sábado, 29 de enero de 2022

El s. XIX en Quesada. La enseñanza secundaria.

 

Ángel Alcalá Menezo, autor de "Pedro Hidalgo o el castillo de Tíscar" y principal
impulsor de la secundaria en Quesada durante el s. XIX.

En una entrada anterior de este blog se trató de la enseñanza en Quesada a propósito de los artículos del periodista Luis Bello en el diario El Sol. En el publicado el 21 de agosto de 1928 denunciaba el estado calamitoso de la enseñanza primaria en Quesada y en toda la comarca. Si poca atención prestaban los gobiernos a las escuelas hasta que la II República comenzó a revertir la situación, el escenario era especialmente malo en el mundo rural y, como consecuencia, el analfabetismo era un mal endémico. En Quesada rondó el 80% de la población hasta los años treinta del pasado siglo. (1928. Luis Bello y la instrucción pública en Quesada)

Durante el siglo XIX y primeras décadas del XX había pocas escuelas en Quesada, con poca capacidad y destinadas principalmente a los niños pertenecientes a las familias más acomodadas. Los escasos niños pobres escolarizados asistían apenas unos o dos años y con irregularidad, pues faltaban durante la aceituna y en cualquier momento que lo hicieran necesario las faenas del campo. Si esta era la pésima situación de la enseñanza primaria, la secundaria era simplemente inexistente. Los escasísimos niños que cursaban bachiller lo hacían por libre en el pueblo y alguno que otro, los más adinerados, fuera del pueblo, en internados o con su familia si esta se podía permitir residir fuera durante los estudios.

No obstante, existieron varios intentos de crear colegios privados de segunda enseñanza durante la segunda mitad del siglo XIX. Fueron todos intentos fallidos, duraron poco y tuvieron un carácter muy minoritario. Su repercusión en el nivel educativo fue anecdótica, de manera que interesan más por lo que dicen de algunos destacados personajes locales y del ambiente social del pueblo en aquellos años que por su importancia pedagógica.

Primer intento. 1869.

Corría el mes de abril de 1869 y en Quesada había tifus; los grandes temporales del invierno habían provocado una grave crisis de trabajo y, ante la falta de jornales, el Ayuntamiento se había visto obligado a repartir trigo entre los vecinos. Pocos meses antes la Revolución de 1868, la Gloriosa, en la que había tenido gran protagonismo el general Serrano Bedoya, había acabado con el reinado de Isabel II. Los familiares de Serrano y sus partidarios controlaban ahora el Ayuntamiento. En este contexto se produce la primera noticia conocida sobre el intento de crear un centro de segunda enseñanza en Quesada.

Según el libro de actas de plenos municipales, el día 30 de abril el alcalde, Hilario Serrano del Águila, propuso a los concejales la creación de un instituto de segunda enseñanza. Para financiar el proyecto se suprimiría la escuela de niños de Belerda, pues la aldea no llegaba a las 500 almas y "ningún resultado se obtiene"  de ella por la inasistencia generalizada de los niños a causa de “las dificultes de la topografía” y los “hábitos tradicionales e instinto de la población”. La escuela se refundiría  con la de niñas, creando una escuela mixta a cargo de la maestra. También se suprimiría la segunda escuela de niños de Quesada; quedarían todos a cargo del maestro de la primera. Según el alcalde, esto no afectaría al progreso de la instrucción primaria “porque ambas escuelas están en un mismo edificio y son contiguas y las puede llevar una sola persona” (se refiere a la primera planta del antiguo convento, donde estuvieron hasta los años cuarenta del siglo XX). Tampoco se perjudicaría con esta medida a nadie, porque de todas formas el puesto de maestro de la segunda escuela estaba vacante. Calculaba el alcalde un ahorro de 823,500 escudos, cantidad suficiente para dotar un catedrático de instituto.

El pleno municipal aprobó la propuesta y acordó enviar una solitud al Ministerio de Fomento, responsable entonces de la enseñanza, para proceder al cierre de las escuelas. Poco después, en septiembre, el gobernador civil comunicó que el Ministerio desautorizaba el cierre, pues Quesada ya estaba en el mínimo que la ley exigía para el número de habitantes (algo menos de 6.000). En nada acabó este primer intento, pero vale para mostrar el nulo interés por extender la enseñanza primaria y alfabetizar a la población, algo que pervivió casi hasta el final del reinado de Alfonso XIII. Se cambiaba enseñar a leer y escribir a muchos por facilitar el bachillerato a unos pocos. Aunque hijos de la revolución y de la constitución democrática de 1869, los “serranistas” no destacaban por su conciencia social; eran contrarios a los partidarios de los Borbones y poco más.


Autógrafo de Alcalá Menezo


I República. 1873.

Unos años después, el 31 de agosto de 1873, durante la primera República, la creación de un colegio de segunda enseñanza volvió al pleno municipal. Ese día el alcalde en funciones, el ciudadano Federico Jila, comunicó a la corporación que “don Antonio Redondo, asociado de otros dos caballeros de esta localidad, había conseguido que el claustro del Instituto de segunda enseñanza de la ciudad de Baeza, de acuerdo con el de la Universidad de Granada, le concediese la gracia de poner en esta población un colegio dependiente” de dicho instituto. Solicitaba don Antonio al Ayuntamiento que proporcionara un local. El pleno acordó que, en cuanto la petición se formalizase mediante instancia, se proveyese lo necesario para instalar el citado colegio.

Una par de semanas después y tras recibir la petición formal, se acordó que se ubicara el “Instituto de 2ª Enseñanza concedido al Sr. Redondo” en el salón municipal existente en la planta baja del antiguo convento de dominicos. Se accedía a él por la puerta del convento situada al principio de la cuesta de San Juan. En este local se habían celebrado reuniones y asambleas de vecinos y más tarde teatro y cine; allí se vieron las primeras películas en Quesada. 

No hay noticias de lo que pasó con este proyecto, pero sin duda los frenéticos cambios políticos que siguieron y que culminaron con la restauración de la Monarquía trajeron otras preocupaciones más inmediatas a concejales y vecinos. Se podría pensar que la rapidez en la favorable respuesta del Ayuntamiento obedecía a una preocupación especial por la instrucción pública, que más tarde sí manifestaría la segunda República. Pero no fue el caso, porque la idea surgió, aunque fuera secundada por la corporación republicano-federal, de los sectores más conservadores de la sociedad quesadeña. Quizás porque de nuevo atendía, no a las necesidades de la masa popular, sino a las de una pequeña minoría privilegiada.

El primer firmante de la solicitud, Antonio Redondo Martínez, era un maestro que había llegado a Quesada en abril de 1869 como encargado interino de la segunda escuela de niños tras el fallecimiento de su titular, Ildefonso Malo. Duró poco en el puesto porque el 11 de julio del mismo año fue destituido al negarse a jurar, como era preceptivo para todos los empleados públicos, la constitución democrática promulgada tras la Gloriosa y la expulsión de los Borbones. Redondo pertenecía a la sección local de Juventud Católica, organización en la que participaban otros quesadeños de filiación conservadora y carlista. El rey llegado con la constitución de 1869, Amadeo I, era hijo de Víctor Manuel II de Italia, que poco antes había tomado Roma y acabado con los Estados Pontificios culminando la unidad italiana.El papa Pío IX no reconoció al nuevo gobierno italiano y recomendó a los católicos no participar en política ni colaborar con el nuevo régimen. Esta pugna se trasladó a España, de manera que un apoyo explícito al papa suponía implícitamente un rechazo al gobierno democrático de Amadeo I. 

La Juventud Católica se había constituido en Quesada muy poco después de su fundación y así lo recogía el 28 de enero de 1870 el periódico tradicionalista El Pensamiento español. Al año siguiente, el también carlista La Esperanza informaba el 28 de junio que esta asociación había remitido desde Quesada una felicitación, en latín y en castellano, a Su Santidad con motivo del XXV aniversario de su pontificado. Firmaban la carta, además de Antonio Redondo, otros miembros de la asociación como Ángel Alcalá Menezo, Toribio Bello, Agustín y Juan José Segura, todos ellos significados integristas. No fue solo esta asociación la que homenajeó al papa (y afeó al rey Amadeo), también el propio Ayuntamiento “serranista” organizó una “función religiosa que solemnizó este municipio en conmemoración del fausto suceso del 25 aniversario del pontificado de Pío IX en junio último” (Pleno 17-9-1871).

No estaban, como se ve, detrás de la propuesta personas adictas a la República. Y sin embargo, el Ayuntamiento de 1873, formado por republicanos federales, el ala izquierda del republicanismo, la acogió con entusiasmo y en un par de semanas facilitó el local que se le había pedido. Como tantas otras veces, esta aparente incongruencia sería explicable por las disputas, filias y fobias de la política local, que a menudo contradicen los esquemas  políticos generales. El caso es que a final de 1873 el golpe de estado del general Pavía acabó con las cortes republicanas y llevó a la presidencia de la República a Serrano Domínguez, que ejerció el poder durante un año de manera personalista y dictatorial. A finales de 1874 otro golpe militar, el del general Martínez Campos, restauró la monarquía Borbón. De Antonio Redondo y su colegio nada más se supo. Alguno de sus compañeros, como Ángel Alcalá y Menezo, se apresuraron a renegar del carlismo y jurar lealtad al nuevo rey Alfonso XII. (Boletín Oficial de la Provincia de Jaén de 24 de julio de 1875).


Página de "La Ilustración Española y Americana"
sobre la Exposición Provincial de 1877, donde hubo
una importante participación quesadeña.


1877-1880

Cuando en 1923 Juan de Mata Carriazo escribió el folleto del “Colegio Moderno” que entonces se pretendía fundar, dedicó un recuerdo a los antecedentes de la enseñanza secundaria en Quesada. No menciona Carriazo estos intentos de los que se ha hablado hasta ahora, sin duda ya olvidados, y se refiere solo a los dos posteriores que protagonizó Ángel Alcalá Menezo. Alcalá Menezo fue uno de los personajes más singulares del siglo XIX quesadeño. Nacido en una de las familias más pudientes del pueblo, se le recuerda como autor de la “novela de Tíscar”, Pedro Hidalgo o el castillo de Tíscar, pero además fue uno de los organizadores de la Exposición Provincial de Jaén en 1877 y gobernador civil de varias provincias de la entonces colonia española de Filipinas. Su biblioteca era amplia e incluía títulos en francés y alguno en inglés. Cuando murió en 1895 se registró como su profesión la de “literato”, lo que no deja de ser llamativo en la Quesada de entonces.

Manuel Ciges Aparicio se inspiró en Alcalá Menezo para componer la figura central de Villavieja, don Luis Obregón. Ciges debió conocer las historias y anécdotas que de don Ángel se contaran en el pueblo y lo presenta como un personaje algo excesivo en sus formas y carácter, imaginativo pero inconstante, propietario acomodado pero que se preocupa por cambiar la triste realidad social y económica que le rodea. Como Alcalá Menezo, también don Luis Obregón propone la creación de un colegio de secundaria, propuesta que es acogida con escepticismo y frialdad por la abúlica Villavieja. Seguramente lo mismo que le sucedió a don Ángel con sus proyectos.

El las elecciones de febrero de 1877 Alcalá Menezo fue elegido diputado provincial por el distrito de Quesada para el siguiente bienio. Ese año participó activamente en la organización de la Exposición Provincial, en la que Quesada se distinguió con 130 expositores, “crecida cantidad con relación a su importancia” (Gaceta Agrícola del Ministerio de Fomento, Tomo VIII pág. 498). Durante este tiempo fue director de la revista La Semana (En la Revista de Feriasde 1989, Alfonso Sancho Sáez hace una buena semblanza de don Ángel y de su participación en este evento). Seguramente por su papel e influencia en la Diputación, este organismo concedió el 2 de abril de 1878 un donativo de 300 ptas. al Ayuntamiento de Quesada “para adquisición de material científico para la escuela preparatoria”.

Y es que ya estaba funcionando en Quesada un colegio incorporado al Instituto provincial de Jaén, como se puede comprobar en el Boletín Oficial de la Provincia de Jaén de 14 de noviembre de 1878, pág. 3. Su director era don Ángel Alcalá Menezo, que se encargaba también de las asignaturas de Geografía, Historia Universal, Aritmética y Álgebra, Geometría y Trigonometría.


Profesorado del colegio de Quesada. Boletín Oficial de la provincia de
Jaén,  11 de noviembre de 1879. Composición con las páginas 3 y 4.


El resto de profesores eran también personajes muy conocidos del pueblo. El notario José Montiel daba primer curso de latín y castellano. Juan José Segura Pérez, bachiller en Sagrada Teología, Retórica, Poética y Filosofía. El médico Juan de Mata Carriazo Gallego, abuelo del historiador Carriazo Arroquia, Fisiología. El farmacéutico Pedro Segura Mesa, que según Carriazo fue luego director del Instituto de Baeza, Historia Natural y Física y Química. Por último, Juan Álvarez del Peral, licenciado en Derecho y secretario del Ayuntamiento, impartía Historia de España.

Al año siguiente se renovó la licencia del colegio y hubo algunos cambios en el claustro. Además de los anteriores, como nuevos profesores aparecen José Ramón Vives Cotero, relojero, poeta y cronista local, que asume la Poética y la Geografía; el párroco Luis Vear Ortiz, la Filosofía; el médico Miguel Gámez Valero, Fisiología e Higiene; Hilario Baras Heredia, Historia Natural; y por último, el perito forestal Felipe Carrasco Carrasco, Aritmética y Álgebra.

La procedencia ideológica del profesorado era dispar y algo contradictoria, especialmente en 1879, el segundo año de funcionamiento del colegio. Al reconocido carlista Juan José Segura se unió el párroco, pero también Hilario Baras y José Ramón Vives, que luego en 1888 fueron firmantes del “Manifiesto Democrático-Progresista” promovido por el diario La Discusión. Y sobre todo Felipe Carrasco, que era Venerable Maestro y Guarda del Templo de la logia masónica quesadeña La Luz. Su pertenencia a la Masonería, usando el nombre de Padilla,  no la llevaba en secreto ni fue un arrebato pasajero; la mantuvo en el tiempo hasta finales del siglo. El párroco Vear sin duda no ignoraba que compartía claustro con un reconocido masón, lo que tampoco sorprende en la Quesada de aquel tiempo, pues años después Padilla denunció a la superioridad que había alguno que era a la vez hermano de La Luz y de la Cofradía de la Virgen de Tíscar.

Aunque los anuncios en el Boletín Oficial son de los años 1878 y 1879, el colegio había empezado a funcionar al menos desde el curso 1877-78. La noticia procede del propio Alcalá Menezo. Durante los meses anteriores a la Exposición Provincial, inaugurada en Jaén el 7 de agosto de 1878, don Ángel intercambio correspondencia con su principal impulsor, Joaquín Ruiz Jiménez. Estas cartas se conservan en el archivo de la Sociedad de Amigos del País de Jaén y han sido digitalizadas recientemente por la Diputación. En una de 10 de febrero de 1878, Alcalá Menezo dice:

Sr. D. Joaquín Ruiz Giménez: Querido amigo:

Mi cargo de Diputado de un Distrito desinquieto y revoltoso unido a que explico ¡asignaturas! en el Colegio de 2ª Enseñanza, me privan del placer de atender cual debía a tiempo a los amigos, y que amigos como Vd. a quien tanto quiero y aprecio.

Un par de meses después, el 25 de abril, le escribe, como disculpa por no dedicar el suficiente tiempo a la Exposición, el mucho que le ocupa la enseñanza: “tengo cuatro clases diarias en mi querido Colegio de 2ª Enseñanza”. Aunque no aparezca anuncio en el Boletín, el colegio ya estaba funcionando de forma oficial, en dependencia del Instituto Provincial de Jaén. Al finalizar el curso 1877-78, los alumnos fueron examinados por una comisión del Instituto que al efecto se desplazó desde Jaén. Lo cuenta Alcalá Menezo a Ruiz Jiménez en carta del 12 de junio: “pronto serán los exámenes, pues estoy aguardando la Comisión de ese Instituto”.

Se comprueba en esta correspondencia que don Ángel era, además de director, el alma del colegio. La finalización del curso le permitió dedicarse plenamente a la preparación de la Exposición Provincial, en la que consiguió que Quesada tuviera un importante protagonismo como se verá en un próximo artículo. En carta de 24 de junio le dice a Ruiz Jiménez: “Gracias al divino Apolo que he concluido (por este año) de estudiantes. Ya me sobra tiempo para todo. Estoy desde ayer exclusivamente dedicado al Certamen provincial”. Don Ángel había quedado muy satisfecho con los exámenes, tanto que le pedía a Ruiz Jiménez que insertara en el semanario La Semana una noticia con el “resultado de mi Colegio, que ha sido brillantísimo, honroso, sobresaliente, magnífico”.

El curso 1879-80 fue el último del que hay noticia de este colegio. Seguramente dejó de funcionar cuando Alcalá Menezo, su principal impulsor, marchó a Madrid, donde desarrolló durante la primera mitad de la década una corta pero tumultuosa carrera política.

1889. El segundo intento de Alcalá Menezo.

En el pleno municipal de 1 de septiembre de 1889 se dio lectura a una exposición presentada por “los vecinos de esta villa el licenciado D. Leandro Giménez Pérez, párroco de la misma, D. Ángel Alcalá y D. Salvador Segura”. En ella manifestaban el deseo y la conveniencia de fundar “un instituto privado de segunda enseñanza y una preceptoría sucursal del Seminario de Toledo, donde se cursen con perfecta y legal validez académica todas las asignaturas de Humanidades y Filosofía”. Habían solicitado y obtenido la autorización del instituto provincial de Jaén y estaban a la espera de que el arzobispo de Toledo autorizase la preceptoría. Concluían su escrito solicitando 1.000 ptas. de subvención para la adecuación del local.  La Corporación valoró “la gran utilidad y conveniencia que la idea envuelve tanto para la juventud estudiosa de la población como para la de los pueblos limítrofes” y acordó conceder la cantidad solicitada con cargo al presupuesto del siguiente año, pero con la condición de que si “el referido colegio se clausurase por cualquier circunstancia” el Ayuntamiento tendría derecho a recuperar el dinero con la casa y la venta de “los efectos y mobiliario” del colegio.

En el Boletín Oficial de la Provincia de Jaén de 5 de noviembre se publicó la relación de “colegios privados de segunda enseñanza incorporados en el presente curso académico a este Instituto provincial”. Nuevamente, entre ellos figura el de Quesada. Como en la ocasión anterior su director era Ángel Alcalá Menezo, que seguramente retomó la idea una vez finalizada su etapa política en Madrid y tras haber publicado “Pedro de Hidalgo o el Castillo de Tíscar”, novela que le dio fama local.

El párroco Leandro Giménez había sustituido muy poco antes a Luis Vear. La placa con su nombre continúa en la plaza de la Lonja, pero no hay muchas noticias de él, fuera de que parece que era del pueblo y que al final de su estancia, hacia 1905-1907, tuvo embargos y líos económicos. Impartía primer curso de Latín y Castellano. El presbítero Toribio Bello —hermano del maestro y pintor Isidoro Bello López— se encargaba del segundo curso de ambas asignaturas. José Ramón Vives Cotero repite en Poética y Geografía. El médico Salvador Segura, que se había distinguido durante la epidemia de cólera de 1885 y que en 1900 fue uno de los fundadores de la sociedad lírico-dramática La Lira, Historia Natural. El también médico Ricardo Moreno Ortiz, entusiasta seguidor del ex presidente del la República, Emilio Castelar, Física y Química. El joven licenciado Francisco Malo García, Historia de España. Finalmente, el abogado y cuñado de Alcalá Menezo, Manuel Segura Fernández, que usaba como nombre masónico Arístides, pues también era miembro de la logia local La Luz explicaba Física y Química.


Placa todavía existente en La Lonja, dedicada al párroco Leandro Giménez


Aunque la citada petición al Ayuntamiento la encabezara el párroco, el protocolo de la época, es evidente que el alma del colegio volvía a ser Alcalá Menezo, su director, que asumía personalmente las asignaturas de Aritmética y Francés. No debió ser mucho el recorrido de este colegio porque, para cuando en noviembre se publicó en el Boletín Oficial su autorización, don Ángel ya había salido de Quesada. Partió en octubre,  cuando fue nombrado gobernador civil de Batangas, en Filipinas, donde pasó varios años. Al poco de regresar de su agitada y accidentada gobernación, al parecer con la salud quebrantada, murió de neumonía en mayo de 1895. Con la muerte de este gran animador de la vida local nadie volverá a intentar la creación de un colegio hasta 1923.

Como antes dije, Manuel Ciges Aparicio habla en su novela Villavieja de estos intentos de creación de un colegio de secundaria y se inspira en Alcalá Menezo para componer a su personaje don Luis Obregón. Como se sabe, Villavieja es Quesada en un momento indeterminado de finales del s. XIX y primeros años del XX. Publicada en 1914, tuvo una escasa y accidentada distribución. El “descanso eterno” que le dieron a Ciges en agosto de 1936, fusilado por los rebeldes cuando era gobernador civil de Ávila, contribuyó al olvido del autor y de su obra. En Quesada fue mas criticada que leída. No sentó bien a la buena sociedad quesadeña ni Villavieja ni mucho menos La Romería. Por desgracia la novela sigue siendo ampliamente desconocida en Quesada y no sería muy numerosa la reunión que se podría formar con sus lectores.  Sigue siendo muy complicado hacerse con ella, algo que no se solucionará hasta que se haga una nueva edición —tarea en la que algunos andamos empeñados—. Por eso creo que conviene reproducir aquí la escena, incluida en el capítulo IX, en la que se habla de estos intentos de creación de un colegio de secundaria en Quesada. Y lo hace el propio Alcalá Menezo, es decir, don Luis Obregón.

La escena se desarrolla en el jardín de Quesada una mañana de invierno. Don Federico, el maestro, y monsieur Lairet, Mosiú, ingeniero suizo que trabaja en las obras de la carretera de la estación —representa en realidad al propio autor, también forastero— pasean y hablan del pueblo. Lamentan sus problemas y el escaso interés existente por la cultura y la educación. El maestro le explica a Mosiú sus dificultades para conseguir que la familia de un muchacho con buenas aptitudes le permita seguir con sus estudios. En esto les alcanza don Luis Obregón, que se une a la conversación:

 

Colocándose entre ambos amigos, les invitó a proseguir el paseo. Bastaba mirarle para comprender que el antiguo gobernador estaba preocupado. El profesor y Mosiú esperaron a que hablase; pero aún pasaron algunos minutos en silencio.

Al fin, dijo muy despacioso:

—Venía detrás de ustedes, y he oído sus últimas palabras, don Federico.

Y después de una pausa, añadió:

—Hace usted muy bien ayudando a ese pobre muchacho. Aquí moriría de aburrimiento y hambre, y nunca dejaría de ser un parásito más. Lo que usted desea hacer con Julio tendría que imitarse con otros muchos. En eso pensaba desde que le oí hablar a monsieur Lairet, y ya creo haber encontrado el medio.

El maestro y Mosiú le miraron esperando la continuación.

—No es el recurso mejor —prosiguió don Luis—; pero es todo lo que podemos intentar en Villavieja. Es necesario que empecemos a fomentar la cultura. ¿No les parece a ustedes? Vamos, pues, a fundar un colegio de segunda enseñanza.

Los dos compañeros no pudieron ocultar un gesto de sorpresa y desencanto. Obregón lo notó y dijo:

—Esperaba ese movimiento de contrariedad, porque a mí tampoco me satisface. Sería más eficaz perfeccionar a los muchachos en un buen oficio, o prepararlos para otras labores útiles; pero nos faltan los instrumentos y también nosotros carecemos de preparación. Además, tendríamos que luchar desesperadamente contra la resistencia de los padres. Hacer de sus hijos un sobrestante de Obras públicas, un agrimensor o un capataz de minas, les parecería depresivo. En cambio, todos desearían verlos convertidos en abogados, médicos o militares. Y en Villavieja solo hay materia para eso. Claro es que, de veinte que empiecen, apenas terminarán cuatro; pero eso iremos ganando, y aun a los otros se les sustraerá algunos años a la holganza, y tal vez las nociones que adquieran no serán perdidas.

Mosiú se conformó fácilmente; pero el maestro fue más escéptico.

—Se cansarán pronto —observó—, y aun dudo de que no se cansen antes de empezar el curso. En Villavieja no hay ambiente cultural, y hasta sospecho que la cultura todavía no constituye una necesidad. Vean ustedes lo que me ocurre a mí. Estamos a diez y ocho de diciembre y hace quince días que declaré a la fuerza las vacaciones de Navidad por falta de alumnos. Los pobres retiraron a sus hijos hace un mes, cuando empezó la recogida de la aceituna, y al ver las clases desiertas, los otros fueron dejando de asistir. Entre nosotros todo son pretextos para no acudir a la escuela. ¿Y aún dicen de la enseñanza obligatoria? Sí, cuando el Estado disminuya los tributos que el pueblo ha de pagar con su dinero, cuando fomente la riqueza pública y cuando los Municipios den de comer a los niños menesterosos.Mientras los padres necesiten de ellos para ganar algunas monedas más, los hijos faltarán a la escuela.

Mosiú opuso graves reparos a los conceptos del profesor, y discurrió largamente acerca de la enseñanza en Europa, y con singularidad, de la trascendental labor de la escuela, preparatoria del alma infantil y del porvenir nacional. Como don Federico conocía de sobra todos aquellos lugares comunes, se sometió pacientemente a escuchar una lectura más de tantos artículos periodísticos en que se repetían las mismas cosas.

(…)

Don Luis Obregón no oía a sus dos compañeros, ocupado en madurar el proyecto. También sospechaba él que su plan no prevalecería, o que su existencia sería efímera; pero conociendo la nerviosa impresionabilidad de los villavejenses, tampoco dudaba de su momentáneo éxito. Sus convecinos se entusiasmarían de pronto, y toda la clase media y superior, hasta sus propios adversarios, querrían enviar a sus hijos al colegio. El caso de su cuñado don Alberto, con tres gandules sin profesión ni oficio, era el de todos. Durante ese periodo de novedad y entusiasmo, él recibiría loores por su fecunda iniciativa, y como la crisis ministerial era inminente, no dejaría de ganar prosélitos. Cuando hubo meditado su plan, elevó la voz ordenando con resolución:

—Usted, don Federico, será profesor de latín, geografía y retórica. Nadie como Mosiú para enseñar el francés...

Monsieur Lairet le saltó al paso:

—Perdón; yo solo vengo algunos días a Villavieja, y en cuanto termine la carretera, regresaré a mi país.

Don Luis le replicó:

—No importa. Combinaremos las clases con los días en que usted venga. Después... ¿quién sabe?

—Eso, ¿quién sabe? —asoció el maestro, que no tomaba en serio aquel proyecto de Obregón.

El exgobernador pareció no oírle, Mosiú insistió:

—Pero las obras se terminarán muy pronto...

Don Luis no se arredró:

—Bueno; luego veremos quién le sustituye... Mi hermano estudió cuatro años de ingeniería, y es fuerte matemático. Para las otras ciencias nadie como el médico don Ambrosio...

El profesor le preguntó con bien disimulada ironía:

—¿Y usted?

—Como yo me doctoré en derecho, seré el director.

—¿Y qué explicará?

—Retórica, psicología... ¡lo que sea preciso! Lo que yo ignoro, lo adivino, y si es necesario estudiar, lo estudiaré... —dijo, y enmudeció algunos instantes para seguir elaborando su proyecto.

Fuera del maestro, ningún profesor cobraría. El derecho de inscripción en el colegio sería mínimo, para que todos los padres de familia lo encontrasen aceptable. Además, podrían acudir estudiantes de lejos, y don Federico se encargaría de organizar el internado conservando a los forasteros en su casa. Cuando don Luis Obregón expuso este final de su proyecto, dando grandes prisas para realizarlo, el profesor le dijo riendo:

—¿Pero vamos a empezar en seguida?

—¿Cómo no? Pasado Año Nuevo.

Don Federico siguió riendo.

—¿Ha olvidado usted que para empezar el curso es muy tarde, y que para ingresar en la segunda enseñanza hay que sufrir un examen previo?

El antiguo gobernador se golpeó la frente con la mano.

—¡Lo había olvidado! ¡Ni siquiera pensaba en eso! ¿Qué vamos a hacer?

—Dejarlo para más adelante —le repuso el maestro creyendo hacerle disuadir.

Pero eso es lo que no deseaba don Luis, y bien claro lo dio a entender.

—Dejarlo para después vale tanto como renunciar para siempre. Conozco a mis compatriotas.

—Y yo también —murmuró muy quedo el maestro.

La perplejidad del político duró muy poco.

—Bueno: aprovecharemos estos meses en preparar a los chiquillos para el examen de ingreso.

Siempre escéptico y con el deseo de oponer reparos, don Federico aún le preguntó:

—¿Y local para las clases?

El iniciador de la idea le repuso impaciente:

—Mañana lo verá.

 

Villavieja. Primera edición de 1914.



lunes, 13 de septiembre de 2021

El abastecimiento de aguas potables en Quesada. Breve reseña histórica.

 

Plano de la tubería de abastecimiento de agua inaugurada en 1929

Este artículo está escrito para la Revista de Ferias, en cuya edición de 1021 ha sido publicado. Solo cabe añadir que la primera noticia documentada sobre abastecimiento de aguas potables en Quesada es de 1556. El 8 de octubre Felipe II autoriza al concejo de Quesada a un repartimiento de 50.000 maravedíes entre los vecinos para finalizar la traída de aguas desde las fuentes llamadas de las Cuevas y del Olivarejo. Hasta entonces el pueblo se abastecía con agua del río, que la mayor parte del año dicho rrío venía muy turbio y suzio con las abenidas y cresçientes, e demás dello el agua dél no hera del todo buena.

El documento fue publicado por Juan de Mata Carriazo con el n.º 122 de su Colección diplomática de Quesada. Esta es la construcción que fue reformada en 1698 según se trata a continuación.

 

 Siglos XVII – XVIII.

 

Una de las primeras noticias sobre el abastecimiento público aguas en Quesada se conserva en el edificio del actual Ayuntamiento, en su escalera, donde podemos ver una lápida de piedra fechada en 1698 que dice:

 

“Reinando Carlos 2 Nuestro Señor Que Dios Guarde se hizo la cañería y se redificó la fuente de esta Villa siendo su corregidor y capitán a guerra el señor licenciado D. Dionisio Antonio de Peñarroxa abogado de los Reales Consejos y regidor perpetuo de la Ciudad de Alhama y comisarios D. Juan Antonio Serrano y D. Rodrigo Pedro de Urrutia sus regidores perpetuos. Año de MDCLXXXXVIII.”

 

Placa conmemorativa de la inauguración de las obras de 1698

Junto a ella, también en la escalera, hay una fuente de pared, que no es exenta, pensada para pegarla a una fachada. Es un escudo de piedra de cuyo extremo inferior tiene un caño metálico. Según una nota manuscrita de Juan de Mata Carriazo, que cita a Argote de Molina en su obra “Nobleza de Andalucía”, este escudo es el de la familia Serrano, a la que pertenecía uno de los regidores perpetuos citados en la inscripción anterior por ser uno de los dos comisionados (encargados) de la obra de la cañería. Cuando lo conoció Carriazo, el escudo estaba colocado en la fachada de la fonda “La Moderna”, junto al Ayuntamiento.

 

Fuente pública del siglo XVII actualmente en la escalera interior del ayuntamiento.

Por otra parte, según el plano de Quesada que hizo Francisco de Coello para el “Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar”, que se puede fechar alrededor de 1850, la fuente pública estaba en la Explanada, en la fachada del actual número 17 de la plaza de la Constitución y casi haciendo esquina con la plaza de la Coronación, entonces calle de San Juan o del Convento.

 

A la vista de lo anteriormente dicho se puede concluir que al menos desde 1698 había una conducción de aguas potables, que antes de esa fecha existía una fuente pública que se reconstruyó ese año y que con toda seguridad es la que se conserva en la escalera del Ayuntamiento. El agua no sobraba en el pueblo, que solo se abastecía para el consumo humano de esta fuente, de los pozos que había en algunas casas y, aunque nos sorprenda, directamente del río y de los caces de riego.

 

La cañería que llevaba el agua a la fuente era realmente una especie de pequeña acequia o caz. Las tormentas y los temporales la aterraban y a menudo la rompían en las zonas quebradas por las que atravesaba. El suministro de agua era escaso e irregular; su mantenimiento requería de continuos trabajos y gastos tal como se recoge regularmente en las actas de los plenos municipales.

 

Siglo XIX.

 

Una de las primeras menciones al problema del abastecimiento que he conseguido localizar es la del pleno del 28 de noviembre de 1846, cuando la corporación acordó reparar (nuevamente) la cañería de la fuente, para “remediar en lo posible la escasez de aguas que hay en el pueblo.” Tenía entonces Quesada 3.895 almas y 1.034 vecinos.

 

Era evidente que la cañería del siglo XVII no daba más de sí y que se precisaba acometer la construcción de una nueva. En 1854 el problema llegó a ser acuciante y se temía que la falta de agua acarrease problemas “en el caso fácil de ocurrir el verse infestado de una epidemia, por surtirse de agua sucia del rio” (en 1855 hubo efectivamente una terrible epidemia de cólera morbo), sin contar con que la escasez de dicho elemento impedía acudir a los incendios “con un remedio pronto”. Para solucionar el problema el Ayuntamiento (pleno de 4 de diciembre) acordó la construcción de una nueva cañería desde los veneros “del Chorradero y fuente Jorquera” por ser sus aguas de “inmejorable calidad” y las más cercanas al pueblo. Para financiar la obra se procedió a la venta de algunas fincas de propiedad municipal (quiñón de la Tercia y el del Juncar, haza de la Breña y la del Melgar) y se sacaron a subasta los derrames de la fuente pública que resultarían una vez se concluyera la obra.

 

A pesar de las mejoras, la escasez de suministro subsistía. Veinte años después, durante la I República, se hizo necesario volver a tratar el problema. El 16 de noviembre de 1873 el alcalde, ciudadano Francisco Calatrava, expuso al pleno municipal que, como a todos constaba, “la mayor parte del año carece este pueblo de agua a causa de que la cañería de la única fuente pública de esta Villa se encuentra en mal estado de conservación por hacer muchísimo tiempo se formó y haberlo verificado en malas condiciones”.

 

Calatrava propuso que, por persona competente, se reconociera un nuevo venero, “llamado del Nacimiento” (bajo el cerro de Vítar), y que “teniendo en cuenta que el vecindario desea con ansiedad el que se construya una nueva cañería” (la población había aumentado hasta 1.600 vecinos, unos 6.500 habitantes), se solicitara “al arquitecto de esta provincia” que trazase “el camino por donde mejor pueda hacerse la nueva cañería”. Aunque las vicisitudes políticas retrasaron algunos años el inicio de las obras, en el verano de 1879 la conducción estaba a punto de terminarse. No obstante, y como todavía no se había hecho el proyecto de nueva fuente pública, se acordó que el agua llegase hasta la parte baja de la calle Monte, donde se haría una excavación “para poder llenar los cántaros”. Las aguas sobrantes se derivarían por la calle Nueva y Alcaraz (actual de los Arcos) hasta el Pozo Airón.

 

Lo que quedaba de la antigua fuente estaba en un estado ruinoso y se mandó retirar para “evitar su desplome”. Acabaron sus piedras en la fachada de lo que luego fue la fonda de Bonifacio Amador y posteriormente en la escalera del Ayuntamiento, como ya se ha visto. La nueva fuente se retrasó porque por aquellos años se estaba remodelando la plaza, que había dejado de ser una explanada diáfana donde se celebraba el mercado y se estaba plantando un jardín, de que algunos de sus árboles aún sobreviven. Estaban muy orgullosos concejales y vecinos del moderno paseo que le daba al centro del pueblo un aspecto urbano, muy acorde con los gustos del momento. Se quería rematar la reforma con una fuente a tono, “monumental”, de la suficiente prestancia para rematar dignamente la reforma.

 

A los pocos meses, el 20 de junio de 1880, se encargó el proyecto de fuente al arquitecto provincial Jorge Porrúa. Como al parecer el caudal de los manantiales había mermado la fuente tendría solo dos caños, aunque estaba diseñada para cuatro. Tres años después concluían las obras y se procedió a la inauguración en junio de 1883. La fuente monumental se construyó en la Explanada,  en el espacio que hay entre las dos actuales.  Estaba formada por una gran peana de piedra con escaleras de acceso y un cuerpo vertical cuadrado con los caños en lados opuestos. Por la parte de la Explanada había un gran pilar rectangular y por la del jardín otro más decorativo compuesto de tres lóbulos. Los espacios donde se recogía el agua quedaban en alto y estaban protegidos por barandillas de hierro. Los caños no tenían cierre, es decir, manaban continuamente, por lo que se originaban unos derrames casi permanentes (especialmente de noche) que fueron subastados a particulares (casas cercanas y alguna fábrica de aceite como la de Santa Catalina, propiedad de Lázaro Segura).

 

La fuente se convirtió rápidamente en el centro del pueblo, punto de encuentro, lugar de chismorreos y transmisión de noticias reales… Marcó la memoria de los quesadeños de los últimos años del siglo XIX y primer tercio del XX. Quedan algunas fotografías de ella, la de Cerdá Rico de principios de siglo, la publicada en la Esfera por Luis Bello en 1928 y alguna más. Donde se muestra con más claridad es en la que hizo Juan de Mata Carriazo a finales de los años veinte, un día de nevazo, desde las ventanas de las escuelas que había sobre el mercado, en el antiguo convento. Rafael Zabaleta se inspiró en esta foto en un magnífico óleo con la fuente y la nieve cayendo sobre los álamos del jardín.


La fuente de la Explanada en una foto de J.M. Carriazo de final de los años veinte.


 

Siglo XX.

 

El pago de las obras al contratista de la conducción de aguas, Manuel Campos Atienza, fue origen de serios litigios y diferencias, en parte porque aquel mismo año de la inauguración ya hubo averías ocasionadas por defectos en la construcción. Para 1900 el Ayuntamiento era consciente de que había que reformar completamente el “viaje de aguas potables” y por eso elaboraron un informe que convenciese de su necesidad a las autoridades provinciales. Aquel mismo año se limpiaron los depósitos que abastecían la fuente, “donde se dice haber visto culebras, lagartos y otros animales muertos”, además de que los pilares de la Explanada, que servían de abrevadero, estaban infectados de sanguijuelas.

 

Las obras de reparación y limpieza fueron constantes durante las tres primeras décadas del siglo XX. Hay que tener en cuenta para valorar la situación que, a pesar de todas sus deficiencias, el suministro de aguas de Quesada no destacaba para mal pues incluso en capitales de provincia había casos de peor suministro. El agua que se consumía en Granada a principios del siglo XX era temida por sus pésimas condiciones higiénicas. El tifus era endémico y, por ejemplo,  Juan de Mata Carriazo lo contrajo durante sus estudios en aquella universidad. De ahí la popularidad de los aguadores que vendían por las calles agua traída en borricos desde fuentes más saludables, como la del Avellano.

 

El problema de Quesada, más que de la calidad, venía de la cantidad disponible. Las sequías, que mermaban el caudal cíclicamente, y las tormentas, que rompían la conducción, provocaban una casi continua escasez. Durante los años veinte otra vez se decidió resolver definitivamente el problema. En el pleno municipal de 10 de noviembre de 1927 se aprobó el “PROYECTO DE MEJORA Y AMPLIACION DEL ABASTECIMIENTO DE AGUAS DE LA CIUDAD DE QUESADA” redactado por el ingeniero José Martínez-Falero Arregui. El presupuesto total, según el anuncio de la subasta en la “Gaceta de Madrid” de 1 de febrero de 1928, alcanzaba un total de 167.909,70 ptas.

 

Martínez-Falero era en realidad un ingeniero forestal que adquirió notoriedad con la repoblación de la cuenca del río Guadalmedina, iniciada para proteger a la ciudad de Málaga de las periódicas inundaciones y avenidas que sufría. Su elección se debió seguramente a que por aquel tiempo residía en Cazorla como jefe de la segunda sección forestal de la sierra. Recientemente he podido conseguir la carpeta del proyecto en un anticuario madrileño. Se compone de planos, memoria, pliego de condiciones técnicas y presupuesto.

 

En la Memoria, y como justificación del proyecto, se exponen los problemas de la conducción existente en aquel momento. Consistía en una atarjea de ladrillo, recubierta de cemento en algunas partes, que por atravesar terrenos quebrados sufría continuas roturas y fugas. La pérdida de agua se podía comprobar por la vegetación que crecía en sus inmediaciones. Parte de la atarjea se había sustituido por una tubería de cemento de 10 centímetros de diámetro y se había desviado para evitar alguna zona de quebradas, pero tampoco era completamente impermeable. En alguno de los manantiales, como el de Melgar, se seguían utilizando atanores de barro, lo que, junto a su mal alumbramiento (trabajos para aflorar el agua), ocasionaba que este nacimiento apenas aportara caudal.

 

Al llegar al pueblo el aforo, medido para el proyecto, era de 4 litros por segundo con una pérdida de más de una cuarte parte del caudal. Tras una pequeña fuentecilla, la del Tesorillo, la conducción bajaba hasta la plaza, donde surtía la fuente de la Explanada, única que abastecía al pueblo. El suministro era insuficiente especialmente en verano y, al estar centralizado en la plaza, resultaba muy penoso para los barrios extremos, sobre todo de la parte baja del pueblo, “padeciendo con esto mucho la higiene”. La calidad del agua que llegaba no era buena porque la escorrentía de las lluvias penetraba en la atarjea arrastrando estiércol y abonos de los terrenos agrícolas circundantes. Sin embargo y según el proyecto, en origen eran “sanas, potables, sin ninguna preparación, frescas, limpias, sin olor ni sabor desagradables (…) cuecen bien las legumbres y disuelven el jabón”.

 

Carpeta del proyecto de nueva conducción de aguas de 1927.



La nueva conducción debía resolver ambos problemas, el de la cantidad y el de la calidad. El proyecto preveía captar 9 manantiales en las zonas de Nacimiento, Jorquera y Melgar, situados entre los 800 y los 975 metros de altitud y con un caudal superior a los 6 litros por segundo, que podría aumentarse con un mejor alumbramiento. La obra se componía de tres partes: tubería de conducción, depósito regulador y red de distribución en el pueblo. Además se reformó el depósito existente en Jorquera (que todavía sigue en pie, aunque sin uso) y junto a la Venta de los Feos se construyó una caseta para la recogida del agua de todas fuentes, desde donde arrancaba la tubería principal hasta el pueblo.

 

El depósito regulador, del que se carecía en el anterior sistema, era una de las claves del proyecto. Tenía como finalidad compensar los excesos de consumo que se producían en determinadas horas, almacenar el agua durante la noche cuando el consumo era reducido, y contener en todo momento la cantidad suficiente para combatir un incendio. El depósito se planeó con una capacidad de 500 metros cúbicos y permitía durante 12 horas el suministro de un caudal doble al de entrada. Se componía de dos compartimentos “de igual capacidad a fin de permitir las limpias o reparaciones, vaciando el uno y conservando lleno el otro”. Para su construcción se eligió el terreno de una de “una de las eras que existen por debajo del camino de Santiago, encima del Matadero Público”, donde sigue estando en la actualidad. Cerca del depósito se construyó un “pequeño lavadero-abrevadero (…) por ser esta zona la más necesitada de ambas cosas”.


Desde el Tesorillo la tubería de distribución bajaba por la calle Sepulcro (actual ONG Quesada Solidaria) y calle Monte hasta la plaza. Se proyectaron 11 fuentes, incluida la ya existente en la Explanada, cada una de ellas con una toma contra incendios,  completándose el sistema con nueve bocas de riego y baldeo de calles. Todas las fuentes tenían grifos automáticos (que se tenían que apretar para que manaran) “con el fin de que en todo momento se disponga en el depósito del mayor caudal de agua posible” sin el desperdicio que suponía el estar continuamente abiertos.


Las dos primeras fuentes se proyectaron en la citada calle Sepulcro. Otra era en realidad una antigua (que se arregló, porque entonces estaba seca) conocida como fuente del Perro, en la calle Ángel esquina con la actual Navas de Tolosa. En la carretera, frente al cuartel de la Guardia Civil, donde poco después se construyó un lavadero y un pequeño abrevadero, se puso la cuarta. El resto eran las siguientes: plaza de la Lonja, calle Espinillos esquina a Escudero de la Torre, plaza de Santa Catalina, calle Bache esquina actual Arte Flamenco, final de la calle del Agua y Don Pedro esquina Fernando III. La undécima la de la Explanada, que se reformó sustituyendo el cuerpo central por una fuente “con dobles caños (…), elegida entre los tipos comerciales, con el fin de que resulte bonita, y no muy cara”.

 

Plano de las conducciones interiores y fuentes públicas del proyecto de 1927.

La entrada en servicio del nuevo abastecimiento de aguas potables en 1929 supuso una auténtica revolución en la vida del pueblo. Con las fuentes distribuidas por todo el pueblo ya no era preciso ir a diario hasta la plaza para coger agua. La vieja fuente monumental dejó ser el punto de reunión y palique de las mujeres y desde entonces la Explanada quedó casi reservada a los hombres. Esta pérdida de importancia se vio subrayada porque el sistema trajo aparejado el suministro de agua a domicilio. Las casas que se beneficiaron fueron las del centro del pueblo, las más cercanas a la Explanada, que ya no tuvieron necesidad de abastecerse allí.

 

El cierre automático de los caños provocó además que los pilares quedaran con poca agua, que ya no corría permanentemente como antes, y que se convirtieran en foco de suciedad y avispas. Fue la sentencia de muerte para la fuente de piedra porque se quedó sin utilidad alguna. En algún momento de los años cuarenta fue completamente eliminada, dejando paso a los aparcamientos junto al muro del jardín (donde las actuales fuentes). También a causa del cierre automático de los grifos desaparecieron los derrames y sobrantes de agua, lo que originó protestas y reclamaciones de los vecinos que tenían derecho a su aprovechamiento.

 

A pesar de la enorme inversión realizada, que se financió en buena parte con un préstamo del Banco de Crédito Local, y de la indudable mejora que supuso para el vecindario, el agua siguió dando que hablar en Quesada. Pronto se produjeron averías y roturas, problemas de pago a la constructora, fraudes en el suministro domiciliario y -no podía faltar- sospechas de irregularidades en la ejecución del proyecto.

 

A los pocos meses de la inauguración, 15 de mayo de 1930, se convocó un pleno municipal extraordinario durante el cual el alcalde expuso que “la cañería que parte del Nacimiento estaba rota y brotaba agua en abundancia anegando sembrados”. Según el maestro alarife Bernardo Sánchez y el fontanero Juan Ramón Revueltas, que habían reconocido la avería, la capa interior de brea asfáltica se había desprendido, “a causa sin duda del calor”, taponando el paso y haciendo reventar la tubería. En la sesión, que resultó muy agitada, se escucharon las primeras acusaciones y sospechas y se acordó que el ingeniero provincial elaborase un informe sobre el estado de la obra. Poco después de esta avería, en enero de 1931, se recibieron las primeras reclamaciones de la constructora, la sociedad de Barcelona “Técnica de Construcción S.A.” Durante varios años se sucedieron las quejas de la compañía y la negativa del Ayuntamiento al pago de plazos y certificaciones. La empresa acabó pidiendo al gobernador civil que interviniese como mediador.

 

El proyecto fue tan costoso que lo puso en el punto de mira de proveedores y fabricantes. La “Federación Nacional de Constructores de Material Eléctrico e Hidráulico” denunció al Ayuntamiento ante la Jefatura de Industria de Jaén porque, según esa entidad, se habían adquirido los contadores de los domicilios a “la casa extranjera Aster habiendo habido ofertas nacionales a mejor precio y calidad”. El Ayuntamiento se defendió alegando que los contadores se habían adquirido individualmente por los abonados y no en concurso público. Lo cierto es que alguno de estos “abonados” no necesitaba contador porque se había enganchado por su cuenta a la conducción. Al lado mismo del Ayuntamiento, la propietaria de la fonda La Moderna fue multada en 1934 por tener “un grifo sin contador”.

 

El informe antes citado sobre el estado de la conducción que se encargó al ingeniero provincial se remitió al gobernador para que determinase “posibles responsabilidades”. Sin embargo, la intensidad política de aquellos días haría que el gobernador tuviese la cabeza en otras cosas y el informe quedó en nada. Por eso, el nuevo Ayuntamiento republicano, elegido el 31 de mayo de 1931, tomó el acuerdo unánime de volver a enviar la memoria al gobernador. Aunque fue entregada al secretario municipal por uno de los concejales, para que lo tramitara en el Gobierno Civil, nunca llegó a Jaén. Los cambios políticos se sucedieron y en 1932, ya con nuevo alcalde, el mismo concejal que había entregado el informe al secretario, el cual se había dado poco antes a la fuga acusado de irregularidades, denunció la desaparición del informe “para depuración de responsabilidades que se acordaron sobre la traída de aguas”, exigiendo que se procediese contra el responsable de la pérdida por “infidelidad en la custodia”.

 

Lo cierto es que el proyecto debía estar mal concebido o mal ejecutado porque el agua seguía escaseando. Apenas a tres años de su inauguración, finales de 1932, a la vista del “lamentable estado” en que estaba el abastecimiento de aguas, el Ayuntamiento acordó contratar “al arquitecto de Madrid” Rafael Hidalgo de Caviedes para que hiciese un nuevo informe sobre las posibles mejoras técnica de la obra y “de paso determinar las responsabilidades que hubiere en la ejecución de la obra”. Las vicisitudes políticas que siguieron (guerra civil incluida) ocasionaron que aquello quedase otra vez en nada. En julio de 1940, ya en posguerra, la Corporación acordó “plantearse de una vez y para siempre" la solución a los problemas de agua. A finales de los años cuarenta se acometió un nuevo proyecto de conducción que tampoco solucionó gran cosa.

 

La gente cercana a mi edad recordará que en las casas había depósitos, que el suministro era de pocas horas al día, y del cuidado que había que tener con el consumo para no malgastar el agua del depósito cuando estaba cortado el suministro. No hace tantos años que se dispone en Quesada de agua potable las 24 horas al día.


Los planos del depósito y lavadero público del proyecto de 1927.