuntamiento de Quesada estaba reunido para celebrar cabildo. No había hecho
más que empezar la reunión cuando se presentó Martín de la Torre, uno de los
diputados de la Corporación, informando de algo. De inmediato se suspendió la
reunión, anotándolo lacónicamente en el acta el escribano, que tachó lo poco
que llevaba escrito. No es descabellado pensar que se habían presentado los
franceses. Seguramente permanecieron unos días en el pueblo porque el 27
ordenaron al Ayuntamiento de Cazorla que entregase 3.000 raciones en Quesada.[8]
Según informó Bielsa a Blake, el 2 de septiembre ya se habían retirado a Jaén
los que había en Quesada.[9] En
septiembre de 1810 los franceses entraron varias veces en Cazorla provocando
graves daños. Cuenta Sanjuán que el día 2 lo hicieron “dirigidos por un soldado
desertor de las guerrillas, natural de Quesada, que se les había juramentado
(cambiado de bando) dándoles noticia de dos compañeros suyos que se escondían
en las casas de sus familias. El día 11 hubo incidentes, también en Cazorla,
entre vecinos, guerrillas y soldados, formándose bandos que se enfrentaron
entre sí en medio de un gran desorden. En Quesada el cabildo recibió un aluvión
de órdenes de carácter fiscal en las que el prefecto apremiaba el ingreso, en
la tesorería de Jaén, de contribuciones y demás impuestos. También se recibió
un oficio del prefecto sobre la cantidades de víveres que debía aportar Quesada
para la subsistencia de las tropas imperiales en los cuatro reinos de
Andalucía”, incluyendo trigo, legumbres, vino, vinagre, carne, cebada para los
caballos, leña y sal. Para cubrir estos gastos se apartaron otras 200 fanegas
de trigo del Pósito.
El 25 de septiembre el general Joaquín
Blake comunicó a Bielsa que tenía por conveniente que “por ahora” quedase
separado del mando “de las partidas sueltas del Reino de Jaén” y que debía
entregarlo al brigadier Antonio Osorio Calvache.[10] El cese se inscribe en la
tensión que había entre las partidas irregulares, de las que Bielsa era
partidario, y las unidades militares regulares, que defendía el mando.
[1]Gaceta de la Regencia de España e Indias. Viernes 24 de agosto de 1810 N.º 59 pág. 563
[2] Manuel Muro García. Úbeda en la
Guerra de la Independencia. Notas diversas. En la revista Don Lope de
Sosa, julio de 1917.
[3] Ibid.
[4] ANH DIVERSOS-COLECCIONES,137,N.10
[5] ANH DIVERSOS-COLECCIONES,94,N.140
[6] Bueno Cuadros. Cazorla de villa a
ciudad. Ayuntamiento de Cazorla 2012.
[7]ANH DIVERSOS-COLECCIONES,94,N.90. La
tensión entre milicias regulares y guerrilla queda de manifiesto en una carta
de Bielsa a Blake del mes de agosto, en la que acusa recibo de la orden de
reducir sus efectivos guerrilleros para que pasasen a los cuerpos regulares.
Bielsa se resiste defendiendo las ventajas que ofrecían las partidas.
[8] Bueno Cuadros. Op. cit.
[9] ANH DIVERSOS-COLECCIONES,137,N.6
[10] ANH DIVERSOS-COLECCIONES,94,N.90
![]() |
| Sable de época napoleónica encontrado en Quesada. Ayuntamiento. Foto Nicolás navidad |
5.- La guerra en las calles de Quesada.
El cese de Hermenegildo Bielsa
representó el fin de una etapa en la guerra. En adelante, aunque seguirían
actuando las guerrillas y con fuerza, poco a poco la guerra se fue
profesionaliza. Cada vez más figurará el nombre de cuerpos de ejército, de regimientos
y batallones, de jefes y oficiales y menos de paisanos guerrilleros. Junto con
su nombramiento, el brigadier Calvache recibió unas precisas instrucciones, la
primera de las cuales es terminante:
El
mando del brigadier Calvache se ceñirá puramente a lo militar, esto es, el
orden y disciplina de las partidas y a dirigir sus operaciones continuamente
contra los enemigos, sin mezclarse por pretexto alguno en los negocios
políticos o civiles de los pueblos, ni en la administración de las rentas o
fondos públicos.
A esta primera
instrucción se le añadieron otras sobre la forma concreta en que debían actuar
las partidas: estar continuamente en movimiento para que no pudieran los
enemigos atacarlas en un punto determinado, evitar cualquier acción no
ventajosa y actuar con secreto, con rapidez y con superioridad de número para
obligar a los enemigos a mantenerse reunidos. Deberían componerse las partidas
de paisanos y no de soldados dispersos procedentes de unidades del Ejército, a
las que deberían reincorporarse. Por último se le hizo responsable de que las
guerrillas observaran siempre el orden y disciplina sin incurrir en excesos.[1]
En Quesada el pleno del 26 de septiembre
solo lo firmó el regidor Manuel Bedoya, ni siquiera lo hizo el secretario Jila.
Esta falta de firmas es algo extraño que rara vez se ve en las actas de
cualquier otro año. Se habló en él de los suministros a “las tropas imperiales”
y se acordó cumplir numerosas órdenes recibidas por el prefecto Echazarreta.
Quién sabe si evitaron poner su nombre en un documento que los pudiese
comprometer en el futuro. El caso es que seis días después volvieron a reunirse
y esta vez, como había sucedido en agosto, el pleno quedó inconcluso. Tras el
encabezamiento habitual y el formulismo
correspondiente: “se trató y acordó lo siguiente”, con distinta tinta, pues
seguramente se hizo con posterioridad, el escribano anotó: “Se suspendió este
acuerdo”. Por aquellos días la presencia de tropas francesas era constante.
El día 14 de octubre el brigadier
Calvache se apostó en las inmediaciones de Úbeda. Al amanecer entró por
sorpresa en la población, cuyas calles estaban desiertas, y atacó a los franceses
en sus cuarteles. Tras varias horas de intensos tiroteos decidió retirarse,
“receloso tanto del pueblo que se halla enteramente afrancesado cuanto de los
refuerzos que venían ya a los enemigos”. En el parte que transmitió al general
Elío, Calvache le explicaba a lo que se
refería con eso de afrancesados: “Son dignos del mayor castigo los habitantes
de Úbeda, es pueblo bastante adicto a los enemigos; las exclamaciones a
Fernando (VII) solo se oían en los barrios bajos y gente pobre”. Según
Calvache, no recibió ningún auxilio de las autoridades locales ni se le
presentaron, aunque lo requirió. A pesar del fracaso de la intentona, se obtuvo
un importante botín y la tienda del comerciante Vidal, “de nación francesa”,
fue saqueada. Además del botín, parte del cual Calvache repartió a la tropa, se
hicieron con 30.000 reales de la administración de rentas del partido y cuatro
caballos, dos yeguas y una mula de la milicia cívica (voluntarios
afrancesados).[2]
Es interesante el relato, porque muestra las diferentes actitudes de la
población ante los invasores. Las personas acomodadas, las autoridades
tradicionales, tuvieron una tendencia ambigua cuando no de abierta simpatía
hacia los imperiales. En esta actitud seguramente influía el temor al carácter
popular de la resistencia, que a veces parecía traer ecos de la reciente
Revolución Francesa.[3]Sea esto dicho con todas
las cautelas, pues las excepciones en todos los sentidos fueron numerosas. En
cualquier caso los ubetenses no eran distintos, ni de calidad diferente, a los
vecinos de los otros pueblos. Hay que suponer que cosas muy parecidas sucedían
en todos ellos, incluido Quesada.
El día 19 de octubre una columna de
tropas francesas, que había atacado Cazorla, pernoctó en Peal. Estaba compuesta
por 300 infantes y 100 caballos. De madrugada avanzaron hacia Quesada, donde
les salió al paso Calvache. Iniciado el combate, los franceses recibieron el
auxilio de otra columna procedente de Jódar y otra que desde Pozo Alcón
irrumpió “por la derecha de Quesada”. Trataron de “envolvernos
y flanquearnos por todas partes, hasta por lo más escabroso y eminente de
las sierras, lo que no pudieron lograr manteniéndoles un
terrible fuego por todos los puntos, desde las 11 del día hasta anochecido”.
Calvache tuvo finalmente que retirarse a la sierra por su clara inferioridad y
los pueblos quedaron en manos francesas hasta que se retiraron al día siguiente,
después de descansar y sin “romper una sola puerta, ni hacer daño alguno”.[4] Estas acciones, golpes y
contragolpes son son solo aquellas de las que he encontrado referencia
documental, pero durante estos meses debieron ser algo cotidianas.
En Quesada y su término, durante estos meses, la presencia de franceses estuvo
muy relacionada con ser lugar de tránsito de los enemigos desde Baza y Pozo
Alcón hacia Cazorla y las Villas y viceversa. Según Sanjuán, el 30 de octubre
entraron en Cazorla 200 dragones franceses procedentes de Baza, que debieron
pasar por Quesada o sus inmediaciones. El 9 de noviembre 2.000 soldados
imperiales, que perseguían a las partidas, salieron de Villacarrillo con
dirección a Pozo Alcón.[5] La posición estratégica de
Quesada en la comunicación norte-sur del borde de la sierra, traería al año siguiente,
como se verá en la segunda parte de esta historia, importantes novedades al
pueblo.
A mediados de noviembre se produjo un
violento choque dentro de Quesada protagonizado por las partidas de Jerónimo
Moreno y la de Pedro Alcalde de un lado y el regimiento Jaén n.º 8 por parte
francesa. Como ya se vio antes, este regimiento de infantería estaba formado
por voluntarios españoles y mandado por el oficial francés Paul Marie Rapatel. La
noticia de lo sucedido la dio La Gaceta de Granada con información
procedente del gobierno militar de Córdoba y Jaén. Es información de parte y
por tanto exagerada a efectos propagandísticos, especialmente en cuanto a las
bajas de unos y otros. A las partidas guerrilleras se refiere como “los
bandidos” o “los insurgentes”, el lenguaje habitual de los ocupantes en toda
invasión y ocupación militar. Según el periódico granadino, el 17 de octubre
Rapatel sorprendió a la gente de Alcalde cerca de Quesada. Los acometió
causándoles 20 muertos y muchos heridos. Los guerrilleros huyeron en desorden,
abandonando en el camino “fusiles, sables y
pistolas, muchos caballos, mulas, borricos, provisiones de harina y cartuchos”.
Alcalde y su gente se refugiaron en Quesada, donde estaba la partida de
Jerónimo Moreno. Rapatel los persiguió hasta dentro del pueblo entre un
fortísimo tiroteo. Sigue diciendo la noticia que Alcalde y Moreno consiguieron
escapar pero dejaron “cinco o seis muertos” en las calles. Al día siguiente
Rapatel abandonó Quesada con dirección a Jódar, pero en el camino tuvo noticia
de que los guerrilleros habían vuelto al pueblo. Regresó para expulsarlos pero,
al tiempo que los acometía, dispuso que parte de su fuerza rodeara por Santa
Cruz y Rotalaya para cortarles la retirada a la sierra. Al sentirse de nuevo acorralados,
Moreno y Alcalde emprendieron la huida por el camino de Cazorla y cayeron en la
emboscada. Tuvieron más de 40 muertos y perdieron gran cantidad de armas y
caballos. Alcalde y Moreno lograron escapar, pero en Quesada fue capturado “el
que hacía de teniente de la partida de Pedro Alcalde”. Muchos dispersos de
ambas partidas se presentaron a Rapatel “entregado sus armas voluntariamente”.
Concluye La Gaceta de Granada afirmando que esas ganancias no
habían costado ni un solo hombre.[6] La
noticia está evidentemente exagerada; si fueran verdad todos esos muertos y se
le añaden los que se rindieron y entregaron, hubiera supuesto la práctica
desaparición de ambas partidas, algo que no ocurrió.
De estos sucesos se hizo también eco la
prensa de Cádiz, Gaceta de la Regencia, pero de forma escueta y sin
referirse al resultado, relacionando solo los lugares donde habían actuado las
guerrillas para acreditar su gran actividad:
Las
gacetas de Córdoba del mes de noviembre dan noticias de las partidas de Pedro
Alcalde, Jerónimo Moreno y Mateo Gómez, y de los reencuentros entre ellas y los
franceses junto a Quesada, Jódar, Posadilla (Córdoba) y Alamillo (Ciudad Real).[7]
En cualquier caso hay que recordar que
estos enfrentamientos se dieron entre españoles y que solo el mayor Rapatel era
francés. Fue una constante durante toda la guerra, que tuvo también rasgos de
guerra civil. Es corriente asociar a los afrancesados con gente de mentalidad
liberal, y es verdad que hubo muchos “afrancesados ideológicos”, pero no todos
lo fueron y muchos colaboraron con los invasores por puro interés personal o
por las razones ideológicas contrarias, por el miedo a que la revuelta popular
degenerara en algún tipo de revolución. La mayoría de los liberales estaban en
Cádiz y allí alumbraron la Constitución. Hubo también realistas
ultraconservadores en los dos bandos. Estos sucesos del 17 y 18 de noviembre en
Quesada muestran que la inestabilidad era total. Los vecinos ya sabían que tras
la marcha de unos llegarían los otros y que los primeros volverían para
expulsarlos. Unos días había franceses y otros guerrilleros.
Antes se hizo referencia al asunto de
los fondos de la Dehesa de Guadiana, al nombramiento de alcalde mayor por la
Junta de Jaén y consiguiente enfrentamiento de esta con la Chancillería de
Granada. A finales de 1909 La Chancillería había enviado una consulta-queja a
la Junta Suprema Gubernativa, por entonces en Sevilla. Ahora, a fines de 1810,
las instituciones que dirigían la lucha contra los invasores estaban ya refugiadas
en Cádiz. La Regencia había pasado el expediente quesadeño al Consejo Supremo.
En aquella ciudad, sometida al cerco y cañoneo de los franceses, el 14 de
diciembre el Consejo decidió no pronunciarse sobre el asunto y devolverlo “por
ser procedente de país ocupado por el enemigo”.
A primera hora de la mañana del día 31
de diciembre de 1810 se juntaron en las casas consistoriales de la villa de Quesada los señores que componían el
Ayuntamiento al efecto de celebrar cabildo. Al concluir la reunión hicieron
presente los señores alcaldes que en ese día se debía proceder al sorteo de
nuevos alcaldes para el año siguiente de 1811. Era este un acto solemne que
debía efectuarse de acuerdo a un protocolo legal muy estricto, que incluía el
reconocimiento de las bolsas utilizadas en la insaculación de 1807, para
comprobar que eran los originales y que contenían el número correcto de bolas
de madera con los nombres correspondientes a sortear. Los sacos se custodiaban
en el arca de tres llaves, cada una de las cuales estaba en poder de un
clavero, y que se guardaba en la habitación del archivo, cerrada a su vez con
otras tres llaves. Dijeron los alcaldes salientes que, como era público y
notorio, “las tropas” habían ocasionado importantes destrozos en la casa
consistorial y en el archivo. El arca de tres llaves había desaparecido y con
ella los sacos de la insaculación. Era algo que no había ocurrido nunca, no
existían precedentes; el país estaba en guerra y no había posibilidad de
consultar a los tribunales superiores cómo se debía proceder. Por eso se vieron
precisados a buscar una solución por su cuenta. Decidieron improvisar nuevos
sacos y bolas de madera en las que se pusieron los nombres que debían de quedar
de la insaculación de 1807. Como era preceptivo, se pasó “recado político”
(aviso) al cura párroco para que fuera testigo. Una vez personado don Cristóbal
García, cura propio, en presencia de todos un niño de corta edad procedió a
extraer una bola de cada saco. Correspondió la suerte de alcaldes a don Simón
Jiménez Serrano, por el estado noble y a Tomás Fernández Jaque por el general.
El nuevo Ayuntamiento para 1811 estaba
formado, como todos los de aquellos años, por gente mayor y conservadora,
económicamente bastante acomodada y muy experimentados todos en las banderías y
enfrentamientos locales. El alcalde primero, Simón Jiménez Serrano, hijo de don
Higinio Serrano, era miembro de la familia más activa en las intrigas
municipales durante el siglo XVIII. Don Simón tenía formación militar y había
sido subteniente en el regimiento de Guadix. Debía ser persona de genio vivo,
pues en 1776 acuchilló a un contrario durante el sorteo de alcaldes ordinarios
de aquel año, lo que le costó prisión en Granada. Tomás Fernández Jaque,
alcalde segundo, fue aquel importante ganadero al que los franceses incautaron
800 cabezas de ganado en la Dehesa. Los tres regidores, Antonio del Águila,
Manuel Bedoya y Pedro Vela, así como el personero del común Luis Muñoz de
Navarrete, eran también personas mayores, sin formación militar pero muy
avezados en disputar y pelear en el Ayuntamiento. No sabemos del comportamiento
de estos señores, si se enfrentaron a los franceses o fueron sus partidarios,
si apoyaron al guerrillero Moreno o, lo más probable, si se comportaron con
neutralidad procurando salvar el propio cuello. Es imposible saberlo, salvo que
aparezca nueva documentación. En el caso de Cazorla la narración de Sanjuán,
testigo presencial de los sucesos, permite deducir que regidores y justicias no
opinaban todos lo mismo y que actuaron en determinados momentos con bastante
división. En Quesada algún militar dejó por escrito sus sospechas de que
algunos vecinos actuaban como espías afrancesados, aunque no da los nombres. Lo
que sí se puede suponer es que los regidores de Quesada no actuaron unidos,
porque llevaban la discordia en la masa de la sangre.
Con la elección de alcaldes terminaba
1810 en Quesada, primer año de guerra en Andalucía. Ninguno de los bandos se
había impuesto con claridad. Los franceses no consiguieron pacificar y someter
estas tierras, ni las partidas habían conseguido expulsar a los imperiales de
las ciudades y grandes pueblos. Bien vista, esta situación de tablas no dejaba
de ser un fracaso para el ejército más poderoso de Europa. Los conquistadores
del mundo, que les llamó Bielsa, se mostraban incapaces de imponerse a unas guerrillas
formadas por paisanos, por cuatro descalzos bastante anárquicos y poco
experimentados.
[1] Ibid.
[2] ANH DIVERSOS-COLECCIONES,137,N.5
[3] En esta digresión sigo a Josep Fontana, La crisis del Antiguo régimen 1808-1833. Ed. Crítica Barcelona 1979.
[6]Gaceta
de Granada. Viernes 30 de noviembre de 1810. N.º 99 pág. 421 y
siguiente.
[7]Gaceta de la Regencia de España e Indias. Jueves 3 de enero de 1811 N.º 2 pág. 10


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