viernes, 24 de junio de 2022

1878. QUESADA en la Exposición Provincial de Jaén. El jardín y Alcalá Menezo.

La etiqueta de los productos de Quesada
en la Exposición Provincial.


Seguramente más de uno habrá oído una vieja historia sobre la participación de Quesada en una exposición universal, al parecer alguna de las de París en el siglo XIX. En ella los higos secos de Quesada habían obtenido un segundo premio en su categoría, solo por detrás de los acreditadísimos de Esmirna. He buscado alguna referencia documental a este asunto sin encontrar nada (por cierto, a la Exposición Universal de Filadelfia de 1877 sí se mandaron desde Huesa trabajos realizados con esparto, BOPJ de 24-2-1876). Pero aunque no se pueda comparar con la de París, hay abundante documentación sobre la participación de Quesada en la Exposición Provincial de Jaén de 1878.

Con posterioridad a la publicación de este artículo, la bibliotecaria de Quesada, Teresa Heredia Laso, ha solucionado mi problema de mala cabeza recordándome que es en Villavieja donde Ciges Aparicio le hace decir a don Luis Obregón (Alcalá Menezo): 

¿Y recuerda usted el alentador ensayo que con los higos de nuestras huertas hizo mi hermano Leandro? En París les dieron el segundo lugar, después de los de Esmirna y al lado de los mejores marselleses.

Si Ciges no se inventó la cosa (las noticas de esta novela suelen tener, al menos, un fondo de realidad) esta historia de los higos fue cierta y protagonizada por Manuel Antonio Alcalá Menezo (Leandro Obregón).

Las exposiciones universales se prodigaron a lo largo del siglo XIX. Ideadas para mostrar y difundir los  avances científicos, en ellas competían (sin necesidad de guerras) las grandes potencias exhibiendo sus propios logros técnicos y económicos. Quien visitaba alguna de estas exposiciones podía decir que había visto los últimos y más novedosos inventos de la Humanidad. El espíritu de estas exposiciones fue calando hacia abajo y aparecieron exposiciones nacionales, regionales e incluso locales por todas partes. Detrás de estas exposiciones existía un interés económico, pues se suponía que daban a conocer al mercado lo mejor de las producciones de cada cual.

El 23 de enero de 1877 publicaba el periódico de Madrid La Producción Nacional, Crónicas ilustradas de exposiciones nacionales y extranjeras, una carta remitida desde Jaén por Joaquín Ruiz Jiménez. En ella el autor hace una sentida defensa de las exposiciones como instrumento de paz y concordia entre las naciones, sustituyendo la guerra por la pacífica competición y el conocimiento mutuo. Tras un balance de las numerosas exposiciones sectoriales y provinciales convocadas en España, anuncia que la Sociedad Económica de Amigos del País de Jaén había decidido organizar en el otoño de ese mismo año la correspondiente a esta provincia. Como iba a coincidir con las de Sevilla y Granada, Ruiz Jiménez proponía que fueran el germen de una exposición regional de Andalucía y que cada año se organizase en una de las ocho capitales.

Joaquín Ruiz Jiménez era un joven abogado de Jaén que más tarde inició larga carrera política dentro del partido liberal, llegando a diputado, senador, alcalde de Madrid y ministro de la Gobernación. Por retrasos en la financiación (la Diputación no llegó aquel año a consignar partida en su presupuesto) la exposición hubo de retrasarse año. En el número extraordinario del Boletín Oficial de la Provincia de 23 de enero de 1878, el gobernador civil anunciaba que se celebraría el próximo verano y que serviría para “solemnizar” en la provincia la boda de Alfonso XII con su prima Mercedes (al final lo que se solemnizó fue la muerte de Mercedes, fallecida en junio de aquel mismo año). La Exposición Provincial se inauguró el 7 de agosto de 1878 con una buena repercusión en la prensa. En ella Quesada tuvo un importante, y sorprendente, protagonismo.

La Exposición Provincial en La Ilustración
Española y Americana.


El protagonismo de Quesada no se debió ni a la pujanza económica del pueblo ni a un interés y esfuerzo colectivo, pues fue fruto de una sola persona: Ángel Alcalá y Menezo. Nacido en 1845, hijo de Eduardo Alcalá Vela, rico propietario de tendencias carlistas, fue una de las personalidades más destacables del siglo XIX quesadeño. Como político transitó desde el carlismo de su juventud hasta la izquierda dinástica. En esta corriente, seguidora de la estela del general Prim y la revolución de 1868, fue donde su implicación política resultó más activa y relevante. Su carrera continuó en Filipinas, donde desempeñó la gobernación de varias provincias hasta que, tras su enfrentamiento con el general Valeriano Weyler, fue cesado y regresó a la Península con la salud quebrantada. Murió en Quesada el 10 de mayo de 1895.

D. Ángel fue periodista, poeta y, sobre todo, autor de Pedro Hidalgo o el Castillo de Tíscar, novela histórica romántica al estilo de Gil y Carrasco en El señor de Bembibre. Publicada inicialmente como folletín por entregas en El Pabellón Nacional, 1883, y casi a la vez como libro en dos tomos, tuvo una segunda edición en 1945 a cargo de la Cofradía de la Virgen de Tíscar. En esta edición el dibujo de portada estuvo a cargo de Zabaleta, las fotos y el emotivo prólogo son de Juan de Mata Carriazo. Es la popularmente conocida como Novela de Tíscar, de la que creo se sigue vendiendo el facsímil de la edición de 1945, que reimprimió la Cofradía en 1981.

Ángel Alcalá Menezo fue también la figura que inspiró a Ciges Aparicio para el personaje central de Villavieja, don Luis Obregón. No haré aquí una biografía de Alcalá Menezo pues merece un trabajo propio que espero en algún momento abordar. Sirvan estas pocas notas para acreditar que don Ángel fue un personaje peculiar, dotado de un carácter inquieto que le hizo sobresalir a sus paisanos contemporáneos. Lo demostró por primera vez con motivo de la Exposición Provincial de 1878.

Quesada vivía en 1878 los ecos de los vaivenes políticos de los años anteriores, de la Gloriosa y de la I República. No fue una etapa conflictiva en el pueblo y la Restauración de los Borbones no supuso un cambio brusco. Los republicanos perdieron todo protagonismo pero no fueron perseguidos con la saña que se conoció décadas después. Buena parte de los carlistas se apresuraron a renegar del Tradicionalismo y juraron lealtad a Alfonso XII. Lo hicieron, el 24 de julio de 1875 en Jaén y delante del gobernador, significados quesadeños que había formado parte del disuelto Comité carlista local, entre ellos nuestro Ángel Alcalá y su padre Eduardo.

Era Quesada por entonces un pueblo remoto, aislado y con pésimas comunicaciones. La carretera de Torreperogil a Huéscar solo existía hasta Peal. Las obras entre este pueblo y Quesada se iniciaron, con lentitud, por aquellos días. En marzo de 1877 todavía estaba enredado el proyecto de carretera en la expropiación de las tierras por donde pasaría la construcción. Había otro proyecto que si se hubiese acometido hubiera ahorrado hoy 20 o 30 minutos a Granada. Se trataba de la carretera Cazorla-Quesada-Cabra-Huelma-Iznalloz, incluida en el Plan General de Carreteras de 1877. Nunca se ejecutó y todavía hoy para ir hasta Huelma y Guadahortuna se rodea por Jódar o hay que transitar los malos caminos de tierra que cruzan la Dehesa de Guadiana.

Respecto al ferrocarril, por estos años se trabajaba en el proyecto de línea entre Linares y Baza, que pasaba por Peal, Quesada, Huesa y Pozo Alcón. Llegaron a licitarse las obras en 1882 aunque sin resultado. Los fuertes intereses financieros de las empresas y familias inversoras, como los Loring de Málaga, terminaron desviando el trazado hasta el actual y semiabandonado que  enlaza con Moreda y Guadix. Tampoco había telégrafo, otro gran avance en las comunicaciones de la época. En 1877 se había acordado la construcción de una línea telegráfica aérea entre Úbeda y Villena (Alicante) que pasaría por Quesada. No obstante el Ayuntamiento, alegando su mal estado presupuestario, renunció en 1883 a la estación telegráfica. Hasta el verano de 1909 no se inauguró el servicio.

Pero si en 1878 era Quesada un pueblo incomunicado, del que solo se podía entrar o salir por viejos caminos pensados solo para el tránsito de caballerías, es también cierto que estaba en marcha una auténtica revolución urbanística que cambiaría para siempre el aspecto del centro del pueblo. Era por entonces la plaza un gran descampado cuadrado rodeado de casas entre las que destacaba la del Ayuntamiento. En una esquina de la actual explanada la torre del convento, conocida como torre del reloj porque en ella estaba el que muchos años después acabó en la fachada del Ayuntamiento. Frente a la torre una vieja y por entonces ya ruinosa fuente, la única del pueblo, que se abastecía de un caz que traía escasas y malas aguas del Chorradero. Estaba en construcción una nueva y moderna conducción de aguas, desde Nacimiento y Jorquera, que se inauguraría pocos años después.

En aquella plaza vacía se montaban los puestos del mercado, se celebraban fiestas y actos públicos y cuando pasaban tropas por el pueblo, como sucedió varias veces durante las guerras carlistas, allí era donde montaban sus tiendas y acampaban entre la curiosidad de chicos y grandes. Este era el modelo de plaza medieval, tradicional en toda Europa y razón por la que muchas de ellas se siguen llamando del Mercado. Pero los tiempos, y las modas, estaban cambiando. Durante el siglo XIX en muchas ciudades y pueblos de algún tamaño se plantaron alamedas y lugares para el paseo. Estaban pensados estos espacios (llamados salones, como el paseo del Salón de Granada) para que las clases pudientes se recreasen en ellos dejándose ver y siendo vistos. Eran lugares para saludar y prodigar el trato social mientras se caminaba a la sombra en verano o al sol tibio de los inviernos.

En Quesada el primer intento en este sentido fue el de Santa María. En el plano de Madoz de mediados de siglo ya figura como “paseo”, extramuros del pueblo y plantado de árboles. Sin embargo el lugar no triunfó porque estaba demasiado lejos del centro y porque se utilizó pronto como zona de expansión y fue rápidamente edificado. A principios de 1878 seguía Quesada sin disponer de un espacio de recreo acorde con los tiempos, algo que se consideraba imprescindible para toda localidad moderna y de alguna importancia. Por eso, en el pleno de seis de enero “a propuesta del señor alcalde se acordó construir un paseo en la Plaza de esta población y al efecto se dispuso nombrar una comisión” al objeto de que estudiase detenidamente el asunto y propusiese lo antes posible el oportuno proyecto.

La comisión estaba formada por tres concejales y presidida por el teniente de alcalde, Felipe Carrasco Carrasco. Felipe Carrasco era Venerable Maestro y cabeza de la logia masónica local, “La Luz”. Era además perito de montes, encargado de los montes del Estado en el pueblo. Sus conocimientos forestales sin duda le hicieron llevar la iniciativa y elegir los árboles que se plantarían, álamos negros del país (Ulmus minor), especie que crecía espontánea en el campo y que formaba amplias y frondosas copas que daban sombra en verano y que, sin hojas en invierno, dejaban pasar los tibios rayos de sol. El proyecto se aprobó en el mes de septiembre y se acordó iniciar la plantación aquel mismo año.

De lo orgullosos que estaban los quesadeños de este moderno paseo da idea que las cuatro farolas que se pusieron en cada esquina no se regían por las normas generales de alumbrado público en cuanto a horario, sino que se regulaban por uno propio que decía en cada momento la alcaldía a fin de adaptarse a las fiestas y ocasiones solemnes. Además, se decidió que la nueva fuente pública que remataría la conducción de aguas en construcción fuese “monumental”, con cuatro caños y dos pilares; uno dando a la explanada, cuadrado y que servía como abrevadero y otro lobulado y ornamental que daba al nuevo jardín. En muy poco tiempo la plaza cambió completamente de aspecto dejando de ser esa especie de descampado que había sido hasta el momento. Como contrapartida el mercado se quedó sin sitio, las mercancías se tuvieron que pregonar y vender por las calles en forma bastante precaria. Aparecía un nuevo problema que hubo que resolver en los siguientes años con la instalación del mercado en el claustro del viejo convento.

Así estaba Quesada el año en el que Ruiz Jiménez trabajaba en la organización de la Exposición Provincial. Poco antes, a principios de 1877, Alcalá Menezo había sido elegido diputado provincial por el distrito de Quesada. Este cargo político le obligaba a frecuentes desplazamientos a Jaén para los plenos de la Diputación. Allí conoció a Ruiz Jiménez y su proyecto, interesándose inmediatamente por el asunto. Alma inquieta, muy alejado de ese espíritu de ociosidad, naipe y alcohol en el que dormía la clase propietaria quesadeña, su paso por la Diputación no fue acomodaticio. A finales de febrero de 1878 (BOPJ de 19 de marzo de 1878), protagonizó un áspero debate oponiéndose a la convalidación del acta del diputado por Cazorla Isicio Ortega. Denunció don Ángel las irregularidades electorales en La Iruela y que era un escándalo lo ocurrido en aquel distrito pues “se había apaleado a todas las personas que apadrinaban la candidatura de oposición; hubo palos y tiros, y un bastón de autoridad se había roto en la cabeza de la misma persona que le llevaba”. Fue una de sus primeras protestas contra el caciquismo, que más tarde tanto llamaron la atención de Ciges Aparicio, declarado simpatizante del regeneracionismo de Joaquín Costa. Siguiendo por esta línea, Alcalá Menezo acabó destacando en Madrid años después en el ámbito de la Izquierda Dinástica, pero eso ya es historia para otro artículo. Ahora toca la Exposición Provincial.

Aquel invierno repartía su tiempo don Ángel entre las estancias en la capital de la provincia y sus ocupaciones personales en Quesada, como propietario y como director y profesor en el colegio de segunda enseñanza que él había fundado y al que ya me he referido en un artículo anterior. La Diputación de Jaén ha digitalizado recientemente el archivo de la Sociedad Económica de Amigos del País. En este archivo se conserva la correspondencia que con esa sociedad y con su secretario Ruiz Jiménez, mantuvo Alcalá Menezo. En su lectura se comprueba el entusiasmo con que acogió la exposición y su empeño por que Quesada hiciera un buen papel en ella. Y lo hizo, por el empuje y esfuerzo personal de D. Ángel.

La primera de estas cartas es del 10 de febrero de 1878. En ella se queja de sus muchas ocupaciones, políticas y pedagógicas, que le impedían atender como es debido a los amigos: “Mi cargo de Diputado de un Distrito desinquieto y revoltoso unido a que explico ¡asignaturas! en el Colegio de 2ª Enseñanza, me privan del placer de atender cual debía a tiempo a los amigos, (…) como Vd. a quien tanto quiero y aprecio”. Le dice también que en los próximos días le enviará para su publicación en La Semana “un par de artículos históricos y una composición en verso (narración histórica)”.  La Semana era la revista que había fundado Ruiz Jiménez como órgano de difusión y animación de los trabajos de preparatorios de la exposición. Se financiaba mediante la suscripción de sus lectores y conseguir estas suscripciones en Quesada (y lo más importante, cobrarlas) fue una de las primeras tareas a las que se aprestó.

Una de las cartas de Alcalá Menezo a
Joaquín Ruiz Jiménez.


En carta de 20 de marzo comunica a Ruiz Jiménez que por conducto de D. Pío de la Riva (comerciante natural de Ortigosa de Cameros -Logroño- establecido en Quesada y que se dedicaba al giro de pagos y cobros, entre otras cosas) le remitía 168 reales correspondientes a la suscripción trimestral de once quesadeños (14 reales cada una pues uno de los recibos era por dos trimestres). Entre ellos estaban el párroco Luis Vear Ortiz, el notario José Montiel, el secretario municipal Juan Álvarez del Peral y su propio padre, Eduardo Alcalá Vela. Tres días después Ruiz Jiménez le gira otros 14 recibos. Alcalá Menezo le contesta de forma escueta y segura: “Se cobrarán”. Le añade que como la Diputación había convocado pleno para el 1 de abril, aprovecharía para ajustar “cuenta estrecha” de lo que en Quesada se debía a La Semana. Le dice también que aprovechará el viaje para llevar los donativos que los ayuntamientos del distrito “han ofrecido a beneficio del Certamen”.

Además de Quesada los pueblos a los que Alcalá Menezo representaba como diputado provincial eran Peal, Huesa, Hinojares y Santo Tomé (Pozo Alcón y La Iruela pertenecían al distrito electoral de Cazorla). No dice que cantidad daba cada uno pero en el libro de actas municipales podemos saber que el de Quesada ofreció 150 ptas. Se aprobó el 17 de marzo. El mismo día por cierto que el constructor de Úbeda Manuel Campos Atienza se adjudico por 12.000 duros las obras de la nueva cañería de aguas potables. Esta aportación de 150 ptas. dejó muy satisfecha a la Sociedad Económica de Amigos del País, que lo agradeció solicitando al Gobierno para Quesada el título de ciudad, “logro” que no se consiguió hasta tres décadas después.

Durante estos primeros meses Alcalá Menezo ingenió otros métodos de financiación para el certamen. En concreto “un baile por la pascua de Resurrección” y dos funciones teatrales que le dieron muchos quebraderos de cabeza. Los problemas tenían su origen, como podemos imaginar, en los celos, piques y envidias de actores y actrices, que a pesar de la evidencia se consideraban poco menos que grandes estrellas. En carta de 25 de abril se lamenta a su amigo de Jaén:

Al fin tras largo penar se han realizado las dos funciones teatrales prometidas. Su importe total de 732 reales lo remitiré en la primera oportunidad, así como los trajes que me traje (sic) y que no han servido pues estos aficionados no se han conformado si no con el terciopelo, la seda y el oro (…) Las funciones verificadas me han dado muy malos ratos, y he estado en un movimiento continuado ¡Gracias a Dios que se han acabado! El resultado no ha sido mucho, pero ha sido honroso. (…) estuvo animadísimo.

En esta misma carta se lamenta don Ángel del mucho trabajo que se le acumula y le desborda:

Yo estoy atareadísimo, pues después de mis asuntos propios (que casi tengo abandonados) tengo cuatro clases diarias en mi querido Colegio de 2ª Enseñanza, un distrito revoltoso y empalagoso a quien representa y mil ocupaciones y quehaceres que no me dejan comer, sosegar ni dormir (…) Ahora a preparar los envíos (de los productos y objetos a exponer): a hacer a todo el mundo que trabaje para que mi pueblo se presente como quien es, o mejor dicho, como yo quiero que sea. (estoy recogiendo) Pinturas en lienzo, obras de ebanistería, memorias científicas, labores primorosas de mujeres, zapatería, encajes, mantas, productos químicos, maderas de mérito, plantas con uso en las artes y medicina, antigüedades, simientes, vinos, jabones, aguardientes, frutas, licores finos aquí fabricados, dibujos, ganado lanar y cabrío y un potro que tengo en las yeguas que si se puede amamar (sic) y se pone esta primavera gordo no ha de hacer mal papel y en fin, en cuanto aquí se haga, se haya hecho o se pueda hacer pienso enviar, para ver si consigo mi fin que es honroso y noble.



            Su involucración en los preparativos es entusiasta, consigue suscripciones a La Semana, organiza teatros y bailes y sobre todo, busca y selecciona productos para exponer, los prepara y los envía. Faltando poco más de dos meses para la inauguración le escribe a Ruiz Giménez que “la suscrición personal está dando más resultados que los que yo creía” y le pide que le mande desde Jaén “72 tarros tapón esmerilado de 500 g. y otros 12 de 1 kilogramo” para envasar los productos. Pero tanto trabajo va dando su fruto y está contento:

Los expositores de esta población son muchos y de mérito. Creo que Quesada hará el papel en el Certamen que corresponde a una población ilustrada y civilizada. ¡Viva mi pueblo!

            La actividad de D. Ángel había sacado de la rutina, del aburrimiento, a un pueblo en el nunca pasaba nada de importancia. El que pudo se suscribió a La Semana, muchos participaron en la junta organizadora que encabezó el notario Montiel como comisario local, otros muchos ofrecieron productos de sus huertas y fincas, objetos raros que tenían casi olvidados en sus casas. Todos opinaron sobre lo que había que hacer, pero hacerlo ya era cosa de D. Ángel. Suyo fue la mayor parte del gasto, del trabajo y suyo fue hasta el local donde se instalaron las dependencias de la organización. La novedad produjo en el pueblo la excitación propia de la ruptura de la rutina pero apenas fue una aventura más bien frívola, como se ha visto en el asunto del teatro o social. A pesar del entusiasmo compartido aquello no dejaba de ser una aventura personal de Alcalá Menezo.

En junio, a los trabajos de la exposición, se le acumularon los exámenes del colegio:

Hasta que concluyamos con mi tarea del Colegio (pronto serán los exámenes, pues estoy aguardando la Comisión de ese Instituto) no impulsaré de veras el interés de la exposición. Entonces me dedicaré exclusivamente a dicho negocio.

Pocos días después le comunicó a Ruiz Jiménez que ya habían sido los exámenes y que el resultado era muy bueno:

Gracias al divino Apolo que he concluido (por este año) de estudiantes. Ya me sobra tiempo para todo. Estoy desde ayer exclusivamente dedicado al Certamen provincial. Le ruego inserte V. en La Semana el suelto que le incluyo respecto al resultado de mi Colegio, que ha sido brillantísimo, honroso, sobresaliente, magnífico.

Liberado de obligaciones pedagógicas se dedica por completo a la Exposición. En carta de 24 de junio le explica como está organizando los trabajos:

En mi casa (que es de V. desde los cimientos hasta más arriba de las tejas) he destinado una sala de la planta baja para ir colocando los objetos recogidos. He establecido una verdadera oficina compuesta de un escribiente dedicado a inscribir objetos y llevar los libros de asiento y orden de la Comisaría y llenar etiquetas. Un carpintero para hacer las cajas a propósito para el embalaje; un muchacho para taponar botellas en la maquinita que he comprado para el efecto y dos criados encargados de ir casa por casa recogiendo objetos y noticia del estado en que se encuentran los trabajos que se están haciendo.

Yo inspecciono todo esto, y ordenadamente lo voy colocando por grupos y clases. Así que todo esté a la vista vendrá un día la Junta de Señoras para ver si todo lo recogido es digno de figurar en el Certamen (hablo de los trabajos hechos por las señoras) y que desechen lo que no deba presentarse y después vendrá la Junta de hombres de Quesada a prestar el mismo servicio. Una vez hecho esto estará la Comisaría dos días abierta para que la visiten todas las personas que quieran, y luego procederé al embalaje y después con las cajas marcharé yo a Jaén.


Dibujo del expositor de vinos y aceites
tal como lo ideó Alcalá Menezo.

No solo fue reuniendo la colección de objetos y productos, Alcalá Menezo ideó como se expondrían en los salones de Jaén. Pensó que todos los productos de Quesada llevasen una etiqueta específica, cuyo diseño le remitió a Ruiz Jiménez para que encargase la impresión de  “200 ejemplares, en papel bueno y algo fuerte, y que sean decentes”. Le dibujó un modelo de etiqueta (ver imagen) aclarando que en la zona donde había pintado un ojo se debía añadir “Nombre científico según la clasificación de …..” de manera que figurara el nombre “vulgar” y el científico.

También pensó en cómo presentar los trajes populares de Quesada, “que son los más bonitos y pintorescos de la provincia”.

Vestir dos maniquís de tamaño natural (hombre y mujer) con los trajes del país. La mujer estará vestida con ropa tejida en el pueblo con los linos y cáñamos y sedas y algodones aquí criados, aquí hilados, teñidos, tejidos y preparados. Es decir que desde el alpargate hasta las cintas, enaguas y pañuelos, todo es del país. Estos dos maniquís sostendrán un cuadro donde se dará una noticia exacta de esta Villa en la siguiente forma: Estadística, riqueza, importancia antigua, estado actual, su porvenir.

Para los vinos y aceites también encontró solución: “He hecho una preciosa instalación para vinos y aceites que representa una doble pirámide cobijada por las ramas de un árbol y coronada por un abanico y adornada con muchos gallardetes en esta forma” y garabatea un dibujo en la carta (ver imagen). Hay que recordar una vez más que, hasta que la filoxera acabó con ellas, las viñas eran un elemento importante en el paisaje del pueblo y la producción de vino superior a la de aceite. Había muchas viñas, especialmente en los alrededores del pueblo, a veces mezcladas con olivos. Apenas unos cuantos plantonares (en las zonas más pedregosas pegadas a los cerros) anunciaban la posterior y enorme expansión de este cultivo.

A mediados de julio le anuncia  a Ruiz Jiménez que los carros con los productos de Quesada saldrán en pocos días y lo muy absorbido que está por los preparativos:

Jamás he tenido tanta creatividad como ahora. El dichoso certamen me ha quitado el sueño. Tan solamente a él me dedico, teniendo todas mis obligaciones abandonadas. Creo que los objetos de este pueblo podrán salir para Jaén el 18 o el 19 en dos carros. Tengo en mi casa carpinteros, pintores, herreros y demonios. Ya avisaré a V. el día fijo en que salimos con el convoy (…) Los carros saldrán de aquí al cuidado de un oficial carpintero un día antes que yo para llegar al mismo tiempo.

Ha reunido una buena colección de vinos, aceites, muebles, pinturas al óleo, lanas y  tejidos... 

y mil cosas que no puedo enumerar, como resinas, zumaque, té, grana, sedas, etc. etc. Pero todo en pequeñas cantidades pues como yo solo he costeado las cajas, los embalajes, los portes, las instalaciones y hasta los materiales para los trabajos que se exhibirán, me ha sido imposible hacer cuantiosas cantidades.

En esta última carta le pide instrucciones sobre las formalidades fiscales de pago de consumos y otros arbitrios a la entrada de Jaén:

Como quiera que a los empleados de consumos y a los rematadores de este arbitrio les temo tanto o más que a los toreros, pues se me espina el cuerpo al pensar que tuviera yo que hablar o con unos o con otros; espero me diga detalladamente lo que hay que hacer para que no haya obstáculos ni altercados.

Alcalá Menezo es consciente de las limitaciones, suyas y de su pueblo, y por eso se despide en la carta con una humilde confesión:

No espero que sea bueno lo que llevo; no va Quesada a competir con ningún otro pueblo; Quesada va al certamen tal y como es. Si del examen de sus objetos resulta alguna frase favorable a mi pueblo, queda pagado mi interés y mis sacrificios. Pronto anunciaré mi salida. Yo soy de V. un buen amigo AAM.

En esos días de finales de julio, ya inminente la inauguración, las tareas organizativas y protocolarias obligan a Joaquín Ruiz Jiménez a dejar la dirección de La Semana. Se la pasa a su amigo Alcalá Menezo, que le había acreditado su entusiasmo y capacidad durante esos largos meses de preparativos previos. Alcalá Menezo fue el director de La Semana mientras duró la Exposición y como tal asistió a la inauguración y demás actos que se celebraron.

Estaba prevista la inauguración para el 4 de agosto pero finalmente el ministro de Fomento, conde de Toreno, decidió acudir a presidirla y con este motivo se retrasó hasta el 7. Esa tarde se celebró el solemne acto en las dependencias del Instituto Provincial de segunda Enseñanza. Durante las siguientes semanas se celebró el certamen con un importante éxito de publico y buena repercusión en la prensa de la época. En muchas de las noticias que se publicaron hay referencias a la importante participación de Quesada y a don Ángel como periodista y director de La Mañana.

La Gaceta agrícola del Ministerio de Fomento de 30 de septiembre destaca que Quesada contribuye “con una crecida cantidad con relación a su importancia y 130 expositores”. Crónica de la industria, de 30 del mismo mes, que Linares participa con 140 expositores, Quesada 130 y Alcalá la Real 110. El Globo, La Época, La Mañana, hablan de los vinos, aceites y tejidos de Quesada. “La Iberia”, a los pocos días de la inauguración dice que entre los objetos raros “que por su forma o tamaño llaman la atención del público” está “esparto de las dehesas de Quesada, que mide de longitud vara y media”.

            Antes se ha hecho mención al mueble expositor que para los vinos y aceites diseñó Alcalá Menezo. El 22 de agosto La Ilustración Española y Americana publicó un amplio reportaje sobre la Exposición de Jaén que incluía, de acuerdo a la orientación de la revista, varias ilustraciones. En una de ellas aparece el expositor de don Ángel (ver imagen) que en el texto de la noticia se menciona como de “vinos y vinagres elaborados en Quesada”.

Detalle de La Ilustración Española y Americana
con el resultado final del expositor de vinos de Quesada.


No se redujo la participación quesadeña a productos agrícolas y artesanía de la tierra. En la sección de Bellas Artes participó el pintor local, que era maestro de la escuela de niños, Isidoro Bello López, presentando cuatro obras de carácter religioso tituladas Nuestra Señora de Belén, San Bartolomé, San Jerónimo y San Mateo.  Isidoro Bello fue el primer maestro artístico de Rafael Hidalgo de Caviedes, cuyo busto se inauguró en las ferias de 1945 y que hoy está instalado en el jardín. La mayoría de su obra desapareció en 1936 aunque se conserva en una colección particular la titulada El Buen Samaritano.

También hubo un apartado científico en el que se presentaron memorias sobre muy variados temas. Dos quesadeños presentaron trabajos que el jurado valoró de distinta forma. El maestro de Belerda, Pedro Puerta y Martínez, participó con el titulado Programa del sistema métrico-decimal. Según el jurado “este trabajo es un conjunto de reglas de la aritmética más elemental con otras de aplicación al sistema métrico y varios ejemplares de reducción y equivalencias, extractado a lo que parece de diversos autores que han escrito sobre la materia”. No lo premiaron aunque el jurado lo vio “con agrado”. Pedro Puerta fue también el autor  de un opúsculo en verso titulado Flores de Fantasía, dedicado a la Virgen de Tíscar a finales del siglo XIX, que se conserva en el Fondo Carriazo de la Universidad de Sevilla.

Mayor éxito, medalla de oro en la especialidad de medicina, tuvo el titulado Estudio sobre la putrefacción cadavérica, principales teorías para explicarla y análisis de ella, del que era autor el farmacéutico quesadeño Pedro Segura Mesa. Pedro tenía abierta botica en la plaza, la misma que luego pasó a Manuel Palop y posteriormente a Rodrigo Madrid, que la mantuvo abierta hasta su jubilación en los años setenta del siglo XX. Pedro Segura también colaboraba con Alcalá Menezo como profesor de Física, Química e Historia Natural en el colegio de segunda enseñanza de Quesada.

El jurado se deshizo en elegios con la memoria de Pedro Mesa. La calificó de “magistral, en toda la extensión de la palabra” y no solo por su contenido, también alabó la forma y expresión: “El autor, que tan familiarizado demuestra estar con las ciencias físico-químicas, emplea en su escrito un método excelente y un lenguaje tan preciso como correcto e inteligible”. Como decía antes, concedieron la medalla de oro a este trabajo sobre un tema entonces importante, porque estaba muy relacionado con la salubridad y condiciones higiénicas de los cementerios, un problema que en Quesada preocupaba especialmente y que no se resolvió hasta la inauguración del actual cementerio en mayo de 1936.

También obtuvo un premio de 3ª clase el que, aunque ya vivía en Alcalá la Real, su pueblo, presentó Aquilino Sánchez Molero, que durante muchos años fue secretario del Ayuntamiento de Quesada. Su trabajo se titulaba Cálculo de distancias inaccesibles y en él mostraba grandes conocimientos como agrimensor, su otra ocupación junto a la de funcionario municipal. Al parecer fue también pintor porque, según anota Carriazo en sus notas personales, un óleo suyo titulado Coronación de la Virgen y fechado en 1872, estaba colgado en la iglesia del antiguo convento. Fuera de la cosa científica obtuvo premio la vecina de Quesada Lorenza Vela, que presentó dos toallas bordadas y con “fleje de punto de oro”. No hay noticia de más premios, el vino volvió a Quesada si es que no se lo bebieron allí mismo.

Se clausuró la Exposición Provincial y Quesada volvió a su amodorrada rutina. Pero el recuerdo de estos meses perduró en charlas y tertulias de mesa camilla y casino. Antes he mencionado aquella historia legendaria y no contrastada sobre el premio a los higos de Quesada. Puede que se acabe comprobando que fue real o quizás que solo fue el eco agrandado de boca en boca, de año en año, de liga en liga, de esta Exposición Provincial en la que Quesada tuvo un papel bastante más importante que el que correspondía a su importancia.

D. Ángel siguió dando clases en su colegio. Los olmos recién plantados en el jardín fueron creciendo, dando sombra y convirtiendo a la antigua plaza en un auténtico paseo. Un par de años después en ese joven jardín, una tarde de agosto, don Ángel le pegó un par de tiros a un rival político con el que discutía a causa de las inminentes elecciones generales. Cosas de su carácter vehemente y excesivo que en más de una ocasión lo metió en algún aprieto. Al poco, tras los correspondientes problemas judiciales, marchó a Madrid donde pasó unos años dedicado a la política para ser finalmente recompensado con un gobierno civil en Filipinas. El jardín siguió creciendo y se le añadió la fuente monumental de la Explanada. Unos años después, ya fallecido don Ángel en 1895 con apenas cincuenta años, Manuel Ciges Aparicio comenzó a frecuentar a su familia de Quesada. En aquel jardín ya crecido, en el casino que se instaló en una de sus esquinas, oyó contar las viejas historias de don Ángel con el que de inmediato simpatizó por su enemistad con Weyler, su oposición al caciquismo y esa afición a meterse en problemas que compartía Ciges. Y así nació don Luis Obregón, el personaje central de Villavieja.

A casi 150 años de aquella historia esperemos que Quesada proteja los pocos olmos antiguos que sobreviven, que perduren y que no sea necesario que en el futuro alguna historiadora (los tíos habitualmente aman menos a las plantas) tenga que recordarlos como cosa de tiempos antiguos y olvidados.

 

sábado, 29 de enero de 2022

El s. XIX en Quesada. La enseñanza secundaria.

 

Ángel Alcalá Menezo, autor de "Pedro Hidalgo o el castillo de Tíscar" y principal
impulsor de la secundaria en Quesada durante el s. XIX.

En una entrada anterior de este blog se trató de la enseñanza en Quesada a propósito de los artículos del periodista Luis Bello en el diario El Sol. En el publicado el 21 de agosto de 1928 denunciaba el estado calamitoso de la enseñanza primaria en Quesada y en toda la comarca. Si poca atención prestaban los gobiernos a las escuelas hasta que la II República comenzó a revertir la situación, el escenario era especialmente malo en el mundo rural y, como consecuencia, el analfabetismo era un mal endémico. En Quesada rondó el 80% de la población hasta los años treinta del pasado siglo. (1928. Luis Bello y la instrucción pública en Quesada)

Durante el siglo XIX y primeras décadas del XX había pocas escuelas en Quesada, con poca capacidad y destinadas principalmente a los niños pertenecientes a las familias más acomodadas. Los escasos niños pobres escolarizados asistían apenas unos o dos años y con irregularidad, pues faltaban durante la aceituna y en cualquier momento que lo hicieran necesario las faenas del campo. Si esta era la pésima situación de la enseñanza primaria, la secundaria era simplemente inexistente. Los escasísimos niños que cursaban bachiller lo hacían por libre en el pueblo y alguno que otro, los más adinerados, fuera del pueblo, en internados o con su familia si esta se podía permitir residir fuera durante los estudios.

No obstante, existieron varios intentos de crear colegios privados de segunda enseñanza durante la segunda mitad del siglo XIX. Fueron todos intentos fallidos, duraron poco y tuvieron un carácter muy minoritario. Su repercusión en el nivel educativo fue anecdótica, de manera que interesan más por lo que dicen de algunos destacados personajes locales y del ambiente social del pueblo en aquellos años que por su importancia pedagógica.

Primer intento. 1869.

Corría el mes de abril de 1869 y en Quesada había tifus; los grandes temporales del invierno habían provocado una grave crisis de trabajo y, ante la falta de jornales, el Ayuntamiento se había visto obligado a repartir trigo entre los vecinos. Pocos meses antes la Revolución de 1868, la Gloriosa, en la que había tenido gran protagonismo el general Serrano Bedoya, había acabado con el reinado de Isabel II. Los familiares de Serrano y sus partidarios controlaban ahora el Ayuntamiento. En este contexto se produce la primera noticia conocida sobre el intento de crear un centro de segunda enseñanza en Quesada.

Según el libro de actas de plenos municipales, el día 30 de abril el alcalde, Hilario Serrano del Águila, propuso a los concejales la creación de un instituto de segunda enseñanza. Para financiar el proyecto se suprimiría la escuela de niños de Belerda, pues la aldea no llegaba a las 500 almas y "ningún resultado se obtiene"  de ella por la inasistencia generalizada de los niños a causa de “las dificultes de la topografía” y los “hábitos tradicionales e instinto de la población”. La escuela se refundiría  con la de niñas, creando una escuela mixta a cargo de la maestra. También se suprimiría la segunda escuela de niños de Quesada; quedarían todos a cargo del maestro de la primera. Según el alcalde, esto no afectaría al progreso de la instrucción primaria “porque ambas escuelas están en un mismo edificio y son contiguas y las puede llevar una sola persona” (se refiere a la primera planta del antiguo convento, donde estuvieron hasta los años cuarenta del siglo XX). Tampoco se perjudicaría con esta medida a nadie, porque de todas formas el puesto de maestro de la segunda escuela estaba vacante. Calculaba el alcalde un ahorro de 823,500 escudos, cantidad suficiente para dotar un catedrático de instituto.

El pleno municipal aprobó la propuesta y acordó enviar una solitud al Ministerio de Fomento, responsable entonces de la enseñanza, para proceder al cierre de las escuelas. Poco después, en septiembre, el gobernador civil comunicó que el Ministerio desautorizaba el cierre, pues Quesada ya estaba en el mínimo que la ley exigía para el número de habitantes (algo menos de 6.000). En nada acabó este primer intento, pero vale para mostrar el nulo interés por extender la enseñanza primaria y alfabetizar a la población, algo que pervivió casi hasta el final del reinado de Alfonso XIII. Se cambiaba enseñar a leer y escribir a muchos por facilitar el bachillerato a unos pocos. Aunque hijos de la revolución y de la constitución democrática de 1869, los “serranistas” no destacaban por su conciencia social; eran contrarios a los partidarios de los Borbones y poco más.


Autógrafo de Alcalá Menezo


I República. 1873.

Unos años después, el 31 de agosto de 1873, durante la primera República, la creación de un colegio de segunda enseñanza volvió al pleno municipal. Ese día el alcalde en funciones, el ciudadano Federico Jila, comunicó a la corporación que “don Antonio Redondo, asociado de otros dos caballeros de esta localidad, había conseguido que el claustro del Instituto de segunda enseñanza de la ciudad de Baeza, de acuerdo con el de la Universidad de Granada, le concediese la gracia de poner en esta población un colegio dependiente” de dicho instituto. Solicitaba don Antonio al Ayuntamiento que proporcionara un local. El pleno acordó que, en cuanto la petición se formalizase mediante instancia, se proveyese lo necesario para instalar el citado colegio.

Una par de semanas después y tras recibir la petición formal, se acordó que se ubicara el “Instituto de 2ª Enseñanza concedido al Sr. Redondo” en el salón municipal existente en la planta baja del antiguo convento de dominicos. Se accedía a él por la puerta del convento situada al principio de la cuesta de San Juan. En este local se habían celebrado reuniones y asambleas de vecinos y más tarde teatro y cine; allí se vieron las primeras películas en Quesada. 

No hay noticias de lo que pasó con este proyecto, pero sin duda los frenéticos cambios políticos que siguieron y que culminaron con la restauración de la Monarquía trajeron otras preocupaciones más inmediatas a concejales y vecinos. Se podría pensar que la rapidez en la favorable respuesta del Ayuntamiento obedecía a una preocupación especial por la instrucción pública, que más tarde sí manifestaría la segunda República. Pero no fue el caso, porque la idea surgió, aunque fuera secundada por la corporación republicano-federal, de los sectores más conservadores de la sociedad quesadeña. Quizás porque de nuevo atendía, no a las necesidades de la masa popular, sino a las de una pequeña minoría privilegiada.

El primer firmante de la solicitud, Antonio Redondo Martínez, era un maestro que había llegado a Quesada en abril de 1869 como encargado interino de la segunda escuela de niños tras el fallecimiento de su titular, Ildefonso Malo. Duró poco en el puesto porque el 11 de julio del mismo año fue destituido al negarse a jurar, como era preceptivo para todos los empleados públicos, la constitución democrática promulgada tras la Gloriosa y la expulsión de los Borbones. Redondo pertenecía a la sección local de Juventud Católica, organización en la que participaban otros quesadeños de filiación conservadora y carlista. El rey llegado con la constitución de 1869, Amadeo I, era hijo de Víctor Manuel II de Italia, que poco antes había tomado Roma y acabado con los Estados Pontificios culminando la unidad italiana.El papa Pío IX no reconoció al nuevo gobierno italiano y recomendó a los católicos no participar en política ni colaborar con el nuevo régimen. Esta pugna se trasladó a España, de manera que un apoyo explícito al papa suponía implícitamente un rechazo al gobierno democrático de Amadeo I. 

La Juventud Católica se había constituido en Quesada muy poco después de su fundación y así lo recogía el 28 de enero de 1870 el periódico tradicionalista El Pensamiento español. Al año siguiente, el también carlista La Esperanza informaba el 28 de junio que esta asociación había remitido desde Quesada una felicitación, en latín y en castellano, a Su Santidad con motivo del XXV aniversario de su pontificado. Firmaban la carta, además de Antonio Redondo, otros miembros de la asociación como Ángel Alcalá Menezo, Toribio Bello, Agustín y Juan José Segura, todos ellos significados integristas. No fue solo esta asociación la que homenajeó al papa (y afeó al rey Amadeo), también el propio Ayuntamiento “serranista” organizó una “función religiosa que solemnizó este municipio en conmemoración del fausto suceso del 25 aniversario del pontificado de Pío IX en junio último” (Pleno 17-9-1871).

No estaban, como se ve, detrás de la propuesta personas adictas a la República. Y sin embargo, el Ayuntamiento de 1873, formado por republicanos federales, el ala izquierda del republicanismo, la acogió con entusiasmo y en un par de semanas facilitó el local que se le había pedido. Como tantas otras veces, esta aparente incongruencia sería explicable por las disputas, filias y fobias de la política local, que a menudo contradicen los esquemas  políticos generales. El caso es que a final de 1873 el golpe de estado del general Pavía acabó con las cortes republicanas y llevó a la presidencia de la República a Serrano Domínguez, que ejerció el poder durante un año de manera personalista y dictatorial. A finales de 1874 otro golpe militar, el del general Martínez Campos, restauró la monarquía Borbón. De Antonio Redondo y su colegio nada más se supo. Alguno de sus compañeros, como Ángel Alcalá y Menezo, se apresuraron a renegar del carlismo y jurar lealtad al nuevo rey Alfonso XII. (Boletín Oficial de la Provincia de Jaén de 24 de julio de 1875).


Página de "La Ilustración Española y Americana"
sobre la Exposición Provincial de 1877, donde hubo
una importante participación quesadeña.


1877-1880

Cuando en 1923 Juan de Mata Carriazo escribió el folleto del “Colegio Moderno” que entonces se pretendía fundar, dedicó un recuerdo a los antecedentes de la enseñanza secundaria en Quesada. No menciona Carriazo estos intentos de los que se ha hablado hasta ahora, sin duda ya olvidados, y se refiere solo a los dos posteriores que protagonizó Ángel Alcalá Menezo. Alcalá Menezo fue uno de los personajes más singulares del siglo XIX quesadeño. Nacido en una de las familias más pudientes del pueblo, se le recuerda como autor de la “novela de Tíscar”, Pedro Hidalgo o el castillo de Tíscar, pero además fue uno de los organizadores de la Exposición Provincial de Jaén en 1877 y gobernador civil de varias provincias de la entonces colonia española de Filipinas. Su biblioteca era amplia e incluía títulos en francés y alguno en inglés. Cuando murió en 1895 se registró como su profesión la de “literato”, lo que no deja de ser llamativo en la Quesada de entonces.

Manuel Ciges Aparicio se inspiró en Alcalá Menezo para componer la figura central de Villavieja, don Luis Obregón. Ciges debió conocer las historias y anécdotas que de don Ángel se contaran en el pueblo y lo presenta como un personaje algo excesivo en sus formas y carácter, imaginativo pero inconstante, propietario acomodado pero que se preocupa por cambiar la triste realidad social y económica que le rodea. Como Alcalá Menezo, también don Luis Obregón propone la creación de un colegio de secundaria, propuesta que es acogida con escepticismo y frialdad por la abúlica Villavieja. Seguramente lo mismo que le sucedió a don Ángel con sus proyectos.

El las elecciones de febrero de 1877 Alcalá Menezo fue elegido diputado provincial por el distrito de Quesada para el siguiente bienio. Ese año participó activamente en la organización de la Exposición Provincial, en la que Quesada se distinguió con 130 expositores, “crecida cantidad con relación a su importancia” (Gaceta Agrícola del Ministerio de Fomento, Tomo VIII pág. 498). Durante este tiempo fue director de la revista La Semana (En la Revista de Feriasde 1989, Alfonso Sancho Sáez hace una buena semblanza de don Ángel y de su participación en este evento). Seguramente por su papel e influencia en la Diputación, este organismo concedió el 2 de abril de 1878 un donativo de 300 ptas. al Ayuntamiento de Quesada “para adquisición de material científico para la escuela preparatoria”.

Y es que ya estaba funcionando en Quesada un colegio incorporado al Instituto provincial de Jaén, como se puede comprobar en el Boletín Oficial de la Provincia de Jaén de 14 de noviembre de 1878, pág. 3. Su director era don Ángel Alcalá Menezo, que se encargaba también de las asignaturas de Geografía, Historia Universal, Aritmética y Álgebra, Geometría y Trigonometría.


Profesorado del colegio de Quesada. Boletín Oficial de la provincia de
Jaén,  11 de noviembre de 1879. Composición con las páginas 3 y 4.


El resto de profesores eran también personajes muy conocidos del pueblo. El notario José Montiel daba primer curso de latín y castellano. Juan José Segura Pérez, bachiller en Sagrada Teología, Retórica, Poética y Filosofía. El médico Juan de Mata Carriazo Gallego, abuelo del historiador Carriazo Arroquia, Fisiología. El farmacéutico Pedro Segura Mesa, que según Carriazo fue luego director del Instituto de Baeza, Historia Natural y Física y Química. Por último, Juan Álvarez del Peral, licenciado en Derecho y secretario del Ayuntamiento, impartía Historia de España.

Al año siguiente se renovó la licencia del colegio y hubo algunos cambios en el claustro. Además de los anteriores, como nuevos profesores aparecen José Ramón Vives Cotero, relojero, poeta y cronista local, que asume la Poética y la Geografía; el párroco Luis Vear Ortiz, la Filosofía; el médico Miguel Gámez Valero, Fisiología e Higiene; Hilario Baras Heredia, Historia Natural; y por último, el perito forestal Felipe Carrasco Carrasco, Aritmética y Álgebra.

La procedencia ideológica del profesorado era dispar y algo contradictoria, especialmente en 1879, el segundo año de funcionamiento del colegio. Al reconocido carlista Juan José Segura se unió el párroco, pero también Hilario Baras y José Ramón Vives, que luego en 1888 fueron firmantes del “Manifiesto Democrático-Progresista” promovido por el diario La Discusión. Y sobre todo Felipe Carrasco, que era Venerable Maestro y Guarda del Templo de la logia masónica quesadeña La Luz. Su pertenencia a la Masonería, usando el nombre de Padilla,  no la llevaba en secreto ni fue un arrebato pasajero; la mantuvo en el tiempo hasta finales del siglo. El párroco Vear sin duda no ignoraba que compartía claustro con un reconocido masón, lo que tampoco sorprende en la Quesada de aquel tiempo, pues años después Padilla denunció a la superioridad que había alguno que era a la vez hermano de La Luz y de la Cofradía de la Virgen de Tíscar.

Aunque los anuncios en el Boletín Oficial son de los años 1878 y 1879, el colegio había empezado a funcionar al menos desde el curso 1877-78. La noticia procede del propio Alcalá Menezo. Durante los meses anteriores a la Exposición Provincial, inaugurada en Jaén el 7 de agosto de 1878, don Ángel intercambio correspondencia con su principal impulsor, Joaquín Ruiz Jiménez. Estas cartas se conservan en el archivo de la Sociedad de Amigos del País de Jaén y han sido digitalizadas recientemente por la Diputación. En una de 10 de febrero de 1878, Alcalá Menezo dice:

Sr. D. Joaquín Ruiz Giménez: Querido amigo:

Mi cargo de Diputado de un Distrito desinquieto y revoltoso unido a que explico ¡asignaturas! en el Colegio de 2ª Enseñanza, me privan del placer de atender cual debía a tiempo a los amigos, y que amigos como Vd. a quien tanto quiero y aprecio.

Un par de meses después, el 25 de abril, le escribe, como disculpa por no dedicar el suficiente tiempo a la Exposición, el mucho que le ocupa la enseñanza: “tengo cuatro clases diarias en mi querido Colegio de 2ª Enseñanza”. Aunque no aparezca anuncio en el Boletín, el colegio ya estaba funcionando de forma oficial, en dependencia del Instituto Provincial de Jaén. Al finalizar el curso 1877-78, los alumnos fueron examinados por una comisión del Instituto que al efecto se desplazó desde Jaén. Lo cuenta Alcalá Menezo a Ruiz Jiménez en carta del 12 de junio: “pronto serán los exámenes, pues estoy aguardando la Comisión de ese Instituto”.

Se comprueba en esta correspondencia que don Ángel era, además de director, el alma del colegio. La finalización del curso le permitió dedicarse plenamente a la preparación de la Exposición Provincial, en la que consiguió que Quesada tuviera un importante protagonismo como se verá en un próximo artículo. En carta de 24 de junio le dice a Ruiz Jiménez: “Gracias al divino Apolo que he concluido (por este año) de estudiantes. Ya me sobra tiempo para todo. Estoy desde ayer exclusivamente dedicado al Certamen provincial”. Don Ángel había quedado muy satisfecho con los exámenes, tanto que le pedía a Ruiz Jiménez que insertara en el semanario La Semana una noticia con el “resultado de mi Colegio, que ha sido brillantísimo, honroso, sobresaliente, magnífico”.

El curso 1879-80 fue el último del que hay noticia de este colegio. Seguramente dejó de funcionar cuando Alcalá Menezo, su principal impulsor, marchó a Madrid, donde desarrolló durante la primera mitad de la década una corta pero tumultuosa carrera política.

1889. El segundo intento de Alcalá Menezo.

En el pleno municipal de 1 de septiembre de 1889 se dio lectura a una exposición presentada por “los vecinos de esta villa el licenciado D. Leandro Giménez Pérez, párroco de la misma, D. Ángel Alcalá y D. Salvador Segura”. En ella manifestaban el deseo y la conveniencia de fundar “un instituto privado de segunda enseñanza y una preceptoría sucursal del Seminario de Toledo, donde se cursen con perfecta y legal validez académica todas las asignaturas de Humanidades y Filosofía”. Habían solicitado y obtenido la autorización del instituto provincial de Jaén y estaban a la espera de que el arzobispo de Toledo autorizase la preceptoría. Concluían su escrito solicitando 1.000 ptas. de subvención para la adecuación del local.  La Corporación valoró “la gran utilidad y conveniencia que la idea envuelve tanto para la juventud estudiosa de la población como para la de los pueblos limítrofes” y acordó conceder la cantidad solicitada con cargo al presupuesto del siguiente año, pero con la condición de que si “el referido colegio se clausurase por cualquier circunstancia” el Ayuntamiento tendría derecho a recuperar el dinero con la casa y la venta de “los efectos y mobiliario” del colegio.

En el Boletín Oficial de la Provincia de Jaén de 5 de noviembre se publicó la relación de “colegios privados de segunda enseñanza incorporados en el presente curso académico a este Instituto provincial”. Nuevamente, entre ellos figura el de Quesada. Como en la ocasión anterior su director era Ángel Alcalá Menezo, que seguramente retomó la idea una vez finalizada su etapa política en Madrid y tras haber publicado “Pedro de Hidalgo o el Castillo de Tíscar”, novela que le dio fama local.

El párroco Leandro Giménez había sustituido muy poco antes a Luis Vear. La placa con su nombre continúa en la plaza de la Lonja, pero no hay muchas noticias de él, fuera de que parece que era del pueblo y que al final de su estancia, hacia 1905-1907, tuvo embargos y líos económicos. Impartía primer curso de Latín y Castellano. El presbítero Toribio Bello —hermano del maestro y pintor Isidoro Bello López— se encargaba del segundo curso de ambas asignaturas. José Ramón Vives Cotero repite en Poética y Geografía. El médico Salvador Segura, que se había distinguido durante la epidemia de cólera de 1885 y que en 1900 fue uno de los fundadores de la sociedad lírico-dramática La Lira, Historia Natural. El también médico Ricardo Moreno Ortiz, entusiasta seguidor del ex presidente del la República, Emilio Castelar, Física y Química. El joven licenciado Francisco Malo García, Historia de España. Finalmente, el abogado y cuñado de Alcalá Menezo, Manuel Segura Fernández, que usaba como nombre masónico Arístides, pues también era miembro de la logia local La Luz explicaba Física y Química.


Placa todavía existente en La Lonja, dedicada al párroco Leandro Giménez


Aunque la citada petición al Ayuntamiento la encabezara el párroco, el protocolo de la época, es evidente que el alma del colegio volvía a ser Alcalá Menezo, su director, que asumía personalmente las asignaturas de Aritmética y Francés. No debió ser mucho el recorrido de este colegio porque, para cuando en noviembre se publicó en el Boletín Oficial su autorización, don Ángel ya había salido de Quesada. Partió en octubre,  cuando fue nombrado gobernador civil de Batangas, en Filipinas, donde pasó varios años. Al poco de regresar de su agitada y accidentada gobernación, al parecer con la salud quebrantada, murió de neumonía en mayo de 1895. Con la muerte de este gran animador de la vida local nadie volverá a intentar la creación de un colegio hasta 1923.

Como antes dije, Manuel Ciges Aparicio habla en su novela Villavieja de estos intentos de creación de un colegio de secundaria y se inspira en Alcalá Menezo para componer a su personaje don Luis Obregón. Como se sabe, Villavieja es Quesada en un momento indeterminado de finales del s. XIX y primeros años del XX. Publicada en 1914, tuvo una escasa y accidentada distribución. El “descanso eterno” que le dieron a Ciges en agosto de 1936, fusilado por los rebeldes cuando era gobernador civil de Ávila, contribuyó al olvido del autor y de su obra. En Quesada fue mas criticada que leída. No sentó bien a la buena sociedad quesadeña ni Villavieja ni mucho menos La Romería. Por desgracia la novela sigue siendo ampliamente desconocida en Quesada y no sería muy numerosa la reunión que se podría formar con sus lectores.  Sigue siendo muy complicado hacerse con ella, algo que no se solucionará hasta que se haga una nueva edición —tarea en la que algunos andamos empeñados—. Por eso creo que conviene reproducir aquí la escena, incluida en el capítulo IX, en la que se habla de estos intentos de creación de un colegio de secundaria en Quesada. Y lo hace el propio Alcalá Menezo, es decir, don Luis Obregón.

La escena se desarrolla en el jardín de Quesada una mañana de invierno. Don Federico, el maestro, y monsieur Lairet, Mosiú, ingeniero suizo que trabaja en las obras de la carretera de la estación —representa en realidad al propio autor, también forastero— pasean y hablan del pueblo. Lamentan sus problemas y el escaso interés existente por la cultura y la educación. El maestro le explica a Mosiú sus dificultades para conseguir que la familia de un muchacho con buenas aptitudes le permita seguir con sus estudios. En esto les alcanza don Luis Obregón, que se une a la conversación:

 

Colocándose entre ambos amigos, les invitó a proseguir el paseo. Bastaba mirarle para comprender que el antiguo gobernador estaba preocupado. El profesor y Mosiú esperaron a que hablase; pero aún pasaron algunos minutos en silencio.

Al fin, dijo muy despacioso:

—Venía detrás de ustedes, y he oído sus últimas palabras, don Federico.

Y después de una pausa, añadió:

—Hace usted muy bien ayudando a ese pobre muchacho. Aquí moriría de aburrimiento y hambre, y nunca dejaría de ser un parásito más. Lo que usted desea hacer con Julio tendría que imitarse con otros muchos. En eso pensaba desde que le oí hablar a monsieur Lairet, y ya creo haber encontrado el medio.

El maestro y Mosiú le miraron esperando la continuación.

—No es el recurso mejor —prosiguió don Luis—; pero es todo lo que podemos intentar en Villavieja. Es necesario que empecemos a fomentar la cultura. ¿No les parece a ustedes? Vamos, pues, a fundar un colegio de segunda enseñanza.

Los dos compañeros no pudieron ocultar un gesto de sorpresa y desencanto. Obregón lo notó y dijo:

—Esperaba ese movimiento de contrariedad, porque a mí tampoco me satisface. Sería más eficaz perfeccionar a los muchachos en un buen oficio, o prepararlos para otras labores útiles; pero nos faltan los instrumentos y también nosotros carecemos de preparación. Además, tendríamos que luchar desesperadamente contra la resistencia de los padres. Hacer de sus hijos un sobrestante de Obras públicas, un agrimensor o un capataz de minas, les parecería depresivo. En cambio, todos desearían verlos convertidos en abogados, médicos o militares. Y en Villavieja solo hay materia para eso. Claro es que, de veinte que empiecen, apenas terminarán cuatro; pero eso iremos ganando, y aun a los otros se les sustraerá algunos años a la holganza, y tal vez las nociones que adquieran no serán perdidas.

Mosiú se conformó fácilmente; pero el maestro fue más escéptico.

—Se cansarán pronto —observó—, y aun dudo de que no se cansen antes de empezar el curso. En Villavieja no hay ambiente cultural, y hasta sospecho que la cultura todavía no constituye una necesidad. Vean ustedes lo que me ocurre a mí. Estamos a diez y ocho de diciembre y hace quince días que declaré a la fuerza las vacaciones de Navidad por falta de alumnos. Los pobres retiraron a sus hijos hace un mes, cuando empezó la recogida de la aceituna, y al ver las clases desiertas, los otros fueron dejando de asistir. Entre nosotros todo son pretextos para no acudir a la escuela. ¿Y aún dicen de la enseñanza obligatoria? Sí, cuando el Estado disminuya los tributos que el pueblo ha de pagar con su dinero, cuando fomente la riqueza pública y cuando los Municipios den de comer a los niños menesterosos.Mientras los padres necesiten de ellos para ganar algunas monedas más, los hijos faltarán a la escuela.

Mosiú opuso graves reparos a los conceptos del profesor, y discurrió largamente acerca de la enseñanza en Europa, y con singularidad, de la trascendental labor de la escuela, preparatoria del alma infantil y del porvenir nacional. Como don Federico conocía de sobra todos aquellos lugares comunes, se sometió pacientemente a escuchar una lectura más de tantos artículos periodísticos en que se repetían las mismas cosas.

(…)

Don Luis Obregón no oía a sus dos compañeros, ocupado en madurar el proyecto. También sospechaba él que su plan no prevalecería, o que su existencia sería efímera; pero conociendo la nerviosa impresionabilidad de los villavejenses, tampoco dudaba de su momentáneo éxito. Sus convecinos se entusiasmarían de pronto, y toda la clase media y superior, hasta sus propios adversarios, querrían enviar a sus hijos al colegio. El caso de su cuñado don Alberto, con tres gandules sin profesión ni oficio, era el de todos. Durante ese periodo de novedad y entusiasmo, él recibiría loores por su fecunda iniciativa, y como la crisis ministerial era inminente, no dejaría de ganar prosélitos. Cuando hubo meditado su plan, elevó la voz ordenando con resolución:

—Usted, don Federico, será profesor de latín, geografía y retórica. Nadie como Mosiú para enseñar el francés...

Monsieur Lairet le saltó al paso:

—Perdón; yo solo vengo algunos días a Villavieja, y en cuanto termine la carretera, regresaré a mi país.

Don Luis le replicó:

—No importa. Combinaremos las clases con los días en que usted venga. Después... ¿quién sabe?

—Eso, ¿quién sabe? —asoció el maestro, que no tomaba en serio aquel proyecto de Obregón.

El exgobernador pareció no oírle, Mosiú insistió:

—Pero las obras se terminarán muy pronto...

Don Luis no se arredró:

—Bueno; luego veremos quién le sustituye... Mi hermano estudió cuatro años de ingeniería, y es fuerte matemático. Para las otras ciencias nadie como el médico don Ambrosio...

El profesor le preguntó con bien disimulada ironía:

—¿Y usted?

—Como yo me doctoré en derecho, seré el director.

—¿Y qué explicará?

—Retórica, psicología... ¡lo que sea preciso! Lo que yo ignoro, lo adivino, y si es necesario estudiar, lo estudiaré... —dijo, y enmudeció algunos instantes para seguir elaborando su proyecto.

Fuera del maestro, ningún profesor cobraría. El derecho de inscripción en el colegio sería mínimo, para que todos los padres de familia lo encontrasen aceptable. Además, podrían acudir estudiantes de lejos, y don Federico se encargaría de organizar el internado conservando a los forasteros en su casa. Cuando don Luis Obregón expuso este final de su proyecto, dando grandes prisas para realizarlo, el profesor le dijo riendo:

—¿Pero vamos a empezar en seguida?

—¿Cómo no? Pasado Año Nuevo.

Don Federico siguió riendo.

—¿Ha olvidado usted que para empezar el curso es muy tarde, y que para ingresar en la segunda enseñanza hay que sufrir un examen previo?

El antiguo gobernador se golpeó la frente con la mano.

—¡Lo había olvidado! ¡Ni siquiera pensaba en eso! ¿Qué vamos a hacer?

—Dejarlo para más adelante —le repuso el maestro creyendo hacerle disuadir.

Pero eso es lo que no deseaba don Luis, y bien claro lo dio a entender.

—Dejarlo para después vale tanto como renunciar para siempre. Conozco a mis compatriotas.

—Y yo también —murmuró muy quedo el maestro.

La perplejidad del político duró muy poco.

—Bueno: aprovecharemos estos meses en preparar a los chiquillos para el examen de ingreso.

Siempre escéptico y con el deseo de oponer reparos, don Federico aún le preguntó:

—¿Y local para las clases?

El iniciador de la idea le repuso impaciente:

—Mañana lo verá.

 

Villavieja. Primera edición de 1914.