martes, 9 de julio de 2024

FIESTAS que hizo QUESADA por ISABEL II

 

Isabel II niña. Cruz y Ríos. Academia de San Fernando.



A las 4 de la tarde del día 24 de octubre de 1830 se reunieron en sesión extraordinaria los individuos del Ayuntamiento de Quesada. Habían sido convocados por el alcalde mayor, don José Alcalde Martínez, al objeto de dar lectura de una carta del Rey fechada en Palacio a 15 de octubre de 1830. En ella S.M. comunicaba con el protocolo habitual al “Concejo, Justicia, Regidores, Caballeros, Escuderos, Oficiales y hombres buenos de la villa de Quesada” que el día 10 la Reina había dado a luz a “una robusta infanta”. Decía el Rey que este nacimiento colmaba “los ardientes deseos de todos mis vasallos que suspiraban por la sucesión directa de la corona”. La ansiedad por la sucesión no parece que afectara demasiado a los vecinos, siempre afanados en las cosas del comer, pero sí y mucho a la Corte. El Rey estaba ya al final de sus días, en su cuarto matrimonio y sin haber conseguido un heredero. El Ayuntamiento recibió la noticia "con la mayor satisfacción y placer" y ordenó que de inmediato hubiese repique general de campanas y que por la noche se encendieran luminarias.

          Que la infanta María Isabel Luisa fuera heredera y no heredero no debía suponer problema alguno, porque en la tradición castellana las mujeres podían ser reinas, como lo fue Isabel I la Católica. Pero los Borbón eran franceses y a su llegada habían impuesto en 1713 la Ley Sálica que regía allí y que impedía la sucesión femenina. Fernando VII derogó esta ley en 1830, tras el nacimiento de su hija, con la llamada Pragmática Sanción. No procede aquí extenderse mucho en las conspiraciones y enfrentamientos que originó la Pragmática. Basta decir que el infante Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, nunca aceptó la sucesión por su sobrina Isabel. Los partidarios más extremos del Absolutismo apoyaron a Carlos y de ahí el nombre de carlistas con el que se les conoció en adelante. Los partidarios de Isabel, encabezados por su madre la reina consorte María Cristina, consiguieron que, con poco más de dos años, en junio de 1833 fuese jurada Princesa de Asturias.

          El por entonces alcalde mayor, don Francisco Tercero Luengo, y el Ayuntamiento quisieron “solemnizar con públicas demostraciones el memorable acto de la Jura que la Nación ha prestado a la excelsa Princesa Doña Maña Isabel Luisa”. Al efecto abrieron “una suscripción voluntaria” para costear tres días de festejos, el 24, 25 y 26 de julio. Principiaron los actos con una iluminación general: luminarias en la Plaza y luces (velas, candiles, etc.) en casas y calles del pueblo. Destacó la fachada del ayuntamiento, adornada con “más de mil luces” —muchas parecen—, aunque dice la crónica que todos los vecinos se esmeraron en las suyas. Esta crónica se publicó en el recién creado Boletín Oficial de la Provincia de Jaén del día 8 de agosto. Añade la noticia del Boletín que el día 24 hubo “una magnifica función de iglesia y Te Deum”, predicando el sermón el párroco don Cesáreo Aguilera. Terminado el acto religioso desfiló “una comparsa de romanos elegantemente vestida”, la cual “ejecutó difíciles y preciosas evoluciones militares” dirigidas por los oficiales retirados D. Domingo Díaz y D. Lorenzo Vela. Estos “romanos” llevaban sin duda los viejos cascos, alabardas y corazas del siglo XVI, restauradas en los últimos años por el Ayuntamiento, que usaron tradicionalmente los “romanos” en las procesiones de Semana Santa. Hubo aquella segunda noche fuegos artificiales y “un lucido convite”. Amenizaron los actos la orquesta del batallón de Voluntarios Realistas de Úbeda y la capilla de música de la iglesia parroquial. La crónica, que firman el alcalde mayor y el párroco, dice que acudieron muchos vecinos de los pueblos cercanos, atraídos por la noticia “de que esta Villa iba a hacer unos festejos superiores a sus facultades”. En todo momento reinó “el orden y unión más completa”.

Pero no podía quedar en esto la cosa. En el Boletín de 7 de septiembre se publicaron los actos de los que “por premura” no se había informado antes. Como no podía ser menos en Quesada, el día 25 se dedicó a una procesión de la Virgen de Tíscar, “a cuya soberana Imagen acuden estos naturales en sus apuros y necesidades”. Se pidió a la Virgen que protegiera al Rey y a su descendencia y que hiciera “vanos los esfuerzos de los que con temeraria osadía intenten oponerse a sus justas y prudentes determinaciones”. Están evidentemente hablando de Carlos y de sus seguidores, que rechazaban a Isabel como heredera. Se habían olvidado también mencionar que en los tres días hubo una “decente limosna” a 36 pobres para “aliviar su indigencia” y que les quedase grato recuerdo de la ocasión. Finalmente se tuvo la misma “beneficencia” con los “desgraciados” presos de la cárcel, a los que se sirvió una “espléndida comida” costeada por el alcalde mayor y el párroco.

Aquella política de hechos consumados, jurar con tanta premura a Isabel como Princesa de Asturias, no andaba descaminada porque Fernando VII estaba en las últimas. Murió apenas dos meses después de esta celebración, el 29 de septiembre. En las actas municipales los nacimientos, bodas, defunciones y demás noticias de la Casa Real se recogían con expresiones solemnes, de alegría o tristeza, y grandes protestas de lealtad y sumisión al poder real. Por eso llama la atención que a la muerte de Fernando se le dediquen apenas cinco líneas, que ni siquiera encabezan el acta del día 10 de octubre, y que estén mezcladas con asuntos administrativos absolutamente rutinarios. Y es que aquella sucesión fue especial y no estaba claro si finalmente Isabel alcanzaría el Trono o si un golpe palaciego conseguía convertir en Rey al pretendiente. En la Corte había mucha prisa por resolver la sucesión, como se comprueba en la carta de la regente María Cristina, viuda de Fernando y madre de Isabel, que se leída en el Ayuntamiento de Quesada  apenas un mes después, el día 31 de octubre. Mandaba la Reina Gobernadora que se proclamase a Isabel II “levantando pendones en su nombre” y que se hiciera “a la mayor brevedad, aunque no se hayan hecho las exequias de Don Fernando”. Es decir, sin respetar siquiera el luto oficial. 

Alzar pendones al inicio de cada reinado era una ceremonia muy antigua, de origen medieval. No era exclusiva de la Corona de Castilla pues también se hacía en la Granada nazarí, donde se levantaban en la puerta de Bibalbonud o de los Estandartes al inicio de cada reinado. Siendo una ceremonia tan antigua y tradicional, se regía por un protocolo en consonancia. En Quesada el encargado de levantar el pendón real era el alférez mayor de la villa. Era este un cargo hereditario que equivalía al de jefe militar del pueblo. En 1833 había perdido todo contenido real, pero se mantenía a estos efectos protocolarios. Lo era en este tiempo don Hilario del Águila Cano. El Ayuntamiento le pasó recado, por ser a él  “a quien corresponde levantar el Real pendón”, para que contestase si aceptaba o rechazaba el encargo. La posibilidad de rechazar el honor venía de que quien levantaba el pendón debía costear todos los gastos aparejados a la celebración. Presentado D. Hilario, aceptó el honor y dijo que lo haría “a sus expensas y de sus propios bienes y caudales como lo han hecho sus antecesores”. Añadió que lo haría —los regidores sabían por qué le preguntaban— a pesar de tener su capital secuestrado (intervenido judicialmente) por las deudas que dejó su difunto padre y por el pleito sobre la herencia que había entablado su hermano D. Patricio. A causa de esta escasez de fondos se sujetaría a los gastos más esenciales y precisos a la solemnidad del acto. El Ayuntamiento inmediatamente acordó publicar la noticia y pasar aviso al “párroco y al prior del convento y a los sacristanes y personas a cargo de las demás iglesias y ermitas” para que hiciesen repique de campanas. La proclamación se haría el día 1 de diciembre de 1833, previniendo a los vecinos que las dos noches anteriores pusiesen luminarias y luces en sus casas. El pendón encabezaría una procesión cívica, estando obligados los vecinos de las calles por donde pasara a poner colgaduras desde por la mañana hasta la caída del sol, bajo multa en contrario de 220 reales.

El recorrido por el pueblo es interesante reproducirlo, porque coincide con el que hoy día siguen las procesiones religiosas —ya no las hay cívicas— mostrando que la antigüedad de este itinerario es varias veces centenaria:

…las calles por donde ha de pasar el real estandarte, que son toda la Plaza, calle Nueva hasta la parroquia, San Juan (lateral Coronación), Pedro Sánchez Guerrero (Dr. Muñoz), Rodrigo de Poyatos (Dr. Carriazo) y desde la salida de ésta (por) la de Don Pedro de Gámez hasta dar la vuelta a la Plaza.

Isabel II fue proclamada reina, pero la negativa a reconocerla por su tío Carlos y sus partidarios ocasionó una terrible guerra civil conocida como Primera Guerra Carlista. En Quesada se vivieron años convulsos y violentos. En 1835 fue fusilado en la Plaza el carlista Luis Moreno (enlace). Poco después las partidas rebeldes de Morillas, Ruiz, Don Basilio el de Logroño y Tallada trajeron la guerra a toda la comarca (enlace). Puso fin al enfrentamiento un armisticio, conocido como Abrazo de Vergara, pactado entre los generales Espartero y Maroto en el verano de 1839. A pesar del fin de la guerra el siglo XIX fue demasiado movido y entretenido como para que llegasen tiempos de calma. El general Baldomero Espartero alcanzó en 1840 la presidencia del Gobierno y obligó a que la reina María Cristina renunciase a la regencia. Espartero, que ostentaba los títulos de príncipe de Vergara y duque de la Victoria por sus éxitos en la guerra civil, fue nombrado por las Cortes Regente del Reino. Estuvo en el cargo poco tiempo, porque en 1843 unas revueltas, iniciadas con aires revolucionarios, acabaron con el acceso al poder del partido Moderado que encabezaba el general Narváez, el Espadón de Loja. Espartero se exilió en Inglaterra acompañado por el quesadeño Francisco Serrano Bedoya, que por entonces era su ayudante de campo.

Tras la salida de Espartero, el reino se quedó sin regente. Narváez y los moderados decidieron tirar por el camino de en medio forzando las Cortes la declaración de mayoría de edad de Isabel. La Reina Niña pasaba a ejercer el poder efectivo, todo el que podía ejercer con solo 13 años, con la muy escasa formación que había recibido y con su madre intrigando y conspirando desde el exilio. Pero esa ya es otra historia, volvemos a Quesada. Isabel II juró la Constitución el 10 de noviembre de 1843. Dos semanas después, el 24 de noviembre hacia las 9 de la mañana, se reunió el Ayuntamiento quesadeño para dar lectura a la Real Orden por la que la reina ordenaba que el día 1 de diciembre “en todos los pueblos de la monarquía se verifique según el uso y costumbre” el acto de proclamación “de Su Majestad como reina constitucional de España”. Inmediatamente el Ayuntamiento acordó tomar las disposiciones oportunas para que el acto tuviese todo “el lustre y brillantez", dejando constancia de la lealtad del vecindario y amor a su “adorada Reina”.


Isabel II jurando la Constitución. Obra de José Castelaro
en Museo de Historia de Madrid


Seguía siendo alférez mayor don Hilario del Águila y a él le correspondía alzar el pendón. Este protocolo ya por entonces resultaba arcaico y obsoleto, ajeno completamente al constitucionalismo liberal del momento, pero se respetó y ejecutó por última vez en la forma tradicional. El problema inmediato que se planteó fue que don Hilario estaba ausente, convaleciendo de una enfermedad en un pueblo de “la Mancha de Toledo” y ya no había tiempo material para avisarle y que volviese a Quesada para el día 1.  Por eso se acordó citar a su hermano, don Patricio del Águila, y a don Manuel Velasco, administrador de los bienes de don Hilario. Don Patricio aceptó desempeñar personalmente la ceremonia en nombre de su hermano y Velasco facilitar los fondos necesarios en nombre de su administrado. Tras nuevas protestas de lealtad y amor a Isabel II, “hija de Cien Reyes y dueña de los corazones de sus súbditos”, se formó una comisión de concejales para que organizasen el programa de actos. El contenido y desarrollo de estos actos se conoce bien porque el flamante secretario municipal, Aquilino Sánchez Molero, levantó acta detallada de su desarrollo y ejecución.


Fiestas en Quesada proclamando a Isabel II reina gobernante en diciembre de 1843.

El día 30 de noviembre, como anuncio de la festividad, hubo repique general de campanas desde las 12 hasta las 2 de la tarde. A eso de las 7 de la tarde, con el toque de ánimas, se inició la iluminación general del pueblo con luminarias y luces, “siendo admirable el gusto y simetría” con el que se esmeraron los vecinos, “aún en las casas más pobres”. Para comprender la importancia y novedad de esta iluminación  hay que considerar que no existía entonces alumbrado público de ningún tipo, que las noches se pasaban en completa oscuridad —si no había luna llena— y que los escasísimos transeúntes debían llevar su propio farol. La luz nocturna era de por sí una fiesta, costumbre que ha llegado hasta hoy con las luces de ferias en calles y jardín.

 En la fachada del edificio del ayuntamiento se había instalado un dosel con un retrato de S.M. cubierto por una gasa. Tras el encendido de las luces don Manuel Antonio de Alcalá, el alcalde, lo descubrió dando vivas a la Reina y a la Constitución. La Milicia Nacional —fuerza paramilitar de voluntarios, que tenía las funciones que  muy poco después asumió la Guardia Civil—[1]disparó tres descargas de fusil. La banda de música, que estaba en una de las ventanas, interpretó himnos patrióticos entre vivas y aclamaciones del público. Pasó luego la música a un tablado dispuesto frente al ayuntamiento y allí estuvo tocando “himnos y tocatas muy agradables” hasta las 11, en que concluyeron los actos de ese día. La Milicia Nacional quedó toda la noche “sobre las armas guardando el retrato de Su Majestad”. Seguramente no nos podemos hacer cuenta cabal de la novedad que aquellas celebraciones suponían. Eran acontecimientos que la mayoría de vecinos vivían apenas una vez en sus tristes y pobres vidas. Las ocasiones de salir de la rutina eran mínimas. 

Amaneció el día de la proclamación, primero de diciembre. La Milicia Nacional hizo el toque de diana con tres descargas de fusilería. A las 9 de la mañana se ofreció en la sala capitular “un convite” a los concejales, vecinos más hacendados, oficiales del Ejército retirados y empleados del Ayuntamiento. El pendón real de Castilla se había colocado en el tablado frente a la casa consistorial, escoltado por la Milicia Nacional. Cuando llegó la hora de misa el alcalde entregó el pendón real a don Patricio del Águila, “como representante de su hermano don Hilario, alférez mayor en esta villa”. Se formó una comitiva encabezada por un cabo y cuatro milicianos nacionales a caballo y los porteros del Ayuntamiento con “las dalmáticas de damasco encarnado y sus mazas doradas”. Luego el pendón y los invitados a la ceremonia; tras ellos, la música tocando himnos marciales y un piquete de infantería de la Milicia Nacional. Dice el acta que formó el secretario municipal que “el pueblo asistía alborozado a la procesión patriótica”.

          Llegados a la parroquia el pendón fue recibido por el clero, que lo asperjó e incensó. Bajo palio entró en la iglesia y fue colocado en un dosel instalado en el lado del Evangelio, situándose a su lado derecho don Patricio y al izquierdo el alcalde. El presbítero don Francisco Montijano —que era el maestro de la escuela— fue el encargado de predicar el sermón. A pesar del poco tiempo que había tenido para prepararlo resultó muy elocuente y se refirió a las circunstancias del momento, “demostrando el título legítimo e incontestable que nuestra Reina tiene para ocupar como felizmente ocupa el trono de España”. Hay que recordar aquí que se había acabado la guerra civil, pero que los carlistas mantenían vivas las aspiraciones del infante Carlos a ocupar el Trono. Tras la misa se cantó un Te Deum y a su final salió de la iglesia el pendón, de nuevo bajo palio. En la Lonja se efectuó por primera vez la ceremonia de alzamiento y vítores que inmediatamente veremos. Regresó la comitiva a la Plaza y el pendón fue colocado en el tablado, dejándolo a la custodia de la Milicia Nacional mientras todos se iban a comer, cada uno a su casa y por su cuenta.

          A las tres de la tarde se reunieron el Ayuntamiento y los invitados principales en la sala capitular. Llegado el momento salieron a la Plaza, donde el alcalde y don Patricio subieron al tablado. El alcalde tomó el pendón y lo entregó a don Patricio, que se colocó en una de las esquinas de la plataforma, con el alcalde a un lado y el síndico procurador general al otro. Los maceros anunciaron la ceremonia a la multitud congregada gritando en altas voces:

—¡Silencio!¡Silencio!¡Silencio!¡Oíd!¡Oíd!¡Oíd!

Don Patricio del Águila, levantando el pendón,  dijo con voz alta y clara:

—¡Castilla!¡Castilla!¡Castilla, ¡Por la Reina Nuestra Señora doña Isabel Segunda Constitucional!

Y el pueblo, “con la mayor alegría”, contestó:

—¡Que viva!¡Que viva!¡Que viva!

La ceremonia se repitió en las cuatro esquinas del tablado. A quien conozca el ceremonial con el que se celebra en Granada el día de la Toma, cuando se tremola el pendón real, inmediatamente le vendrá la comparación a la cabeza.[2] Y es que tienen muchas cosas en común, pues siguen la misma costumbre y tradición. El protocolo de la ceremonia ya por entonces muy antiguo y por eso la referencia a Castilla, no a España. El concepto de nación surge con el liberalismo constitucional durante estos años, pero la ceremonia viene de tiempos anteriores, tiempos de reinos y de ahí que se pregone a Castilla, como reino principal de los que formaban la Corona y al que además pertenecían históricamente estas tierras.

Concluido el rito se formó una comitiva que recorrió las principales calles del pueblo, según el itinerario arriba dicho, repitiendo en distintos lugares la misma operación y ceremonia y ceremonia de alzamiento del pendón que se había efectuado en la Plaza. Encabezaban la procesión soldados de caballería de la Milicia Nacional y los dos maceros del Ayuntamiento. A continuación don Patricio del Águila, con su uniforme de caballero maestrante de la Real Maestranza de Ronda, montando un caballo blanco y portando el pendón real. Iba escoltado por el alcalde primero y el síndico, ambos vestidos de negro. Les seguían el Ayuntamiento, presidido por el alcalde segundo don Juan Alférez, y los vecinos principales. Luego la música, que tocaba himnos patrióticos y marchas militares, y la Milicia Nacional de infantería. Cerraba la procesión “una vistosa compañía de vecinos de este pueblo vestidos a lo musulmán, con caballos ricamente enjaezados”.

Dice el acta que se recorrieron las calles “en medio de vivas y voces de regocijo”, alternando con descargas de la milicia y que así volvieron a la Plaza. Subieron de nuevo al tablado don Patricio, el alcalde y el síndico, acompañados de don Manuel Velasco, el administrador de los bienes del alférez mayor don Hilario del Águila, que era quien corría con los gastos. Desde allí arrojaron a la muchedumbre congregada gran cantidad de monedas y de calderilla, “como en señal de los beneficios que sobre los españoles derramará la Reina”. Concluida esta parte pública de la proclamación, se dirigió la comitiva a la casa de don Patricio, donde fueron “obsequiados con un magnífico ambigú” en el que se ostentó el lujo, “así en la delicadeza de los dulces y bebidas, como en la abundancia”. Después de los brindis “más adecuados” se despidió el Ayuntamiento hasta la noche, en que “las señoras del pueblo” fueron convidadas a un baile “muy lucido”. Con el baile concluyeron los actos de proclamación de Isabel II. El pendón quedó en casa de don Patricio, por ser propiedad de su hermano y familia. El impacto que causó entre los vecinos ya se ha subrayado. Nos podemos imaginar que para el pueblo llano, para los que solo se ocupaban de comer, tanto daba la proclamación de Isabel como la de su tío Carlos. Pero para alguno de los protagonistas de esta fiesta no resultaba indiferente, porque paradójicamente el señor don Patricio del Águila, que con tanta pompa levantó el pendón por la Reina Constitucional, era carlista y en la guerra había servido en las filas del Pretendiente.

Isabel II tuvo un largo, convulso, “castizo” y disparatado reinado. A su alrededor se formó la conocida como Corte de los Milagros, que tan ácidamente satirizó Valle Inclán en la novela del mismo nombre. La revolución de 1868, la Gloriosa, mandó a la soberana al exilio francés para nunca más volver. Entre los generales que encabezaron el movimiento revolucionario estaba el quesadeño Francisco Serrano Bedoya. El 1 de octubre de 1868 la junta municipal que “por aclamación popular”[3] fue elegida en sustitución del Ayuntamiento, destituido también “por la voz de la inmensa mayoría de la población”, inició la nueva etapa sin reina dando “vivas a la libertad y al programa” del “glorioso alzamiento nacional”. Nunca más volvió a levantarse el pendón real, porque la siguiente proclamación fue la de Alfonso XII, treinta años después. Habían pasado tantas cosas que ya no tenía sentido ninguno una ceremonia tan arcaica como esta.

 



[1] Esta Milicia Nacional tenía un carácter político liberal y constitucionalista, como anteriormente lo tuvieron, pero de signo contrario, los Voluntarios Realistas. La Guardia Civil se creó en 1844 por el gobierno moderado de Narváez como cuerpo profesional y “apolítico” en sustitución de la Milicia Nacional.

[2] En la fórmula vigente en la actualidad, el portador del pendón grita tres veces ¡Granada!, siendo respondido cada vez por el público con un ¿Qué? A esto sigue la proclama “Por los ínclitos Reyes Católicos, Don Fernando V el de Aragón y Doña Isabel I de Castilla” y los vítores correspondientes contestados por el público.

 [3] Todos parientes o personajes cercanos al triunfante Serrano Bedoya.


Alabarda, coraza y casco de los "romanos",
en el Ayto. de Quesada.

















domingo, 16 de junio de 2024

PERSECUCIÓN, CAPTURA y MUERTE de LUIS MORENO y de su sobrino JOSÉ.

 

Antigua torre de la Alcaidía, usada como cárcel real y donde estuvo preso D. Luis Moreno. Foto desde el Arco de los Santos. 
     

 

           


Esta villa (Cabra de Santo Cristo), mirada siempre con ojeriza por la de Quesada, patria de los memorables Morenos, partidarios constantes del absolutismo, ha sido en las épocas del entronizamiento de este perseguida en las personas de sus vecinos…


 

 

Esta cita pertenece a una carta de agradecimiento que dirige el ayuntamiento de Cabra al gobernador civil interino de la provincia y que fue publicada en el BOLETÍN OFICIAL DE LA PROVINCIA del 8 de agosto de 1835. El gobernador, D. Ignacio de Rojas, había dictado una providencia favorable a Cabra en el larguísimo pleito que durante varios siglos enfrentó a Quesada y Cabra por la posesión de las tierras al otro lado del Guadiana Menor. Hacía pocos meses que D. Luis Moreno había sido fusilado en la plaza de Quesada y Cabra no perdió ocasión de contraponer su liberalismo —«el buen espíritu que siempre ha animado a este pueblo, y su decisión por el sostén del Trono de la 2ª ISABEL y de las libertades públicas»— al supuesto carácter absolutista de Quesada. Era esta distinción ardid de parte, porque las cosas no eran exactamente así y los Moreno tenían también partidarios en Cabra de la misma manera que había en Quesada liberales constitucionalistas. Pero no es momento de entrar en aquel debate localista ni mucho menos extenderse en el pleito por la Dehesa. Este artículo procurará responder a la evidente pregunta: ¿Quiénes fueron los “memorables” Moreno de Quesada?

La falta de libros parroquiales, destruidos en 1936, dificulta establecer líneas familiares, lo que obliga a rastrear los parentescos por otros medios no siempre seguros. En el siglo XVIII, dejando aparte los muchos Moreno de Belerda, Don Pedro y Ceal, todos labradores y jornaleros, hay que fijarse en D. Francisco Simón Moreno, rico propietario y regidor perpetuo, que vivía a mediados de siglo en la Plaza, en el actual número 21. Este señor tenía título de alguacil mayor del campo y sierra y es fácil que fuera miembro de esta familia, porque los títulos eran hereditarios y a finales de siglo lo tenía D. Luis Moreno, el mayor. En cualquier caso sí está documentado que este D. Luis fue el patriarca de los Moreno a que nos referimos. Estamos en los años del cambio de siglo, reinado de Carlos IV, y D. Luis, aunque ya viejo, participaba activamente en la vida  política local como alguacil mayor del campo, cargo que llevaba aparejado el de regidor. Estaba casado con Dª Juana Candeal, sobrina de un rico presbítero hacendado de Baza, con la que tuvo cinco hijos: Juan, Jerónimo, Luis, María Dolores y María Encarnación. Murió el patriarca hacia 1813 y al parecer con problemas económicos, pues a su muerte había consumido la dote de su mujer “por los contratiempos y enfermedades que durante su matrimonio tuvieron”. Cuando los franceses entraron en Andalucía, enero de 1810, ya estaba viejo y achacoso y fueron sus hijos los que lo sustituyeron y tomaron parte activa en la resistencia al invasor.

Al papel de los Moreno durante la Guerra de la Independencia ya me he referido en otros artículos. El segundo de los hijos, Jerónimo, levantó en la primavera de 1810 una partida guerrillera en la que se integraron quesadeños, comarcanos y soldados dispersos del derrotado ejército de Despeñaperros.[1] Con la salida francesa de Andalucía en 1812 y el regreso de Fernando VII en 1814, los Moreno gozaron de unos años de tranquilidad: Jerónimo dedicado a sus tierras y ganados, Juan como alguacil mayor del campo y sierra, cargo heredado de su padre, y Luis, el menor, viviendo como segundón a la sombra de ambos. No eran los Moreno precisamente liberales, razón por la que no recibieron con agrado el pronunciamiento de Riego en 1820 y el restablecimiento de la Constitución de Cádiz. En ese mismo año, primero del Trienio Liberal, Luis Moreno arrendó varios cuartos (lotes de tierra) en la Dehesa de Guadiana, lo que le permitió ganarse la vida y al tiempo alejarse de la política constitucional del pueblo, con la que tan poco simpatizaba. En aquellos lugares medio despoblados del otro lado del río Guadiana Menor, Luis se dedicó a conspirar en favor del restablecimiento del Absolutismo. Allí, en el cortijo de Ríos, en el del Collado y sobre todo en el de la Fuente de las Ollas, en Larva —por entonces aldea dependiente de Quesada— mantenía reuniones secretas con personas, de Quesada y de otros puntos de la provincia, contrarias al sistema constitucional. Por estos años, 1821-1822, entró en relación con Manuel Adame, alias el Locho, famoso conspirador realista de La Mancha.

Don Luis Moreno, cabeza realista en la comarca

Las intrigas contra el Gobierno Constitucional, inspiradas por el propio Fernando VII, culminaron en 1823 con la segunda invasión francesa, los llamados Cien mil hijos de San Luis. Nuevamente los Moreno pasaron a la acción directa. Los franceses avanzaban de norte a sur sin que las tropas constitucionales del general Ballesteros pudieran frenarlos, y volvieron a cruzar Despeñaperros. En tal estado, cuando nuevamente la guerra se acercaba a estas tierras, Luis Moreno, ahora el más activo de los hermanos, formó un grupo insurrecto que finalmente se constituyó en la partida llamada Defensores del Rey. Al principio la componían unos pocos individuos de Quesada, pero fue creciendo con la incorporación de comarcanos y de algunos soldados de las guarniciones de Baeza y Úbeda que se habían disuelto ante la cercanía de los franceses. Entre los miembros de la partida hay que mencionar a su hermano Juan Moreno y a don Juan Jiménez Serrano, que era alcalde primero constitucional de Quesada, cargo que abandonó para unirse a los rebeldes. Entre los forasteros al teniente don Manuel Arévalo, del regimiento Provincial de Jaén con cuartel en Úbeda, que se presentó en Quesada el 30 de mayo de 1823 para unirse a Moreno. No hay constancia de que participase el otro hermano Moreno, don Jerónimo, bien porque arrastrara secuelas físicas desde el desastre que en 1812 lo retiró en Iznájar de la actividad bélica, bien porque quien habiendo sido famoso guerrillero contra el francés viera con disgusto ser ahora aliado del mismo invasor. Y finalmente hay que mencionar a su sobrino José Moreno Alférez, hijo de Juan, que será el personaje que culmine esta historia.

Según un informe del Ayuntamiento al capitán general de Granada en 1826, Moreno formó una partida de realistas partidarios del poder absoluto de Fernando VII que llegó a tener “en su mejor tiempo” de 90 a 100 hombres a caballo. Se llamó a esta partida Defensores del Rey. El 9 de junio de 1823, “como a las dos de la tarde, el enunciado Don Luis Moreno proclamó en la plaza de esta villa al Rey Absoluto y muerte de la Constitución”. Tras “liberar” Quesada se dirigió a Cazorla, donde derribó “el infame simulacro de la libertad constitucional”. Inmediatamente pasó a La Iruela y al resto de pueblos de la comarca. Moreno no se contentó con la comarca y se enfrentó varias veces fuera de ella “a las tropas de Ballesteros y otras constitucionales”, consiguiendo  “por la fuerza de su valor gruesos botines así de armamentos como de otros efectos”. Entre el botín cabe destacar, por su carácter simbólico, el conseguido en la acción de Oria (Almería), en la cual capturó “una bandera de guerra” constitucional que entregó “a la soberana y milagrosa Imagen de Nuestra Señora de Tíscar”. El dato se recoge en el memorial que Moreno presentó en octubre de 1823 al Ayuntamiento de Quesada, para que este avalase su comportamiento tenido “con el mayor honor y entusiasmo a favor de la Causa Común y de Nuestro Católico Monarca”. Concluida la guerra y tras el regreso de Fernando VII a Madrid, Luis Moreno acudió a la Corte, donde por mano del que había sido su mentor en el movimiento absolutista, Manuel Adame, consiguió graduaciones militares para él —teniente coronel— y para algunos de sus hombres. Con sus bigotes —el uso de bigote era considerado insignia militar— regresó a Quesada. Allí se hizo cargo de la organización del batallón local de Voluntarios Realistas, un cuerpo paramilitar creado en todos los pueblos para la defensa del orden absolutista. Se financiaba con la contribución de dos reales mensuales que debían pagar todas las familias en las que al menos alguno de sus varones no se hubiera integrado como voluntario en el cuerpo. Era una considerable cantidad de dinero y al principio, cuando hubo que comprar armas y equiparlos, fue Luis Moreno el encargado de administrar los fondos. Entre 1824 y 1825 llegó a manejar unos 6.500 reales que supuestamente invirtió en armamento y vestuario para los realistas.  Aquí empezaron sus problemas.

De héroe del absolutismo a proscrito y preso.

Sobre Luis Moreno, sobre los Moreno, había en el pueblo división de opiniones. Gozaban de prestigio y simpatía entre los sectores más partidarios del absolutismo y de Fernando VII, de los relistas. Se recordaba su decidida oposición a los franceses, especialmente por Jerónimo, durante la anterior guerra. Luis, durante sus años de poder entre 1823 y 1825, protagonizó algunas acciones que resultaron muy populares. Así por ejemplo en el invierno de 1824 al 25, año muy difícil como resultado de varias pésimas cosechas, ayudó a numerosas familias “con sus granos y ganados”, aliviando “la necesidad en que se hallaban aquellos infelices por la miseria y escasez de aquel tiempo”. En septiembre de 1825, tras la larga sequía, se siguieron fuertes tormentas que provocaron catastróficas avenidas de ríos y barrancos. Luis Moreno intervino activamente en el socorro de las víctimas, no dudando en arrojarse al agua para salvar a personas y ganados. Por otra parte los Moreno eran gente de carácter vivo y complicado. Sin ir más lejos, en agosto de 1826 un sobrino de Luis, José Moreno Alférez, andaba fugado para evitar una condena de seis años que le impuso la Sala del Crimen de la Chancillería de Granada, “de resultas de una muerte violenta que causó a un forastero que transitaba por este pueblo por medio de un disgusto que tuvieron”. En la caótica primavera de 1823 Luis había sido comisionado por Manuel Adame para requisar armas, caballos e imponer multas a los vecinos para defensa de la causa. No debieron ser pocas las enemistades que se ganó, y que unidas a las que ya tuviera heredadas de su familia, le hicieron sufrir dos intentos de asesinato hacia 1825. En una ocasión, mientras estaba en la sala de su casa, le dispararon dos tiros desde la calle cuando pasaba delante del balcón. Otra noche, al salir de la casa de su amigo D. Eulogio Valdés, propietario de El Salón, fue también tiroteado. La oscuridad de las noches de entonces —no existía el alumbrado público— dificultó la puntería de los agresores y no llegaron a acertarle.

Luis Moreno dejó de ser comandante del batallón de Voluntarios Realistas de Quesada hacia fines de 1825, aunque continuó residiendo en el pueblo como militar licenciado. Por estas fechas, desde la Capitanía General de Granada, se comenzó a exigir la rendición y aclaración de cuentas de los fondos manejados para los Voluntarios Realistas. Las de la etapa de Moreno no aparecían porque al parecer se las había entregado al conde de Calatrava, jefe del cuerpo en el partido de Úbeda, que no las encontraba entre sus papeles. Es bastante confuso todo lo ocurrido, porque las actas municipales son bastante parcas, pero el caso es que en septiembre de 1826 estaba ausente del pueblo y en paradero desconocido, posiblemente en Granada o Madrid recabando apoyos. No debió conseguirlos porque a principios de 1827 fue reducido a paisano, perdió sus grados militares y el fuero correspondiente. Como consecuencia fue procesado y encarcelado.

En el Archivo de la Real Chancillería de Granada hay un expediente de probanza, hecho en 1829 y que, sin aclararlo todo, aporta información sobre lo sucedido.[2] Se desprende de este documento que Luis Moreno había sido acusado de un importante robo de cebada en el cortijo Segura, junto a Larva, durante la época del Trienio Liberal, cuando andaba por allí conspirando contra la Constitución. A instancias del intendente de Policía de Jaén fue encarcelado en la cárcel de Quesada. Moreno acusó de ser inductor de su desgracia a D. José Alcalde Martínez, alcalde mayor de la villa. No se me ocurrirá a mí pronunciar sentencia, pero sospecho que en este caso hubo un poco de todo, de irregularidades económicas pero también de persecución a su persona. Don Luis no nadaba en la abundancia, de hecho en este proceso estaba exento de costas por haber conseguido la consideración de pobre. Pero también es cierto que se cometieron irregularidades y que, por ejemplo, se presionó a seis presos de Larva —encarcelados en Quesada por otros motivos— para que testificaran contra Moreno a cambio de suavizar su condena. Como no lo hicieron fueron llevados al presidio de Málaga, lamentándose por el camino de su suerte, que achacaban a no haberse prestado a lo que les proponían. Luis Moreno siempre achacó su desgracia a los partidarios de la Constitución, enemigos de Fernando VII. Pero es raro que tuvieran tanto poder los supuestos “constitucionalistas” de Quesada como para encarcelar, en plena Década Ominosa, de poder absoluto, a un fiel realista.

La cárcel de Quesada era terrible. Lo eran todas por entonces, pero la de Quesada incluso más a ojos de los contemporáneos. Estaba instalada en la antigua Alcaidía, la torre principal de las antiguas murallas, en lo que entonces se llamaba Plaza Vieja y hoy Lonja, frente a la actual puerta lateral de la parroquia. En 1827, mes de marzo, tenía más de treinta presos amontonados en dos calabozos y “como estos son tan reducidos tienen que hallarse los hombres unos casi sobre otros”. A esto habría que añadir que a los allí reducidos estaban sujetos por hierros, grillos y prisiones. Allí acabó Luis Moreno, entre facinerosos  y sin que se le guardase ninguna consideración a su rango. Es más el carcelero, Manuel Robledillo —dependiente del alcalde mayor y actuando indudablemente con su conocimiento—, lo maltrataba verbal y físicamente. En cierta ocasión un hijo de Moreno, que trató de acercarse a la ventana para hablar con su padre, fue golpeado con un hierro en la cabeza por Robledillo. Su madre y mujer de Luis, intentando proteger a su hijo resultó herida de tal consideración que llegaron a darle la extremaunción.

Luis Moreno, que al fin y al cabo era miembro de una reconocida familia realista, consiguió que la Chancillería enviara a Quesada a un receptor para que tomase declaración a los numerosos testigos que propuso. De resultas del proceso fue condenado a seis años, pero la Chancillería, en atención a sus servicios a la causa realista, le conmutó la pena por la cárcel que ya había sufrido y fue puesto en libertad. En agosto de 1832 está Moreno viviendo libre en Quesada, pero su carácter nuevamente le impidió hacerlo discretamente. Andaba maniobrando con su antiguo jefe el conde de Calatrava para recuperar sus grados militares y ser admitido de nuevo en loa Voluntarios Realistas. El Ayuntamiento, que seguía presidido por su enemigo D. José Alcalde, se lo tomó muy a mal y pasó noticia, “por vía reservada”, al capitán general de Granada de sus intentos por eludir su expulsión del cuerpo de Realistas como si no hubiera sido expulsado a raíz de su condena. El informe que hizo el Ayuntamiento era demoledor. Le acusaba de seguir usando insignias militares —bigotes— y de comportarse como si no hubiera sido degradado y expulsado. También de haberse enriquecido —opulentado— en los años en que fue comandante de los realistas, aunque ahora, tras su proceso y condena, su vida había cambiado completamente:

(Es) un vago sin oficio ni modo de vivir conocido, sin bienes porque los escasísimos que disfrutaba permanecen embargados y en administración por dicha causa, ocupándose alguna vez en la caza, lo que de ningún modo puede producirle para sostener su abundante familia, ignorándose las más veces los puntos a donde se dirige cuando falta de la villa tres, cuatro o más días, por ninguna sociedad que este hombre tiene en el pueblo, de cuyas ausencias generalmente se sospecha mal por su propensión bastante notoria a dañar y perjudicar.

El Ayuntamiento consiguió su objetivo y Moreno nunca volvió a ser  admitido en el cuerpo realista. Y no solo eso, entre este verano de 1831 y el año 1834 fue preso de nuevo y encarcelado, esta vez en la cárcel de la Real Chancillería de Granada. A pesar de todo lo expuesto, creo que falta información que explique cómo pudo acabar de esta manera un realista entusiasta que había tenido tan destacado protagonismo en el fin del periodo constitucional y la vuelta al Absolutismo. No puede ser, como él denunciaba, fruto solo de la persecución a que le sometían los liberales, que no estaban para perseguir a nadie siendo ellos los perseguidos. 1831 es el año en el que se ejecutó a famosos liberales, como Mariana Pineda y el coronel Márquez (relacionado con Quesada como se puede ver en la biografía de Santiago Vicente García). A la enemistad con el alcalde mayor de Quesada, y con parte de la clase dirigente local, seguramente hay que sumar su extremismo político, que terminó perjudicándole cuando ya se presentía la violenta ruptura entre los partidarios del infante Carlos y la heredera de Fernando VII, la futura Isabel II. En septiembre de 1833 murió el rey y le sucedió su hija, de apenas tres años. Asumió la regencia como Reina Gobernadora su viuda, la tremenda María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. El infante Carlos no aceptó la sucesión y se embarcó, apoyado en los sectores más reaccionarios y absolutistas, en una rebeldía que provocó la terrible guerra civil conocida como Primera Guerra Carlista. Luis Moreno estaba en estos tiempos encarcelado en Granada, quizás por negarse de forma vehemente y excesiva, como era su carácter, a reconocer a la reina niña. La historia de los Moreno acelera aquí su terrible final.



[1] El guerrillero quesadeño Jerónimo Moreno y la duquesa de Benamejí.

[2] ARCHGR_C10532_009. INFORMACION SUMARIA. EL FISCAL CONTRA LUIS MORENO, VECINO DE QUESADA, SOBRE ROBOS. 1829.


Isabel II niña. Retrato de Luis Cruz Ríos.
Bellas Artes de San Fernando.


Fuga y persecución.

El año 1834 acababa sus días con aires de guerra civil. Fue año de una importante epidemia de cólera, especialmente intensa en Quesada durante el verano. Aunque la revuelta carlista se centraba en el norte, por aquí abajo se temía que se formara alguna facción rebelde y cundía la intranquilidad. Hubo rumores en noviembre, más tarde desmentidos, de conspiraciones carlistas en Úbeda y en Quesada.[1] En prevención de lo que pudiera pasar se desplegaron tropas por la zona, cuyo comportamiento no siempre fue el deseable. A fines de diciembre el teniente coronel Gregorio Vera, al frente de 180 hombres del regimiento provincial de Soria, se condujo de manera abusiva en Huesa, lo que motivó quejas del pedáneo al Ayuntamiento y de este al comandante provincial. La Milicia Urbana, cuerpo paramilitar con el que se sustituyó a los Voluntarios Realistas,  todavía no estaba plenamente operativa en Quesada.[2] Luis Moreno, preso en la cárcel de Granada, se fugó de ella a mediados de enero de 1835.

Tras escapar de Granada Moreno se dirigió inmediatamente a estas sierras y comarca, donde contaba con partidarios, varios de los cuales se le unieron de inmediato. Entre ellos su sobrino José Moreno Alférez, hijo de su hermano Juan y que más tarde sería conocido por el apodo de el Fraile. La noticia de la fuga y proximidad de Luis Moreno causó gran alarma en estas tierras y en toda la provincia. El gobernador civil hizo una proclama dando noticia de que “el bandido Luis Moreno, bien conocido en esta Provincia por sus atrocidades”, se había fugado y acompañado de otros pretendía extender la intranquilidad por la zona. Cabra del Santo Cristo, Quesada, Cazorla, Úbeda y Baeza habían pasado aviso al gobernador y, según este, se habían puesto sobre las armas para conseguir su “exterminio”.[3]

La primera noticia aparecida en prensa fue un despacho publicado en el periódico El Mensajero de las Cortes por su corresponsal en Cazorla:

Moreno el de Quesada, uno de los partidarios del absolutismo que mandó una partida el año 23, se ha fugado de Granada, donde estaba preso, y dicen que con diez más proclama a Carlos 5º en estas sierras. [4]

Este anónimo “periodista” cazorleño no se limitó a comunicar la llegada de Moreno, sino que añadió unos comentarios sobre el trasfondo político del asunto, sobre el miedo a que se extendiese la rebelión carlista por la provincia. Confiaba en que sería pronto capturado, pero avisaba de que no había que confiarse, porque “como los pueblos no han conocido aun los beneficios del nuevo régimen, como hay miseria e instigadores, podría engrosarse esta pequeña facción”. Era una crítica abierta al Gobierno por su inacción, que no hacía nada “nada de lo que convendría para que se conociesen las mejoras del nuevo sistema”. Terminaba diciendo irónicamente que si la censura no dejaba decir verdades, “callemos todos y venga cuando quiera Zumalacárregui”.

Luis Moreno no era un rebelde cualquiera, arrastraba la fama de sus acciones armadas de 1823. Se temía que, aunque la suya era “una pequeña facción, contando con los desafectos al gobierno maternal de nuestra adorada Reina, podía, si se la despreciaba, ocasionar graves males a la provincia y repetirse en ella las escenas de horror que se han visto por desgracia en otros puntos”.[5] El primer aviso real de que Moreno había entrado en la provincia se tuvo el jueves 29 de enero, cuando unos vecinos de Cabra del Santo Cristo lo vieron en el término de aquel pueblo. En su tiempo de conspirador realista había actuado por aquella parte y debía ser personaje conocido. Ante la gravedad de la situación el capitán general de Granada  destacó en Quesada una columna móvil de Escopeteros de Andalucía, migueletes, al mando del teniente coronel D. Nicolás Molinero.

 

En Quesada la fuga Moreno causó especial inquietud. El 3 de febrero se reunió el Ayuntamiento, acompañado del cura párroco y del comandante de armas y de la Milicia Urbana local, acordando constituirse en sesión permanente para no retrasar cualquier medida necesaria para la “destrucción” de la facción. Se acordó también citar a “paisanos honrados” para que, junto a los regidores y urbanos, rondasen todas las noches el pueblo “con toda la vigilancia”. Quesada era la patria de Moreno, “persona por nuestra desgracia ligada con vínculos de sangre con muchos familiares y relacionada con otras por amistad” y era de temer “que se combinasen para lograr sus siniestras intenciones”. El miedo a las complicidades levantó sospechas sobre el distribuidor de la correspondencia, que hacía días que abría la valija encerrándose en su casa, lo que no era costumbre. Se le ordeno que, “mientras dure el apuro en que nos hayamos”, la valija se abriese y custodiase en el Ayuntamiento, donde estaría vigilada por la comisión permanente. Era la correspondencia un elemento vital en estos momentos para el Ayuntamiento e imprescindible para que el jefe de la tropa recibiese instrucciones y remitiese los correspondientes partes.

Por estos días se produjo un importante robo en la parroquia de Cabra. Desparecieron los objetos de plata que allí había, sabiéndose al poco que el autor fue el sacristán con el objeto de poner el valioso botín a disposición de Moreno. En un creciente ambiente de tensión y temor se movilizaron las milicias urbanas de todos los pueblos en persecución del fugado de la zona y también las limítrofes de Baza y Cúllar, en previsión de que se aproximase por allí. Se incorporó a la persecución una compañía de granaderos del regimiento provincial de Murcia. Moreno, sintiéndose acosado, se internó en las espesuras de la sierra donde su grupo fue visto por los urbanos de Quesada, que dispararon sobre él. Según noticia difundida por el gobernador civil “solo debió su vida y poderse salvar de la persecución que sufría en todas direcciones a haberse precipitado en la maleza de los bosques que solo pueden penetrar las fieras, abandonando hasta el sombrero y la capa”. En este episodio fue capturado un sobrino de Moreno. No se dice quien fuera este sobrino, si José hijo de su hermano Juan, que le había acompañado en sus andanzas de 1823 o algún otro hijo de sus hermanos. Moreno y los suyos siguieron internándose en la sierra, hacia Pozo Alcón y Castril. De este último pueblo procede la siguiente noticia, publicada en El Eco del Comercio de 27 de febrero de 1835. Según el periódico el día 13 de febrero un cortijero de Castril fue a la sierra a ver sus vacas. De repente se encontró “con Moreno y sus secuaces”. Le exigieron que entregase la escopeta que llevaba, “pero este opuso grandes resistencias”. Ante su negativa Moreno disparó sobre el cortijero sin acertarle, contestando este con otro tiro que consiguió herir a Moreno. Además de disparar sobre Moreno prorrumpió en grandes voces pidiendo socorro, de manera que los “malhechores”, sabiendo que la sierra estaba llena de militares y urbanos que los perseguían, emprendieron la huida dejando un “rastro de la sangre que derramaba Moreno”. El cortijero de Castril encontró después dos caballos, y al poco “se presentó uno de los compañeros del rebelde guiado por un muchacho”. En aquel momento aparecieron los urbanos de Pozo Alcón. Siendo próxima la noche todos, incluido el alcalde de Pozo Alcón que mandaba a sus urbanos, pernoctaron allí. La mañana del 14 que salieron muy temprano “a perseguir al perverso”.



[1] El Mensajero de las Cortes 6-12-1834

[2] El capitán general ofreció para los urbanos 80 fusiles, que al poco quedaron en 40 para ser finalmente 15. El Ayuntamiento dijo a capitanía que eran muchos los gastos de ir a Granada a recogerlos para traer tan pocos, que cuando estuvieran disponibles todos ya se mandaría a por ellos. Los urbanos de Quesada tenían solo las armas que se le habían recogido poco antes a los realistas.

[3] Boletín Oficial de la Provincia de Jaén de 14 de febrero de 1835.

[4] Mensajero de las Cortes. 13 de febrero de 1835.

[5] Boletín Oficial de la Provincia de Jaén de 21 de febrero de 1835.



Fusilamiento por la espalda



    Captura y ejecución de Luis Moreno.

No duró mucho más fuga del malherido Moreno. El alcalde y los urbanos de Pozo Alcón batieron la zona hasta conseguir prenderlo el día 16 conduciéndolo a Quesada. La mañana del 17 el alcalde mayor de Quesada, don Francisco Tercero Luengo, escribía al gobernador dando parte de la captura de Moreno. La noticia procedía del “señor alcalde primero de la villa de Pozo Alcón”, que se había presentado en Quesada a primera hora acompañado del secretario de su Ayuntamiento. Con ellos iba Juan de Dios Martínez, que era el que apresó a Moreno. Se habían adelantado para anticipar la inmediata llegada a Quesada de Moreno, conducido por urbanos y paisanos de Pozo Alcón. Don Francisco Tercero, el último alcalde mayor “juez de letras” que hubo en Quesada, informó al gobernador que D. Nicolás Molinero, comandante de los Escopeteros, le quería abrir a Moreno “una breve sumaria” (juicio), para no retrasar el “tan merecido castigo”. Pero el captor de Moreno, el tal Juan de Dios, era un prófugo que se había fugado de presidio y por eso don Francisco, en nombre del alcalde del Pozo le pide al gobernador que “el interesantísimo servicio de que acaba de hacer” le haga “acreedor a la gracia del indulto”.[1]

Todo fue muy rápido, según el parte que desde Quesada el teniente coronel D. Nicolás Molinero envió al comandante general de la provincia con fecha del día 18:

Excmo. Sr.: A las cinco de la tarde de este día ha sido fusilado por la espalda el cabecilla Luis Moreno, después de haberle administrado el pasto espiritual, e instruido el sumario de la identidad de su persona y por si declaraba algunos cómplices. [2]

 

El fusilamiento por la espalda era el trato correspondiente a su condición de traidor. No se dice el lugar exacto donde se fusiló a Moreno, pero tuvo que ser en la plaza, que era el lugar público más amplio de Quesada y se quiso que su muerte fuese ejemplarizante. Según Molinero un “inmenso gentío” había acudido “de los pueblos inmediatos a presenciar la justicia”, lo que, afirma, “deja conocer que aquel cabecilla fue más criminal de lo que parece”. Dijo también Molinero al gobernador que parecía increíble el “encono” de “todos los entusiasmados habitantes de la Sierra de Cazorla”, que la habían monteado toda “disputándose la gloria de ser los primeros a emplear sus armas”. Junto a Moreno se capturó a veinticinco cómplices y sospechosos, alguno de los cuales se hacía pasar por teniente. Quizás fuese su sobrino José, que así se titulaba por su participación en 1823 en la caballería de los Defensores del Rey.[3] Según el gobernador los urbanos de Cazorla había capturado a otro faccioso, un tal “don Antonio Morales, bien conocido en esta capital por sus opiniones” y que junto a otros compañeros había salido de Jaén para unirse a Moreno.[4]

 

La muerte de Moreno impactó en Quesada. Muestra de ello es el manuscrito inédito MEMORIAS DEL SIGLO XVIII AL PRESENTE. Escrito por varias manos que se fueron sucediendo, todos más bien carlistas, es una recopilación de sucesos ocurridos en Quesada, en su gran mayoría de carácter social: nacimientos, bodas, defunciones. En pocas ocasiones se hace referencia a los acontecimientos de índole más o menos política. Una de esas pocas es la muerte de Moreno, que se anota así en el capítulo de 1835:

En 18 de febrero fusilaron a Don Luis Moreno por disposición de Don Nicolás Molinero teniente coronel de migueletes.

Muerto Moreno el pueblo volvió a su rutina habitual. Se levantaron las prevenciones con la correspondencia y se reanudaron los cobros de contribuciones, que se habían paralizado en el ínterin. Se abrió una nueva posada, que tenía más tiro entre los arrieros que el mesón del Ayuntamiento junto al Arco de Granada —actual Manquita de Utrera—, por lo que se quejaba el que lo tenía arrendado. El 19 de abril fue la Traída de la Virgen y semanas después cesó Don Francisco Tercero Luengo como alcalde mayor. En el verano se clausuró el convento de Santo Domingo por tener menos de doce frailes. Por supuesto, continuaron los pleitos con Cabra por la Dehesa. El tal Juan de Dios Martínez, el captor de Moreno, fue indultado. Parecía que había vuelto la paz y la tranquilidad.

José Moreno Alférez (a) el Fraile

El resto de 1835 fue tranquilo en Quesada. Tranquilo por lo que toca a las facciones carlistas, porque aquel verano cundió la fiebre constitucionalista y en todas las provincias andaluzas se formaron juntas revolucionarias que constituyeron en Andújar la Junta Central de Andalucía. En ese fervor político una muchedumbre de vecinos de Quesada se congregó el 4 de septiembre frente a la casa del regidor decano —ya no había alcalde mayor y los ordinarios no se eligieron hasta un mes después— exigiendo la proclamación de la Constitución de 1812. El regidor, Don Martín de la Torre, no quiso ni comprometerse ni ponerse en contra de la multitud. Contestó que ni aceptaba ni se oponía. Sin embargo el pleno del Ayuntamiento, para evitar desórdenes, se avino al deseo de los vecinos. Esa tarde se colocó en la fachada de la casa consistorial una placa que decía: Isabel II Constitucional. Hubo repique de campanas y se encendieron luminarias aquella noche en señal de júbilo.

Pocos meses después, marzo de 1836, una Real orden separaba Larva de la jurisdicción de Quesada agregándola a Cabra. Los tradicionales incidentes entre uno y otro pueblo se agravaron llegándose prácticamente a las manos. A finales de año, las partidas de Chinchilla y de Isidro Ruiz (a) el Monjero, se acercaron a la comarca. En Quesada se creó el 2 de diciembre una Junta de Protección y Seguridad ciudadana ante la cercanía de los carlistas que el día 14 intentaron invadir el pueblo. Poco antes, en septiembre, el general carlista Miguel Gómez había entrado por Alcaraz y pasado por Villacarrillo, Úbeda y Baeza con dirección Córdoba. Causó estragos pero no se acercó a Quesada. Se vivía en continuo peligro y en permanente inseguridad. Resumiendo mucho, el 14 de julio de 1837, cinco días después de que se proclamase en Quesada la nueva Constitución, el capitán general de Granada declaró el estado de sitio en todos los pueblos de las sierras de Segura y Cazorla. Lo que impedía, entre otras cosas, que los ganaderos permaneciesen con sus ganados en la sierra. Nos alargaríamos demasiado entrando en los detalles de esta guerra, que ya está contada en su propio artículo de este blog.

No hay noticias de Moreno alguno en este tiempo. El 13 de diciembre de 1837 la partida de Manuel Morillas entró en Quesada. No causó especiales daños pero si exigió importantes cantidades de suministros. Con el cambio de año, enero de 1838, tomaron el relevo dos partidas bastante más serias, la de D. Basilio García (a) el de Logroño y la de Antonio Tallada Romeu. Provocaron un auténtico caos bélico en esta parte de la provincia. En Quesada, siguiendo un protocolo ordenado por las autoridades, el Ayuntamiento abandonó el pueblo llevando consigo los caudales que había en el arca municipal de tres llaves, para evitar que los fondos cayeran en manos de los rebeldes. En su lugar quedó una junta interina encabezada por el párroco y de la que formaban parte algunos vecinos, como Santiago Vicente García, que por su cercanía al carlismo corrían menos peligro. El 6 de febrero, procedente de Cazorla, entró D. Basilio en Quesada. Inmediatamente y en su persecución, lo hicieron las tropas del general Laureano Sanz.

Con la facción de Tallada venía un oficial carlista, “titulado coronel”, llamado Ramón Rodríguez Cano (a) la Diosa. Hacia el 28 de febrero  se supo que la Diosa andaba por la parte de Béjar con unos 200 hombres. Inmediatamente fue acosado por los urbanos de Cazorla y Quesada al mando de don Ambrosio Navarro. El jefe carlista fue moviéndose por la sierra hasta llegar a Majuela. Allí sorprendió al regidor de Quesada don Ramón Bayona en su cortijo, donde estuvo punto de ser fusilado junto a tres paisanos de Quesada y tres urbanos de Cazorla. El día era de abundante temporal y nieves, que hicieron que unos y otros se dispersaran en pequeños grupos. En un momento dado don Ramón y los otros seis sorprendieron a la Diosa acompañado de algunos facciosos y le obligaron a rendirse tomándolo preso.[5] La noticia fue anunciada por el gobernador con entusiasmo en el Boletín Oficial y fue ampliamente reproducida por la prensa de Madrid.

Recordemos que Luis Moreno tenía un sobrino, José Moreno Alférez (a) el Fraile, que lo había acompañado en sus aventuras del año 23 y también durante la persecución de febrero de 1835. En aquellos días fue capturado un sobrino que, como va dicho antes, no se puede asegurar si fue José u otro. El caso es que si fue José consiguió la libertad —o se fugó como antes había hecho su tío— y andaba en 1838 por estas sierras. Junto a Don Basilio y Tallada actuaba en estos meses una partida menor, en número que no en ferocidad, mandada por el manchego Juan Vicente Rujero (a) Palillos. A esta facción pertenecía José Moreno. Cuadraba a su carácter unirse al terrible Palillos, porque ya se vio como en 1826 —época sin guerra— andaba fugado para evitar la cárcel, a la que había sido condenado por matar a un forastero en Quesada. ¿Acompañaba José Moreno a la Diosa como conocedor del terreno inmediato a su pueblo? Es posible, pero no aparece su nombre. El general Sanz consiguió expulsar de la provincia a Palillos, pero por aquí permaneció Manuel Morillas al que se unió José Moreno, que no siguió a Palillos en la retirada. Durante el otoño alteraron la tranquilidad de las comarcas serranas y volvió a declararse el estado de sitio. Esto significaba, por ejemplo, que los ganaderos no podían introducir el ganado en la sierra ni en cualquier otro lugar donde actuara la facción. La fama de José Moreno, la de su familia, le precedía y el nuevo comandante militar de Jaén, Carlos González Llanos, decidió desalojarlo de las inmediaciones de Quesada donde centraba su actuación, seguramente por conocer bien el terreno y contar con el apoyo de familiares y amigos en la zona.

En el mes de octubre, siguiendo las instrucciones de González Llanos, tropas del regimiento provincial de Jerez estacionadas en Quesada, lo atacaron y acosaron obligándolo a introducirse en la espesura de la sierra. Moreno Alférez, junto a su compañero Vicente Sanz, que procedía de otra famosa facción, la de Antonio García de la Parra (a) Orejita, se dirigieron Guadalquivir arriba hasta la parte de Bujaraiza. Parte de sus compañeros, comandados por un tal Peñilla, natural de Cazorla, intentaron escapar hacia Sierra Morena buscando la Mancha, donde campeaban otras partidas, y fueron alcanzados en Montizón. El cabecilla Morillas fue capturado y muerto en Villacarrillo a finales de octubre de aquel año de 1838. José Moreno y los pocos que le acompañaban quedaron aislados en la sierra en una situación bastante desesperada. El 24 de octubre González Llanos tenía en Quesada cincuenta facciosos apresados, entre los que habían sido aprehendidos y los entregados por su voluntad. Y eso fue lo que hizo Vicente Sanz, el compañero de Moreno, que se entregó a los urbanos de Bujaraiza y fue entregado a la tropa de guarnición en Hornos. Mandaba esta tropa, el Tercer Batallón Franco de Málaga, el capitán Valdivieso, el cual informó a González Llanos que dos confidentes le tenían prometido traerle muerto a Moreno. Así ocurrió y el 26 de octubre se presentaron al capitán Valdivieso en Hornos tres paisanos de Bujaraiza que le habían dado muerte. Llevaban consigo como prueba las orejas que le habían cortado al cadáver. Fue el autor material de la muerte Matías Nieto (a) Abrigo. Para asegurarse que el muerto era realmente Moreno, el cadáver fue llevado a Hornos y expuesto en la plaza del pueblo. Desde allí el capitán Valdivieso dio parte a su jefe González Llanos informándole que, tras las diligencias oportunas, se había identificado con seguridad a Moreno y que de “no haber estado corrompido su cráneo, como lo acredita el adjunto testimonio, lo hubiera remitido a esa para satisfacción de V.S. y la de los buenos españoles”. Y remata el capitán Valdivieso diciendo:

…si Morillas era monstruo de estos contornos, el Moreno era el terror de todos, en el poco tiempo que le ha acompañado (…) sin exageración puede decirse era el terror de los vándalos.[6]

La noticia de que José Moreno (a) el Fraile, había sido desalojado de Quesada, “pueblo de su naturaleza”, muerto en Bujaraiza y expuesto su cadáver en Hornos, circuló ampliamente en la prensa.[7] Tras el final de Morillas, Moreno y sus secuaces, la provincia quedó en calma. Pocos meses después el llamado Abrazo de Vergara puso fin a la guerra civil. La familia Moreno dejó de existir en Quesada, al menos dejó de estar entre las familias principales. Con un apellido tan común y no habiendo posibilidad de recurrir a los libros parroquiales para fijar lazos familiares, es complicado rastrear a sus descendientes. En cualquier caso no volvieron a tener notoriedad pública.

 



[1] El Eco del Comercio. 24 de febrero de 1835.

[2] Boletín Oficial de la Provincia de Jaén de 21 de febrero de 1835.

[3] El Compilador (Madrid). 23/2/1835.

[4] El Eco del Comercio. 24 de febrero de 1835.

[5] BOP de Jaén de 21 de febrero de 1835. Los tres paisanos de Quesada que participaron en la captura junto al regidor fueron: Ramon Pinos, Antonio Martínez Baltasar y Juan Ortiz.

[6] BOP Jaén. 3 de Noviembre de 1838.

[7] Por ejemplo, El Correo Nacional de 8 de noviembre de 1838.



Carlos González Llanos.
Comandante militar de Jaén.