A pesar de andar ya por su cuarto matrimonio, Fernando VII seguía sin hijo
varón que lo sucediera. Como alternativa, su hermano el infante Carlos se
postulaba como heredero con el apoyo de los sectores más reaccionarios del
realismo absolutista. Las intrigas y conspiraciones palaciegas, las idas y
venidas sobre la vigencia de la ley sálica traída por los borbones franceses,
que impedía que las mujeres reinaran, y la recuperación de la tradición
castellana, que sí lo permitía, acompañaron al rey durante sus últimos meses de
vida. Cuando murió en el otoño de 1833 solo tenía dos hijas, por lo que su
primogénita fue proclamada reina como Isabel II. El infante Carlos se negó a
aceptar la sucesión por línea femenina y reclamó el trono. La sublevación de sus
partidarios, que lo reconocieron como sucesor y único rey legítimo, fue el
origen de la guerra civil llamada primera guerras carlista. En Quesada se
alzaron pendones por el advenimiento al
trono de Isabel II el día 1 de diciembre.[i] Pero a pesar del entusiasmo
que se manifestó en los actos de proclamación, ni en Quesada ni en el resto del
país existía la unánime conformidad que se pregonaba. La guerra estalló de
inmediato y durante siete años se desarrolló con una inaudita ferocidad, con
una crueldad solo vista en las guerras napoleónicas. Si hoy está casi olvidada
quizás se deba, más que al paso de los años, a que las dos facciones de
entonces, monárquicos liberales y carlistas, compartieron bando y enemigo en la
última guerra civil.
Los inicios de la guerra en la comarca. Luis Moreno y la expedición Gómez.
En Quesada, como en casi todas partes, había vecinos opuestos al Gobierno
isabelino. Los antiguos realistas, entre los que destacaba Luis Moreno y sus
partidarios, no aceptaron de buen grado a la reina niña. En el primer año de
guerra, 1834, no hubo incidentes armados pero sí suspicacias sobre posibles
rebeldías. A finales de año la milicia urbana de Cazorla remitió una
comunicación al periódico El Mensajero de las Cortes en la que explicaba
como, estando Cazorla “tan próxima a unas sierras escarpadas y montuosas” y
temiendo que “pueda estallar alguna facción en estas inmediaciones, y verse
comprometidos”, habían reclamado al Gobierno insistentemente, pero sin
conseguirlo, que les facilitase armas. Añadía para reforzar su petición que
había rumores sobre una conspiración en Úbeda y que se había descubierto otra
“que su origen debía tenerlo en el término de la villa de Quesada, distante una
legua de esta”. Estos comentarios de los milicianos de Cazorla provocaron
malestar en las autoridades de Úbeda y de Quesada, porque se les señalaba como
pueblos sospechosos. Sus quejas hicieron que poco después volvieran a escribir
desde Cazorla “con el justo fin de evitar el mal concepto que pudiera haberse
formado de ambos pueblos”, que las cosas no fueron “como se pintaron”.[ii]
Pero aunque sentara mal a las autoridades locales, Quesada sí era un previsible
foco de insurrección. Existía en el pueblo el precedente de Luis Moreno y sus
Defensores del Rey, que acabaron violentamente con la Constitución en toda la
comarca durante la primavera de 1823. Por
eso los urbanos de Cazorla tuvieron fácil “asustar” con un posible
levantamiento en Quesada. Luis Moreno estaba ahora preso en Granada, pero
mantenía partidarios en Quesada: “el Moreno, persona por nuestra desgracia
ligada con vínculos de sangre con muchos familiares y relacionada con otras por
amistad por lo que es indudable su combinación para lograr sus siniestras
intenciones.”[iii]
En este tenso ambiente, algunos liberales como el corresponsal en Cazorla de El
Mensajero de las Cortes, creían que no se estaban cumpliendo las medidas
prometidas por el Gobierno “para bien de los pueblos” de la comarca y que no se
hacía “nada de lo que convendría para que se conociesen las mejoras del nuevo
sistema”, lo que favorecía la posible aparición de focos carlistas.”[iv]
Luis Moreno se
fugó de la cárcel de Granada en los primeros días de 1835. Se refugió en su
tierra, donde tenía partidarios que le prestasen apoyo. El corresponsal en
Cazorla del Mensajero decía en la noticia antes citada que “Moreno el de
Quesada, uno de los partidarios del absolutismo que mandó una partida el año
23, se ha fugado de Granada donde estaba preso, y dicen que con diez más
proclama a Carlos 5º en estas sierras”. En un artículo especialmente dedicado a
él, ya se han descrito las andanzas de Moreno, su fuga, la persecución a la que
fue sometido y su fusilamiento en la plaza de Quesada. La ejecución fue
convertida en espectáculo público con fines ejemplarizantes. El jefe de la
tropa que se envió para su captura, el comandante
de escopeteros de Andalucía D. Nicolás
Molinero, se asombraba en carta al gobernador de la repercusión que tuvo el
fusilamiento por la espalda (como traidor): “Por
el inmenso gentío que ha venido de los pueblos inmediatos a
presenciar la justicia, se deja conocer que aquel cabecilla fue más criminal de
lo que parece.”[v]
Tras la ejecución de Moreno la calma volvió a Quesada durante un tiempo. Calma
militar, porque los tiempos estaban revueltos y hubo bastantes novedades: en
junio fue cesado Francisco Tercero Luengo, el último alcalde mayor; en julio
fue suprimido el convento dominico por tener menos de 12 frailes y el
ayuntamiento propuso dedicarlo a “casa fuerte” para guardar las armas y
municiones de la milicia;[vi]
el 4 de septiembre una multitud de vecinos se manifestó ante la casa del
regidor decano forzando a que se proclamase la vigencia de la Constitución de
1812, se colocó una placa en la fachada consistorial que decía “Isabel II
constitucional”; se empezaban a mover los mecanismos para que la pedanía de
Larva fuese separada por Real Orden de la jurisdicción de Quesada y se integrase
en la de Cabra.
Pero no fue
hasta finales del verano de 1836 cuando la guerra volvió a acercarse a Quesada
de la mano de un militar llegado desde el norte, aunque de origen giennense.
Miguel Gómez Damas, natural de Torredonjimeno, fue un militar de convicciones
realistas que, desde el primer momento, se unió a la sublevación carlista. En
junio de 1836 partió de Amurrio (Álava) al frente de una columna con la que,
durante los meses siguientes, recorrió toda la Península, desde Santiago de
Compostela hasta Algeciras. La llamada Expedición Gómez causó sensación y
sorpresa no solo en España. La prensa europea de la época se hizo eco, casi día
a día, de sus andanzas y de la impotencia del ejército isabelino para
detenerlo. El 23 de septiembre, Gómez entró en la provincia de Jaén por
Chiclana de Segura, procedente de La Mancha. Esa noche pernoctó en Villanueva
del Arzobispo; al día siguiente entró en Úbeda y, al otro, en Baeza. Salió de
la provincia por Andújar, camino de Córdoba, adonde llegó el día 30. Antonio
Pirala, en su Historia de la Guerra Civil, afirma que «se apoderó Gómez
en su tránsito de los caudales públicos y efectos estancados que le convenían,
del armamento y fornituras de gran número de los milicianos, de caballos, y
cuanto fue su voluntad, vejando, como es consiguiente, a los pueblos, con sus
crecidas exacciones».
El alboroto y
la alarma ocasionados en todos los pueblos cercanos a su itinerario fueron
enormes. Las actas de los plenos del Ayuntamiento de Quesada celebrados en
aquellos días reflejan las continuas órdenes del gobernador y del comandante
militar de la provincia, apercibiendo a los ayuntamientos para que movilizaran
hombres y recursos ante la proximidad de la columna. Los hombres de Gómez no
pasaron por Quesada y todo quedó, finalmente, en un susto. Sin embargo, sí
atravesaron la villa los presos de la cárcel del partido judicial, entonces
situada en Villacarrillo, cuyo juez decidió evacuarlos a Baza ante la
proximidad de la columna carlista. A tal efecto, se recibió un oficio de esta
autoridad en el que se avisaba a los pueblos de la ruta para que tuvieran
previsto su paso y el correspondiente suministro de raciones. Casualmente,
Quesada se encontraba por aquellos días inmersa en las elecciones municipales,
convocadas para el 25 de septiembre. Como municipio comprendido entre los 1.000
y los 4.000 vecinos, le correspondía elegir dos alcaldes —el segundo con
funciones de teniente de alcalde—, ocho regidores y dos procuradores síndicos.
Gómez pasó de largo, las elecciones se celebraron con normalidad y resultó
elegido Nicolás Cano como alcalde primero.
La tranquilidad tras el paso de Gómez duró apenas
unas semanas. En el pleno del 9 de noviembre de 1836 se dio cuenta de un oficio
del comandante de armas en el que se comunicaba el aviso recibido de que «la
partida de vándalos mandada por el Monjero de Villanueva estaba en Santo
Tomé» y había robado yeguas y caballos. El cabecilla Isidro Ruiz, apodado el
Monjero, acompañado de otro faccioso llamado Chinchilla, se movía por toda
la parte oriental de la provincia, sembrando la alarma y el temor con sus
acciones. Por ello, en el pleno del 30 de noviembre se acordó convocar una
reunión de los regidores con «las personas más condecoradas» —es decir, los
principales vecinos de la villa— para tratar las medidas necesarias para la
defensa de la población. La reunión se celebró el 2 de diciembre y en ella
participaron, junto a los miembros del Ayuntamiento, el párroco Cesáreo
Aguilera; el que había sido último alcalde mayor, Francisco Tercero Luengo;
varios militares retirados y los principales propietarios de la villa. Entre
estos últimos se encontraba Tomás Serrano Rubiales, destacado liberal
progresista y padre del joven militar Francisco Serrano Bedoya, que por
entonces combatía a los carlistas en Cataluña. Los asistentes acordaron crear
una junta «con el título de Protección y Seguridad Pública», que pudiera
arbitrar, con rapidez y discreción, las medidas necesarias para la defensa del
vecindario y de la población. A tal efecto, se procedió a elegir entre los
presentes a seis vocales para integrarla. Entre los elegidos figuraban dos
militares retirados, los capitanes Lorenzo Vela y Domingo Díaz, que obtuvieron
24 y 21 votos, respectivamente. También resultó elegido el párroco, aunque solo
consiguió 15 votos.
El acta no
indica las medidas que adoptó esta junta, pero las precauciones que se tomaron
no eran injustificadas. En la madrugada del 14 de diciembre de 1836,
«protegidos por la oscuridad de la noche y una densa niebla», la partida
carlista encabezada por Isidoro Ruiz y Chinchilla atacó Quesada con unos
noventa hombres de caballería y entre cuarenta y cincuenta de infantería, según
informó el comandante local de la Milicia Nacional. La defensa fue dirigida por
este comandante, al que se unieron los milicianos y otros vecinos de la villa.
El tiroteo en las calles se prolongó durante unas dos horas, hasta que los
facciosos abandonaron la población en dirección norte. En su informe al jefe
militar de la provincia, el comandante de Quesada comunicó que los atacantes
habían sufrido ocho heridos, entre ellos el propio Monjero, y que habían
perdido tres caballos. Nada dice, en cambio, de bajas entre los defensores.
Por su parte,
el comandante de armas de Baza informó al capitán general de Granada de que, en
Pozo Alcón, al conocerse que «la villa de Quesada había sido acometida por una
facción», el alcalde y los vecinos se habían puesto en alerta, «resueltos a
defenderse si los atacan los facciosos». Desde Baza se ordenó además a la
Milicia Nacional de Zújar «ponerse sobre las armas», por si fuera necesario
acudir en auxilio de Pozo Alcón. Unas semanas más tarde, el capitán general de
Granada comunicó al comandante de Baza que la partida de Chinchilla había
quedado «reducida a la nulidad, sufriendo una constante persecución» y que no
existía «temor por ahora de que intenten entrar en ningún pueblo». Que la
partida del Monjero había quedado muy debilitada era cierto, pero no que
hubiera desaparecido. Según las informaciones llegadas al Ayuntamiento de
Quesada, a principios de marzo de 1837 seguía actuando, aunque su fuerza se
había reducido a apenas doce hombres. Sin embargo, la fragosidad de las sierras
de esta parte de la provincia impedía o dificultaba —bien lo habían comprobado
los franceses veinte años antes— el pleno control del territorio. A lo largo de
todo el año, pequeños grupos carlistas permanecieron activos en esta zona de la
provincia. Las noticias son, con frecuencia, indirectas, procedentes tanto del
miedo y la prevención que causaban como por las medidas adoptadas para
perseguirlos. En junio se organizó en el partido una fuerza de milicianos
nacionales y paisanos voluntarios para destruir la facción mandada por Isidoro
Ruiz. A Quesada le correspondía aportar doce hombres, pero en julio solo se
habían presentado siete, ya que muchos vecinos estaban ocupados en la siega de
los cereales. Otro indicio de que los rebeldes no cejaban en su actividad fue
que, en el pleno del 14 de julio, se dio cuenta de la declaración del estado de
sitio en los partidos de Segura y Cazorla por el capitán general de Granada.
Esta medida limitaba el uso de montes y sierras, regulaba la entrada de ganados
y obligaba a los pastores a portar armas. Para financiar a los voluntarios que
combatían a los rebeldes se recurrió inicialmente a una suscripción entre los
vecinos «más condecorados y de posibilidad», que se mostraron poco generosos, a
pesar de ser quienes más podían perder en un ataque de las facciones. Hubo, por
ello, que establecer una derrama general que, en el caso de Quesada, ascendió a
776 reales.
Por otra parte,
el verano de 1837 trajo una importante novedad política: la Constitución de
1837, que sustituía a la de 1812. En Quesada se recibió el 8 de julio una
proclama del gobernador anunciando su promulgación y ordenando que se
procediera de inmediato a su jura. El Ayuntamiento acordó celebrar el acto el
domingo 16. Prestaron juramento los miembros de la corporación, el comandante
de armas, los integrantes de la Milicia Nacional, el clero y los vecinos más
significados. Asimismo, se dispuso un repique general de campanas y que durante
la noche se encendieran luminarias en la plaza y en otros lugares principales
de la villa, como era costumbre en las ocasiones solemnes.En Huesa se celebró
una ceremonia similar, presidida por el alcalde segundo, Antolín Vela,
desplazado al efecto.
También alteró
notablemente la vida local durante aquellos meses la separación de Larva de la
jurisdicción de Quesada y su incorporación a la de Cabra. La segregación fue
fácil de acordar, pero su aplicación práctica planteó problemas nada
desdeñables, especialmente en materia fiscal. El cupo de contribuciones de 1837
se había calculado sobre el número de vecinos y la riqueza imponible que cada
municipio tenía el año anterior. De este modo, el impuesto extraordinario de
guerra se había distribuido incluyendo todavía a Larva dentro del término de
Quesada. Tanto los habitantes de la aldea como los vecinos de Cabra con
propiedades en ella se negaron a satisfacer las cuotas que les habían sido
asignadas en Quesada, alegando que ya no pertenecían a su jurisdicción. Como el
cupo debía abonarse íntegramente por cada municipio, esta negativa suponía que
los vecinos de Quesada tendrían que asumir una carga mayor. Con la mediación de
la Diputación se celebraron varias reuniones entre los ayuntamientos de Cabra y
Quesada, pero el enrarecimiento de las relaciones entre ambos municipios
impidió alcanzar cualquier acuerdo.
Las
contribuciones extraordinarias de guerra constituyeron el mayor esfuerzo
económico exigido a los vecinos. A los 776 reales destinados a la persecución
del Monjero se añadieron otros 1.698 reales, impuestos en septiembre por
orden de la Diputación, además de una contribución especial de entre cinco y
cincuenta reales para cada vecino que no perteneciera a la Milicia Nacional
voluntaria. A ello había que sumar el coste de los suministros y raciones para
las tropas de paso, así como la requisa de caballos y yeguas con destino al
ejército. Pero a las cargas fiscales se añadían los inconvenientes y abusos
ocasionados no solo por los rebeldes, sino también por las propias fuerzas
gubernamentales, como ya se había visto en Huesa a finales del año anterior, y
por la conducta de algunos milicianos locales. En el pleno del 20 de octubre se
dio cuenta de las quejas presentadas contra Nicolás Plaza, «conocido por Roque
el de la Joroba», quien, asociado con otros individuos, cometía abusos
«extrayendo frutos del campo a pretexto de ser individuos de la Milicia
Nacional y haciendo mal uso de las armas que como tal se les tiene confiadas».
El Ayuntamiento acordó dirigir un oficio al comandante del cuerpo para que
procediera a expulsarlos de la Milicia por su reprensible conducta.
A pesar de
todas estas dificultades, desde el punto de vista militar la situación mejoró
tras el verano. A finales de septiembre el capitán general levantó el estado de
sitio, lo que permitió que el ganado volviera a pastar libremente en la sierra
y que los pastores dejaran de estar obligados a portar armas. Sin embargo, a
finales de año, el 13 de diciembre, el cabecilla Morillas intentó entrar en
Quesada sin conseguirlo. Manuel Morillas había pertenecido a la partida de
Isidoro Ruiz y, tras la captura de este, asumió su mando. Hasta su captura y
muerte recorrió con su grupo los partidos y sierras de Segura y Cazorla,
sembrando el caos y la inseguridad. Como las demás facciones carlistas,
subsistía sobre el terreno, apropiándose de ganados y suministros y cometiendo
robos de dinero en las poblaciones por las que pasaba.
1838. Don
Basilio y Tallada en Quesada
Manuel Morillas
había intentado entrar en Quesada al finalizar 1837, pero lo peor estaba aún
por llegar. En los primeros días de enero de 1838 se dio lectura, en sesión
plenaria del Ayuntamiento, a una circular de la Diputación en la que se
ordenaba que «se excite y estimule el patriotismo de la juventud» con el fin de
que los mozos se alistasen en el ejército provincial de reserva que se
pretendía organizar. Para cumplir este mandato, el Ayuntamiento mandó pregonar
un edicto disponiendo que el siguiente día festivo, el domingo 14 de enero,
acudiesen los jóvenes a la Plaza, donde se les transmitiría el mensaje. Sería
el comandante de armas y de la Milicia Nacional de la villa quien los arengaría
para despertar su patriotismo.[vii] La proclama, sin
embargo, tuvo escaso éxito. Pocos días después, aunque ya sin relación con la
guerra sino con el aspecto urbano de la población, la Junta de Enajenación de
Edificios y Efectos de Conventos Suprimidos cedió al Ayuntamiento las
dependencias del piso superior del claustro del convento para instalar en ellas
la escuela. El convento llevaba ya tres años cerrado y sin uso. A cambio de
esta cesión, el Ayuntamiento debía desmontar y remitir a Jaén, para su venta,
las dos campanas del antiguo convento. Las escuelas permanecieron en este
edificio durante más de un siglo, hasta finales de la década de 1940. Desde
aquellas ventanas, Rafael Zabaleta pudo pintar en numerosas ocasiones la plaza
y el jardín, inmortalizando una de las vistas más características de Quesada.
Los temores de
la Diputación, que habían motivado la orden a los municipios de favorecer el
alistamiento de los vecinos en un ejército provincial de reserva, no eran
infundados. El 26 de enero de 1838 se reunieron en Alcaraz (Albacete) las
columnas carlistas de don Basilio y de Tallada. Antonio Tallada Romeo, militar
carlista natural de Ulldecona, había recibido del general Cabrera el mando de
una expedición destinada a recorrer Murcia y La Mancha con el objetivo de
levantar a su paso a los pueblos y extender la rebelión. Por su parte, Basilio
García Velasco, conocido como don Basilio el de Logroño, había partido de La
Rioja con la orden de dirigirse al Maestrazgo. Sin embargo, una serie de
reveses —unida al mismo espíritu un tanto anárquico que ya había demostrado
Gómez durante su expedición— le obligó a modificar sus planes, desplazándose de
un lugar a otro al compás de los acontecimientos.[viii] Juntos ambos cabecillas penetraron
en la provincia de Jaén entrando el 31 de enero en Orcera y el 2 de febrero en
Villanueva del Arzobispo. Enfrente tenían a las tropas del mariscal de campo
Laureano Sanz Alfeirán, que pocos años después sería ministro de la Guerra con
Narváez.[ix] Don Basilio y Tallada
bajaron por Villacarrillo y Torreperogil consiguiendo entrar en Úbeda el día 4.
Aquella noche no permanecieron juntos, Tallada marchó a ocupar Baeza mientras don Basilio permaneció en
Úbeda. El general don Laureano Sanz, cuando supo que se habían separado, se
interpuso entre ellos situándose en el llano que separa ambos pueblos. Atacó
primero a la columna Tallada, “a la que derrotó haciéndola considerable número
de prisioneros”. Al verlo don Basilio dispuso a su gente que salieran de Úbeda
para situarse “frente a Baeza”. Buscaba apoyar la retirada de Tallada para emprender
juntos la retirada por Torreperogil, lo que consiguieron. Vadearon el
Guadalquivir y llegaron a Cazorla esa noche, día 5 de febrero, donde
pernoctaron.[x]
Según el parte de guerra del general Sanz, “los enemigos perdieron 10 hombres
entre muertos, heridos, pasados y prisioneros, dejando mucho mayor número de
armas y cananas esparcidas en
los campos teatro de las operaciones.”[xi]
Aquella noche, con don Basilio en Cazorla, el Ayuntamiento de Quesada se
reunió en sesión extraordinaria. Tenían órdenes superiores de que en caso de
invasión las autoridades evacuasen el pueblo con todos los fondos que hubiera,
para impedir que cayeran en manos de los facciosos. La ocasión había llegado y
debían abandonar la villa. No obstante consideraron que no podían “dejar el
pueblo abandonado sin que haya personas que con alguna representación estén a
la mira de esta población y lo que pueda ocurrir”. Para que durante su ausencia
se hicieran cargo de la situación y recibieran a los invasores, acordaron
nombrar “una junta auxiliar interina” compuesta por personas que pudiera
inspirarles algún respeto por su condición religiosa o por ser ideológicamente próximos
a los rebeldes. Para encabezar la junta nombraron al cura párroco don Cesáreo
Aguilera, que no era carlista sino liberal moderado-conservador, pero al fin y
al cabo sacerdote. Junto a él Santiago Vicente García que, tras traicionar en
Sevilla al coronel Márquez, había vuelto a Quesada convertido en un furibundo
conservador, muy próximo al carlismo. Junto a ellos el veterano capitán, ya
retirado, Domingo Díaz y algunos propietarios como José Mora o Tomás Bello no
significados políticamente, pero “gente de orden”. Se les autorizó “en toda
forma” para que tomaran “las disposiciones que sean necesarias en beneficio de
este común”.[xii]
Los facciosos abandonaron Cazorla la madrugada del día 6 llegando a Quesada
“al romper el alba”. Sabían de la proximidad del general Sanz, por lo que
abandonaron rápidamente el pueblo con dirección a Pozo Alcón. Al mediodía
entraron en el pueblo las tropas isabelinas.[xiii] Por la noche Sanz firmó
en Quesada un parte en el que se jactaba de haber anulado “la proyectada invasión
de Andalucía”. No hay información de lo sucedido durante el breve paso de don
Basilio por el pueblo, pero hay que imaginar el miedo y la tensión con la que
vivieron los vecinos este día, temerosos de posibles muertes y violencias y a
la vez seguros de los importantes gastos que supondrían el suministro de las
tropas, aunque fuesen las gubernamentales. Hay que imaginar también la novedad
que en la monótona vida local representó el tránsito de tropas, los uniformes
de oficiales y soldados acampados en la plaza, el séquito del mariscal de
campo. Era algo que solo habían vivido treinta años antes los más viejos
durante la invasión francesa. Para los más jóvenes, para los críos, una
completa novedad.
La
mañana del día 7, “después de haber tomado algún descanso”, las tropas
de Sanz, compuestas por seis batallones y un escuadrón ligero, salieron de
Quesada con dirección Cazorla.[xiv] Según Sanz las facciones
andaban “diseminadas por la sierra” y se dirigían a Segura y Hornos. Por unos
días la guerra se apartó de Quesada, pero sin que volviera la tranquilidad,
porque se difundió el rumor, desmentido al poco, de que el general Cabrera, el
Tigre del Maestrazgo, se había unido a don Basilio.[xv] De forma
bastante triunfalista y exagerada el general Sanz informó en su parte diario,
publicado en la Gaceta de Madrid, de las bajas sufridas por el enemigo
que calculaba en más de mil hombres, entre muertos, heridos, prisioneros y
“pasados” —los que abandonaban el campo contrario para entregarse—, que según
el general continuaban presentándose a cada momento. Había capturado además,
decía, un gran número de fusiles “y demás efectos de guerra”.[xvi] Con menos triunfalismo hablaba del paso de don Basilio el corresponsal en
Úbeda del periódico La Estafeta, informando de que los carlistas habían
cometido todo tipo de abusos en Úbeda y Baeza provocando escenas horrorosas.
Añadía que los pueblos de Villacarrillo, Quesada y Cazorla “han sufrido mucho”
y que “en lo poco que han permanecido (los facciosos) han dado mucho que
hacer”.[xvii]
A causa del temporal sufrido aquellos días don Basilio
no logró tomar Segura y tuvo que retroceder por Santiago de la Espada, abandonando
la provincia para llegar el día 11 a Nerpio, en Albacete y al siguiente, con
grandes dificultades, a Yeste. El 16 pasaron por Puebla de Don Fadrique y
alcanzaron Huéscar, donde Tallada decidió separarse quedando solo don Basilio.[xviii] Ya sin Tallada,
don Basilio volvió a penetrar en esta comarca desde Castril, cruzando el Guadalentín
y alcanzando Pozo Alcón la noche del 17 al 18. Según Antonio
Pirala, al día siguiente se dirigió a Hinojares, Arroyo Molinos y Poyatos.
Siguió por el antiguo
cordel o camino de los Arrieros, evitando Quesada donde temía la presencia de
las tropas gubernamentales, hasta alcanzar Peal, donde pernoctó.
Al día siguiente cruzó con muchas dificultades el Guadiana Menor, seguramente
por el Vado de la Adelfa, pasando la noche en Jódar. Desde allí se dirigió en
retirada hacia el norte, pasando Despeñaperros el día 24.[xix] Esta secuencia
sigue la narración de Antonio Pirala en su Historia de la Guerra Civil. Sin embargo en el
manuscrito inédito Memorias del siglo XVIII al presente, escrito por
varios autores quesadeños de la época, se dice textualmente que “en 18 de
febrero entró en esta Basilio García jefe carlista”. Hay incluso una tercera
versión publicada en la Gaceta de Madrid, según la cual pasó el Guadiana
“por la barca de Hinojares”, refiriéndose seguramente a Collejares.[xx] Debe ser buena la versión
del minucioso y documentadísimo Pirala, porque Quesada estaba efectivamente defendida
por las tropas del general Sanz, que se quedó en la comarca
moviéndose entre Pozo Alcón y Quesada, a fin de acabar con los restos de las
facciones carlistas que había quedado dispersas. La alusión del manuscrito
Memorias a don Basilio, se debe entender a que entró en el término, no en el
pueblo.
Tallada fue capturado por los milicianos de Barrax, Albacete. Mientras, el
general Sanz prosiguió la limpieza de la comarca. El 28 de febrero envió a
Baza, desde Pozo Alcón, a más de 1.000 prisioneros, entre los que había seis
capellanes. En el parte de guerra firmado en Pozo Alcón el 1 de marzo, manifestaba
el mariscal de campo su satisfacción por “el buen espíritu público del país,
pues hasta los habitantes de los más recónditos cortijos salen persiguiendo a
los fugitivos y van presentando a los que capturan.” El día 5 Sanz estaba de
nuevo en Quesada con otro importante grupo de prisioneros: dos jefes, dos
capitanes, siete subalternos, 11 sargentos y 33 cabos y soldados.[xxi]
Como vemos, durante todas estas semanas hubo en Quesada un continuo trasiego de
tropas y prisioneros, a la vez que muchos vecinos de la Milicia Nacional
recorrían las sierras en busca de rebeldes.
Estas novedades, que rompían la monotonía del pueblo y despertaban el
interés de la chiquillería, en el resto del vecindario inspiraban preocupación
y temor. No solo por el riesgo de los enfrentamientos armados, sino por la
brutalidad que se les suponía a los invasores. Aunque la columna de don Basilio
inició su expedición con tropas más o menos regulares, durante sus correrías se
le fue uniendo gente, unos por ideología ultramontana y otros muchos por afanes
menos nobles. Dice Antonio Pirala que “tan vandálico era el proceder” de la
mayor parte de los que se le agregaron a don Basilio, que cuando informaron al
pretendiente don Carlos del descalabro de sus fuerzas en esta tierra afirmó
encolerizado:
Las tropas de Aragón (Tallada),
cobardes é insubordinadas, huyen a la vista del enemigo, y atropellan y roban
cuanto encuentran. Las fuerzas de la Mancha (don Basilio) son aún
peores; sus jefes, oficiales y soldados, no son más que unos facinerosos...
Prefiero la muerte á tener á mis órdenes semejantes forajidos que no conocen ni
religión ni rey; son ladrones y nada mas...[xxii]
Además de los
incidentes armados, la situación bélica producía tambien al Ayuntamiento y
vecinos otros importantes problemas económicos. No eran solo los gastos del
avituallamiento de las tropas transeúntes, facilitado de grado u obtenido por
la fuerza, sino también la carga de los impuestos especiales para gastos de guerra. El
26 de febrero la Subdelegación de Hacienda del Partido de Baeza, de donde
dependía Quesada a efectos fiscales, remitió un oficio al Ayuntamiento
ordenando que en el término de seis días se le remitiese el padrón o lista de
contribuyentes afectados por la “Contribución extraordinaria de Guerra y en el
término de 15 días el importe total de la misma.” El Ayuntamiento contestó que
el padrón no se había podio formar precisamente por estar invadido el país de
enemigos y nacionales. Como no había tiempo para cumplir el plazo, se formaría
“tan pronto luego como se vea libre este territorio de estas invasiones y
ocupación de tropas.”[xxiii]
En septiembre se añadió un nuevo cupo de 146.000 reales de contribución extraordinaria. Ante tanta
presión los vecinos se resistieron cuanto podían, retrasando por ejemplo el
pago de los diezmos eclesiásticos, retraso del que se quejaba a la corporación
el recolector
de diezmos de la villa Juan Delgado, manifestando en 27 de agosto que no se
había presentado ningún contribuyente a satisfacer la parte de diezmo que le
correspondía. Pero ni los vecinos ni el Ayuntamiento podían resistirse mucho,
de manera que el pueblo sufrió varios apremios militares a lo largo del año.
Con
la facción de Tallada venía un oficial carlista, “titulado coronel”, llamado
Ramón Rodríguez Cano alias la Diosa. Hacia el 28 de febrero se supo que la Diosa andaba “por el cortijo
de Béjar”, camino de Quesada, acompañado por unos 200 hombres.
Inmediatamente fueron atacados por los urbanos de Cazorla y Quesada, al mando
de don Ambrosio Navarro, pero la densa niebla y una nube de granizo impidió que les dieran alcance. El jefe carlista
fue moviéndose por la sierra hasta llegar a Majuela. Allí sorprendió al regidor
de Quesada don Ramón Bayona en su cortijo. Bayona estuvo punto de ser fusilado
junto a tres paisanos de Quesada y tres urbanos de Cazorla, pero a última hora
pudieron ser rescatados por los hombres de Navarro. Siguió la persecución y, como el día era de
abundante temporal y nieves, unos y otros se dispersaron en pequeños grupos. En
un momento dado fue sorprendido la Diosa, que tuvo que rendirse junto a diecisiete
facciosos más.[xxiv] La noticia fue
anunciada con entusiasmo por el gobernador en el Boletín Oficial de la
Provincia y ampliamente reproducida por la prensa de Madrid.
Tras haber expulsado a don Basilio el general Sanz abandonó la zona. Cuando
la situación parecía más tranquila el comandante Ambrosio Navarro y los
nacionales de Cazorla cayeron en una emboscada en la Cañada de la Madera, cerca
de Villanueva del Arzobispo. Resultaron 35 muertos, unos caídos en el tiroteo,
otros capturados y fusilados y el propio Navarro ahogado en el Guadalquivir
cuando intentaba escapar hacia Villanueva. Mandaba la partida que los acometió
Manuel Morillas, alias Jamila, sucesor de Isidoro Ruiz.[xxv]
El
final de la guerra civil en Quesada y en la comarca. Las orejas de José Moreno
el Fraile.
Junto
a don Basilio y Tallada había actuado en la zona una columna menor, en número
que no en ferocidad, mandada por el manchego Juan Vicente Rujero, alias Palillos.
A esta facción se unió el quesadeño José Moreno, sobrino de Luis, el famoso
carlista fusilado en 1835 en Quesada. José se había distinguido ya en 1823
formado parte del grupo realista
Defensores del Rey, con el que su tío Luis proclamó la vuelta del absolutismo y
el fin de la Constitución por todos los pueblos de la comarca. Era
José Moreno, apodado el Fraile,
un hombre de carácter impetuoso que ya en 1826 había huido de la justicia tras
ser condenado por dar muerte a un forastero en Quesada durante una disputa. Cuando el general Sanz consiguió expulsar de la provincia a
Palillos, José Moreno no lo acompañó en su retirada, sino que se unió a
Morillas. Manuel Morillas era un personaje menor —Antonio Pirala ni lo nombra—
y de ámbito comarcal, que había heredado el mando de la facción de Isidoro Ruiz.
Tras la salida de don Basilio, Morillas continuó intranquilizando campos y montes, manteniendo en permanente alerta a la Milicia Nacional de
los pueblos. El 14 de agosto fue sorprendido cuando intentaba entrar en Santo
Tomé. Fue rechazado y tuvo que retirarse a las fragosidades de la sierra. En la
madrugada del 27 de agosto lo volvió a intentar en Cazorla, con una fuerza de 10 caballos y de 70 a 80 infantes. La Milicia
cazorleña tenía apostados espías que
avisaron del movimiento de los enemigos, por lo que no fue sorprendida la
población. Hubo alarma, toque de generala y un tiroteo que duró alrededor de
tres horas, como resultado del cual Morillas hubo de emprender la retirada por
el camino de la Iruela. Cuando se conoció la cercanía de Morillas, desde
Cazorla se dio aviso a la Milicia de Quesada, pero para cuando llegaron los
facciosos habían sido puestos en fuga, según lo cuenta el alcalde primero
cazorleño:
Nuestros
amigos y vecinos los valientes Nacionales de Quesada a las diez de esta mañana
se presentaron en bastante número en esta ciudad dirigidos a nuestro auxilio en
mutua correspondencia, y han sentido no llegar tan oportunamente para tomar
parte en el combate, cual lo habrían hecho si a tiempo hubiera podido
trasmitírseles la noticia de la invasión.
Añade el alcalde cazorleño, Manuel Martín Olivencia, que se dio “un
refresco a estos valientes y las gracias en nombre de S. M.” Manuel Martín debía de
albergar ciertas inquietudes literarias, pues compuso una proclama que fue
publicada en la Gaceta de
Madrid. Su estilo, ampuloso y barroco, la convierte en un texto
bastante pintoresco, al menos desde una perspectiva actual. Valga de ejemplo el párrafo final dedicado a los nacionales quesadeños:
Loor á tan
dignos defensores de la segunda Isabel y libertades patrias, y loor a nuestros
vecinos y amigos los valientes Nacionales de Quesada que en recíproca
correspondencia han venido en nuestro socorro, y sentido no haber llegado a
tiempo de ejercer su valor. [xxvi]
Manuel Morillas consiguió desestabilizar toda la comarca, hasta el punto de
obligar al capitán general de Granada a declarar de nuevo el estado de sitio en
Segura y Cazorla. Esta vez se obligó a que todos los ganados abandonaran la
sierra. Al frente de las tropas gubernamentales estaba ahora el
comandante militar de Jaén, general Carlos González Llanos. Llanos
sometió a Morillas a una persecución constante y enérgica que lo privó de
víveres y de otros recursos indispensables para mantenerse en campaña.[xxvii]
A primeros de octubre la facción rebelde fue desbaratada completamente. Parte
de sus componentes se entregaron mientras que otros, una treintena, escaparon
con dirección a Pozo Alcón. Morillas lo hizo en dirección contraria, pero fue capturado
y muerto en un cortijo cercano a Villacarrillo, según el parte que el general
Llanos firmó en Quesada el día 25 de octubre. [xxviii]
Tras
la captura de Morillas algunos de sus hombres comandados por un tal Peñilla,
natural de Cazorla, que eran los que no marcharon a Pozo Alcón, intentaron escapar
hacia Sierra Morena buscando la Mancha, pero fueron alcanzados en Montizón.[xxix]
Por el contrario Moreno decidió quedarse en las inmediaciones de Quesada, “pueblo de su naturaleza,” seguramente por
conocer bien el terreno y contar con el apoyo de familiares y amigos. Por esa
fuerte relación con el pueblo era también muy conocido, por lo que fue
rápidamente detectado. La fama de Moreno, la de su familia, le precedía. El
general Llanos decidió desalojarlo y dispuso que las tropas del Regimiento
Provincial de Jerez, estacionadas en Quesada, lo acosaran hasta obligarlo a
internarse en la espesura de la sierra. Moreno estaba
acompañado por Vicente Sanz, procedente de otra famosa facción, la de Antonio
García de la Parra alias Orejita. Juntos, en un estado desesperado y
aislados de cualquiera de sus compañeros, se dirigieron Guadalquivir arriba
hasta la parte de Bujaraiza. El 24 de octubre González Llanos tenía en Quesada a
otros cincuenta facciosos apresados, parte de los cuales se habían entregado por
su voluntad buscando el indulto. Y eso fue lo que terminó haciendo el compañero
de Moreno, Vicente Sanz. Se entregó a los milicianos de Bujariaza facilitando
información de su compañero. Fue conducido a Hornos, donde estaba de guarnición
el Tercer Batallón Franco
de Málaga. El capitán Valdivieso, que mandaba la tropa, al tener noticia
del paradero de Moreno informó de inmediato a González Llanos y le prometió que
le entregaría muerto a el
Fraile.
Fue todo muy rápido. El 26 de octubre se presentaron
al capitán Valdivieso tres paisanos de Bujaraiza afirmando que habían dado
muerte a Moreno. Como prueba llevaban consigo las orejas que le habían cortado
al cadáver. Para asegurarse de que el muerto era realmente Moreno, sus restos
fueron trasladados a Hornos y expuestos al escrutinio público en la plaza del
pueblo. Inmediatamente Valdivieso dio parte a González Llanos anunciándole que,
tras las diligencias oportunas, se había identificado con certeza a Moreno y
que de “no haber estado corrompido su cráneo”, a causa de los golpes,
según acreditaba el testimonio médico que adjuntaba, lo hubiera remitido a Jaén
“para satisfacción de V.S. y la de los buenos españoles”. Y remata el capitán
Valdivieso diciendo:
…si Morillas era monstruo de estos contornos,
el Moreno era el terror de todos, en el poco tiempo que le ha acompañado (…)
sin exageración puede decirse era el terror de los vándalos.[xxx]
La noticia de que el Fraile, había
sido desalojado de Quesada, muerto en Bujaraiza y expuesto su cadáver en
Hornos, circuló ampliamente en la prensa, presentándose como un gran éxito del
gobierno isabelino.[xxxi] La
terrible muerte de José Moreno fue el último episodio de aquella guerra que
hubo en esta parte de la provincia. La provincia quedó en calma y pocos meses
después el convenio de Vergara, entre los generales Espartero y Cabrera, puso
fin a la guerra civil. Pero antes de darla por concluida convendría decir que
el 12 de abril de este año de 1838 el entonces capitán Francisco Serrano
Bedoya, destinado en Cataluña, resultó gravemente herido en las cercanías de
Sant Quirze de Besora. Una bala de cañón le afectó de importancia la pierna y
cadera derecha. Permaneció inactivo convaleciendo de sus heridas hasta el mes
de marzo del año siguiente.[xxxii] Al poco sería
nombrado ayudante de campo del general Baldomero Espartero, el triunfador de
esta guerra y nuevo regente del reino.
Y esta
fue la llamada primera guerra carlista. Con posterioridad, entre 1846 y 1849, se
produjo la conocida como segunda, de mucha menos envergadura y focalizada en
Cataluña pero que en Andalucía pasó desapercibida. Mayor importancia tuvo la
tercera, desarrollada entre 1872 y 1876, que afectó sucesivamente al reinado de
Amadeo I, a la Primera República y a la Restauración borbónica. En ella un ya
muy veterano Serrano Bedoya participó activamente como capitán general de
Cataluña y ministro de la Guerra. En Quesada esta tercera guerra tampoco tuvo repercusión directa, pero por
orden gubernativa se celebraron festejos, del 20 al 22 de marzo de 1876,
conmemorando su final. Aunque muchos de los carlistas quesadeños se reconvirtieron
al partido moderado, los siguió habiendo recalcitrantes y furibundos, que
manifestaron su adhesión al legitimismo hasta entrado el siglo XX. Pero esto ya
forma parte de la historia política y debe tener su propio artículo y
explicación.
[i] Gaceta de Madrid. 13 de febrero
de 1834.
[ii] El Mensajero de las Cortes 17 de
octubre y 6 de diciembre de 1834.
[iii] Cabildo de 6 de febrero de 1835.
[iv]
Mensajero de las Cortes. 13 de febrero de 1835.
[v] La
Revista Española 27 de febrero de 1835.
[vi] Gaceta de Madrid de 29 de julio
de 1835
[vii]
Pleno
de 7 de enero de 1838.
[viii] Historia de la Guerra Civil y de los
partidos liberal y carlista. Antonio Pirala. Tomo IV. Libro VII. Capítulo
I.
[ix] El empleo de mariscal de campo
equivalía más o menos a general de división, situado entre brigadier o general
de brigada y teniente general.
[x] Pirala. Op. cit.
[xi] Gaceta
de Madrid 12 de febrero de 1838.
[xii] Pleno
de 5 de febrero de 1838.
[xiii] Boletín Oficial de la Provincia de
Zaragoza, 24 de febrero de 1838. La noticia se inserta “para conocimiento
de los leales habitantes de esta Provincia”.
[xiv] Gaceta de Madrid, 20 de febrero
de 1838.
[xv] El Correo Nacional, 20 de
febrero de 1838.
[xvi] Gaceta
de Madrid 20 de febrero de 1838.
[xvii] La Estafeta, 20 de febrero de
1838. La noticia está fechada en Úbeda el día 10.
[xviii] Pirala. Op. cit.
[xix] Pirala. Op. cit.
[xx] Gaceta de Madrid, 1 de marzo de
1838.
[xxi] Gaceta
de Madrid 11 de marzo de 1838.
[xxii] Pirala. Op. cit.
[xxiii] Pleno
de 26 de febrero de 1838.
[xxiv] BOP de Jaén de
21 y 24 de marzo de 1838. Los tres paisanos de Quesada que participaron en la
captura junto al regidor fueron: Ramon
Pinos, Antonio Martínez Baltasar y Juan Ortiz.
[xxv] El Eco del comercio, 8 de abril
de 1838.
[xxvi] Gaceta
de Madrid 8 de septiembre de
1838.
[xxvii] Gaceta
de Madrid 19 de octubre de 1838.
[xxviii] Gaceta de Madrid, 22 y 29 de
octubre y 2 de noviembre de1838. BOPJ de 3 de noviembre de 1838.
[xxix] BOP
Jaén. 10 de noviembre de 1838.
[xxx] BOP
Jaén. 3 de Noviembre de 1838.
[xxxi] Por ejemplo, El Correo Nacional
de 8 de noviembre de 1838.
[xxxii]
Vicente Ortiz García. Francisco Serrano Bedoya. General y ministro quesadeño.
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