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jueves, 19 de septiembre de 2024

QUESADA EN EL AÑO 1800

 




Quesada era en 1800 un pueblo perdido y bastante incomunicado. Pocos y malos caminos llegaban al pueblo. El principal venía de Baeza y Úbeda y subía paralelo al río de la Vega hasta llegar al puente de Palo,[1] para iniciar la cuesta de subida al pueblo tras cruzarlo. Era el único camino que permitía el tránsito de pequeños carros y carretas, como el que conducía dos veces en semana la valija de la correspondencia. Al empezar las cuestas, por debajo del actual Paseo de Santa María, al camino de Úbeda se juntaba el que venía de Villacarrillo, que cruzaba el río por el puente del Vadillo, actualmente conocido como Pernías.[2] El camino de las Villas, como se le llamaba, era el utilizado para las comunicaciones con Madrid y era poco más que una vereda, solo apto para arrieros y peatones. Tras pasar por la casa de la Tercia ambos caminos entraban en el pueblo por el principio de la calle Nueva, frente al arco o puerta de Granada.[3]

El pueblo tenía una apariencia muy distinta a la actual. Las calles eran de tierra y solo las más principales estaban malamente empedradas. Este piso hacía que en verano fuesen polvorientas y en invierno auténticos barrizales. Estaban además cubiertas del estiércol de las caballerías y otros ganados que las transitaban y de las inmundicias que arrojaban los vecinos, todo ello mezclado con las aguas residuales, pues no había ningún tipo de cloacas y desagües, apenas alguna atarjea para evitar encharcamientos donde las aguas no podían correr libres.

La gente vivía hacinada en casas muy pequeñas y malas, por lo común de dos alturas —bajo y alto— siendo pocas las que tenían una tercera planta con cámaras debajo del tejado.[4] Una casa tipo tenía en la planta baja cuadra y a veces un portal o una bodega; en el piso alto cocina, una o dos habitaciones y cámaras. En este espacio vivía y dormía la familia, entendida esta en un sentido bastante amplio pues era frecuente acoger a sobrinos huérfanos, hijas viudas con sus críos pequeños, alnados o hijastros, hermanas... Además de por el pequeño tamaño de las casas, el problema del hacinamiento aumentaba porque era frecuente que se arrendasen dependencias sueltas, habitaciones, donde tenían que apañarse los vecinos de menos recursos, entre los que abundaban las viudas pobres. El hacinamiento se mantuvo, incluso aumentó, durante todo el siglo XIX y llegó hasta mediados del XX, lo que explica que la población más que se triplicó en el mismo periodo, mientras que la superficie del pueblo apenas se dobló.

Como es imaginable las casas de los más pudientes eran bastante mayores. Se concentraban en la Plaza y alrededores, aunque la mayor de todas no estaba allí, sino en la calle Alcaraz (de los Arcos), haciendo esquina con la Cuesta de San Juan. Pertenecía al muy poderoso y acaudalado D. Atanasio de Alcalá y Gámez, que en 1752 contaba 17 años y estaba casado con Dª Francisca de Lígar, de 15. No tenían todavía hijos pero vivían con diferentes mozos y mozas sirvientes, que se ocupaban de las faenas domésticas, de las caballerías, etc. Era una casa muy distinta a las normales del pueblo:

Por bajo pajar, dos tinados, corral, caballeriza, bodeguilla, portal, zaguán, cuatro bodegas, cuatro dormitorios,  sala baja y segundo zaguán. Por alto cocina, fregadero, dormitorio, sala, tres dormitorios corridos, una sala, sala honda, seis cámaras y cuarto del reloj con dos campanas. Casa accesoria unida a la anterior con portal, cocina, cuatro dormitorios, tres salas, dos cámaras y palomar.

Los materiales usados en la construcción de las casas eran por lo común tapial y adobe. Tenían pocas y pequeñas, pequeñas; los balcones, de palo, solo se veían en las casas de cierto nivel. Solo se utilizaba la piedra en los edificios más importantes y antiguos o en los cercanos a la muralla, de la que reaprovecharon piedras y sillares. El aspecto de calles y casas puede adivinarse en algunas fotografías bastante conocidas hechas a principios del siglo XX, porque no cambiaron mucho  desde 1800.[5]



[1] Este puente es el que actualmente algunos conocen como “puente romano”, en la Vega, junto a la depuradora de aguas.

[2] El nombre de Pernías por el que hoy se le conoce procede de Pedro Pernías Amorós, que a finales del siglo XIX era propietario de un molino aceitero y otro harinero en aquel lugar, tradicionalmente conocido como el Vadillo.

[3] La casa de la Tercia era el edificio donde se entregaban y almacenaban los diezmos. El arco de Granada o del Mesón es el actual de la Manquita de Utrera.

[4] En la documentación del catastro de Ensenada del Archivo Provincial hay dos tomos que contienen las declaraciones individuales de los vecinos. Cada uno declara su ocupación, las personas con las que convive y sus propiedades, tanto tierras como asas, que se describen pieza por pieza. Son casi 1.000 folios de información exhaustiva que permite formarse una idea de cómo se vivía en el siglo XVIII.

[5] Una de ellas es de Cerdá Rico, en la calle Alcaraz, hoy de los Arcos. La otra que puede servir al efecto es la vista general desde la carretera a la altura de lo que fue el Puente Segundo, de la que ignoro su autoría, que se publicó en la Enciclopedia Espasa.

Calle Alcaraz y Adentro. Puerta de Granada.

Pero regresemos a la entrada del pueblo, a la altura del actual semáforo. Lo primero que hay que decir es que la carretera no se había construido y que por lo tanto los muretes que hoy la separan del inicio del Paseo de Santa María, del arranque de la calle del Ángel y el del principio de la calle Nueva con la de los Arcos, no existían. Hay que imaginar una zona bastante abierta y con desniveles, con pocas casas y de menor altura que las actuales. La calle Alcaraz era la que actualmente se llama de los Arcos. El nombre procede seguramente de alguna congregación de aquel pueblo que tuviera aquí alguna propiedad.[1] Corría por delante de la antigua muralla del arrabal medieval, por lo que algunas veces se le llamaba la Cava, y era bastante principal. La muralla, el lateral izquierdo según se baja, prácticamente había desaparecido pero sus piedras se habían aprovechado en la construcción de casas, como se puede ver en la fotografía de Cerdá y Rico de principios del siglo XX. En este lienzo de muralla solo quedaban dos puertas: la de abajo, pequeña, que es el Arco de los Santos, y la de arriba, frente a la calle Nueva, llamada puerta o arco de Granada. Poco hay que añadir de la puerta de los Santos, que es de lo poco que no se ha derribado en el pueblo y de la que se han publicado numerosas páginas.

La puerta de Granada ocupaba el lugar del actual arco de la Manquita de Utrera. Era la entrada principal a la calle Adentro y el acceso casi único al Alcázar y a la Parroquia, pues no existía todavía la calle de la Virgen. Era una puerta medieval de carácter defensivo, acodada en forma de L para evitar que se pudiera entrar por ella a la carrera.[2] Sin embargo, lo que en tiempos medievales suponía una ventaja militar ahora resultaba un inconveniente. Porque por este arco pasaban las procesiones religiosas y cívicas y su angostura y estrechez provocaba situaciones incómodas. Por eso se decidió derribarla, ya cercano el siglo XX, y sustituirla por un arco ancho y alto que solo tenía función ornamental. Es desde entonces conocido como arco de la Manquita de Utrera, por la imagen de la Virgen de la Consolación de Utrera que allí se puso. Junto a la puerta de Granada había dos locales municipales. El primero un horno de pan que se arrendaba mediante subasta cada año. El otro era el mesón, una especie de alhóndiga en la que paraban los arrieros con sus mercancías así como cualquier transeúnte forastero que llegase al pueblo sin tener alojamiento. Se componía (Ensenada) de “portal descargador, aposento, cocina, tres cuadras y corral; por alto tres dormitorios, un corredor y dos cámaras”, siendo la planta de unos 150 m². El mesón era el puerto de entrada de todo lo que venía de fuera, de mercaderías pero también de epidemias por la afluencia de forasteros. Se daban en él abusos y especulaciones propias del mercadeo, como enterarse de la llegada de  arrieros con un producto apetecible y, anticipándose a los demás, comprar toda la mercancía para revenderla luego a mayor precio. Por eso en 1734 se tuvo que mandar que los forasteros esperasen 24 horas en el mesón antes de pregonar y vender el género, para que se pudiesen enterar todos los interesados. Por la presencia de este mesón el arco de Granada era a veces conocido como arco del Mesón.

La callejuela de Enmedio comunicaba el arco con la calle Adentro. Era Adentro una calle principal, en la que coexistían casas pequeñas con otras bastante mayores pertenecientes a personas de elevada posición social. Como ejemplo de unas y otras se pueden citar (Ensenada) la del jornalero Gabriel Atencia, dando a Pozairón, que vivía con su mujer y sus dos hijos en una casa con portal y aposento y por alto cocina y cámara. En el extremo opuesto la de don Salvador de Zafra, labrador rico, que vivía con su  mujer y dos hijos, ama, moza y un mozo en una casa con portal, zaguán, patio, dos salas, tres bodegas, jaraíz, pajar, cuadra y corral; por alto cocina, tres cuartos, dos salas y cinco cámaras. Sin embargo la casa principal de esta calle era la conocida como casa de los corregidores, de propiedad municipal. Tenía  portal, zaguán, cocina, oratorio, tres bodegas, dos caballerizas y un patio; por alto tres salas, otras tres cocinas, dos alcobas y seis cámaras. En esta casa, que todavía no he conseguido identificar con precisión, se reunía el Ayuntamiento hasta finales del siglo XVIII. Era también la vivienda de los corregidores y de ahí su nombre. El oratorio lo reformó y ornamentó hacia 1706 el corregidor don Tomás de Puga y Rojas y en él se podían celebrar misas por autorización especial del vicario visitador. La calle Adentro hay que entenderla como la actual y su continuación llamada hoy Jiménez de Rada. Por sus estrecheces se accedía a la parroquia y por allí pasaban las procesiones religiosas y las cívicas y patrióticas con motivo de la proclamación de los reyes. Algunos puntos eran, y son, tan angostos que difícilmente pasan más de dos o tres personas a la vez.

Donde Adentro desemboca en la de la Virgen se ensanchaba el paso, pero poco más arriba, a la altura de la calle del Cinto, volvía a estrecharse en la puerta de la muralla medieval que daba paso al Alcázar, a la Lonja y a la parroquia mayor. No hay datos sobre su disposición pero seguramente era también acodada como la de Granada. Esta puerta sobrevivió al menos hasta mediados del siglo XIX y cuando se derribó quedó el hueco en la muralla, sin que se hiciese un arco decorativo como ocurrió con el de la Manquita de Utrera. A un lado y otro de este arco discurría la calle del Cinto pegada a la muralla. Era menos principal que la de Adentro y de casas más pequeñas.



[1] En 1752 las dominicas de Alcaraz eran propietarias de una casa. Es posible que el convento de Alcaraz fuera la matriz del convento de dominicas de Quesada.

[2] Nicolás Navidad, que llegó a ver sus restos dentro de una casa de su lateral, confirma esta disposición. Ignoro si esos restos se siguen conservando. Sería interesante averiguarlo y, en su caso, protegerlos.

Iglesia y casa rectoral antes de las reformas del siglo XX.
Se aprecian los restos de la cárcel o torre de la alcaidía, junto
a la torre de la iglesia (inferior izquierda)

Alcázar

El Alcázar fue en su momento el núcleo del pueblo, el último y más fortificado reducto defensivo para los vecinos.[1] La muralla que lo rodeaba, aunque caída en algunas partes, se mantenía bastante entera, con sus cubos y torreones, de los que actualmente solo queda el demasiado restaurado del Mirador y otro medio camuflado en la parte posterior de la iglesia. En el Alcázar estaban edificios tan principales como la alcaidía y la parroquia mayor, a un lado y otro de la plaza Vieja o de la Lonja. Esta denominación de vieja, por oposición a la nueva, la actual Plaza, se utilizó hasta bien entrado el siglo XIX. El sobrenombre de plaza de la Lonja, que finalmente se impuso, nos indica que una de sus funciones principales fue la comercial, la de mercado. Seguramente en algún momento tuvo algún tipo de espacio cubierto o soportal, que daba refugio al mercadeo los días de lluvia o de calor.[2]



[1] En el ataque de 1406 los granadinos consiguieron asaltar y quemar el arrabal —calle Adentro y alrededores—, pero no pudieron forzar el Alcázar.

[2] Según la RAE, lonja es sinónimo de mercado, edificio público donde se reunían comerciantes.


Parroquia mayor de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo

El edificio más sobresaliente del  Alcázar y de todo el pueblo era, como sigue siendo hoy, la parroquia mayor de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. En la publicación de la estela discoidea de Quesada,[1] Carriazo dice que “era una linda joya de estructura gótica y ornamentación plateresca, relacionada con el foco artístico de Úbeda” y añade los restos que subsistían en su tiempo, principios del siglo pasado: “De lo que era, podemos juzgar por la maltratada capilla del Santo Sepulcro, bajo la torre, un escudo del Emperador en la esquina de esta última, una puerta cegada, sobre la Lonja, y los relieves que adornan la puerta de la casa rectoral”. La capilla de trazas góticas bajo la torre sigue allí y la puerta cegada de la Lonja debe estar debajo de la capa de yeso y cal, que sólo en parte se ha retirado. Los relieves de la fachada de la casa rectoral, “entre ellos, un grupo de la Virgen poniendo la casulla a San Ildefonso”, se retiraron cuando se hizo la nueva casa de la parroquia, en los años sesenta del pasado siglo, e ignoro su paradero. Solo se conserva un Dios Padre que actualmente está colocado en la torre. De estos relieves y de la puerta dando a la Lonja hizo y publicó Carriazo unas interesantísima fotografías. Existen en las actas capitulares de distintos años referencias a la iglesia que permiten afirmar que a finales del siglo XVIII mantenía la estructura gótica y la decoración plateresca. Seguramente había tenido reformas y ampliaciones, pero solo se podrán conocer si existe expediente de obras en el Archivo Diocesano de Toledo. Una de estas reformas se hizo imprescindible a causa de los daños que sufrió la estructura por el terremoto de Lisboa de 1 de noviembre de 1755. Se resintieron las arquerías interiores, se hundió la torre en su parte alta y los techos de “algunas capillas”.[2] 

El aspecto de la iglesia, el exterior pero sobre todo el interior, era bastante diferente en 1800 al que hoy vemos. La entrada principal daba a la plaza de la Lonja y era esa puerta cegada y oculta bajo el yeso que fotografió Carriazo. Además existía otra llamada de San Ildefonso, frente al altar y que hoy es la entrada principal. El relieve del milagro de San Ildefonso que llegó a conocer Carriazo debía estar en esta fachada. El interior de la parroquia mayor se componía de tres naves, según el informe de daños que se hizo cuando el terremoto de Lisboa, que estaban separadas por “arcos de piedra de sillería sobre gruesas columnas de lo mismo”. Estos arcos y pilares de piedra siguen existiendo, al menos en parte, dentro del recubrimiento de tabiques y yesos de gusto neoclásico que se pueden ver hoy día. Hace ya años que se hizo una cata junto a la capilla de la torre y quedó al descubierto un capitel policromado perteneciente a su primitiva estructura. La cubierta de la nave principal era también distinta a la actual bóveda de cañón fabricada en yeso. Estaba formada por una armadura de par y nudillo de madera decorada, situada a mayor altura que la actual. Sorprendentemente esta armadura sigue existiendo y está en bastante buen estado. Se puede ver desde el interior de la torre.

La parroquia era una institución fundamental en la vida del pueblo y tenía un gran poder. El número de clérigos rondaba la decena incluyendo al prior y cura propio, a los tenientes de cura y al teniente de beneficiado; a ellos había que sumar el personal laico: sacristán mayor, sacristán menor, sochantre y fiscal de vara (alguacil eclesiástico). Su capacidad económica era grande pues, además de los impuestos eclesiásticos como diezmos, primicias, minucias, solo en concepto de memorias ingresaba en 1752 la no pequeña cantidad de 11.321 reales.[3] En la parroquia mayor tenían sede varias cofradías principales, como la del Santísimo Sacramento, que era la de más prestigio e importancia y la de las Ánimas. También tenía sede temporal la cofradía de la Virgen de Tíscar, menos rica que las anteriores pero de mucho relieve por ser la patrona y gozar de la “protección” o patronato del Ayuntamiento.

La parroquia mayor de los Santos Apóstoles llegó al siglo XIX en un estado preocupante. En el cabildo de 19 de julio del año 1800, don Francisco Lucas Monedero, síndico personero del común, manifestó que corrían rumores por el pueblo de que la iglesia mayor parroquial amenazaba ruina y que así se lo habían manifestado numerosas personas. Para comprobar si eran ciertas las noticias y “efectivo el peligro que iba infundiendo en los vecinos de esta villa”, se había asesorado de peritos y personas inteligentes (conocedoras), los que habían confirmado que “por el desplome de paredes y sentimiento de sus arcos en partes esenciales está todo el edificio expuesto a ruina si con la mayor brevedad no se ponía remedio”. Se pasaron “los oficios más políticos y atentos” a la autoridad eclesiástica para que procediese a las obras necesarias, pero Toledo no se tomó el asunto con prisa y la parroquia quedó inutilizada bastantes años. Mientras tanto, las funciones de parroquia pasaron a la iglesia de Santa Catalina, la del antiguo convento de las monjas dominicas.



[1] JM Carriazo. Estela discoidea de Quesada. Archivo español de Arte y Arqueología. Tomo VIII 1932. Centro de Estudios Históricos. Madrid.

[2] Fernando Rodríguez de la Torre. Documentos en el Archivo Histórico Nacional (Madrid) sobre el terremoto del 1 de noviembre de 1755. Ediciones Universidad de Salamanca 2005.

[3] Eran las memorias cantidades para pago de misas que un propietario imponía a todos o partes de sus bienes. Los herederos o los compradores debían mantener esta carga.

 

Relieves de la antigua iglesia. Foto Carriazo de la casa
rectoral, de los años veinte del pasado siglo

.


Antigua puerta de la iglesia en la Lonja. Foto Carriazo

Cárcel y Alcaidía

El otro edificio importante del Alcázar era la Alcaidía. Fue la torre principal y residencia del alcaide o jefe militar nombrado por la ciudad de Úbeda. Tras la segregación de 1564 se convirtió en sede del Concejo y allí se celebraban los cabildos. Cuando el Concejo se mudó a la casa de los corregidores, la torre se convirtió en cárcel real, función que mantuvo durante casi todo el siglo XIX. Aunque ruinosa, todavía seguía en pie en los años veinte del siglo pasado hasta que fue  demolida poco antes de 1930. Estaba situada frente a la puerta principal de la iglesia. Por la parte de atrás daba a la actual calle Alcaidía, donde sigue siendo visible su cimentación. Tenía dos calabozos no demasiado grandes y delante, ocupando parte de la actual plaza, hubo hasta 1872 un edificio anejo que se llamaba sala de Audiencia, con portal de entrada y sala propiamente dicha. En su origen fue utilizada la sala para las reuniones del cabildo, pero desde que se convirtió en cárcel se usaba como dependencia para interrogatorios, dependencia de los carceleros y custodia de los libros de registro. Junto a la cárcel, donde actualmente están las escaleras de bajada al salón parroquial, había otro arco llamado del Santo Rostro.  Solo daba servicio a los pocos vecinos del final de las calles del Cinto y Adentro y por eso era poco transitado. Su escasa utilidad y el terrible hacinamiento de los presos, que podía ser origen de enfermedades, hizo que se cegase para ampliar la cárcel formando un tercer calabozo.

La torre de la alcaidía, cárcel, vista desde el arco de los Santos. Foto Marín.


Parroquia de Santa María de Gracia

El resto de los edificios del barrio se disponía en el entorno de la actual calle Alcázar. Eran en su mayoría pequeñas y se entremezclaban con solares, porque toda la parte norte, conocida como las Almenas, estaba bastante deshabitada, con casas arruinadas y espacios vacíos. Sin embargo, por debajo de la muralla en la parte del actual mirador, había un pequeño barrio con algunas casas muy deterioradas. En él eran visibles los muros de la parroquia menor de Santa María de Gracia. En 1932, según dice Carriazo en su artículo sobre la estela discoidea, todavía eran visibles sus “breves e informes ruinas”. La parroquia menor de Santa María se mantenía en uso en 1752, pero ya solo como ayuda de parroquia y sin tener ningún clérigo asignado en propiedad. Su decadencia era consecuencia de la del barrio que la rodeaba, cuyas casas lindaban con laderas y solares. A una que era propiedad de don Atanasio de Alcalá se le calculaba un valor de arrendamiento de solo 33 reales al año, “por estar casi toda bastante caída con los temporales, por no tener resguardo ninguno y hallarse sola”. Algo parecido ocurría con otra de Fernando Hernández, que lindaba por un lado “con la parroquia de Santa María y por el otro con solares”. A pesar de su deterioro, la parroquia menor seguía contando en 1752 con una cofradía propia del Santísimo Sacramento. Según el manuscrito Memorias, dejó de ser parroquia en 1763, año en el que San Sebastián, “que estaba allí”, volvió de regreso a su ermita.[1] Sea precisa esta fecha o solo aproximada, lo cierto es que, según el informe que para el geógrafo Tomás López hizo el párroco en 1785, ya no existía Santa María como parroquia, pues solo cita, además de la iglesia mayor, un anejo parroquial “situado en el convento de religiosas dominicas con la advocación de Nuestra Señora de los Remedios”. De Santa María de Gracia no ha quedado más rastro que su nombre en el paseo que se construyó bien entrado el siglo XIX.



[1] Memorias del siglo XVIII al presente. Manuscrito inédito de varios autores finalizado hacia la segunda década del siglo XX.

La expansión del casco urbano

Lo que se ha visto hasta aquí es el pueblo medieval, la villa refugiada tras las murallas y temerosa siempre del  ataque granadino. Desde el fin de la guerra de Granada, con la breve e inesperada excepción de la rebelión morisca de 1568-1571, desapareció el peligro militar y en consecuencia aumentó la población. El pueblo creció al otro lado del barranquillo que corría paralelo a las murallas por la actual calle de los Arcos. Se expandió de forma planificada, con una gran plaza pública rectangular rodeada arriba y abajo por manzanas de la misma forma. Para comunicar la parte antigua y la moderna se trazó una calle más o menos recta y muy ancha para entonces, que partía de la puerta de Granada y llegaba hasta una de las esquinas de la plaza pública a la que se llamó calle Nueva. La creación de este barrio extramuros, junto a la caída de población en el siglo XVII, produjo el despoblamiento parcial del viejo pueblo. Para el año de 1.800 el Alcázar, Cinto y Adentro estaban salpicados de casas arruinadas y solares vacíos.  Por eso, cuando la población volvió a crecer en el siglo XIX, la zona de expansión fue, paradójicamente, esta parte vieja, que se macizó construyendo todos los espacios vacíos que el tiempo y la ruina habían dejado. Que la calle Nueva uniera la parte vieja y moderna del pueblo la hizo muy transitada. Como consecuencia tuvo desde un primer momento vocación comercial, que se acentuaría en los siglos XIX y XX hasta que el tráfico moderno la ha relegado a simple carretera de paso. Ya en 1752 (Ensenada) los pocos comercios de la villa se concentraban en ella. Allí estaba establecido Simón de la Barba, que tenía abierta sastrería y tienda de especiería y quincalla. Al principio de la calle, junto a la puerta de Granada, tenía su comercio Antonio de Padua, en el que despachaba aceite y jabón. Por último Francisco Candeal vendía géneros de especiería y quincallería, además de aguardiente, del que era abastecedor público. Las casas de la calle Nueva eran en general mayores que las de la parte vieja. Entre sus edificios destacaba el Hospital.

Hospital.

El Hospital de la Limpia y Pura Concepción era una antigua fundación benéfica dedicada al socorro de enfermos pobres y de transeúntes. Se financiaba con el producto de las tierras, huertas y casas que había ido recibiendo a lo largo de los años por piadosas donaciones: catorce casas, tierras de secano cerealero, huertas, viñas, moredales y olivares. En 1752 se le graduaba a sus bienes un rendimiento anual de casi 8.000 reales. El Hospital estaba en la calle de su nombre y tenía aneja una iglesia, “con su sacristía contigua del altar mayor”, que daba a la calle Nueva. En el edificio no solo estaban las dependencias benéficas, sino también la escuela de gramática y primeras letras y la vivienda del maestro. Se componía de un zaguán que daba a un patio “con seis columnas de piedra”. En torno al patio estaba el “cuarto de la escuela” y una sala dividida “en tres separaciones”. En dos de ellas había tres camas para curar a los pobres enfermos y la tercera servía de oratorio para la Santa Escuela de Cristo (cofradía)”. Había también una cocina para “pobres pasajeros” y un corral. Por arriba tenía dos corredores, una cocina, una sala y “dos alcobas dormitorios”. En ese piso alto es donde vivía el maestro. Junto a la casa principal había otra mucho más pequeña cedida como vivienda a la hospitalera, a la que se pagaban 100 reales anuales siendo la única empleada a tiempo completo, pues los demás como el médico (132 reales), el cirujano (55 reales) y el administrador (330 reales), solo acudían cuando era necesario. La escuela y el maestro, aunque compartían edificio con el Hospital, no se financiaban de él, pues tenían caudal propio. Actualmente solo se conserva la iglesia, a la que en fecha posterior se le añadió una pequeña nave lateral, seguramente aprovechando el salón de la escuela. El resto del edificio fue demolido —antigua tradición quesadeña— hace no muchos años. Ignoro que se hizo de las columnas, basas, capiteles y zapatas de madera, que seguían en su sitio cuando la demolición, aunque la casa ya estaba en ruinas. Como recuerdo del patrimonio perdido nos queda la conocida fotografía que hizo Carriazo en los años veinte del pasado siglo.

Patio del Hospital. Foto Carriazo.


Madre de Dios y cementerio

Por encima de la calle Nueva destacaba la iglesia de Madre de Dios de la Soledad, que tenía anejo el cementerio. Estaba en la calle que ha conservado su nombre, en el espacio donde a mediados del siglo XX se construyó un grupo escolar. Aunque no tenía pila bautismal no era una iglesia menor, por ser la del cementerio y porque allí tenía sede la cofradía de la Soledad. Veremos su decadencia a lo largo del siglo XIX y cómo fue demolida dando lugar a un solar que se terminó dedicando a plaza de toros. Respecto al cementerio, estuvo en uso hasta que en 1855 se construyó el nuevo en la parte del Humilladero, actual colegio Virgen de Tíscar. Contra lo que nos pueda parecer, el cementerio no estaba en medio del pueblo pues entonces el Ángel no era calle y Monte acababa poco más arriba. Al principio del Ángel, visto desde la carretera de hoy, estaba el corral o toril del concejo, de uso municipal para albergar al “caballo padre”, a los toros sementales y demás necesidades ganaderas del Ayuntamiento. La calle que desde este corral iba hasta Monte y Patona se llamaba Corral del Concejo, más tarde solamente Concejo —por quitar lo de corral— y finalmente Correo.

Convento de monjas dominicas

Por debajo del Hospital salía la calle de las Monjas, así conocida porque rodeaba el convento de monjas hasta la plazuela de Santa Catalina. Del origen del convento de N.ª S.ª de los Remedios, orden dominica, hay poca noticia. Según Nicolás Navidad es probable que se fundara por el capitán Negrillo a mediados del siglo XVI.[1] En el año 1752 tenía trece monjas de velo negro y otras siete de velo blanco. Contaba con un criado para el campo y un pastor y disfrutaba rentas anuales por unos 15.000 reales. Estaba aneja la iglesia de Santa Catalina de Siena, una mística con gran predicamento en la orden dominica. No se conserva ningún resto del convento ni de la iglesia y solo ha quedado recuerdo en el nombre del Callejón de las Monjas. En la iglesia de Santa Catalina tenía sede la cofradía del Señor de la Columna. El convento fue decayendo en el siglo XVIII, y la orden dominica lo renunció  en 1761, pasando a depender de la jurisdicción eclesiástica ordinaria, es decir, del Arzobispado de Toledo. Poco aguantó el arzobispo a las hermanas y en 1786 consiguió licencia de Carlos III para su clausura definitiva. Las monjas fueron trasladadas al convento de agustinas de Cazorla y con ellas marcharon los bienes, tierras, casas y censos. El traspaso originó un larguísimo pleito entre las agustinas y el Ayuntamiento de Quesada, que defendía que el caudal de las dominicas debía pasar al común de los vecinos.



[1] Nicolás Navidad Jiménez. Juan Negrillo, un capitán quesadeño del siglo XVI. En Revista de Ferias 2022.

La Plaza

La calle Nueva desembocaba en la Plaza, plaza Pública, de la Villa o del Mercado, que por todos estos nombres se la conocía. Sus funciones eran similares a las de las tradicionales plazas mayores castellanas y también lo era su forma, grande y rectangular, diáfana, sin árboles ni cosa parecida que obstaculizara su carácter de lugar público por excelencia. A la Plaza se desplazó el antiguo mercado de la Lonja y en ella se celebraban los actos y fiestas religiosas, civiles y militares, como reseñas y alardes. El Ayuntamiento tardó bastante en instalarse en la Plaza, pues hasta la segunda mitad del siglo XVIII se siguió utilizando la llamada casa de los corregidores, en la calle Adentro. La falta de un edificio en la Plaza para el Ayuntamiento suponía un problema, pues la Villa —corregidor, regidores, diputados, síndicos— debían presidir las funciones públicas y hacerlo no en el suelo, sino asomados a un balcón. Por eso en septiembre de 1732 se compró una casa a don Tomás Fernández Enríquez para instalar allí las casas capitulares. Sin embargo, “y no habiendo tenido medios para llevar adelante este ánimo”, se limitaron a poner “un balcón de madera torneada con su puerta ventana”, para que desde él la Villa pudiese presidir las funciones públicas. En 1743 la ruina del balcón y fachada del edificio obligó a una importante reforma. Solo se usaba con fines protocolarios, asomarse al balcón, hasta que en algún momento indeterminado de finales del XVIII se pasaron a él las funciones municipales desde la casa de los corregidores. Fue entonces cuando se le sometió a nueva reforma y se le añadieron las molduras y decoraciones de gusto barroco que se puede ver en las fotografías antiguas.

La Plaza tuvo desde época temprana vocación de espacio noble, destinado a que las familias importantes del pueblo construyeran sus viviendas, mucho más espaciosas de lo habitual. En 1752 (Ensenada), aunque había algún que otro vecino humilde, vivían allí importantes personajes, como Don Manuel Antonio de Herrera, regidor perpetuo y primer voto del cabildo, en un enorme caserón esquina con la calle del Agua que ocupaba los actuales números 15 y 16. En el edificio del actual bar Marisol lo hacía el escribano Don Joseph Vela del Olmo, también regidor perpetuo y segundo voto. Se puede citar a otros importantes propietarios como don Salvador Cano, actual número 4, o don Manuel de Alcalá, número 11. En el número 13 vivía doña Rosa Román, que cuidaba de su nieto, hijo de don Rodrigo de Urrutia, capitán de la Compañía de Guardiamarinas de Cádiz, ciudad en la que acababa de fallecer.

Entrando en la Plaza desde la calle Nueva, a la derecha, había un portal de propiedad municipal. Se usaba como puesto público para la venta de los productos que estaban en régimen de monopolio por el Ayuntamiento, como el aceite, vinos, aguardientes y, en su tiempo, la nieve. En este local estuvo la inspección de municipales y actualmente hay unos servicios públicos. Enfrente, en la esquina de la Plaza con el lateral derecho de Coronación, se situaba la fuente pública, única que había en el pueblo, con caños para que los vecinos se surtieran de gua y un pilar para el ganado. Se recompuso en 1698, colocándose en ella una lápida conmemorativa que actualmente está en las escaleras del ayuntamiento. El agua se traía del Chorradero mediante una conducción que era en parte tubería de atanores de cerámica y en parte caz descubierto. Era frecuente que quedara inutilizada por el barro que arrastraban temporales y tormentas y que durante las sequías se secase. Cuando no manaba, los vecinos debían surtirse en el caz de riego que rodeaba la parte baja del pueblo. Como servía también de aguadero para el ganado, lo que obligaba a fijar horarios —mañanas para los vecinos y tardes para el ganado— para evitar suciedad y turbiedades.

                                       Interior de la iglesia del convento. Foto Carriazo, 1925. 


Convento dominico de San Juan

Ha quedado para el final la descripción del edificio más grande del pueblo. Era el enorme, a escala local, caserón del convento de los frailes dominicos del Señor San Juan. Se componía de torre, claustro, iglesia, cocina, refectorio y otras dependencias. Nunca tuvo huerto a pesar de la “leyenda urbana” que dice que lo fue en su origen la propia Plaza, algo de lo que no hay una sola mención en ningún tipo de documento de ningún tiempo. Fue fundado, según Nicolás Navidad que ha estudiado el tema, por el capitán Juan Negrillo en 1542. Este capitán participó activamente en las campañas militares del norte de África tras la conquista de Granada, destacando en la campaña de Bugía y en el Peñón de Argel.[1] El convento se construyó en la entonces zona de expansión tras el cese de los peligros militares. Su ubicación se correspondía con la actual plaza de la Coronación. La presencia de los dominicos tuvo un impacto grande en el pueblo siendo su prior figura de gran relieve en la vida política y social. En 1752 había ocho frailes sacerdotes y cuatro legos. A su servicio tenían dos fámulos, un mozo para el campo y un pastor. Se mantenía el convento del fruto de sus tierras repartidas por todo el término, en su mayoría arrendadas. Las rentas anuales ascendían a algo más de 25.000 reales. Estos 25.000 reales permitían a los frailes una existencia acomodada, pero no era un convento especialmente rico y en nada se podía comparar a las grandes fundaciones de Úbeda y Baeza.

El edificio principal del convento estaba delante de la plaza de la Coronación y era de planta cuadrada. En su esquina suroeste, justo encima de la actual carretera y paso de vehículos, se alzaba una torre que dominaba la Plaza. En el lado sur estaba la fachada principal, con la puerta de acceso pegada a la torre y decorada con un frontón triangular. Encima tenía una primera planta con ventanas y una segunda con un corredor protegido por una arquería. Desde la puerta de entrada se accedía a un claustro con arcos y columnas de piedra. En torno a él, en el primer piso, las celdas de los frailes. Por su lado este había dos puertas, una que comunicaba con el refectorio y cocina y otra, pegada y otra que lo hacía con la iglesia. La iglesia del convento tenía una sola nave, que en el siglo XX estaba cubierta por una bóveda de cañón hecha de yesería, aunque es muy posible que en tiempos estuviera cubierta, como la parroquia, por un artesonado de madera. La iglesia se disponía hacia el este, estando su cabecera a la altura del museo viejo. En esta cabecera estaba el altar mayor, con un retablo barroco de madera, y cubierta, según Carriazo, por un alfarje de ocho paños. Carriazo conoció la iglesia, todavía en uso, durante su juventud y fue él quien hizo las únicas fotografías conocidas de su interior. En el subsuelo había enterramientos de personas principales debajo de lápidas de piedra. En la iglesia del convento tenía su sede la cofradía del Rosario. La puerta de la iglesia daba a la calle de San Juan, también llamada del Convento, que es el actual lateral derecho de Coronación. Por el lado contrario, lateral izquierdo, el convento de frailes estaba separado del de las monjas por un estrecho callejón. Era un lugar apartado y poco transitado, muy usado para desahogarse en todos los sentidos. A él daban las ventanas del refectorio y cocina de los frailes, que lo cerraron por ambos extremos, con licencia al Ayuntamiento, para evitar las “torpezas” que allí se cometían. Cuando las monjas fueron trasladadas a Cazorla, las agustinas inmediatamente quisieron obtener beneficio inmobiliario del convento, para lo que necesitaban abrir el callejón. Tuvieron sus discusiones y enfrentamientos hasta que finalmente se llegó al acuerdo de un cierre parcial.  Hasta la segunda mitad del siglo XIX no se abrió definitivamente, pero por su estrechez y poco tránsito tardó en perder el sobrenombre escatológico por el que se le conocía.



[1] N. Navidad. Óp. cit.

                     Casa solariega de la calle Dr. Muñoz. Foto Carriazo


Alrededores de la Plaza

Cuando se hizo la Plaza en el siglo XVI se trazó a su alrededor un ensanche de manzanas más o menos rectangulares que dejaban calles que, en comparación con la parte vieja del pueblo, eran anchas y rectas. Por debajo de la Plaza la primera era la conocida como Rodrigo de Poyatos, actual Dr. Muñoz. Era calle de cierto relieve, con algunas buenas casas, a la que se conocía también como calle Conde, denominación que sobrevivió hasta mediados del siglo XX.  La siguiente era la calle Corralazo, nombre por el que se conocía no solo la actual Fernando III sino toda la zona de su alrededor. Una y otra daban a la calle, entonces más bien barranquillo, del Agua, por donde bajaban los sobrantes de la fuente pública y la escorrentía de la Plaza en los días de lluvia. Frente a donde terminaba Rodrigo Poyatos empezaba Pedro Sánchez Guerrero, actual Dr. Muñoz, nombre que procede de un importante escribano del número (notario) del siglo XVII. Su casa más importante y emblemática, que sobrevivió hasta no hace demasiados años, era la de los escudos.  En 1752 vivía en ella don D. Luis de Lígar Bolbe, administrador de las rentas del tabaco. Se componía de dos portales, corral, cuadra, pajar, dos bodegas, sala, tres alcobas y un jaraíz; por alto dos cocinas, dos corredores, cuatro dormitorios, una sala, dos graneros y cuatro cámaras. Al principio de la calle, dando a la actual del Agua, estaba uno de los tres hornos de pan del caudal de Propios, conocido como horno de la Plaza y que en 1752 estaba arrendado en 1.300 reales anuales.

Por la parte de arriba de la Plaza, además de las ya mencionadas Madre de Dios y Corral del Concejo, destacaba la calle Monte, perpendicular a las dos anteriores y de la que partía el camino que se dirigía a Jódar pasando por el Vado de la Adelfa. Casi a su principio, a mano izquierda, salía la de la Patona. En su esquina una gran casa donde vivía la familia Cano Padilla. En su fachada permanece un escudo que, según Carriazo, era propio de D. Salvador Cano Tribaldos y Jorquera.[1] El resto de la calle de la Patona era más humilde y terminaba en la confluencia con Don Pedro, donde se iniciaba la bajada a Fuente Nueva y el camino de Tíscar y Belerda. 

Cerraba el pueblo por su lado sur la calle de Don Pedro de Gámez, nombre muy antiguo que se remonta al siglo XVII. Al igual que en el caso de Rodrigo de Poyatos, no he conseguido identificar completamente al personaje que dio nombre a esta calle. Es posible que D. Pedro fuese presbítero, escribano o algún otro oficio importante. Creo que hay que relacionar el apellido con la parte de Jódar, Bedmar y Albanchez. El único Gámez importante que tengo registrado fue D. Cristóbal de Gámez Mesía, vecino de Albanchez, que en 1752 mantenía importantes posesiones en Quesada.[2] Para principios del siglo XIX casi se había olvidado el apellido Gámez y la calle era conocida a secas como la de Don Pedro. La calle Don Pedro tenía forma de T y empezaba en la esquina de la Plaza, junto al bar Marisol, para en las Cuatro Esquinas dividirse en dos tramos. El de abajo se correspondía con la actual calle y llegaba hasta el principio de la Carrasca; el de arriba, actual calle del Teatro, terminaba en la confluencia con Patona, desde donde partía el camino que por Puerto Ausín llegaba a Poyatos (Huesa) y que antiguamente se conocía como camino de Guadix o de Granada. Don Pedro era calle importante, con algunas casas grandes en las que vivían familias principales, intercaladas con otras menor nivel. No existían las Cuatro Esquinas. En el espacio donde hoy está la curva de inicio del Muro estaba entonces la carnicería de la villa, con la sala de matadero y un pequeño corral. Cuando, a finales del siglo XIX, se iniciaron las obras de la carretera de Tíscar se derribó la carnicería y, para que la nueva vía pudiera pasar entre el barranco y la trasera de las casas, se construyó el Muro.

Por debajo de las calles descritas fueron apareciendo barrios humildes de casas pequeñas y calles estrechas que se adaptaban en su trazado a las fuertes pendientes. Eran las conocidas como Espinillos, Terradillo, Cruz Colorá, Cruz Verde y Bache. Este último nombre nada tiene que ver con lo que hoy nos sugiere de inmediato. Un bache es el “sitio donde se encierra el ganado lanar para que sude, antes de esquilarlo”.[3] Las casas se construían por los propios vecinos, que previamente solicitaban al Ayuntamiento que les cediese el terreno. Y es que todos los alrededores del pueblo, las partes no edificadas de lo que llevamos visto, componían el ruedo o ejido del pueblo, tierras de realengo, no cultivadas y de propiedad municipal. Eran zonas peladas de vegetación, porque al ser comunales servían para expansión de los ganados del vecindario, que se comían todo lo que pudiera crecer. Repartidas por el ejido, formando una especie de cinturón, estaban las eras de “pan trillar”, que también pertenecían al común. En aquel momento las costumbre marcaba que quien primero limpiara una era al principio del verano tenía derecho a trillar su cosecha, cediendo el turno a otro vecino cuando terminaba. Aunque en 1800 apenas había empezado a desarrollarse, en este ejido había una calle o zona de nombre peculiar. Por encima de la Patona, en una parte donde el Ayuntamiento se preocupó de mantener cierto orden en las alineaciones, estaban las casas de franco. El nombre hacía referencia a que era lugar de construcción libre, franca, donde solo era preciso solicitar licencia para hacerlo. Con el tiempo pasó a llamarse calle Franco, lo que dio pie a alguna anécdota curiosa. En uno de los procesos militares en Jaén, tras la guerra civil, el encartado quesadeño contestó al ser interrogado que vivía en la calle Franco. A oírlo el escribiente  y para evitar confianzas improcedentes, escribió que el declarante  vivía en la calle del Generalísimo. Podemos interpretar que esta coincidencia de calle y apellido fue la causante de que un nombre tradicional y antiguo desapareciese del callejero.



[1] En el cuaderno de notas de Juan de Mata Carriazo. Fondo Carriazo. Universidad de Sevilla. Según Carriazo don Salvador era hijo de don Juan Cano Padilla. Añade que los Cano, procedentes de Mondoñedo, participaron en la conquista de Quesada de 1231 y en la fundación de la cofradía para hidalgos del Santísimo Sacramento en 1233.

[2] Aunque no vivía en Quesada, la relación de D. Cristóbal con el pueblo, con la “buena sociedad quesadeña”, es evidente. Su hija Dª Teresa de Gámez Carmona se casó con don Juan de Villaseca, regidor perpetuo e importante personaje de la villa en la segunda mitad del siglo XVIII.

[3] Segunda acepción en el diccionario de la RAE.


La antigua cubierta de madera de la parroquia. Detalle de los restos de la decoración del artesonado de la parroquia. 



lunes, 19 de agosto de 2024

ANTIGUEDAD de la FERIA de QUESADA

La traca en el Jardín, el final de la feria (foto propia de 29 de agosto de 1987).


Este artículo se publicó inicialmente en la Revista de Ferias de 2020. Esta es una versión ampliada con la documentación encontrada desde entonces.

        La primera feria de Quesada se celebró los días 25, 26 y 27 de agosto del año 1847, de manera que este año cumple 177 años. Se ha celebrado sin interrupción durante este tiempo, salvo en las ocasiones en que alguna epidemia obligó a suspenderla, como en 1860 y 2020 o durante los años de la guerra civil. Se da la circunstancia, curiosa para coleccionistas de glorias locales, que es coetánea de la feria de Sevilla. Es incluso anterior, porque se autorizó su celebración dos meses antes, aunque luego la de Sevilla, por las fechas que se le habían concedido, se inauguró en abril y la de Quesada lo hizo en agosto. 

Aunque hoy una feria se asocia inmediatamente a fiestas, habitualmente patronales, su función original era comercial y fundamentalmente  ganadera. En un mundo rural muy poco comunicado, resultaba complicado comprar y vender animales, así como adquirir determinados  productos y herramientas. Las ferias se crearon para que en una fecha determinada acudieran a un lugar tratantes de ganado, artesanos ambulantes y vendedores de todo tipo de género. Acudían a su vez vecinos y comarcanos, deseosos de comprar o de vender. Era importante que cada feria tuviera una fecha fija y conocida para que pudieran acudir los forasteros. Además debía ser una fecha que no coincidiese con la de otro pueblo, para que tratantes y trajinantes pudieran asistir a todas. Por eso las ferias eran una concesión gubernamental, y era el Gobierno quien las autorizaba procurando que no se solaparan y estableciendo un calendario general. 

La primera noticia del interés de Quesada por conseguir una feria es de febrero de 1834. Aquel año el síndico procurador del común (una especie del defensor del pueblo local), propuso al Ayuntamiento “elevar a la Reina” una serie de reivindicaciones locales, entre ellas la concesión de “una feria para el día 15 de agosto en cada año”. Meses después, en octubre, el gobernador contestó diciendo que, para poder tramitar al Gobierno la solicitud, era preciso formar un expediente con los datos y argumentaciones pertinentes. El Ayuntamiento acordó proceder inmediatamente a su formación. Quedó en nada este primer intento, porque los años convulsos que se siguieron alteraron seriamente la vida del pueblo (fuga, persecución y muerte de Luis Moreno, incursiones de partidas carlistas que alteraron la vida de la comarca…), lo que cambió las prioridades de los vecinos. 

Tras el fin de la guerra civil, primera guerra carlista, la vida se fue normalizando y se volvió a pensar en el comercio, en la necesidad de contar con una feria. En 1844 el Ayuntamiento retomó la primitiva idea de solicitar una que se celebrase el 15 de agosto. La fecha era buena, porque para ese momento ya había concluido la recogida de cereales y las faenas del campo daban una pequeña tregua. Era además el día de la Asunción, de la Virgen. Sin embargo la fecha se descartó pronto, seguramente por coincidir con otras ferias ya existentes como la de Baeza. El 24 de octubre  de 1844 don Antolín Vela, alcalde presidente, se dirigió al pleno municipal recordando que varias veces los ayuntamientos anteriores habían buscado el medio de facilitar la venta de “los frutos y ganados que produce el país”, para remediar la “paralización y estancamiento (que) tienen a estos vecinos en estado casi general de pobreza”. Las corporaciones municipales que se había sucedido habían pensado que la solución estaba en solicitar la “real gracia para establecer una feria anual, en la cual se facilitarían las ventas de mucha parte de los productos de esta tierra y de los ganados que asimismo crían en ella”. Añadió el alcalde que de este modo los labradores y ganaderos no tendrían que salir del pueblo para vender sus animales y “que con una o dos crías de sus bueyes o burras vendidas en su tiempo” pagarían buena parte de sus necesidades. La feria aportaría otra ventaja importante para artesanos, agricultores y vecinos en general: 

(que) para proveerse de los útiles y efectos que le son necesarios según su estado y ejercicio, necesitan salir a otros pueblos, lo cual ocasiona gastos que pudieran evitarse si esos artículos pudieran comprarlos dentro del pueblo, aportados por los que se dedican a buscar su venta en los puntos concurridos. 

Con todo esto se promovería la industria y “la circulación del metálico sin la cual los pueblos más ricos perecerían en medio de la abundancia”. Recordó el alcalde que Quesada reunía las condiciones que para la concesión de una feria anual establecía la Real Orden de 17 de mayo de 1834: 

En cuanto al número de vecinos, siendo el de 1160 el que cuenta este término municipal, es suficiente a contribuir con un número bastante crecido a la concurrencia; y respecto de la situación topográfica no puede mejorarse por cuanto circundan la población espaciosos ejidos con abundancia de aguaderos en el río, y varias entradas que pueden señalarse si perjudicar las posesiones. 

A la vista de lo dicho don Antolín propuso, y por unanimidad aceptaron los regidores, dirigirse al jefe político de la provincia (gobernador) solicitando una feria de tres días, el 4, 5 y 6 de septiembre, fechas en las cuales no se celebraba feria alguna en la provincia “y en cuya época se ha concluido la recolección de cereales, y las huertas ofrecen frutos y forrajes para el consumo de personas y ganados”. Así se hizo, y poco después, 22 de noviembre, el gobernador contestó que para tramitar al Gobierno la solicitud debería formarse “una exposición” detallando los requisitos prevenidos por ley: número de vecinos, riqueza, localidad (lugar) para el alojamiento de forasteros y colocación de la feria, pastos y abrevaderos, etcétera.

Estas fechas de primeros de septiembre, a pocos días de la Fiesta de Tíscar el día 8, hubieran sido las de la feria de Quesada si no hubiera surgido un inconveniente, comunicado por el gobernador a los pocos meses. El Ayuntamiento Constitucional de la villa de Jódar había manifestado que los días solicitados por Quesada para su feria “causaría grave perjuicio a la que tiene lugar en dicha población los días 2, 3, 4 y 5”. A la vista del problema se acordó contestar “que se señalen los días 25, 26 y 27 de agosto en los cuales no se celebra ninguna feria en los pueblos de esta provincia”. Resuelto el inconveniente y tras andar el expediente los farragosos trámites burocráticos, el 4 de enero de 1847 el secretario del Ayuntamiento de Quesada, dio lectura en el pleno a un oficio del jefe superior político de la Provincia, que  decía así: 

Por el Excelentísimo Sr. Ministro de Marina, Comercio y Gobernación de Ultramar, con fecha 26 de diciembre, se me comunica la Real Orden siguiente: 

 «Conformándose S.M. la Reina (Q.D.G) con lo expuesto por V.S. con el informe de esa Diputación Provincial, se ha dignado conceder al Ayuntamiento Constitucional de la Villa de Quesada el permiso que ha pedido para celebrar una feria anual en los días veinte y cinco, veinte y seis y veinte y siete incluidos del mes de agosto.» 

Lo que traslado a V.S. para su conocimiento y efectos oportunos. 


El Jardín en la feria.
Concurso de pintura infantil J.L. Verdes. 1974

    La concesión de la feria se recibió en el pueblo con entusiasmo, era una buena noticia en unos meses en los que no abundaron las alegrías. 1846 fue un año malo, seco y con unos calores en invierno y primavera impropios para la época. Hubo que adelantar la Traída de la Virgen al 18 de abril para implorarle “el santo rocío”. A la falta de agua se sumó la langosta, plaga que se había visto favorecida por las malas condiciones meteorológicas y que provocó grandes daños en las cortas cosechas y también, ya durante el verano, en las huertas. El siguiente invierno, 1846 al 47, el tiempo siguió sin acompañar, pero por los motivos contrarios, pues se dieron temporales de hielo y nieve que hacía años que no se habían visto. El 11 de febrero el regidor síndico expuso al Ayuntamiento la difícil situación que atravesaban los vecinos más humildes: 

la gran necesidad que se encuentra la gente jornalera y proletaria de esta población con motivo del largo temporal de aguas y nieves que se experimentó, por lo cual no se ha dado un trabajo hace dos meses, a que se agrega la escasez de la cosecha del año anterior y la del aceite, lo que ha motivado hallarse pidiendo limosna los trabajadores y pegujaleros que nunca se han visto en tan extrema necesidad. 

El Ayuntamiento acordó formar una lista con los más necesitados y repartir entre ellos setenta fanegas de trigo del Pósito, a razón de tres celemines cada uno. Para paliar la escasez se prohibió vender trigo fuera del pueblo y se solicitó a la Hacienda provincial una moratoria en el pago de contribuciones, por la “pésima situación” del pueblo. Sin embargo las dificultades no debían afectar a todos por igual, porque se seguía jugando. En marzo se prohibieron los juegos de azar “cualquiera que sea su denominación”, bajo multa de 1 a 100 reales. Estos vicios con dinero se han dado en toda época, pero es de imaginar que en momentos tan difíciles fueran especialmente mal vistos. 

Además del tiempo y de las malas cosechas, otras noticias no buenas acosaban a la villa. Tras un largo proceso en febrero aprobó el Gobierno la segregación de Huesa, Ceal y Royomolinos, que constituyeron su primer Ayuntamiento el 1 de mayo. Belerda permaneció en la jurisdicción de Quesada, por expreso deseo de sus moradores, pero la pérdida fue sensible. El nuevo pueblo tenía 812 habitantes, lo que dejaba a Quesada con 3.895, de los que 482 pertenecían a Belerda y Don Pedro. Por lo que respecta al término, aproximadamente la mitad de la Dehesa de Guadiana, importante fuente de ingresos municipales, quedó en Huesa. Durante varios años se produjeron pleitos y desavenencias hasta que se consiguió la separación completa de fondos y contribuciones. Fue un proceso complicado y a menudo desagradable, como un divorcio sin acuerdo. 


Dibujo de Zabaleta en la Revista de 1951

Por todo esto la noticia de la concesión de la feria fue recibida, como antes decía, con entusiasmo. Inmediatamente se acordó darle la mayor publicidad posible. Para lograrlo se imprimieron doscientos ejemplares de un edicto para remitirlo a todos los alcaldes de la provincia y a los particulares “que se crea oportuno”. Además unas semanas antes de celebrarse, el alcalde envió al gobernador uno de estos edictos pidiéndole su inserción en el Boletín Oficial de la Provincia. El 25, 26 y 27 de agosto de 1847 se celebró la primera feria de Quesada y al parecer con gran éxito. El lugar que se destinó para los tratos de ganado y resto de géneros mercadeables fue la Plaza, lugar público por excelencia que entonces estaba completamente diáfana, desprovista de árboles y cualquier otro estorbo. Desde aquel primer año de 1847 se ha venido celebrando en esas fechas, pero hay que hacer  referencia a los días 24 y 28. 

El día 24 no era feria, no se podía comerciar ganado hasta el amanecer del día 25. Con los años pasó a ser conocido como “víspera de feria”. Esta denominación se ha mantenido hasta hace poco. Seguramente las personas de mi edad en adelante escucharon a sus mayores llamarle así al día 24. El día 28 tampoco era feria, pues era el día de la Virgen de Tíscar. Mientras que la Traída no tenía fecha fija y se hacía entre abril y mayo en la fecha que fijaba el Ayuntamiento, por costumbre la Virgen volvía siempre a Tíscar el día de San Agustín, 28 de agosto. Seguramente cuando, para no coincidir con Jódar, se cambió la petición inicial de septiembre a la definitiva de agosto, se eligieron estos días por ser inmediatos a la Virgen, lo que favorecía sin duda la afluencia de gente. Con el tiempo, cuando fue tomando importancia la fiesta en menoscabo del trato de ganado, la Despedida se pasó a la madrugada del día 29 y el 28 se convirtió en un feriado más. 

A la feria anual acudía mucha gente, no solo trajinantes forasteros sino vecinos de los cortijos, aldeas y de otros lugares de la comarca. Se movía mucho dinero en los tratos. Es fácil imaginar como la feria  fue adquiriendo, alrededor del ganado y el mercadeo, aires de fiesta y se constituyeron en fechas excepcionales que una vez al año sacaba a la gente de la rutina y modorra rural. Es consustancial a estas aglomeraciones que atraigan a toda clase de personas, honradas o no, en busca del dinero ajeno. A Quesada también fueron llegando vendedores de aguardiente (cuando las ordenanzas lo permitieron), jugadores, embaucadores y vividores de todo tipo. También cómicos, como podemos comprobar en lo sucedido en 1860, a los pocos años de vida de la feria. 

A primeros de agosto se tuvo noticia de que la “enfermedad reinante” (el cólera morbo) que se había presentado en la provincias de Levante, había llegado a Hinojares y estaba causando estragos. El alcalde, Simón Bedoya, convocó inmediatamente a la corporación municipal para tomar medidas a fin de evitar el contagio. Los regidores tuvieron en cuenta “la proximidad de las funciones con que esta población acostumbra solemnizar el día de la Ascensión de Nuestra Señora, así como también las ferias que deben tener lugar en los días 25, 26 y 27” y consideraron “que la concurrencia de forasteros podría dar lugar a que se alterase la salud pública”. En consecuencia acordaron “suspender por ahora las referidas funciones (procesión del 15 de agosto y feria)” y comunicarlo a los pueblos inmediatos para que no acudiera la gente. Parecían medidas prudentes y sensatas pero tuvieron un efecto imprevisto. 

Para aprovechar las fiestas (ya eran fiestas) había llegado al pueblo la compañía cómica de Mario Mojica. Los cómicos presentaron un escrito al Ayuntamiento pidiendo que “no se impida la continuación de las representaciones teatrales", pues de lo contrario se verían en la necesidad de "implorar la caridad pública”. El Ayuntamiento contestó que la suspensión de los actos se había decidido para evitar grandes reuniones y consideraba que no era procedente suspender las funciones religiosas y comerciales y a la vez mantener abierto el teatro (por entonces instalado en un salón de antiguo convento dominico). La solución que se dio, “a fin de no causar perjuicios a los individuos de la compañía cómica”, fue abrir una suscripción para que con lo recaudado pudieran marcharse a otro punto donde pudieran trabajar. 

Las ferias se volvieron a suspender de nuevo en 1884, también por epidemia de cólera, y últimamente en el pasado 2020. Por motivos obvios tampoco se celebraron entre 1936 y 1939. Respecto al lugar de celebración, la feria de ganado se trasladó en 1873 a “la parte alta de la calle Don Pedro” (actual calle Teatro), porque ya se estaba pensando en hacer un paseo (jardín) en la Plaza, para darle un aire más moderno y elegante. En 1900 se trasladó al inicio del paseo de Santa María y la entonces nueva carretera de Peal. La fiesta, especialmente después de que se plantara el Jardín en 1877, siguió en la Plaza.